Y
es que aún hay quien piensa que nosotros no “pintamos”
ná en este mundo moderno internauta y comprimido en vida Light,
descafeinada, donde la vida consagrada parece un espejismo en medio
del desierto de los hombres. Bueno pues, le invitamos a que lea y vea
y… si encuentra algo mejor… ¡bendito sea Dios, que
de todo se vale para sacar “palante” sus asuntos!.
¡Vaya!,
¿No será porque aparecemos un poco momificados y descoloridos?
¿seres aislados? ¿es posible la intercongregacionalidad
y el gustar el buen Vino y la buena mesa del Pan de la Palabra compartida?
¿Sin sabor el menú que ofrecemos?, es posible.
Desde
nuestro corazón joven nos late con fuerza el deseo de ser hoy
“profetas” provocadores de libertad, de Vida en abundancia…
¿Qué si es posible esta chaladura? ¿Compartir la
Vida en abundancia que Jesús nos regala cuando cada uno parece
ir a la suya y para de contar? ¿Compartir este Pan que me alimenta
las entrañas? ¿Compartir la mesa de la Vida en esta pensión
de mala muerte?... Eso si que es tener fe.
Nosotros
creemos que sí, por eso, unos cuantos de estos “locos”
de Dios (jóvenes religiosos de muchas congregaciones, ¡viva
la intercongregacionalidad fraterna!) nos congregamos en Madrid el pasado
mes de julio, para poner sobre la mesa nuestras inquietudes, sueños,
tropiezos y buenos deseos de responder a la llamada de ser y pertenecer,
en la pequeña Grey de la Vida Consagrada, a Cristo y su Iglesia;
sí, compartir mesa y ver qué plato habíamos de
escoger para seguir caminando en la unidad.
Tres personajes, camareros del Reino: Lourdes Fernández (Religiosa
Sdos Corazones), Bonifacio Fernández y Ángel de la Parte
(misioneros claretianos), nos sirvieron los platos dentro de un menú
variadísimo donde, claro, teníamos que elegir qué
comer...
La
mesa se quedó repleta de realidades que nos eran difíciles
de digerir y lo teníamos que hacer, teníamos que “comer”
de lo que había, pues, al fin y al cabo, siempre podríamos
recurrir al remedio santo del Espíritu de Dios para que el próximo
menú que tuviéramos que vivir nosotros tuviera más
sabor auténtico del Evangelio… ¿rendirse en estos
momentos de decisión?, eso no podía ser.
Uno
de los platos fuertes fue el de la rutina, el cansancio y la monotonía
que veíamos se está apoderando de la Vida Consagrada,
esto chocaba con nuestra hambre joven de ilusiones y proyectos a los
que nos sentimos llamados, cada uno, desde su gustoso Carisma y misión.
Otro plato algo soso era el que se nos presentaba con una oración
pobre y escasa, fuera de tono. Luego, en una de las esquinas, estaba
un plato grande de falta de coherencia que llamaba la atención,
pero no nos dio por probarlo. También es verdad que habían
unos cuantos entremeses de bondad y entrega, pero no eran suficientes
para tantos comensales.
¿Qué
solución se nos podía ofrecer?, había que comer
hasta saciarse, pero… ¿de este potaje?..., estábamos
a punto de irnos…, menos mal que al final nos sacaron a probar
las suculencias del plato del Evangelio y descubrimos allí que
es posible comer otro “Pan” capaz, esta vez sí, de
saciarnos de veras y UNIRNOS en lo esencial de la Vida Consagrada, sin
medios tonos, sin colores desfasados…, teníamos que escoger
y escogimos este menú, duro, nada fácil, pero suave de
llevar cuando hay confianza en el “Gran Chef”.
Nos
pusimos a comer y no veas la que se montó, cogimos un “contagio”
efervescente de salud y buen ánimo, tanto, que decidimos no salirnos
del menú del Evangelio, “costara” lo que costara,
aunque el precio fuera la misma vida… para ganar Vida y Vida en
abundancia.
Después, saciados, nos marchamos a casa, cada uno va digiriendo
el menú al ritmo de su estómago, pero de algo estamos
seguros, de la fuerza y el coraje recibidos, para seguir caminando por
el mundo anunciando el Gran Banquete del Reino que nosotros habíamos
probado ya.
¿Es posible? Sí, ya ves que sí.
(Convivencias
de preparación para la Profesión Perpetua un encuentro
majo de religiosos y religiosas jóvenes: 2-10 de julio 2004.
En vísperas de la profesión perpetua, esta convivencia
ayudó a releer la historia vivida y a profundizar la decisión
definitiva de seguir a Cristo en la vida consagrada desde los lazos
de la intercongregacionalidad.)