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El siglo XXI nos ha llegado no habiendo asimilado
los tremendos cambios sociales y de mentalidad que comenzaron a mediados
del XX y que han incidido sobre todas las instituciones, incluida por
supuesto la Iglesia; ¿cómo ha evolucionado la Congregación
en estos últimos 30 años? Habladnos de los cambios más
relevantes.
El
cambio más importante fue el generado por el Concilio Vaticano
II. A nosotras nos cogió, como a la mayoría, si no de
sorpresa, casi. Estaban en vigor las Constituciones de 1933 y nuestras
costumbres no diferían de las conventuales de la época.
Al Capítulo de 1969-70 le correspondió trabajar fuerte
por interpretar lo que la Iglesia nos pedía como Congregación
y lo que significaba para nosotras "volver a las fuentes".
Todo el patrimonio documental y la tradición del Instituto fue
sometido a estudio. El trabajo fue arduo pero creemos que bien hecho.
De él vinieron las soluciones prácticas y las grandes
líneas de acción. De ahí los cambios:
Se sometieron a discernimiento las costumbres monásticas, que
a pesar de ser una Congregación de vida activa, se arrastraban
desde antiguo, se buscó en el origen de la Congregación
lo que pudiera ser más genuino y en sintonía con el Carisma
y vivimos cambios notables, tanto en el ser como en el hacer, que podríamos
sintetizar del siguiente modo:
1.El camino abierto a la toma de conciencia del valor de la persona
y al logro de la unidad en la diversidad.
2.La fuerte inversión en la formación de las Hermanas
a todos los niveles: humano, religioso, pastoral... que trajo como consecuencia
una mayor apertura de mente a la hora de analizar la realidad y buscar
solución a los problemas.
3.El compromiso evangélico con las realidades ambientales que
tuvo como consecuencia la revisión del aspecto de la Justicia
como fundamento de la caridad, tanto "ad intra" como "ad
extra" y cambios apreciables en la administración de las
Obras, los modos de trabajar, los horarios y contratos laborales, el
compartir los bienes...
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En qué medida estos cambios han aproximado
la vida a la Palabra... O han sido, vistos a toro pasado, cambios formales.
Cambios de marco y no del cuadro.
En realidad la vida del Instituto en este tiempo creció en profundidad.
El entusiasmo por dar vida al Carisma prendió en el corazón
de las Hermanas más allá de los cambios externos y hemos
asistido a una evolución paulatina de la que la nota más
importante es la actitud de discernimiento a la hora de tomar las decisiones
más importantes.
En realidad, percibimos que la Palabra está en el centro de la
vida del Instituto, que marca la orientación de las decisiones
en todos los campos y que los cambios buscaban más el fondo que
la forma, quizá por esto no fueron espectaculares, ni llamativos
y todavía hoy nos sentimos impulsadas a caminar en la misma dirección
y a seguir cambiando para responder a los retos de cada lugar y de cada
momento.
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Cómo empezó la Congregación.
Cómo fueron los primeros años, la fuente a la que se invita
constantemente a volver.
Muy sencillamente. En torno a una mujer carismática: Santa María
Rosa Molas y un grupo de compañeras que compartían con
ella el servicio a los más pobres en los establecimientos de
beneficencia de una pequeña ciudad al sur de Cataluña:
Tortosa.
Todo empezó cuando María Rosa descubrió que la
Corporación de la que formaba parte no tenía vínculos
eclesiales. Estaba constituida por una ex-religiosa de S. Vicente de
Paúl y unas cuantas hermanas que la habían seguido en
su escisión, a las que se habían unido con el tiempo otras
jóvenes que buscaban servir a los más pobres y que, como
María Rosa, ignoraban la situación que era en ese momento
un tanto peculiar porque, al separarse, no habían abandonado
sus hábitos ni las Constituciones de las Hijas de la Caridad.
María Rosa habló con ellas, rogó, insistió
para que volvieran a su Instituto o por lo menos se sometieran a la
autoridad de la Iglesia. Todo fue en vano, es más, tuvo que soportar
incomprensión y rechazo. La actitud del grupo y su negativa,
llevó a María Rosa y a sus compañeras a tomar una
determinación por su cuenta: el 24 de marzo de 1857, tras haberlo
hablado y orado mucho, pidieron al Obispado de Tortosa las acogiera
como nueva Congregación religiosa. Su nombre, Hermanas de la
Consolación, evoca las obras a las que venían dedicándose
desde su llegada a Tortosa en 1849 enviadas por la Corporación,
pero no dice tanto de las obras cuanto del talante que, guiadas por
María Rosa, las Hermanas saben imprimir a las mismas. Como consecuencia
de ello resulta que los pobres, los huérfanos, los abandonados...
son consolados.
Legalizada
su situación en la Iglesia y ante los poderes civiles, las Hermanas
continúan calladamente su labor, siguen curando, enseñando,
buscando recursos para dar de comer a los asilados, levantándose
a media noche para lavar y poder cambiar la ropa a los enfermos, defendiendo
los derechos de los sin voz... y van recibiendo nuevas Hermanas, jóvenes
que a la luz de la caridad consoladora quieren hacer como ellas, continuar
la obra de Jesús de Nazaret, el Consolador de Israel.
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Contadnos una anécdota de la orden que
tuviese trascendencia en la historia y la misión.
María Rosa alimentaba un sueño: construir un noviciado
dónde poder acoger y formar a las muchas jóvenes que llamaban
a sus puertas, pero los tiempos eran difíciles y no había
recursos suficientes. El Sr. Obispo, Benito Vilamitjana, conocía,
más que el sueño de la Madre, la necesidad del naciente
Instituto y un buen día entrega a María Rosa un sobre
con una cantidad respetable, acaba de cobrar una deuda que no esperaba
y piensa que ¿qué mejor empleo que el de hacer posible
que esas pobres hermanas tengan su propia casa-noviciado? María
Rosa no sabe lo que le pasa, la Comunidad no acaba de dar gracias a
Dios, las ilusiones se disparan, pero... el ayuntamiento no aporta las
cantidades fijadas para el mantenimiento de sus instituciones de beneficencia,
escasean los alimentos, cunde el hambre... ¿de dónde sacar
los recursos necesarios? Y a María Rosa se le enciende una luz:
¡el dinero del Obispo! No lo duda, el noviciado puede esperar,
los pobres están ahí, peligra su vida... Un gesto que
abre caminos: Que el pobre sea servido y Dios alabado.
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La misión compartida, un vocablo actual
en los congresos de la vida religiosa, se vive entre los religiosos/as
de distintas órdenes - se comparten seminarios, formación,
en algunos lugares misión...-; y también entre los seglares
y los religiosos, compartiendo en este caso, sobre todo, la misión;
¿en qué medida vais viendo que esta nueva manera de actuar
y de ser se basa en una convicción profunda, íntima, o
en una manera simplemente de actuar ante la crisis de vocaciones y la
imposibilidad de mantener misiones?
El
Espíritu conduce nuestra vida a través de los hechos y
aunque éstos tengan un significado ambivalente o sean vividos
con ambivalencia por nuestra parte, más allá de los mismos,
hay siempre un significado profundo orientado a una finalidad que a
veces se nos escapa. Este puede ser el caso de la Misión compartida,
igual que fue el de los "agiornamientos" de los años
60, o el de las motivaciones al inicio de una vocación religiosa.
Quizá en un primer momento no todo es límpido y cristalino,
el ideal puede estar empañado y acompañado de oportunismo
o de "intereses"... Pero esto no es lo esencial, lo esencial
es que todo son mediaciones para alcanzar el nivel siguiente de compromiso,
de maduración, de vocación.
Es
difícil dilucidar hasta que punto se trata de una convicción
profunda o de algo forzado por la realidad. Es más, puede haber
un poco de ambas cosas, pero lo que si es cierto es que cada vez se
es más consciente del significado y de la riqueza que supone
la misión compartida y que muchas de las decisiones tomadas en
ese campo lo son más por convencimiento que por necesidad inmediata.
En el Instituto en estos momentos estamos haciendo un importante esfuerzo
de formación por llegar a descubrir el alcance y significado
de la misión compartida, ello nos lleva no sólo a compartir
tareas y obras sino a cuidar las aportaciones que desde la distinta
vocación personal de cada uno hacemos a la tarea y obra en la
que trabajamos conjuntamente.
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¿Dónde
estáis las hermanas, tanto en España como en el mundo?
Cómo se ha ido expandiendo la Congregación desde las primeras
casas...
Actualmente estamos en 16 países y 4 continentes. Las circunstancias
de la fundación y el hecho de su vinculación a la diócesis,
no permitieron una expansión temprana. Las primeras fundaciones
tienen lugar en el territorio de la diócesis de origen. Hay que
esperar al año 1924 en que se recibe una llamada urgente de Venezuela
para salir al mundo exterior. Después y a medida que llegan las
vocaciones, sigue el éxodo: Bélgica, Italia, Argentina,
Portugal, Brasil, Burkina Faso, Chile, Ecuador, Corea, México,
Mozambique, Eslovaquia, Togo, Bolivia...
Las
fundaciones son siempre una respuesta al grito de los más pobres.
Es una constante. Cuando miramos a los distintos países la primera
fundación no se hace nunca en la capital, responde a una llamada
y atiende a necesidades esenciales: salud, hogar, educación,
marginación... Las dos últimas fundaciones, el año
pasado, son un centro de niños abandonados en Sucre (Bolivia)
la mayoría pertenecientes a una etnia indígena del altiplano
y otro que acoge a niños de la calle en São Paulo (Brasil).
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Qué es el Movimiento del COM? ¿Responde
a las necesidades de Consagración del seglar?
Es el instrumento que posibilita vivir el carisma de María Rosa
Molas en la vocación laical. El Movimiento se llama "Consolación
para el Mundo" y tiene tres etapas: la infantil (MIC), la juvenil
(COM) y la adulta (LC). El organismo coordinador es el Secretariado,
constituido por los Coordinadores de país, una Comisión
permanente que tiene su sede en Madrid y una Hermana Asesora.
Consolación para el mundo es un organismo vivo que está
creciendo y configurándose y al menos en la intención
intenta responder a las necesidades de la consagración secular
y ser un ámbito vital dónde el seglar beba en las fuentes
del evangelio y salga a darle vida en el espacio existencial en el que
está comprometido como laico.
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Cómo ve la vida religiosa, y más
concretamente las Religiosas de la Consolación, el cambio que
ha experimentado la gente de a pie, tanto adultos como jóvenes.
¿Experimentáis que se entiende por el laicado la vida
religiosa? ¿Os sentís solas, acompañadas por el
Pueblo de Dios consciente e inconsciente, incomprendidas, observadas...?
El cambio experimentado en la gente supone un gran interrogante a nuestra
vida y a nuestra pastoral. Nuestro mundo es una sociedad de la inmanencia,
ha perdido los parámetros de trascendencia y esto nos pasa factura.
Nos cuestiona el hecho de que el hombre abierto por naturaleza a la
trascendencia no encuentre el camino que le ayude a abrir los ojos y
ver más allá del aquí y ahora, de lo que se ve
y se toca o que cuando lo busca, sea por caminos tan equivocados...
Hay en todo ello una fuerte llamada a la vida religiosa que es por definición
y tiene que serlo por vivencia "signo de trascendencia".
En
cuanto a lo de entender la vida religiosa, el tema es muy complejo y
la respuesta depende del alcance que demos a la expresión "Pueblo
de Dios". Si nos referimos a la mayoría de nuestros conciudadanos,
como la realidad es plural y la gente últimamente anda despistadísima
en todo lo que se refiere al campo religioso, el significado profundo
de la vida religiosa se escapa, no se entiende ni puede entenderse,
ya que está situada en unos parámetros de fe que desbordan.
En este caso tienen su prioridad las obras, las obras hablan por si
mismas y siempre son un interrogante las personas capaces de dar la
vida por los demás. Pueden no entenderse las motivaciones, el
asunto de los votos sobre todo, pero, se admira, especialmente cuando
se toca la realidad de cerca y se desmontan por vía de hecho
los estereotipos en circulación, el servicio oculto, desinteresado,
sin limitación.
Si
nos referimos a la gente de Iglesia, hay de todo. Depende de la formación
religiosa que se tenga. En general, también muchos de nuestros
laicos e incluso en algunos casos hasta sacerdotes, poseen un insuficiente
conocimiento de lo que representa la vida religiosa en el conjunto del
Pueblo de Dios. En general no se valora lo que se desconoce y esto nos
invita a dar respuesta a las insistentes llamadas de la Iglesia sobre
la formación del Pueblo de Dios.
Nosotras
en concreto no nos sentimos solas, ni incomprendidas ni observadas,
normalmente tenemos con la gente un trato cordial y cercano y más
bien nos sentimos acogidas y valoradas, por lo menos en los ambientes
en los que desarrollamos nuestra misión. No obstante, percibimos
que ciertos sectores de la sociedad consideran a la Vida religiosa en
general como algo de otros tiempos o la valoran únicamente por
lo que los religiosos somos capaces de hacer en los campos que los medios
de comunicación presentan: tercer mundo, marginación,
etc. Incluso para otros grupos percibimos que somos algo molesto que
debería desaparecer.
Es
de subrayar, a pesar de todo ello, que muchas personas seglares de todas
las edades colaboran con las Obras del Instituto, bien insertos en la
ONG "Delwende", bien ocupando su tiempo libre en ayudas concretas
de voluntariado. En los últimos años también algunos
jóvenes han querido iniciar un camino de vida religiosa masculina
según el carisma de la Consolación y está naciendo
la rama masculina del Instituto.
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Qué pasos de riesgo evangélico debería
dar el cristiano hoy. Y la vida religiosa en particular...
Uno muy sencillo, pero quizá por eso mismo no sin dificultad,
vivir lo que se es, con todas las consecuencias, evangélicamente
y sin complejos esterilizantes.