rep VII ponencia
desde la vida religiosa

 

 

 

Inma Eiba y Eva López
Hnas. Vedruna.

REP VII
¿Son cristianas nuestras raíces?
Madrid-Atazar, 19-21 de noviembre de 2003.


¿SON CRISTIANAS NUESTRAS RAÍCES?,
¿SON EVANGÉLICAS NUESTRAS RAÍCES?
UNA PALABRA DESDE LA VIDA CONSAGRADA

Lo primero que nos sale al pensar en estas cuestiones es una respuesta rápida y afirmativa: ¡Sí!, ¿cómo no van a ser evangélicas nuestras raíces?. El principio (y fin), motor y centro del Evangelio es Jesucristo y si nuestra vida, desde la concreción de la Vida Religiosa, no se apoya y fundamenta en Él, simplemente no tiene sentido, por tanto no tendría razón de ser nuestra existencia.

¿Y son cristianas?, ¿se insertan dentro de todo el Pueblo de Dios, dentro de todo el que sigue a Cristo con el deseo de configurarse cada vez más con él?... No podemos vivirnos separadamente del cuerpo eclesial. No imaginamos la Vida Consagrada fuera de todos los Carismas recibidos dentro de la Iglesia (1Cor 12).


“Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca” (Mc 12,34):

Pero, ahora bien, la pregunta que se nos hace no es ingenua y nos lleva a ahondar más, a cuestionarnos en lo más profundo. En estos momentos, y echando una mirada rápida a la Iglesia (no ya “que tenemos” sino “que somos”), a la Iglesia que amamos y que tantas veces también nos produce dolor... ¿cómo se inserta la Vida Consagrada en ella?, ¿de qué modo vivimos los cristianos esta pluralidad de carismas recibidos?, ¿nos alentamos y animamos a vivir nuestras vocaciones personales y comunitarias sabiendo que forman parte de un único Espíritu: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos” (1Cor 12,4-6)?. ¿Ayuda realmente “la mano” a limpiar el “ojo”; sostiene “la pierna” al resto del cuerpo?, ¿conoce el laico/a la llamada concreta que ha recibido el religioso/a y le acompaña y alienta para que dé respuesta a ella?, ¿favorece el religioso a que el laico lleve a cabo su vocación específica dentro de la Iglesia?, ¿se da la confrontación fraterna y necesaria entre el laico, el sacerdote, el religioso... entre los diversos ministerios y carismas recibidos?.

Hoy es un buen momento para preguntarnos sobre todo esto y para tomarnos el pulso... porque estamos en un tiempo nuevo donde cada cristiano y cada cristiana estamos tomando consciencia de nuestra responsabilidad personal dentro de la corresponsabilidad eclesial. Los religiosos y religiosas (al menos nosotras así lo experimentamos) descubrimos fuertemente una llamada a decir nuestra palabra en la Iglesia... desde el deseo de vivir la fraternidad a la que nos mueve el reconocernos hijas e hijos de Dios, pero también desde una fuerte llamada a participar activamente en la vida de una Iglesia que es de todos/as. Del mismo modo descubrimos una fuerte llamada en esta línea por parte de los laicos y laicas, que, conscientes de su papel necesario y en respuesta a la vocación recibida, levantan su voz, se preparan, se comprometen, buscan la voluntad de Dios junto con otros/as dentro de la Iglesia.

Desde la experiencia que vamos teniendo, la Iglesia sólo logrará ser portadora de la Buena Noticia si crea comunión, si camina unida. En la pluralidad, pero siendo hermanos/as.

Del mismo modo, el pensar en estas preguntas nos lleva a cuestionarnos también desde otra dimensión. Nos lo aplicamos a nosotras, como religiosas, pero lo hacemos extensivo a todos/as. Evangelio significa, como bien sabemos, “Buena Noticia”. Y cristiano/a es el seguidor-continuador de Cristo... Si nuestra vida se fundamenta en una Buena Noticia: Jesucristo (y su Encarnación, Muerte y Resurrección por nosotr@s); si en ella encuentran su alimento las raíces de nuestro árbol, necesariamente deberíamos dar frutos visibles y “comestibles” de ello, ¿verdad?.

Es decir, si nuestra vida se apoya y alimenta de algo que es Buena Nueva, los frutos de nuestra vida deberían ser expresión real de esta Buena Nueva para todos/as. Y una de las primeras cosas que nos viene a la cabeza al pensar en algo que sea una buena noticia es que debe producir alegría, gozo contagioso, serenidad, paz... al escucharla o al verla. Pero, ¿lo es la Vida Consagrada?, ¿lo somos quienes vivimos el Seguimiento de Jesús desde este modo de vida concreto?, ¿irradiamos alegría y gozo ante la vocación recibida viviéndola como regalo?, ¿producimos felicidad en nuestro camino?, ¿anunciamos el placer que nos produce sabernos amados/as absolutamente por Dios de tal forma que sólo queremos “más amarle y servirle”?...

¿Y lo somos los cristianos/as en general?. La Vida Consagrada está llamada a explicitar en el mundo que no hay tesoro mejor que Dios, que una vez que hemos encontrado la perla más preciada todo lo demás se hace relativo. Nos sentimos llamadas a ser parábola, recuerdo constante e inquietante de una invitación que es común, que es para todos los cristianos/as... ¿Lo estamos viviendo? ¿Somos la Iglesia “Buena Noticia” para el mundo? ¿no damos más bien la impresión como Iglesia, de una institución donde se hace hincapié en la norma, en lo legal, en lo moral... en lugar de proclamar con alegría el gozo del Amor de Dios?

Estas preguntas de fondo pueden ayudarnos a la hora de enfocar nuestra reflexión, porque, como decía nuestra Fundadora, Joaquina de Vedruna: “la alegría es la principal virtud” y el Evangelio produce alegría, el Amor de nuestro Dios nos produce alegría, la vida no guardada (Mc 8,35) produce alegría... y alegría estamos llamados/as a ser.

FUNDAMENTOS EVANGÉLICOS DE LA VIDA CONSAGRADA. NUESTRAS RAÍCES CRISTIANAS:

Hemos querido elaborar esta reflexión desde dos perspectivas:
- en primer lugarð nos hacemos esta pregunta a nosotras mismas como religiosas. Pensamos que no podemos cuestionar en algo sin antes preguntarnos a nosotras mismas: ¿son evangélicas, son cristianas nuestras raíces?. Y aún más: ¿estamos buscando el alimento de cada día a través de ellas? ¿tiene nuestro propio árbol vida?, ¿fluye la savia nueva por él?, ¿le llega a todas sus ramas y hojas?, ¿está dando fruto?...
- en un segundo momento y desde ahíð desde la concreción de nuestra llamada al Seguimiento, lanzamos estas preguntas a viva voz, en este deseo de buscar juntos/as en la Iglesia.

La Vida Consagrada, todos sabemos, se inserta en la Iglesia junto a otros modos o géneros de vida compartiendo una llamada que es universal, que todo cristiano recibe, al Seguimiento de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8,34).

Recordamos el nº 39 de la Constitución Lumen Gentium: “En la Iglesia TODOS, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad. [Santidad] que se expresa multiformemente en CADA UNO de los que, con edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida; de manera SINGULAR (proprio quodam modo) aparece en la práctica de los comúnmente llamados consejos evangélicos”.

Hoy este lenguaje nos puede resultar un poco “difícil” y ciertamente a muchos de los religiosos/as jóvenes de hoy no nos gusta demasiado. Aunque entendamos que en una lectura profunda y desde el eje transversal que recorre toda la Eclesiología del Concilio Vaticano II no se deba entender así , esta dicotomía entre la “Jerarquía y los apacentados” o incluso la significación que se le dio durante mucho tiempo a la “singularidad” de los consejos evangélicos (entendiéndose como un “más” que producía superioridad, privilegio o predilección) no coincide ya con la sensibilidad actual de quienes nos sentimos llamados a concretar nuestro Seguimiento insertos en la sociedad, compartiendo nuestra vida (en su riqueza y vulnerabilidad) con quienes son los grandes pequeños de nuestro mundo, formando comunidades-familia (en un sentido donde el significado del término comunidad se va ampliando en círculos concéntricos) en las que poder orar junt@s, compartir la vida de cada día, donde poder acompañar y ser acompañad@s y donde alentarnos de modo que Dios vaya siendo cada vez más el centro de nuestra existencia.

Otro documento eclesial nos dice: “desde el principio de la Iglesia hubo hombres y mujeres que quisieron seguir al Señor con mayor libertad” (Perfectae Charitatis 1). Es precioso que quede señalado este aspecto liberador porque el Evangelio es liberación para todos/as los que lo reciben y hacen vida. Jesucristo, a quien seguimos, vino a “anunciar a los pobres la Buena Nueva y a proclamar la liberación a los cautivos” (Lc 4,18). ¿Nos sentimos liberados/as para el Reino?, ¿compartimos con Jesús la llamada a liberar?, ¿damos muestras de ser receptores y portadores de esa liberación?. Esto no es algo específico de la Vida Consagrada, pero sí podemos apuntar por dónde creemos nosotras que nos es dada esta “mayor libertad”, que sólo será válida en función del Reino y que estará relacionado sin duda con lo que es característico de la Vida Religiosa: la vivencia de los consejos evangélicos (pobreza solidaria, obediencia discernida y castidad amante) y la vida en comunidad para la misión.

Nosotras, como religiosas, no entendemos la consagración religiosa a través de la profesión de los tres conocidos votos y de la vida en comunidad desde la clave de renuncia (aunque evidentemente cualquier elección implique la renuncia de otros elementos) ni tampoco desde el aspecto práctico o funcional (se tiene “más tiempo para la gente”...). La dimensión liberadora viene derivada de una seducción tal por Jesucristo que, cual corazón enamorado, uno/a sólo desee, como Él, “dedicarse a las cosas del Padre” (cf. Lc 2,49).

Es decir, la especificidad, creemos, está en el CÓMO del Seguimiento. “Con Jesús y como Jesús”, decimos frecuentemente. Lo peculiar de la vida consagrada es esa forma de seguir a Jesús, de “imitarle”, de vivir desde la llamada a ser memoria viva de Cristo, reproduciendo tal cual los mismos rasgos de su vida: virginidad, pobreza y obediencia. “Parábolas del Reino”, signos del absoluto de Dios, místicos y profetas desde el místico y profeta por excelencia que es Jesús. Dice nuestra Constitución 11 : “Esta consagración, que tiene su raíz en la del bautismo y la expresa con mayor plenitud, nos une estrechamente al misterio de la muerte y resurrección de Jesús y nos urge a una conversión incesante a un amor cada vez más auténtico a Dios y al prójimo”.

Y si toda la vida de Jesús estuvo marcada por el amor y la pasión por su Abbá y el Reino (Dios y su causa en el mundo, como dice Toño García, SJ), también la vida consagrada (como toda la Iglesia) fundamenta su teología y espiritualidad, sus raíces en el amor evangélico. Un amor que se convierte en locura, capaz de dar hasta la vida: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13); un amor que sólo se entenderá en la medida que se experimente y aliente en la concreción cotidiana, un amor que sólo amando ayude al mundo a entender (más allá de lo racional) por qué aún tantas mujeres y varones quieren proclamar con su vida un “Con Jesús y teniendo a Jesús, todo sobra” .

La vida religiosa con sus tres votos ofrece al mundo un proyecto integral de vida evangélica o de radicalismo evangélico (sin olvidar que todo cristiano, sea cual sea su vocación específica, está llamado a vivir en radicalidad el Evangelio). Y lo hace porque toca el centro de la persona, tres valores, tres pulsiones profundas de la vida humana: el tener, el placer y el poder.

Y por supuesto, la vida consagrada sólo tendrá sentido si es vivida desde la convocación y el envío, desde la comunidad y la misión, dentro de la convocación y el envío que la Iglesia ha recibido. Compartimos el envío de Jesús con otros muchos creyentes y lo hacemos dentro de la Iglesia, concretándose en comunidades específicas, con otros varones y mujeres llamados del mismo modo a dar vida y hacer visible el amor de Dios.

La vida religiosa no ha de concebirse al margen de la Iglesia. En sus orígenes todas las congregaciones surgieron como afirmación de una vida cristiana radical. La vida consagrada surge de la vitalidad de la Iglesia y está en función del Reino. Su objetivo terminal es éste: el servicio al Reino de Dios y su Justicia, la promoción del mismo en medio de la historia humana, del mundo. Y lo hace dentro de la Iglesia y en sintonía con ella, cuya vocación esencial es ser luz, sal, fermento... en medio de los pueblos. ¿Es esta nuestra experiencia?, ¿cómo se concreta en lo cotidiano?, ¿estamos aprendiendo a leer los signos del Reino ya presentes en nuestro mundo y a ser fermento en ellos, luz en sus oscuridades, sal para que se pueda saborear la Vida (con mayúsculas)?

Veamos más explícitamente nuestro enraizamiento en el evangelio recorriendo estos puntos esenciales de la Vida Consagrada: los votos, la comunidad, la misión. Compartiendo todo desde la inserción eclesial, desde este contexto que nos une hoy aquí: la búsqueda de la UNIDAD ECLESIAL.

VIVIR EN POBREZA SOLIDARIA:

“El cual, siendo de condición divina, no retuvo el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” (Flp 2, 6-7).

“Anda, cuanto tienes, véndelo y dáselo a los pobres y luego, ven y sígueme” (Mc 10, 21)

“Anda, cuanto tienes, véndelo y dáselo a los pobres y luego, ven y sígueme”. Estas palabras de Jesús son dirigidas, según Marcos, a un buscador, a un deseoso de hacer la voluntad de Dios, pero que queda frenado al final “porque tenía muchos bienes” (Mc 10, 22).

Hoy estas palabras son dirigidas a todo seguidor de Jesús, no son específicas de la vida religiosa, por supuesto. Pero las podemos recoger en este momento para hablar del fundamento evangélico de la vida consagrada. Porque a esto nos sentimos llamados los/as religiosos/as... a romper con todo lo que nos impide vivir teniendo como centro a Jesús, el “pobre” por antonomasia: Jesús crucificado, Siervo de Yahvé. El voto de pobreza, como nos dice Cabarrús , concretiza el rostro de Dios en los empobrecidos del mundo cuya causa se pretende reivindicar y compartir.

Los religiosos estamos llamados a vivir en solidaridad, desde ahí entendemos nosotros el voto. A poner nuestras energía en erradicar la injusticia, apoyando afectiva y efectivamente a quienes son los “desheredados”, los excluidos de nuestro mundo, sabiendo que en ellos está presente el Hijo que todavía carga con su cruz en el mundo.

Pobreza solidaria, encarnada, profética, transformadora... pobreza “al estilo de Jesús.”. No es lugar aquí para hacer una reflexión cristológica sobre Jesús Pobre, pero todos entendemos esto... Jesús nace en un pobre pesebre (...), vive en un lugar sencillo, su vida está marcada por la itinerancia y el despojo (“no tiene donde reclinar la cabeza”...), le acompañan mujeres y varones que no pertenecen a la élite social de su época y muere como nace, desnudo y vulnerable. Vivió el despojo más absoluto jamás imaginado, tal y como encontramos en la Epístola a los Filipenses: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo...” (Flp 2, 6-7).

Vivir el voto de pobreza con y como Jesús anonadado, se concreta hoy en una llamada continua a ser mujeres y varones que se posicionan ante el sistema dominante, ante el liberalismo y el consumismo de nuestro mundo que crea abismos insondables entre países y explota al que menos tiene. Con consciencia de que “nada es nuestro”, vivir en pobreza solidaria es una llamada a compartir todo: vida, espacios físicos, trabajo, alimento...; es defender la justicia públicamente poniéndonos de parte de los empobrecidos y al mismo tiempo, vivir con consciencia de que lo que nosotros tenemos de más se lo estamos robando a hermanos y hermanas nuestras y eso nos debe llevar a usar de manera justa y evangélica los bienes de los que podemos disponer. Es vivir en actitud de servicio, con capacidad para salir de nuestros seguros hogares al encuentro de quien está en la calle, o para compartir la experiencia de ser emigrante en otras tierras no siendo obligados por el hambre física sino por el hambre y la sed de Dios. Es sabernos y vivirnos herman@s de todos, hij@s, discípul@s, y desear compartir la suerte de los que quedaron atrás porque no son queridos.

Es compartir la cola de la frutería o de la carnicería, saber ser vecinos/as creando espacios de encuentro y comunicación sencilla. Es tener por amig@s y compartir nuestra mesa con aquellos que seguramente reciben pocas veces una invitación a una fiesta... y es tener la suerte de ser invitad@s como amig@s a sus espacios privados, a sus hogares.

Y es, también, ser capaces de reconocer nuestra pequeñez, nuestro pecado y vulnerabilidad y compartirla en el abrazo de la otra persona con quien vives, trabajas, reflexionas u oras. Es sabernos necesitados/as de otros/as en nuestro camino, vivir con sencillez y humildad, aportando nuestro granito de arena en el Reino pero sabiéndonos unos más, sin pretender ser los “superhéroes” o “superheroínas” de la película.

En definitiva... dar de comer al hambriento y dejarnos alimentar, dar de beber al sediento y permitir que otros calmen nuestra sed; dar cobijo en nuestra casa y permitir que otros nos acojan... Hacer con los pequeños lo que haríamos con Cristo (cf. Mt 25, 31ss), sabiéndonos también pequeños siervos, que sólo hacemos lo que tenemos que hacer (cf. Lc 17,10).

¿Cómo vivimos en la Iglesia esta dimensión solidaria, esta responsabilidad como hermanos/as?, ¿de qué modo los religiosos lo estamos haciendo vida?, ¿somos capaces de confrontarnos mutuamente en nuestro vivir concreto?, ¿hasta qué punto nos atraviesa la consciencia de ser seguidores/as de Cristo pobre?, ¿hasta qué punto nos atraviesa la consciencia de la pobreza de nuestros hermanos/as?...

VIVIR EN OBEDIENCIA DISCERNIDA:

“Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte” (Flp 2,7-8)

“Que no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú” (Mc 14, 23)

Dice Toni Catalá que porque el voto nos hiere en nuestra tendencia a dictar nuestra propia vida, nos abrimos disponiblemente a otras posibilidades de vida por causa de la Buena Noticia .

Como religiosas, vivimos el voto de obediencia en clave de discernimiento, es decir, en la clave de buscar la voluntad de Dios y disponer nuestro corazón y toda nuestra vida para realizarla. Dice Libanio que aprender a discernir es saber colocarse en actitud de búsqueda que no termina ni siquiera después de haber “descubierto” la voluntad de Dios. Aprender a discernir es saber, es conocer en la inseguridad continua de quien está dialogando con el Misterio y nunca tiene certeza clara de su transparencia . Y para que pueda darse esa búsqueda continua somos conscientes de la necesidad de mediaciones: la profundización en la Palabra y en las palabras, la oración personal y comunitaria, el discernimiento, el acompañamiento, la lectura creyente de la vida (la de quienes están cerca y también de los que están lejos, de la comunidad y la nuestra propia) en su dolor y su gozo.

Vivir en obediencia con Jesús y como Jesús. Porque toda la existencia de Jesús de Nazaret tuvo como único deseo realizar la voluntad de su Padre (Jn 8,29; 16,32). Para ello, Jesús alimentaba una comunicación “directa” con su Abbá, pernoctando en oración... Pero también supo buscar su voluntad a través de las mediaciones (su vida familiar: en Caná es fiel a la mediación de María a pesar del escándalo que suponía ver a un hombre adulto obedecer a una mujer dentro del contexto judío; su primo Juan el Bautista, los Doce, la mujer sirofenicia (Mt 7, 24-30)...).

Toda la vida de Jesús fue una respuesta a lo que Él descubría era la voluntad de su Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre” (Jn 4,36). Y a eso estamos llamadas/os nosotras/os. Y eso nos lleva a vivir desde tres claves: la oración, la búsqueda y la libre disponibilidad, que a su vez conlleva otras actitudes como son el diálogo, la apertura, la itinerancia, la capacidad para salir del “propio querer, amor e interés...”. “Pero que no se haga tu voluntad sino la mía”. De nuevo, no es otra cosa que poner en nuestro centro a Jesús y suplicar que sólo él y el Reino cojan nuestras energías. “Que en todo, del todo y por todo se haga su santa voluntad”, decía Joaquina de Vedruna . Todas nuestras facultades, todos nuestros sentidos abiertos cada instante, cada segundo de nuestra vida para escuchar, ver, gustar, oler a Dios... tocar y dejarnos tocar por Él y por ell@s.

Y ya vemos que no se puede separar del voto de pobreza (ni del de castidad, como también veremos)... Los tres votos tienen su unidad en un solo “voto”, o en una sola experiencia interior y vital: la pasión por Dios y su Reino, la pasión por Dios y la pasión por la humanidad. Porque, ¿cuál será la voluntad de Dios sino todo aquello que posibilite la Vida?.

También aquí nos sale la dimensión liberadora... vivir en obediencia no es vivir reprimidos o sumisos a un “superior”, es estar liberados (hasta de nosotros mismos o nuestros propios intereses), libertad de y libertad para buscar “la Gloria de Dios y el bien del prójimo”.

Esto se concreta en la búsqueda conjunta en comunidad y con otros y otras para el desarrollo de nuestro servicio allí donde vivimos; en la capacidad para “levantar la tienda” al completo y marchar toda la comunidad allí donde se hace urgente una presencia posibilitadora y amiga... Todo en la vida se hace obediencia discernida porque nos atraviesa existencialmente el deseo de hacer su voluntad: la tarea o el trabajo concreto y el modo de hacerlo, el uso de los bienes de los que disponemos, la corresponsabilidad en casa, la preparación a todos los niveles para poder aportar nuestra voz de manera pública en la sociedad y en la Iglesia...

¿Cómo vivimos esta búsqueda de la voluntad del Padre en nuestra Iglesia?, ¿nos sentimos todos y todas corresponsables en ella o delegamos totalmente (o quizás asumimos absoluta y únicamente, sin dar cauces de participación o sin saber trabajar en equipo) nuestra responsabilidad?, ¿en qué medida la oración y el discernimiento son claves en nuestra Iglesia?, ¿son la pasión por Dios y por la Humanidad las que mueven las decisiones que se toman en nuestra Iglesia y que nos afectan a todos/as?...

VIVIR EN CASTIDAD AMANTE:

“Tened, pues, los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús” (Flp 2,5)

Nos dice Lola Arrieta que “el amor célibe no es amor por ser célibe, sólo es amor si se tiene la experiencia de la pasión; si se puede llegar a hablar de ‘lo visto y oído’” .

Titulamos este apartado con “castidad amante”, aunque podríamos también llamarlo como otros autores hacen como “castidad consagrada”, “castidad por el Reino”... ¿por qué elegimos este nombre?. Porque hoy queremos resaltar y compartir desde esta clave: como decíamos para los otros votos, todos encuentran su unión y su sentido en la experiencia del Amor (Ct. 5,8) en la experiencia de la Pasión por Dios y por la Humanidad.

Para señalar su fundamento evangélico recurrimos al Documento de Trabajo para el Congreso de la Vida Religiosa del año 2004 donde se nos dice:

La pasión de Cristo por la Humanidad, manifestada en toda su vida y de modo singular en la Cruz, no es algo pasado. Se prolonga a lo largo de la historia; y en esta historia encontramos signos claros de su fecundidad. Hoy, al comienzo del siglo XXI, Cristo comparte las cruces de millones de personas en muy diversas partes del mundo. Él nos dirige de nuevo su exigente y estimulante llamada a seguirlo apasionadamente y a compartir –movidos por su compasión- su pasión por el ser humano.

El doble icono evangélico de la samaritana y el samaritano, nos pueden ofrecer la inspiración que la Vida Consagrada necesita en este momento.

En su camino encontró una mujer samaritana a Jesús. Sintió en su corazón el atractivo de su persona, de su misterio y mensaje. Por Él abandonó su cántaro, es decir su antigua vida y se convirtió en testigo y sembradora del Evangelio (Jn 4, 5-42). En su camino encontró un hombre samaritano a otro ser humano, medio muerto, víctima del despojo y de la violencia. Sintió su corazón movido a compasión; por él se apartó de su camino, se hizo prójimo y lo atendió con detalle y generosidad (Lc 10, 29-37). Samaritana y Samaritano son iconos del camino por el cual el Espíritu conduce hoy –a comienzos del siglo XXI- a la vida consagrada, y del amor y compasión que suscita en su corazón. La samaritana y el samaritano pertenecen a la categoría de pecadores; pero en ellos la gracia y la disponibilidad para el bien no faltan. Los consagrados nos colocamos al lado de ellos, y nos sentimos interpelados por su sed y deseos de agua viva y por su compasión hacia los heridos del camino.

Estamos viviendo un momento crucial de nuestra historia. Somos mundo, iglesia y vida consagrada que junto a la exhuberancia de la vida experimentamos terribles signos de muerte. El Espíritu nos lleva hacia las fuentes de la vida y, simultáneamente, hacia aquellas hermanas y hermanos que yacen postrados y moribundos en el camino.

Esta es nuestra experiencia. No renunciamos al ejercicio del Amor, sino a determinado ejercicio del amor... porque nuestra vida, como cristianos/as está llamada a ser vida amante y amable, vida de Caridad (1 Cor 13), testimonio de la Alianza que Dios ha hecho y hace con su pueblo. Una alianza que nos libera y que universaliza nuestro amor... porque experimentamos que es un amor que va más allá de los vínculos de la carne y de la sangre.

Vivir en castidad amante nos supone ir haciendo la experiencia de ser una “de tantas” y esto se concreta en vivir de nuestro trabajo compartiendo nuestros bienes a todos los niveles; vivir sin miedo las relaciones, en las que el abrazo con el hermano es abrazo de y a Dios, sintiéndonos amadas y amantes. Es amar y alimentar nuestro amor hacia aquellos que no son amados, ni tan siquiera amables, acogiendo con conciencia nuestra debilidad pero confiando y sabiendo que Dios trasciende todo eso y nos llama a salir de nosotras mismas hacia el encuentro con Él en la otra persona.

Es vivir amando todo lo creado desde el reconocer (por experiencia y por fe recibida) que Dios lo ama todo y “todo lo ha creado bueno”.

Vivir en castidad amante es hacer también la experiencia de la mujer que se pone a los pies de Jesús y se los unge con sus lágrimas (cf. Lc 7, 36ss), que derrama sobre ellos su perfume, sus deseos, sus anhelos... y que le lleva a vivir en actitud de adoración, de reverencia, de reconocimiento (¡es el Señor!) y de servicio.

Vivir en castidad amante es saber abrir nuestros brazos para caminar junto a otros/as en la construcción del Reino, creando redes, amasando fraternidad, sirviendo a los más pequeños. Y es, en lo concreto, crear comunidad (en sentido amplio) donde impulsarnos y alentarnos en esta vida a la que somos llamadas.

¿Cómo vivimos esta dimensión en lo concreto de nuestra vida?, ¿hasta dónde nos coge y atraviesa la experiencia de seducción por Jesucristo?, ¿va siendo Él el Señor de nuestras vidas?, ¿somos personas posibilitadoras de relaciones creativas en nuestro entorno?, ¿qué prima en nuestros espacios eclesiales concretos: el encuentro, el diálogo, la escucha, la comunión... o llamamos la atención justamente por lo contrario?, ¿hasta dónde nos lleva, en lo concreto, el “amar hasta dar la vida”?

COMUNIDAD Y MISIÓN

“Ardientemente he deseado celebrar esta pascua con vosotros” (Lc 22,15)

Comunidad porque nuestra vocación no es únicamente vocación personal sino que es convocación, vocación comunitaria: “Nuestra vocación personal es vocación comunitaria porque el Espíritu nos ha llamado a compartir el mismo carisma dentro de la Iglesia” . Fue la experiencia que debieron tener los discípulos al ser convocados por Jesús (Mc 3,13). Experiencia que compartirían con el pueblo judío desde su identidad corpórea... El pueblo judío no imaginarían su fe sin ser “pueblo”.

Y convocación para la misión, desde el envío: El mensaje, la Buena Noticia, Jesús mismo, el Reino... que se multiplica y crece al compartirlo. Desde la palabra y desde la vida: “Nuestras respuestas serán significativas, no por lo acertado de nuestro discurso, sino por lo acertado de nuestro testimonio ”.

Comunidad que es comunidad eclesial. Porque la misión, la vida de los religiosos/as no puede ir “por libre”, se inserta en una llamada común que es dada a toda la Iglesia: hacer presente a Cristo en el mundo, ser “cuerpo de su Cabeza”. Conscientes de estar en camino con otros/as, cada uno desde su carisma propio (1 Cor 12). A eso nos sentimos urgidos hoy en la Vida Religiosa.

Como parte de la Iglesia descubrimos unas LLAMADAS CONCRETAS y nos planteamos unas CUESTIONES que van haciéndose de algún modo vida, pero que sentimos como horizonte amplio hacia el que tenemos que ir abriendo caminos:

- creación de redes dentro de la Iglesiað búsqueda conjunta de modos concretos para la Evangelización y el Servicio, grupos interparroquiales, encuentros, diálogo y trabajo conjunto;

- creación de comunidades “inter” en función de la misiónð laicos/religiosos, intercongregacionales... tal y como ya sabemos que existen y se están dando, desde la llamada común que nos convoca y la misión que nos aúna;

- posibilitar la formación y preparación teológica adecuada desde los diferentes espacios y plataformas que tenemos: grupos, homilías, cursos, universidad...;

- fomentar y posibilitar la corresponsabilidad de todo cristiano y cristiana y su toma de postura y palabra en la sociedad y la Iglesia;

- preguntarnos: los cristianos y cristianas ¿tenemos posturas adultas allí donde estamos o nos movemos por el “buen corazón” y la “buena voluntad”...?;

- ¿transmitimos la alegría de sabernos amados/as por Dios o somos cristianos aburridos, tristes, opacos?;

- en los temas que preocupan a nuestro mundo, que son de actualidad y en que la Iglesia toma postura desde determinados criterios, ¿qué aportamos nosotros/as?;

- dentro de la Iglesia hay mucha diversidad, tendencias, modos de entender el Evangelio, ¿qué plataformas articulamos para que se dé el diálogo?, ¿cómo hablamos y nos relacionamos?, ¿cómo hemos de situarnos?;

- en el mundo en el que prima:

- el individualismo, ¿es posible hacer experiencia de comunidad?

- el abuso y uso para satisfacción personal en las relaciones, ¿se hace posible amar con pasión?

- la violencia y la ley del más fuerte, ¿se hace posible la Bienaventuranza de los mansos?

- la imagen y el cambio, ¿es posible la búsqueda de la verdad en trasparencia?, ¿se hace posible escuchar la Palabra, interiorizarla, dejándola crecer y que dé fruto?;

- ¿somos alternativas en nuestro mundo?;

- ¿nos atrevemos a soñar que otro mundo es posible, quizás con más variantes y colores?...

Ponemos fin a esta reflexión con toda esta lluvia de preguntas que nos hacemos a nosotras mismas y compartimos con vosotros/as. Que espacios como este nos ayuden al diálogo y la búsqueda conjunta de cauces de UNIDAD y COMUNIÓN. Que la Ruah ilumine y aliente nuestro camino para poder llegar a “dar gratis lo que gratis recibimos”.