¿SON
CRISTIANAS NUESTRAS RAÍCES?,
¿SON EVANGÉLICAS NUESTRAS RAÍCES?
UNA PALABRA DESDE LA VIDA CONSAGRADA
Lo
primero que nos sale al pensar en estas cuestiones es una respuesta rápida
y afirmativa: ¡Sí!, ¿cómo no van a ser evangélicas
nuestras raíces?. El principio (y fin), motor y centro del Evangelio
es Jesucristo y si nuestra vida, desde la concreción de la Vida Religiosa,
no se apoya y fundamenta en Él, simplemente no tiene sentido, por
tanto no tendría razón de ser nuestra existencia.
¿Y
son cristianas?, ¿se insertan dentro de todo el Pueblo de Dios, dentro
de todo el que sigue a Cristo con el deseo de configurarse cada vez más
con él?... No podemos vivirnos separadamente del cuerpo eclesial.
No imaginamos la Vida Consagrada fuera de todos los Carismas recibidos dentro
de la Iglesia (1Cor 12).
“Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca” (Mc
12,34):
Pero,
ahora bien, la pregunta que se nos hace no es ingenua y nos lleva a ahondar
más, a cuestionarnos en lo más profundo. En estos momentos,
y echando una mirada rápida a la Iglesia (no ya “que tenemos”
sino “que somos”), a la Iglesia que amamos y que tantas veces
también nos produce dolor... ¿cómo se inserta la Vida
Consagrada en ella?, ¿de qué modo vivimos los cristianos esta
pluralidad de carismas recibidos?, ¿nos alentamos y animamos a vivir
nuestras vocaciones personales y comunitarias sabiendo que forman parte
de un único Espíritu: “Hay diversidad de carismas, pero
el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor
es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo
en todos” (1Cor 12,4-6)?. ¿Ayuda realmente “la mano”
a limpiar el “ojo”; sostiene “la pierna” al resto
del cuerpo?, ¿conoce el laico/a la llamada concreta que ha recibido
el religioso/a y le acompaña y alienta para que dé respuesta
a ella?, ¿favorece el religioso a que el laico lleve a cabo su vocación
específica dentro de la Iglesia?, ¿se da la confrontación
fraterna y necesaria entre el laico, el sacerdote, el religioso... entre
los diversos ministerios y carismas recibidos?.
Hoy
es un buen momento para preguntarnos sobre todo esto y para tomarnos el
pulso... porque estamos en un tiempo nuevo donde cada cristiano y cada cristiana
estamos tomando consciencia de nuestra responsabilidad personal dentro de
la corresponsabilidad eclesial. Los religiosos y religiosas (al menos nosotras
así lo experimentamos) descubrimos fuertemente una llamada a decir
nuestra palabra en la Iglesia... desde el deseo de vivir la fraternidad
a la que nos mueve el reconocernos hijas e hijos de Dios, pero también
desde una fuerte llamada a participar activamente en la vida de una Iglesia
que es de todos/as. Del mismo modo descubrimos una fuerte llamada en esta
línea por parte de los laicos y laicas, que, conscientes de su papel
necesario y en respuesta a la vocación recibida, levantan su voz,
se preparan, se comprometen, buscan la voluntad de Dios junto con otros/as
dentro de la Iglesia.
Desde
la experiencia que vamos teniendo, la Iglesia sólo logrará
ser portadora de la Buena Noticia si crea comunión, si camina unida.
En la pluralidad, pero siendo hermanos/as.
Del
mismo modo, el pensar en estas preguntas nos lleva a cuestionarnos también
desde otra dimensión. Nos lo aplicamos a nosotras, como religiosas,
pero lo hacemos extensivo a todos/as. Evangelio significa, como bien sabemos,
“Buena Noticia”. Y cristiano/a es el seguidor-continuador de
Cristo... Si nuestra vida se fundamenta en una Buena Noticia: Jesucristo
(y su Encarnación, Muerte y Resurrección por nosotr@s); si
en ella encuentran su alimento las raíces de nuestro árbol,
necesariamente deberíamos dar frutos visibles y “comestibles”
de ello, ¿verdad?.
Es
decir, si nuestra vida se apoya y alimenta de algo que es Buena Nueva, los
frutos de nuestra vida deberían ser expresión real de esta
Buena Nueva para todos/as. Y una de las primeras cosas que nos viene a la
cabeza al pensar en algo que sea una buena noticia es que debe producir
alegría, gozo contagioso, serenidad, paz... al escucharla o al verla.
Pero, ¿lo es la Vida Consagrada?, ¿lo somos quienes vivimos
el Seguimiento de Jesús desde este modo de vida concreto?, ¿irradiamos
alegría y gozo ante la vocación recibida viviéndola
como regalo?, ¿producimos felicidad en nuestro camino?, ¿anunciamos
el placer que nos produce sabernos amados/as absolutamente por Dios de tal
forma que sólo queremos “más amarle y servirle”?...
¿Y
lo somos los cristianos/as en general?. La Vida Consagrada está llamada
a explicitar en el mundo que no hay tesoro mejor que Dios, que una vez que
hemos encontrado la perla más preciada todo lo demás se hace
relativo. Nos sentimos llamadas a ser parábola, recuerdo constante
e inquietante de una invitación que es común, que es para
todos los cristianos/as... ¿Lo estamos viviendo? ¿Somos la
Iglesia “Buena Noticia” para el mundo? ¿no damos más
bien la impresión como Iglesia, de una institución donde se
hace hincapié en la norma, en lo legal, en lo moral... en lugar de
proclamar con alegría el gozo del Amor de Dios?
Estas
preguntas de fondo pueden ayudarnos a la hora de enfocar nuestra reflexión,
porque, como decía nuestra Fundadora, Joaquina de Vedruna: “la
alegría es la principal virtud” y el Evangelio produce alegría,
el Amor de nuestro Dios nos produce alegría, la vida no guardada
(Mc 8,35) produce alegría... y alegría estamos llamados/as
a ser.
FUNDAMENTOS
EVANGÉLICOS DE LA VIDA CONSAGRADA. NUESTRAS RAÍCES CRISTIANAS:
Hemos querido elaborar esta reflexión desde dos perspectivas:
- en primer lugarð nos hacemos esta pregunta a nosotras mismas como
religiosas. Pensamos que no podemos cuestionar en algo sin antes preguntarnos
a nosotras mismas: ¿son evangélicas, son cristianas nuestras
raíces?. Y aún más: ¿estamos buscando el alimento
de cada día a través de ellas? ¿tiene nuestro propio
árbol vida?, ¿fluye la savia nueva por él?, ¿le
llega a todas sus ramas y hojas?, ¿está dando fruto?...
- en un segundo momento y desde ahíð desde la concreción
de nuestra llamada al Seguimiento, lanzamos estas preguntas a viva voz,
en este deseo de buscar juntos/as en la Iglesia.
La
Vida Consagrada, todos sabemos, se inserta en la Iglesia junto a otros modos
o géneros de vida compartiendo una llamada que es universal, que
todo cristiano recibe, al Seguimiento de Jesús: “Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz y sígame” (Mc 8,34).
Recordamos el nº 39 de la Constitución Lumen Gentium: “En
la Iglesia TODOS, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que
los apacentados por ella, están llamados a la santidad. [Santidad]
que se expresa multiformemente en CADA UNO de los que, con edificación
de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en
su propio género de vida; de manera SINGULAR (proprio quodam modo)
aparece en la práctica de los comúnmente llamados consejos
evangélicos”.
Hoy este lenguaje nos puede resultar un poco “difícil”
y ciertamente a muchos de los religiosos/as jóvenes de hoy no nos
gusta demasiado. Aunque entendamos que en una lectura profunda y desde el
eje transversal que recorre toda la Eclesiología del Concilio Vaticano
II no se deba entender así , esta dicotomía entre la “Jerarquía
y los apacentados” o incluso la significación que se le dio
durante mucho tiempo a la “singularidad” de los consejos evangélicos
(entendiéndose como un “más” que producía
superioridad, privilegio o predilección) no coincide ya con la sensibilidad
actual de quienes nos sentimos llamados a concretar nuestro Seguimiento
insertos en la sociedad, compartiendo nuestra vida (en su riqueza y vulnerabilidad)
con quienes son los grandes pequeños de nuestro mundo, formando comunidades-familia
(en un sentido donde el significado del término comunidad se va ampliando
en círculos concéntricos) en las que poder orar junt@s, compartir
la vida de cada día, donde poder acompañar y ser acompañad@s
y donde alentarnos de modo que Dios vaya siendo cada vez más el centro
de nuestra existencia.
Otro
documento eclesial nos dice: “desde el principio de la Iglesia hubo
hombres y mujeres que quisieron seguir al Señor con mayor libertad”
(Perfectae Charitatis 1). Es precioso que quede señalado este aspecto
liberador porque el Evangelio es liberación para todos/as los que
lo reciben y hacen vida. Jesucristo, a quien seguimos, vino a “anunciar
a los pobres la Buena Nueva y a proclamar la liberación a los cautivos”
(Lc 4,18). ¿Nos sentimos liberados/as para el Reino?, ¿compartimos
con Jesús la llamada a liberar?, ¿damos muestras de ser receptores
y portadores de esa liberación?. Esto no es algo específico
de la Vida Consagrada, pero sí podemos apuntar por dónde creemos
nosotras que nos es dada esta “mayor libertad”, que sólo
será válida en función del Reino y que estará
relacionado sin duda con lo que es característico de la Vida Religiosa:
la vivencia de los consejos evangélicos (pobreza solidaria, obediencia
discernida y castidad amante) y la vida en comunidad para la misión.
Nosotras,
como religiosas, no entendemos la consagración religiosa a través
de la profesión de los tres conocidos votos y de la vida en comunidad
desde la clave de renuncia (aunque evidentemente cualquier elección
implique la renuncia de otros elementos) ni tampoco desde el aspecto práctico
o funcional (se tiene “más tiempo para la gente”...).
La dimensión liberadora viene derivada de una seducción tal
por Jesucristo que, cual corazón enamorado, uno/a sólo desee,
como Él, “dedicarse a las cosas del Padre” (cf. Lc 2,49).
Es
decir, la especificidad, creemos, está en el CÓMO del Seguimiento.
“Con Jesús y como Jesús”, decimos frecuentemente.
Lo peculiar de la vida consagrada es esa forma de seguir a Jesús,
de “imitarle”, de vivir desde la llamada a ser memoria viva
de Cristo, reproduciendo tal cual los mismos rasgos de su vida: virginidad,
pobreza y obediencia. “Parábolas del Reino”, signos del
absoluto de Dios, místicos y profetas desde el místico y profeta
por excelencia que es Jesús. Dice nuestra Constitución 11
: “Esta consagración, que tiene su raíz en la del bautismo
y la expresa con mayor plenitud, nos une estrechamente al misterio de la
muerte y resurrección de Jesús y nos urge a una conversión
incesante a un amor cada vez más auténtico a Dios y al prójimo”.
Y
si toda la vida de Jesús estuvo marcada por el amor y la pasión
por su Abbá y el Reino (Dios y su causa en el mundo, como dice Toño
García, SJ), también la vida consagrada (como toda la Iglesia)
fundamenta su teología y espiritualidad, sus raíces en el
amor evangélico. Un amor que se convierte en locura, capaz de dar
hasta la vida: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos” (Jn 15,13); un amor que sólo se entenderá en
la medida que se experimente y aliente en la concreción cotidiana,
un amor que sólo amando ayude al mundo a entender (más allá
de lo racional) por qué aún tantas mujeres y varones quieren
proclamar con su vida un “Con Jesús y teniendo a Jesús,
todo sobra” .
La
vida religiosa con sus tres votos ofrece al mundo un proyecto integral de
vida evangélica o de radicalismo evangélico (sin olvidar que
todo cristiano, sea cual sea su vocación específica, está
llamado a vivir en radicalidad el Evangelio). Y lo hace porque toca el centro
de la persona, tres valores, tres pulsiones profundas de la vida humana:
el tener, el placer y el poder.
Y por supuesto, la vida consagrada sólo tendrá sentido si
es vivida desde la convocación y el envío, desde la comunidad
y la misión, dentro de la convocación y el envío que
la Iglesia ha recibido. Compartimos el envío de Jesús con
otros muchos creyentes y lo hacemos dentro de la Iglesia, concretándose
en comunidades específicas, con otros varones y mujeres llamados
del mismo modo a dar vida y hacer visible el amor de Dios.
La vida religiosa no ha de concebirse al margen de la Iglesia. En sus orígenes
todas las congregaciones surgieron como afirmación de una vida cristiana
radical. La vida consagrada surge de la vitalidad de la Iglesia y está
en función del Reino. Su objetivo terminal es éste: el servicio
al Reino de Dios y su Justicia, la promoción del mismo en medio de
la historia humana, del mundo. Y lo hace dentro de la Iglesia y en sintonía
con ella, cuya vocación esencial es ser luz, sal, fermento... en
medio de los pueblos. ¿Es esta nuestra experiencia?, ¿cómo
se concreta en lo cotidiano?, ¿estamos aprendiendo a leer los signos
del Reino ya presentes en nuestro mundo y a ser fermento en ellos, luz en
sus oscuridades, sal para que se pueda saborear la Vida (con mayúsculas)?
Veamos más explícitamente nuestro enraizamiento en el evangelio
recorriendo estos puntos esenciales de la Vida Consagrada: los votos, la
comunidad, la misión. Compartiendo todo desde la inserción
eclesial, desde este contexto que nos une hoy aquí: la búsqueda
de la UNIDAD ECLESIAL.
VIVIR EN POBREZA SOLIDARIA:
“El cual, siendo de condición divina, no retuvo el ser igual
a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición
de siervo” (Flp 2, 6-7).
“Anda, cuanto tienes, véndelo y dáselo a los pobres
y luego, ven y sígueme” (Mc 10, 21)
“Anda,
cuanto tienes, véndelo y dáselo a los pobres y luego, ven
y sígueme”. Estas palabras de Jesús son dirigidas, según
Marcos, a un buscador, a un deseoso de hacer la voluntad de Dios, pero que
queda frenado al final “porque tenía muchos bienes” (Mc
10, 22).
Hoy estas palabras son dirigidas a todo seguidor de Jesús, no son
específicas de la vida religiosa, por supuesto. Pero las podemos
recoger en este momento para hablar del fundamento evangélico de
la vida consagrada. Porque a esto nos sentimos llamados los/as religiosos/as...
a romper con todo lo que nos impide vivir teniendo como centro a Jesús,
el “pobre” por antonomasia: Jesús crucificado, Siervo
de Yahvé. El voto de pobreza, como nos dice Cabarrús , concretiza
el rostro de Dios en los empobrecidos del mundo cuya causa se pretende reivindicar
y compartir.
Los religiosos estamos llamados a vivir en solidaridad, desde ahí
entendemos nosotros el voto. A poner nuestras energía en erradicar
la injusticia, apoyando afectiva y efectivamente a quienes son los “desheredados”,
los excluidos de nuestro mundo, sabiendo que en ellos está presente
el Hijo que todavía carga con su cruz en el mundo.
Pobreza solidaria, encarnada, profética, transformadora... pobreza
“al estilo de Jesús.”. No es lugar aquí para hacer
una reflexión cristológica sobre Jesús Pobre, pero
todos entendemos esto... Jesús nace en un pobre pesebre (...), vive
en un lugar sencillo, su vida está marcada por la itinerancia y el
despojo (“no tiene donde reclinar la cabeza”...), le acompañan
mujeres y varones que no pertenecen a la élite social de su época
y muere como nace, desnudo y vulnerable. Vivió el despojo más
absoluto jamás imaginado, tal y como encontramos en la Epístola
a los Filipenses: “El cual, siendo de condición divina, no
retuvo el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo
tomando condición de siervo...” (Flp 2, 6-7).
Vivir
el voto de pobreza con y como Jesús anonadado, se concreta hoy en
una llamada continua a ser mujeres y varones que se posicionan ante el sistema
dominante, ante el liberalismo y el consumismo de nuestro mundo que crea
abismos insondables entre países y explota al que menos tiene. Con
consciencia de que “nada es nuestro”, vivir en pobreza solidaria
es una llamada a compartir todo: vida, espacios físicos, trabajo,
alimento...; es defender la justicia públicamente poniéndonos
de parte de los empobrecidos y al mismo tiempo, vivir con consciencia de
que lo que nosotros tenemos de más se lo estamos robando a hermanos
y hermanas nuestras y eso nos debe llevar a usar de manera justa y evangélica
los bienes de los que podemos disponer. Es vivir en actitud de servicio,
con capacidad para salir de nuestros seguros hogares al encuentro de quien
está en la calle, o para compartir la experiencia de ser emigrante
en otras tierras no siendo obligados por el hambre física sino por
el hambre y la sed de Dios. Es sabernos y vivirnos herman@s de todos, hij@s,
discípul@s, y desear compartir la suerte de los que quedaron atrás
porque no son queridos.
Es
compartir la cola de la frutería o de la carnicería, saber
ser vecinos/as creando espacios de encuentro y comunicación sencilla.
Es tener por amig@s y compartir nuestra mesa con aquellos que seguramente
reciben pocas veces una invitación a una fiesta... y es tener la
suerte de ser invitad@s como amig@s a sus espacios privados, a sus hogares.
Y
es, también, ser capaces de reconocer nuestra pequeñez, nuestro
pecado y vulnerabilidad y compartirla en el abrazo de la otra persona con
quien vives, trabajas, reflexionas u oras. Es sabernos necesitados/as de
otros/as en nuestro camino, vivir con sencillez y humildad, aportando nuestro
granito de arena en el Reino pero sabiéndonos unos más, sin
pretender ser los “superhéroes” o “superheroínas”
de la película.
En
definitiva... dar de comer al hambriento y dejarnos alimentar, dar de beber
al sediento y permitir que otros calmen nuestra sed; dar cobijo en nuestra
casa y permitir que otros nos acojan... Hacer con los pequeños lo
que haríamos con Cristo (cf. Mt 25, 31ss), sabiéndonos también
pequeños siervos, que sólo hacemos lo que tenemos que hacer
(cf. Lc 17,10).
¿Cómo
vivimos en la Iglesia esta dimensión solidaria, esta responsabilidad
como hermanos/as?, ¿de qué modo los religiosos lo estamos
haciendo vida?, ¿somos capaces de confrontarnos mutuamente en nuestro
vivir concreto?, ¿hasta qué punto nos atraviesa la consciencia
de ser seguidores/as de Cristo pobre?, ¿hasta qué punto nos
atraviesa la consciencia de la pobreza de nuestros hermanos/as?...
VIVIR EN OBEDIENCIA DISCERNIDA:
“Y en su condición de hombre, se humilló a sí
mismo haciéndose obediente hasta la muerte” (Flp 2,7-8)
“Que no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú”
(Mc 14, 23)
Dice Toni Catalá que porque el voto nos hiere en nuestra tendencia
a dictar nuestra propia vida, nos abrimos disponiblemente a otras posibilidades
de vida por causa de la Buena Noticia .
Como religiosas, vivimos el voto de obediencia en clave de discernimiento,
es decir, en la clave de buscar la voluntad de Dios y disponer nuestro corazón
y toda nuestra vida para realizarla. Dice Libanio que aprender a discernir
es saber colocarse en actitud de búsqueda que no termina ni siquiera
después de haber “descubierto” la voluntad de Dios. Aprender
a discernir es saber, es conocer en la inseguridad continua de quien está
dialogando con el Misterio y nunca tiene certeza clara de su transparencia
. Y para que pueda darse esa búsqueda continua somos conscientes
de la necesidad de mediaciones: la profundización en la Palabra y
en las palabras, la oración personal y comunitaria, el discernimiento,
el acompañamiento, la lectura creyente de la vida (la de quienes
están cerca y también de los que están lejos, de la
comunidad y la nuestra propia) en su dolor y su gozo.
Vivir en obediencia con Jesús y como Jesús. Porque toda la
existencia de Jesús de Nazaret tuvo como único deseo realizar
la voluntad de su Padre (Jn 8,29; 16,32). Para ello, Jesús alimentaba
una comunicación “directa” con su Abbá, pernoctando
en oración... Pero también supo buscar su voluntad a través
de las mediaciones (su vida familiar: en Caná es fiel a la mediación
de María a pesar del escándalo que suponía ver a un
hombre adulto obedecer a una mujer dentro del contexto judío; su
primo Juan el Bautista, los Doce, la mujer sirofenicia (Mt 7, 24-30)...).
Toda la vida de Jesús fue una respuesta a lo que Él descubría
era la voluntad de su Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad de
mi Padre” (Jn 4,36). Y a eso estamos llamadas/os nosotras/os. Y eso
nos lleva a vivir desde tres claves: la oración, la búsqueda
y la libre disponibilidad, que a su vez conlleva otras actitudes como son
el diálogo, la apertura, la itinerancia, la capacidad para salir
del “propio querer, amor e interés...”. “Pero que
no se haga tu voluntad sino la mía”. De nuevo, no es otra cosa
que poner en nuestro centro a Jesús y suplicar que sólo él
y el Reino cojan nuestras energías. “Que en todo, del todo
y por todo se haga su santa voluntad”, decía Joaquina de Vedruna
. Todas nuestras facultades, todos nuestros sentidos abiertos cada instante,
cada segundo de nuestra vida para escuchar, ver, gustar, oler a Dios...
tocar y dejarnos tocar por Él y por ell@s.
Y ya vemos que no se puede separar del voto de pobreza (ni del de castidad,
como también veremos)... Los tres votos tienen su unidad en un solo
“voto”, o en una sola experiencia interior y vital: la pasión
por Dios y su Reino, la pasión por Dios y la pasión por la
humanidad. Porque, ¿cuál será la voluntad de Dios sino
todo aquello que posibilite la Vida?.
También aquí nos sale la dimensión liberadora... vivir
en obediencia no es vivir reprimidos o sumisos a un “superior”,
es estar liberados (hasta de nosotros mismos o nuestros propios intereses),
libertad de y libertad para buscar “la Gloria de Dios y el bien del
prójimo”.
Esto
se concreta en la búsqueda conjunta en comunidad y con otros y otras
para el desarrollo de nuestro servicio allí donde vivimos; en la
capacidad para “levantar la tienda” al completo y marchar toda
la comunidad allí donde se hace urgente una presencia posibilitadora
y amiga... Todo en la vida se hace obediencia discernida porque nos atraviesa
existencialmente el deseo de hacer su voluntad: la tarea o el trabajo concreto
y el modo de hacerlo, el uso de los bienes de los que disponemos, la corresponsabilidad
en casa, la preparación a todos los niveles para poder aportar nuestra
voz de manera pública en la sociedad y en la Iglesia...
¿Cómo
vivimos esta búsqueda de la voluntad del Padre en nuestra Iglesia?,
¿nos sentimos todos y todas corresponsables en ella o delegamos totalmente
(o quizás asumimos absoluta y únicamente, sin dar cauces de
participación o sin saber trabajar en equipo) nuestra responsabilidad?,
¿en qué medida la oración y el discernimiento son claves
en nuestra Iglesia?, ¿son la pasión por Dios y por la Humanidad
las que mueven las decisiones que se toman en nuestra Iglesia y que nos
afectan a todos/as?...
VIVIR EN CASTIDAD AMANTE:
“Tened, pues, los sentimientos que corresponden a quienes están
unidos a Cristo Jesús” (Flp 2,5)
Nos dice Lola Arrieta que “el amor célibe no es amor por ser
célibe, sólo es amor si se tiene la experiencia de la pasión;
si se puede llegar a hablar de ‘lo visto y oído’”
.
Titulamos este apartado con “castidad amante”, aunque podríamos
también llamarlo como otros autores hacen como “castidad consagrada”,
“castidad por el Reino”... ¿por qué elegimos este
nombre?. Porque hoy queremos resaltar y compartir desde esta clave: como
decíamos para los otros votos, todos encuentran su unión y
su sentido en la experiencia del Amor (Ct. 5,8) en la experiencia de la
Pasión por Dios y por la Humanidad.
Para señalar su fundamento evangélico recurrimos al Documento
de Trabajo para el Congreso de la Vida Religiosa del año 2004 donde
se nos dice:
La
pasión de Cristo por la Humanidad, manifestada en toda su vida y
de modo singular en la Cruz, no es algo pasado. Se prolonga a lo largo de
la historia; y en esta historia encontramos signos claros de su fecundidad.
Hoy, al comienzo del siglo XXI, Cristo comparte las cruces de millones de
personas en muy diversas partes del mundo. Él nos dirige de nuevo
su exigente y estimulante llamada a seguirlo apasionadamente y a compartir
–movidos por su compasión- su pasión por el ser humano.
El
doble icono evangélico de la samaritana y el samaritano, nos pueden
ofrecer la inspiración que la Vida Consagrada necesita en este momento.
En
su camino encontró una mujer samaritana a Jesús. Sintió
en su corazón el atractivo de su persona, de su misterio y mensaje.
Por Él abandonó su cántaro, es decir su antigua vida
y se convirtió en testigo y sembradora del Evangelio (Jn 4, 5-42).
En su camino encontró un hombre samaritano a otro ser humano, medio
muerto, víctima del despojo y de la violencia. Sintió su corazón
movido a compasión; por él se apartó de su camino,
se hizo prójimo y lo atendió con detalle y generosidad (Lc
10, 29-37). Samaritana y Samaritano son iconos del camino por el cual el
Espíritu conduce hoy –a comienzos del siglo XXI- a la vida
consagrada, y del amor y compasión que suscita en su corazón.
La samaritana y el samaritano pertenecen a la categoría de pecadores;
pero en ellos la gracia y la disponibilidad para el bien no faltan. Los
consagrados nos colocamos al lado de ellos, y nos sentimos interpelados
por su sed y deseos de agua viva y por su compasión hacia los heridos
del camino.
Estamos viviendo un momento crucial de nuestra historia. Somos mundo, iglesia
y vida consagrada que junto a la exhuberancia de la vida experimentamos
terribles signos de muerte. El Espíritu nos lleva hacia las fuentes
de la vida y, simultáneamente, hacia aquellas hermanas y hermanos
que yacen postrados y moribundos en el camino.
Esta es nuestra experiencia. No renunciamos al ejercicio del Amor, sino
a determinado ejercicio del amor... porque nuestra vida, como cristianos/as
está llamada a ser vida amante y amable, vida de Caridad (1 Cor 13),
testimonio de la Alianza que Dios ha hecho y hace con su pueblo. Una alianza
que nos libera y que universaliza nuestro amor... porque experimentamos
que es un amor que va más allá de los vínculos de la
carne y de la sangre.
Vivir en castidad amante nos supone ir haciendo la experiencia de ser una
“de tantas” y esto se concreta en vivir de nuestro trabajo compartiendo
nuestros bienes a todos los niveles; vivir sin miedo las relaciones, en
las que el abrazo con el hermano es abrazo de y a Dios, sintiéndonos
amadas y amantes. Es amar y alimentar nuestro amor hacia aquellos que no
son amados, ni tan siquiera amables, acogiendo con conciencia nuestra debilidad
pero confiando y sabiendo que Dios trasciende todo eso y nos llama a salir
de nosotras mismas hacia el encuentro con Él en la otra persona.
Es vivir amando todo lo creado desde el reconocer (por experiencia y por
fe recibida) que Dios lo ama todo y “todo lo ha creado bueno”.
Vivir en castidad amante es hacer también la experiencia de la mujer
que se pone a los pies de Jesús y se los unge con sus lágrimas
(cf. Lc 7, 36ss), que derrama sobre ellos su perfume, sus deseos, sus anhelos...
y que le lleva a vivir en actitud de adoración, de reverencia, de
reconocimiento (¡es el Señor!) y de servicio.
Vivir en castidad amante es saber abrir nuestros brazos para caminar junto
a otros/as en la construcción del Reino, creando redes, amasando
fraternidad, sirviendo a los más pequeños. Y es, en lo concreto,
crear comunidad (en sentido amplio) donde impulsarnos y alentarnos en esta
vida a la que somos llamadas.
¿Cómo vivimos esta dimensión en lo concreto de nuestra
vida?, ¿hasta dónde nos coge y atraviesa la experiencia de
seducción por Jesucristo?, ¿va siendo Él el Señor
de nuestras vidas?, ¿somos personas posibilitadoras de relaciones
creativas en nuestro entorno?, ¿qué prima en nuestros espacios
eclesiales concretos: el encuentro, el diálogo, la escucha, la comunión...
o llamamos la atención justamente por lo contrario?, ¿hasta
dónde nos lleva, en lo concreto, el “amar hasta dar la vida”?
COMUNIDAD Y MISIÓN
“Ardientemente he deseado celebrar esta pascua con vosotros”
(Lc 22,15)
Comunidad
porque nuestra vocación no es únicamente vocación personal
sino que es convocación, vocación comunitaria: “Nuestra
vocación personal es vocación comunitaria porque el Espíritu
nos ha llamado a compartir el mismo carisma dentro de la Iglesia”
. Fue la experiencia que debieron tener los discípulos al ser convocados
por Jesús (Mc 3,13). Experiencia que compartirían con el pueblo
judío desde su identidad corpórea... El pueblo judío
no imaginarían su fe sin ser “pueblo”.
Y
convocación para la misión, desde el envío: El mensaje,
la Buena Noticia, Jesús mismo, el Reino... que se multiplica y crece
al compartirlo. Desde la palabra y desde la vida: “Nuestras respuestas
serán significativas, no por lo acertado de nuestro discurso, sino
por lo acertado de nuestro testimonio ”.
Comunidad que es comunidad eclesial. Porque la misión, la vida de
los religiosos/as no puede ir “por libre”, se inserta en una
llamada común que es dada a toda la Iglesia: hacer presente a Cristo
en el mundo, ser “cuerpo de su Cabeza”. Conscientes de estar
en camino con otros/as, cada uno desde su carisma propio (1 Cor 12). A eso
nos sentimos urgidos hoy en la Vida Religiosa.
Como parte de la Iglesia descubrimos unas LLAMADAS CONCRETAS y nos planteamos
unas CUESTIONES que van haciéndose de algún modo vida, pero
que sentimos como horizonte amplio hacia el que tenemos que ir abriendo
caminos:
- creación de redes dentro de la Iglesiað búsqueda conjunta
de modos concretos para la Evangelización y el Servicio, grupos interparroquiales,
encuentros, diálogo y trabajo conjunto;
- creación de comunidades “inter” en función de
la misiónð laicos/religiosos, intercongregacionales... tal y
como ya sabemos que existen y se están dando, desde la llamada común
que nos convoca y la misión que nos aúna;
- posibilitar la formación y preparación teológica
adecuada desde los diferentes espacios y plataformas que tenemos: grupos,
homilías, cursos, universidad...;
- fomentar y posibilitar la corresponsabilidad de todo cristiano y cristiana
y su toma de postura y palabra en la sociedad y la Iglesia;
- preguntarnos: los cristianos y cristianas ¿tenemos posturas adultas
allí donde estamos o nos movemos por el “buen corazón”
y la “buena voluntad”...?;
- ¿transmitimos la alegría de sabernos amados/as por Dios
o somos cristianos aburridos, tristes, opacos?;
- en los temas que preocupan a nuestro mundo, que son de actualidad y en
que la Iglesia toma postura desde determinados criterios, ¿qué
aportamos nosotros/as?;
- dentro de la Iglesia hay mucha diversidad, tendencias, modos de entender
el Evangelio, ¿qué plataformas articulamos para que se dé
el diálogo?, ¿cómo hablamos y nos relacionamos?, ¿cómo
hemos de situarnos?;
- en el mundo en el que prima:
- el individualismo, ¿es posible hacer experiencia de comunidad?
- el abuso y uso para satisfacción personal en las relaciones, ¿se
hace posible amar con pasión?
- la violencia y la ley del más fuerte, ¿se hace posible la
Bienaventuranza de los mansos?
- la imagen y el cambio, ¿es posible la búsqueda de la verdad
en trasparencia?, ¿se hace posible escuchar la Palabra, interiorizarla,
dejándola crecer y que dé fruto?;
- ¿somos alternativas en nuestro mundo?;
- ¿nos atrevemos a soñar que otro mundo es posible, quizás
con más variantes y colores?...
Ponemos
fin a esta reflexión con toda esta lluvia de preguntas que nos hacemos
a nosotras mismas y compartimos con vosotros/as. Que espacios como este
nos ayuden al diálogo y la búsqueda conjunta de cauces de
UNIDAD y COMUNIÓN. Que la Ruah ilumine y aliente nuestro camino para
poder llegar a “dar gratis lo que gratis recibimos”.