La especie humana (homo viene de humus), última llegada al planeta
Tierra, es capaz de lo óptimo y de lo pésimo. Aunque el cosmos
tiene 13.000 millones de años, los terrícolas existen desde
un millón y medio; el homo sapiens desde hace 200.000 (Paleolítico);
desde hace apenas 10.000 años (gran cambio del Neolítico),
un número creciente de agricultores y ganaderos sedentarios; desde
hace unos 5.000 años, grandes culturas y grandes religiones de la
historia primitiva. Si tomásemos 62 años como esperanza media
de vida para los últimos 50.000 años de la historia de la
humanidad, ahora nos encontraríamos en la vida numero 800, de las
cuales 650 vividas en cavernas; desconocedoras de la palabra escrita hasta
la generación 70 anterior a nosotros; sólo en las 6 últimas
se ha dado la palabra impresa al alcance de las masas; sólo en las
4 últimas exactos cómputos de tiempo; sólo en las 2
últimas motor eléctrico (electrodomésticos); sólo
1, la nuestra, la número 800, ha conocido la mayor parte de los bienes
de consumo, y únicamente en los tres últimos decenios ha tenido
acceso a la universalización de las redes informáticas y telemáticas:
baste decir que un servidor no conoció la televisión cuando
fue niño, y el ordenador personal sólo hace unos años.
El sobresalto de la ingeniería genética
Cada mañana la tecnología da un paso adelante. Pero ¿al
frente, o hacia el vacío? Como dice Sabato con palabra sabia, «con
grandes titulares se nos informa de que la clonación es ya un éxito.
Y nosotros, todos los hombres del planeta que no queremos esta profanación
última de la naturaleza, ¿qué podemos hacer frente
a la inmoralidad de quienes nos someten? La humanidad ha recibido una naturaleza
donde cada elemento es único y diferente. Únicas y diferentes
son todas las nubes que hemos contemplado en la vida, las manos de los hombres
y la forma y el tamaño de las hojas, los ríos, los vientos
y los animales. Ningún animal fue idéntico a otro. Todo hombre
fue misteriosa y sagradamente único. Ahora, el hombre está
al borde de convertirse en un clon por encargo: ojos celestes, simpático,
emprendedor, insensible al dolor o, trágicamente, preparado para
esclavo. Engranajes de una máquina, factores de un sistema, ¡qué
lejos, Hölderlin, de cuando los hombres se sentían hjios de
los dioses!».
El desarrollo tecnológico sin el moral puede llevar al colapso de
la especie y a la destrucción de la Tierra. ¿Qué nos
pasará si usamos la tecnología con un corazón perverso?
La ciencia avanza pero la ética retrocede, baste decir que hoy las
tres cuartas partes de la humanidad pasan hambre. Carentes de identidades
morales, más de la mitad de los europeos opina que en materia de
valores todo es relativo, nada verdad ni mentira, sólo según
el color del cristal con que se mira.
El humano de hoy es un animal enfermo, etimológicamente hablando
(in-firmus, no firme): camina con un pie más corto que otro, ha hipertrofiado
su brazo de acero de tecnita, a costa del alma bella de santo. Ojalá
que, como especie joven que somos, podamos rectificar y acompasar ambos
avances. No parece tan fácil, pues tantas escuelas y universidades
del primer mundo no solucionan esta cuestión. Ahora bien, ¿para
qué sirve la escuela, si no es para hacernos más buenos, sin
dejar por ello de ser más tecnitas?
Los niveles convencionales
Un taxista recoge a un cliente con la idea de asaltarlo en la siguiente
esquina, pero antes de llegar a la siguiente esquina es asaltado por su
cliente que había parado un taxi con esa idea. A esta hipótesis
le cabe una subhipótesis: el taxista recoge al cliente que piensa
asaltar ignorando que el cliente va a asaltarlo, pero ambos ignoran que,
antes de que puedan hacer nada, digamos a los 25 metros del trayecto, dos
maleantes van a encañonarlos para hacer eso que ellos veían
pensando hacer. Esta subhipótesis puede derivar en esta subhipótesis:
en cuando los dos individuos están encañonando al chofer y
a su pasajero, llega una pareja de policías que los detiene, los
sube a la patrulla, y los asalta durante el viaje hacia una delegación
tan lejana como imaginaria. La subsubhipótesis de este asalto es
que el par de policías no tiene más remedio que asaltar a
quien se deje para responderle a su superior que lo espera para exigirle
las ganancias del día y esto no es ni más ni menos que otro
asalto. He aquí, por así decirlo, un auténtico diccionario
senequista de las frustraciones.
Dar ejemplo de posconvencionalidad
Invitación a la belleza: deja limpio lo que encuentres sucio, y no
a la inversa. Como docente, siempre me encuentro sucia la pizarra de clase,
pero me gusta dejarla limpia. Como ciudadano veo cáscaras de plátano
en el suelo que procuro recoger y echar en la próxima papelera, no
siempre tan cercana. No se trata de convertirse uno mismo en un recogedor
de basuras, porque sería imposible. Pero la vida no es una excursión
en la que tus residuos molesten al siguiente: no dejes otra huella que no
sea la de tu limpieza vital.
Invitación al civismo: evita el peligro a los demás como si
del tuyo propio se tratase. Es absolutamente necesario luchar contra el
hambre y contra todo lo que mata. Pero además de eso hay que luchar
en la vida cotidiana contra batallas que a la mayoría de los ciudadanos
les resultan invisibles porque no las sienten como propias. A veces hay
cables de luz peligrosos, cloacas sin tapadera, señalizaciones equívocas,
etc, y esos peligros siguen ahí por tiempo, incluso causando víctimas.
Ante ellos los corazones duros procuran sortearlos ellos mismos y en todo
caso alertar a sus amigos. Pero ¿por qué no avisar también
a la policía, al ayuntamiento, a los bomberos, a quien corresponda,
para que nadie padezca? Mala señal ética la de no llevar ninguno
de esos teléfonos de urgencia en la agenda para usarlos cuando corresponda.
Estoy persuadido de que quien evita el peligro a los demás tiene
andado un buen trecho por el camino de la revolución cotidiana: quien
es capaz de lo pequeño es capaz de lo grande.
Invitación a la generosidad: da tu sangre, si puedes. No pidas más
derechos que deberes, antes al contrario, sin renunciar al propio derecho,
cédelo al necesitado, conviértelo en deber propio asumiendo
cargas de quienes menos pueden.
Invitación al esfuerzo: cultiva tus talentos. Quien no cultiva sus
talentos es un ladrón: robo cuando utilizo el teléfono del
trabajo para uso privado, cuando doy las clases mal, cuando veo demasiada
televisión, cuando me levanto tarde, cuando me escudo en el anonimato,
cuando soy menos diligente en lo común que en lo mío particular.
Robo además cuando respondo como el Comendador a don Juan Tenorio
en el drama de Zorrilla: «¿Y qué tengo yo, don Juan,
con tu salvación que ver?». Así pues, no robes: participa
en la construcción de la ciudad armoniosa, de la familia sana, de
tu identidad personal, estudia más para que tu voto contribuya al
mejor gobierno.
Invitación a la verdad. La mentira consiste en decir que lo que no
es es, y que lo que es no es; elevar el no-principio a principio para no
empezar por el principio. Por eso quien miente una vez se ve obligado a
mentir dos, la segunda vez para camuflar la primera. La mentira de todos
no es menos mentira. Si la mentira pide mentira, la verdad pide universalizar
la verdad, mirarla cara a cara, odiar el delito y compadecer al delincuente.
Invitación a la mirada universalizadora. La humanidad es syn-diké,
justicia hecha con los demás, por eso soy síndico cuando quiero
para todos lo que quiero para mí, evitando para ellos lo que evito
para mí; y, si no es posible, compartir hasta donde se pueda siempre
para ti lo mismo que para mí, especialmente si tu piel es arruga
sobre arruga. Me contaba un preso que un día trasladaron a su mejor
amigo del penal en el que estaban y, no teniendo éste nada que darle,
se arrancó un diente y se lo entregó. Los pobres siempre dan
sus dientes cuando no tienen nada más. Quien ignora a los pobres
no descubre la propia riqueza. Quien no se hace pobre con los pobres no
se enriquece. Y quien no se enriquece con la lucha superadora de los más
pobres no se enriquece con la propia. Descubro en el pobre, y desde la propia
pobreza, todas las posibilidades que se albergan en el alma. El mejor regalo
que pueden darles a sus hijos es que descubran el rostro de la viuda, del
huérfano y del extranjero.
Invitación al diálogo de palabras y de obra. En su desigual
relación el león dice al conejillo: «Excelentísimo
señor conejo, vamos a dialogar con racionalidad comunicativa, pues
por fortuna ambos somos adultos, mayores de edad, demócratas y loquicapaces.
Dadas estas premisas, deme cuatro por uno, y agradezca que le proporcione
protección frente a otros más feroces y peor educados que
yo. Y he aquí que entonces el pobre conejo con cara de circunstancias
piensa para sus adentros sin atreverse a decirlo: «Excelentísimo
señor león, rey de todas las selvas, ¿cómo vamos
a ser contractualmente iguales vuesamerced y yo? Para eso tendríais
primero que arrancaros los colmillos, limaros las uñas, cubriros
las zarpas, y sobre todo cambiar de corazón».
Invitación a la presencia. Se pueden solucionar muchísimas
relaciones disfuncionales del sistema, pero para eso hay que saber dónde
duele. A veces, cuando los alumnos descubren que sus padres se engranan
en el mecanismo de injusticia, rechazan este nivel. Cuanto sabemos debemos
asumirlo para transformar la realidad. Quien no hace nada y se queja es
un hipócrita. Hablar mal de los políticos es deporte nacional,
y a nosotros no nos interesa en absoluto ese deporte. Se comienza por poco:
el que ha llevado una cáscara de plátano cincuenta veces a
una papelera se convierte en un buen ciudadano.
Invitación a la mística. Los creyentes, conscientes de que
dicha tarea es mayor que sus fuerzas, nos abrimos a Dios a pesar de nuestros
incontables fallos. Ponemos este nivel al final y no al principio para poder
compartir los tres niveles anteriores con los no creyentes. Pero, aunque
vaya en último lugar, se sitúa en primer término.
La genética de poblaciones: ingenuos, tramposos y rencorosos
El análisis realizado hasta aquí forma ya parte de un patrimonio
cultural común, por eso nos alegra poder expresarlo también
con la genética de poblaciones. En efecto, en los comportamientos
de cada individuo y de todo colectivo se darían tres posibilidades
básicas, que pueden también aparecer mezcladas entre sí:
Predominio de los genes ingenuos, de la gente buena, del vecino del quinto
que siempre quisiste tener. Si todos fuésemos así, la vida
en esta tierra sería paradisiaca. Lo que ocurre es que nos comportamos
con esa ingenuidad solamente entre el círculo de nuestros amigos
y familiares, de onda corta, pero no ampliamos el círculo, llegando
incluso a ser tramposos para con los demás, a los que aplicamos la
onda larga que deslumbra.
Predominio de los genes tramposos, esa gente que no devuelve los préstamos
que prometió devolver, que se prevalece del tráfico de influencias,
que manipula y que engaña, llegando a morder la mano que le alimenta.
Si todos nos comportásemos así, la vida se parecería
a ese infierno del que Sartre dijo que «son los otros». Los
primeros en caer aquí serían los menos tramposos, y así
sucesivamente por «crisis cíclicas» hasta quedar solamente
los supertramposos, que entre sí lucharían a muerte.
Predominio de los genes rencorosos, esos que se limitan friamente a devolver
lo prestado y a lo que marca la ley, «dura sex sed lex», en
cuyas interioridades no penetran para saber si existen leyes legales aunque
inmorales, según la ley del Talión.
Así las cosas, y como no se dan tipos puros ni cristalizaciones estables,
¿podrá más la ingenuidad, el rencor, o la trampa? No
cabe establecer ninguna analogía entre los demás reinos físicos
y el reino humano. En efecto, si en aquél una manzana pudre a las
sanas, en el mundo del espíritu un gen ingenuo puede terminar convirtiendo
hacia el lado bueno a un gen tramposo.
Ocurre, empero, que a veces decimos querer ser genes ingenuos (almas bellas)
pero no pudiendo cambiar al mundo hacia mejor, antes al contrario empeorando
y maleándonos poco a poco nosotros mismos en el intento, terminamos
por recluirnos en nuestra propia coraza, metamorfoseándonos al fin
como corazones duros. Las calles están empedradas de gentes que,
tras haber comprobado la dureza del mundo, llevan puesto el caparazón
protector, aunque tampoco aquí falten quienes se vendan antes de
que les llegue la herida porque en el fondo deseaban momificarse. En cualquier
caso, ¿es más grande la fuerza del mal que la del bien, o
al contrario? Si lo primero, nuestra acción militante contra el mal
estará justificada; si lo contrario, ¿para qué obstinarse
entonces en frenar el mal? El bien vencerá, pero el bien hay que
promoverle porque no cae de un cocotero y es preciso madrugar. El bien viene
hacia nosotros y se nos ofrece para bene-ficiarnos, pero hay que emprender
la decisión de tomar el relevo, de aferrar la antorcha, de participar
de la única forma posible cuando del bien se trata: compartiendo.
Carlos Díaz
- Cuanto más criticamos más nos evadimos para afrontar nuestra
realidad.
- El amor no muere nunca
- El resentido es el que lleva siempre la norma de la verdad. No debemos
juzgar sino vivir el Evangelio. Desde aquí se cae todo lo que esté
contaminado en la Iglesia.
- Sólo quiero mirar con los ojos con los que Jesús me mira
- La Iglesia es ante todo una comunidad de hermanos, de bautizados, de profetas,
sacerdotes y reyes.
- Nosotros no somos lo que hacemos sino lo que somos. El hombre es lo que
ama y sobre todo lo que ama dejándose amar. El capitalismo muere
de éxito vacío porque falta amor.