DESDE LOS ESPACIOS DE COMUNIÓN
Desde la Casa de la comunión y la vida de Madrid, cuando nos preguntan
¿fieles a quién? Contestamos Fieles a la Palabra de Dios.
"Nadie
puede servir a dos señores, porque verá con malos ojos al
primero y amará al otro
Buscad primero el Reino de Dios y todo
lo bueno que éste supone y el resto vendrá por añadidura"
(Mt 6, 24, 33). Para nosotros es inseparable la fidelidad a la Palabra con
la búsqueda del Reino. En la casa de la comunión y la vida
de Madrid, sin ser conscientes de cómo, lo íbamos escribiendo
en nuestro corazón.
En Madrid venimos de historias personales muy distintas. Pero somos conscientes
que, como decía Cristo Rey en Mollina, en estos espacios o están
todos o no funcionan. No porque no sean funcionales, sino porque si no están
todos su finalidad se pierde. Cuanto más diversos seamos, cuanto
más distintos, la unidad será más cierta.
"Quien
no está conmigo está contra mí y quien no recoge conmigo
desparrama" (Lc 11, 23). La fidelidad a la Palabra tiene que ser una
fidelidad que nos haga ser, estar, todos junto con Jesús. Estamos
en camino de pasar del "yo" al "nosotros".
Cuando en el credo proclamamos el "yo creo" conjugamos un verbo
de acción. Ese "creo" no es un "me parece", un
"he oído", un "pienso", un "me suena".
Yo creo significa yo me arriesgo, yo me entrego, yo me comprometo a vivir,
daré la vida por ti. Comulgo contigo, soy yo contigo, lo que sea
de ti será de mí. Este credo es una utopía, y la utopía
es la realidad que está por llegar. Es la utopía de la fidelidad
a la Palabra.
Mientras no seamos capaces de mirar a cada uno de los hermanos como si Dios
mismo le mirara, no nos habremos creído de verdad que Dios es nuestro
Padre y que todos somos hermanos.
Trabajar por la unidad no es hacerlo para ser más, sino que trabajar
por la unidad sólo tiene sentido si es en aras de cumplir la voluntad
del Padre. Jesús pide que seamos uno, para que el mundo crea, no
que seamos uno para ser uno más. Cumplir la voluntad del Padre y
construir el Reino cuanto antes. Es la urgencia de la construcción
del Reino.
Fieles a la Palabra y guiados por el Espíritu. "El viento sopla
donde quiere, y tú oyes su silbido, pero no sabes de donde viene
ni a dónde va. Así le sucede al que ha nacido del Espíritu"
(Jn 3, 8). Cuando se emplean expresiones tales como "hombre de fe",
"hombre de Espíritu", "hombre de iglesia", para
mí es como un carrusel que me da vueltas en la cabeza, porque al
Espíritu hemos tendido a encerrarlo en urnas o cajas fuertes o en
cátedras. Hemos negado la posibilidad de tener Espíritu a
un jornalero, al parado, al enfermo de sida. El Espíritu elige donde
aterrizar. Al Espíritu nadie lo tiene en exclusiva, nadie lo domestica,
es una paloma salvaje, se posa donde quiere. El Espíritu es libre.
El Espíritu nos hace libres.
La
búsqueda de esta unidad, que con el paso del tiempo va a ser urgente,
tiene que ir necesariamente acompañada del reconocimiento de que
el espíritu está en todos (como se ha dicho estos días,
no siempre, pero tampoco nunca). No está en nosotros necesariamente.
Para que esta unidad vaya avanzando hay que plantearse la posibilidad de
que todos tenemos al Espíritu en un momento determinado. Incluso
en aquél movimiento cuya sensibilidad no puedo llegar a comprender,
que para mí hace unas cosas rarísimas, que me molesta, que
me gustaría que le echaran ¿quién me dice a mí
que en ellos no está el Espíritu?
Cuando leemos en la Palabra que Jesús echó a los mercaderes
del templo ¿quién nos ha dicho que a los mercaderes los tenemos
que echar nosotros?
Nuestra autoridad viene de Dios. "Así pues, andamos muy confiados,
pero ante Dios y gracias a Cristo. En ningún momento, pensamos que
ello se deba a ningún mérito nuestro, al contrario, nuestra
autoridad viene de Dios, que nos capacitó como encargados de una
nueva alianza, no una ley escrita, sino una alianza del Espíritu.
La ley escrita da muerte, mientras que el espíritu da vida"
(2Cor 3, 4-7). Esto lo tenemos escrito en la cabeza, incluso los que creemos
que hemos desmontado, hemos experimentado mucho desierto y muchos oasis.
La ley no es necesariamente el catecismo. La ley es una serie de parcelas
que me han puesto en la cabeza y de las que tengo que abdicar, aunque parezca
que las tenga grabadas con fuego, tengo que renunciar a ellas para poder
acogerme con todos.
Remar mar adentro. El otro día en la reunión de Madrid, alguien
comentó que si nos íbamos a ahogar no fuéramos tan
tontos de ahogarnos en la orilla. Cristo rey, en Mollina, hablaba de deconstruir
y de reconstruir. El Espíritu tiene que ser el que nos tenga atentos
para descubrir qué cosas hay nuestras que son de Dios y cuáles
no son de Dios.
"El
que trate de salvar su vida, la perderá, y el que la pierda, la conservará"
(Lc 17, 33). El que trate de salvar su identidad la perderá, y el
que la pierda la conservará. Se trata de conseguir la identidad de
conjunto. Cuando vamos perdiendo de nuestra identidad todo aquello que no
es de Dios, vamos incorporando nuestra identidad al conjunto, somos capaces
de encontrar nuestra identidad básica: la de bautizados, la de hijos
de Dios. ¿Será a eso a lo que estamos llamados? Una medida
de que nuestra identidad, o lo que hacemos, es de Dios no es si se ha hecho
siempre, si se nos da muy bien, si nos llena la reunión, si conseguimos
que a la procesión vaya mucha gente, si no nos crea conflicto interior
o exterior. Eso muchas veces es el baremo. Una cosa es de Dios o no en función
si ayuda a construir unidad, si ayuda a construir el Reino. Medida de que
una cosa es de Dios: confrontar con la Palabra.
En la página web le preguntan a Cristo Rey qué piensa que
para que estos espacios todos uno hagan el servicio para el que han nacido
debe pasar con ellos. Nos dice que debemos renunciar a todo tipo de fundamentalismo.
Hemos de pedirle al Espíritu la capacidad para comprender lo diverso
y acogerlo con hospitalidad y con mucho respeto y amor. Hay que pedir que
estemos todos, sino la identidad de conjunto estará incompleta.
Cuántos más estemos, pero no por número, cuánto
más diversos seamos, más construiremos la unidad. En la casa
de la comunión y la vida de Madrid somos muy diversos. Hasta ahora
en las reflexiones, en las que hemos ido avanzando, esa diversidad se ido
poniendo de manifiesto. La construcción del reino seguramente cada
uno la entenderemos de una diferente manera, pero lo que a cada uno le pide
Dios está por encima de consideraciones y juicios personales.
En el encuentro con otro cristiano las barreras se caen cuando no hablamos
de cómo entendemos la iglesia, vertical u horizontal, de nuestro
compromiso político, porque ahí seguramente vamos a chocar,
son circunstancias, no la esencia. Se caerán cuando compartamos con
el otro qué me pide Dios, que es lo que a cada uno de nosotros nos
pide Dios. Esa identidad de conjunto es de aquí de donde puede tirar
para adelante.
Las cosas no pasan por casualidad. Y esto es apasionante. Porque si alguien
hace dos años me dice que yo voy a estar aquí hablando de
esto, no me lo creo. No puede ser casualidad. Es apasionante porque somos
conscientes que durante tiempo criticábamos, (no con espíritu
crítico, sino criticón) lo que hacía mi párroco,
mi obispo. Aunque hay muchas cosas criticables. Esto no es un cajón
se sastre, aquí no se puede meter todo; el juicio sólo es
de Dios, por otro lado. Tenemos que rezar muchas decisiones que tomamos,
y que toman. Pero todo con misericordia, como Dios actúa.
La experiencia que yo tengo es que la confrontación permanente con
grupos o con personas no construye el Reino. Al menos lo que yo en este
momento entiendo como Reino. De esa experiencia de confrontación,
que lleva acompañada la experiencia de dolor, habrá que ayudar
a reciclarla y que esa experiencia de dolor se convierta en una experiencia
de amor. La confrontación, que no el conflicto, hemos descubierto
que no lleva a ningún lado. Hay que buscar nuevos caminos. La alternativa
a la confrontación es un salto en el vacío.
Educarnos en el todo y no en fragmento.
La identidad de conjunto sólo es posible desde la comunión,
desde la alianza que Dios hace con su pueblo y con cada uno de nosotros.
La unidad no es el camino para cumplir la voluntad del Padre, es la voluntad
del Padre. Es el principio: trinidad y será el final.
La Trinidad es el paradigma, el ejemplo, de todo esto de la unidad que llevamos
a cuestas. Aunque no estamos educados en clave trinitaria, sino en el fragmento.