Desde
la contemplación y el ministerio
Introducción
Mi saludo y gratitud a todos, hermanas y hermanos, por la confianza que
significa vuestra invitación a participar en este encuentro del Pueblo
de Dios.
Seguro que el desarrollo del programa de las conferencias, bajo el lema
común de "Fieles, ¿a quién?", impartidas
por personas tan significativas y de conocida competencia, será esclarecedor
para el objetivo de este encuentro eclesial. Si el título principal
nos da el hilo conductor, los aspectos desde los que será abordada
la pregunta definen la hondura y el horizonte.
La contemplación, los medios de comunicación, la visión
de los seglares insertos en parroquias y comunidades, la vida religiosa,
el arte y la música, el ecumenismo y la Iglesia, el mundo y los valores
humanos serán los ojos con los que miraremos la fidelidad, pero sobre
todo lo haremos a través de la Palabra de Dios, el encuentro orante
y celebrativo y el espacio de comunión, que iluminarán más
profundamente la cuestión planteada.
Presentación
Desde
el otoño de 1969, cuando fui ordenado sacerdote diocesano, soy el
capellán del monasterio cisterciense de Buenafuente del Sistal y
párroco de los pueblos del entorno; desde 1982, tengo el encargo
de atender a la Vida Consagrada en mi diócesis de Sigüenza-Guadalajara
y actualmente vivo formando un equipo sacerdotal "in solidum"
con otros presbíteros diocesanos, con quienes desempeño las
tareas pastorales de la zona del Alto Tajo.
Buenafuente se ha convertido en estos últimos treinta años
en lugar eclesial. Lugar monástico, con una abadía fundada
en el siglo XII, se muestra actualmente como una "eclesiola".
La comunidad de monjas cistercienses que lo habita, el grupo de presbíteros
diocesanos, que vivimos en comunidad, encargados de la atención pastoral
a las parroquias de la comarca, las Hermanas de la Caridad de Santa Ana,
que cuidan a los ancianos de los pueblos limítrofes en la residencia
construida para ello, las Hnas. de Santa Catalina, angoleñas, que,
junto a laicos voluntarios, ayudan al mantenimiento de las casas de acogida
en el exterior, en el antiguo poblado, y apoyan otros servicios; todos juntos
cada día, de manera especial a la hora de la celebración eucarística,
nos encontramos en la oración litúrgica y reflejamos el sacramento
de la Iglesia comunión, orante, formada por los diversos carismas.
Alguien ha definido Buenafuente como "puerto franco del espíritu",
espacio donde muchos acuden a restablecer su interior, en petición
de acompañamiento espiritual, para unos días de retiro y silencio
En total respeto a su intimidad y anonimato, jamás se intenta conseguir
su adscripción o pertenencia. Cada día se acoge a quienes
lo desean y se les posibilita el reencuentro consigo mismos, con la comunidad
orante y de manera especial con la misericordia de Dios en un clima de silencio
y en contacto con la naturaleza.
En
Buenafuente, a la hora de la liturgia y por su manera de vivir, todas las
formas de vida cristiana -tanto el ministerio ordenado, como la vida consagrada
en su dimensión contemplativa y apostólica y el laicado- se
constituyen en parábola eclesial y en espacio de acogida.
Desde
la contemplación
Se
me ha invitado a aportar la visión contemplativa de la cuestión
"¿A quién ser fieles?" La referencia más
luminosa nos la ofrece el encuentro con la Palabra de Dios contemplada y
recibida en comunión eclesial y servida en el ministerio que se me
ha confiado. Quisiera que mi intervención se comprendiera desde el
contexto y experiencia de la Palabra orada. Ante las diversas aplicaciones
del término "fiel" y de lo que implica, deseo responder
desde lo más profundo del ser, desde la verdad vivida. La historia
personal, en la que he sentido la providencia y he experimentado la misericordia
divina, me obliga, antes de nada, a proclamar la fidelidad de Dios, a pesar
de mi infidelidad.
Cada
día la lectio divina instruye, ilumina y aconseja. En ella se promueve
la moción interior, se confronta la conciencia, se desvela el querer
de Dios, se siente el acompañamiento, la misión y el envío,
se acrisolan las relaciones, se adquiere el lenguaje orante y el fiel se
dispone a escuchar, meditar, orar y contemplar la Palabra, hasta que se
le desvela el sentido. A través de la Palabra me acerco a la pregunta:
"Fieles, ¿a quién?"
En la Biblia se afirma: Fiel es Dios, por quien habéis sido llamados
a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro (I Co
1, 9).
Fieles
Nos
preguntamos a quién ser fieles. El lenguaje ayuda para expresar los
deseos, las vivencias y sentimientos, mas a veces se muestra mediación
insuficiente, por no poder transmitir del todo lo que se desea. Entre otras
muchas acepciones y aplicaciones de la palabra fiel, puede señalar
a quienes se instalan en sus ideas y entienden la fidelidad, en cuanto defensa
de la tradición, como inmovilidad. No creo que nos encontremos ante
estas interpretaciones.
En la Sagrada Escritura el término "fiel" se aplica al
siervo: "¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente,
a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la
comida a su tiempo? (Mt 24, 45). También al amigo: El amigo fiel
es seguro refugio, el que lo encuentra, ha encontrado un tesoro. El amigo
fiel no tiene precio, no hay peso que mida su valor. El amigo fiel es remedio
de vida, los que temen al Señor lo encontrarán (Ecco 6, 14-16).
Y al desposorio: Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré
conmigo en justicia y en derecho en amor y en compasión, te desposaré
conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh (Os 2, 11-12).
Al cristiano laico se le llama fiel, y también a quien tiene palabra
y la cumple, a toda persona de crédito. En definitiva, la fidelidad
reclama una alianza.
Fieles,
¿a quién?
Se
puede ser fiel a una tradición, a una ideología, a una empresa.
Sin embargo, la fidelidad reclama una alteridad personal, y la estabilidad
en ella exige una permanente relación amorosa. Se es fiel a una persona
y se es fiel por amor. "Ningún amor se deja, sino por un amor
mayor" y "amor, saca amor" . De alguna forma, la fidelidad
exige un desposorio, una pertenencia.
Santa
Teresa, mujer sabia, que ha conocido el proceso del itinerario espiritual
en distintas escuelas, algunas de ellas favorables al camino voluntarista
y ascético, declara: "Esta fuerza tiene el amor, si es perfecto,
que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos."
"¡Cuánto
más que el verdadero amante en toda parte ama y siempre se acuerda
del amado!"
Sólo
cuando se es fiel a una persona por amor, se supera el riesgo de perecer
en la frustración, por haber creído en ideologías pasajeras
o en proyectos parciales. El ser humano está hecho para la relación.
Mas en el ejercicio de la relación interpersonal también se
averigua la contingencia. Sin caer en el escepticismo sobre las relaciones
humanas, creo que la fidelidad más estable se da cuando se entabla
la relación con quien es esencialmente fiel y éste sólo
es Dios. La fidelidad esencial exige la relación teologal.
Has
de saber, pues, que Yahveh tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel que
guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que le aman y guardan
sus mandamientos (Dt 7,9).
Si
debo responder a la pregunta planteada desde la contemplación, mi
aportación debe venir a partir de la mirada puesta en quien es esencialmente
fiel a sí mismo y a su obra. La pregunta que nos reúne, entonces,
tiene una respuesta sencilla, al mismo tiempo que inabarcable: "Fieles,
¿a quién?" Fieles a una persona, fieles a Dios, como
respuesta agradecida a su opción por el ser humano, por cada uno,
por ti, por mí.
El
Señor es fiel en todas sus palabras (Sal 145, 13).
Dios mantiene su juramento, su alianza, su palabra. Él es fiel, no
se muda. Él es siempre más, fundamento de todo. Gracias a
su fidelidad, por su misericordia, a los humanos nos da tiempo a hacer tantos
caminos de ida y vuelta y experimentarla setenta veces siete.
La
fidelidad no es una esclavitud al ayer ni una aventura infundada. Tiene
su raíz en la fidelidad de Dios y se afianza en su promesa. Sólo
Él es fiel, su fidelidad dura eternamente, por todos los siglos,
de generación en generación. ¡Dios es fiel todo el día!
(Sal 51, 3)
Dios es nuestro origen y nuestra meta.
Tú,
Señor, eres el Dios
que elegiste a Abrán,
le sacaste de Ur de los caldeos
y le diste el nombre de Abrahán.
Hallaste su corazón fiel ante ti,
con él hiciste alianza,
para darle el país cananeo,
hitita y amorreo, (...)
a él y a su posteridad.
Y has mantenido tu palabra,
porque eres justo (Ne 9, 7-8).
Gracias
a la fidelidad de Dios existimos, hemos sido llamados a la fe e incorporados
a la Iglesia, nos sentimos en comunión con los santos, participamos
de la redención de Cristo, el Espíritu Santo nos ha enriquecido
con diversas vocaciones a distintas formas de vida, nos mantiene cada día
su aliento y nos hace capaces de responder a la gracia.
Fieles
a Dios, porque fiel es Dios
Hoy
se podría sospechar que la llamada a la fidelidad esconde una nostalgia,
una experiencia dolorosa, una necesidad de volver a lo fundamental y que,
por la ley de los contrarios, esta palabra fuera revestida con preconceptos
ideológicos que la convierten en reacción fundamentalista,
en mirada hacia atrás. La verdadera fidelidad hunde sus raíces
en las manos de Dios y lanza hacia el horizonte de sentido. Ha sido y es
el camino de los testigos más atrayentes, de aquellos que han descubierto
la roca sobre la que cimentar la casa y se han fiado, afrontando toda clase
de intemperies. La persona fiel queda afectada esencialmente por su relación
teologal. San José, hombre fiel, María, sierva del Señor,
el discípulo amado..., quedaron afectados en el encuentro con el
querer de divino.
La
fidelidad de Dios exige abrir los ojos a la belleza creada y contemplar
la realidad hasta descubrir en ella la semilla de eternidad que contiene.
Toda criatura encierra el rastro del Creador. Por fidelidad a Él,
deberemos abrir los sentidos y contemplarlo en todas las cosas y todas las
cosas en Él. Cualquier acontecimiento puede abrirnos a la providencia
divina. La fidelidad a Dios nos hace fieles a la creación, a la naturaleza,
a la humanidad. Nos hace contemplativos.
Para
demostrarnos su fidelidad, Dios sale permanentemente a nuestro camino. Se
ha hecho carne y por este misterio, no es pretencioso sabernos redimidos
en la carne del Hijo de Dios. Nunca hubiera imaginado la locura del amor
de Dios.
Él
está enamorado del ser humano y por nosotros ha dispuesto la creación,
la encarnación y la redención. Nada más gratuito que
el amor de Dios. Se ha desposado con la carne, para que la carne sea divinizada
y ha hecho alianza perpetua. Ésta es la experiencia de los contemplativos,
sentirse amados de Dios más allá de su debilidad.
De
bien nacidos es ser agradecidos. Por gratitud y fidelidad debemos ser alabanza
y reconocimiento de la presencia de Dios en nuestra vida. Deberemos ser
testigos y difusores de su salvación. La boca del justo derrama sabiduría
y su lengua explica el derecho (Sal 37).
Si
nos sentimos enriquecidos con tantos dones, deberemos poner las manos en
la tarea que acreciente la creación y el carisma recibido. Levantadas
las manos orantes en favor de todos, la fidelidad nos hará imaginar
cómo pasar por los caminos de la existencia haciendo el bien y poniendo
sobre el dolor del mundo el aceite y vino del samaritano.
La
oración, trato de amistad con Dios, es cuestión de fidelidad.
Sería de ingratos reconocer lo que Dios ha hecho y no rendirle el
reconocimiento y la relación agradecida. La oración es manifestación
de fe, es fidelidad.
Fieles
a Cristo
Jesucristo
es el testigo fiel. La fidelidad de Dios reclama la relación con
sus mediaciones. No puedo relacionarme con Él de manera diferente
a la que Él quiere relacionarse conmigo. Jesucristo es el único
Mediador, la Iglesia es la mediación querida por Jesús para
que los hombres puedan participar históricamente de su salvación.
A través de las mediaciones, Dios sigue demostrando su providencia
y espera el reconocimiento.
Un
efecto de la fidelidad a la gracia es vivir reconciliados con Dios, con
uno mismo y con la creación. La reconciliación pide que vivamos
la contemplación siendo cercanos a los hermanos, sensibles a la armonía
y al dolor, capaces de intuir hacia dónde dirige el Espíritu,
con los ojos puestos en el presente inmediato, sin perder la dirección
del camino y el horizonte de sentido. Santa Teresa nos diría: "Los
ojos en vuestro Esposo."
En
la historia ha habido quienes por fidelidad han compartido los sufrimientos
de la pasión de Cristo y los de sus hermanos y han tomado de por
vida el lema de llevar en el cuerpo las marcas de la pasión del Crucificado.
Las llagas luminosas del Resucitado prestan a las señales de dolor
de los que sufren por fidelidad a Él la luz que fascina a otros y
mueve a salir de las posibles heridas enconadas y a dejarse curar con el
perdón.
Por
fidelidad a la entrega que ha hecho Cristo, se gusta el sabor de la voluntad
divina, la copa de salvación, el pan santo fruto del trabajo y de
la bendición de Dios sobre la tierra, su Cuerpo y su Sangre, y se
contempla la transfiguración de todas las cosas en Cristo, la belleza
esencial de la realidad.
Fieles
a nosotros mismos
Me
evadiría del tema si entendiera la fidelidad fuera de la realidad
personal. La mirada hacia Dios implica la referencia al sujeto único
que somos cada uno, abierto esencialmente a la relación trascendente
y de alteridad. Pero estas relaciones nunca se pueden mantener a costa del
propio sujeto. La fidelidad a nosotros mismos puede parecer una extraña
manera de interpretar la llamada a la fidelidad a Dios, mas es la única
posible.
Concebir
en dualismo la fidelidad y la persona, como si fuera algo externo que se
debe cumplir, incluso a costa de la misma persona, conduce a una permanente
ansiedad y destrucción del equilibrio humano. No hay mayor atentado
contra la fidelidad que poner en riesgo la integridad del sujeto. Hasta
en el proceso de la exigencia mayor, como puede ser el seguimiento de Jesús
en la forma monástica de vida consagrada, el límite es la
integridad personal, como dice san Benito en su Regla: No limpiar tanto
el vaso que se rompa. San Ignacio lo expresa más directamente: Que
no se corrompa el sujeto.
La
propia aceptación, la reconciliación personal, la unificación
del ser, se han concebido siempre como el punto de partida de cualquier
vocación madura, de toda opción de seguimiento y por tanto,
de la posibilidad de ser fieles. Aunque esta reconciliación no suceda
de una vez y esté sujeta a un proceso, se deberá haber iniciado
conscientemente, desde la acogida serena a la misma corporeidad, a la propia
identidad, a la propia historia.
El testigo fiel no es alguien destruido en su personalidad, aunque esté
dando la vida. La defensa de nuestra realidad personal no significa un enfeudamiento
obsesivo y egolátrico, narcisista, a modo del gigante egoísta
de O. Wilde. Precisamente el sujeto personal se afirma en sus relaciones
esenciales cuando las ejercita lo más plenamente posible en el desarrollo
del trato trascendente con Dios, de alteridad con los semejantes y, en alguna
medida, hasta con la naturaleza y la relación inmanente, con uno
mismo, su propia autoestima. En el ejercicio y desarrollo de estas relaciones
consiste la máxima fidelidad porque de ellas depende la plenitud
de la realización personal y el cumplimiento del mayor deseo que
puede albergar una persona. En una palabra, quien se entregue enteramente
y viva el modelo de proexistencia de Jesús, el hombre perfecto, sin
ninguna duda, es verdaderamente fiel.
Aunque
esta exigencia parezca excesiva, Jesús alaba en el evangelio al siervo
que ha sido fiel en lo que se le ha encomendado, aunque haya sido poco,
por lo que pasa al banquete de su Señor (Mt 24, 45-51).
La
fidelidad a uno mismo es testimonio. La persona testigo consigue
esa comunión íntima. Hoy, glosando a Pablo VI, necesitamos
más testigos que maestros y a éstos, en cuanto testigos (EN).
Si la fidelidad debe significar testimonio, tiene que empezar con la propia
persona, siendo fiel a sí misma, a lo que es y significa.
El
contemplativo ofrece el testimonio de la persona reconciliada. Si de algo
da fe el que se dedica a la contemplación es de la misericordia divina.
Gracias a ella renueva constantemente su fidelidad.
Fieles
a la llamada, al Espíritu Santo
La
fidelidad a uno mismo pasa por la respuesta personal a la propia llamada
y vocación que infunde el Espíritu de Dios en el corazón
del creyente. Por la dimensión sagrada de la persona, que escucha
la llamada concreta a configurar su vida de una determinada manera como
fidelidad a Dios, se puede comprender algo aparentemente contrario a la
fidelidad, como es abandonar la tierra, la casa y la familia. Por el Dios
fiel, este abandono se convierte en signo y testimonio de radicalidad.
Salir
de un lugar hacia otro, abandonar una presencia, optar por una forma de
vida, puede ser imperativo de las circunstancias sociales, pero en muchas
ocasiones la razón determinante es la obediencia a la llamada y vocación
divinas para emprender el camino identificador del proyecto de Dios para
cada persona. Es un camino a menudo doloroso, pues hay que tener el valor
de sobreponerlo a las pertenencias biológicas, nacionales o de la
carne y de la sangre.
"Escuchad.
El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba
en Mesopotamia, antes de que se estableciese en Jarán y le dijo:
Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que yo te muestre.
Entonces salió de la tierra de los caldeos y se estableció
en Jarán. Y después de morir su padre, Dios le hizo emigrar
de allí a esta tierra que vosotros habitáis ahora. Y no le
dio en ella en heredad ni la medida de la planta del pie; sino que prometió
dársela en posesión a él y a su descendencia después
de él, aunque no tenía ningún hijo (Act 7, 2-5).
La
vocación de Abraham, padre de la fe, es emblemática. Está
puesta como referente al inicio de la historia del pueblo de Dios. En la
primera alianza con la humanidad se exige salir del arca. Al comienzo de
constituirse Israel como pueblo, a su patriarca se le exige la itinerancia,
sin que se le adelante otra meta que la promesa de poseer una tierra y el
acompañamiento durante la travesía. En definitiva, Dios llama
personalmente, pero llama a salir de uno mismo, es contrario a toda endogamia,
que si se da, destruye el proyecto divino. La fidelidad a Dios y a nosotros
mismos atraviesa la zona más existencial.
Respuesta
personal
En
la Sagrada Escritura, donde se nos da cuenta de la historia del pueblo de
Israel, se nos ofrece permanentemente la ruptura de todo colectivismo: en
los momentos clave de la narración se personalizan las llamadas y
se hace necesaria la respuesta personal. Abraham salió con Lot, pero
llegó un momento en que se debieron separar.
La
historia de David y Jonatán es un canto a la amistad más noble,
en la que se da el pacto de la mutua fidelidad. Sin embargo, hasta ahí
alcanza la exigencia de la respuesta personal: Dijo Jonatán a David:
Vete en paz, ya que nos hemos jurado en nombre de Yahveh: "Que Yahveh
esté entre tú y yo, entre mi descendencia y la tuya para siempre"
(1 Sm 20, 42).
No
siempre se comprende esta necesidad de salir, de abandonar a los seres queridos,
de quebrar las costumbres. ¡Tantas veces la propia autoestima se convierte
en bloqueo! Es el caso del leproso Naamán, ministro del Rey de Asiria,
pertrechado con riquezas, seguro de que debían atenderle con distinción
por su personalidad. Encuentra ridículo, indecoroso e irrespetuoso
para su dignidad el mensaje del profeta , que tan sólo debe lavarse
siete veces en el Jordán.
"Vete
y lávate siete veces en el Jordán y tu carne se te volverá
limpia". (2Re 5, 10)
Mientras
no acepta el consejo de Elías, mientras no reacciona con la humildad
de la obediencia y cumple lo que para su consideración es inútil
e irreverente, no se vuelve su carne como la de un niño, ni recupera
la salud y goza de la experiencia de la salvación.
La
vocación personal puede tener muchas concreciones, pero en ellas
debe darse la coincidencia con el proyecto de Dios, pues cada uno somos
llamado a estar con Él y con los que con Él están y
enviados a predicar.
No
podemos ahora describir todas las llamadas, pero cabe que cada uno experimente
la gran sorpresa de sentirse llamado a algo que cree superior a sus fuerzas,
a lo que le será muy difícil ser fiel, mas si contamos con
que el que llama no es cruel, ni exige más de lo que da, la fidelidad
no se convierte en inhumana, aunque pasemos por la tentación.
Fidelidad y ministerio
Para
no caer en lo que condena el Evangelio, mirar la mota en el ojo ajeno cuando
en el mío puede que tenga la viga, deseo afrontar también
la fidelidad desde la otra cara, desde la tentación y hasta desde
la posible infidelidad.
Frente
a la propia fidelidad, una de las crisis que se nos pueden presentar a los
sacerdotes -y a todos los que tengan alguna misión pública
en la Iglesia-, se da cuando, al ser recibidos y reconocidos por el pueblo
de Dios en razón de lo que representamos ante la comunidad de los
creyentes, nos descubrimos, al mismo tiempo, divididos interiormente respecto
a nuestra identidad, por algún dualismo o falta de integración
de los diferentes aspectos del ministerio o de nuestra misma persona. En
esta situación, podemos llegar a creer que, al no tener el corazón
unificado, es más coherente y sincero abandonar la misión
recibida que soportar la tensión que produce ser ministros de lo
santo, queridos y valorados, y no ser coherentes. Parecería más
honrado declarar la propia infidelidad.
Nunca
el hombre tendrá derecho a actuar en nombre del Hijo de Dios; sólo
la voluntad amorosa de Jesús puede conceder ser llamados como hermanos.
Después, gracias al poder del Espíritu, aun siendo iguales
que los demás, por la unción del crisma y por la imposición
de las manos se es investido del ministerio de su sagrada misión
de Cristo.
"Ellos
renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, y preparan
a tus hijos el banquete pascual, donde el pueblo santo se reúne en
tu amor, se alimenta con tu palabra y se fortalece con tus sacramentos"
.
La
pretensión de ser dignos, de merecer el ministerio presbiteral, aunque
es un sentimiento noble, es un falso punto de partida. La dignidad no es
la condición de la llamada, sino su consecuencia. El ministerio es
gratuidad de Dios, desbordamiento de su amor, gracia y santificación.
Pedro recibió el poder de las llaves y antes había sido llamado
"satanás". No obstante, si Dios invita al hombre a la tarea
apostólica es porque se fía de él, lo hace capaz y
le confía el ministerio (cf ITm 1, 12). La Iglesia es la que juzga
esta capacidad, que Dios mismo concede al candidato al sacerdocio y éste
deberá acomodarse existencialmente al don recibido: "Considera
lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio
de la cruz del Señor" .
No
es fácil explicar la tensión interior que se puede vivir en
el ejercicio del ministerio, al verse uno envuelto en fragilidad y tener
que ser mediación necesaria para que la comunidad reciba el perdón,
comulgue el Cuerpo de Cristo y se edifique el Pueblo santo de Dios. No se
da esta tensión por egoísmo o frivolidad del ministro ordenado,
sino por la responsabilidad que puede sentir ante la expectación
y la confianza de la comunidad cristiana y de la sociedad. La objetividad
de lo sacramental y la subjetividad de la persona deberán llegar
a una alianza inquebrantable. "Sed santos, los que tratáis lo
santo", recomendaba san Juan de Ávila, y san Pablo decía:
"Dejaos reconciliar por Dios"(2Co 5,20). Con frecuencia, debido
a la debilidad de los presbíteros, se puede hablar frívolamente
acerca de la vida de los sacerdotes. Antes que criticarlos o juzgarlos,
todos deben orar por ellos -también nosotros, los sacerdotes unos
por otros-, ejercer la corrección fraterna y crear un clima de gozo
pastoral.
Ante
la posible conciencia de pecado o el descubrimiento por parte del presbítero
de que la virtud es más apariencia que realidad, sólo la oblación
de todo personalismo y la actitud humilde resuelven la tensión de
presidir a los hermanos en el nombre de Cristo. Sin duda que la santidad
del ministro colabora con la voluntad de Jesús de que sea sacramento
de su persona. Mas en la hipótesis de la debilidad del sacerdote
frente a la acción del Espíritu, el Señor puede y es
más que la pobreza del hombre ungido y si, a pesar de su dualidad,
obedece el mandato del Señor "Haced esto en memoria mía",
se da el sacramento del Cuerpo de Cristo, misterio que le invita, en ocasiones
de manera dramática, a la superación de sí mismo y
a la confianza en la misericordia divina.
Al
comprobar la pobreza personal y ante el riesgo de que el fallo se convierta
en algo crónico, un itinerario justo es el que se apoya en el bordón
de la Palabra de Dios, que le invita a no desesperar y a permanecer, por
la fe, en la obediencia. El camino que debe recorrer es de confianza permanente,
mientras también se deja perdonar.
Si,
a pesar de nuestra debilidad, Jesús cumple su palabra, lo adecuado
es mantenerse en el proceso de configuración con Cristo y no arrojar
la toalla por conciencia de pecado, sino acogerse permanentemente a su misericordia
con sinceridad de corazón. Si el sacerdote hace depender la gracia
sacramental de su estado de conciencia cae en una falsa humildad y hasta
peca de orgullo. La huida es cobardía, el cinismo es de malvados,
la mediocridad es indigna, la desesperanza atenta contra el Espíritu;
sólo cabe el combate de la fe en actitud confiada de la mano de la
misericordia divina, que es fiel y no retracta lo que ha jurado, aun en
daño propio.
Crisis de fidelidad
... tú fuiste fiel, y nosotros malvados (Nh 9, 22).
Vivimos
una hora en la que el rompimiento de las alianzas parece norma y progreso.
En contraste con el axioma más cierto, la fidelidad de Dios, pues
Él no se muda, destaca la vulnerabilidad y fragilidad de la respuesta
humana, la infidelidad. Hasta cabe que se presente con la apariencia de
sinceridad. Este choque puede llevar a una renuncia dramática, por
creerse uno incapaz de la respuesta. Al menos como reacción instintiva,
podría presentarse la tentación de no mirar a quien permanece
fiel, para no constatar con más nitidez la diferencia, que empujaría
a saltar la barrera de los compromisos sagrados.
La
sutileza del argumento que denuncia la infidelidad humana penetra de muchas
maneras, bien con disfraz de orgullo, reaccionado de forma despiadada contra
uno mismo, bien de manera conformista, aceptando la impotencia como algo
irremediable. En ninguna de las dos direcciones se acierta con la verdad
que revela la Palabra divina.
Puede
parecer pretencioso y hasta pecado de osadía o de orgullo hablar
de fidelidad en esta hora. Los santos siempre se han sentido indignos, pecadores,
pobres, necesitados de misericordia; por tanto, difícilmente se valoraban
como personas fieles. En el mejor de los casos, se sentían perdonados,
purificados, bajo la gracia de la misericordia.
Hoy necesitamos personas fieles, pero estoy seguro de que, donde se encuentren,
estas personas se sentirán débiles y necesitadas de ayuda,
de indicadores. Sólo el olfato de los que buscan con sencillez de
corazón averigua dónde se encuentran las notas auténticas
de la fidelidad. Esta noche nos corresponde un doble trabajo, averiguar
quién puede ser hoy el maestro, testigo fiel, pero sobre todo sabernos
llamados todos nosotros a serlo, de alguna manera. Pues "en estos tiempos
que son menester amigos fuertes de Dios para sustentar los flacos."
Testigos fieles que sean en sí mismos profecía.
Reacción
frente a la infidelidad
Es
frecuente la reacción de la crítica, del juicio, del rechazo
ante quien no cumple su palabra. La Biblia nos trae sobrados ejemplos para
saber cómo actuar.
El
Pueblo de Israel prevarica, es infiel. Dios le da a Moisés una oportunidad,
si no deseada, sí quizá soñada, le manifiesta la voluntad
de exterminar el pueblo de dura cerviz, idólatra, rebelde, incrédulo,
infiel y ponerle al frente de otro pueblo, a su manera y forma, un pueblo
nacido de él.
"He
visto a este pueblo: es un pueblo de dura cerviz.
Déjame que los destruya y borre su nombre de debajo del cielo; y
que haga de ti una nación más fuerte y numerosa que ésta
(Dt 9, 13-14).
De
ti haré un gran pueblo (Ex 32, 10).
La propuesta parece halagadora, más aún después de
las penalidades, las críticas, rebeliones, que ha tenido que sufrir
el guía de Israel. Si no supiéramos de antemano la respuesta
del texto bíblico, humanamente pensaríamos que Moisés
aceptaría la propuesta de Dios y aceptaría con gusto, de una
vez, que el pueblo fuera "como Dios manda".
Dijo Yahveh a Moisés: "¿Hasta cuándo me va a despreciar
este pueblo? ¿Hasta cuándo van a desconfiar de mí,
con todas las señales que he hecho entre ellos?
Los
heriré de peste y los desheredaré. Pero a ti te convertiré
en un pueblo más grande y poderoso que ellos".(Núm 14,
11)
Sin
embargo, Moisés tiembla ante la propuesta y pide el perdón
para su pueblo:
Perdona, pues, la iniquidad de este pueblo conforme a la grandeza de tu
bondad, como has soportado a este pueblo desde Egipto hasta aquí".
(Núm 14, 19)
Supliqué
a Yahveh y dije: "Señor Yahveh, no destruyas a tu pueblo, tu
heredad, que tú rescataste con tu grandeza y que sacaste de Egipto
con mano fuerte.(Dt 9, 26)
Es
emblemática la respuesta de Moisés. Para siempre será
una referencia iluminadora, sobre todo cuando, cargados de razones, parece
que es justificado pedir que alguien salga, o se marche. Cuando la paciencia
llega al punto de romperse.
En
el encuentro con la Palabra podemos recibir tres interpretaciones iluminadoras,
una que se refiere a nuestras relaciones comunitarias, otra a la relación
con nosotros mismos y una tercera en relación con Dios.
Moisés reacciona con la súplica, pide por su pueblo, precisamente
por aquellos que no le son fáciles, los recomienda delante de Dios.
Es muy significativa esta actitud como reacción ante los sufrimientos
en el trato interpersonal. Muchas veces anhelamos que desaparezcan las personas,
con la esperanza de que si se marchan todo va ser diferente, nuevo, favorable.
Mas es a costa de que el otro se vaya. Moisés, en la oportunidad
que se le ofrece, no cree que ésta sea la solución. La sabiduría
de Moisés nos ayuda a asumir a los hermanos, a los compañeros
de camino como don. En la posible incompatibilidad, no deseada ni fomentada,
caben reacciones de amor de caridad, de superar las relaciones meramente
afectivas, para convertirlas en verdadero sacramento. La aceptación
trascendente de las personas con las que se coincide en la vida se convierte
en criterio objetivador de la caridad.
Desde
el aspecto más personal, el pasaje bíblico ayuda a la propia
aceptación, bajo la mirada de Dios. Si Moisés reacciona con
la súplica por el pueblo rebelde, si comprende que el camino debe
hacerlo con quienes Dios ha puesto en sus manos, esta misma actitud la deberemos
tener con nuestras propias personas, cuando no nos queremos del todo o nos
surge un sentimiento de desprecio y desesperanza hacia nosotros mismos.
La
oración para que Dios perdone al pueblo puede expresarse pidiendo
que el Señor tenga misericordia de nosotros. Es la misericordia del
Señor la que, como respuesta a la súplica de Moisés,
restaura la convivencia del pueblo con Dios y de Moisés con el pueblo.
También es la misericordia divina la que restaura la convivencia
con nosotros mismos.
Dijo
Yahveh: "Le perdono, según tus palabras" (Núm 14,
20).
Yahveh renunció a lanzar el mal con que había amenazado a
su pueblo (Ex 32, 14).
De
la misericordia de Dios nace la caridad y la tolerancia con los otros, además
de la propia estima y la posibilidad de formar el pueblo de Dios.
Ante
la posible evidencia de nuestras infidelidades, el Señor no se arredra
y vuelve a llamar:
¡Sígueme!
Mas ¿cómo me dices, Señor, que te siga,
si me ves sumido en mis afanes?
¡Sígueme!
¿Es que no te das cuenta
que mis manos las tengo puestas en mil tareas?
¡Sígueme!
Señor, ¡si soy de los que la gente menosprecia,
de quienes tantas veces vence el egoísmo!
¡Sígueme!
¿Por qué te has fijado en mí,
si no tengo título que acredite la llamada?
¡Sígueme!
No quiero ser obstinado,
pero ¿tú crees que seré capaz del seguimiento?
¡Sígueme!
¿No te das por vencido, Señor,
si te expreso tanta resistencia?
¡Sígueme,
vente conmigo,
hoy quiero comer en tu casa!
Perplejo,
vencido, sin defensa te sigo.
No tengo en mi historia razones pretenciosas.
Sólo tú eres motivo de mi camino,
que mi natural me pide otras cosas.
Te
sigo, Señor, me fío,
aunque sé de mi egoísmo,
de mi primaria tendencia vanidosa,
de mis caminos perdidos.
En
tu nombre, por tu Palabra,
porque me llamas sin yo pretenderlo,
porque vienes conmigo, Señor, te sigo.
Te seguiré adondequiera que vayas,
mas no te olvides de mantener la llamada,
de seguir mirándome en la encrucijada,
de extender tu mano, señalando el camino.
Señor,
no me quedan razones convincentes,
que superen el poder de tu palabra,
mas tu conoces mis negocios,
los sentimientos secretos resentidos.
Señor, a pesar de mi mismo, te sigo.
Fieles
en comunión
La
comunión es una exigencia de la fidelidad. Si todo ha nacido del
mismo Padre y Creador, si Cristo ha redimido a todos, no podremos caminar
de forma individualista y solitaria. Cada uno somos parte de la creación
y nos convertimos en mediación para que otros crean y sientan la
verdad del amor que los funda, la fidelidad divina.
El
espacio que nos permite la mayor radicalidad y el testimonio más
elocuente es nuestra persona. Sin embargo, la persona se plenifica saliendo
de sí. En Dios nos encontramos con todo y con todos.
La
comunión es una exigencia de plenitud personal. Es reveladora la
parábola del cuerpo que emplea san Pablo para hablar de la Iglesia.
Santa Teresa del Niño Jesús la tomó para discernir
su propia vocación: "Yo seré en la Iglesia, mi madre,
el corazón".
La
vida comunitaria no se puede plantear como estrategia o logística,
sino como fidelidad a la vocación de comunión. Cuando la razón
de permanecer unidos obedece a otros principios se pierde la razón
profunda de la fidelidad.
La sensibilidad frente a situaciones sociales, eclesiales, que nos afectan
demuestra nuestra fidelidad de comunión. A menudo, la comunión
se manifiesta con la presencia. Ser fieles significa también serlo
en la pertenencia al único Cuerpo de Cristo, como miembros suyos
en comunión.
Los
salmos entonan proféticamente la sinfonía armónica
de los diferentes órganos que, en su vocación conjunta de
pertenecer al mismo cuerpo, revelan la imagen perfecta de estar hechos para
Dios. El salterio, desde una lectura existencial, concede el gozo de la
mayor reconciliación con la propia corporeidad. De esta reconciliación
se derivan la convivencia consciente, serena y armoniosa y la libertad de
poder entregarse a la voluntad plenificadora de Dios, sin conciencia de
esclavitud o dependencia, sino como proceso de realización humana.
Cada uno somos un instrumento en la gran orquesta de Dios.
Fidelidad
creativa
En
este momento de la historia, somos la generación puente entre dos
siglos, que debe transmitir el símbolo de la fe con fidelidad. Sin
mitificar el tiempo pasado y sin abdicar de él; sin dejarnos deslumbrar
por el futuro y sin cerrarnos ante el posible exceso de novedad, cada día
debemos caminar serenos, paso a paso, sin negar la trayectoria, pues ésta
será siempre el mejor cimiento de cualquier renovación.
El Papa Juan Pablo II, en su exhortación postsinodal sobre la vida
consagrada, ha unido dos términos en una expresión lograda:
"fidelidad creativa" . La fidelidad creativa, en vez de evocar
dos elementos contrapuestos o antagónicos, afirmación de contrarios,
nos desvela que se es fiel en cuanto que se da paso a la creatividad, y
se es creativo en cuanto que se es fiel. La exhortación papal exige
la fidelidad creativa, lo que nos vuelve a plantear la exigencia de ser
testigos.
Nos
encontramos con un binomio que es susceptible de muchas interpretaciones
contrapuestas y se puede abusar del significado de las palabras en ambos
sentidos. La mutua relación de las dos realidades autentifica a la
persona; de alguna manera, se trata de la capacidad de ser "fieles
en la creatividad y creativos en la fidelidad" (Agostino Gardin).
Cuando la novedad puede parecer la palabra clave -hasta el Papa Juan Pablo
II comienza su última carta apostólica invocándola:
"Novo Milennio Ineunte"-, la fidelidad es razón que afianza
la estabilidad y la identidad de manera permanente. El mismo Papa fundamenta
su llamada a la nueva evangelización en la fidelidad a Jesucristo,
siempre actual.
"¡Duc
in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita
a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente
y a abrirnos con confianza al futuro: " Jesucristo es el mismo, ayer,
hoy y siempre " (Hb 13,8)."
Nos
corresponde a cada uno la llamada de ser "fieles y creativos".
Encuentro que esta conjunción es posible no tanto siendo defensor
de lo antiguo o de lo nuevo, ni andando pertrechado o a los cuatro vientos,
pues realmente la fidelidad y la creatividad no significan únicamente
tradición y futuro, conservadurismo y postmodernidad. Existe una
acepción que abarca las dos dimensiones: el testigo o el testimonio.
Te juro que la tierra que ha hollado tu pie será heredad tuya y de
tus hijos para siempre, porque has sido fiel a Yahvé mi Dios (Js
14, 9).
Yo
me suscitaré un sacerdote fiel, que obre según mi corazón
y mis deseos, le edificaré una casa permanente y caminará
siempre en presencia de mi ungido (I Sm 2, 35)
La
promesa hunde sus raíces en la fidelidad, y si la fidelidad quiere
permanecer viva, debe ser esperanzada en cada una de las personas que están
relacionadas entre sí, como se traban los palos de la lumbre.
"El esfuerzo de "fidelidad creativa" debe ser común
y nacer de los recursos de todos, del mismo Espíritu, del común
deseo de ser auténticos discípulos del Señor."
Fidelidad
y creatividad, la de Dios con nosotros, el Emmanuel.
Hoy,
ahora y aquí, podemos comenzar de nuevo el itinerario de la fidelidad
que nos concede la fidelidad de Dios y caminar proféticamente en
la certeza de dirigir los pasos hacia un Reino que no se acaba.
"¿Quién
es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente
de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo
a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así.
Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. (Mt 24,
45-47)