Queridos amigos:
Os envío el texto de mi intervención por si puede interesar.
Yo acabé muy contento por la experiencia. Espero que sigais adelante
y que logreis desarrollar sus objetivos.
ponencia
UNIDAD Y COMUNIÓN
Eloy Bueno de la Fuente
La adecuada articulación, a nivel teórico y práctico,
de la unidad y de la comunión resulta decisiva para el futuro de
la Iglesia, y por ello para que en el presente pueda cumplir su misión
con fidelidad y con gozo. Precisamente en este momento histórico,
en la encrucijada que la caracteriza, la Iglesia debe integrar en la misión
que le corresponde a todos los que han de aportar una contribución
peculiar. Esta necesidad se hace urgente desde un doble punto de vista que
procede de nuestra actual situación histórica.
A
nivel concreto, en el actual proceso de reconfiguración religiosa,
se requiere que la Iglesia en cada lugar acoja a todos aquellos que aceptan
el evangelio de la Pascua. Cuando se ha superado la ilusión de que
todos los habitantes de un lugar son cristianos, la iglesia local debe afirmarse
y experimentarse como la comunidad de todos aquellos que se consideran cristianos.
Pero a la vez esa iglesia debe edificarse desde la personalidad y el carisma
de cada uno de los creyentes. Así la Iglesia en un lugar podrá
ser sacramente y actuar como enviada para ofrecer una alternativa a las
divisiones de este mundo.
A
nivel mundial, en el creciente proceso de globalización, la Iglesia
debe descubrirse como "cuerpo de las iglesias" que ha de realizar
una misión a nivel planetario. La existencia de una pluralidad de
iglesias permite realizar de modo más variado y más fecundo
la misión única que Cristo en el Espíritu ha confiado
a su Iglesia. En la Iglesia una cada iglesia ha de aportar su voz y su servicio.
Sólo de este modo será posible una evangelización universal
acorde con la "altura de nuestro tiempo" y con las exigencias
más profundas de la tradición cristiana.
Esta
doble exigencia (y esta doble posibilidad) es ocasión y estímulo
para comprender, desde el seno de una eclesialidad vivida en lo concreto,
la tensión entre unidad y comunión.
1.-
Unidad y comunión: tensión y posibilidades
Unidad
y comunión son palabras primarias y radicales en la eclesiología
y en la vida de la Iglesia. Una y otra dicen algo fundamental e irrenunciable
de la Iglesia. Pero en su mutua relación no resultan conciliables
de modo inmediato o automático, pues apuntan a niveles diversos:
la unidad parece excluir la pluralidad o la multiplicidad, mientras que
por el contrario la comunión parece exigirlas. ¿Cómo,
por tanto, se concilian las dos perspectivas? ¿A qué nivel
o a qué dimensión de la realidad eclesial se refieren cada
una de ellas? La respuesta a estas cuestiones es de importancia fundamental
no sólo a nivel teórico sino también a nivel práctico:
la vida concreta de la Iglesia, especialmente en su tarea evangelizadora,
no se puede realizar de modo armónico si no se conjugan adecuadamente
en la doble perspectiva aludida anteriormente. Cualquier distorsión
en este punto atentaría gravemente contra la misión de la
Iglesia y su sacramentalidad.
Pero
también, desde otro punto de vista, la unidad y la comunión
son palabras derivadas o segundas respecto a la Iglesia. Esta perspectiva
abre un horizonte dentro del cual resultará posible la conjugación
y la articulación de conceptos y realidades que parecen no encajar
adecuadamente. La Iglesia ha confesado en el símbolo de la fe que
es una. Pero a la vez debe reconocer que esa unidad que ella vive es un
don dado previamente por el Dios que la ha llamado a la existencia, y que
por ello la unidad consumada es una realidad escatológica, que ella
vive desde el presente pero que solamente se manifestará plenamente
en el momento de la consumación, al final de su recorrido terrestre.
Respecto a la comunión se puede establecer una afirmación
semejante: la Iglesia vive como comunión desde una comunión
previa que le ha sido regalada y de cuya participación ella puede
vivir como comunidad: la comunión del Dios Trinitario, que se ofrece
como vida a los creyentes. Sólo desde esta óptica se puede
decir que la Iglesia es comunión, y precisamente por ello la Iglesia
se encuentra en el dinamismo de una comunión cada vez más
plena y más intensa.
En
la historia, en su peregrinación a través del tiempo, la Iglesia,
con la mirada puesta en la Trinidad Santa y en el reencuentro definitivo,
debe ir viviendo en lo concreto la unidad y la comunión. Ni la unidad
ni la comunión son realidades o dimensiones abstractas o puramente
ideales. Son experiencia y vida. La unidad por ello, en cuanto acontece
en la historia de una Iglesia que es las personas que la constituyen, no
puede ser más que unidad en la variedad, en la diversidad. Sólo
es real afirmar la unidad de una Iglesia con multiplicidad de protagonistas.
Eso es lo que permite (lo que obliga a) hablar de comunión. Porque
la comunión no puede acontecer más que en la diversidad, como
comunión de diferentes, de desiguales.
Por
eso no se puede hablar de unidad más que como comunión. Y
a la vez no puede hablarse de comunión más que desde la unidad,
es decir, desde la existencia de un vínculo común, desde un
amor compartido, desde un proyecto asumido por los miembros que se encuentran
en comunión. Realidades primarias y a la vez derivadas, en lo concreto
de la vida eclesial, no pueden más que ir a la par de cara a dar
sentido y contenido a la vida eclesial.
Para que la reflexión se haga realmente concreta, y para que arranque
de nuestra experiencia, conviene mencionar la multiplicidad de los protagonistas
que se van configurando en la vida eclesial y que a su vez contribuyen a
la permanente re-configuración de la Iglesia, para que posteriormente
podamos identificar el horizonte de la unidad. Entonces podremos descubrir
en todo su esplendor y en sus implicaciones el paradigma de la unidad/comunión
trinitaria, en cuyo seno se puede producir la reconciliación fecunda
y enriquecedora de las diversidades.
2.-
La multiplicidad de protagonistas en una historia desgarrada
En
la experiencia eclesial más reciente se han multiplicado los protagonistas,
lo cual afecta al modo de vivirse la unidad de la Iglesia y exige con mayor
urgencia perfilar el sentido de la comunión. Durante siglos la cuestión
no fue experimentada con tal intensidad en la vida de la Iglesia. La concepción
societaria de la Iglesia, con su estructura clerical y jerarcológica,
determinó un modo de vivir la unidad que podía prácticamente
quedar reducida a la homogeneidad o uniformidad. Las iniciativas y las decisiones
se desarrollaban unidireccionalmente, casi siempre de modo vertical: los
pastores decidían y por ello representaban a la Iglesia. La variedad
ciertamente existía, pero no propiamente como espacio de decisión
y de iniciativa, ya que su grado de autonomía dependía de
la concesión de la autoridad. La regulación de la excomunión
o de la exclusión como herejía resultaban más fáciles
y precisas, ya que el punto de referencia de la autoridad actuaba de modo
más rápido y preciso. Pero esta situación ha cambiado
profundamente en la actualidad.
Esta
transformación se ha producido en una historia desgarrada, atravesada
por el pecado. Esta situación ha acompañado a la historia
humana y a la de la misma Iglesia. Lo novedoso del momento presente es que
ese pecado se puede manifestar en espacios más amplios y dentro de
unas coordenadas sociales ajenas al control de las autoridades eclesiales.
Determinados rasgos de nuestra experiencia cultural (libertad, autonomía,
democracia, emancipación, independencia, razón crítica,
perspectiva histórica de la realidad) constituyen factores que facilitan
un mayor desarrollo de la pluralidad, suscitan reivindicaciones más
fuertes y argumentadas, permiten mayores dosis de crítica y debate
intraeclesial. Por eso, y también por parte de los múltiples
protagonistas, actúan instancias que pueden provocar que la diversidad
se convierta en oposición, el contraste en contradicción y
la peculiaridad en exclusión, en definitiva en ruptura o quiebra
de la unidad.
La historia desgarrada actúa de modo inevitable en el campo en el
que la Iglesia debe conjugar unidad y pluralidad: o bien para reclamar una
unidad que no reconozca la riqueza y la fecundidad de la comunión
de las diferencias, o bien para afirmar las diversidades hasta la exclusión
y el rechazo. Las divisiones de este mundo se adentran también en
el seno de los creyentes y de la Iglesia. ¿Hasta dónde llega
la diferencia que no es reflejo de la división? Esta es una cuestión
ineludible para la conciencia eclesial, tanto para quienes ejercen el ministerio
de la unidad como para quienes, porque no ejercen tal ministerio, reclaman
el protagonismo que deben detentar como deber y como derecho.
Para
comprender mejor la variedad de dimensiones o de niveles en que se produce
este fenómeno, y las formas que puede adoptar, vamos a mencionar
brevemente algunas formas del protagonismo al que nos referimos. Como nos
situamos en el seno de la Iglesia de Jesucristo, vamos a limitarnos a las
cuatro que nos parecen fundamentales.
1.-
Los laicos han visto reconocida su dignidad bautismal y por ello la integridad
de su pertenencia a la Iglesia y de su responsabilidad en la misión
eclesial. A medida que se iba superando el binomio clérigo-laico
aparecía más de relieve la centralidad del bautismo y por
ello su llamada a la santidad y su compromiso apostólico. Tanto en
el ámbito "intraeclesial" como en su acción en el
mundo encontraban un mayor espacio de participación y de autonomía.
Esquemas
y metáforas como la del "rebaño" y la "obediencia"
dejaban poco espacio a las categorías "sujeto", "diálogo"
e "iniciativa". Sobre todo las nuevas circunstancias en que se
encontraba la Iglesia en relación a un mundo cada vez más
consciente de su autonomía se percibía en toda su inmensidad
la tarea de los laicos, que no podía ser desempeñada desde
la estricta dependencia o subordinación sino desde un auténtico
protagonismo y representatividad eclesial.
Esta
nueva situación esconde sus riesgos y peligros, especialmente la
diferencia de criterios con que los laicos actúan en el mundo civil,
en cuanto ciudadanos, y los que son peculiares de la Iglesia. Existe como
tentación real que la autonomía sea interpretada en clave
política, desde el modelo de la democracia parlamentaria, con su
juego de mayorías o con la pretensión de encontrar un consenso
basado en los contenidos mínimos aceptables por todos. No resulta
extraño en consecuencia que los mecanismos del reparto de poder se
introduzcan también en el seno de la Iglesia en el caso de que las
autoridades eclesiales no capten la nueva sensibilidad y de que los laicos
no adquieran una adecuada sensibilidad eclesiológica. Todo ello acaba
generando tensiones, violencia y divisiones que atentan tanto contra la
unidad como contra la comunión.
2.- Dada la necesidad de una experiencia comunitaria y las necesidades evangelizadoras
de la actual situación, han ido surgiendo en los tiempos más
recientes numerosos grupos, asociaciones y comunidades y, con mayor alcance
y pretensiones, los "nuevos" movimientos eclesiales. Sea por la
peculiaridad del ámbito de apostolado, sea por el carisma que se
comparte, sea por las afinidades espirituales o culturales, es un fenómeno
que acompaña de un modo más floreciente (y más prometedor)
al discurrir actual de la Iglesia. Se trata en buena medida de una recepción
creativa de la eclesiología del Vaticano II y de la nueva valoración
del bautismo. Cada una de estas colectividades experimentan en lo concreto
que la fe no se puede vivir de modo aislado, pero a la vez son conscientes
de que aportan una novedad y una riqueza para la vida de la Iglesia. Por
eso ellos levantan también sus pretensiones eclesiológicas,
lo que lleva consigo el reconocimiento de un estatuto que legitime y posibilite
su protagonismo.
Precisamente
este dinamismo es el que genera conflictos y tensiones, incomprensiones
y sospechas, competencias y proselitismos, que alteran la paz y la armonía
en la vida de la Iglesia. Todo carisma, que necesita afirmarse en su peculiaridad,
ha de afirmarse también respecto a los otros y frente a los otros,
lo que puede acabar también en una afirmación contra los otros,
especialmente desde la actitud de encarnar la totalidad o la esencialidad
de la experiencia cristiana. Cada uno de estos grupos debe, efectivamente,
encontrar su puesto en la Iglesia, pero pueden pretender identificarse con
la Iglesia, lo cual provoca gérmenes sectarios que dividen y enfrentan.
Una de las tareas esenciales de la actual reflexión eclesial debe
ser por tanto ofrecer el espacio adecuado para que todos ellos se encuentren
en la Iglesia y como Iglesia sin absolutizaciones ni unilateralidades.
3.-
Las iglesias locales han ido adquiriendo un protagonismo notablemente distinto
al de siglos pasados, recuperando una práctica habitual durante los
primeros tiempos de la Iglesia. Durante siglos, en el ámbito católico,
era la Iglesia en su universalidad (condensada en el Papa o en la sede romana)
quien detentaba el protagonismo eclesial. Algun observador ortodoxo pudo
decir, con cierta ironía, que la Iglesia católica parecía
una inmensa diócesis gobernada por el obispo de Roma. La eclesiología
jerarcológica y clerical adoptaba también una figura centralista,
latina y occidental.
Esta
situación sin embargo ha ido cambiando a lo largo del siglo XX por
una serie de factores que no podemos exponer en este momento. Mencionaremos
tan sólo uno, por su repercusión en la idea que pretendemos
desarrollar. El desarrollo de la acción evangelizadora universal
de la Iglesia, que había dado origen a numerosas "misiones"
en diversas partes del mundo, alcanzó su meta y su objetivo en el
momento en que las misiones se fueron afirmando y constituyendo como auténticas
iglesias locales, con la misma dignidad y las mismas responsabilidades que
las iglesias de vieja cristiandad. En el Vaticano II la Iglesia adquirió
forma auténticamente mundial porque iban haciéndose presentes
de modo patente las iglesias dispersas por todo el mundo. A lo largo del
periodo postconciliar estas iglesias fueron reivindicando su voz propia
y su presencia en la misión universal de la Iglesia. Esta inflexión
marca sin duda una nueva etapa en la historia de la Iglesia, cuyas posibilidades
aún están por desarrollar. No en vano el Vaticano II habló
ya de la Iglesia como "comunión de iglesias". También
esta perspectiva, como las dos indicadas anteriormente, señalan los
caminos del futuro.
Esta
nueva experiencia sin embargo encierra también sus peligros y sus
riesgos. También en este campo las iglesias pueden caer víctimas
de su contexto, satisfacerse en su propio narcisismo, aislarse precisamente
por hundir sus raíces en una cultura concreta. El nacionalismo y
el etnocentrismo pueden provocar con una dinámica de aislamiento
o de sospechas o de autonomía incontrolada. La experiencia eclesial,
realizada en lo concreto, puede caer en la lógica de las divisiones
de este mundo (ese peligro, ya antiguo, fue en buena medida -y no sólo
las pretensiones de poder- lo que provocó el proceso de centralización
al que hicimos anteriormente alusión).
4.-
Junto a las iglesias locales podemos mencionar -aunque se trate de un nivel
distinto de la realidad eclesial- las distintas confesiones y denominaciones
cristianas. Estas, desde su raíz, deben su existencia a una herida
grave en la unidad de la Iglesia. Existen confesiones y denominaciones diversas
en el seno del cristianismo porque también las diferencias y las
peculiaridades llegaron a ser incompatibles. Por eso -y ahí está
el peligro- cada una de ellas se afirmaba frente a las otras y contra las
otras. Las unilateralidades y los reproches se condensan y se agudizan en
los debates y en las polémicas, en las excomuniones recíprocas,
en virtud de las cuales la separación y la división se convierten
en irreversibles. La historia desgarrada se manifiesta también en
el desgarramiento que a través de los siglos ha ido afectando a la
Iglesia de Jesucristo. ¿En qué medida por tanto se puede decir
que la Iglesia de Cristo es una, dado que el escándalo de la división
afecta y responsabiliza a todas las iglesias?
Respecto
a esta situación podemos invertir el proceso de presentación.
No se puede negar que la división se encuentra en la base de su existencia.
No obstante no es esta una afirmación que se pueda establecer a nivel
de principio y sin mayores matizaciones. Porque también cada una
de ellas asume como propio -aunque sea unilateralmente- algun aspecto valido
del mensaje de Cristo y que posiblemente sea relegado en las otras iglesias
o comunidades eclesiales. Este valor no puede ser rechazado por las demás
iglesias, del mismo modo a como cada una debe asumir como propia la referencia
a Cristo y a su misión que hacen las otras iglesias. ¿Cómo
hay que entender, en consecuencia, la unidad para que puede incorporar esos
aspectos positivos y celebrar en común la referencia a Cristo? Por
tanto, por la urgencia de estas cuestiones, las diversas iglesias cristianas
se han presentado como protagonistas en ese camino de encuentro y de reunificación
que es el ecumenismo.
En
cuatro niveles y dimensiones por tanto encontramos la novedad de protagonismos
que no se daban con tal intensidad en la antigüedad. Ese protagonismo
es una realidad que no debe ser ni menospreciada ni relegada, aunque también
encierra sus peligros y tentaciones. ¿Cuál es, tenemos que
preguntarnos, la raíz de una unidad que nos empuja a llamar "cristianas"
a todas estas realidades? ¿Puede la comunión servir para pensar
y realizar una unidad que dé espacio a las diferencias y que a la
vez se alimente de ellas?
3.-
La convocatoria compartida para la misión
¿Dónde
radica el protagonismo de los sujetos mencionados?, ¿cuál
es el escenario que los acoge en una representación común?
Indudablemente no puede ser más que la fe que empuja a incorporarse
a la historia de la alianza. Ahora bien, por eso resulta importante precisar
el sentido, el alcance y las implicaciones de la fe. Buscando una fórmula
breve podemos decir que la fe radica en un "heme aquí",
"aquí estoy", que brota como respuesta/compromiso a una
llamada, a una convocatoria que deja al interpelado ante su responsabilidad.
Aunque
no podemos hablar en sentido estricto de fe para referirnos a Jesús,
encontramos en su actitud el paradigma o el punto de referencia de lo que
es la fe en cada uno de los creyentes. La actitud radical del creyente no
consiste en el seguimiento de Jesús o en el servicio al Reino, sino
en la participación de la misma actitud básica de Jesús
al entrar en este mundo, tal como pone en labios de Jesús la carta
a los Hebreos (10,5ss): "no quisiste ofrendas ni holocaustos, pero
me has otorgado un cuerpo, una existencia en el tiempo, una biografía.
Por tanto, aquí estoy, heme aquí, para cumplir tu voluntad,
es decir, para mantener con fidelidad la entrega a la misión para
la que he sido enviado". Este misión, como indicaremos posteriormente,
no es más que la de mostrar qué quiere decir exactamente,
y hasta dónde llega, el despliegue de su identidad como Hijo. Esta
disponibilidad de Jesús, en la lógica de lo que ha sido la
iniciativa del Padre, da contenido a la alianza narrada en la historia de
la salvación desde sus orígenes en la mañana de la
creación.
El
relato del Génesis, desde su apertura, responde en palabras de Yahvé
a las grandes preguntas del hombre por su desventura y por su sufrimiento,
por su exilio en el peregrinar hacia el paraíso añorado. La
violencia, los asesinatos, la dispersión de los pueblos, el esfuerzo
en el trabajo, la esquizofrenia interior, en resumen, la carencia de armonía
en la existencia humana, se eleva a Dios como clamor y como queja. Y la
revelación consiste precisamente en que hay respuesta y compromiso
de Dios. Esta iniciativa tiene un doble momento que debe ser señalado.
En
la iniciativa creadora Dios deja ver lo que es su propósito y su
objetivo, resumidos en los símbolos "sábado" y "paraíso".
El acto creador consiste en que Dios, mediante su palabra y su espíritu,
transforma el caos en cosmos, la heterogeneidad de los seres creados en
escenario para la vida humana, la variedad de razas en familia humana, la
diversidad de hombres en imagen de Dios, la pluralidad de lenguas en diálogo
y comunicación. Este proyecto sin embargo quedó roto por el
pecado, por la acción dia-bólica. En medio de la desventura
humana la sensibilidad de Dios se muestra como promesa que abre futuro,
pero por eso mismo como tarea que hay que llevar adelante.
Sobre este transfondo, mejor aún, en el seno de esta encrucijada
histórica, tiene lugar la llamada de mediadores humanos que se comprometan
en la realización del proyecto de Dios. El caso de Abraham es paradigmático:
su fe se condensa en el "heme aquí" a la llamada de Dios,
que se simboliza en el establecimiento de una alianza. Abraham en definitiva
se convierte en protagonista porque ha sido llamado y ha respondido. Y ha
sido llamado porque hay una tarea que cumplir: retejer la unidad rasgada
de la familia humana, la dispersión de pueblos y la incomprensión
entre las colectividades humanas, tal como es narrado en Babel (que no es
más que el punto de llegada de toda la historia de la desventura
humana descrita en los capítulos anteriores). La misma reflexión
se podría hacer acerca de Moisés y de la constitución
de Israel como pueblo de Dios entre los pueblos del mundo.
La
llamada/vocación es por ello apertura de un proyecto histórico
que posee un sentido, una lógica, una meta, el diálogo Dios-hombre
y la felicidad de los hombres cuando consigan vivir como familia unida en
el hogar del Padre. Esa unidad significa asumir como propio ese proyecto.
No puede por tanto haber fe más que como protagonismo de una alianza
que ha de servir al conjunto de la humanidad. Este compromiso, evidentemente,
ha de ser asumido por personas muy distintas, porque la realidad es compleja,
el escenario amplio, las dimensiones de la existencia muy diversas. La unidad
de la convocatoria exige por tanto la pluralidad, la multiplicidad de protagonistas.
¿Y no ha de ser la unidad del proyecto la que exija limar las diferencias
que excluyen y que enfrentan? ¿No se trata de un proyecto que, por
definición, incluye y exige la implicación de numerosos protagonistas
que comparten la llamada y por ello la trama que se desarrolla en el escenario
de la historia humana? Estas perspectivas y estas preguntas adquieren nueva
luz y nueva intensidad a la luz del Nuevo Testamento. Pero no renuncia en
absoluto a la lógica ya descubierta, que permite captar la mutua
implicación de unidad y de pluralidad. A la luz de Pascua y de Pentecostés
se podrá captar todo el alcance y la profundidad de la comunión,
que sella y consuma lo que venimos diciendo.
4.-
El despliegue de la comunión trinitaria
El
Nuevo Testamente recoge la misma lógica de la alianza establecida
en el amplio marco del cosmos y de la humanidad, pero enriqueciéndola
con nuevas perspectivas: el Dios que dio origen a la creación y que
se ha comprometido con el destino del mundo y del hombre es Padre, Hijo
y Espíritu. El envío (las "misiones") del Hijo y
del Espíritu tiene como objetivo alcanzar la meta del proyecto inicial
del Dios creador, desvelando un modo peculiar del ser de Dios y por ello
ofreciendo posibilidades nuevas al ser del hombre y de la vida humana. La
unidad, que encontraba su raíz en el Dios uno que había abierto
un proyecto común, amplía sus horizontes y sus contenidos:
la comunión.
El
envío del Hijo no se debe circunscribir al horizonte particular del
judaísmo o (podríamos decir hoy) de una religión particular.
Jesús vive de las promesas originarias, del proyecto iniciado en
la creación. Su anuncio y su presencialización del Reino de
Dios (con su transfondo veterotestamentario) no es más que el jubileo
del sábado y del paraíso, con una perspectiva claramente universalista.
La interpelación que dirige a Israel tiene como objetivo reconvocar
a su pueblo para que asuma con fidelidad y con frescura lo que había
sido su vocación originaria: ser testigo de Dios y de su reinado
en medio de los pueblos, y por ello la validez permanente de la bendición
prometida en Abraham.
Jesús
a lo largo de su vida va abriendo el espacio de encuentro y acogida de hombres
diversos, tanto el espacio del Reino como el espíritu de filiación.
Y va entregando su vida como oblación a favor de la reconciliación
y reencuentro de los hombres con Dios: como expresión de un Amor
originario que se dirige a los más necesitados y también a
los pecadores, a los enemigos. En definitiva lo que pretende es la invitación
a una comunión de la que él mismo vive. La fidelidad a su
envío como Hijo condensa el proyecto original de Dios pero ofreciendo
a su vez un modo de comunión nuevo y distinto: llama a unos pocos
en favor de todos, como prolongación de la alianza nueva que se realiza
en su muerte y resurrección, en la nueva Pascua.
El Espíritu va acompañando y manteniendo la acción
reconciliadora de Jesús: haciendo posible la encarnación,
ungiéndole en el bautismo para la misión, comunicándole
la plenitud de la alegría de Dios, haciendo posible la obediencia/fidelidad
hasta el último suspiro, y también por ello como poder, fuerza
y gloria en que acontece la resurrección del Hijo realizada por el
Padre.
La
Pascua es acontecimiento trinitario por antonomasia porque en él
se produce el desvelamiento máximo de la realidad personal de Dios
y porque ratifica la acción de Dios como salvador: la humanidad entera,
y por ello cada hombre particular, quedan invitados a una comunión
nueva. La historia queda cualificada de modo nuevo. La reconciliación
de Dios en Jesucristo significa que la humanidad y la historia entera, en
su debilidad y fragilidad, quedan incluídas en el hogar trinitario
como espera y esperanza. De momento todavía la historia está
abierta, pero se ha instaurado la garantía (las arras, el Espíritu)
del futuro. Ese es el espacio del testimonio y de la misión cristiana:
el servicio a la reconciliación (para proclamarla y para realizarla).
A
la luz de la Pascua y de su dimensión apostólica se abre el
horizonte de la misión cristiana en el seno de una historia de alianza
que se prolonga. La unidad y la comunión adquieren nuevas dimensiones:
sigue siendo el mismo proyecto a través de una lógica de alianza
y de encarnación pero con la participación de protagonistas
múltiples, cada uno de los cuales puede conservar su diferencia en
la medida en que sea servicio al ofrecimiento que el Dios Trinidad ha dirigido
a los hombres en la Pascua.
5.-
Una Iglesia de piedras vivas y de iglesias múltiples
A
partir de la Pascua se abre el itinerario de la Iglesia. El germen de los
discípulos de Jesús en el período prepascual florece
en la convocatoria que se vuelve a repetir después del abandono del
viernes santo. Conscientes de la novedad y de la intensidad del momento
que están viviendo se saben congregados por el Padre que resucitó
al Hijo en el poder del Espíritu. Este es su gozo, su experiencia
salvífica y el don que pueden ofrecer al mundo. Es la participación
y celebración en la comunión de que han sido hechos partícipes:
la Iglesia nace como experiencia de alegría por un acontecimiento
uno que invita a todos a la celebración compartida
Pero
no se puede olvidar una dialéctica peculiar de aquel momento que
debe acompañar permanentemente a la Iglesia: los primeros seguidores
de Jesús, ya en el cenáculo, experimentaron la novedad que
se les otorgaba (que de hecho se ofrecía al mundo). Pero el cenáculo
no era el destino de aquella Iglesia naciente. Era su cuna, pero no su hogar
permanente. Por eso debían salir. El Espíritu, que los animaba
desde dentro, los estaba llamando y reclamando desde fuera, desde los otros,
tal como se visibilizó de modo patente en Pentecostés.
En
el cenáculo y en la salida del cenáculo se prefigura el destino
de la relación entre la unidad y la comunión tal como ha de
servir de paradigma para la vida de la Iglesia en el cumplimiento de su
misión en cualquiera de los momentos de la historia. Para desarrollarlo
vamos a fijarnos en un doble aspecto, que permite entender el hondo sentido
de la existencia (válida, positiva y necesaria) de múltiples
protagonistas.
En
aquella comunidad inicial de Jerusalén estaba depositado un germen
que debía desarrollarse. Este desarrollo y crecimiento no puede acontecer
más que en virtud de la presencia del Resucitado y de la acción
del Espíritu. Este es el que va edificándose un templo de
piedras vivas que son los creyentes concretos. La Iglesia es desde un principio
las personas (y Personas) que la constituyen. Por eso se trata de un templo
de piedras vivas, es decir, la existencia de cada uno de los creyentes,
da cuerpo y figura a la realidad eclesial. Cada piedra es distinta y cada
una contribuye a la riqueza y la armonía del edificio.
Por
eso es tan frecuente la alusión a los dones y carismas del Espíritu.
La fe no es anónima o amorfa, sino modelada y moldeada por la gracia
del Espíritu y por las circunstancias y necesidades de la Iglesia.
Ello indica, además, que los carismas no pueden ser considerados
como dones individuales, reducidos a la subjetividad o a la autosatisfacción
del creyente singular. Sin siempre dones que se ofrecen para la edificación
de la comunidad. Esta referencia a la comunidad tampoco puede aislarse en
sí misma, sino que ha de servir para que pueda cumplir su misión
evangelizadora, para la "obra" del Espíritu, para cumplir
el envío del Hijo, para llevar adelante el proyecto del Padre.
Todo
esto nos hace ver que los carismas exigen y suponen el compromiso y la responsabilidad
de cada uno de sus destinatarios, que por ello deben encontrar también
un espacio para su desarrollo y un reconocimiento por parte de los otros
creyentes. El Espíritu y la comunidad permiten comprender que la
comunión no es palabra vacía sino experiencia personal y comunitaria.
Pero a la vez esa comunión no anula la unidad, sino que la ratifica
y la desarrolla: porque los carismas viven de una lógica que no puede
ser otra que la comunicación del Padre, del Hijo y del Espíritu,
el desarrollo de la alianza de la Pascua definitiva.
Pentecostés
ofrece una variación distinta de la misma melodía. Explica
el sentido de la multiplicación de las iglesias en el seno de la
división entre los pueblos. En Pentecostés se reúnen
representantes de pueblos y lenguas distintos que encuentran un espacio
de reconciliación y de comprensión en el evangelio del Resucitado.
Pentecostés se impone como la alternativa a Babel, como el esfuerzo
de la Iglesia salida del cenáculo por ir realizando la unidad de
la familia humana en el seno del hogar del Padre. Pentecostés en
consecuencia condensa la misión de la Iglesia y anticipa su futuro:
allí está presente la Iglesia que habla todas las lenguas
y que por ello permite crear una sinfonía inmensa de agradecimiento
por la alegría de la fe común.
A
partir de Pentecostés la historia de la Iglesia va a consistir en
ir pasando a los otros naciendo de entre los otros, de ir cruzando orillas
para nacer en otro pueblo, en otro contexto, en otra cultura. Cada iglesia
por tanto ha de tener su rostro, su nombre, su carisma. Pero a la vez cada
iglesia vive como realización de la Iglesia de Cristo en un lugar
a fin de que allí se haga presente la invitación del Dios
creador, del Hijo que ha entregado su vida, del Espíritu que sigue
abriendo los caminos de la historia. Las diversas iglesias, precisamente
en cuanto diversas, constituyen una misma Iglesia. Y también aquí
descubrimos con nitidez que unidad y comunión no se contraponen,
sino que se enriquecen mutuamente, más aún, que se exigen
recíprocamente, que ninguna de ellas podría vivir sin la otra,
pues de hecho anularían el desarrollo histórico del plan de
Dios y de las misiones del Hijo y del Espíritu.
6.-
La unidad como comunión sinodal, católica y ecuménica
La
autorrevelación de Dios a través de la historia de la salvación
permite acceder, a partir de la Trinidad económica (la acción
en la historia de las tres divinas Personas) a su realidad más íntima
y profunda. La relación entre Padre, Hijo y Espíritu nos permite
descubrir al Dios uno como comunión de Personas. Dios por ello es,
en su fecunda unidad, Don y Comunicación, Generosidad recíproca
y Comunicación plena. El Padre existe en cuanto se comunica en la
generación del Hijo en el Espíritu. El Hijo existe en cuanto
recibido del Padre en el gozo que es el Espíritu. El Espíritu
es el aliento gozoso de esa comunicación acogida en agradecimiento.
La unidad por tanto no anula a los otros sino que los exige para su propia
realización.
El
envío del Hijo y del Espíritu (las "manos de Dios",
en expresión de san Ireneo de Lyon) tienen como objetivo expresar
la gloria de un Dios que no se satisface en el aislamiento de su unidad,
sino que se abre para resplandecer como comunión que invita y que
acoge. Como se trata de una misión en la historia de los hombres,
ha de realizarse en el seno de una experiencia dramática marcada
por el ejercicio de la libertad humana, pero precisamente por ello esa misión
pretende ofrecer la comunión que restaure las heridas de una unidad
rota tanto a nivel colectivo como a nivel individual.
La
Iglesia vive como el conjunto de hombres y de mujeres que acogen y celebran
el Don otorgado y que por ello lo comunican con el gozo experimentado. En
consecuencia la Iglesia debe esforzarse para manifestar adecuadamente la
fidelidad a su misión, que es radicalmente su identidad más
profunda. La Iglesia vive de la comunión regalada. Y no existe más
que para regalarla a todos. Eso es la evangelización, que engloba
todas las actividades de la Iglesia. Ello exige unas opciones radicales
cuando se es consciente de que la Iglesia son las personas que la constituyen
y cuando se constata que la Iglesia no puede existir más que como
Iglesia de iglesias. Por eso afirmamos que la unidad que penetra la pluralidad
de la Iglesia no puede ser más que comunión sinodal, católica
y ecuménica.
Hablamos de unidad como comunión sinodal para señalar que
la comunidad es vivida por personas distintas y por carismas diversos, por
lo que en la práctica hay que ir tejiendo la unidad desde las diferencias
y en base a ellas. Ello supone actitudes de diálogo, de encuentro,
de intercambio para llegar al consenso y de este modo poder afrontar las
decisiones que vinculen a todos porque todos se encuentran y se reconocen
en ellas. La comunión no debe por tanto entenderse como una cualidad
meramente espiritual que exista en un nivel de realidad ajeno a las tensiones
de la realidad. La comunión debe ir adquiriendo forma y figura merced
al compromiso de sus participantes. Por tanto es difícil concebir
una unidad en la Iglesia que actúe de modo unidireccional, más
bien debe surgir de una red de relaciones que constituyen la vida misma
de la Iglesia en su existencia en el tiempo de los hombres.
Es por ello por lo que en la vida concreta de las iglesias (y de la Iglesia)
se han ido generando los sínodos y los consejos de diversos tipos,
precisamente para crear espacios de participación y de deliberación.
Tales acciones no deben ser consideradas como mera estrategia pastoral o
como mecánica de funcionamiento, sino como actos y procesos de auténtica
realización eclesial. Tampoco deben ser vividos como esfuerzo puramente
humano en el que se recurre a razones y argumentaciones racionales, sino
que constituyen un auténtico acto de discernimiento espiritual desde
el seno de las encrucijadas que la misión abre a cada comunidad eclesial.
La sinodalidad, podemos decir desde este punto de vista, es ejercicio de
comunión en medio de las complejidades y opacidades de la historia.
Es por tanto un modo de hacer experiencia la convicción teológica
según la cual todos en la Iglesia deben sentirse co-responsables
de su tarea y de su misión. Precisamente la perspectiva de la misión
es la que ha de crear unidad compartida, ya que es la tarea para la que
los cristianos y las comunidades han sido llamadas.
Ha
de ser una unidad vivida como comunión católica, para designar
que la catolicidad debe impregnar a todos los cristianos y a todas las iglesias.
Si catolicidad designa la apertura a la plenitud y a la totalidad, ello
significa que tampoco una meta semejante se puede alcanzar por un solo camino
o que deba entenderse de modo unidireccional. La diversidad de iglesias
que se enraízan en terrenos culturales diversos, las comunidades
o asociaciones que se sitúan en terrenos amplios, difíciles
o novedosos de evangelización, los laicos que viven sus diversos
carismas en las circunstancias más variadas del mundo... son una
contribución para la renovación de la realidad, para la instauración
del Reino, para la anticipación de lo definitivo. En consecuencia
no podrá haber unidad más que si realmente se alimenta del
horizonte y del dinamismo católico.
Si
se vive auténticamente la catolicidad, ésta no puede ser entendida
como clausura o como aislamiento ni como apego a lo propio, sino como apertura
para el reconocimiento, para la recepción, para la acogida del otro.
Estos dinamismos son vías de desarrollo de la comunión en
cuanto que las propias riquezas se viven como comunicación y enriquecimiento
de los demás en aras de la misión a cumplir, como despliegue
del plan salvífico de Dios.
La
unidad ha de ser también comunión ecuménica en cuanto
que se reconoce la aportación de las otras tradiciones cristianas
como realización verdadera (siempre parcial) de la identidad cristiana.
En la medida en que una iglesia de otra denominación se integra como
protagonista de la misma historia narrada en el símbolo de la fe,
en esa medida representa un valor en la misión de testimonio de la
verdad que hay que realizar en medio del mundo. La diversidad como exclusión
es lo que rompe la unidad y lo que constituye un escándalo para quienes
contemplan desde fuera a la comunidad cristiana. Pero esa exclusión
queda superada en la medida en que se habla de una unidad más amplia
y más profunda que nunca podrá ser anulada por ninguna "diferencia
fundamental".
Esa
unidad de base abre automáticamente un espacio de comunión
(que en definitiva es un regalo del Dios trinitario cuya acción salvadora
se narra). Y por ello la llamada a la reconciliación (que debe ocupar
un papel más central en la vida de las comunidades eclesiales) surge
como exigencia de comunión. También en este caso ha de ser
la misión el estímulo y la exigencia, pues la unidad/comunión
ha de mostrarse al mundo precisamente para que el mundo crea, para que experimente
que hay un don regalado previamente que no puede ser utilizado como instrumento
de violencia sino como llamada a la conversión y al encuentro.
7.-
Actitudes de una espiritualidad eclesiológica
Todo
lo que hemos expuesto exige unas actitudes fundamentales que podemos denominar
"espiritualidad eclesiológica" porque brotan de la experiencia
eclesial, para que sea vivida con profundidad y con realismo, y que a la
vez deben alimentarse de elementos eclesiológicos fundamentales.
Para
que la unidad pueda ser vivida como comunión de múltiples
protagonistas hay que tener una profunda conciencia eclesial, es decir,
sentir con la Iglesia y en la Iglesia desde sus problemas reales. Por eso
debe integrar incluso la tensión y hasta el conflicto, porque ello
forma parte de la existencia de los hombres de Iglesia en una historia desgarrada.
Hay que evitar el peligro de amar a una Iglesia irreal, pues el amor y la
fidelidad deben ralizarse en iglesias concretas, en contacto con hombres
y mujeres con nombre y con rostro.
Se
requiere la confesión de la verdad del evangelio, es decir, hay que
reconducir las propias posturas a la historia de la alianza de la que surge
la Iglesia y en la que se descubre el horizonte de la misión. Más
allá de los gustos personales, de los intereses de grupo, de las
opciones ideológicas, la propia existencia eclesial debe situarse
en función y al servicio de la misión.
La
centralidad de la comunión y de la reconciliación debe formar
parte de la propia oración y de todo proyecto de formación.
Por esta vía se podrá cultivar la verdadera ascesis eclesial,
que consiste en la voluntad de dejar espacio a los otros, de reconocer que
también los otros realizan aspectos cristianos que uno mismo no es
capaz de percibir o de vivir con la misma intensidad. Y por otro lado debe
suscitar el esfuerzo para presentar la propia peculiaridad carismática
como aceptable y reconocible por los otros. La comunión no puede
ser vivida con actitudes utópicas, la realidad concreta es la que
nos hace ver continuamente la importancia de la ascesis y de la conversión.
Todos
deben aprender a agradecer en común lo que todos han recibido, y
por ello mismo debe ser frecuente la petición de perdón por
las exclusiones, por las incomprensiones, por la tendencia a absolutizar
lo propio. La percepción del escándalo que la propia división
suscita en los de fuera debe servir como acicate para orientar las propias
riquezas al servicio de la propia Iglesia.
Debemos aprender la importancia (y la dificultad) del discernimiento comunitario
desde la propia responsabilidad. El discernimiento comunitario es el que
permitirá discernir los carismas que tal vez estén ocultos
o larvados, debe identificar las necesidades que la Iglesia debe responder,
debe buscar la articulación de la pluralidad, y sobre todo debe percibir
cuáles son los caminos por los que el Espíritu llama a cada
iglesia. De este modo se podrá lograr el objetivo al que tantas veces
hemos aludido: cada carisma (aspecto peculiar de la multiforme riqueza del
Espíritu) existe para la edificación de la Iglesia de cara
a la evangelización. Sólo de este modo la propia fe será
un "heme aquí" para que el Don recibido sea invitación
y acogida.