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Eloy Bueno de la Fuente
Decano y profesor de Cristología de la Facultad de teología de Burgos.
REP V: ¿Unidad o Comunión?
Madrid-Atazar, 22-24 de noviembre de 2002.
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Queridos amigos:
Os envío el texto de mi intervención por si puede interesar.
Yo acabé muy contento por la experiencia. Espero que sigais adelante y que logreis desarrollar sus objetivos.

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UNIDAD Y COMUNIÓN
Eloy Bueno de la Fuente


La adecuada articulación, a nivel teórico y práctico, de la unidad y de la comunión resulta decisiva para el futuro de la Iglesia, y por ello para que en el presente pueda cumplir su misión con fidelidad y con gozo. Precisamente en este momento histórico, en la encrucijada que la caracteriza, la Iglesia debe integrar en la misión que le corresponde a todos los que han de aportar una contribución peculiar. Esta necesidad se hace urgente desde un doble punto de vista que procede de nuestra actual situación histórica.

A nivel concreto, en el actual proceso de reconfiguración religiosa, se requiere que la Iglesia en cada lugar acoja a todos aquellos que aceptan el evangelio de la Pascua. Cuando se ha superado la ilusión de que todos los habitantes de un lugar son cristianos, la iglesia local debe afirmarse y experimentarse como la comunidad de todos aquellos que se consideran cristianos. Pero a la vez esa iglesia debe edificarse desde la personalidad y el carisma de cada uno de los creyentes. Así la Iglesia en un lugar podrá ser sacramente y actuar como enviada para ofrecer una alternativa a las divisiones de este mundo.

A nivel mundial, en el creciente proceso de globalización, la Iglesia debe descubrirse como "cuerpo de las iglesias" que ha de realizar una misión a nivel planetario. La existencia de una pluralidad de iglesias permite realizar de modo más variado y más fecundo la misión única que Cristo en el Espíritu ha confiado a su Iglesia. En la Iglesia una cada iglesia ha de aportar su voz y su servicio. Sólo de este modo será posible una evangelización universal acorde con la "altura de nuestro tiempo" y con las exigencias más profundas de la tradición cristiana.

Esta doble exigencia (y esta doble posibilidad) es ocasión y estímulo para comprender, desde el seno de una eclesialidad vivida en lo concreto, la tensión entre unidad y comunión.

1.- Unidad y comunión: tensión y posibilidades

Unidad y comunión son palabras primarias y radicales en la eclesiología y en la vida de la Iglesia. Una y otra dicen algo fundamental e irrenunciable de la Iglesia. Pero en su mutua relación no resultan conciliables de modo inmediato o automático, pues apuntan a niveles diversos: la unidad parece excluir la pluralidad o la multiplicidad, mientras que por el contrario la comunión parece exigirlas. ¿Cómo, por tanto, se concilian las dos perspectivas? ¿A qué nivel o a qué dimensión de la realidad eclesial se refieren cada una de ellas? La respuesta a estas cuestiones es de importancia fundamental no sólo a nivel teórico sino también a nivel práctico: la vida concreta de la Iglesia, especialmente en su tarea evangelizadora, no se puede realizar de modo armónico si no se conjugan adecuadamente en la doble perspectiva aludida anteriormente. Cualquier distorsión en este punto atentaría gravemente contra la misión de la Iglesia y su sacramentalidad.

Pero también, desde otro punto de vista, la unidad y la comunión son palabras derivadas o segundas respecto a la Iglesia. Esta perspectiva abre un horizonte dentro del cual resultará posible la conjugación y la articulación de conceptos y realidades que parecen no encajar adecuadamente. La Iglesia ha confesado en el símbolo de la fe que es una. Pero a la vez debe reconocer que esa unidad que ella vive es un don dado previamente por el Dios que la ha llamado a la existencia, y que por ello la unidad consumada es una realidad escatológica, que ella vive desde el presente pero que solamente se manifestará plenamente en el momento de la consumación, al final de su recorrido terrestre. Respecto a la comunión se puede establecer una afirmación semejante: la Iglesia vive como comunión desde una comunión previa que le ha sido regalada y de cuya participación ella puede vivir como comunidad: la comunión del Dios Trinitario, que se ofrece como vida a los creyentes. Sólo desde esta óptica se puede decir que la Iglesia es comunión, y precisamente por ello la Iglesia se encuentra en el dinamismo de una comunión cada vez más plena y más intensa.

En la historia, en su peregrinación a través del tiempo, la Iglesia, con la mirada puesta en la Trinidad Santa y en el reencuentro definitivo, debe ir viviendo en lo concreto la unidad y la comunión. Ni la unidad ni la comunión son realidades o dimensiones abstractas o puramente ideales. Son experiencia y vida. La unidad por ello, en cuanto acontece en la historia de una Iglesia que es las personas que la constituyen, no puede ser más que unidad en la variedad, en la diversidad. Sólo es real afirmar la unidad de una Iglesia con multiplicidad de protagonistas. Eso es lo que permite (lo que obliga a) hablar de comunión. Porque la comunión no puede acontecer más que en la diversidad, como comunión de diferentes, de desiguales.

Por eso no se puede hablar de unidad más que como comunión. Y a la vez no puede hablarse de comunión más que desde la unidad, es decir, desde la existencia de un vínculo común, desde un amor compartido, desde un proyecto asumido por los miembros que se encuentran en comunión. Realidades primarias y a la vez derivadas, en lo concreto de la vida eclesial, no pueden más que ir a la par de cara a dar sentido y contenido a la vida eclesial.
Para que la reflexión se haga realmente concreta, y para que arranque de nuestra experiencia, conviene mencionar la multiplicidad de los protagonistas que se van configurando en la vida eclesial y que a su vez contribuyen a la permanente re-configuración de la Iglesia, para que posteriormente podamos identificar el horizonte de la unidad. Entonces podremos descubrir en todo su esplendor y en sus implicaciones el paradigma de la unidad/comunión trinitaria, en cuyo seno se puede producir la reconciliación fecunda y enriquecedora de las diversidades.

2.- La multiplicidad de protagonistas en una historia desgarrada

En la experiencia eclesial más reciente se han multiplicado los protagonistas, lo cual afecta al modo de vivirse la unidad de la Iglesia y exige con mayor urgencia perfilar el sentido de la comunión. Durante siglos la cuestión no fue experimentada con tal intensidad en la vida de la Iglesia. La concepción societaria de la Iglesia, con su estructura clerical y jerarcológica, determinó un modo de vivir la unidad que podía prácticamente quedar reducida a la homogeneidad o uniformidad. Las iniciativas y las decisiones se desarrollaban unidireccionalmente, casi siempre de modo vertical: los pastores decidían y por ello representaban a la Iglesia. La variedad ciertamente existía, pero no propiamente como espacio de decisión y de iniciativa, ya que su grado de autonomía dependía de la concesión de la autoridad. La regulación de la excomunión o de la exclusión como herejía resultaban más fáciles y precisas, ya que el punto de referencia de la autoridad actuaba de modo más rápido y preciso. Pero esta situación ha cambiado profundamente en la actualidad.

Esta transformación se ha producido en una historia desgarrada, atravesada por el pecado. Esta situación ha acompañado a la historia humana y a la de la misma Iglesia. Lo novedoso del momento presente es que ese pecado se puede manifestar en espacios más amplios y dentro de unas coordenadas sociales ajenas al control de las autoridades eclesiales. Determinados rasgos de nuestra experiencia cultural (libertad, autonomía, democracia, emancipación, independencia, razón crítica, perspectiva histórica de la realidad) constituyen factores que facilitan un mayor desarrollo de la pluralidad, suscitan reivindicaciones más fuertes y argumentadas, permiten mayores dosis de crítica y debate intraeclesial. Por eso, y también por parte de los múltiples protagonistas, actúan instancias que pueden provocar que la diversidad se convierta en oposición, el contraste en contradicción y la peculiaridad en exclusión, en definitiva en ruptura o quiebra de la unidad.
La historia desgarrada actúa de modo inevitable en el campo en el que la Iglesia debe conjugar unidad y pluralidad: o bien para reclamar una unidad que no reconozca la riqueza y la fecundidad de la comunión de las diferencias, o bien para afirmar las diversidades hasta la exclusión y el rechazo. Las divisiones de este mundo se adentran también en el seno de los creyentes y de la Iglesia. ¿Hasta dónde llega la diferencia que no es reflejo de la división? Esta es una cuestión ineludible para la conciencia eclesial, tanto para quienes ejercen el ministerio de la unidad como para quienes, porque no ejercen tal ministerio, reclaman el protagonismo que deben detentar como deber y como derecho.

Para comprender mejor la variedad de dimensiones o de niveles en que se produce este fenómeno, y las formas que puede adoptar, vamos a mencionar brevemente algunas formas del protagonismo al que nos referimos. Como nos situamos en el seno de la Iglesia de Jesucristo, vamos a limitarnos a las cuatro que nos parecen fundamentales.

1.- Los laicos han visto reconocida su dignidad bautismal y por ello la integridad de su pertenencia a la Iglesia y de su responsabilidad en la misión eclesial. A medida que se iba superando el binomio clérigo-laico aparecía más de relieve la centralidad del bautismo y por ello su llamada a la santidad y su compromiso apostólico. Tanto en el ámbito "intraeclesial" como en su acción en el mundo encontraban un mayor espacio de participación y de autonomía.

Esquemas y metáforas como la del "rebaño" y la "obediencia" dejaban poco espacio a las categorías "sujeto", "diálogo" e "iniciativa". Sobre todo las nuevas circunstancias en que se encontraba la Iglesia en relación a un mundo cada vez más consciente de su autonomía se percibía en toda su inmensidad la tarea de los laicos, que no podía ser desempeñada desde la estricta dependencia o subordinación sino desde un auténtico protagonismo y representatividad eclesial.

Esta nueva situación esconde sus riesgos y peligros, especialmente la diferencia de criterios con que los laicos actúan en el mundo civil, en cuanto ciudadanos, y los que son peculiares de la Iglesia. Existe como tentación real que la autonomía sea interpretada en clave política, desde el modelo de la democracia parlamentaria, con su juego de mayorías o con la pretensión de encontrar un consenso basado en los contenidos mínimos aceptables por todos. No resulta extraño en consecuencia que los mecanismos del reparto de poder se introduzcan también en el seno de la Iglesia en el caso de que las autoridades eclesiales no capten la nueva sensibilidad y de que los laicos no adquieran una adecuada sensibilidad eclesiológica. Todo ello acaba generando tensiones, violencia y divisiones que atentan tanto contra la unidad como contra la comunión.
2.- Dada la necesidad de una experiencia comunitaria y las necesidades evangelizadoras de la actual situación, han ido surgiendo en los tiempos más recientes numerosos grupos, asociaciones y comunidades y, con mayor alcance y pretensiones, los "nuevos" movimientos eclesiales. Sea por la peculiaridad del ámbito de apostolado, sea por el carisma que se comparte, sea por las afinidades espirituales o culturales, es un fenómeno que acompaña de un modo más floreciente (y más prometedor) al discurrir actual de la Iglesia. Se trata en buena medida de una recepción creativa de la eclesiología del Vaticano II y de la nueva valoración del bautismo. Cada una de estas colectividades experimentan en lo concreto que la fe no se puede vivir de modo aislado, pero a la vez son conscientes de que aportan una novedad y una riqueza para la vida de la Iglesia. Por eso ellos levantan también sus pretensiones eclesiológicas, lo que lleva consigo el reconocimiento de un estatuto que legitime y posibilite su protagonismo.

Precisamente este dinamismo es el que genera conflictos y tensiones, incomprensiones y sospechas, competencias y proselitismos, que alteran la paz y la armonía en la vida de la Iglesia. Todo carisma, que necesita afirmarse en su peculiaridad, ha de afirmarse también respecto a los otros y frente a los otros, lo que puede acabar también en una afirmación contra los otros, especialmente desde la actitud de encarnar la totalidad o la esencialidad de la experiencia cristiana. Cada uno de estos grupos debe, efectivamente, encontrar su puesto en la Iglesia, pero pueden pretender identificarse con la Iglesia, lo cual provoca gérmenes sectarios que dividen y enfrentan. Una de las tareas esenciales de la actual reflexión eclesial debe ser por tanto ofrecer el espacio adecuado para que todos ellos se encuentren en la Iglesia y como Iglesia sin absolutizaciones ni unilateralidades.

3.- Las iglesias locales han ido adquiriendo un protagonismo notablemente distinto al de siglos pasados, recuperando una práctica habitual durante los primeros tiempos de la Iglesia. Durante siglos, en el ámbito católico, era la Iglesia en su universalidad (condensada en el Papa o en la sede romana) quien detentaba el protagonismo eclesial. Algun observador ortodoxo pudo decir, con cierta ironía, que la Iglesia católica parecía una inmensa diócesis gobernada por el obispo de Roma. La eclesiología jerarcológica y clerical adoptaba también una figura centralista, latina y occidental.

Esta situación sin embargo ha ido cambiando a lo largo del siglo XX por una serie de factores que no podemos exponer en este momento. Mencionaremos tan sólo uno, por su repercusión en la idea que pretendemos desarrollar. El desarrollo de la acción evangelizadora universal de la Iglesia, que había dado origen a numerosas "misiones" en diversas partes del mundo, alcanzó su meta y su objetivo en el momento en que las misiones se fueron afirmando y constituyendo como auténticas iglesias locales, con la misma dignidad y las mismas responsabilidades que las iglesias de vieja cristiandad. En el Vaticano II la Iglesia adquirió forma auténticamente mundial porque iban haciéndose presentes de modo patente las iglesias dispersas por todo el mundo. A lo largo del periodo postconciliar estas iglesias fueron reivindicando su voz propia y su presencia en la misión universal de la Iglesia. Esta inflexión marca sin duda una nueva etapa en la historia de la Iglesia, cuyas posibilidades aún están por desarrollar. No en vano el Vaticano II habló ya de la Iglesia como "comunión de iglesias". También esta perspectiva, como las dos indicadas anteriormente, señalan los caminos del futuro.

Esta nueva experiencia sin embargo encierra también sus peligros y sus riesgos. También en este campo las iglesias pueden caer víctimas de su contexto, satisfacerse en su propio narcisismo, aislarse precisamente por hundir sus raíces en una cultura concreta. El nacionalismo y el etnocentrismo pueden provocar con una dinámica de aislamiento o de sospechas o de autonomía incontrolada. La experiencia eclesial, realizada en lo concreto, puede caer en la lógica de las divisiones de este mundo (ese peligro, ya antiguo, fue en buena medida -y no sólo las pretensiones de poder- lo que provocó el proceso de centralización al que hicimos anteriormente alusión).

4.- Junto a las iglesias locales podemos mencionar -aunque se trate de un nivel distinto de la realidad eclesial- las distintas confesiones y denominaciones cristianas. Estas, desde su raíz, deben su existencia a una herida grave en la unidad de la Iglesia. Existen confesiones y denominaciones diversas en el seno del cristianismo porque también las diferencias y las peculiaridades llegaron a ser incompatibles. Por eso -y ahí está el peligro- cada una de ellas se afirmaba frente a las otras y contra las otras. Las unilateralidades y los reproches se condensan y se agudizan en los debates y en las polémicas, en las excomuniones recíprocas, en virtud de las cuales la separación y la división se convierten en irreversibles. La historia desgarrada se manifiesta también en el desgarramiento que a través de los siglos ha ido afectando a la Iglesia de Jesucristo. ¿En qué medida por tanto se puede decir que la Iglesia de Cristo es una, dado que el escándalo de la división afecta y responsabiliza a todas las iglesias?

Respecto a esta situación podemos invertir el proceso de presentación. No se puede negar que la división se encuentra en la base de su existencia. No obstante no es esta una afirmación que se pueda establecer a nivel de principio y sin mayores matizaciones. Porque también cada una de ellas asume como propio -aunque sea unilateralmente- algun aspecto valido del mensaje de Cristo y que posiblemente sea relegado en las otras iglesias o comunidades eclesiales. Este valor no puede ser rechazado por las demás iglesias, del mismo modo a como cada una debe asumir como propia la referencia a Cristo y a su misión que hacen las otras iglesias. ¿Cómo hay que entender, en consecuencia, la unidad para que puede incorporar esos aspectos positivos y celebrar en común la referencia a Cristo? Por tanto, por la urgencia de estas cuestiones, las diversas iglesias cristianas se han presentado como protagonistas en ese camino de encuentro y de reunificación que es el ecumenismo.

En cuatro niveles y dimensiones por tanto encontramos la novedad de protagonismos que no se daban con tal intensidad en la antigüedad. Ese protagonismo es una realidad que no debe ser ni menospreciada ni relegada, aunque también encierra sus peligros y tentaciones. ¿Cuál es, tenemos que preguntarnos, la raíz de una unidad que nos empuja a llamar "cristianas" a todas estas realidades? ¿Puede la comunión servir para pensar y realizar una unidad que dé espacio a las diferencias y que a la vez se alimente de ellas?

3.- La convocatoria compartida para la misión

¿Dónde radica el protagonismo de los sujetos mencionados?, ¿cuál es el escenario que los acoge en una representación común? Indudablemente no puede ser más que la fe que empuja a incorporarse a la historia de la alianza. Ahora bien, por eso resulta importante precisar el sentido, el alcance y las implicaciones de la fe. Buscando una fórmula breve podemos decir que la fe radica en un "heme aquí", "aquí estoy", que brota como respuesta/compromiso a una llamada, a una convocatoria que deja al interpelado ante su responsabilidad.

Aunque no podemos hablar en sentido estricto de fe para referirnos a Jesús, encontramos en su actitud el paradigma o el punto de referencia de lo que es la fe en cada uno de los creyentes. La actitud radical del creyente no consiste en el seguimiento de Jesús o en el servicio al Reino, sino en la participación de la misma actitud básica de Jesús al entrar en este mundo, tal como pone en labios de Jesús la carta a los Hebreos (10,5ss): "no quisiste ofrendas ni holocaustos, pero me has otorgado un cuerpo, una existencia en el tiempo, una biografía. Por tanto, aquí estoy, heme aquí, para cumplir tu voluntad, es decir, para mantener con fidelidad la entrega a la misión para la que he sido enviado". Este misión, como indicaremos posteriormente, no es más que la de mostrar qué quiere decir exactamente, y hasta dónde llega, el despliegue de su identidad como Hijo. Esta disponibilidad de Jesús, en la lógica de lo que ha sido la iniciativa del Padre, da contenido a la alianza narrada en la historia de la salvación desde sus orígenes en la mañana de la creación.

El relato del Génesis, desde su apertura, responde en palabras de Yahvé a las grandes preguntas del hombre por su desventura y por su sufrimiento, por su exilio en el peregrinar hacia el paraíso añorado. La violencia, los asesinatos, la dispersión de los pueblos, el esfuerzo en el trabajo, la esquizofrenia interior, en resumen, la carencia de armonía en la existencia humana, se eleva a Dios como clamor y como queja. Y la revelación consiste precisamente en que hay respuesta y compromiso de Dios. Esta iniciativa tiene un doble momento que debe ser señalado.

En la iniciativa creadora Dios deja ver lo que es su propósito y su objetivo, resumidos en los símbolos "sábado" y "paraíso". El acto creador consiste en que Dios, mediante su palabra y su espíritu, transforma el caos en cosmos, la heterogeneidad de los seres creados en escenario para la vida humana, la variedad de razas en familia humana, la diversidad de hombres en imagen de Dios, la pluralidad de lenguas en diálogo y comunicación. Este proyecto sin embargo quedó roto por el pecado, por la acción dia-bólica. En medio de la desventura humana la sensibilidad de Dios se muestra como promesa que abre futuro, pero por eso mismo como tarea que hay que llevar adelante.
Sobre este transfondo, mejor aún, en el seno de esta encrucijada histórica, tiene lugar la llamada de mediadores humanos que se comprometan en la realización del proyecto de Dios. El caso de Abraham es paradigmático: su fe se condensa en el "heme aquí" a la llamada de Dios, que se simboliza en el establecimiento de una alianza. Abraham en definitiva se convierte en protagonista porque ha sido llamado y ha respondido. Y ha sido llamado porque hay una tarea que cumplir: retejer la unidad rasgada de la familia humana, la dispersión de pueblos y la incomprensión entre las colectividades humanas, tal como es narrado en Babel (que no es más que el punto de llegada de toda la historia de la desventura humana descrita en los capítulos anteriores). La misma reflexión se podría hacer acerca de Moisés y de la constitución de Israel como pueblo de Dios entre los pueblos del mundo.

La llamada/vocación es por ello apertura de un proyecto histórico que posee un sentido, una lógica, una meta, el diálogo Dios-hombre y la felicidad de los hombres cuando consigan vivir como familia unida en el hogar del Padre. Esa unidad significa asumir como propio ese proyecto. No puede por tanto haber fe más que como protagonismo de una alianza que ha de servir al conjunto de la humanidad. Este compromiso, evidentemente, ha de ser asumido por personas muy distintas, porque la realidad es compleja, el escenario amplio, las dimensiones de la existencia muy diversas. La unidad de la convocatoria exige por tanto la pluralidad, la multiplicidad de protagonistas. ¿Y no ha de ser la unidad del proyecto la que exija limar las diferencias que excluyen y que enfrentan? ¿No se trata de un proyecto que, por definición, incluye y exige la implicación de numerosos protagonistas que comparten la llamada y por ello la trama que se desarrolla en el escenario de la historia humana? Estas perspectivas y estas preguntas adquieren nueva luz y nueva intensidad a la luz del Nuevo Testamento. Pero no renuncia en absoluto a la lógica ya descubierta, que permite captar la mutua implicación de unidad y de pluralidad. A la luz de Pascua y de Pentecostés se podrá captar todo el alcance y la profundidad de la comunión, que sella y consuma lo que venimos diciendo.

4.- El despliegue de la comunión trinitaria

El Nuevo Testamente recoge la misma lógica de la alianza establecida en el amplio marco del cosmos y de la humanidad, pero enriqueciéndola con nuevas perspectivas: el Dios que dio origen a la creación y que se ha comprometido con el destino del mundo y del hombre es Padre, Hijo y Espíritu. El envío (las "misiones") del Hijo y del Espíritu tiene como objetivo alcanzar la meta del proyecto inicial del Dios creador, desvelando un modo peculiar del ser de Dios y por ello ofreciendo posibilidades nuevas al ser del hombre y de la vida humana. La unidad, que encontraba su raíz en el Dios uno que había abierto un proyecto común, amplía sus horizontes y sus contenidos: la comunión.

El envío del Hijo no se debe circunscribir al horizonte particular del judaísmo o (podríamos decir hoy) de una religión particular. Jesús vive de las promesas originarias, del proyecto iniciado en la creación. Su anuncio y su presencialización del Reino de Dios (con su transfondo veterotestamentario) no es más que el jubileo del sábado y del paraíso, con una perspectiva claramente universalista. La interpelación que dirige a Israel tiene como objetivo reconvocar a su pueblo para que asuma con fidelidad y con frescura lo que había sido su vocación originaria: ser testigo de Dios y de su reinado en medio de los pueblos, y por ello la validez permanente de la bendición prometida en Abraham.

Jesús a lo largo de su vida va abriendo el espacio de encuentro y acogida de hombres diversos, tanto el espacio del Reino como el espíritu de filiación. Y va entregando su vida como oblación a favor de la reconciliación y reencuentro de los hombres con Dios: como expresión de un Amor originario que se dirige a los más necesitados y también a los pecadores, a los enemigos. En definitiva lo que pretende es la invitación a una comunión de la que él mismo vive. La fidelidad a su envío como Hijo condensa el proyecto original de Dios pero ofreciendo a su vez un modo de comunión nuevo y distinto: llama a unos pocos en favor de todos, como prolongación de la alianza nueva que se realiza en su muerte y resurrección, en la nueva Pascua.
El Espíritu va acompañando y manteniendo la acción reconciliadora de Jesús: haciendo posible la encarnación, ungiéndole en el bautismo para la misión, comunicándole la plenitud de la alegría de Dios, haciendo posible la obediencia/fidelidad hasta el último suspiro, y también por ello como poder, fuerza y gloria en que acontece la resurrección del Hijo realizada por el Padre.

La Pascua es acontecimiento trinitario por antonomasia porque en él se produce el desvelamiento máximo de la realidad personal de Dios y porque ratifica la acción de Dios como salvador: la humanidad entera, y por ello cada hombre particular, quedan invitados a una comunión nueva. La historia queda cualificada de modo nuevo. La reconciliación de Dios en Jesucristo significa que la humanidad y la historia entera, en su debilidad y fragilidad, quedan incluídas en el hogar trinitario como espera y esperanza. De momento todavía la historia está abierta, pero se ha instaurado la garantía (las arras, el Espíritu) del futuro. Ese es el espacio del testimonio y de la misión cristiana: el servicio a la reconciliación (para proclamarla y para realizarla).

A la luz de la Pascua y de su dimensión apostólica se abre el horizonte de la misión cristiana en el seno de una historia de alianza que se prolonga. La unidad y la comunión adquieren nuevas dimensiones: sigue siendo el mismo proyecto a través de una lógica de alianza y de encarnación pero con la participación de protagonistas múltiples, cada uno de los cuales puede conservar su diferencia en la medida en que sea servicio al ofrecimiento que el Dios Trinidad ha dirigido a los hombres en la Pascua.

5.- Una Iglesia de piedras vivas y de iglesias múltiples

A partir de la Pascua se abre el itinerario de la Iglesia. El germen de los discípulos de Jesús en el período prepascual florece en la convocatoria que se vuelve a repetir después del abandono del viernes santo. Conscientes de la novedad y de la intensidad del momento que están viviendo se saben congregados por el Padre que resucitó al Hijo en el poder del Espíritu. Este es su gozo, su experiencia salvífica y el don que pueden ofrecer al mundo. Es la participación y celebración en la comunión de que han sido hechos partícipes: la Iglesia nace como experiencia de alegría por un acontecimiento uno que invita a todos a la celebración compartida

Pero no se puede olvidar una dialéctica peculiar de aquel momento que debe acompañar permanentemente a la Iglesia: los primeros seguidores de Jesús, ya en el cenáculo, experimentaron la novedad que se les otorgaba (que de hecho se ofrecía al mundo). Pero el cenáculo no era el destino de aquella Iglesia naciente. Era su cuna, pero no su hogar permanente. Por eso debían salir. El Espíritu, que los animaba desde dentro, los estaba llamando y reclamando desde fuera, desde los otros, tal como se visibilizó de modo patente en Pentecostés.

En el cenáculo y en la salida del cenáculo se prefigura el destino de la relación entre la unidad y la comunión tal como ha de servir de paradigma para la vida de la Iglesia en el cumplimiento de su misión en cualquiera de los momentos de la historia. Para desarrollarlo vamos a fijarnos en un doble aspecto, que permite entender el hondo sentido de la existencia (válida, positiva y necesaria) de múltiples protagonistas.

En aquella comunidad inicial de Jerusalén estaba depositado un germen que debía desarrollarse. Este desarrollo y crecimiento no puede acontecer más que en virtud de la presencia del Resucitado y de la acción del Espíritu. Este es el que va edificándose un templo de piedras vivas que son los creyentes concretos. La Iglesia es desde un principio las personas (y Personas) que la constituyen. Por eso se trata de un templo de piedras vivas, es decir, la existencia de cada uno de los creyentes, da cuerpo y figura a la realidad eclesial. Cada piedra es distinta y cada una contribuye a la riqueza y la armonía del edificio.

Por eso es tan frecuente la alusión a los dones y carismas del Espíritu. La fe no es anónima o amorfa, sino modelada y moldeada por la gracia del Espíritu y por las circunstancias y necesidades de la Iglesia. Ello indica, además, que los carismas no pueden ser considerados como dones individuales, reducidos a la subjetividad o a la autosatisfacción del creyente singular. Sin siempre dones que se ofrecen para la edificación de la comunidad. Esta referencia a la comunidad tampoco puede aislarse en sí misma, sino que ha de servir para que pueda cumplir su misión evangelizadora, para la "obra" del Espíritu, para cumplir el envío del Hijo, para llevar adelante el proyecto del Padre.

Todo esto nos hace ver que los carismas exigen y suponen el compromiso y la responsabilidad de cada uno de sus destinatarios, que por ello deben encontrar también un espacio para su desarrollo y un reconocimiento por parte de los otros creyentes. El Espíritu y la comunidad permiten comprender que la comunión no es palabra vacía sino experiencia personal y comunitaria. Pero a la vez esa comunión no anula la unidad, sino que la ratifica y la desarrolla: porque los carismas viven de una lógica que no puede ser otra que la comunicación del Padre, del Hijo y del Espíritu, el desarrollo de la alianza de la Pascua definitiva.

Pentecostés ofrece una variación distinta de la misma melodía. Explica el sentido de la multiplicación de las iglesias en el seno de la división entre los pueblos. En Pentecostés se reúnen representantes de pueblos y lenguas distintos que encuentran un espacio de reconciliación y de comprensión en el evangelio del Resucitado. Pentecostés se impone como la alternativa a Babel, como el esfuerzo de la Iglesia salida del cenáculo por ir realizando la unidad de la familia humana en el seno del hogar del Padre. Pentecostés en consecuencia condensa la misión de la Iglesia y anticipa su futuro: allí está presente la Iglesia que habla todas las lenguas y que por ello permite crear una sinfonía inmensa de agradecimiento por la alegría de la fe común.

A partir de Pentecostés la historia de la Iglesia va a consistir en ir pasando a los otros naciendo de entre los otros, de ir cruzando orillas para nacer en otro pueblo, en otro contexto, en otra cultura. Cada iglesia por tanto ha de tener su rostro, su nombre, su carisma. Pero a la vez cada iglesia vive como realización de la Iglesia de Cristo en un lugar a fin de que allí se haga presente la invitación del Dios creador, del Hijo que ha entregado su vida, del Espíritu que sigue abriendo los caminos de la historia. Las diversas iglesias, precisamente en cuanto diversas, constituyen una misma Iglesia. Y también aquí descubrimos con nitidez que unidad y comunión no se contraponen, sino que se enriquecen mutuamente, más aún, que se exigen recíprocamente, que ninguna de ellas podría vivir sin la otra, pues de hecho anularían el desarrollo histórico del plan de Dios y de las misiones del Hijo y del Espíritu.

6.- La unidad como comunión sinodal, católica y ecuménica

La autorrevelación de Dios a través de la historia de la salvación permite acceder, a partir de la Trinidad económica (la acción en la historia de las tres divinas Personas) a su realidad más íntima y profunda. La relación entre Padre, Hijo y Espíritu nos permite descubrir al Dios uno como comunión de Personas. Dios por ello es, en su fecunda unidad, Don y Comunicación, Generosidad recíproca y Comunicación plena. El Padre existe en cuanto se comunica en la generación del Hijo en el Espíritu. El Hijo existe en cuanto recibido del Padre en el gozo que es el Espíritu. El Espíritu es el aliento gozoso de esa comunicación acogida en agradecimiento. La unidad por tanto no anula a los otros sino que los exige para su propia realización.

El envío del Hijo y del Espíritu (las "manos de Dios", en expresión de san Ireneo de Lyon) tienen como objetivo expresar la gloria de un Dios que no se satisface en el aislamiento de su unidad, sino que se abre para resplandecer como comunión que invita y que acoge. Como se trata de una misión en la historia de los hombres, ha de realizarse en el seno de una experiencia dramática marcada por el ejercicio de la libertad humana, pero precisamente por ello esa misión pretende ofrecer la comunión que restaure las heridas de una unidad rota tanto a nivel colectivo como a nivel individual.

La Iglesia vive como el conjunto de hombres y de mujeres que acogen y celebran el Don otorgado y que por ello lo comunican con el gozo experimentado. En consecuencia la Iglesia debe esforzarse para manifestar adecuadamente la fidelidad a su misión, que es radicalmente su identidad más profunda. La Iglesia vive de la comunión regalada. Y no existe más que para regalarla a todos. Eso es la evangelización, que engloba todas las actividades de la Iglesia. Ello exige unas opciones radicales cuando se es consciente de que la Iglesia son las personas que la constituyen y cuando se constata que la Iglesia no puede existir más que como Iglesia de iglesias. Por eso afirmamos que la unidad que penetra la pluralidad de la Iglesia no puede ser más que comunión sinodal, católica y ecuménica.
Hablamos de unidad como comunión sinodal para señalar que la comunidad es vivida por personas distintas y por carismas diversos, por lo que en la práctica hay que ir tejiendo la unidad desde las diferencias y en base a ellas. Ello supone actitudes de diálogo, de encuentro, de intercambio para llegar al consenso y de este modo poder afrontar las decisiones que vinculen a todos porque todos se encuentran y se reconocen en ellas. La comunión no debe por tanto entenderse como una cualidad meramente espiritual que exista en un nivel de realidad ajeno a las tensiones de la realidad. La comunión debe ir adquiriendo forma y figura merced al compromiso de sus participantes. Por tanto es difícil concebir una unidad en la Iglesia que actúe de modo unidireccional, más bien debe surgir de una red de relaciones que constituyen la vida misma de la Iglesia en su existencia en el tiempo de los hombres.
Es por ello por lo que en la vida concreta de las iglesias (y de la Iglesia) se han ido generando los sínodos y los consejos de diversos tipos, precisamente para crear espacios de participación y de deliberación. Tales acciones no deben ser consideradas como mera estrategia pastoral o como mecánica de funcionamiento, sino como actos y procesos de auténtica realización eclesial. Tampoco deben ser vividos como esfuerzo puramente humano en el que se recurre a razones y argumentaciones racionales, sino que constituyen un auténtico acto de discernimiento espiritual desde el seno de las encrucijadas que la misión abre a cada comunidad eclesial. La sinodalidad, podemos decir desde este punto de vista, es ejercicio de comunión en medio de las complejidades y opacidades de la historia. Es por tanto un modo de hacer experiencia la convicción teológica según la cual todos en la Iglesia deben sentirse co-responsables de su tarea y de su misión. Precisamente la perspectiva de la misión es la que ha de crear unidad compartida, ya que es la tarea para la que los cristianos y las comunidades han sido llamadas.

Ha de ser una unidad vivida como comunión católica, para designar que la catolicidad debe impregnar a todos los cristianos y a todas las iglesias. Si catolicidad designa la apertura a la plenitud y a la totalidad, ello significa que tampoco una meta semejante se puede alcanzar por un solo camino o que deba entenderse de modo unidireccional. La diversidad de iglesias que se enraízan en terrenos culturales diversos, las comunidades o asociaciones que se sitúan en terrenos amplios, difíciles o novedosos de evangelización, los laicos que viven sus diversos carismas en las circunstancias más variadas del mundo... son una contribución para la renovación de la realidad, para la instauración del Reino, para la anticipación de lo definitivo. En consecuencia no podrá haber unidad más que si realmente se alimenta del horizonte y del dinamismo católico.

Si se vive auténticamente la catolicidad, ésta no puede ser entendida como clausura o como aislamiento ni como apego a lo propio, sino como apertura para el reconocimiento, para la recepción, para la acogida del otro. Estos dinamismos son vías de desarrollo de la comunión en cuanto que las propias riquezas se viven como comunicación y enriquecimiento de los demás en aras de la misión a cumplir, como despliegue del plan salvífico de Dios.

La unidad ha de ser también comunión ecuménica en cuanto que se reconoce la aportación de las otras tradiciones cristianas como realización verdadera (siempre parcial) de la identidad cristiana. En la medida en que una iglesia de otra denominación se integra como protagonista de la misma historia narrada en el símbolo de la fe, en esa medida representa un valor en la misión de testimonio de la verdad que hay que realizar en medio del mundo. La diversidad como exclusión es lo que rompe la unidad y lo que constituye un escándalo para quienes contemplan desde fuera a la comunidad cristiana. Pero esa exclusión queda superada en la medida en que se habla de una unidad más amplia y más profunda que nunca podrá ser anulada por ninguna "diferencia fundamental".

Esa unidad de base abre automáticamente un espacio de comunión (que en definitiva es un regalo del Dios trinitario cuya acción salvadora se narra). Y por ello la llamada a la reconciliación (que debe ocupar un papel más central en la vida de las comunidades eclesiales) surge como exigencia de comunión. También en este caso ha de ser la misión el estímulo y la exigencia, pues la unidad/comunión ha de mostrarse al mundo precisamente para que el mundo crea, para que experimente que hay un don regalado previamente que no puede ser utilizado como instrumento de violencia sino como llamada a la conversión y al encuentro.

7.- Actitudes de una espiritualidad eclesiológica

Todo lo que hemos expuesto exige unas actitudes fundamentales que podemos denominar "espiritualidad eclesiológica" porque brotan de la experiencia eclesial, para que sea vivida con profundidad y con realismo, y que a la vez deben alimentarse de elementos eclesiológicos fundamentales.

Para que la unidad pueda ser vivida como comunión de múltiples protagonistas hay que tener una profunda conciencia eclesial, es decir, sentir con la Iglesia y en la Iglesia desde sus problemas reales. Por eso debe integrar incluso la tensión y hasta el conflicto, porque ello forma parte de la existencia de los hombres de Iglesia en una historia desgarrada. Hay que evitar el peligro de amar a una Iglesia irreal, pues el amor y la fidelidad deben ralizarse en iglesias concretas, en contacto con hombres y mujeres con nombre y con rostro.

Se requiere la confesión de la verdad del evangelio, es decir, hay que reconducir las propias posturas a la historia de la alianza de la que surge la Iglesia y en la que se descubre el horizonte de la misión. Más allá de los gustos personales, de los intereses de grupo, de las opciones ideológicas, la propia existencia eclesial debe situarse en función y al servicio de la misión.

La centralidad de la comunión y de la reconciliación debe formar parte de la propia oración y de todo proyecto de formación. Por esta vía se podrá cultivar la verdadera ascesis eclesial, que consiste en la voluntad de dejar espacio a los otros, de reconocer que también los otros realizan aspectos cristianos que uno mismo no es capaz de percibir o de vivir con la misma intensidad. Y por otro lado debe suscitar el esfuerzo para presentar la propia peculiaridad carismática como aceptable y reconocible por los otros. La comunión no puede ser vivida con actitudes utópicas, la realidad concreta es la que nos hace ver continuamente la importancia de la ascesis y de la conversión.

Todos deben aprender a agradecer en común lo que todos han recibido, y por ello mismo debe ser frecuente la petición de perdón por las exclusiones, por las incomprensiones, por la tendencia a absolutizar lo propio. La percepción del escándalo que la propia división suscita en los de fuera debe servir como acicate para orientar las propias riquezas al servicio de la propia Iglesia.
Debemos aprender la importancia (y la dificultad) del discernimiento comunitario desde la propia responsabilidad. El discernimiento comunitario es el que permitirá discernir los carismas que tal vez estén ocultos o larvados, debe identificar las necesidades que la Iglesia debe responder, debe buscar la articulación de la pluralidad, y sobre todo debe percibir cuáles son los caminos por los que el Espíritu llama a cada iglesia. De este modo se podrá lograr el objetivo al que tantas veces hemos aludido: cada carisma (aspecto peculiar de la multiforme riqueza del Espíritu) existe para la edificación de la Iglesia de cara a la evangelización. Sólo de este modo la propia fe será un "heme aquí" para que el Don recibido sea invitación y acogida.