Desde
la Comunidad:
Desde la óptica de la vocación común o cristiana del
pueblo de Dios.
"¿En
qué medida creemos que la comunidad no es una vocación específica
para unos cuantos llamados, sino el modo de vida único para seguir
a Jesús y construir su Reino?"
Esquema
general de la ponencia
¿UNIDAD
O COMUNIÓN?
1.
Novo Milenio Ineunte 42-46 2
2. Iglesia Pueblo de Dios 3
3. La Iglesia, casa de comunión, familia del Dios vivo 3
4. Redescubrir la vocación cristiana: conversión y comunión
con Cristo 4
5. Iglesia-comunidad: comunión con los hermanos 5
6. Comunión del hombre y la mujer: la imagen del Dios uno y trino
6
7. ¿Comunión o unidad? 7
¿UNIDAD O COMUNIÓN?
1.
Novo Milenio Ineunte 42-46
Leemos
algún fragmento significativo de la carta apostólica Novo
Milenio Ineunte 42-46. Significativamente dice Juan Pablo II:
"la comunión (koinonía), que encarna y manifiesta la
esencia misma del misterio de la Iglesia. La comunión es el fruto
y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón
del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu
que Jesús nos da (cf. Rm 5,5), para hacer de todos nosotros "
un solo corazón y una sola alma " (Hch 4,32). Realizando esta
comunión de amor, la Iglesia se manifiesta como " sacramento
", o sea, " signo e instrumento de la íntima unión
con Dios y de la unidad del género humano " (NM 42).
"Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste
es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza,
si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a
las profundas esperanzas del mundo".
¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí
la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería
equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas
concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión,
proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde
se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar,
las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las
familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa
ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de
la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también
en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad
de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano
de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como
" uno que me pertenece ", para saber compartir sus alegrías
y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades,
para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión
es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el
otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un " don para
mí ", además de ser un don para el hermano que lo ha
recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber
"dar espacio" al hermano, llevando mutuamente la carga de los
otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente
nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza
y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco
servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían
en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus
modos de expresión y crecimiento (NM 43).
Cuando
hablamos de la unidad y la comunión estamos hablando del centro de
la identidad de la comunidad cristiana, como huella de la presencia divina
que habita en el seno de ella. Estamos ante la huella de la Trinidad que
se proyecta en la Iglesia convocándola a participar en un misterio
de vida divina.
Sobre
este tema se podrían hacer muchas ponencias, pero hay que limitarse.
Por ello vamos a ceñirnos a algún aspecto de los muchos posibles,
a partir de la vida y la experiencia de la comunidad del Seminario del Pueblo
de Dios, de la que formo parte. Voy a comentar la frase citada anteriormente:
"Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste
es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza,
si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a
las profundas esperanzas del mundo".
2.
Iglesia Pueblo de Dios
Ya
el concilio Vaticano II nos recordó que la Iglesia era, principalmente,
Pueblo de Dios. Esta definición, como otras que se han dado en otras
épocas, son aproximaciones al misterio de la Iglesia. Aproximaciones
al misterio de la presencia divina que habita en ella. No se pueden absolutizar,
ni tampoco se pueden juzgar con los gustos y opiniones culturales de cada
época. La Iglesia ni era antes una monarquía absolutista ni
es ha de ser ahora una democracia popular: nada de este orden de cosas.
No hay que confundir la Iglesia con sus deformaciones. Lo que define a la
Iglesia no son las costumbres sociales y políticas de sus contemporáneos,
que suelen influir y presionar sobre ella. Lo que define a la Iglesia es
la presencia viva de Dios en ella. El Pueblo de Dios viene determinado,
precisamente, no tanto por el hecho de ser pueblo, sino por el hecho de
ser DE DIOS. Solamente esta condición nos coloca en el lugar justo
para poner cada cosa, y cada persona, en su lugar.
Por ello, cuando decimos que la Iglesia ha de ser casa y escuela de comunión,
no estamos hablando sólo de unos grupos humanos y sociales que se
reúnen y que transmiten sus propias costumbres y tradiciones religiosas
sino algo más profundo, que es difícil de comprender para
quien no lo haya experimentado por sí mismo. La comunión y
la unidad, aunque pueden comprenderse y vivirse de múltiples modos
y maneras a nivel humano, en el seno de la Iglesia han de significar una
participación en el ser y en la vida divina. Y ello comporta siempre
una cierta penetración en el misterio, una donación y una
entrega completas, una acogida radical, una experiencia pascual.
Dicho de otra manera. Vivir unidos y en comunión no es simplemente
"estar juntos", o reunirnos por intereses o preocupaciones comunes,
o mantener una coexistencia pacífica basada en la delimitación
clara de los territorios individuales, vigilando para no ofender al otro
o "guardando las formas" ante el vecindario. Es difícil
y exigente mantener siempre la llama del amor viva. Y sin embargo la vida
cristiana es, precisamente, esto último: mantener la llama del amor
viva.
Pero hay demasiadas adulteraciones y deformaciones. Hoy se necesitan comunidades
contemplativas en medio del mundo que puedan ser auténticas escuelas
de comunión cristiana, escuelas de experiencia de Dios. No importa
que sean comunidades pequeñas, con escaso número de participantes.
Lo que importa es que en ellas haya vida auténtica. La comunidad
cristiana es fermento en medio de la masa. Un poco de levadura, si no se
ha estropeado, puede hacer fermentar mucha cantidad de masa.
3.
La Iglesia, casa de comunión, familia del Dios vivo
La
Iglesia ha de ser casa de comunión, ha de ser familia de Jesús.
Ha de ser nuestra familia. Pero la comunión es, primariamente, comunión
con Cristo, y como fruto de ello, comunión interhumana. Ahí
está la raíz y el fundamento de la experiencia de la comunidad
cristiana. Por supuesto que la comunión ha de ser el punto de referencia
para la unidad de las iglesias, el ecumenismo, etc. Pero en primer lugar
ha de ser una relación de unidad personal del hombre con Dios en
Jesucristo, que permita edificar la comunión en las relaciones humanas.
La experiencia cristiana será siempre una experiencia de Dios, mística.
Si no fuese así, estaríamos devaluando la buena noticia, y
la comunidad cristiana se convertiría en un grupo de amigos que nos
reunimos porque tenemos intereses o costumbres comunes o compartimos un
ideal altruista de valores humanitarios. Eso está muy bien, pero
no responde a la identidad profunda de la comunidad cristiana, a la cual
todos estamos llamados de formas diversas.
4.
Redescubrir la vocación cristiana: conversión y comunión
con Cristo
En
primer lugar hay que descubrir la vocación común al seguimiento
de Jesús, como una vocación radical, que nos obliga a dejarlo
todo: padre, madre, campos y tierras... Jesús no dice esto sólo
para los religiosos o los sacerdotes, sino para todos. Es más, Jesús
decía esto en su tiempo, principalmente, a personas casadas que fueron
las que le siguieron. La mayoría de los apóstoles fueron personas
casadas. Por supuesto que Jesús no les pide que abandonen sus compromisos
familiares y a su mujer e hijos en la pobreza, que era el destino de muchas
viudas y huérfanos en aquella época. Jesús va al fondo
del corazón del hombre, y está reclamando a todos que pongan
en primer lugar la llamada de Dios, antes que todo, antes que los padres
y la propia familia de la carne. Quizá esta experiencia sea la clave
para entrar en un auténtico conocimiento y experiencia cristiana.
Cuesta mucho comprender en nuestra sociedad el significado profundo de esta
llamada. Estamos influidos por una cultura muy superficial, pragmática,
utilitarista, sentimental. Hemos confundido a menudo el amor con nuestros
propios sentimientos y ya no sabemos distinguir las cosas. Estamos ante
una experiencia radical, de ruptura con las condiciones y circunstancias
en las que la persona ha crecido para poder acoger la novedad que Jesús
nos trae. Es la conversión, el cambio de mentalidad, sin los cuales,
tenderemos siempre a comprender las enseñanzas de Jesús a
través de nuestros propios conocimientos y experiencias, e interpretaremos
el mensaje en función de nuestras propias expectativas y deseos.
No conoceremos lo que Jesús nos quiere mostrar sino que lo adaptaremos
a la medida del recipiente de nuestra comprensión. No conoceremos
lo que Él conoce sino aquello que a nosotros nos interesa conocer.
Ciertamente que así se puede vivir una "religiosidad cristiana",
pero no se puede ser un auténtico seguidor, un discípulo del
maestro. El cristiano lo es porque ha vivido un cambio de mentalidad.
Tendríamos que preguntarnos si hemos vivido personalmente un cambio
de mentalidad: ¿cuándo y cómo ocurrió? La fe
se concreta en vida, en experiencias, hay que redescubrir la vida cristiana
como un conjunto de experiencias vividas que se iluminan en contacto con
la Palabra de Dios, y que se descubren reflejadas en los mismos relatos
de la Biblia. Todas las vocaciones cristianas, todos los estados de vida
tienen que descubrir esta experiencia esencial sobre la cual se ha de fundamentar
la vocación cristiana. El cristiano participa de un "conocimiento
nuevo", que le hace ver las cosas con una mirada diferente, distinta
de la que tienen las personas en medio de la sociedad.
Sólo esta transformación interior nos lleva a descubrir la
Iglesia como la propia familia, la familia de los hijos de Dios, donde también
tienen cabida, por supuesto, mis familiares y amigos, pero siguiendo siempre
el mismo camino de purificación que cada uno ha de ir descubriendo.
Si no ocurre esta transformación, cada uno de nosotros continuamos
siendo hijos de nuestras circunstancias, de nuestra historia personal, de
nuestras virtudes y defectos. No podemos entonces decir aquello de "Es
Cristo que vive en mí..." No sería cierto. Si no hay
cambio de mentalidad no hay comunión, y entonces tendemos a buscar
en la Iglesia el sustituto de aquella familia que hubiéramos deseado
tener, o el ideal de aquella agrupación social que hemos imaginado.
Y suele ocurrir que, como muchas veces no encontramos "lo que buscamos"
en la Iglesia, podemos caer en la tentación de "dejar el arado
y mirar atrás", volviendo a las relaciones sentimentales, ya
sea a nivel particular o familiar, en las cuales uno encuentra un refugio
y una protección en medio de este mundo tan frecuentemente adverso.
5.
Iglesia-comunidad: comunión con los hermanos
La
vida de comunión reclama comunicación y conocimiento mutuo.
La comunidad se edifica con aquello que compartimos, conocemos y nos comunicamos.
Si nuestra fuente de vida y de conocimiento es nuestra propia psicología
no transformada, y no nos comunicamos, o nos comunicamos mal, transmitiéndonos
mutuamente un conocimiento superficial, falseado, que recibimos de la sociedad,
repetimos lo que dicen los medios de comunicación, etc., no puede
haber comunión. En todo caso se pueden llegar a formar grupos de
opinión, con tendencias diversas, unos liderados por Apolo y otros
por Cefas, etc. En cambio, una experiencia cristiana profunda genera comunión
con Cristo, y, en Cristo, comunión con los hermanos.
Que la Iglesia sea casa de comunión significa que ha de ser un lugar
donde somos engendrados a una nueva familia donde sólo hay un Padre,
que es Dios mismo, y donde todos somos hermanos. Podemos ser hermanos y
vernos y tratarnos como tales, porque Jesús, nuestro hermano mayor,
hombre como nosotros, nos enseña a serlo. Pero Jesús, que
vivió entre nosotros, ha dejado en el seno de la Iglesia, en los
signos pobres de la humanidad eclesial, una presencia suya de Resucitado
que puede suscitar vida nueva, engendrándola en quienes carecen de
ella. Por eso la Iglesia ha de ser, además de casa y familia, escuela
de comunión.
Resulta muy difícil para las parroquias realizar hoy este papel de
acompañamiento, acogida, engendramiento y formación. Son necesarias
comunidades vivas que puedan engendrar a las personas, partiendo de un ambiente
cálido y acogedor para los alejados, con una pedagogía de
la oración, con una liturgia vivida y expresiva, con unas relaciones
fraternas que alcances los diversos aspectos de la convivencia cotidiana.
La vida cristiana es escuela de comunión en todas las dimensiones
de la existencia, desde la formación a la celebración, desde
el trabajo hasta el ocio y las actividades lúdicas. Es necesario
redescubrir la vida cristiana que abarca e impregna lo sagrado y lo profano,
el descanso y el trabajo. La experiencia cristiana unifica al hombre. Y
si no lo unifica no está siguiendo la huella del Verbo encarnado.
Los carismas y movimientos de la Iglesia han de generar comunidades vidas,
donde las personas puedan encontrar micro-ambientes que puedan acompañar
el nacimiento y la maduración de la "vida nueva" del cristiano.
Las influencias ambientales son hoy muy fuertes y conducen a los individuos
a la dispersión, al engaño, a la confusión, a escapar
de la realidad. La familia en la actualidad ha perdido, en muchos casos,
su papel como transmisor de la fe, por eso es necesario otros ámbitos
donde ésta se pueda descubrir y acompañar.
La Iglesia ha de ser una comunidad real, con personas con nombres y apellidos,
concretando aquí y hoy los signos humildes del misterio de la Encarnación.
El modelo para todos, célibes y casados, será siempre el hogar
de Nazaret, donde un hombre y una mujer contemplan a Jesús, que crece
en edad y sabiduría.
Es significativo que la Palabra de Dios habla de unidad, en el sentido que
estamos diciendo, en muy pocas ocasiones. Solamente dos veces en la carta
a los Efesios, y 5 ocasiones en el evangelio de Juan, hablando de "ser
uno", donde específicamente se refiere a la vida intratrinitaria,
de la que los discípulos de Jesús están invitados a
participar: "Que todos sean uno, como tú, Padre estás
en mí y yo en ti" (Jn 17,21). Pero todos estos textos tienen
un precedente en el Antiguo Testamento, precisamente en el primer libro
de la Biblia, en Gn 2,24, donde el hombre y la mujer, creados a imagen y
semejanza divina, se unen para ser una sola cosa. Si relacionamos el libro
del Génesis con el evangelio de Juan, descubrimos cómo Jesús
ha venido a realizar en plenitud el plan de Dios diseñado en el Paraíso
original, para que el hombre y la mujer, representantes y reyes de toda
la humanidad, vivan en plena unidad, sean una sola cosa, a imagen del Creador,
y puedan salvar las huellas de las divisiones del pecado.
6.
Comunión del hombre y la mujer: imagen de Dios uno y trino
Hay
aquí también otro misterio profundo de comunión y de
unidad que sólo vamos a anunciar, no hay tiempo para más.
La Iglesia como pueblo de Dios es escuela de comunión en la unidad
del hombre y la mujer. Así como el pecado, en el Génesis,
en los orígenes de la humanidad, afectó a la unidad original
del hombre y la mujer y supuso la dominación de ésta y el
sufrimiento para ambos, también la redención que nos ha traído
Jesucristo tiene la gracia y el poder para sanar esta relación del
hombre y la mujer y devolverla a la inocencia, al amor y la unidad que Dios
había pensado. Hay aquí un profundo mensaje, que quizás
está por descubrir y profundizar, pero que no podemos eludir ni olvidar.
En épocas pasadas tuvieron mucho éxito ciertos lemas como
"entre santa y santo, pared de cal y canto", o conceptos como
el del matrimonio como "remedio de la concupiscencia". Quizás
hoy sea necesaria abrir nuevos caminos para iluminar la relación
hombre-mujer desde el plan de Dios. Y quizás en este sentido haya
que volver a recordar aquello de que "al principio no fue así",
y que Dios vio que "no es bueno que el hombre esté solo",
y que Dios quiso crear para el hombre "una compañera adecuada".
Todos los estados de vida, todas las vocaciones, el celibato y el matrimonio,
tienen su sentido en el seno de la espiritualidad de la Iglesia-Esposa que
se une a su Esposo-Cristo. El celibato no puede convertirse en formas de
soltería (tampoco el matrimonio), el hombre y la mujer no pueden
vivir de espaldas uno al otro, sino en comunión y en unidad, tanto
en el matrimonio como en el celibato. La Iglesia como pueblo de Dios ha
de expresar la riqueza de la vida, la comunicación mutua y el amor
recíproco en las relaciones entre sus miembros.
En la comunión mutua del hombre y la mujer en el seno de la Iglesia
hay una extraordinaria riqueza que aún no se ha profundizado y reflexionado
en el seno de la Iglesia. Ciertamente que estamos ante un tema delicado,
y a la vez, complicado. Y sin embargo, lo masculino y lo femenino son constitutivos
del ser integral del hombre, y Dios contempla al hombre frente a la mujer
y viceversa. Un paso fundamental, para profundizar la comunión en
la Iglesia, será profundizar la comunión del hombre y la mujer,
como vocación originaria. Habrá que superar muchos prejuicios
y miedos, deformaciones y simplificaciones. Pero las esperanzas del hombre
de hoy están reclamando de la Iglesia el testimonio de la experiencia
de unidad del hombre y la mujer, como expresión de humanidad unida
en el amor que eleva al cielo una alabanza de gloria divina. El mundo está
sediento de este testimonio, que los cristianos, por otro lado, tenemos
como vocación.
La escuela de comunión lleva a participar en el misterio de la unidad
divina trinitaria, fuente de todo lo creado, cuya huella ha quedado grabada
a lo largo y ancho del cosmos. El hombre es también unidad, y la
experiencia cristiana lo devuelve a su vocación originaria. El hombre
es unidad interior y es también unidad inter-personal, que se realizan
plenamente sólo en Cristo.
7.
¿Comunión o unidad?
Por
último matizar una pequeña diferencia entre comunión
y unidad, aunque ambos términos se usan en muchas ocasiones como
sinónimos. La comunión hace más referencia al aspecto
humano, a la actitud, al esfuerzo para buscar la unidad con los hermanos,
etc., mientras que la unidad está apuntando más claramente
hacia el contenido de la vida divina. Lo primero expresa más el elemento
humano y lo segundo la gracia divina, el don recibido. Ello explicaría
que en Jn 17,21, Jesús pide al Padre el don de la unidad para sus
discípulos. En el fondo, está reflejando que ellos no pueden
conseguir ni vivir "la unidad" por ellos mismos, sino que se trata
de un regalo que sólo el Padre puede comunicar, un don que significa
una participación en la vida divina. En cambio, los discípulos,
los hombres sí que pueden poner de su parte actitudes y gestos de
comunión: compartir con los demás, ayudar a los necesitados,
perdonar, etc. La comunión es la actitud humana religiosa de quien
toma conciencia de su vocación al amor a Dios y a los hermanos. La
unidad sería la vida divina, de la cual el hombre sólo puede
participar cuando lo recibe gratuitamente como un regalo de Dios.
En último término, la unidad es la realidad auténtica,
tal y como Dios la ve, mientras que la división sería el fruto
del pecado que ha dejado sus huellas en el corazón del hombre, en
el seno de la sociedad y a lo largo de la historia. La división es
aquello que nuestros ojos ven a nuestro alrededor y en el mundo, pero son
apariencias. La unidad, en cambio, es lo que percibe nuestro ser cuando
contempla el mundo y la historia con los ojos de Dios: la unidad es la Realidad
auténtica, aunque esta realidad se encuentre en medio del mundo en
lucha dramática con múltiples enemigos. Una lucha que, sin
embargo, los cristianos sabemos que acaba bien.
Resumiendo todo lo que hemos dicho hasta aquí podemos decir que la
unidad, por tanto, es la meta final de toda la humanidad, es la vida divina
de amor trinitario a la cual estamos invitados los cristianos a través
del encuentro con Cristo, en el seno de la comunidad eclesial. Y la espiritualidad
de comunión sería el poner de nuestra parte todas las actitudes
y gestos necesarios para preparar el ambiente comunitario donde Dios pueda
hacerse presente y regalarnos el don de la unidad.