rep IV
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Jose Antonio Benitez
Claretiano Sevilla

REP IV: Profetismo ¿en ruinas?
Madrid-Atazar, 16-18 de noviembre de 2001.

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Cartas a Ana

Profeta


Querida Ana:
Son malos días para sentirse humano. No tengo ni una palabra amable que pueda definir al hombre. Quisiera mudar de especie, para no tener historia común que me identifique con el odio. Es terrible lo que sucede, es muy poco lo que puedo hacer para remediarlo. Y, sin embargo, me resisto a guardar silencio. Estoy cansado de hacer minutos de silencio, horas de silencio, días de silencio pidiendo paz.

El profeta no guarda callado sus pensamientos. El profeta grita a los cuatro vientos, y agita sus brazos enfrentándose a la injusticia, decidido a que todos sepan que él no quiere mirar a otro lado, y que tampoco está dispuesto a seguir la corriente, ni a dejarse engañar. No hay ruedas de molino.
Yo sólo soy un aprendiz de profeta. Inconformista. Irónico. Crítico. Eternamente defraudado y desesperanzado. Por eso nunca podré llegar a ser auténtico profeta: me falta esperanza y confianza en el hombre.

Las guerras más atroces siempre tuvieron a Dios por testigo: el hombre, tan ufano, tan dueño de la auténtica verdad, frente a otro hombre, igual de soberbio y apegado a otra verdad auténtica, enfrentados ambos hasta la muerte, siglo tras siglo...

Me pregunto cómo tiene que hablar un Agente de Pastoral Juvenil ( APJ) profeta a los jóvenes sobre todo lo que está ocurriendo. ¿Cómo tocar este tema sin caer en tópicos, sin ser vencidos por la tentación de la superficialidad? ¿Cómo implicar a los más jóvenes desde el propio compromiso?

Ser profeta en estos tiempos es completamente inútil. O, mejor dicho, ser profeta se reduce a lo meramente testimonial. Es mejor educar en la concordia. Sobre todo cuando el problema global puede reducirse a algo tan cercano como convivir en armonía y tolerancia con un gitano, o un homosexual, por ejemplo.
Si nuestros jóvenes no aprenden esto tan básico, y lo hacen vida, es poco probable que les importe algo tan lejano como la situación palestina. Ni siquiera creo que les importe un bledo lo que ocurra en Bilbao.

Por eso, ¿cómo implicar a los más jóvenes? ¿Qué puede hacer un APJ para sensibilizar a sus chavales? ¿Cómo explicarles que ya no vale el ojo por ojo, diente por diente, sino que hay que poner la otra mejilla? ¿Cómo convencerles de que todos somos iguales a los ojos de Dios?

En este sentido poco ha cambiado desde que te fuiste. Tú, Ana, tenías auténtica pasión por la libertad, y siempre decías que la libertad tenía que basarse en la tolerancia y en el amor. Yo te traducía riendo, y gritábamos: ¡respeto y ausencia de odio!
Nos hicimos de un libro, el Profeta, de Khalil Gibran. Casi lo aprendimos de memoria. Paradójicamente, Gibran era libanés, y en los días en que descubrimos a este poeta filósofo su país estaba en llamas, por obra de la falta de respeto, el odio, la intolerancia, la guerra...
Pero sus palabras adquirían mayor relevancia, y aún hoy, Ana, cuando leo algunos capítulos de este libro, siento que se me pone la piel de gallina porque casi puedo escuchar nuestras voces gritando ¡respeto y ausencia de odio! ¡respeto y ausencia de odio! ¡respeto y ausencia de odio!

Hace poco tiempo regalé un ejemplar de El Profeta a una persona que creía amiga, y a la que tenía intención de hacer ver lo importante que era para mí. Durante días estuve a su lado, apoyando sus decisiones y soportando sus indecisiones, dándome sin esperar nada, estando a su lado siempre que era necesario.
Subrayé un párrafo del libro: Vuestro amigo es la respuesta a vuestras necesidades. Él es el campo que sembráis con amor y cosecháis con agradecimiento. Es vuestra mesa y vuestro hogar. Pues vais a él con vuestra hambre y lo buscáis anhelando paz.

Todo fue bien hasta que se me ocurrió ser crítico con su forma de actuar ante determinado asunto. Respetaba su forma de ser, pero lamentaba que fuese así.
Su reacción fue retirarme su amistad, y darme la espalda, entre otros intentos de traicionar mi confianza.
Aparentemente nada de esto que me ha ocurrido tiene mucho que ver con nada de lo anterior. Pero sí ha afectado a mi estado de ánimo en cuanto a la confianza en los demás. Siempre he dado mucho valor a la palabra Amigo. Creo que el auténtico Amigo ha de ser un poco profeta. Y me entristeció especialmente que la amistad se rompiese precisamente por ello.

Intento por todos los medios hacer que prevalezca la justicia, incómodamente, puesto que es mucho más fácil mantenerse al margen y no complicarse la vida. Pero no me gusta vivir como un avestruz. Eso ya lo sabes.
No me complace comulgar con ruedas de molino, y en eso soy terriblemente cabezota.
Y, sin embargo, no me llames profeta. Ya te he dicho que el profeta auténtico cree en el hombre, y en ese sentido soy muy poco religioso.

Ana, me fastidian todos estos que sólo se acuerdan de la justicia cuando toca: dómund, manos unidas, un día de curro en proclade o los viernes de cáritas... y son tremendamente injustos en sus casas, en sus trabajos, con sus amigos, con sus vecinos, con el negro del semáforo o el gitano de las tresmil que todos los días, uno a uno, se cruzan en sus vidas inexcusablemente.
A todos esos, ¿qué les importará lo que ocurra en Afganistán? ¿Qué les preocupará lo que sucede en Palestina?

¿Cómo puede hacer un APJ que los más jóvenes, los chavales de su grupo, se sensibilicen? Es tremendamente fácil denunciar la injusticia que ocurre a miles de kilómetros de nuestra sala de estar. Sólo es lícito si antes se es profeta ante lo injusto que podemos ver y palpar tan sólo dando un paseo, a veces sin salir de casa, o del edificio, la clase, la fábrica o la oficina.

¡Respeto y ausencia de odio! Ana, tú que estás cerca, pregúntale si de verdad hizo al hombre a imagen y semejanza suya. Me cuesta trabajo creerlo.

Un beso. Me acuerdo mucho de ti.

Antonio C.