Cartas a Ana
Profeta
Querida Ana:
Son malos días para sentirse humano. No tengo ni una palabra amable
que pueda definir al hombre. Quisiera mudar de especie, para no tener historia
común que me identifique con el odio. Es terrible lo que sucede,
es muy poco lo que puedo hacer para remediarlo. Y, sin embargo, me resisto
a guardar silencio. Estoy cansado de hacer minutos de silencio, horas de
silencio, días de silencio pidiendo paz.
El
profeta no guarda callado sus pensamientos. El profeta grita a los cuatro
vientos, y agita sus brazos enfrentándose a la injusticia, decidido
a que todos sepan que él no quiere mirar a otro lado, y que tampoco
está dispuesto a seguir la corriente, ni a dejarse engañar.
No hay ruedas de molino.
Yo sólo soy un aprendiz de profeta. Inconformista. Irónico.
Crítico. Eternamente defraudado y desesperanzado. Por eso nunca podré
llegar a ser auténtico profeta: me falta esperanza y confianza en
el hombre.
Las
guerras más atroces siempre tuvieron a Dios por testigo: el hombre,
tan ufano, tan dueño de la auténtica verdad, frente a otro
hombre, igual de soberbio y apegado a otra verdad auténtica, enfrentados
ambos hasta la muerte, siglo tras siglo...
Me
pregunto cómo tiene que hablar un Agente de Pastoral Juvenil ( APJ)
profeta a los jóvenes sobre todo lo que está ocurriendo. ¿Cómo
tocar este tema sin caer en tópicos, sin ser vencidos por la tentación
de la superficialidad? ¿Cómo implicar a los más jóvenes
desde el propio compromiso?
Ser
profeta en estos tiempos es completamente inútil. O, mejor dicho,
ser profeta se reduce a lo meramente testimonial. Es mejor educar en la
concordia. Sobre todo cuando el problema global puede reducirse a algo tan
cercano como convivir en armonía y tolerancia con un gitano, o un
homosexual, por ejemplo.
Si nuestros jóvenes no aprenden esto tan básico, y lo hacen
vida, es poco probable que les importe algo tan lejano como la situación
palestina. Ni siquiera creo que les importe un bledo lo que ocurra en Bilbao.
Por
eso, ¿cómo implicar a los más jóvenes? ¿Qué
puede hacer un APJ para sensibilizar a sus chavales? ¿Cómo
explicarles que ya no vale el ojo por ojo, diente por diente, sino que hay
que poner la otra mejilla? ¿Cómo convencerles de que todos
somos iguales a los ojos de Dios?
En
este sentido poco ha cambiado desde que te fuiste. Tú, Ana, tenías
auténtica pasión por la libertad, y siempre decías
que la libertad tenía que basarse en la tolerancia y en el amor.
Yo te traducía riendo, y gritábamos: ¡respeto y ausencia
de odio!
Nos hicimos de un libro, el Profeta, de Khalil Gibran. Casi lo aprendimos
de memoria. Paradójicamente, Gibran era libanés, y en los
días en que descubrimos a este poeta filósofo su país
estaba en llamas, por obra de la falta de respeto, el odio, la intolerancia,
la guerra...
Pero sus palabras adquirían mayor relevancia, y aún hoy, Ana,
cuando leo algunos capítulos de este libro, siento que se me pone
la piel de gallina porque casi puedo escuchar nuestras voces gritando ¡respeto
y ausencia de odio! ¡respeto y ausencia de odio! ¡respeto y
ausencia de odio!
Hace
poco tiempo regalé un ejemplar de El Profeta a una persona que creía
amiga, y a la que tenía intención de hacer ver lo importante
que era para mí. Durante días estuve a su lado, apoyando sus
decisiones y soportando sus indecisiones, dándome sin esperar nada,
estando a su lado siempre que era necesario.
Subrayé un párrafo del libro: Vuestro amigo es la respuesta
a vuestras necesidades. Él es el campo que sembráis con amor
y cosecháis con agradecimiento. Es vuestra mesa y vuestro hogar.
Pues vais a él con vuestra hambre y lo buscáis anhelando paz.
Todo
fue bien hasta que se me ocurrió ser crítico con su forma
de actuar ante determinado asunto. Respetaba su forma de ser, pero lamentaba
que fuese así.
Su reacción fue retirarme su amistad, y darme la espalda, entre otros
intentos de traicionar mi confianza.
Aparentemente nada de esto que me ha ocurrido tiene mucho que ver con nada
de lo anterior. Pero sí ha afectado a mi estado de ánimo en
cuanto a la confianza en los demás. Siempre he dado mucho valor a
la palabra Amigo. Creo que el auténtico Amigo ha de ser un poco profeta.
Y me entristeció especialmente que la amistad se rompiese precisamente
por ello.
Intento
por todos los medios hacer que prevalezca la justicia, incómodamente,
puesto que es mucho más fácil mantenerse al margen y no complicarse
la vida. Pero no me gusta vivir como un avestruz. Eso ya lo sabes.
No me complace comulgar con ruedas de molino, y en eso soy terriblemente
cabezota.
Y, sin embargo, no me llames profeta. Ya te he dicho que el profeta auténtico
cree en el hombre, y en ese sentido soy muy poco religioso.
Ana,
me fastidian todos estos que sólo se acuerdan de la justicia cuando
toca: dómund, manos unidas, un día de curro en proclade o
los viernes de cáritas... y son tremendamente injustos en sus casas,
en sus trabajos, con sus amigos, con sus vecinos, con el negro del semáforo
o el gitano de las tresmil que todos los días, uno a uno, se cruzan
en sus vidas inexcusablemente.
A todos esos, ¿qué les importará lo que ocurra en Afganistán?
¿Qué les preocupará lo que sucede en Palestina?
¿Cómo
puede hacer un APJ que los más jóvenes, los chavales de su
grupo, se sensibilicen? Es tremendamente fácil denunciar la injusticia
que ocurre a miles de kilómetros de nuestra sala de estar. Sólo
es lícito si antes se es profeta ante lo injusto que podemos ver
y palpar tan sólo dando un paseo, a veces sin salir de casa, o del
edificio, la clase, la fábrica o la oficina.
¡Respeto
y ausencia de odio! Ana, tú que estás cerca, pregúntale
si de verdad hizo al hombre a imagen y semejanza suya. Me cuesta trabajo
creerlo.
Un
beso. Me acuerdo mucho de ti.
Antonio
C.