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rep II |
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«Que todos sean uno»En los albores del tercer milenio, las palabras de Jesús permanecen en nuestros oídos tal como las escucharon los primeros discípulos.
El andar de los años, el correr de los dos siglos de historia, han hecho de la Iglesia una variopinta reunión de cristianos que, respondiendo a la llamada de Dios, se agrupan en torno al Sucesor de Pedro. Llamada del Señor que, con el fin de que cada uno de sus hijos encontrara su propio lugar, se ha ido revistiendo de una multiplicidad de carismas que han ido enriqueciendo el rostro, el corazón y la misión de la Iglesia.
En esta hermosa complementariedad, unos y otros, procedentes de uno u otro "lugar" de la Iglesia, van desarrollando la misión que le es propia y que ha recibido de la manos del Señor a través de las manos del Sucesor de Pedro.
Pero no estamos exentos del riesgo y del peligro de vivir "como los que no creen en Dios" o de dejarnos influir por maneras de ser o vivir influenciadas por aquellas filosofías que nada tienen que ver con el Evangelio. Y, cuando en nuestro tiempo crece sobreabundantemente el afán de poder -de cualquier tipo que este sea-, el deseo de influir en los hombres, el afán por la riqueza... y un largo etcétera, corremos también el riesgo y el peligro de caer en vivir según los lineamientos de "competitividad" que nos rodean por todas partes.
Sin embargo, la Palabra de Jesús nos llama a ser creadores de unidad, pacificadores, creadores de comunión entre todos los hombres y pueblos de la tierra. Y entre esos "todos los hombres de la tierra" estamos, en primer lugar, los que componemos la Iglesia.
Es una urgencia de nuestro tiempo. En los albores de este tercer milenio se hace necesario que los que compartimos la misma fe y configuramos la misma Iglesia, seamos una sola cosa, «un solo corazón y una sola alma», como Jesús lo es con el Padre y el Espíritu.
Es urgente que los diversos movimientos de la Iglesia unan sus fuerzas y sus esfuerzos por anunciar la Buena Noticia al mundo que los rodea. «Unidad, unidad», como exclamaba Juan Pablo II al finalizar la Liturgia Ecuménica que tuvo lugar el 25 de enero pasado en la Basílica de San Pablo Extramuros, de Roma, debe ser también el grito de todos los cristianos y, especialmente -en lo que nos concierne a los propios católicos- el grito que -como el de Israel en Egipto- suba a Dios cada día.
Es urgente que salgamos al encuentro de nuestros hermanos, con los brazos extendidos, para edificar juntos ese nuevo Reino que Jesús estableció sobre la tierra.
Es urgente que aunemos los corazones y creemos lazos de comunión en la fe, en la esperanza y en el amor en favor del Reino de Dios y de los hombres que sufren, que viven agobiados por una soledad aplastante, que han perdido el sentido de la vida, que no saben qué rumbo seguir...
Es urgente que aunemos los corazones para crear nuevos lazos de fraternidad entre todos los pueblos para equilibrar el desequilibrio existente entre unos pueblos y otros.
Es urgente unir que en nuestro mundo vuelva a brillar en todo su esplendor esa «Luz que viene de lo Alto» para «llevar nuestros pasos por caminos de paz».
¡Qué difícil resulta crear lazos de comunión cuando el hombre vive dividido interiormente por falsos intereses que terminan por destruírle!
Es urgente descubrir al «hermano» al «amigo» y terminar por siempre con aquella expresión de que «el hombre es un lobo para el hombre»
Y es urgente que los demás descubran en cada uno al «hermano» al «amigo».
¡Y qué gran don es la libertad!
Sin ella nunca podríamos crear lazos de comunión, ya que sin ella, el hombre no deja de ser un esclavo: esclavo de sí mismo, esclavo de quienes tratan de utilizarle o manipularle en beneficio propio...
Es urgente, pues, crear, también, caminos de libertad que lleven a los hombres a aceptarse mutuamente, a reconocerse mutuamente, a amarse en el reconocimiento de la propia dignidad y capacidad.
Amar, compartir, darse, entregarse gratuitamente, repartir, ofrecer, regalar, liberar, pacificar... son y serán acciones que viven aquellos que quieren crear lazos de comunión en la Iglesia, entre las Iglesias, entre los pueblos y entre los hombres...
La Fraternidad Monástica de la Paz fue surgiendo cuando, llamados por Dios, los primeros monjes y monjas se fueron congregando en torno al P. Alberto María.
Cuando la Fraternidad Monástica recibió del Señor la manera en que debía vivir su seguimiento de Jesús, experimentó que cinco son las actitudes fundamentales que deben regir y moderar su vida, a semejanza de los discípulos de Jesús. Ante todo, los monjes y monjas que forman la Fraternidad, quieren vivir en una búsqueda incansable de la voluntad de Dios en todas y en cada una de las cosas ordinarias o extraordinarias-, por ello su respuesta quiere ser inmediata. Quieren, igualmente, ser dóciles a esa voluntad de Dios que los va configurando y moldeando cada día según la imagen de Jesús. Quieren vivir en la sencillez e ingenuidad que aprendieron de la Madre de Dios y de todos los Padres del Desierto, que les precedieron en el seguimiento de Jesús y de los que se sienten discípulos. Y quiere, ante todo, responder con total fidelidad a esa llamada que un día recibieron de Dios y que configura su propia vocación y modo de vida.