rep II
ponencia

 

 

 

Daniel Varela Hidalgo
Vicario Dioc. de Pastoral Diócesis de Huelva

REP II. Iglesia Una y Plural
Madrid-Loeches. 24-26 noviembre de 2000.
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¿QUÉ IGLESIA UNA/PLURAL ESTAMOS CONSTRUYENDO LA JERARQUÍA, EL MINISTERIO APOSTÓLICO?

¿El Ministerio Apostólico Construye La Iglesia Una Y Plural?

Introducción

Cuando Vicente -al que me une una fuerte amistad y sobre todo fuertes lazos de fraternidad en la Iglesia Particular de Huelva de la que formamos parte- me invitaba a compartir con vosotros -aunque sea en este momento de la mañana la REFLEXIÓN ECLESIAL PLURAL que ha ocupado vuestra atención en estos días, brotó en mi interior un doble sentimiento: de responsabilidad y de esperanza.

Responsabilidad porque me siento fuertemente interpelado y provocado por las palabras de Jesús: “Que todos sean uno ... para que el mundo crea” (Jn 17,21).

Y esperanza porque estoy firmemente persuadido de que Pentecostés no es un suceso que acaeció hace veinte siglos sino un acontecimiento actual: el Espíritu Santo sigue dando sus dones a la Iglesia de hoy: Nos confirma como testigos del Resucitado, crea en nosotros la comunión y nos sigue empujando a la misión.

La pregunta ¿qué Iglesia una y plural estamos construyendo? Es oportuna y de actualidad. Ya el Papa Juan Pablo II, en su carta apostólica Tertio Millennio Adveniente, al presentar el contenido del segundo año de preparación al Gran Jubileo, dedicado al Espíritu Santo, nos invitaba a centrar la reflexión sobre la unidad dentro de la Iglesia, a la que tienden los distintos dones y carismas suscitados en ella por el Espíritu, y a profundizar en la eclesiología del Vaticano II, contenida sobre todo en la Lumen Gentium, probablemente el documento más hermoso y en el que se trabajó con más pasión y con mayor intensidad.

En el título de la intervención que se me ha encomendado se pone el acento en tres claves: Las dos primeras de carácter teológico referidas a la “Iglesia Una y Plural” y al “Ministerio Apostólico” a las que con brevedad dedicaré unas pinceladas para subrayar algunas ideas fundamentales, y la última de carácter pastoral referida a la tarea “de la construcción y edificación de la Iglesia”, de la que ofreceré un “diagnóstico” y unas sugerencias.

 

1. LA IGLESIA UNA Y PLURAL Y EL MINISTERIO APOSTÓLICO

Si hemos seguido con atención el desarrollo de la conciencia de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX que vamos a culminar, tendremos que reconocer que la Eclesiología de Comunión ha sido sin duda el gran hallazgo y la innovación de mayor trascendencia para comprender la identidad de la Iglesia y del Ministerio Apostólico, pero, al mismo tiempo, hemos de admitir que sigue siendo en la práctica la tarea que hemos de seguir afrontando para ser creíbles ante nuestros contemporáneos.

Es verdad que la noción de “comunión” impregnó durante el primer milenio la conciencia de la Iglesia y la doctrina eclesiológica, pero más tarde fue desapareciendo hasta que el Concilio Vaticano II la rescató para hacer de la misma una idea central y fundamental en su reflexión, sirviendo de inspiración a las Iglesias Particulares que en la elaboración de sus Planes Pastorales han hecho de la “comunión eclesial” una opción teológico-pastoral ineludible.

Por eso, no es inútil ni superfluo que nos preguntemos :

A) ¿QUÉ QUIERE DECIR QUE LA IGLESIA ES COMUNIÓN?

Un hombre de nuestro tiempo que sobresale por su lucidez, el Cardenal Martini, en uno de sus encuentros de reflexión y oración dirigido a los Consejos Pastorales de su Diócesis, decía con palabras sencillas e inteligibles :

“Se trata de la comunión con Dios, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esta comunión se verifica en la unidad de la fe, la esperanza y el amor cristiano, sellados sacramentalmente por el bautismo, que es la puerta; se significa, produce y edifica por la eucaristía; se rehace por el sacramento de la conversión; se traduce en la <collecta> de bienes y en la comunicación de lo que se es y se tiene; esta comunión está presidida, visiblemente fundada y defendida por los obispos, cuyo centro es el obispo de Roma; está llamada a ser fermento de reconciliación y de paz en la humanidad y es una garantía de la asamblea consumada en la patria”

Palabras que ponen de manifiesto que la “communio” no es un aspecto parcial, sino una dimensión constitutiva de la Iglesia y ha de ser como el telón de fondo para contemplar, vivir y construir la Iglesia Una y Plural que es el reto que tenemos por delante.

Una Iglesia en la que la común condición cristiana sustenta y precede cualquier diferenciación por razón de ministerios, carismas y estados de vida.

Una Iglesia que es y se debe manifestar como unidad diferenciada. Esto supone reconocer la rica y fecunda diversidad (es el legítimo pluralismo en la unidad), la armonía fundamental en el Espíritu y la activa participación de todos los miembros en la Iglesia.

Asumir, acoger y vivir la eclesiología de la comunión significa anteponer la unidad a la pluralidad, pero siendo conscientes que la unidad no excluye la pluralidad. Si criticamos las diferencias que absorben la unidad, hemos de criticar igualmente una unidad mal entendida que absorba y anule las diferencias. Toda la pluralidad emergente por la acción del Espíritu Santo - supuesto el discernimiento del ministerio apostólico- es una riqueza que edifica a la Iglesia. Pero tal riqueza se desvirtúa, anula y hasta se convierte en obstáculo si no se vive como aportación a la unidad, como enriquecimiento. De ahí que tanto la diversidad como la misión evangelizadora reclame de todos la comunión. Seria inútil hablar de nueva evangelización si no consolidamos la comunión eclesial

Por lo dicho se comprende que la identidad de la Iglesia abarca la comunión y la misión. La Iglesia es “comunidad fraternal misionera”. Sería una patología preocupante la introversión sin misión o la extroversión sin unidad; aquella la convertiría en “secta” y ésta la desintegraría.

B) EL MINISTERIO APOSTÓLICO

En el interior de la Iglesia, misterio de comunión y misión, descubre el ministerio apostólico su identidad, su dignidad original, su vocación y su misión.

“Los obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad para presidir, en nombre de Dios, sobre la grey, de la que son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad” (LG 20).

Lo esencial en este texto de la LG son tres cosas:

- que hemos sido elegidos y consagrados para servir a la comunidad

- que presidimos esa comunidad en nombre Dios

- que este servicio nuestro se ejerce en la unidad irrompible de tres funciones (maestro, sacerdote, pastor).

Hemos sido ungidos por el Espíritu Santo para hacer y presidir la comunión. Podríamos de esta manera sencilla describir nuestra misión en la Iglesia: elegidos por el Señor, consagrados por el Espíritu Santo, configurados con Cristo, Sacerdote y mediador, para el servicio del Pueblo de Dios, en orden a la construcción de una comunidad de salvación.

Describimos así nuestra realidad interior ( elegidos, consagrados, configurados con Cristo) y nuestra misión específica: ser servidores de la comunión eclesial. Esta es nuestra grandeza y nuestra responsabilidad. Y nuestro servicio se realiza sobre todo, a través de la Palabra, el Sacramento y el ejercicio de la autoridad pastoral.

Es la esencia de nuestro ministerio apostólico: se nos confía la Palabra que llama a la conversión: consolidar la comunión; el sacramento, que reconcilia con Dios y con los hermanos; la eucaristía, que celebra y hace la comunión y el servicio pastoral a la comunidad : conducir hasta el Padre, Dios, por Cristo en el Espíritu, como una fraternidad animada y dirigida hacia la unidad.

2. ¿EL MINISTERIO APOSTÓLICO CONSTRUYE LA IGLESIA UNA Y PLURAL?

La pregunta es incisiva, provocadora y estimulante. Y la respuesta tiene que partir necesariamente de la experiencia pastoral, porque nuestra misión en la Iglesia Comunión está orientada a la evangelización

Al contemplar a la Iglesia, sobre todo, en el nivel diocesano, descubrimos signos de esperanza y sombras que producen preocupación.

- Junto a una mayor y mejor integración en la pastoral diocesana como consecuencia de la elaboración de Planes Pastorales a partir de los Sínodos y Asambleas diocesanas, y de la potenciación de la fraternidad en los presbiterios diocesanos y de la animación del ministerio apostólico, coexisten todavía comportamientos autárquicos que nos llevan a parecer como sectas y no como comunidades diferenciadas de la Iglesia Diocesana.

- Se observa un avance en sentido comunitario y en corresponsabilidad que se expresa en los organismos de corresponsabilidad en los ámbitos diocesanos, arciprestales y parroquiales. En estos casos la participación de los religiosos, especialmente las religiosas, y la incorporación de los seglares en responsabilidades directivas en las tres áreas de la Palabra, la liturgia y la caridad han sido un estímulo que merece destacarse. Al mismo tiempo, se observa en no pocos casos una fuerte clericalización que impide la realización, aunque imperfecta, de la Iglesia comunión. En bastantes casos, se recorta la responsabilidad de los que participan convirtiéndolos en meros “ayudantes”. A veces da la sensación de una Iglesia como un mosaico que camina como un ciempiés sin la unidad y armonía.

-En cuanto a la acción misionera observamos una gran preocupación por parte de todos: que se expresa en la oferta de distintas experiencias entre las que merecen destacarse: las Misiones renovadas que se ofrecen, las catequesis de inspiración catecumenal dirigida sobre todo a los adultos, los Cursillos de Cristiandad etc. Son experiencias dispares en concepción y en métodos para suscitar una primera adhesión a la fe, pero necesitadas de un discernimiento para optar por las más adecuadas y que no exijan el tener que pagar el precio de un despegue en la conciencia de lo que es y significa la Iglesia Diocesana. Igualmente merece destacarse un avance importante en el terreno de la catequesis de niños y jóvenes, en las catequesis ocasionales con motivo de los sacramentos. Sin embargo, la catequesis de adultos sigue siendo una asignatura pendiente. Frente al esfuerzo que se realiza en la confección de materiales de carácter diocesano son pocos los que la afrontan, tal vez por falta de catequistas, por inercia y comodidad, y se está dejando esta cancha a grupos o movimientos no suficientemente integrados en los proyectos diocesanos.

- Percibimos una preocupación por mejorar las celebraciones, sobre todo de la Eucaristía. Y se notan esfuerzos por crear un clima de oración, de participación y de adecuación al nivel de fe de los que participan. Signos de este esfuerzo son los equipos de liturgia y los diferentes ministerios al servicio de una mejor celebración: cantores, monitores, lectores etc. A pesar de los avances, aún encontramos una excesiva multiplicación de celebraciones que impide la unidad litúrgica de la comunidad y la preparación de las mismas. En el sur hemos de hacer un serio y profundo discernimiento sobre la religiosidad popular porque existe una gran demanda animada por instancias extraeclesiales, necesitan de purificación y los sacerdotes se cansan de oponerse a dicha presión al observar que otros ceden demasiado fácilmente a planteamientos meramente mágico-religiosos o puramente folklóricos.

-En cuanto a la dimensión caritativa y social se están realizando grandes esfuerzos desde las Cáritas Diocesanas en torno: a la adecuación de los servicios a las necesidades actuales, el paso de la asistencia benéfica a la atención integral de la persona y hacia una renovación de las Cáritas Parroquiales como cauce de la caridad de toda la comunidad cristiana. Se está trabajando mucho y bien en la formación de agentes y en la coordinación. También existen unas Cáritas Parroquiales a la antigua usanza. La asignatura pendiente es la Doctrina Social de la Iglesia y a mi modo de ver un silencio ministerial y comunitario ante los problemas sociales que lleva a que nos preguntemos ¿dónde están los profetas?

3. CONCLUSIONES

En el diagnóstico realizado -de carácter descriptivo y sin pretensión científica- se pone de manifiesto una realidad eclesial con luces y con sombras que nos invitan a descubrir las huellas y las llamadas que el Espíritu nos hace a las Iglesias Particulares en los comienzos de un nuevo milenio.

Del mismo podemos extraer unas conclusiones orientadoras para el presente y el futuro:

1º La comunión eclesial se hace especialmente necesaria en un época como la nuestra que tiende a reducir la fe al ámbito individual y privado.

2º Cualquier fragmentación u oscurecimiento de la comunión constituye una patología preocupante porque afecta al núcleo mismo de su ser.

3º Las tendencias individualistas o disgregadoras que existen dentro de la Iglesia han de ser neutralizadas desde el ámbito de la Iglesia Particular y desde el ministerio apostólico. La conversión eclesiológica a la diócesis es todavía un camino en el que queda un tramo importante por recorrer. De ahí, la importancia que hemos de dar a los arciprestazgos como hogar, escuela y taller, a las parroquias como comunidad de comunidades, a la estructuras de comunión y corresponsabilidad: los diferentes Consejos, y a la integración en el proyecto diocesano de todos los movimientos y nuevas realidades eclesiales. Subrayar el discernimiento.

4º Los Planes Pastorales Diocesanos son un instrumento imprescindible para la Pastoral de conjunto, pero sin la conversión pastoral de los agentes su eficacia se reduce considerablemente. Por eso, sin minusvalorar lo que venimos haciendo habrá que priorizar lo siguiente:

1. Tomar conciencia del cambio socioreligioso que se ha producido en las últimas décadas. Hemos de aprender a hacer una lectura cristiana de la realidad como presupuesto fundamental para ofrecer una respuesta satisfactoria.

2. Hemos de pasar de la primacía de lo cultural a la acción misionera. Para ello habrá que recuperar la predicación kerigmática y el catecumenado diocesano.

3. Pasar del predominio de la pastoral del clero a la promoción de un laicado responsable para la Iglesia en el mundo en el que se abra camino a los ministerios.

4. Hacer sitio a los pobres en la comunidad cristiana. Potenciar el servicio caritativo y social: gran signo de credibilidad.

Estoy seguro que el Espíritu creará en nosotros la comunión profunda en el seno de la única Iglesia con carismas y funciones distintas. Con mentalidades y temperamentos diversos (unos demasiado audaces, otros demasiado tímidos; unos demasiado lentos, otros demasiado impacientes. Pero, todos igualmente fieles al mismo Evangelio.

Esperamos al Espíritu Santo: no para que nos haga iguales, sino para que nos haga hermanos. Esperamos el Espíritu de amor que nos haga un sólo Cuerpo.

 

Huelva, Noviembre de 2000

Daniel Valera Hidalgo