¿QUÉ
IGLESIA UNA/PLURAL ESTAMOS CONSTRUYENDO LA JERARQUÍA, EL MINISTERIO
APOSTÓLICO?
¿El
Ministerio Apostólico Construye La Iglesia Una Y Plural?
Introducción
Cuando Vicente -al que me une una fuerte amistad y sobre todo fuertes lazos
de fraternidad en la Iglesia Particular de Huelva de la que formamos parte-
me invitaba a compartir con vosotros -aunque sea en este momento de la mañana
la REFLEXIÓN ECLESIAL PLURAL que ha ocupado vuestra atención
en estos días, brotó en mi interior un doble sentimiento:
de responsabilidad y de esperanza.
Responsabilidad porque me siento fuertemente interpelado y provocado por
las palabras de Jesús: Que todos sean uno ... para que el mundo
crea (Jn 17,21).
Y esperanza porque estoy firmemente persuadido de que Pentecostés
no es un suceso que acaeció hace veinte siglos sino un acontecimiento
actual: el Espíritu Santo sigue dando sus dones a la Iglesia de hoy:
Nos confirma como testigos del Resucitado, crea en nosotros la comunión
y nos sigue empujando a la misión.
La pregunta ¿qué Iglesia una y plural estamos construyendo?
Es oportuna y de actualidad. Ya el Papa Juan Pablo II, en su carta apostólica
Tertio Millennio Adveniente, al presentar el contenido del segundo año
de preparación al Gran Jubileo, dedicado al Espíritu Santo,
nos invitaba a centrar la reflexión sobre la unidad dentro de la
Iglesia, a la que tienden los distintos dones y carismas suscitados en ella
por el Espíritu, y a profundizar en la eclesiología del Vaticano
II, contenida sobre todo en la Lumen Gentium, probablemente el documento
más hermoso y en el que se trabajó con más pasión
y con mayor intensidad.
En el título de la intervención que se me ha encomendado se
pone el acento en tres claves: Las dos primeras de carácter teológico
referidas a la Iglesia Una y Plural y al Ministerio Apostólico
a las que con brevedad dedicaré unas pinceladas para subrayar algunas
ideas fundamentales, y la última de carácter pastoral referida
a la tarea de la construcción y edificación de la Iglesia,
de la que ofreceré un diagnóstico y unas sugerencias.
1.
LA IGLESIA UNA Y PLURAL Y EL MINISTERIO APOSTÓLICO
Si hemos seguido con atención el desarrollo de la conciencia de la
Iglesia en la segunda mitad del siglo XX que vamos a culminar, tendremos
que reconocer que la Eclesiología de Comunión ha sido sin
duda el gran hallazgo y la innovación de mayor trascendencia para
comprender la identidad de la Iglesia y del Ministerio Apostólico,
pero, al mismo tiempo, hemos de admitir que sigue siendo en la práctica
la tarea que hemos de seguir afrontando para ser creíbles ante nuestros
contemporáneos.
Es verdad que la noción de comunión impregnó
durante el primer milenio la conciencia de la Iglesia y la doctrina eclesiológica,
pero más tarde fue desapareciendo hasta que el Concilio Vaticano
II la rescató para hacer de la misma una idea central y fundamental
en su reflexión, sirviendo de inspiración a las Iglesias Particulares
que en la elaboración de sus Planes Pastorales han hecho de la comunión
eclesial una opción teológico-pastoral ineludible.
Por eso, no es inútil ni superfluo que nos preguntemos :
A) ¿QUÉ QUIERE DECIR QUE LA IGLESIA
ES COMUNIÓN?
Un hombre de nuestro tiempo que sobresale por su lucidez, el Cardenal Martini,
en uno de sus encuentros de reflexión y oración dirigido a
los Consejos Pastorales de su Diócesis, decía con palabras
sencillas e inteligibles :
Se
trata de la comunión con Dios, por medio de Jesucristo, en el Espíritu
Santo. Esta comunión se verifica en la unidad de la fe, la esperanza
y el amor cristiano, sellados sacramentalmente por el bautismo, que es la
puerta; se significa, produce y edifica por la eucaristía; se rehace
por el sacramento de la conversión; se traduce en la <collecta>
de bienes y en la comunicación de lo que se es y se tiene; esta comunión
está presidida, visiblemente fundada y defendida por los obispos,
cuyo centro es el obispo de Roma; está llamada a ser fermento de
reconciliación y de paz en la humanidad y es una garantía
de la asamblea consumada en la patria
Palabras que ponen de manifiesto que la communio no es un aspecto
parcial, sino una dimensión constitutiva de la Iglesia y ha de ser
como el telón de fondo para contemplar, vivir y construir la Iglesia
Una y Plural que es el reto que tenemos por delante.
Una Iglesia en la que la común condición cristiana sustenta
y precede cualquier diferenciación por razón de ministerios,
carismas y estados de vida.
Una Iglesia que es y se debe manifestar como unidad diferenciada. Esto supone
reconocer la rica y fecunda diversidad (es el legítimo pluralismo
en la unidad), la armonía fundamental en el Espíritu y la
activa participación de todos los miembros en la Iglesia.
Asumir, acoger y vivir la eclesiología de la comunión significa
anteponer la unidad a la pluralidad, pero siendo conscientes que la unidad
no excluye la pluralidad. Si criticamos las diferencias que absorben la
unidad, hemos de criticar igualmente una unidad mal entendida que absorba
y anule las diferencias. Toda la pluralidad emergente por la acción
del Espíritu Santo - supuesto el discernimiento del ministerio apostólico-
es una riqueza que edifica a la Iglesia. Pero tal riqueza se desvirtúa,
anula y hasta se convierte en obstáculo si no se vive como aportación
a la unidad, como enriquecimiento. De ahí que tanto la diversidad
como la misión evangelizadora reclame de todos la comunión.
Seria inútil hablar de nueva evangelización si no consolidamos
la comunión eclesial
Por lo dicho se comprende que la identidad de la Iglesia abarca la comunión
y la misión. La Iglesia es comunidad fraternal misionera.
Sería una patología preocupante la introversión sin
misión o la extroversión sin unidad; aquella la convertiría
en secta y ésta la desintegraría.
B) EL MINISTERIO APOSTÓLICO
En el interior de la Iglesia, misterio de comunión y misión,
descubre el ministerio apostólico su identidad, su dignidad original,
su vocación y su misión.
Los
obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron
el ministerio de la comunidad para presidir, en nombre de Dios, sobre la
grey, de la que son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del
culto sagrado y ministros dotados de autoridad (LG 20).
Lo esencial en este texto de la LG son tres cosas:
-
que hemos sido elegidos y consagrados para servir a la comunidad
- que presidimos esa comunidad en nombre Dios
-
que este servicio nuestro se ejerce en la unidad irrompible de tres funciones
(maestro, sacerdote, pastor).
Hemos sido ungidos por el Espíritu Santo para hacer y presidir la
comunión. Podríamos de esta manera sencilla describir nuestra
misión en la Iglesia: elegidos por el Señor, consagrados por
el Espíritu Santo, configurados con Cristo, Sacerdote y mediador,
para el servicio del Pueblo de Dios, en orden a la construcción de
una comunidad de salvación.
Describimos así nuestra realidad interior ( elegidos, consagrados,
configurados con Cristo) y nuestra misión específica: ser
servidores de la comunión eclesial. Esta es nuestra grandeza y nuestra
responsabilidad. Y nuestro servicio se realiza sobre todo, a través
de la Palabra, el Sacramento y el ejercicio de la autoridad pastoral.
Es la esencia de nuestro ministerio apostólico: se nos confía
la Palabra que llama a la conversión: consolidar la comunión;
el sacramento, que reconcilia con Dios y con los hermanos; la eucaristía,
que celebra y hace la comunión y el servicio pastoral a la comunidad
: conducir hasta el Padre, Dios, por Cristo en el Espíritu, como
una fraternidad animada y dirigida hacia la unidad.
2. ¿EL MINISTERIO APOSTÓLICO CONSTRUYE
LA IGLESIA UNA Y PLURAL?
La pregunta es incisiva, provocadora y estimulante. Y la respuesta tiene
que partir necesariamente de la experiencia pastoral, porque nuestra misión
en la Iglesia Comunión está orientada a la evangelización
Al contemplar a la Iglesia, sobre todo, en el nivel diocesano, descubrimos
signos de esperanza y sombras que producen preocupación.
- Junto a una mayor y mejor integración en la pastoral diocesana
como consecuencia de la elaboración de Planes Pastorales a partir
de los Sínodos y Asambleas diocesanas, y de la potenciación
de la fraternidad en los presbiterios diocesanos y de la animación
del ministerio apostólico, coexisten todavía comportamientos
autárquicos que nos llevan a parecer como sectas y no como comunidades
diferenciadas de la Iglesia Diocesana.
- Se observa un avance en sentido comunitario y en corresponsabilidad que
se expresa en los organismos de corresponsabilidad en los ámbitos
diocesanos, arciprestales y parroquiales. En estos casos la participación
de los religiosos, especialmente las religiosas, y la incorporación
de los seglares en responsabilidades directivas en las tres áreas
de la Palabra, la liturgia y la caridad han sido un estímulo que
merece destacarse. Al mismo tiempo, se observa en no pocos casos una fuerte
clericalización que impide la realización, aunque imperfecta,
de la Iglesia comunión. En bastantes casos, se recorta la responsabilidad
de los que participan convirtiéndolos en meros ayudantes.
A veces da la sensación de una Iglesia como un mosaico que camina
como un ciempiés sin la unidad y armonía.
-En cuanto a la acción misionera observamos una gran preocupación
por parte de todos: que se expresa en la oferta de distintas experiencias
entre las que merecen destacarse: las Misiones renovadas que se ofrecen,
las catequesis de inspiración catecumenal dirigida sobre todo a los
adultos, los Cursillos de Cristiandad etc. Son experiencias dispares en
concepción y en métodos para suscitar una primera adhesión
a la fe, pero necesitadas de un discernimiento para optar por las más
adecuadas y que no exijan el tener que pagar el precio de un despegue en
la conciencia de lo que es y significa la Iglesia Diocesana. Igualmente
merece destacarse un avance importante en el terreno de la catequesis de
niños y jóvenes, en las catequesis ocasionales con motivo
de los sacramentos. Sin embargo, la catequesis de adultos sigue siendo una
asignatura pendiente. Frente al esfuerzo que se realiza en la confección
de materiales de carácter diocesano son pocos los que la afrontan,
tal vez por falta de catequistas, por inercia y comodidad, y se está
dejando esta cancha a grupos o movimientos no suficientemente integrados
en los proyectos diocesanos.
- Percibimos una preocupación por mejorar las celebraciones, sobre
todo de la Eucaristía. Y se notan esfuerzos por crear un clima de
oración, de participación y de adecuación al nivel
de fe de los que participan. Signos de este esfuerzo son los equipos de
liturgia y los diferentes ministerios al servicio de una mejor celebración:
cantores, monitores, lectores etc. A pesar de los avances, aún encontramos
una excesiva multiplicación de celebraciones que impide la unidad
litúrgica de la comunidad y la preparación de las mismas.
En el sur hemos de hacer un serio y profundo discernimiento sobre la religiosidad
popular porque existe una gran demanda animada por instancias extraeclesiales,
necesitan de purificación y los sacerdotes se cansan de oponerse
a dicha presión al observar que otros ceden demasiado fácilmente
a planteamientos meramente mágico-religiosos o puramente folklóricos.
-En cuanto a la dimensión caritativa y social se están realizando
grandes esfuerzos desde las Cáritas Diocesanas en torno: a la adecuación
de los servicios a las necesidades actuales, el paso de la asistencia benéfica
a la atención integral de la persona y hacia una renovación
de las Cáritas Parroquiales como cauce de la caridad de toda la comunidad
cristiana. Se está trabajando mucho y bien en la formación
de agentes y en la coordinación. También existen unas Cáritas
Parroquiales a la antigua usanza. La asignatura pendiente es la Doctrina
Social de la Iglesia y a mi modo de ver un silencio ministerial y comunitario
ante los problemas sociales que lleva a que nos preguntemos ¿dónde
están los profetas?
3.
CONCLUSIONES
En el diagnóstico realizado -de carácter descriptivo y sin
pretensión científica- se pone de manifiesto una realidad
eclesial con luces y con sombras que nos invitan a descubrir las huellas
y las llamadas que el Espíritu nos hace a las Iglesias Particulares
en los comienzos de un nuevo milenio.
Del mismo podemos extraer unas conclusiones orientadoras para el presente
y el futuro:
1º La comunión eclesial se hace especialmente necesaria en un
época como la nuestra que tiende a reducir la fe al ámbito
individual y privado.
2º Cualquier fragmentación u oscurecimiento de la comunión
constituye una patología preocupante porque afecta al núcleo
mismo de su ser.
3º Las tendencias individualistas o disgregadoras que existen dentro
de la Iglesia han de ser neutralizadas desde el ámbito de la Iglesia
Particular y desde el ministerio apostólico. La conversión
eclesiológica a la diócesis es todavía un camino en
el que queda un tramo importante por recorrer. De ahí, la importancia
que hemos de dar a los arciprestazgos como hogar, escuela y taller, a las
parroquias como comunidad de comunidades, a la estructuras de comunión
y corresponsabilidad: los diferentes Consejos, y a la integración
en el proyecto diocesano de todos los movimientos y nuevas realidades eclesiales.
Subrayar el discernimiento.
4º Los Planes Pastorales Diocesanos son un instrumento imprescindible
para la Pastoral de conjunto, pero sin la conversión pastoral de
los agentes su eficacia se reduce considerablemente. Por eso, sin minusvalorar
lo que venimos haciendo habrá que priorizar lo siguiente:
1. Tomar conciencia del cambio socioreligioso que se ha producido en las
últimas décadas. Hemos de aprender a hacer una lectura cristiana
de la realidad como presupuesto fundamental para ofrecer una respuesta satisfactoria.
2. Hemos de pasar de la primacía de lo cultural a la acción
misionera. Para ello habrá que recuperar la predicación kerigmática
y el catecumenado diocesano.
3. Pasar del predominio de la pastoral del clero a la promoción de
un laicado responsable para la Iglesia en el mundo en el que se abra camino
a los ministerios.
4. Hacer sitio a los pobres en la comunidad cristiana. Potenciar el servicio
caritativo y social: gran signo de credibilidad.
Estoy seguro que el Espíritu creará en nosotros la comunión
profunda en el seno de la única Iglesia con carismas y funciones
distintas. Con mentalidades y temperamentos diversos (unos demasiado audaces,
otros demasiado tímidos; unos demasiado lentos, otros demasiado impacientes.
Pero, todos igualmente fieles al mismo Evangelio.
Esperamos al Espíritu Santo: no para que nos haga iguales, sino para
que nos haga hermanos. Esperamos el Espíritu de amor que nos haga
un sólo Cuerpo.
Huelva, Noviembre de 2000
Daniel Valera Hidalgo