CONSTRUYEN
IGLESIA UNA Y PLURAL LOS TEÓLOGOS? ¿POR QUÉ?
Respuesta a la encuesta preparatoria del encuentro
Reflexión eclesial plural @
Gonzalo Fernández Sanz, cmf.
1.
Creo que, en general, sí, aunque es evidente que hay teologías
que contribuyen a hacer una iglesia dividida o uniforme, según
los casos. La teología es una búsqueda de la inteligencia
de la fe desde una experiencia personal de Dios en el seno de la comunidad
eclesial, una búsqueda vivida como compromiso por mejorar el
mundo. Sin adhesión personal a Jesucristo, sin comunión
eclesial y sin compromiso con el mundo no hay teología. Esto
significa que cuando una persona pretende iluminar la fe de los demás
sin estos requisitos, su actividad no debe ser considerada Ateología@
sino, a lo sumo, reflexión sobre el hecho cristiano, investigación
sociológica, etc. Esto ya nos ofrece una primera pista (aunque
no la única) para discernir la autenticidad y la competencia
teológica de lo que se escribe, se predica y se discute.
La
teología de los últimos cuarenta años ha prestado
un gran servicio a la unidad y pluralidad de la iglesia:
2.
Investigando críticamente los orígenes del cristianismo.
Esta investigación (llevada a cabo interdisciplinarmente por
la exégesis, la teología bíblica, la sociología
del cristianismo primitivo, la historia de la iglesia, etc.) nos ha
ayudado a deshacer el mito de una supuesta comunidad original idílica
en la que se realizaba plenamente la unidad querida por Jesús.
Hoy conocemos mejor la variedad de modelos comunitarios en la iglesia
primitiva así como sus conflictos y su dura tarea de inculturación
en el mundo grecorromano. Por eso mismo valoramos más la acción
del Espíritu de Jesús que acompaña siempre la
evolución de su iglesia y apreciamos en su justo significado
los Asumarios@ de los Hechos de los Apóstoles como expresión
del Adeber ser@ de la comunidad.
3.
Fundamentando la unidad y la diversidad eclesial en el misterio de
Dios Uno y Trino y no tanto en sistemas de organización social
muy atados a una época (el sistema imperial romano, el sistema
feudal del medievo, etc.). La unidad y la diversidad de la iglesia
son un reflejo en la historia de la unidad y diversidad de Dios. En
realidad, no acabamos de entender esta misteriosa realidad, pero,
al menos, por vía negativa, sabemos que en Dios la unidad no
es uniformidad y la diversidad no es división. Más aún:
sabemos que unidad y diversidad son dos dimensiones del amor. Donde
hay amor hay vinculación y hay respeto a la diferencia. Esto
es lo que distingue al amor de la posesión, la fusión,
la simple cortesía, etc.
4.
Poniendo de relieve, al mismo tiempo, la esencial historicidad de
la unidad y la diversidad y, por tanto, su contingencia. Cada época
tiene sus formas peculiares de entender estas dimensiones. Las personas
y los grupos evolucionan. No se entiende la unidad del mismo modo
en la etapa fundacional que en la etapa de normatividad o de refundación.
En la etapa fundacional de un movimiento, por ejemplo, la unidad se
basa mucho en la fuerza de cohesión del fundador o del líder,
en los lazos emocionales que se establecen entre los miembros y en
la uniformidad de los elementos estructurantes (prácticas,
ritos, etc.). En la etapa normativa, superado el entusiasmo inicial,
cobran importancia las normas reguladoras.
5. Articulando en clave de comunión las diversas formas de
vida en la iglesia, los diversos modos existenciales de seguir a Jesucristo.
Esta diversidad no se entiende ya piramidalmente (como sucede en el
ejército o en la empresa) sino en clave de reciprocidad y complementariedad.
Esto significa, por ejemplo, que no es posible descubrir el significado
del celibato consagrado sin afirmar al mismo tiempo la sacramentalidad
del matrimonio. O que no es posible entender la vocación del
ministro ordenado al margen de la vocación del cristiano seglar.
6.
Denunciando algunas formas de entender la unidad que suponen, en la
práctica, una concepción uniformista de la iglesia y
poniendo nombre a algunas formas de diversidad que llevan a la división.
Entre las formas de uniformismo denunciadas se pueden señalar:
S la exportación del modelo romano de entender la iglesia a
otros continentes reduciendo la inculturación a adaptaciones
externas;
S el modo autoritario de ejercer el ministerio ordenado (tanto por
parte de algunos presbíteros y obispos como incluso del papa
en algunas ocasiones);
S la instrumentalización de los institutos religiosos por parte
de la jerarquía ((se busca a los religiosos para tapar agujeros
que nadie cubre!);
S el control excesivo sobre teólogos, centros de teología,
organizaciones de asistencia social, medios de comunicación,
etc.;
S la tendencia de algunos grupos y movimientos a considerar que todos
deben vivir la fe según su estilo.
Entre las formas de división destacan:
S la advertencia sobre los riesgos de un excesivo culto al líder
en grupos y movimientos y del menosprecio por la teología y
el exceso de emotividad en algunos grupos religiosos;
S la autosuficiencia de algunos institutos religiosos y su renuencia
a participar en la pastoral diocesana;
S el narcisismo de quienes siempre están dando vueltas a sus
propios problemas y no se comprometen con los demás;
S la Ateología de autor@ demasiado pagada de sí misma
y poco inserta en la vida eclesial;
S la frivolidad de algunos medios de comunicación que cifran
su éxito en estar por sistema en contra del magisterio, etc.
7.
Alentando un estilo de vida eclesial más participativo y corresponsable.
La teología de los últimos años ha estimulado
mucho la Asinodalidad@ (caminar juntos) y la Amisión compartida@
como formas prácticas de construir la iglesia comunión.
Aquí se insertan los esfuerzos por redescubrir la vocación
de los laicos, la presencia de las mujeres en la comunidad, la articulación
de los consejos pastorales, la promoción de los sínodos
diocesanos, las obras gestionadas por cristianos de diversa filiación,
los foros de diálogo, etc.
8.
Iluminando y estimulando la experiencia de quienes trabajan por la
unidad y la diversidad desde un compromiso con los más pobres
(teología de la liberación), con los hermanos de otras
confesiones cristianas (ecumenismo), con hombres y mujeres de otras
religiones (diálogo interreligioso), con las mujeres (teología
feminista) y, en general, con todos los que se esfuerzan por contribuir
a la unidad del género humano desde la política, el
ecopacifismo, las ONGs, etc. Creo, no obstante, que esta teología
es ahora menos incisiva que hace quince o veinte años. Percibo
síntomas de temor, de cansancio y de falta de creatividad.
A
través de estos rasgos he intentado resumir algunas de las
aportaciones de la teología de las últimas cuatro décadas.
Creo que ha jugado una importante misión, pero la teología
es una actividad más dentro de la iglesia. Despreciarla supone
correr el riesgo de la irracionalidad. Esto es muy grave. Pero exagerarla
puede llevarnos al intelectualismo, a las discusiones interminables,
a la autoafirmación. También en este debate hay que
recordar el criterio: AEl carisma más grande, más constructivo,
es siempre el amor@.