¿Subir
al Sur? Bajar a Él
Éste es el ejercicio que desde hace algunos años he visto
claro que Dios me estaba pidiendo hacer. Y este año, más que
otras veces, porque he llegado al extremo del Sur: el pueblo indígena
Aguaruna, en la selva alta del Perú.
En
el departamento de Amazonas, frontera con Ecuador, donde se cocinó
el conflicto armado con nuestro país vecino, donde el narcotráfico
tiene un terreno ancho y ajeno para hacer sus negocios, en mitad de un pueblo
históricamente guerrero, como es el Jíbaro, el Señor
me ha traído, para primero aprender de su paciencia, intentando entrar
de a pocos, para conocer, inculturarme y comprender. Después vendrá
el ir intentando aportar algo a la mejora de las condiciones de vida de
estos hermanos míos, partiendo de todas las potencialidades que tienen,
a través del cuidado de los recursos naturales de la zona y el manejo
sostenible de los mismos, porque la Amazonía ya está muy depredada,
y ahora viene la etapa en la que es necesario conservar los recursos.
Las
niñas, desde pequeñitas, tienen que cuidar a sus hermanitos,
ayudar a traer leña, cargar yuca
Cuando ya son adolescentes,
se les buscará un hombre para que se casen y se quedarán embarazadas,
si no tienen la suerte de que algunas religiosas las formen en un colegio
para otra cosa y después alguna ONG les dé una beca para continuar
estudios superiores.
El
acceso a la zona es por río o por una pista de tierra, que cuando
es época de lluvias se hace intransitable, porque las quebradas se
cargan de agua y no hay puentes para pasar; dicen las instancias de los
gobiernos local y regional que no hay presupuesto para mejorar el acceso,
pero los pobladores siguen viendo cómo los concejales, los alcaldes
y demás funcionarios públicos cobran unos sueldos exorbitantes
y, además, se toman la libertad de malversar los fondos que están
destinados a otros fines.
Así,
y con muchas otras cosas muy positivas y otras que no lo son tanto, está
la realidad en esta zona.
Siento
que Jesús sigue en la cruz, sosteniendo nuestras vidas para que las
entreguemos acá y en tantos lugares del mundo, siguiendo la voluntad
del Padre, que quiere que todos tengamos Vida y Vida en abundancia. En la
palma de sus manos y en sus pies lleva grabados todos los dolores de este
pueblo abandonado, discriminado, de muchos olvidado.
Me uno a todos ustedes en un único corazón, que es el corazón
de este Dios que late por nosotros, para hacer posible su sueño de
fraternidad, de un mundo sin fronteras, la esperanza de un cielo nuevo y
una tierra nueva.
Gracias, Tayta Dios (Papito Dios para mis hermanos quechuas) por esta N.A.O.
y porque alguien me hizo llegar a través de internet la convocatoria;
gracias porque es posible esta cadena de amor más allá del
tiempo y del espacio; gracias, Señor nuestro, porque recoges nuestra
pequeñez para transformarla en ofrenda para otros. En tus manos ponemos
a todos los hermanos que, desde donde están, se parten y reparten
como alimento de muchos, para encarnar tu amor, tu paz y tu misericordia.
Un abrazo para todos.