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Taller de Danza, La Palabra se hizo cuerpo.
Carmen Sara Floriano, comunidad "Pueblo de Dios".
27 febrero al 2 de marzo de 2003.
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Una constante: en constante relación.

Lo queramos o no, vivimos en permanente relación. Al igual que diría Sartre con respecto a la libertad, estamos condenados a relacionarnos. Incluso la no relación es ya un tipo de relación. Y aunque queramos aislarnos, y no entrar en contacto con ningún otro ser, no podemos evitar que el aire nos envuelva, que la tierra que pisamos nos presione las palmas de los pies, ni que el alimento que tomamos entre en íntima comunión con nuestro cuerpo, para pasar a formar parte de nosotros mismos.
Toda relación es un acto de comunicación. Puede que creamos que sólo comunicamos cuando conscientemente decidimos hacerlo. No es así. Estamos enviando y recibiendo mensajes de forma constante, la mayoría de las veces inconscientemente. ¿Quién se para a decidir cada inspiración y cada espiración? ¿Quién conscientemente contrae y distiende su corazón en un baile rítmico de sístole y diástole? Pues de la misma manera, eso que llamamos "yo", se proyecta hacia fuera de nosotros mismos sin nuestro permiso en cada momento. Incluso cuando la intención es replegarse sobre sí, nuestro yo envía miles de señales al exterior para hacérselo saber. Señales que, en la mayoría de los casos, están fuera de nuestro control.
Condena o liberación, la comunicación está pegada a nuestro ser como la fruta a su sabor: no podemos deshacernos de ella por más que lo queramos. Puede ser dulce o amarga, ágil o pesada, fluida o entrecortada, fría o tierna, pero siempre está ahí, recordándonos que los seres humanos no podemos (es imposible) aislarnos del mundo que nos rodea, ni del resto de seres que pueblan el planeta.


Una comunicación a medias...

Pese a que el lenguaje verbal es la base fundamental utilizada por el hombre para la comunicación, no es suficiente. Según Heidegger, el lenguaje es lo que hace "al hombre ser hombre". Esta afirmación muestra sin duda la importancia que tiene el lenguaje en el desarrollo de la persona. Sin quitarle por tanto todo su valor, también es cierto que éste nos permite tan solo una comunicación a medias. Todos tenemos experiencia de conversaciones en las que no hemos sido capaces de entendernos con la otra persona (aunque, seguramente, estábamos hablando en el mismo idioma). En las que, al final, hemos permanecido a la misma distancia del otro que al principio. También es posible que no hayamos encontrado alguna vez, palabras suficientes para expresar lo que queríamos decir, lo que experimentábamos interiormente, quedándose éstas ridículamente cortas.
Éstos no son más que ejemplos cotidianos que corroboran lo dicho: el lenguaje es sólo una parte (importante, pero una parte) de la comunicación, haciéndose insuficiente para expresar la totalidad de nuestro ser.
Si a lo que emitimos y recibimos cuando nos comunicamos le asignamos el 100%, sólo un 7% aproximadamente le correspondería a la palabra. ¡Y mira que le ponemos fuerza y cuidado a lo que decimos! Sin embargo, se sabe que en lo verbal, reside una porción mínima de lo que percibimos cuando alguien nos habla. ¿Dónde quedan entonces el 93% restantes? Pues se lo reparten entre el tono de voz, un 38%, y el cuerpo, más del 50%.
El lenguaje corporal, o comunicación no verbal, es todo aquello que nos decimos a través de manifestaciones del cuerpo. Gestos, miradas, posturas, distancia física, micromovimientos rítmicos, etc., son las "palabras" que configuran la comunicación no verbal.
Aunque estas, las llamaremos palabras corporales, juegan un papel fundamental en nuestras relaciones, normalmente pasan desapercibidas para nuestro ser consciente. Suelen ser expresadas descontroladamente, sin decisión previa que las hagan nacer. El paso que se salta nuestro cuerpo -el filtro de nuestra consciencia-, hace que el lenguaje corporal sea normalmente más auténtico y más representativo de lo que somos que el lenguaje verbal. Ocurre que, en la medida en que desconocemos cómo habla nuestro cuerpo y cómo se comunica, nos estamos desconociendo a nosotros mismos, y con ello, muchas raíces y causas de nuestro comportamiento (a veces tan inentendible).
Nuestro cuerpo siempre comunica, pero pocas veces somos conscientes de ello, ni de las repercusiones que tiene en nosotros lo que vamos asumiendo vía no verbal. Porque si al expresar corporalmente solemos hacerlo de forma inconsciente, también lo que recibimos se adentra en nosotros de la misma manera, sin nuestro control. Recibir en un momento clave un gesto despreciativo o inquisidor, puede estar mutilando para siempre algún aspecto de nuestro ser (y quizás, sin tener conciencia de ello y de su por qué).
Tender a una comunicación plena y total, significa esforzarse por hacer consciente e integrar en ella nuestro ser corporal, ése gran olvidado, maltratado o mal divinizado "templo del Espíritu".


La Palabra se hizo cuerpo.

No bastaron las palabras. Había mucho que decir y se quedaron cortas. No bastaron los patriarcas, los jueces, los reyes, los profetas, los sacerdotes...No bastó la esclavitud, el éxodo, la tierra prometida, las invasiones, el destierro, la vuelta a casa...No fueron suficientes tantos "oráculo del Señor", "así dice el Señor tu Dios" y miles de palabras más. La distancia entre los sujetos del diálogo de salvación era como de la tierra al cielo. Una distancia insoportable, cargada de incomprensión, malos entendidos y desconciertos.
Algo fallaba y Dios lo sabía. Pese a tanta palabra pronunciada, creador y creación vivían la dolorosa ausencia de aquello que era razón de su existir. Dios Padre sufría la soledad de la orfandad de sus hijos, y la humanidad lloraba por los rincones las consecuencias de una vida sin rumbo.

" Al principio ya existía la Palabra y la Palabra se dirigía a Dios y la Palabra era Dios. ..En ella había vida, y la vida era la luz de los hombres...La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo...La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros" 1Jn1,1-14.
No había otra alternativa: era necesario hacer plena la comunicación. Tanto amor no podía expresarse en un escaso 7%. Había que buscar urgentemente la manera de hacerlo llegar al completo, al 100%, y eso sólo era posible a través de un... cuerpo.
"En esta etapa final (Dios) nos ha hablado por medio de un Hijo, a quien nombró heredero de todo, por quien creó el universo", Hb1,2.
Los cristianos seguimos a un Dios medio loco. Dicen que padeció un acceso de locura cuando comenzó la creación, pero que fue definitiva el día que se decidió a hacerse carne entre los hombres. Desde ese momento, cielo y tierra se unieron rasgando el velo que les separaba. Ya no había excusa para no entender: el cuerpo tomó la palabra (se dejó adueñar por ella) y se hizo mensaje cercano y asequible para todos los hombres de todos los tiempos. No quedó ninguna carta guardada, ni ninguna palabra sin decir. La divinidad se reveló por entero, desnuda en un cuerpo de hombre, visible para los que la quisiesen ver.
La luz se encendió. Era el momento de que Padre e hijos se conocieran y se vieran cara a cara. El Cuento estaba llegando a su fin. La larga noche inundada por la voz de un Dios presente pero desconocido iba a acabar: era necesario despertar.
La preciosa historia que Dios le iba narrando a su pueblo (lo que hoy conocemos en el Antiguo Testamento), estaba llegando al momento culmen. El cuento se hizo cuerpo, y la palabra se hizo luz. La gran habitación del mundo dejó de estar a oscuras. Los hijos, atónitos desde sus camas, ya no sólo escuchaban a Dios sino que podían contemplarlo, tocarlo, sentirle...Y hubo quienes dieron un brinco y saltaron a abrazarlo (eran los hijos pequeños, los asustados, los necesitados, los que ansiaban sus besos). Y hubo quienes permanecieron incrédulos, inamovibles en sus camas blanqueadas, decepcionados de un Dios tan vulgar que se mostraba como uno más de ellos, inquietos de que lo oculto en sus corazones se descubriese, amigos de las tinieblas más que de la luz del día.
A la Palabra hecha cuerpo, le pusieron por nombre Jesús.


El Nuevo lenguaje de Dios.

Dios no es tonto ni lo ha sido nunca. Pronto descubrió que la inmensa incomunicación que padecía con el hombre, era a causa de una importante deficiencia: el lenguaje corporal.
En Jesús de Nazaret encontró Dios el hombre dispuesto a inundarse por su palabra, hasta convertirse él mismo en palabra, ésa que existía desde el principio. Comienza entonces un nuevo lenguaje por el que hacerse entender: el cuerpo. La Buena Noticia llegaba, no ya a través de una voz impersonal llovida del cielo, sino a través de unos pies polvorientos, unas manos trabajadoras, una mirada penetrante, y unos labios cercanos.
Nace no sólo un Nuevo Testamento, sino también un Nuevo lenguaje que plenifica el encuentro. El cuerpo, y con él todas sus manifestaciones, se hace protagonista del mensaje de salvación, cauce principal de la vida de Dios.
Jesús muestra a través de su persona una coherencia total al transmitir aquello que recibe del Padre: sus palabras y sus gestos nos hablan de lo mismo, su lenguaje verbal y no verbal están en perfecta armonía. No existe contradicción entre lo que pregona y lo que hace, -habla de amor y no le da miedo amar- y esa es su mayor garantía de credibilidad.
Si nos fijamos en el evangelio, lo vemos repleto de gestos, caricias, miradas, encuentros, hechos...,mucho más que de "discursos adoctrinadores" (aunque el que se empeñe en buscarlos, seguro los encontrará).
En Jesús, su cuerpo y su vida son los que hablan.