Una
constante: en constante relación.
Lo
queramos o no, vivimos en permanente relación. Al igual que diría
Sartre con respecto a la libertad, estamos condenados a relacionarnos. Incluso
la no relación es ya un tipo de relación. Y aunque queramos
aislarnos, y no entrar en contacto con ningún otro ser, no podemos
evitar que el aire nos envuelva, que la tierra que pisamos nos presione
las palmas de los pies, ni que el alimento que tomamos entre en íntima
comunión con nuestro cuerpo, para pasar a formar parte de nosotros
mismos.
Toda relación es un acto de comunicación. Puede que creamos
que sólo comunicamos cuando conscientemente decidimos hacerlo. No
es así. Estamos enviando y recibiendo mensajes de forma constante,
la mayoría de las veces inconscientemente. ¿Quién se
para a decidir cada inspiración y cada espiración? ¿Quién
conscientemente contrae y distiende su corazón en un baile rítmico
de sístole y diástole? Pues de la misma manera, eso que llamamos
"yo", se proyecta hacia fuera de nosotros mismos sin nuestro permiso
en cada momento. Incluso cuando la intención es replegarse sobre
sí, nuestro yo envía miles de señales al exterior para
hacérselo saber. Señales que, en la mayoría de los
casos, están fuera de nuestro control.
Condena o liberación, la comunicación está pegada a
nuestro ser como la fruta a su sabor: no podemos deshacernos de ella por
más que lo queramos. Puede ser dulce o amarga, ágil o pesada,
fluida o entrecortada, fría o tierna, pero siempre está ahí,
recordándonos que los seres humanos no podemos (es imposible) aislarnos
del mundo que nos rodea, ni del resto de seres que pueblan el planeta.
Una comunicación a medias...
Pese
a que el lenguaje verbal es la base fundamental utilizada por el hombre
para la comunicación, no es suficiente. Según Heidegger, el
lenguaje es lo que hace "al hombre ser hombre". Esta afirmación
muestra sin duda la importancia que tiene el lenguaje en el desarrollo de
la persona. Sin quitarle por tanto todo su valor, también es cierto
que éste nos permite tan solo una comunicación a medias. Todos
tenemos experiencia de conversaciones en las que no hemos sido capaces de
entendernos con la otra persona (aunque, seguramente, estábamos hablando
en el mismo idioma). En las que, al final, hemos permanecido a la misma
distancia del otro que al principio. También es posible que no hayamos
encontrado alguna vez, palabras suficientes para expresar lo que queríamos
decir, lo que experimentábamos interiormente, quedándose éstas
ridículamente cortas.
Éstos no son más que ejemplos cotidianos que corroboran lo
dicho: el lenguaje es sólo una parte (importante, pero una parte)
de la comunicación, haciéndose insuficiente para expresar
la totalidad de nuestro ser.
Si a lo que emitimos y recibimos cuando nos comunicamos le asignamos el
100%, sólo un 7% aproximadamente le correspondería a la palabra.
¡Y mira que le ponemos fuerza y cuidado a lo que decimos! Sin embargo,
se sabe que en lo verbal, reside una porción mínima de lo
que percibimos cuando alguien nos habla. ¿Dónde quedan entonces
el 93% restantes? Pues se lo reparten entre el tono de voz, un 38%, y el
cuerpo, más del 50%.
El lenguaje corporal, o comunicación no verbal, es todo aquello que
nos decimos a través de manifestaciones del cuerpo. Gestos, miradas,
posturas, distancia física, micromovimientos rítmicos, etc.,
son las "palabras" que configuran la comunicación no verbal.
Aunque estas, las llamaremos palabras corporales, juegan un papel fundamental
en nuestras relaciones, normalmente pasan desapercibidas para nuestro ser
consciente. Suelen ser expresadas descontroladamente, sin decisión
previa que las hagan nacer. El paso que se salta nuestro cuerpo -el filtro
de nuestra consciencia-, hace que el lenguaje corporal sea normalmente más
auténtico y más representativo de lo que somos que el lenguaje
verbal. Ocurre que, en la medida en que desconocemos cómo habla nuestro
cuerpo y cómo se comunica, nos estamos desconociendo a nosotros mismos,
y con ello, muchas raíces y causas de nuestro comportamiento (a veces
tan inentendible).
Nuestro cuerpo siempre comunica, pero pocas veces somos conscientes de ello,
ni de las repercusiones que tiene en nosotros lo que vamos asumiendo vía
no verbal. Porque si al expresar corporalmente solemos hacerlo de forma
inconsciente, también lo que recibimos se adentra en nosotros de
la misma manera, sin nuestro control. Recibir en un momento clave un gesto
despreciativo o inquisidor, puede estar mutilando para siempre algún
aspecto de nuestro ser (y quizás, sin tener conciencia de ello y
de su por qué).
Tender a una comunicación plena y total, significa esforzarse por
hacer consciente e integrar en ella nuestro ser corporal, ése gran
olvidado, maltratado o mal divinizado "templo del Espíritu".
La Palabra se hizo cuerpo.
No
bastaron las palabras. Había mucho que decir y se quedaron cortas.
No bastaron los patriarcas, los jueces, los reyes, los profetas, los sacerdotes...No
bastó la esclavitud, el éxodo, la tierra prometida, las invasiones,
el destierro, la vuelta a casa...No fueron suficientes tantos "oráculo
del Señor", "así dice el Señor tu Dios"
y miles de palabras más. La distancia entre los sujetos del diálogo
de salvación era como de la tierra al cielo. Una distancia insoportable,
cargada de incomprensión, malos entendidos y desconciertos.
Algo fallaba y Dios lo sabía. Pese a tanta palabra pronunciada, creador
y creación vivían la dolorosa ausencia de aquello que era
razón de su existir. Dios Padre sufría la soledad de la orfandad
de sus hijos, y la humanidad lloraba por los rincones las consecuencias
de una vida sin rumbo.
"
Al principio ya existía la Palabra y la Palabra se dirigía
a Dios y la Palabra era Dios. ..En ella había vida, y la vida era
la luz de los hombres...La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba
viniendo al mundo...La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros"
1Jn1,1-14.
No había otra alternativa: era necesario hacer plena la comunicación.
Tanto amor no podía expresarse en un escaso 7%. Había que
buscar urgentemente la manera de hacerlo llegar al completo, al 100%, y
eso sólo era posible a través de un... cuerpo.
"En esta etapa final (Dios) nos ha hablado por medio de un Hijo, a
quien nombró heredero de todo, por quien creó el universo",
Hb1,2.
Los cristianos seguimos a un Dios medio loco. Dicen que padeció un
acceso de locura cuando comenzó la creación, pero que fue
definitiva el día que se decidió a hacerse carne entre los
hombres. Desde ese momento, cielo y tierra se unieron rasgando el velo que
les separaba. Ya no había excusa para no entender: el cuerpo tomó
la palabra (se dejó adueñar por ella) y se hizo mensaje cercano
y asequible para todos los hombres de todos los tiempos. No quedó
ninguna carta guardada, ni ninguna palabra sin decir. La divinidad se reveló
por entero, desnuda en un cuerpo de hombre, visible para los que la quisiesen
ver.
La luz se encendió. Era el momento de que Padre e hijos se conocieran
y se vieran cara a cara. El Cuento estaba llegando a su fin. La larga noche
inundada por la voz de un Dios presente pero desconocido iba a acabar: era
necesario despertar.
La preciosa historia que Dios le iba narrando a su pueblo (lo que hoy conocemos
en el Antiguo Testamento), estaba llegando al momento culmen. El cuento
se hizo cuerpo, y la palabra se hizo luz. La gran habitación del
mundo dejó de estar a oscuras. Los hijos, atónitos desde sus
camas, ya no sólo escuchaban a Dios sino que podían contemplarlo,
tocarlo, sentirle...Y hubo quienes dieron un brinco y saltaron a abrazarlo
(eran los hijos pequeños, los asustados, los necesitados, los que
ansiaban sus besos). Y hubo quienes permanecieron incrédulos, inamovibles
en sus camas blanqueadas, decepcionados de un Dios tan vulgar que se mostraba
como uno más de ellos, inquietos de que lo oculto en sus corazones
se descubriese, amigos de las tinieblas más que de la luz del día.
A la Palabra hecha cuerpo, le pusieron por nombre Jesús.
El Nuevo lenguaje de Dios.
Dios
no es tonto ni lo ha sido nunca. Pronto descubrió que la inmensa
incomunicación que padecía con el hombre, era a causa de una
importante deficiencia: el lenguaje corporal.
En Jesús de Nazaret encontró Dios el hombre dispuesto a inundarse
por su palabra, hasta convertirse él mismo en palabra, ésa
que existía desde el principio. Comienza entonces un nuevo lenguaje
por el que hacerse entender: el cuerpo. La Buena Noticia llegaba, no ya
a través de una voz impersonal llovida del cielo, sino a través
de unos pies polvorientos, unas manos trabajadoras, una mirada penetrante,
y unos labios cercanos.
Nace no sólo un Nuevo Testamento, sino también un Nuevo lenguaje
que plenifica el encuentro. El cuerpo, y con él todas sus manifestaciones,
se hace protagonista del mensaje de salvación, cauce principal de
la vida de Dios.
Jesús muestra a través de su persona una coherencia total
al transmitir aquello que recibe del Padre: sus palabras y sus gestos nos
hablan de lo mismo, su lenguaje verbal y no verbal están en perfecta
armonía. No existe contradicción entre lo que pregona y lo
que hace, -habla de amor y no le da miedo amar- y esa es su mayor garantía
de credibilidad.
Si nos fijamos en el evangelio, lo vemos repleto de gestos, caricias, miradas,
encuentros, hechos...,mucho más que de "discursos adoctrinadores"
(aunque el que se empeñe en buscarlos, seguro los encontrará).
En Jesús, su cuerpo y su vida son los que hablan.