nao IV
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José Luis Restán
Director de Programas Socio-Religiosos de COPE

 


Queridos amigos:

Respondo con gusto a vuestra invitación desde mi experiencia en el campo de la comunicación social, y sobre todo, desde el camino eclesial que por puro don gratuito del Señor estoy recorriendo desde hace dieciséis años en el seno del Movimiento de Comunión y Liberación.


El Reino de Dios significa para cada uno de nosotros la plenitud de nuestra humanidad, la satisfacción de nuestros deseos más verdaderos, el cumplimiento de esa promesa que llevamos impresa en el corazón: tú eres amado y estás llamado a participar de una felicidad que no acaba. Esto sólo es posible si vivimos una relación verdadera y contemporánea con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre que ha muerto y resucitado. Y la Iglesia es el lugar histórico donde Cristo resucitado sigue presente para rescatar nuestra vida de sus tropiezos, límites y fracasos, y llevarla a su pleno cumplimiento.

Si intentamos vivir la relación con Jesús al margen de la Iglesia, se vuelve para nosotros una vaga inspiración, una imagen que manipulamos y proyectamos a nuestro antojo…. En el mejor de los casos, un piadoso recuerdo que es incapaz de cambiar nuestra vida.

La Iglesia es una nave que surca el espacio y el tiempo de la historia entre toda clase de tempestades, muchas veces amenazada y acosada, y en no pocas ocasiones con una tripulación que se queja de su suerte, que olvida el brillo del primer encuentro y que sucumbe a la mediocridad. Pero a pesar de todo, en esa frágil nave (por seguir la hermosa imagen que habéis escogido para vuestro encuentro) ha querido el Señor depositar la esperanza del mundo. Podríamos empezar aquí un interminable análisis de sus aciertos y sus errores, una contabilidad siempre mezquina y superficial que nos dejaría un regusto amargo y nos convertiría en jueces de quien ha sido y es nuestra Madre. Porque aunque nuestra Madre pueda tener manchas y arrugas (a las que cada uno de nosotros contribuye activamente) ella seguirá siendo siempre la que nos ha parido en la fe. Por eso yo prefiero dejar constancia de que Jesús sólo puede ser verdaderamente escuchado y acogido en el lugar que Él mismo ha suscitado para acompañar a los hombres de todos los tiempos.

 

Pertenecer a la Iglesia, vivir en ella como hijo, no es una especie de "deber" impuesto desde fuera, que nos hace violencia y es ajeno a nuestro corazón. Por el contrario, es la condición para la verdadera libertad. Un gran escritor y cristiano francés del pasado siglo, Georges Bernanos, que no dudó en fustigar los límites y pecados de los cristianos de su tiempo, pedía que se le permitiera permanecer dentro del hogar de la Iglesia, al menos en una esquina, porque fuera de ella, él no podría ni siquiera respirar.

¿Os parece exagerado? Yo lo encuentro profundamente realista. Quizás necesitamos una nueva mirada de sencillez para reconocer en la Iglesia, en sus sacramentos, en sus pastores, en su enseñanza, y sobre todo en la vida de los santos (empezando por los de ahora mismo, que gracias a Dios no faltan), el poderoso atractivo de la divino-humanidad de Jesús. Por lo demás, si tenemos los ojos abiertos, veremos que el Espíritu que Jesús prometió a los suyos no deja de regalar a la Iglesia nuevos dones y carismas, para que pueda mantener su diálogo de salvación con los hombres y mujeres de cualquier época y en cualquier lugar.

Así pues, que nadie intente extinguir el fuego del Espíritu Santo, pero que nadie pretenda separarlo del Cuerpo histórico y real al que da vida y calor.

En cuanto a los medios de comunicación, sólo espero y deseo que no pretendan censurar o reducir la amplitud y extensión de los deseos del corazón humano. Que no silencien sus grandes preguntas, que no pretendan ser dueños y señores de una realidad que es siempre misteriosa, y cuya profundidad va mucho más allá de los titulares de la prensa del día. No pedimos a los medios un trato de favor o una especial comprensión: tan sólo que superen sus prejuicios, que se liberen de las atadura ideológicas y dejen correr a través de su cauce la verdadera necesidad del hombre. Porque entonces, la simpatía humana con el cristianismo y su presencia en el mundo, no será tan difícil como ahora nos podría parecer.

Un abrazo, en comunión.