Queridos
amigos:
Respondo
con gusto a vuestra invitación desde mi experiencia en el campo de
la comunicación social, y sobre todo, desde el camino eclesial que
por puro don gratuito del Señor estoy recorriendo desde hace dieciséis
años en el seno del Movimiento de Comunión y Liberación.
El Reino de Dios significa para cada uno de nosotros la plenitud de nuestra
humanidad, la satisfacción de nuestros deseos más verdaderos,
el cumplimiento de esa promesa que llevamos impresa en el corazón:
tú eres amado y estás llamado a participar de una felicidad
que no acaba. Esto sólo es posible si vivimos una relación
verdadera y contemporánea con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre
que ha muerto y resucitado. Y la Iglesia es el lugar histórico donde
Cristo resucitado sigue presente para rescatar nuestra vida de sus tropiezos,
límites y fracasos, y llevarla a su pleno cumplimiento.
Si
intentamos vivir la relación con Jesús al margen de la Iglesia,
se vuelve para nosotros una vaga inspiración, una imagen que manipulamos
y proyectamos a nuestro antojo
. En el mejor de los casos, un piadoso
recuerdo que es incapaz de cambiar nuestra vida.
La Iglesia es una nave que surca el espacio y el tiempo de la historia entre
toda clase de tempestades, muchas veces amenazada y acosada, y en no pocas
ocasiones con una tripulación que se queja de su suerte, que olvida
el brillo del primer encuentro y que sucumbe a la mediocridad. Pero a pesar
de todo, en esa frágil nave (por seguir la hermosa imagen que habéis
escogido para vuestro encuentro) ha querido el Señor depositar la
esperanza del mundo. Podríamos empezar aquí un interminable
análisis de sus aciertos y sus errores, una contabilidad siempre
mezquina y superficial que nos dejaría un regusto amargo y nos convertiría
en jueces de quien ha sido y es nuestra Madre. Porque aunque nuestra Madre
pueda tener manchas y arrugas (a las que cada uno de nosotros contribuye
activamente) ella seguirá siendo siempre la que nos ha parido en
la fe. Por eso yo prefiero dejar constancia de que Jesús sólo
puede ser verdaderamente escuchado y acogido en el lugar que Él mismo
ha suscitado para acompañar a los hombres de todos los tiempos.
Pertenecer
a la Iglesia, vivir en ella como hijo, no es una especie de "deber"
impuesto desde fuera, que nos hace violencia y es ajeno a nuestro corazón.
Por el contrario, es la condición para la verdadera libertad. Un
gran escritor y cristiano francés del pasado siglo, Georges Bernanos,
que no dudó en fustigar los límites y pecados de los cristianos
de su tiempo, pedía que se le permitiera permanecer dentro del hogar
de la Iglesia, al menos en una esquina, porque fuera de ella, él
no podría ni siquiera respirar.
¿Os
parece exagerado? Yo lo encuentro profundamente realista. Quizás
necesitamos una nueva mirada de sencillez para reconocer en la Iglesia,
en sus sacramentos, en sus pastores, en su enseñanza, y sobre todo
en la vida de los santos (empezando por los de ahora mismo, que gracias
a Dios no faltan), el poderoso atractivo de la divino-humanidad de Jesús.
Por lo demás, si tenemos los ojos abiertos, veremos que el Espíritu
que Jesús prometió a los suyos no deja de regalar a la Iglesia
nuevos dones y carismas, para que pueda mantener su diálogo de salvación
con los hombres y mujeres de cualquier época y en cualquier lugar.
Así
pues, que nadie intente extinguir el fuego del Espíritu Santo, pero
que nadie pretenda separarlo del Cuerpo histórico y real al que da
vida y calor.
En
cuanto a los medios de comunicación, sólo espero y deseo que
no pretendan censurar o reducir la amplitud y extensión de los deseos
del corazón humano. Que no silencien sus grandes preguntas, que no
pretendan ser dueños y señores de una realidad que es siempre
misteriosa, y cuya profundidad va mucho más allá de los titulares
de la prensa del día. No pedimos a los medios un trato de favor o
una especial comprensión: tan sólo que superen sus prejuicios,
que se liberen de las atadura ideológicas y dejen correr a través
de su cauce la verdadera necesidad del hombre. Porque entonces, la simpatía
humana con el cristianismo y su presencia en el mundo, no será tan
difícil como ahora nos podría parecer.
Un
abrazo, en comunión.