nao III
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Pluralidad, Unidad y Universalidad
Tíscar Espigares. Comunidad de San Egidio
Ponencia en Mesa Redonda. 3/3/01.
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Introducción

Estamos reunidos esta mañana en torno a tres grandes palabras: Unidad, pluralidad y universalidad. Estas tres palabras constituyen hoy una gran pregunta para los cristianos, ¿cómo vivir la unidad, cómo ser testigos de unidad en un mundo plural, diverso, y al mismo tiempo universal y globalizado?

El apóstol Pablo, en la carta a los Efesios dice: "Os exhorto, pues, ... a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz." (Ef 4, 1-3).

La unidad es, efectivamente, una vocación cristiana. Es una vocación antigua, una aspiración desde siempre, que ha atravesado los siglos y la historia y se presenta ante nosotros hoy con toda su fuerza. Es una vocación, además, que atañe a todas las esferas, a todas las escalas, tanto la individual como la colectiva. Es la unidad en la relación entre dos personas, es la unidad dentro de los católicos, es la unidad entre los cristianos, es la unidad y el diálogo entre religiones diferentes, es, en definitiva, la unidad con un mundo grande, plural y globalizado que decíamos al principio.

Quisiera a continuación hacer una pequeña reflexión sobre el tema que nos reúne a partir del contexto histórico en el que nos encontramos.

Mundo globalizado y nuevas fronteras

Tras la caída del muro de Berlín, en 1989, el panorama mundial ha cambiado enormemente. Con el muro cayó una división férrea que mantuvo al mundo dividido en dos grandes bloques, en un largo periodo de guerra fría. Pero también y desgraciadamente con el muro parecen haber caído muchas ilusiones, muchos ideales, muchos sueños de querer construir un mundo mejor. Desgraciadamente, también muchos sueños cristianos, de amor a los pobres, por ejemplo, parecen estar disipándose... lo que hoy llaman la crisis del voluntariado por ejemplo.

Ahora el mundo parece un gran mercado, donde todo se compra y se vende, desde cualquier parte del mundo, basta con tener un ordenador y una buena tarjeta de crédito. Incluso en el ámbito religioso, hoy se ofrecen productos para calmar la sed espiritual y llegar a la serenidad. El hombre del siglo XXI se presenta con la antropología de un hombre consumidor. La globalización hace que se vendan los mismos modelos en todas las partes del mundo, así se ha producido una gran homogeneización, y hoy el joven africano sueña casi con el mismo modelo que el joven americano, pero claro, hay una gran diferencia entre vivir en África y vivir en América. Con el mercado no ha llegado el bienestar. Y no podemos nunca olvidar que mientras se compra y se vende en este gran mercado del mundo, en grandes áreas del mismo, cada año mueren treinta millones de personas por el hambre. Pier Paolo Passolini se preguntaba a este respecto: "¿Podría la Iglesia ser el guía grandioso, pero no autoritario, de todos los que rechazan el nuevo poder consumista?".

Sin embargo, al mismo tiempo, en este mundo que se descubre plural, frente a la bipolaridad de los bloques de antes del 89, surgen nuevas confrontaciones en una desmesurada "lógica de la frontera". Basta con pensar en la multitud de conflictos nacionalistas que han estallado en los últimos años, la historia de la ex-Yugoslavia es un clarísimo ejemplo que tenemos muy cerca de nosotros, en Europa. Es como una reacción de miedo a vivir en un mundo grande y globalizado, es la necesidad de reivindicar la propia identidad, el propio yo, que en un mundo tan grande quizá se siente amenazado. Es una contradicción, pero cuanto más se flexibilizan los movimientos económicos, cuanto más se abren las puertas a la libre circulación del dinero y las mercancías, al mismo tiempo se vive una tendencia a cerrar las puertas, a crear más fronteras. Pensad en los brotes racistas que están despertándose nuevamente en Europa, también en España, pensad en las dificultades cada vez mayores que se ponen a los emigrantes que quieren llegar a los países del norte rico del mundo en busca de un poco de bienestar. Estas identidades en conflicto implican también a las religiones. Se habla de fundamentalismo religioso, en realidad las religiones están tentadas por los mismos males que tientan a las sociedades actuales, en el fondo el fundamentalismo religioso es esa misma reacción de miedo que empuja a encerrarse en un pequeño grupo.

Bien, pues en este mundo complejo en el que hoy vivimos es donde los cristianos debemos vivir nuestra vocación a la unidad. Esto pone a los cristianos en medio de dos "movimientos", el de la llegada del hombre planetario -la globalización- por un lado, y la originalidad, la exaltación de la propia identidad que surge como contestación a la despersonalización de la civilización globalizada por otro.

El cristiano se encuentra en medio intentando armonizar ambas tendencias.

La caridad, camino de unidad

En medio de este mundo que corre veloz, donde tantas naciones e identidades se crean y se destruyen generando mucha pobreza y dolor, estoy firmemente convencida de que la caridad es un camino de unidad. Sí, el amor a los pobres, por encima de cualquier tipo de exclusivismo, es la verdadera prueba de nuestra universalidad. El amor por los pobres es la prueba verdadera de si nuestros brazos y nuestros corazones están abiertos a todos, incluidos los que no tienen nada que darnos a cambio.

Yo creo que el dolor, las dificultades por las que atraviesa el mundo, son una llamada urgente a la unidad. El siglo que acaba de terminar ha sido un siglo difícil, un siglo de mucho dolor, que ha visto dos guerras mundiales, el holocausto judío y otros genocidios. Ha sido un siglo de mártires, y verdaderamente el martirio es escuela de unidad. Quiero traer aquí el testimonio de Roberto Angeli, un sacerdote italiano que terminó en un campo de concentración nazi por haber ayudado a los judíos; escribió: "en el barracón 26 de Dachau, en medio de sacerdotes católicos de todos los países, de pastores protestantes, de popes ortodoxos, todos éramos sacerdotes en estado puro, sin poderes ni ornamentos, sin privilegios, ateridos por el hambre y el frío, torturados por los piojos y por el miedo, sin ninguna dignidad más que la invisible del sacerdocio, aquí aprendimos a descubrir la esencia de la vida y de la fe".
Es un hermoso testimonio de cómo en el dolor compartido se construye la unidad. Y es un testimonio especialmente hermoso porque hace referencia a la unidad entre los cristianos y a la unidad entre las diferentes religiones, ya que Roberto Angeli acabó en un campo de concentración precisamente por ayudar a los judíos. Verdaderamente la caridad no conoce fronteras.

En este sentido, hay una nueva dimensión de este mundo contemporáneo nuestro que no existía en siglos precedentes. La revolución de los medios de comunicación nos pone en contacto real con el mundo pobre del Sur. Esto representa una gran demanda de caridad para los cristianos. El hombre medio muerto que aquel samaritano encontró a mitad de su camino entre Jerusalén y Jericó son hoy las multitudes de refugiados africanos que contemplamos en televisión, son los damnificados por terremotos o inundaciones cuyos rostros podemos contemplar en tiempo real. Estas voces, estas imágenes llegan hasta nosotros y nos interpelan. Nuestro horizonte ya no es sólo el local y personal sino que se extiende hasta todos los rincones del mundo. ¿Qué podemos hacer? nos preguntamos ¿qué podemos hacer ante la miseria que dista miles de kilómetros de nosotros? ¿Es que nuestra caridad debe callar?

Hay una dimensión nueva que debemos desarrollar y que el Espíritu puede donarnos. Estoy hablando del campo de la guerra y de la paz. En este mundo globalizado y a la vez lleno de conflictos los cristianos pueden y deben convertirse en testimonios de paz. Se trata de una caridad de la paz, que no está reservada a especialistas, sino que constituye un patrimonio de estos cristianos que no olvidan que el Señor les ha dejado en herencia la paz, esa paz que el mundo no sabe dar.

Entonces, ¿cuál es la fuerza de los cristianos? Esta pregunta es la que ha movido a la comunidad de San Egidio a comprometerse en esta vía del diálogo, éste ha sido el descubrimiento de las energías que nacen de una fe vivida. En la guerra de Mozambique, que provocó un millón de muertos, ha reconciliado a las dos partes tras una larga negociación, llegando a la firma de la paz el 4 de octubre de 1992. Ahora en Mozambique ya no se muere a causa de la guerra. Para nosotros ha sido la revelación de la fuerza, no política, no militar, no económica, la fuerza de los cristianos. Una fuerza que puede expulsar al demonio de la guerra. Esta es una revelación que quizá pueda asustar, porque pide la audacia de ir más allá de una vida a menudo petrificada en la costumbre.

Esta fuerza se expresa en la palabra, en el diálogo, y toca el corazón e incide en las estructuras de la vida humana, reconcilia, derriba los muros. Es una fuerza vivida por millones de cristianos, por todos los que han sufrido el martirio a lo largo de este siglo dominado por la guerra.

Una cultura de la piedad

En 1968 Athenágoras, gran patriarca de la Iglesia ortodoxa decía: "en el centro de una humanidad que está en vías de unificación debe encontrarse la Iglesia indivisa". La unidad de los cristianos es un sueño para todos nosotros, el patriarca Athenágoras hablaba de los cristianos como "pueblos hermanos". Esta unidad, soñada desde antiguo, es la unidad que consigue la fraternidad y la amistad entre la pluralidad de pueblos, para que nadie se sienta extranjero entre sus hermanos. Es la unidad que nace de la conciencia de tener un sólo destino. Sí, ante la tendencia al aislamiento, cuando muchos -y lo vemos en nuestra Europa- construyen fortalezas a su alrededor para cerrarse ante la llamada del mundo pobre del Sur, tratando de defender su nivel de bienestar, creemos que por muchos muros que se construyan, nada nos separará del destino del resto del mundo. Vivimos en una sola barca y debemos ser conscientes de ello, trabajar para el futuro de nuestros hermanos más pobres es trabajar para nuestro futuro, y aislarnos y dividirnos de nuestros hermanos más pobres es construir un futuro de miseria y violencia para todos.

Esto se puede decir que lo hemos vivido, el siglo XX ha sido una gran escuela en este sentido, porque ¿hasta qué punto la llegada del nazismo, o del genocidio de los armenios de principios del siglo XX, no ha sido un fruto de la debilidad producida por la división de los cristianos? La división y la distancia entre las Iglesias cristianas constituye un terreno muy peligroso sobre el que se apoya el mal. En general, la división a cualquier escala, la división, aunque sólo sea entre dos personas, es un terreno abonado para que germinen todos los frutos del mal: el orgullo y la guerra que recorren incansablemente la historia del mundo.

Debemos asumir la responsabilidad cristiana hacia aquella vocación a la unidad que hoy vemos con más claridad que en el pasado. El tiempo corre veloz y abre nuevas oportunidades, pero también pone nuevas trampas. Los nacionalismos dividen a los cristianos, que corren el riesgo de ser como troncos que flotan en un gran mar lleno de tempestades. El ecumenismo no es una política ni una diplomacia. Es la respuesta a una vocación del Señor en el día de hoy. Quizá ha llegado el momento en el que los cristianos se deben sumergir de nuevo en la caridad para estar más unidos en una historia que corre veloz.

En 1983 el patriarca de Antioquía Ignatios IV Hazim habló en la catedral Notre-Dame de París diciendo: "Si vuelve el amor, tendremos tesoros que compartir. Nosotros creemos que Dios se ha hecho hombre para que el hombre pueda ser Dios, es decir, plenamente viviente, con una vida más fuerte que la muerte. La comunión de los santos, hasta ahora, une a Oriente y Occidente. Esta comunión debe renacer en la caridad y en la fe". Sumergirnos de nuevo en la caridad dará fuerza no sólo al diálogo teológico, sino que nos asegurará en los problemas concretos, en la mentalidad consumista, en las políticas de exclusión a los otros que parecen emerger con fuerza en el mundo.

Se trata de seguir el camino que propuso Juan XXIII: buscar lo que nos une y poner a un lado lo que nos divide. Esto no es relativizar la realidad, sino cimentarnos en la unidad y temer a la división.

La unidad pasa por la vida cotidiana, por la oración, por la solidaridad mutua, por la amistad entre los primados, entre los obispos, entre los pueblos. Hay una fantasía de la unidad en la caridad que hemos de suscitar. Este mundo nuestro que camina hacia un futuro no fácilmente previsible tiene necesidad de signos. Y todos los cristianos tenemos la responsabilidad de dar un nuevo signo de fraternidad, una nueva imagen de comunión en este nuevo milenio. Es un camino que estamos recorriendo, entre los diferentes movimientos eclesiales de la iglesia católica después de Pentecostés de 1998, es un camino que estamos recorriendo hacia la unidad de los cristianos y hacia el diálogo con el mundo. El ecumenismo es una gran esperanza para el siglo XXI, este año todas las iglesias cristianas celebrarán la Pascua el mismo día, el mismo día en todo el mundo se anunciará que Cristo ha resucitado.

El Señor ha rezado para que sus discípulos fueran "una sola cosa para que el mundo crea". Iglesias más hermanas pondrán en movimiento la historia de una nueva humanidad, para que los pueblos sean menos extraños entre sí, menos hostiles y más hermanos.