En
los últimos días de octubre de 2.002 nos recibe D. Carlos
Amigo, Arzobispo de Sevilla, para presentarle la experiencia que se está
haciendo ya en otras diócesis referente a la unidad de todos los
miembros del único cuerpo que es (y debe ser) la Iglesia. En un ambiente
distendido, como él suele propiciar, se le habla del posible espacio
de unidad a crear, a su sombra y amparo, totalmente eclesial y diocesano,
que debe aglutinar y hacer presente a todos los miembros activos y vivos
de la Iglesia. En principio es difícil ver la novedad de lo que se
presenta pues, en definitiva, es precisamente su función la que se
está definiendo. Y para eso no solamente está él mismo
sino todo su equipo y la diócesis entera (organigrama). Sin embargo,
consciente de la importancia del tema, de su posible novedad y de la frescura
evangélica con que se le presenta, al tiempo que se citan las palabras
de Juan Pablo II en la Novo Millenio Ineunte, afirma tajantemente, D. Carlos,
que esto que se le propone es totalmente del Espíritu de tal modo
que cuando nos pregunten qué o quién hay detrás de
todo esto, se le responda, de su parte, que está el Espíritu
Santo. Ni siquiera él mismo. Esto es cosa del Espíritu. Y
es que le hemos hablado de la gratuidad del Espíritu y de la llamada
a desaparecer de aquellos que hemos sido los agraciados, de parte de Dios,
para poder llegar a presentar tal programa.
Amparado
precisamente en esa libertad del Espíritu, la reclama D. Carlos para
sí mismo y nos propone a la persona de D. José Gutiérrez
Mora, Párroco del Sagrario y Vicario de la diócesis, para
que nos sirva de enlace con él en todo aquello que vayamos viendo
y necesitando.
Inmediatamente, el mismo día, comienzan las reuniones que durante
todo el curso tendrán carácter semanal.
Tras
la continua insistencia de libertad y no normas ni nómina, el flujo-reflujo
de asistente, al principio, es muy variado. Pero poco a poco va apareciendo
un grupo de personas más asiduo que desde lo que ven en su interior
libremente, son conscientes de la importancia de la unidad a nivel eclesial
y, por supuesto, como manifestación de una Buena Nueva que el mundo
espera como con dolores de parto.
D.
José Gutiérrez Mora nos recibe con todo cariño y disposición
y muestra, desde el principio, un interés desmedido por saber exactamente
de qué va todo esto. Porque el tema de la unidad es bien claro. Y
el motivo que nos lleva a ello (la no-unidad), también. Pero cuando
D. Carlos se lo ha encomendado y nosotros le hemos contado sus palabras
referentes al Espíritu Santo, D. José es consciente de que
aquí puede haber algo que se pueda escapar de una lectura o atención
a primera vista. Y las posteriores reuniones que, a lo largo del tiempo,
se efectúan con él, dan razón de esto que decimos,
pues los puntos de vista sobre la unidad y lo que se pretende (y cómo)
no son precisamente concordes desde el principio, sino que necesitan de
mucho diálogo y aclaración de términos, para ir acercando
formas de pensar.
Se
confecciona una carta, firmada por D. José y un miembro asiduo a
este espacio de unidad, ofreciendo, a los párrocos, realizar varias
reuniones (se propone en principio tres por parroquia), para presentar el
espacio de unidad e ir creando la consiguiente inquietud o fortaleciéndola,
porque en casi todas las parroquias dicho tema está de cruda actualidad.
Debe ser mucha y muy clara la necesidad de unidad, cuando por todas partes
se erigen, casi como tema estrella a tratar y trabajar en los distintos
programas de acción pastoral a todos los niveles eclesiales.
Hay
varios puntos que han sido y siguen siendo motivo de continuo diálogo
y profundización. El primero es la falta de identidad. ¿Quiénes
sois? ¿Quién es la criatura que está naciendo? ¿Cómo
la vamos a llamar? ¿Qué sitio va a ocupar dentro del espectro
eclesial donde va a estar enclavada?
Y
constatamos que la solución a todo esto no es simplemente decir que
se trata de un espacio o que es la "casa para la comunidad y la vida"
porque entonces esas preguntas pasan simplemente de un posible sujeto más
o menos físico, a una cierta entidad a quien se le puede interpelar
de la misma manera.
Y
el siguiente problema que enseguida aparece, íntimamente conectado
con el ya expuesto, es el de la libertad, la no regla, ni norma, ni nómina.
La acracia absoluta ¿del Espíritu? Es un tema, o mejor, son
ambos temas que desde la teoría se pueden entender más o menos
bien. Pero a la hora de la práctica ¿cómo de puede
llevar a efecto? ¿Quién lo hace? ¿Cómo soslayar
o simplemente resolver tanto problema como automáticamente va a aparecer?
La verdad es que responder a todas estas cuestiones no es fácil.
Porque en el momento en que lo hagamos de la manera tajante y rotunda que
de algún modo se pide, ya estamos, automáticamente, rompiendo
su carácter de desapercibido y de libre. Porque hasta con la mayor
delicadeza del mundo (así se suele empezar), comenzamos a imponer
normas, formas, exigencias de cualquier tipo que rompen la razón
de ser para la que ha sido creado dicho espacio.
Y
todo esto, en el todosuno de Sevilla, se tiene más o menos claro.
Nos da miedo hasta de hablar de "grupo", porque nos podemos dar
la sensación, hasta con nosotros mismos, de tratarse de algo establecido.
Lo mismo nos ocurre con "casa para la comunidad y la vida". Nos
gusta más definirnos (aunque tampoco nos gusta la palabra "definirnos"),
como "espacio". Un espacio que se crea en el corazón, en
el interior de cada uno. Una necesidad de unidad que se ha de manifestar
en todos los ámbitos de la vida. No es simplemente algo para vivir
y hacer presente una vez a la semana, los miércoles, cuando me reúno
con gente que tiene la misma inquietud que yo.
Y
tampoco nos deja satisfechos el hecho de reunirnos, una semana y otra, las
mismas personas y hasta en el mismo sitio. Nos da la sensación de
algo ya cerrado, constituido y definido. Y la verdad que ese peligro somos
conscientes de que está siempre al acecho, por lo que, también
siempre estamos sumamente alertas ante el mismo.
Necesitamos
renovarnos continuamente. Y que se haga presente, en la máxima pluralidad
de miembros posibles, toda la rica realidad de cuerpo que forma la Iglesia
diocesana de Sevilla.
En el presente curso, independientemente de que podamos tener alguna que
otra reunión, como el pasado, en distintas parroquias, también
vamos a tener momentos puntuales de retiro y participación en asambleas
parroquiales, y la preparación de distintos encuentros, orientados
todos al mismo fin, con ámbitos que superan ya el estricto de la
diócesis. Tendremos, el sábado 13 de marzo, el encuentro de
Pentecostés'98, auspiciado en dicha fecha por su santidad el papa,
Juan Pablo II, y en fecha posterior una Reflexión Eclesial Plural,
también a nivel regional.
La síntesis que nos produce el espacio todosuno, al menos en la diócesis
de Sevilla, es la de estar luchando por algo que es importante y vital para
el Reino de Dios y su manifestación en este mundo, pero, al mismo
tiempo, nos hace constatar todo el largo, larguísimo camino que,
en dicho sentido, tenemos todavía por delante. Por eso desde estas
líneas, y como conclusión, nos gustaría dejar en todos
un sentimiento positivo de ilusión y estímulo, siendo consciente
de las muchas dificultades que la empresa tiene pero, por otro lado, supuestamente
que es de Dios y él mismo el primer interesado, estamos seguros que
la andadura de este barco, en el momento que sea, llegará, por supuesto,
a buen puerto.
Amén.