casa para la comunión y la vida huelva
plan de formación conjunta 2003-04


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tema
"La Dimensión Caritativo-Social de la Iglesia"
Ponente
D. Gabriel Leal
Delegado de Cáritas Málaga

Huelva 17·Abril·2004 . org


ESQUEMA GENERAL

Ponencia 1:

LA FUERZA EVANGELIZADORA DE LA CARIDAD

1. INTRODUCCIÓN

2. LA CONTEMPLACIÓN DEL ROSTRO DE CRISTO

2.1. Revela la Caridad, que es Dios
2.2. Dimensión eclesial de la Caridad
2.3. La identificación de Cristo con los empobrecidos: una página de Cristología

3. LA FUERZA EVANGELIZADORA DE LA CARIDAD

3.1. Caridad y Evangelización
3.1.1. La Caridad, centro de la Evangelización
3.1.2. La caridad camino privilegiado para la evangelización
3.1.3. La credibilidad vinculada al testimonio de la caridad
3.2. La comunión eclesial, fuente de la misión evangelizadora
3.2.1. Medios privilegiados para la evangelización 10
a) El testimonio de la pobreza cristiana 1
b) La caridad
1) La Caridad en la vida personal
2) La Caridad en la vida de la comunidad
3.3. El compromiso con los pobres
3.3.1. Construcción de una sociedad más justa
3.3.2. Impulsar la vocación específica de los laicos
3.3.3. El servicio a los pobres

4. COCLUSIÓN

Ponencia 2:

HACIA UNA PASTORAL SOCIO-CARITATIVA MÁS EVANGELIZADORA

I. INTRODUCCIÓN

II. TENTACIONES DE LA PASTORAL SOCIO-CARITATIVA

1. El Asistencialismo
2. Onegeizar las instituciones socio-caritativas
3. Reducir la acción sociocaritativa al voluntariado social.
4. Olvidar la dimensión evangelizadora de la pastoral sociocaritativa.

III. CRITERIOS DE ACTUACIÓN EN LA ACTIVIDAD CARITATIVO-SOCIAL DE LA IGLESIA (IP 106-119)

1. Pertenece esencialmente a la constitución de la Iglesia
2. Sus dimensiones: lucha por la justicia, promoción social y asistencia personal.
3. Se integra de manera visible y significativa en la sociedad.
4. Debe ser católica y ecuménica

IV. PUNTOS DE REFERENCIA PARA UNA PASTORAL SOCIO-CARITATIVA EVANGELIZADORA

1. La Iglesia, sujeto de la pastoral socio-caritativa
1.1. Eclesialidad de la Pastoral Sociocaritativa
1.2. Servidora de la responsabilidad de la comunidad y de sus miembros
1.3. Imagen de Jesús que vino a servir
1.4. Propiciadora de la evangelización
2. En función de los destinatarios de la Pastoral socio-caritativa
2.1. Los empobrecidos
1) Acogida y acompañamiento
2) Amarlos como Jesús los ama
3) Confiar en el pobre
4) Servir la esperanza de los pobres
5) Ayudarles a que puedan ser protagonistas de su destino
2.2. La comunidad cristiana
1) Conocimiento realista de la situación
2) Contribuir a que la opción preferencial pobres sea asumida realmente
a) Impulsar la comunicación de bienes
b) Amar la pobreza y vivir pobremente
3) Impulsar la vocación específica de los laicos
4) Impulsar un voluntariado coherente con la fe cristiana
a) La llamada al voluntariado
b) La fe configura al voluntario
c) Un voluntariado coherente con la fe
d) Un voluntariado sostenido por la vida cristiana
2.3. La sociedad en general
a) Amar al mundo como Dios lo ama (Jn 3,16)
b) Desde el anuncio y la denuncia
c) Colaboración con las instituciones públicas y sociales
3. En función de los programas y obras socio-caritativas

V. REAVIVAR EL ARDOR EVANGELIZADOR

 

Ponencia 1:

LA FUERZA EVANGELIZADORA DE LA CARIDAD


1 INTRODUCCIÓN

En el presente encuentro, pretendo abordar la raíz, el método y el contenido fundamental de toda acción evangelizadora, que no es otro que la Caridad, que es Dios mismo, para extraer de él algunas consecuencias pastorales, especialmente en el campo de la pastoral socio-caritativa de la Iglesia.
En la primera ponencia intentaré poner de relieve la fuerza evangelizadora de la Caridad. Para ello partiré de la contemplación del rostro de Cristo, núcleo esencial de la herencia que ha dejado el Jubileo del año 2000. A partir de esta contemplación reflexionaremos sobre la fuerza evangelizadora de la Caridad y la dimensión evangelizadora de la Pastoral Sociocaritava.
En una segunda ponencia nos extraeremos algunas consecuencias a tener en cuenta en la pastoral sociocaritativa de la Iglesia
Como es natural, esta aportación es deudora de la reflexión que en estos últimos tiempos se viene haciendo en la Iglesia, especialmente de la misma Carta Apostólica Novo millennio ineunte, de los documentos La Caridad en la Vida de la Iglesia y La Iglesia y los Pobres de la CEE, así como del documento Evangelización y testimonio de la caridad de la Conferencia Episcopal Italiana.

2. LA CONTEMPLACIÓN DEL ROSTRO DE CRISTO

Haciendo balance de lo que ha significado para la Iglesia la celebración del Jubileo, Juan Pablo II afirma que "la contemplación del rostro de Cristo"es el núcleo esencial de la herencia jubilar (NMI 15).
Esta contemplación de Cristo, única Palabra del Padre, nos revela quien es Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14,9). Y es que Dios, que en el pasado había hablado de muchos modos y maneras a nuestros padres por los profetas "en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo" que es "resplandor de su gloria e impronta de su sustancia" (Hb 1,1-3).
¡Qué bien entendió esto San Juan de la Cruz!, cuando comentando el texto de Hebreos afirma que Dios "ha quedado como mudo" e invita a poner los ojos sólo en él.
Pero la contemplación de Jesús no sólo nos revela a Dios sino que, al mismo tiempo, nos lleva a redescubrir y comprender con más hondura el auténtico rostro del hombre, creado y redimido por el Hijo único de Dios, e introducido en la intimidad de la vida trinitaria (GS 41; NMI 23).

Revela la Caridad, que es Dios

La contemplación del rostro de Cristo, de la Palabra hecha carne (NMI 21-23), del Hijo entregado en la cruz por amor a los hombres y Resucitado para nuestra Salvación (NMI 24-28), es el punto de partida imprescindible para cualquier vivencia honda de la Caridad.
Contemplando a Jesús, el Señor, lo que percibimos más inmediatamente y con más relieve es su amor, el amor que Jesús nos tiene, el amor que tiene por mí, por mis hermanos, por el mundo entero; un amor que es amor hasta el extremo, entrega de su propia vida (Jn 10,17s; 15,13) y que Jesús lo ha aprendido bien de su Padre (Jn 5,19): “Como el Padre me ama a mí, así os amo yo” (Jn 15,9).
La contemplación del rostro de Cristo nos revela, al mismo tiempo, el amor que el Padre nos tiene y que se ha revelado a lo largo de toda la historia de la humanidad. Una historia iniciada con el primer gesto amoroso de Dios hacia nosotros, crearnos por amor y a su imagen (cf. Sab 11,23-26) , y en la que nos ha conducido a redescubrir su amor incondicional y gratuito, y a permanecer en dicho amor.
El amor que Dios nos tiene no se queda sólo en palabras: es un amor comprometido y concreto, que manifiesta plenamente "enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él" (Jn 4,9). Sí, “la prueba de que Dios nos ama, es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom 5,8). Juan expresa la desmesura del amor de Dios por nosotros cuando afirma que “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).
La Caridad es el Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo: “Al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones” (Rom 5,5).
Esta mirada contemplativa, que se hace experiencia vivida en su comunidad -"lo que hemos oído, lo que hemos visto (...) lo que contemplamos, y palparon nuestras manos (...) os lo anunciamos", nos lleva a proclamar con gozo: "Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él" (1 Jn 4,16). Sí, «Dios es amor» (1 Jn 1,4), una expresión que indica lo que Dios es, y no sólo lo que hace.
Este es el punto central de la Revelación: "El amor se ha colocado en el centro mismo de la revelación (...). No hay más Dios que el Dios que ama y no hay más hombre auténtico que el que se sitúa en ese amor y permanece en él como en una morada de donde saca su fuerza, su vida y su sentido".

Dimensión eclesial de la Caridad

La caridad tiene, también, una dimensión eclesial. Ser discípulos de Jesús es aprender a vivir de él, hacer lo que él ha hecho (Jn 13,14-17): aprender de su Padre, Dios, a dar la vida por los demás. Si él dio la vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos.
La verdadera caridad del cristiano es una realidad que no nace de nosotros, sino de Dios -primacía de la gracia-; es más grande que nosotros y se expresa en un único amor, que abarca al mismo tiempo a Dios y el hombre, como responde Jesús al escriba: el primero de los mandamientos es "Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos»" (Mc 12, 28-31).
Una vinculación entre los dos destinatarios del único amor que expresa con toda claridad Lucas, al no distinguir entre un primer y un segundo mandamiento (Lc 10,25-28). Hasta tal punto se da esta identificación que en la primera Carta de Juan los criterios de verificación del amor a Dios y al prójimo parecen estar invertidos: El amor a Dios se verifica en el amor al hermano (1 Jn 4,20) y el amor a los hijos de Dios en el amor a Dios y el cumplimiento de sus mandamientos (1 Jn 5,2).

La identificación de Cristo con los empobrecidos, una página de Cristología

Como afirma el Papa, "si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse: «He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado que beber; fui forastero y me habéis hospedado; desnudo y me habéis vestido, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme» (Mt 25,35-36)".
El texto al que remite el Papa es un fragmento de la escena del Juicio final (Mt 25, 31-46). Éste ha sido objeto de las más diversas interpretaciones, en las que dado el objetivo de nuestro trabajo no vamos a entrar.
Mateo da a la escena del juicio final una importancia singular al ponerla no sólo como culminación de su discurso escatológico (24-25), sino de toda la actividad pública de Jesús (Mt 26,1).
La estructura del texto muestra claramente la intención del evangelista. La escena comienza con una acción que introduce a los protagonistas y se desarrolla en silencio (vv. 31-33). Le sigue un diálogo, divido en dos partes simétricas y contrapuestas, que constan de un imperativo, la explicación, la extrañeza de los juzgados y la respuesta del Hijo del Hombre (vv. 34s.). El texto culmina con la acción que ejecuta la sentencia (v. 45).
La acción que se anuncia para el futuro resulta impresionante: El Hijo del Hombre vendrá glorioso, rodeado con todos sus ángeles, y se sentará sobre el trono de su gloria. Todos los pueblos, toda la humanidad será reunida ante él. Inmediatamente, asumirá funciones de pastor: de la misma manera que al caer de la tarde el pastor separa las ovejas de las cabras, él separará a los unos de los otros, poniendo las ovejas a «su» derecha y las cabras a la izquierda, no a «su» izquierda. En este gesto de separación, que es preludio del diálogo y anticipación viva de la sentencia, el primer grupo viene asociado a la gloria de quien lo ha situado a «su» lado, mientras el segundo grupo viene a encontrarse en una oscura lejanía.
La acción se desarrolla en silencio. La presencia y los gestos hablan por sí mismos. Este inicio del juicio muestra que no se trata, en primer lugar, de acoger una exhortación al amor al prójimo, sino de disponerse a la contemplación de Cristo que se revela y actúa al fin de los tiempos. El acontecimiento del juicio es sobre todo un encuentro con el Señor glorioso, que nos pone ante su identidad plenamente manifestada.
De la visión, el evangelista conduce a la escucha a través de dos diálogos, intensamente esperados, que explican las dos situaciones últimas.
El que ha sido presentado como Hijo del Hombre glorioso y ha asumido la función de pastor, ahora como Rey llama benditos de su Padre a los de su derecha y les invita a heredar del reino preparado para ellos desde la creación del mundo. Un apelativo, el de Rey, que desaparece cuando se dirige a los de la izquierda. Y es que el Hijo del Hombre, como juez soberano, pronuncia el veredicto definitivo sobre los que son reprobados, pero no se reconoce como su Rey, algo que se repite en la afirmación conclusiva de los dos diálogos (vv. 40.45).
El Rey-juez explica el motivo de su actuación: los benditos son invitados a heredar el reino porque han practicado la misericordia. Esta declaración del juez provoca una reacción de estupor y sorpresa, como resalta la misma estructuración del relato: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te alojamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" (Mt 25,37-39).
La sorpresa surge de la novedad de la identificación efectuada por el Rey, de la revelación de un misterio inaudito que nada hacía preveer: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40).
La peculiaridad de Mt 25 está en el hecho de que el Rey anuncie que la misericordia practicada con los necesitados ha sido practicada con él; en el hecho de que el encuentro con los necesitados sea considerado directamente un encuentro con el Hijo del Hombre-Rey-Juez.
Jesús acentúa la sorpresa llamando a los necesitados «mis hermanos», considerándolos miembros de su nueva familia.
La segunda parte del diálogo se dirige a los que están a la izquierda. Ellos son malditos, y se han convertido en tales rechazando ser misericordiosos, no sirviendo al Señor en los necesitados: "Las palabras de condena de Cristo (...) no van directamente dirigidas a los causantes del mal que padecen los pobres. Lo que se condena es el pecado de omisión, el desinterés ante los necesitados de ayuda (...). Ignorando al pobre que sufre hambre, que está desnudo, oprimido, explotado o despreciado, es al mismo Cristo al que se desatiende y abandona".
En la hora del juicio se revela el tesoro escondido en las relaciones personales tejidas o no con los indigentes. Ellas constituyen una auténtica relación con el Señor: El Hijo del Hombre es amado, de una manera concreta y real, aunque misteriosa, en cada uno de los necesitados; al Rey, hermano de los últimos, se hace aquello que se hace a los últimos de sus hermanos.
El evangelista resalta el primado de la salvación -sólo del reino se dice que ha sido preparado para los benditos del Padre desde la creación del mundo- y la libertad del hombre, que dejándose seducir ha convertido en su lugar propio lo que sólo había sido preparado para el diablo y sus ángeles (v. 41).
La reacción de sorpresa de los justos y de los rechazados pone de relieve la gratuidad del servicio. El texto no dice que hayan olvidado lo que han hecho, sino que ignoran haberlo hecho al mismo Hijo del Hombre. El sentido pleno de sus actos no se les revela más que en la última hora. Al mismo tiempo resalta que ellos les prestaron su ayuda exclusivamente por su condición de necesitados, al margen de las disposiciones subjetivas que estos pudieran tener. De esta manera, el texto invita a amar al otro por sí mismo, porque es persona y por que es último. Los pequeños no son servidos para servir en ellos servir Señor. ¡No! Son servidos por su situación de indigencia, sin que esta ayuda aparezca ordenada a ningún otro fin.
Esta identificación con los pobres que anuncia Jesús "tiene algo de paradójico que solamente puede ser captado en la fe". Reconocer a Cristo sufriente y muriente en los propios necesitados es obvio. Pero que el Hijo del Hombre -Rey sentado sobre el trono de su gloria- se identifique con los necesitados sigue siendo la sorpresa de la hora del juicio, incluso para los que lo saben. ¡Cristo el Hijo del Hombre glorioso, el Pastor, Rey y Señor, escandalosamente identificado con el indigente! "En los necesitados aparece la gloria de Cristo"
El discurso escatológico de Mateo (24-25) anuncia insistentemente la espera del Rey-juez escatológico (cf Mt 24,30s.) y exhorta, de una manera cada vez más apremiante, a la vigilancia fiel y responsable en el intervalo de esa espera. El criterio del juicio final concreta en qué consiste esperar vigilantes el retorno del Señor (Mt 24,32-25,30), "La vigilancia del discípulo encuentra su fin preciso y el espacio real en el que demostrarse: el servicio de amor a los «más pequeños hermanos del Rey». La Iglesia encuentra y va al encuentro del Hijo del Hombre en la práctica del amor radical, como el Señor lo ha vivido y enseñado".
De esta manera, el texto evangélico "se convierte en un imperativo apremiante dirigido a la comunidad para que practique la misericordia. La fe no está dispensada. Más aún, ella prueba su impotencia en la misericordia negada."
"Lo que decide el destino eterno es la actitud para con Cristo. Pero esta actitud se realiza en el mundo, sirviendo al hermano en su necesidad. La verdad viva de la Fe es el Amor a Jesús en cuanto toma cuerpo y se expresa en estas buenas obras."
Cuanta razón tiene el Papa al afirmar que Mt 25" no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo"(NMI 49). La escena del juicio final invita, ante todo, a contemplar a Cristo. Pocas páginas del evangelio concentran tantos títulos y funciones en la persona de Jesús: El Juez escatológico es el Hijo del Hombre en su Parusía, el Rey (v. 34) que actúa como Pastor (v 32s.) y se presenta como Hijo del Padre (v. 34) y Hermano de los necesitados (v. 40), a quien los enjuiciados le llaman Señor (v. 37.44). Un Señor que se identifica con los pobres e indigentes, sus hermanos, y espera ser servido en ellos.

3. LA FUERZA EVANGELIZADORA DE LA CARIDAD

"A partir de la comunión intraeclesial, la caridad se abre por su naturaleza al servicio universal, proyectándonos hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano." (NMI 49)
Con estas palabras lúcidas se abre el apartado «Apostar por la Caridad», del capítulo IV de la NMI: Testigos del Amor. No podía ser de otra manera: la experiencia de comunión, por su misma naturaleza, es efusiva, tiende a transmitirse, nos pone en disposición de amar.

1. Caridad y Evangelización

0.0.1. La Caridad, centro de la Evangelización
Presentando el centro de la nueva evangelización, Juan Pablo II afirma:
"¡El hombre es amado por Dios! Este es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre. La palabra y la vida de cada cristiano pueden y deben hacer resonar este anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti: para ti Cristo es «el Camino, la Verdad y la Vida!» (Jn 14,6)" (ChFL 34).
Estas palabras no son más que una explicitación coherente del testimonio apostólico:
"Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre ha enviado a su Hijo, como Salvador del mundo. Y nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es Amor: y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él"(1 Jn 4,14.16).
Juan expresa con esta afirmación, de la manera más lúcida y precisa, cual es el objeto de la fe: el Dios de Jesucristo que es Amor y se revela, y la manera de vincularse vitalmente a él. El objeto de la fe cristiana es Dios en cuanto que se revela Amor; el acto de fe del cristiano es, en consecuencia, ese mismo amor participado, como respuesta a Dios que se revela y, en él, a los hermanos.

La caridad camino privilegiado para la evangelización

0.0.2. La credibilidad vinculada al testimonio de la caridad
Sólo es creíble una Iglesia que vive, o mejor, que intenta vivir el mandamiento nuevo de Cristo: "En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros»" (Jn 13,35). Jesús pide al Padre la gracia de la unidad no solo como realización, ya en la historia, del misterio más profundo de la Iglesia, sino también como signo y testimonio de la verdad de su misión: "que todos sean uno (...) para que el mundo crea que tú me has enviado (...) yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí" (Jn 17,21.23).
La comunidad, por la unidad que la caracteriza, se convierte en el signo del amor del Padre, en signo de la realidad misma de Dios Comunión. La palabra, ciertamente, sigue siendo indispensable, pero esa es, como para Jesús mismo en el cuarto evangelio, esencialmente revelación del misterio que habita en aquel que la pronuncia. Algo que sintoniza especialmente con la sensibilidad actual.
El hombre de hoy está deseoso de autenticidad y de gestos concretos, siente más fuertemente la exigencia de ver que la de escuchar, y verificar en lo vivido la autenticidad de las cosas escuchadas. Hoy se aprecia más a los testigos que a los maestros.
"La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio. (...) Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva" (EN 21).
Esto vale para todos, pero principalmente para las personas pobres y sencillas, que a lo largo de su vida han acumulado tantas experiencias de desilusiones y de frustraciones.
b) El servicio de la comunidad, signo de credibilidad
Un signo privilegiado de credibilidad de la Iglesia es, precisamente, el testimonio de servicio de los cristianos a los hombres, a imitación de Cristo (Mc 10,45). Es obvio que el primer y más precioso don de caridad que la Iglesia debe hacer a los hombres es el del evangelio (¡Dios te ama!, ¡Dios te perdona!, ¡Dios te salva en Cristo!). Pero no es menos claro que este anuncio se muestra, en cuanto es posible, en la historia. Como Dice Juan Pablo II, "sin esta forma de evangelización, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras." (NMI 50).
c) La caridad anuncio incipiente
La caridad no es solamente condición para el anuncio -dado que la credibilidad es tanto mayor cuanto más coherencia hay entre palabra y obra-, sino que es, en sí misma, anuncio incipiente, evangelio germinal. Si el contenido del anuncio es el acontecimiento de la autocomunicación de Dios Caridad a los hombres, esa autocomunicación parte de la Caridad (Cristo don del Padre, el discípulo don de Cristo al mundo: "Como el Padre me envió, también yo os envío" Jn 20,21) y se consuma en la palabra que ilumina y da sentido al hacer, y que, a su vez, inserta vitalmente en el círculo de la caridad.

La comunión eclesial, fuente de la misión evangelizadora

La contemplación del Rostro de Cristo nos introduce en la experiencia de la comunión trinitaria, que encarna la esencia misma del misterio de la Iglesia: fruto y manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (cf. Rm 5,5), para hacer de todos nosotros «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Una comunión que debe "hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión" (NMI 43).
Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se manifiesta como «sacramento», «signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano» (LG 1). Desde esta experiencia de comunión, el amor cristiano por su propia naturaleza se abre al servicio universal. Un servicio que consiste en amar, de una manera activa y concreta (NMI 49).
La Iglesia es, por gracia, sacramento, icono del misterio de Dios. La Iglesia misma debe dejarse modelar como transparencia de la Caridad trinitaria. Dios Padre, Cristo Resucitado y el Espíritu Santo, se hacen presente a través de la Iglesia, tanto más presente cuanto más se convierte en trasparente icono de su amor.
Esta presencia acontece, sobre todo, en el servicio concreto y gratuito que la Iglesia ofrece a los hombres, especialmente a los más pobres, y en el vivir con coherencia y radicalidad el mandamiento nuevo de Cristo. Pero la caridad es inexaurible, supera su realización eclesial. Esta no sólo debe alimentarse siempre de la fuente, que es Dios-Caridad, sino que también debe ser consciente de que jamás traducirá plenamente y en su totalidad el misterio del Amor, que es Dios mismo.
Caminar desde Cristo, seguirle y dar testimonio de él, y esto de una manera tan significativa que pueda provocar la apertura de los otros al don de la fe, es la gran tarea a la que nos invita Juan pablo II.

Medios privilegiados para la evangelización

Dos medios privilegiados de evangelización nos indica el Papa: La caridad y el testimonio de la pobreza cristiana (NMI 50).

 

El testimonio de la pobreza cristiana

Tengo la impresión de que, en amplios sectores eclesiales, al deseo de seguir a Jesús pobre y ser pobre como él está siendo reemplazado por el tener más para compartir más. Todos nos sentimos concernidos por el mandato misionero de Jesús (Mt 28,18-20), pero no parece tan claro que nos sintamos obligados de la misma manera a realizar la misión con medios pobres, como mandó Jesús a sus discípulos (Mc 6,7-13 par.) y la Iglesia ha hecho tantas veces a lo largo de la historia (cf. Hch 3,6) y en muchos lugares continúa haciendo.
El seguimiento del Señor implica compartir su estilo de vida, su misión y su suerte. Sí, el amor lleva a la identificación, como afirmaba tan lúcidamente Pablo: "estoy crucificado con Cristo" (Gál 2,10-20). No hay seguimiento coherente de Jesús que no lleve a compartir su estilo de vida y, por ello, su pobreza.
La pobreza evangélica no es una llamada dirigida sólo a algunos, sino una vocación que es común a todos los bautizados (IP 124), aunque en su concreción se configure de manera distinta de acuerdo con la vocación específica a la que cada uno es llamado.
En el documento La Iglesia y los pobres, nuestros Obispos describen la pobreza evangélica con cinco rasgos: vivir con sencillez y sobriedad; compartir generosamente con los necesitados; no acumular riquezas que acapara el corazón; trabajar para el propio sustento; confiar en la providencia de Dios Padre (IP 1).
El documento es consciente de lo difícil que resulta concretar esos rasgos en la vida de cada uno, dada la condición humana y la influencia que ejerce la sociedad de consumo. Por eso, nos ofrece unos criterios de discernimiento:
"Todo aquello que en mis circunstancias necesito realmente y puedo adquirirlo fácilmente, debo tenerlo (...). Aquello que teniendo en cuenta la pobreza evangélica veo claramente que no me es indispensable, debo renunciarlo tajantemente. En los casos de duda, que serán los más frecuentes, entre tener o no tener, siempre será mejor y más seguro renunciar para una mayor libertad de corazón" (IP 125).
Pero no basta con esto: "hay que dar gracias a Dios y tener el corazón desprendido". Esta invitación a la acción de gracias y al desprendimiento no es respecto a una posesión indiscriminada de bienes, sino sólo respecto a aquello que «debo tener», a la luz de los criterios de discernimiento mencionados (IP 125).

 

La caridad

El primer medio para la evangelización indicado por el Papa es la caridad, en su dimensión personal y comunitaria (NMI 49).

La Caridad en la vida personal

Ante todo, el cristiano acoge con inmensa alegría y gratitud el amor de Dios, que toma la iniciativa (1 Jn 4,10) y no nos retira nunca su amor (Rom 8,31-39). De la misma manera, los cristianos tenemos que amar primero, sin esperar a que nos amen, sin esperar a que reconozcan lo bueno que somos o el bien que hacemos.
El amor tiene que ser gratuito y universal, para todos, incluidos los enemigos, pero efectivo y con una opción preferencial por los pobres, porque son quienes más lo necesitan. Un amor abnegado, a costa de uno mismo. Lo verdaderamente cristiano no es el acto de dar, sino la actitud de donación de uno mismo. La verdadera Caridad te saca de ti mismo y te acerca al pobre, te hace descender y ponerte a su altura, lo cual no se hace sin sacrificio; te lleva a compartir la pobreza y el sufrimiento, a interiorizarlo.
Un amor que te empuja a combatir las causas de la pobreza y del sufrimiento, para erradicarlo, lo que puede conllevar riesgo, persecución, incluso muerte.

La Caridad en la vida de la comunidad

Vivir la caridad es asunto, también, de todos los cristianos, de la comunidad en su conjunto.
La Iglesia es cuerpo visible del Señor (1 Cor 12,12-27), Sacramento Universal de Salvación (LG, cap. I y nº 48; GS 45), presencia visible del Señor: Misterio, comunión y misión. Y como tal, la Iglesia "manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre" (GS 45; cf. LG 48), como "comunidad de fe, esperanza y caridad" (LG 8), como realidad visible que "abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren, la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo" (LG 8).
La comunidad cristiana, por ser sacramento, tiene que hacer inequívocamente visible lo que es Jesús, su Señor. A través de ella el Señor continúa su presencia evangelizadora en la historia (LG 9).
Como Jesús, la Iglesia "existe para evangelizar (...). Evangelizar constituye (...) la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda." (EN 14). De ahí, que desde sus orígenes, haya evangelizado organizando la misión de enseñar, la liturgia como celebración de la salvación ya iniciada y el servicio a los pobres. Mediante estas tres acciones se edifica la Iglesia, "comunidad de fe, liturgia y amor" (cf. AG 19). Y ello como tres aspectos de una única realidad: la presencia misteriosa del Señor.
La Iglesia sólo da un testimonio auténtico en la medida en que realiza y hace participar a todos los miembros de la comunidad -de una u otra manera- en estas tres acciones fundamentales. La Caridad tiene que se anunciada, celebrada y testimoniada mediante el servicio, especialmente a los más pobres.

El compromiso con los pobres

Desde el punto de vista social la pobreza no es un hecho inevitable. Disponemos de tecnología y de recursos suficientes para que nadie sea excluido de los medios de vida básicos. El problema actual no se sitúa, por tanto, en el ámbito de los medios. Los principales obstáculos para erradicar la pobreza no son técnicos, sino políticos y éticos. Esto hace que la pobreza, en este contexto de abundancia, sea una injusticia social excluyente.
Como afirma Juan Pablo II, la pobreza no es fruto de la fatalidad sino de la voluntad del hombre que aprueba una leyes injustas que benefician a los más poderosos y hunden en la pobreza a los más débiles y desvalidos (SRS 9). La pobreza se debe a ciertos mecanismos de la economía y del comercio internacionales, a estructuras injustas que “funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros” (SRS 16).
En España, como en el mundo occidental en general, “la política económica de libre mercado..., por medio de los mecanismos económicos, financieros y sociales que la sustentan, tiende a primar las leyes automáticas del mercado, el juego de la competencia, la economía de la oferta, el dominio del más fuerte y el desplazamiento y hundimiento de los más débiles (cf. CA 35, 40, 42, 43). La pobreza y sus factores no se pueden comprender independientemente de esta estructura socioeconómica de referencia, a la que hay que añadir además la insolidaridad social y los individualismos egoístas” (IP 37).
Juan Pablo II, con mirada de fe, llama a esta situación económica “estructura de pecado”, fruto de la injusticia y del “afán de ganancia exclusiva y la sed de poder a cualquier precio” (SRS 36 y 37).
Viendo las causas de la pobreza, el compromiso sociocaritativo de la Iglesia no puede limitarse a paliar las consecuencias de la injusticia sino que, ante todo, tiene que contribuir a transformar nuestra organización social, para que ésta sea accesible a los más desfavorecidos y deje de excluirlos. Por ello, la opción por los pobres se tiene que traducir necesariamente en la construcción de un mundo más justo, en lucha por la justicia, y no sólo en solidaridad con los excluidos.

Construcción de una sociedad más justa

El compromiso en favor de la justicia ha de comenzar, necesariamente, por actuar en justicia. Pero no basta con ello:
"Los cristianos, cada uno según su vocación, condición y circunstancias, debemos estar interesados y preocupados por la injusticia que produce tanta pobreza y miseria entre los hombres, y hacer todo lo que podamos para promover la justicia en el mundo.
Salvo el pecado, no existe ningún campo ni actividad alguna en la que el cristiano no pueda y deba incorporarse para luchar a favor de la justicia siempre que se trate de medios compatibles con el Evangelio: sindicatos y partidos políticos, asociaciones de vecinos, y asociaciones no gubernamentales en pro de los derechos humanos, la paz, la ecología, de la defensa de los consumidores, etc." (IP 50).
En tanto llega un orden social más justo, al que los cristianos hemos de contribuir con un compromiso inequívoco, la Iglesia, y cada uno de sus hijos, no pueden permanecer como perros mudos ante tanta injusticia con la que se conculca los derechos más elementales de la persona y de los pueblos.
La acción profética de la comunidad cristiana (LG 12; IP 51-54), que anuncia y propicia la intervención salvadora de Dios, busca defender al inocente y convertir al culpable. Motivada por el amor a todos los hombres, especialmente al pobre, abarca dos aspectos fundamentales: el anuncio, promotor de futuro y creador de esperanza, pregonando ideales que puedan convertirse en realidad, y la denuncia de la injusticia (cf. SRS 41, IP 46).

Impulsar la vocación específica de los laicos

De todos es conocido cómo se ha revalorizado el papel de los laicos, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, y el protagonismo que éstos van adquiriendo al interior de la comunidad cristiana, como corresponsables de la misma. Algo que a todos los creyentes nos tiene que alegrar. Pero nadie ignora que ese mayor protagonismo y conciencia del laicado se ha volcado, sobre todo, en tareas intraeclesiales, fundamentalmente catequéticas. Es claro que también ahí el laico tiene su lugar (cf. CLM 19-42), pero no podemos ignorar, como afirma la Constitución Lumen gentium, y nos recuerda reiteradamente el reciente magisterio episcopal, que
"los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. (...) A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que estas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor" (LG 31).
La común dignidad bautismal asume en el seglar una modalidad que lo distingue, y que el Concilio Vaticano II califica de «índole secular». El carácter secular es propio y peculiar de los laicos, ya que lo específico de su estado es vivir en medio del mundo y de los asuntos temporales a manera de fermento (AA 2).
La vocación específica del laico consiste en contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y manifestando a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con la hondura de su fe, esperanza y caridad (ChFL 15).
El lugar propio y específico del laico, aquél en el que nadie le puede reemplazar es la vida pública, el compromiso social y político, la presencia en los ámbitos de la familia, del trabajo y de la cultura. Los laicos están llamados particularmente "a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos"(LG 33). Este
"apostolado en el medio social, es decir, el afán por llenar de espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que uno vive, es hasta tal punto deber y carga de los seglares que nunca podrá realizarse convenientemente por los demás. En el campo del trabajo, de la profesión, del estudio, de la vecindad, del descanso o de la convivencia, son los seglares los más aptos para ayudar a sus hermanos" (AA 13; cf. IP 50).
Sin un compromiso decidido en favor de la justicia, desde los ámbitos donde se fragua y configura la cultura, el orden social y el orden económico, la lucha por la justicia y la liberación de los pobres difícilmente podrán pasar de pequeños gestos simbólicos y de acciones paliativas. Es necesario un laicado adulto y corresponsable, que estando presente en el tejido social, como la levadura en la masa (cf. CLM 43-52), promueva un nuevo orden social, más justo y solidario, donde puedan recuperar su palabra y sus posibilidades de realización los pobres.
El repliegue intraeclesial y la separación entre fe y vida, son dos tentaciones fuertes, como nos advierte Juan Pablo II, en su exhortación postsinodal:
"El Sínodo ha notado que el camino postconciliar de los fieles laicos no ha estado exento de dificultades y peligros. En particular, se pueden recordar dos tentaciones a la que no siempre han sabido sustraerse: la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas"(ChFL 2).
Una advertencia que nos ha reiterado el mismo Juan Pablo II:
"Esta vertiente ético-social se propone como una dimensión imprescindible del testimonio cristiano. Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad, ni con la lógica de la Encarnación y, en definitiva, con la misma tensión escatológica del cristianismo. Si esta última nos hace conscientes del carácter relativo de la historia, no nos exime en ningún modo del deber de construirla. Es muy actual a este respecto la enseñanza del Concilio Vaticano II: «El mensaje cristiano, no aparta los hombres de la tarea de la construcción el mundo, ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber»" (NMI 52).
La concentración de los laicos en tareas intraeclesiales, motivada por la necesidad de su presencia en esas tareas y, sobre todo, por la dificultad que entraña el compromiso en la vida pública y el desprestigio en que parece haber caído muchas de las estructura a través de las cuales se ha desarrollado históricamente, hace más urgente y necesaria una acción pastoral que impulse decididamente el compromiso social y político de los cristianos (EN 70). Educar y dar cauce a este laicado, a través de movimientos e iniciativas adecuadas, debe convertirse en una de las tareas básicas y urgentes de la actividad pastoral de nuestras Iglesias.
Juan Pablo II nos ha recordado reiteradamente la necesidad de descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos (NMI 46) y la urgencia que tenemos de suscitarla y alentarla (IE 41).
Educar y dar cauce a este laicado, a través de movimientos e iniciativas adecuadas, es una responsabilidad que atañe muy directamente a los pastores y que debe convertirse en una de las tareas básicas y urgentes de la actividad pastoral de nuestras Iglesias.
"Para ello se necesitan programas pedagógicos, que capaciten a los fieles laicos a proyectar la fe sobre las realidades temporales. Tales programas, basados en un aprendizaje serio de vida eclesial, particularmente en el estudio de la doctrina social, han de proporcionarles no solamente doctrina y estímulo, sino también una orientación espiritual adecuada que anime el compromiso vivido como auténtico camino de santidad" (IE 41).

El servicio a los pobres

La verdadera caridad eclesial se interesa "por el hombre completo y por su completo bien: corporal y espiritual, material y cultural, individual y social, temporal y trascendente, terreno y celestial". Esta unidad global "abarca tanto la ayuda individual frente a una situación de necesidad urgente como la promoción social y la lucha por la reforma o cambio de las estructuras injustas" (IP 112).
De este aspecto nos ocuparemos con más extensión en nuestra segunda exposición.

4. CONCLUSIÓN

El centro de la evangelización es la Caridad, que es Dios mismo. Un Dios que nos ha amado hasta el extremo de hacerse uno de nosotros, de dar su vida para hacernos hijos, hijos en el Hijo y hermanos unos de otros. Este anuncio gozoso, hacer descubrir y gozar de esta experiencia del amor de Dios constituye el contenido fundamental de toda acción evangelizadora.
Pero la caridad es, al mismo tiempo, el mejor camino para un testimonio evangelizador, ella misma es evangelizadora, no sólo porque provoca la apertura de los otros al evangelio -aspecto misionero de la caridad- sino porque al margen de ella es imposible el conocimiento auténtico de Jesucristo: La identificación de Cristo con los empobrecidos es una página de Cristología, que sólo podemos aprender en el ejercicio mismo de la caridad, del amor concreto y comprometido con los empobrecidos, en el que el Señor glorioso se hace presente.
En este camino evangelizador es claro que los dos medios principales con los que contamos son vivir la pobreza evangélica, en el ámbito personal y comunitario, y el servicio a los pobres. Este necesariamente no sólo pude ocuparse de las víctimas, sino que tiene que realizarse en la búsqueda de una nueva sociedad, en la que nadie sea excluido, en la que los pobres encuentren su lugar, recuperen la palabra y alcancen su liberación. Es por tanto imprescindible un laicado adulto y comprometido desde los distintos ámbitos de la vida pública, que contribuyan decididamente al camio social.

 


Ponencia 2:

HACIA UNA PASTORAL SOCIO-CARITATIVA MÁS EVANGELIZADORA


I. INTRODUCCIÓN

En este segundo momento de nuestra reflexión, nos ocupamos de sacar algunas de las consecuencias de lo que ha sido el objeto de la reflexión de esta mañana. En un primer momento intentaremos ver las tentaciones que acechan a la pastoral sociocaritativa para, después, a partir de los criterios de actuación en la pastoral sociocaritativa de la Iglesia, señalar algunos puntos de referencia que son imprescindibles a la hora de impulsar una pastoral sociocaritativa evangelizadora. Esto lo haremos desde la perspectiva del sujeto de la acción sociocaritativa, de los destinatarios y de los programas y obras sociocaritativas. Al abordar la cuestión de los agentes de esta acción pastoral, me ocupare del tema del voluntariado de matriz cristiana.

II. TENTACIONES DE LA PASTORAL SOCIO-CARITATIVA

1. El Asistencialismo

La acción caritativa y social ha sufrido frecuentemente la tentación de reducir su intervención al mero asistencialismo, dando una falsa imagen de la caridad:
"Lamentablemente, todavía se constatan en la acción caritativa y social actitudes y actuaciones de talante evasionista, falsamente espritualista y alienante, sin incidencia ni implicación en los problemas de fondo que afectan a los necesitados; paternalismos que no promocionan a los pobres, sino que los mantienen en una actitud pasiva y de dependencia de sus bienhechores, así como tampoco faltan ciertas caricaturas de una falsa caridad que con frecuencia tienen más de vanidad social que de auténtica entrega personal y de solidaridad real con los necesitados, algo por lo demás, que desgraciadamente también se sigue dando en organismos públicos y privados no confesionales" (IP 112s).
Pero más recientemente, como fruto del proceso de secularización vivido en el ámbito de la sociedad y en el interior mismo de la Iglesia, otras tentaciones nos acechan:

Onegeizar las instituciones socio-caritativas

La primera es convertir las instituciones sociocaritativas en meras ONGs dedicadas a la prestación de servicios sociales.
El mismo Juan Pablo II advierte de este primer riesgo cuando pide a los laicos que no cedan nunca a la tentación de reducir las comunidades cristianas a agencias sociales (NMI 52).
En el mismo sentido se ha pronunciado recientemente el Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco cuando, en la relación de la II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, afirma que "sería necesario atender a que las labores de voluntariado y sobre todo las organizaciones eclesiales de caridad no acaben por convertirse en unas organizaciones no gubernamentales más, cuya identidad y criterios de actuación queden desdibujados o se esfumen en la pura actividad humanitaria".
También el Plan Pastoral 2002-2005 de la Conferencia Episcopal Española nos advierte del riesgo de que la caridad cristiana quede reducida a un humanismo filantrópico y, citando la NMI, reduciendo las comunidades cristianas en agencias sociales.
Parece claro que existe el riesgo de convertirse en una gestora eficiente y barata de los servicios sociales, que contribuya a la desresponsabilización de las administraciones públicas y a la disminución del “Estado del Bienestar”.

Reducir la acción sociocaritativa al voluntariado social.

Otra tentación que acecha es la de reducir la comprensión del voluntariado cristiano, en aras de la convergencia e incluso de la coincidencia con otros voluntariados que no son de matriz cristiana. No es infrecuente que «lo cristiano del voluntariado» quede reducido al campo de las motivaciones, como parece expresar la siguiente afirmación: "Participando plenamente de las aspiraciones comunes a todo el Voluntariado, los voluntarios cristianos tienen una característica especial, que no significa diferencia alguna en cuanto a los objetivos de la acción sino que radica en las motivaciones."
Pero la fe no se reduce al campo motivacional. Ésta afecta también al fin de la acción voluntaria -que para el cristiano no puede ser otro, en el fondo, que la evangelización- y al estilo con que se realiza. En última instancia la acción voluntaria del cristiano está llamada a ser al testimonio de una vida que refleja el amor de Dios.

Olvidar la dimensión evangelizadora de la pastoral sociocaritativa.

Una tercera tentación es la de ver la acción sociocaritativa como mera suplencia ante la incapacidad de las instituciones públicas para asumir sus responsabilidades (IP 110), o la realización de la misma al margen de la actividad evangelizadora. No son pocos los cristianos que no terminan de asumir que la pastoral sociocaritativa es parte constitutiva de una pastoral evangelizadora.
Hoy pocos niegan que las instituciones de la Iglesia están al servicio de la evangelización, pero esta unanimidad se debilita cuando se trata de ver la contribución específica que tiene que hacer Cáritas y las demás instituciones de pastoral caritativa a la misma. Por un lado está la opinión mayoritaria de quienes sostienen que la contribución de estas instituciones a la evangelización es implícita. Lo propio y suficiente es la acción caritativa y social que es ya de por sí elemento de la evangelización. Por otra parte, la de quienes defienden que, puesto que sin un anuncio explícito no hay verdadera evangelización, también estas instituciones deben hacerlo desde el respeto más exquisito a las personas empobrecidas a las que sirve.
En este sentido resulta iluminadora la respuesta de Pedro al tullido que le pide ayuda a la puerta del templo (Hch 3,6). Si a algo tienen derecho los empobrecidos es a que les llegue el gozo del evangelio a través de nuestras acciones y, cuando sea conveniente, de nuestras palabras. De esta tarea no puede estar «sistemáticamente ausente» la acción sociocaritativa de los cristianos y de la Iglesia como tal.
Estas tentaciones, que pueden llegar a convertirse en un auténtico riesgo, parece alimentarse inconscientemente desde dos ámbitos: sobre todo, desde la propias instituciones de acción caritativa y social, que no llegan a hacer vida una adecuada compresión de su propia identidad y de lo que ésta implica, especialmente a la hora de la captación de recursos y del diálogo con otras entidades sociales. A ello hay que unir lo difícil que resulta hacer entender a las instituciones públicas y privadas lo que entraña la dimensión eclesial de las instituciones sociocaritativas. Esta no adecuada comprensión de lo más específico nuestro hace que, con frecuencia, se nos invite a colaboraciones y respuestas que alimentan las tentaciones que acabamos de mencionar.

III. CRITERIOS DE ACTUACIÓN EN LA ACTIVIDAD CARITATIVO-SOCIAL DE LA IGLESIA (IP 106-119)

En el Documento la Iglesia y los Pobres, la comisión Episcopal de Pastoral Social indica cuatro criterios claros que debe caracterizar toda acción socio-caritativa para que pueda ser considera parte de la actividad caritativosocial de la Iglesia.

1. Pertenece esencialmente a la constitución de la Iglesia
La actividad caritativo-social pertenece esencialmente a la constitución de la Iglesia, es algo que brota de su mismo ser, habitada y movida por el Espíritu Santo para continuar la presencia y la obra de Cristo en el mundo. La acción caritativo social obra de manera cuasi-sacramental, en cuanto parte integrante de la acción pastoral de la Iglesia.
En la vida del Señor se unen palabra y obra. Ello implica que la acción caritativa y social debe integrarse plenamente en la pastoral de la Iglesia (IP 110s.).

2. Sus dimensiones: lucha por la justicia, promoción social y asistencia personal.
La acción caritativo social tiene una dimensión de lucha por la justicia, sin olvidar la promoción social y la asistencia personal. La verdadera caridad es integradora y se interesa por el hombre completo: abarca tanto la ayuda individual, frente a una situación de necesidad urgente, como la promoción social y la lucha por la reforma o cambio de las estructuras injustas.
Esto no impide que, en ocasiones, ciertos grupos, instituciones o actuaciones se dediquen especialmente, de manera ocasional o habitual, a algunos aspectos parciales y problemas especiales, pero siempre en relación y comunión con el conjunto de la actuación eclesial (IP 112s.).

3. Se integra de manera visible y significativa en la sociedad.
La acción caritativa y social debe estar integrada de manera visible y significativa en la sociedad. En el marco de un Estado de derecho y no confesional, la Iglesia debe hacer presente de manera pública y notoria, en un clima de diálogo, respeto y colaboración con todos, el mensaje del Evangelio, del que forma parte la acción socio-caritativa. Con ello también colabora al bien común de la sociedad, al tiempo que contribuye a crear un tejido social que vaya facilitando el paso de la democracia formal hacia la democracia real (IP 114-116).

4. Debe ser católica y ecuménica
La acción socio-caritativa de la Iglesia tiene que tener una dimensión universal: Como católicos no podemos reducirnos a los problemas de «nuestro campanario», a las necesidades parroquiales o diocesanas, autonómicas o estatales, sino que hay que buscar la solidaridad y colaboración con toda la Iglesia, volcando la ayuda donde haya más necesidades, especialmente en el Tercer Mundo.
La acción caritativa y social debe ser ecuménica; es decir, en colaboración con los cristianos de otras confesiones, con los creyentes de otras religiones y con todos los hombres de buena voluntad (IP 117-119).

IV. PUNTOS DE REFERENCIA PARA UNA PASTORAL SOCIO-CARITATIVA EVANGELIZADORA

A la vista de lo que llevamos dicho, parece claro que una pastoral sociocaritativa que quiera ser coherente con su dimensión evangelizadora tiene que tener en cuenta tres elementos, al menos, a la hora de su realización concreta: el sujeto de la acción socio-caritativa, sus destinatarios y la misma acción que realiza.

1. La Iglesia, sujeto de la pastoral socio-caritativa
La misión de evangelizar ha sido confiada por el Señor a su Iglesia. De la misma manera, el sujeto de la acción sociocaritativa, como parte de la evangelización, es la comunidad cristiana en su totalidad. De ahí que la pastoral sociocaritativa tenga que ser radicalmente eclesial.

1.20676. Eclesialidad de la Pastoral Sociocaritativa
La acción sociocaritativa tiene que nacer en el seno de la Iglesia y tiene que realizarse en comunión con las instituciones que la realizan, si quiere mantener su carácter eclesial. Es más, tiene que realizarse como una dimensión de la acción pastoral y, por tanto, estrechamente vinculada a la misma, a sus gestos (vida comunitaria y liturgia) y a su palabras (catequesis...).

1.20677. Servidora de la responsabilidad de la comunidad y de sus miembros
La actividad de las instituciones de pastoral social y caritativa tiene que realizarse de tal manera que no contribuya a que el resto de la comunidad cristiana se desentienda de su responsabilidad con respecto al mundo de la marginación y de la pobreza. No puede sustituirles. Al contrario, tiene que facilitar el que todos y cada uno de los cristianos puedan asumir esta responsabilidad y ejercitarla de la manera más eficiente posible.
Para ello es necesario cuidar y fortalecer todos los elementos de comunión, coordinación y corresponsabilidad que tiene la comunidad cristiana en este campo.
Además, de esa dimensión comunitaria, hay que ayudar que los creyentes individualmente considerados puedan descubrir y fortalecer su compromiso personal.
Finalmente, es necesario cuidar la acogida y el acompañamiento de las personas que colaboran en nuestra acción socio-caritativa y que no comparten el don de la fe, de manera que la colaboración que prestan pueda convertirse para ellos en ocasión de conocimiento de la Iglesia y de una posible llamada a la fe.

1.20678. Imagen de Jesús que vino a servir
El carácter sacramental de la Iglesia exige que la pastoral socio-caritativa pueda ser percibida como imagen de Jesús “que vino a servir”, lo que implica fundamentalmente dos cosas: Que las acciones y las obras sociocaritativas sean significativas y que estas se realicen desde una cercanía afectiva y efectiva al mundo de la pobreza y de la marginación.
Cuando hablamos de significatividad nos referimos a que nuestras acciones y obras no sean fruto del hacer por hacer, sino que, en lo que de nosotros dependa, puedan ser percibidas como signo de la Caridad, que es Dios, porque estén arraigadas en el seguimiento de Jesucristo, testimonien la siembra de los valores del Reino, estén basadas en el compartir e insertas en un proyecto de educación en la solidaridad y la justicia. Y todo ello con el uso de unos medios adecuados a la dignidad de las personas a las que servimos y, al mismo tiempo, que puedan ser percibidos como expresión de una Iglesia que está llamada a ser pobre y de los pobres.

1.20679. Propiciadora de la evangelización
La evangelización es el objetivo último de toda acción pastoral. Nuestras obras y acciones sociocaritativas podrán contribuir tanto más a la evangelización cuanto más encarnen las siguientes características:
1) Que ayude a abrir los ojos. Y esto en una doble dirección. Por un lado, que contribuya a hacer ver la pobreza y sus causas. Se trata de propiciar una visión de la pobreza compartida, apasionada, vigilante, esperanzada, universal.
Por otro lado, tiene que ayudar a que todos los miembros de la comunidad cristiana puedan dase cuenta de que la pastoral de la Caridad es parte constitutiva de la acción evangelizadora.
2) Que facilite que los cristianos puedan avanzar en un compromiso concreto con los empobrecidos. Para ello será necesario ofrecer iniciativas que lo faciliten, de manera que la preocupación por los pobres no se quede sólo en palabras, sino que se traduzca en acciones concretas.
3) Que contribuya a la evangelización de la comunidad cristiana. En primer lugar, propiciando un estilo de vida más en consonancia con la pobreza evangélica y el amor a los pobres. La Pastoral de la caridad tiene que ayudar a mantener vivo y acrecentar el amor de la comunidad y de sus miembros a la pobreza evangélica y a los pobres (IP 120-154), procurando que este amor no se quede en palabras, sino que actúe como elemento configurador de la comunidad y de cada uno de sus miembros. Para ello parece necesario que la Iglesia mantenga una organización sencilla y sobria, fácilmente accesible a los pobres; que ella misma tenga un estilo de vida pobre y que en su acción utilice medios pobres. Finalmente su orientación, su dedicación y planificación debe de estar orientada principalmente por su misión de servicio hacia los pobres (cf. IP 25-27).
En segundo lugar, la pastoral de la caridad debería contribuir a que la Iglesia pueda ser cada día más una comunidad en la que los empobrecidos puedan sentirse en su propia casa (NMI 50).
Finalmente, la acción social y caritativa tendría que poder ser percibida como buena noticia por los más desfavorecidos.
Todo ello parece hacer necesario que esta pastoral tenga unos cauces organizativos lo más simplificados posible, tanto más simples cuanto más se acercan a la estructura pastoral parroquial. Es imposible, más aún, ni siquiera parece conveniente que cada parroquia, arciprestazgo, etc. reproduzca la estructura especializada que necesariamente tiene que existir en la diócesis. En la medida en que nos acercamos a realidades más pequeñas, el servicio tiene que ofrecerse de la forma más simplificada y cercana posible.
Por otro lado, este planteamiento evangelizador hace necesario que al frente de las instituciones pastorales sociocaritativas haya personas con conocimiento, experiencia y talante pastoral, y no simples gestores. Es verdad que las obras sociocaritativas por pequeñas que sean necesitan de una gestión eficaz y moderna; es verdad que el volumen económico que van adquiriendo estos organismos pastorales y su relación con la financiación externa cada vez requieren una mejor gestión económica que, por otra parte, es compleja. Igual puede decirse en el campo del personal contratado. Pero la dimensión de gestión debe estar siempre subordinada a la dimensión pastoral y por tanto, su presencia debe situarse en el ámbito de las colaboraciones imprescindibles, siempre supeditadas a las decisiones pastorales.

2. En función de los destinatarios de la Pastoral socio-caritativa
A nuestro juicio, la acción sociocaritativa tiene tres destinatarios fundamentales: los empobrecidos, la sociedad civil y la misma comunidad cristiana.

2.1. Los empobrecidos
Nuestro servicio a los empobrecidos podrá contribuir tanto más a la evangelización cuanto mejor pueda hacer suyos los siguientes rasgos:

20686) Acogida y acompañamiento
Ante todo es necesario acogerlos como Dios los acoge y mirarlos como Dios los mira: por lo que son y no solamente por sus carencias.
"Es la hora de un nueva «imaginación de la caridad», que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno" (NMI 50)

20687) Amarlos como Jesús los ama
Estamos llamados a amar con el amor que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones, a encarnar el amor de Cristo en el servicio concreto a los pobres.
La novedad del amor de Jesús está en que antepone los intereses de sus hermanos a los propios (Rom 5,6-8). Este es el amor que debe desarrollar en el hoy de la historia una Iglesia evangelizadora: Anteponer los verdaderos intereses de los pobres a los suyos.
Jesús no amó a distancia, sino que pasó del lado de los pobres. Vivió una amistad real con los pobres, mantuvo relaciones de una auténtica convivialidad con los excluidos.
Por otra parte, Jesús defendió siempre la dignidad del pobre. Ante la adúltera, pone de manifiesto la hipocresía de sus acusadores y le da una nueva oportunidad.
Jesús no se limitó a hacer cosas en favor de los pobres. Tampoco resolvió todos sus problemas. El amor no elimina la responsabilidad de los indigentes, sino que les da la posibilidad de llevarla a cabo. El amor no suplanta la responsabilidad de nadie. El amor ni desconfía ni se cansa de dar nuevas oportunidades.
El amor es com-pasivo, es decir, comparte el sufrimiento de los otros. Sólo el Hijo podía cargar con nuestros pecados y dolencias, pero todos podemos ser solidarios con las dolencias y aún los pecados de la humanidad, incluidos los de los pobres. Este punto es capital para vivir una auténtica solidaridad y comunión con los últimos. Cuando falta el sentido de la auténtica com-pasión, caemos en la solidaridad de los ricos con los pobres. Pero la misión de la Iglesia evangelizadora debe desarrollar la solidaridad de la comunión, desarrollando la reciprocidad del amor.

20688) Confiar en el pobre
En el servicio a los pobres, constatamos hasta qué punto tiende a instalarse en nosotros una cierta desconfianza. Tenemos miedo a que nos engañen. La confianza en el pobre, tal como podemos descubrirla en la práctica de Jesús, tiene los siguientes rasgos:
1) Confiar es acoger al otro como persona, más allá de la necesidad que nos presente; es también tener la serenidad y el coraje de entablar un verdadero diálogo con quien llama a nuestra puerta. La limosna o la ayuda para quitarnos a alguien de encima o para tranquilizar nuestra conciencia es un síntoma de desconfianza.
2) Confiar en el pobre es considerarlo sujeto y no mero objeto de nuestra generosidad. Jesús no se limita a curar al paralítico, le perdona los pecados y le invita a caminar. La miseria puede arruinar una personalidad, pero la confianza nos permite creer en los resortes depositados por Dios en toda persona, en particular en los pobres.
3) La confianza en el pobre es, en última instancia, fe en la verdad más revolucionaria y más gozosa de la historia, anunciada por Jesús: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito (Lc 10,21).
La comunidad eclesial ha tenido siempre la tentación de menospreciar la capacidad del pobre para acoger el don de la fe, como lo muestra bien la carta de Santiago (Sant 2,5s.). Una Iglesia evangelizadora está llamada a redescubrir el designio de Dios sobre los pobres y actuar en consecuencia. La Iglesia evangelizadora no sería fiel a su misión y a su identidad más profunda si en su relación con los pobres se limitara a desarrollar un compromiso asistencial o ético.

20689) Servir la esperanza de los pobres
Servir la esperanzas de los pobres y sus posibilidades. Es necesario aprender a descubrir esta esperanza a través de sus expectativas. Pero al mismo tiempo, la esperanza proveniente de Dios trasciende el tiempo y el espacio, nuestra esperanza en Cristo no es sólo para esta vida (1 Cor 15,19), y hemos de comunicársela.
Los que se acercaban a Jesús eran hombres y mujeres marcados por el sufrimiento. Acudían con sus expectativas humanas y muy concretas. A través de ellas demostraban su fe y su esperanza. Jesús respondía a sus esperanzas y consolidaba su fe (Mc 9,23s.; Mt 15,28). Ellos se acercaban a Jesús buscando que les sacase de una necesidad y, sin embargo, les Jesús hablaba de la fe.
Dios ha depositado la esperanza en el corazón de los pobres. La cuestión está en cómo servirla y darla a conocer a los mismos pobres, quienes pueden ignorarla o rechazarla.

20690) Ayudarles a que puedan ser protagonistas de su destino
La pastoral sociocaritativa tiene que plantearse cada vez más no el ser un gesto o una palabra en favor de los empobrecidos, sino cómo ayudarles para que ellos puedan ser protagonistas y tomar la palabra.
Es evidente que la acción de la Iglesia no puede limitarse a la mera asistencia, sino que debe estar encaminada a ayudarles para que sean protagonistas de su propio destino, creando las condiciones que permitan integrarse en una sociedad que tiende a excluirlos. Para ello hay que partir de la situación concreta del que necesita ayuda, por lo que muchas veces será imprescindible la ayuda directa e inmediata. Pero ha de hacerse de tal forma que sea el primer paso que le encamine hacia su promoción social y le facilite su integración (IP 80-105).

2.2. La comunidad cristiana

1) Conocimiento realista de la situación
Es frecuente que en la Iglesia confundamos la realidad que estamos llamados a ser, lo que Dios nos ofrece como don y posibilidad, con lo que de hecho somos y hacemos. Esta confusión, especialmente cuando hablamos, también se da en el campo del compromiso con los pobres. Es claro que cuando hablamos del amor preferencial de la Iglesia por los pobres estamos hablando de lo que Dios nos ofrece y de lo que han vivido y viven tantos cristianos, muchísimas veces en grado heroico. Pero también es cierto que muchos en la comunidad cristiana, por la razón que sea, viven al margen de este compromiso (IP 111). Por ello parece imprescindible un conocimiento realista de la situación de los distintos miembros de la comunidad cristiana en relación con la opción preferencial por los pobres.

1) Contribuir a que la opción preferencial pobres sea realmente asumida
A partir de este análisis, la pastoral de la caridad tendrá que ayudar a desmontar los prejuicios y a remover los obstáculos concretos que impiden que el amor preferencial por los pobres sea un hecho asumido globalmente por la comunidad. Pero no basta con quitar prejuicios y remover obstáculos, es imprescindible abrir cauces, con un sentido pedagógico, que permitan avanzar progresivamente por este camino.

 

Impulsar la comunicación de bienes
Además, es necesario acrecentar la comunicación cristiana de bienes, vinculándola como ha hecho la más genuina tradición de la Iglesia a la celebración de la Eucaristía (1 Cor 16,1-2).

 

Amar la pobreza y vivir pobremente
Es necesario que actividad pastoral ayude a amar la pobreza y a vivir pobremente, en seguimiento de Jesús pobre.

2) Impulsar la vocación específica de los laicos
En cuanto a los agentes de esta acción pastoral se impone la necesidad de impulsar la opción preferencial por los pobres desde la vocación específica de los laicos y reorientar el modo de vivir el voluntariado cristiano.
Del necesario impulso de la vocación específica de los laicos ya n os hemos ocupado en la anterior exposición, pero conviene recordarlo aquí, ya que se trata de una acción imprescindible si se quiere impulsar una pastoral sociocaritativa auténticamente evangelizadora.
Ahora nos ocupamos del tipo de voluntariado que es necesario impulsar, si queremos que la acción sociocaritativa contribuya más decididamente a la evangelización.

3) Impulsar un voluntariado coherente con la fe cristiana
No pretendemos abordar aquí el fenómeno del voluntariado social en toda su riqueza y complejidad, algo que muchos han hecho con singular competencia, sino que nos limitaremos a reflexionar sobre la aportación de la fe al mismo, sobre lo específico del voluntariado social cristiano. Se trata de un aspecto que, a nuestro entender, no se ha abordado sistemáticamente y en toda su amplitud, cosa que tampoco se pretende en este trabajo. Nuestra intención es aportar algunas reflexiones que puedan contribuir al debate acerca del voluntariado de matriz cristiana.

a) La llamada al voluntariado
Ante todo el voluntariado de los cristianos no es algo opcional. La urgencia de la caridad "no está en la dinámica de un voluntariado potestativo o meramente opcional, que podría ser o no ser: es una respuesta ineludible del ser cristiano".
Todo en la vida cristiana es don del Señor y, al mismo tiempo, respuesta a su llamada. También la acción voluntaria de los cristianos tiene que entenderse en clave vocacional. Por eso, el voluntariado cristiano no puede estar constituido, en su núcleo más esencial, por un compromiso personal asumido en función de los propios gustos y capacidades, como respuesta a las necesidades de los otros. No puede ser sólo, ni principalmente, el resultado de plantearse qué me gusta, qué puedo hacer, para qué soy más apto, a dónde me lleva mi grado de compromiso y generosidad. En la vida cristiana, a partir de la aceptación de la fe sólo cabe una pregunta última -¿Señor qué quieres de mí?- y ponerse a la escucha para oír su llamada y dejarse conducir por él.
El voluntariado cristiano es la respuesta a una llamada del Señor, discernida en función de los «talentos recibidos» y de las necesidades de los otros. Una llamada que parte de la iniciativa de Dios que llama y seduce, y que el vocacionado «padece», haciéndole frecuentemente recorrer caminos insospechados para él, hasta ese momento.
Pero la dimensión vocacional no es siempre el punto de partida que lleva a asumir un compromiso como voluntario, a veces es la meta de llegada. La afirmación que hace PDV, respecto al papel del el voluntariado en la educación de los jóvenes y en la pastoral vocacional, es perfectamente válida para todos: El voluntariado social
"representa hoy un recurso educativo particularmente importante, porque sostiene y estimula (...) hacia un estilo de vida más desinteresado, abierto y solidario con los necesitados. Este estilo de vida puede facilitar la comprensión, el deseo y la respuesta a una vocación de servicio estable y total a los demás, incluso en el camino de una plena consagración a Dios" (PDV 9).
La experiencia del voluntariado se manifiesta especialmente útil para educar
"al compromiso, al significado del servicio gratuito, al valor del sacrificio, a la donación incondicionada de sí mismos (...). En efecto, se trata de un voluntariado motivado evangélicamente, capaz de educar al discernimiento de las necesidades, vivido con entrega y fidelidad cada día, abierto a la posibilidad de un compromiso definitivo en la vida consagrada, alimentado por la oración; dicho voluntariado podrá ayudar a sostener una vida de entrega desinteresada y gratuita y, al que lo practica, le hará más sensible a la voz de Dios" (PDV 40).
Desde este punto de vista, el voluntariado realizado especialmente en las instituciones sociocaritativas de la Iglesia puede ser una ocasión de apertura a la fe para quienes no la conocen o viven alejados de ella.
Si la raíz última del voluntariado cristiano es vocacional y su realización forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia, podemos decir con toda razón que la actividad voluntaria puede llamarse apostolado. De Hecho la exhortación postsinodal Chistifideles laici lo considera "una importante manifestación de apostolado, en el que los fieles laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel de primera importancia" siempre que se viva "en su verdad de servicio desinteresado al bien de las personas, especialmente de las más necesitadas y las más olvidadas" (ChFL 41; cf. SD 39).

b) La fe configura al voluntario
Lo cristiano del voluntariado, ¿se reduce sólo a la motivación? De hecho existe la tentación de reducir la comprensión del voluntariado cristiano, en aras de la convergencia e incluso de la coincidencia con otros voluntariados. No es infrecuente que «lo cristiano del voluntariado» quede reducido al campo de las motivaciones.
Pero hemos de afirmar con claridad que la fe no se reduce al campo motivacional. Ésta afecta también a la conciencia personal y a la actividad que la persona realiza en su vida y en su ambiente concreto (EN 18), transformando con la fuerza del Evangelio sus criterios de juicio, sus valores determinantes, sus puntos de interés, sus líneas de pensamiento, sus fuentes inspiradoras y sus modelos de vida (EN 19; cf. EN 20). Más aún, el cristiano no tiene en última instancia otra misión en el mundo que la de anunciar el evangelio (EN 13s.) con el testimonio de su vida y con su palabra (EN 21s.).
Si esto es así, la fe no puede determinar sólo la motivación del voluntario, sino que tiene que afectar a su modo de ver la realidad, los criterios con que la valora y con los que decide sus acciones, sus prioridades, el modelo y el talante con que realiza la acción social, e incluso a su pretensión última, que no puede ser otra que la de ofrecer a todos la posibilidad de abrirse al Evangelio.

c) Un voluntariado coherente con la fe
Pedro Corduras, tras hacerse eco de algunas definiciones de voluntariado, se decanta por la de Joaquín García Roca por ser la que mejor describe el tipo de acción voluntaria que se deriva de la fe: "El voluntariado social acaba entendiéndose como un servicio gratuito y desinteresado que nace de la triple conquista de la ciudadanía: como un ejercicio de la autonomía individual, de la participación social y de la solidaridad para con los últimos". Las características de las acciones con las que los discípulos tienen que acompañar la proclamación del Reino (cf. Mt 10,7s.) coinciden con las del voluntariado social: gratuito, orientado al otro, dirigido a la inclusión en la comunidad.
Tres acciones caracterizan al voluntariado como ciudadanía:
1) Descubrir nuestra diversidad, salir del círculo de nuestros amigos y nivel social. Supone salir de «nuestro mundo», con la pérdida de seguridad que ello implica, y romper barreras sociales, cuestionándolas ya al traspasarlas. Al otro lado de estas fronteras sociales, el voluntariado descubre la existencia de vidas humanas que necesitan y merecen ser tenidas en cuenta, en cuyo contacto surge la compasión, primer motor de su acción. Para ello basta con una sencilla presencia entre los pobres, vivida con una actitud de apertura a aprender, conocer y valorar modos distintos de vida y relación; basta con "dejarse afectar" por la realidad con la que nos encontramos.
Esta acción produce una transformación social doble: desde la persona, que al cambiar ella ya cambia la sociedad, y de una sociedad donde empiezan a caer las barreras sociales.
2) Redefinir el bien común, con y desde los excluidos. Para ello ha de huir de concepciones benéficas y paternalistas. De alguna manera tiene que posibilitar que los sectores a los que atiende tengan palabra y participen en los procesos y decisiones que les afectan. Con ellos intenta ver la realidad desde abajo y desde fuera, desde el lugar de la exclusión, y con la mirada y la palabra de los excluidos.
3) Promover el cambio social, comprometiéndose con estructuras e instituciones. Las asociaciones de voluntarios actúan como intermediarias entre el Estado y la ciudadanía, ofreciendo un canal para la participación ciudadana. El cambio social dinamizado por el voluntariado social va desde la inclusión en la sociedad y en sus órganos de decisión de los excluidos, a la promoción de un nuevo concepto de justicia, una justicia "comunitarista".
Como señala bien Lourdes Zambrana no es este el tipo de solidaridad que prevalece en nuestro entorno. Al contrario, el modelo imperante
"sugiere que la causa de los problemas son la fatalidad, las desgracias naturales, la corrupción o las limitaciones personales. Nadie es responsable de nada. No puede hacerse nada, sólo aliviar situaciones personales con ayuda económica y material. Es una falsa solidaridad que nos quiere convencer de que puede mejorarse (nunca cambiarse) el mundo sin esfuerzo personal. No provoca ningún cambio personal, ningún proceso: ni en la persona que realiza el voluntariado, ni en la persona que se atiende, ni en una comunidad, ni en la sociedad. Esta falsa solidaridad es compatible con el egoísmo, el consumismo, el racismo, etc."

d) Un voluntariado sostenido por la vida cristiana
La fe aporta al voluntariado una motivación, una llamada a la radicalidad, un ámbito comunitario, y la opción por los pobres, que es la contribución principal del discipulado al voluntariado. Esta contribución es doble. Supone colaborar con la voluntad de justicia y compasión de Dios e impulsar una concepción comunitaria de la sociedad.
En la comunidad cristiana recibimos el impulso, la formación, el lenguaje y los valores para acercarnos radicalmente a la injusticia y luchar contra ella al estilo de Jesús.
Mediante la acción vivificadora del Espíritu Santo, el voluntariado se ve enriquecido con la Palabra de Dios, que ilumina y da sentido; con la Eucaristía, memorial de la entrega hasta el extremo de Cristo modelo y fuerza para nuestra propia entrega; con el don de la caridad de Cristo, que es fuente de energía para quien desea vivirla y de capacidad para el servicio auténtico.
La fe en el misterio de la Encarnación y la vivencia que tenemos del mismo, impulsa al voluntario cristiano a realizar su acción social con el talante de inmersión que esta requiere, «conviviendo con» y «estando entre» las personas a quienes servimos. Pero la sola inmersión no basta. No sólo hay que «estar con»; también hay que «estar para» hacer propia la causa de los pobres. Esto significa que hay que mirar la realidad social con los ojos del pobre; que hay que organizar la propia vida y la vida social «desde el lugar del pobre»
Finalmente, la comunidad cristiana ofrece un ámbito adecuado para la formación que todo voluntario necesita, si quiere respetar a las personas que sirve; estas tienen el derecho a ser atendidas adecuadamente, para lo que no basta la buena voluntad. El esfuerzo que hace el voluntario para formarse es una expresión muy importante de su amor y de su entrega. El voluntario necesita una formación social global que le permita detectar, analizar y acompañar los problemas en los que trabaja. Esta formación incluye necesariamente un conocimiento adecuado de la doctrina social de la Iglesia. Además necesita una formación referente al sector en el que trabaja.
La exhortación Apostólica Iglesia en Europa invita a "revalorizar el sentido auténtico del voluntariado cristiano", sugiriendo para ello que el voluntario se alimente continuamente de la fe, y que en su acción conjugue capacidad profesional y amor auténtico, impulsandole a que eleve los sentimientos de filantropía a la altura de la caridad de Cristo (IE 85; cf. EV 90).

2.3. La sociedad en general

a) Amar al mundo como Dios lo ama (Jn 3,16)
Parece que en algunos sectores de la Iglesia se va instalando una visión casi exclusivamente negativa del mundo, una cierta demonización de la sociedad y de sus mediaciones. En la medida en que participemos de esa visión cerraremos caminos a la evangelización. Evidentemente no se trata de tener una visión ilusa del mundo, incapaz de ver el mal que hay en él.¡ No! Pero si no somos capaces de tener una actitud positiva, una mirada apasionada, cercana y comprometida con el mundo no tendremos capacidad de evangelizarlo: “Tanto amó Dios al mundo que envió.... (Jn 3,16). Y esto, sin hacernos del mundo, sin ser mundanos (Jn 17,14-20).

a) Desde el anuncio y la denuncia
El amor al mundo, como el de Dios, nos urge para que hagamos ver las situaciones de exclusión y sus causas, denunciando cuando sea necesario las carencias que se dan tanto en la sociedad como en la misma Iglesia. Pero no basta con hacer ver o denunciar, es necesario demostrar que hay soluciones posibles y ofrecerlas, poner en marcha programas y obras significativas que sean elementos ejemplarizantes y transformadores de la sociedad:
- Por estar dirigidas a personas que tienen poco reconocidos sus dere­chos
- Por ser capaces de ­poner en marcha y dinamizar una forma nueva de servicio al sector de población al que se dirige.
- Por estar enraizadas en opciones «ético-sociales» y teológicas profundas: la persona huma­na y su dignidad inviolable de imagen de Dios, su libertad y sus derechos, un concepto huma­no y humanizador del desarrollo, así como del destino universal de los bienes.
- Por ser transmisoras de un proyecto de sociedad, basado en el compartir.­
- Por estar insertas en un proyecto de educación para la solidaridad y la justicia, siendo así posibilitadora del cambio incluso estructural.
- Por priorizar la inserción y tener en cuenta todos los aspectos de la persona.
- Por privilegiar la acción realizada por el voluntariado.

b) Colaboración con las instituciones públicas y sociales
Las instituciones sociocaritativas tienen el derecho y la obligación de colaborar con las Instituciones Públicas y sociales en la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Pero en este campo es necesario y urgente avanzar en la búsqueda de unos criterios comunes que puedan ser asumidos por las distintas instituciones de acción caritativa y social. Entre éstos cabe señalar los siguientes:
- Que estén en función de los intereses de los empobrecidos, y no de los de las propias instituciones.
- Que respete la identidad de las Instituciones Públicas y sociales y no comprometa nuestra identidad eclesial.
- Que no sea excusa para cubrir las responsabilidades de otros, ni para suplantarlas, especialmente la de las Administraciones Públicas.
- Que no reduzcan las instituciones sociocaritativas a meras receptoras de financiación.
- Que las relaciones estén amparadas por acuerdos de colaboración a largo y medio plazo, y no sean meramente coyunturales.

3. En función de los programas y obras socio-caritativas

El respeto a las personas a las que servimos y al personal remunerado que trabaja con nosotros exige que planteemos nuestros programas y obras con responsabilidad:
Es necesario que los programas y las obras puedan ser sostenibles el tiempo mínimo que sea necesario para cubrir los objetivos previstos, sobre todo por respeto a sus destinatarios. Esto exige que las fuentes de financiación nos permitan garantizar dicho funcionamiento, aunque sea en los mínimos imprescindibles, con recursos propios. Cuando se financie con recursos ajenos, es necesario que estos estén suficientemente garantizados por medio de conciertos estables y no que dependan exclusivamente de subvenciones anuales.
Esto exige estar atentos para no comprometernos por encima de nuestras posibilidades reales y, por supuesto, no echarle a los otros (instituciones y personas) responsabilidades y cargas sin su conocimiento.
También hemos de asumir nuestra responsabilidad con relación al personal contratado: en primer lugar, cumpliendo nuestras obligaciones laborales y sociales de acuerdo con la legislación vigente y los criterios de la Doctrina Social de la Iglesia.
Además, si no queremos terminar desnaturalizando nuestras instituciones es necesario que la mayoría de ellos sean personas no solo competentes, desde el punto de vista técnico, sino que tengan un claro sentido de pertenencia a la Iglesia; creyentes, aunque no siempre vivan la fe con toda la coherencia que sería deseable; cristianos militantes que estén comprometidos con el mundo de la exclusión y la transformación social.
En los casos de personas que no compartan nuestras opciones de fe no basta con que respeten la identidad y el estilo eclesial de nuestras instituciones, sino que es necesario que la acepten como punto obligado de referencia para la institución y para el trabajo que ellos mismos realizan.

V. REAVIVAR EL ARDOR EVANGELIZADOR