Ponencia
1:
LA
FUERZA EVANGELIZADORA DE LA CARIDAD
1 INTRODUCCIÓN
En
el presente encuentro, pretendo abordar la raíz, el método
y el contenido fundamental de toda acción evangelizadora, que
no es otro que la Caridad, que es Dios mismo, para extraer de él
algunas consecuencias pastorales, especialmente en el campo de la pastoral
socio-caritativa de la Iglesia.
En la primera ponencia intentaré poner de relieve la fuerza evangelizadora
de la Caridad. Para ello partiré de la contemplación del
rostro de Cristo, núcleo esencial de la herencia que ha dejado
el Jubileo del año 2000. A partir de esta contemplación
reflexionaremos sobre la fuerza evangelizadora de la Caridad y la dimensión
evangelizadora de la Pastoral Sociocaritava.
En una segunda ponencia nos extraeremos algunas consecuencias a tener
en cuenta en la pastoral sociocaritativa de la Iglesia
Como es natural, esta aportación es deudora de la reflexión
que en estos últimos tiempos se viene haciendo en la Iglesia,
especialmente de la misma Carta Apostólica Novo millennio ineunte,
de los documentos La Caridad en la Vida de la Iglesia y La Iglesia y
los Pobres de la CEE, así como del documento Evangelización
y testimonio de la caridad de la Conferencia Episcopal Italiana.
2.
LA CONTEMPLACIÓN DEL ROSTRO DE CRISTO
Haciendo
balance de lo que ha significado para la Iglesia la celebración del
Jubileo, Juan Pablo II afirma que "la contemplación del rostro
de Cristo"es el núcleo esencial de la herencia jubilar (NMI
15).
Esta contemplación de Cristo, única Palabra del Padre, nos
revela quien es Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo: "El
que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14,9). Y es que
Dios, que en el pasado había hablado de muchos modos y maneras a
nuestros padres por los profetas "en estos últimos tiempos nos
ha hablado por medio del Hijo" que es "resplandor de su gloria
e impronta de su sustancia" (Hb 1,1-3).
¡Qué bien entendió esto San Juan de la Cruz!, cuando
comentando el texto de Hebreos afirma que Dios "ha quedado como mudo"
e invita a poner los ojos sólo en él.
Pero la contemplación de Jesús no sólo nos revela a
Dios sino que, al mismo tiempo, nos lleva a redescubrir y comprender con
más hondura el auténtico rostro del hombre, creado y redimido
por el Hijo único de Dios, e introducido en la intimidad de la vida
trinitaria (GS 41; NMI 23).
Revela
la Caridad, que es Dios
La
contemplación del rostro de Cristo, de la Palabra hecha carne (NMI
21-23), del Hijo entregado en la cruz por amor a los hombres y Resucitado
para nuestra Salvación (NMI 24-28), es el punto de partida imprescindible
para cualquier vivencia honda de la Caridad.
Contemplando a Jesús, el Señor, lo que percibimos más
inmediatamente y con más relieve es su amor, el amor que Jesús
nos tiene, el amor que tiene por mí, por mis hermanos, por el mundo
entero; un amor que es amor hasta el extremo, entrega de su propia vida
(Jn 10,17s; 15,13) y que Jesús lo ha aprendido bien de su Padre (Jn
5,19): “Como el Padre me ama a mí, así os amo yo”
(Jn 15,9).
La contemplación del rostro de Cristo nos revela, al mismo tiempo,
el amor que el Padre nos tiene y que se ha revelado a lo largo de toda la
historia de la humanidad. Una historia iniciada con el primer gesto amoroso
de Dios hacia nosotros, crearnos por amor y a su imagen (cf. Sab 11,23-26)
, y en la que nos ha conducido a redescubrir su amor incondicional y gratuito,
y a permanecer en dicho amor.
El amor que Dios nos tiene no se queda sólo en palabras: es un amor
comprometido y concreto, que manifiesta plenamente "enviando al mundo
a su Hijo único, para que vivamos por él" (Jn 4,9). Sí,
“la prueba de que Dios nos ama, es que Cristo, siendo nosotros todavía
pecadores, murió por nosotros” (Rom 5,8). Juan expresa la desmesura
del amor de Dios por nosotros cuando afirma que “tanto amó
Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).
La Caridad es el Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo: “Al
darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones”
(Rom 5,5).
Esta mirada contemplativa, que se hace experiencia vivida en su comunidad
-"lo que hemos oído, lo que hemos visto (...) lo que contemplamos,
y palparon nuestras manos (...) os lo anunciamos", nos lleva a proclamar
con gozo: "Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios
nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios,
y Dios en él" (1 Jn 4,16). Sí, «Dios es amor»
(1 Jn 1,4), una expresión que indica lo que Dios es, y no sólo
lo que hace.
Este es el punto central de la Revelación: "El amor se ha colocado
en el centro mismo de la revelación (...). No hay más Dios
que el Dios que ama y no hay más hombre auténtico que el que
se sitúa en ese amor y permanece en él como en una morada
de donde saca su fuerza, su vida y su sentido".
Dimensión
eclesial de la Caridad
La
caridad tiene, también, una dimensión eclesial. Ser discípulos
de Jesús es aprender a vivir de él, hacer lo que él
ha hecho (Jn 13,14-17): aprender de su Padre, Dios, a dar la vida por los
demás. Si él dio la vida por nosotros, también nosotros
debemos dar la vida por los hermanos.
La verdadera caridad del cristiano es una realidad que no nace de nosotros,
sino de Dios -primacía de la gracia-; es más grande que nosotros
y se expresa en un único amor, que abarca al mismo tiempo a Dios
y el hombre, como responde Jesús al escriba: el primero de los mandamientos
es "Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único
Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón,
con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo
es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento
mayor que éstos»" (Mc 12, 28-31).
Una vinculación entre los dos destinatarios del único amor
que expresa con toda claridad Lucas, al no distinguir entre un primer y
un segundo mandamiento (Lc 10,25-28). Hasta tal punto se da esta identificación
que en la primera Carta de Juan los criterios de verificación del
amor a Dios y al prójimo parecen estar invertidos: El amor a Dios
se verifica en el amor al hermano (1 Jn 4,20) y el amor a los hijos de Dios
en el amor a Dios y el cumplimiento de sus mandamientos (1 Jn 5,2).
La identificación de Cristo con los empobrecidos, una página
de Cristología
Como
afirma el Papa, "si verdaderamente hemos partido de la contemplación
de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de
aquellos con los que él mismo ha querido identificarse: «He
tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis
dado que beber; fui forastero y me habéis hospedado; desnudo
y me habéis vestido, enfermo y me habéis visitado, encarcelado
y habéis venido a verme» (Mt 25,35-36)".
El texto al que remite el Papa es un fragmento de la escena del Juicio
final (Mt 25, 31-46). Éste ha sido objeto de las más diversas
interpretaciones, en las que dado el objetivo de nuestro trabajo no
vamos a entrar.
Mateo da a la escena del juicio final una importancia singular al ponerla
no sólo como culminación de su discurso escatológico
(24-25), sino de toda la actividad pública de Jesús (Mt
26,1).
La estructura del texto muestra claramente la intención del evangelista.
La escena comienza con una acción que introduce a los protagonistas
y se desarrolla en silencio (vv. 31-33). Le sigue un diálogo,
divido en dos partes simétricas y contrapuestas, que constan
de un imperativo, la explicación, la extrañeza de los
juzgados y la respuesta del Hijo del Hombre (vv. 34s.). El texto culmina
con la acción que ejecuta la sentencia (v. 45).
La acción que se anuncia para el futuro resulta impresionante:
El Hijo del Hombre vendrá glorioso, rodeado con todos sus ángeles,
y se sentará sobre el trono de su gloria. Todos los pueblos,
toda la humanidad será reunida ante él. Inmediatamente,
asumirá funciones de pastor: de la misma manera que al caer de
la tarde el pastor separa las ovejas de las cabras, él separará
a los unos de los otros, poniendo las ovejas a «su» derecha
y las cabras a la izquierda, no a «su» izquierda. En este
gesto de separación, que es preludio del diálogo y anticipación
viva de la sentencia, el primer grupo viene asociado a la gloria de
quien lo ha situado a «su» lado, mientras el segundo grupo
viene a encontrarse en una oscura lejanía.
La acción se desarrolla en silencio. La presencia y los gestos
hablan por sí mismos. Este inicio del juicio muestra que no se
trata, en primer lugar, de acoger una exhortación al amor al
prójimo, sino de disponerse a la contemplación de Cristo
que se revela y actúa al fin de los tiempos. El acontecimiento
del juicio es sobre todo un encuentro con el Señor glorioso,
que nos pone ante su identidad plenamente manifestada.
De la visión, el evangelista conduce a la escucha a través
de dos diálogos, intensamente esperados, que explican las dos
situaciones últimas.
El que ha sido presentado como Hijo del Hombre glorioso y ha asumido
la función de pastor, ahora como Rey llama benditos de su Padre
a los de su derecha y les invita a heredar del reino preparado para
ellos desde la creación del mundo. Un apelativo, el de Rey, que
desaparece cuando se dirige a los de la izquierda. Y es que el Hijo
del Hombre, como juez soberano, pronuncia el veredicto definitivo sobre
los que son reprobados, pero no se reconoce como su Rey, algo que se
repite en la afirmación conclusiva de los dos diálogos
(vv. 40.45).
El Rey-juez explica el motivo de su actuación: los benditos son
invitados a heredar el reino porque han practicado la misericordia.
Esta declaración del juez provoca una reacción de estupor
y sorpresa, como resalta la misma estructuración del relato:
"Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos;
sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero
y te alojamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos
enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" (Mt 25,37-39).
La sorpresa surge de la novedad de la identificación efectuada
por el Rey, de la revelación de un misterio inaudito que nada
hacía preveer: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a
uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí
me lo hicisteis" (Mt 25,40).
La peculiaridad de Mt 25 está en el hecho de que el Rey anuncie
que la misericordia practicada con los necesitados ha sido practicada
con él; en el hecho de que el encuentro con los necesitados sea
considerado directamente un encuentro con el Hijo del Hombre-Rey-Juez.
Jesús acentúa la sorpresa llamando a los necesitados «mis
hermanos», considerándolos miembros de su nueva familia.
La segunda parte del diálogo se dirige a los que están
a la izquierda. Ellos son malditos, y se han convertido en tales rechazando
ser misericordiosos, no sirviendo al Señor en los necesitados:
"Las palabras de condena de Cristo (...) no van directamente dirigidas
a los causantes del mal que padecen los pobres. Lo que se condena es
el pecado de omisión, el desinterés ante los necesitados
de ayuda (...). Ignorando al pobre que sufre hambre, que está
desnudo, oprimido, explotado o despreciado, es al mismo Cristo al que
se desatiende y abandona".
En la hora del juicio se revela el tesoro escondido en las relaciones
personales tejidas o no con los indigentes. Ellas constituyen una auténtica
relación con el Señor: El Hijo del Hombre es amado, de
una manera concreta y real, aunque misteriosa, en cada uno de los necesitados;
al Rey, hermano de los últimos, se hace aquello que se hace a
los últimos de sus hermanos.
El evangelista resalta el primado de la salvación -sólo
del reino se dice que ha sido preparado para los benditos del Padre
desde la creación del mundo- y la libertad del hombre, que dejándose
seducir ha convertido en su lugar propio lo que sólo había
sido preparado para el diablo y sus ángeles (v. 41).
La reacción de sorpresa de los justos y de los rechazados pone
de relieve la gratuidad del servicio. El texto no dice que hayan olvidado
lo que han hecho, sino que ignoran haberlo hecho al mismo Hijo del Hombre.
El sentido pleno de sus actos no se les revela más que en la
última hora. Al mismo tiempo resalta que ellos les prestaron
su ayuda exclusivamente por su condición de necesitados, al margen
de las disposiciones subjetivas que estos pudieran tener. De esta manera,
el texto invita a amar al otro por sí mismo, porque es persona
y por que es último. Los pequeños no son servidos para
servir en ellos servir Señor. ¡No! Son servidos por su
situación de indigencia, sin que esta ayuda aparezca ordenada
a ningún otro fin.
Esta identificación con los pobres que anuncia Jesús "tiene
algo de paradójico que solamente puede ser captado en la fe".
Reconocer a Cristo sufriente y muriente en los propios necesitados es
obvio. Pero que el Hijo del Hombre -Rey sentado sobre el trono de su
gloria- se identifique con los necesitados sigue siendo la sorpresa
de la hora del juicio, incluso para los que lo saben. ¡Cristo
el Hijo del Hombre glorioso, el Pastor, Rey y Señor, escandalosamente
identificado con el indigente! "En los necesitados aparece la gloria
de Cristo"
El discurso escatológico de Mateo (24-25) anuncia insistentemente
la espera del Rey-juez escatológico (cf Mt 24,30s.) y exhorta,
de una manera cada vez más apremiante, a la vigilancia fiel y
responsable en el intervalo de esa espera. El criterio del juicio final
concreta en qué consiste esperar vigilantes el retorno del Señor
(Mt 24,32-25,30), "La vigilancia del discípulo encuentra
su fin preciso y el espacio real en el que demostrarse: el servicio
de amor a los «más pequeños hermanos del Rey».
La Iglesia encuentra y va al encuentro del Hijo del Hombre en la práctica
del amor radical, como el Señor lo ha vivido y enseñado".
De esta manera, el texto evangélico "se convierte en un
imperativo apremiante dirigido a la comunidad para que practique la
misericordia. La fe no está dispensada. Más aún,
ella prueba su impotencia en la misericordia negada."
"Lo que decide el destino eterno es la actitud para con Cristo.
Pero esta actitud se realiza en el mundo, sirviendo al hermano en su
necesidad. La verdad viva de la Fe es el Amor a Jesús en cuanto
toma cuerpo y se expresa en estas buenas obras."
Cuanta razón tiene el Papa al afirmar que Mt 25" no es una
simple invitación a la caridad: es una página de cristología,
que ilumina el misterio de Cristo"(NMI 49). La escena del juicio
final invita, ante todo, a contemplar a Cristo. Pocas páginas
del evangelio concentran tantos títulos y funciones en la persona
de Jesús: El Juez escatológico es el Hijo del Hombre en
su Parusía, el Rey (v. 34) que actúa como Pastor (v 32s.)
y se presenta como Hijo del Padre (v. 34) y Hermano de los necesitados
(v. 40), a quien los enjuiciados le llaman Señor (v. 37.44).
Un Señor que se identifica con los pobres e indigentes, sus hermanos,
y espera ser servido en ellos.
3. LA FUERZA EVANGELIZADORA DE LA CARIDAD
"A
partir de la comunión intraeclesial, la caridad se abre por su naturaleza
al servicio universal, proyectándonos hacia la práctica de
un amor activo y concreto con cada ser humano." (NMI 49)
Con estas palabras lúcidas se abre el apartado «Apostar por
la Caridad», del capítulo IV de la NMI: Testigos del Amor.
No podía ser de otra manera: la experiencia de comunión, por
su misma naturaleza, es efusiva, tiende a transmitirse, nos pone en disposición
de amar.
1.
Caridad y Evangelización
0.0.1.
La Caridad, centro de la Evangelización
Presentando el centro de la nueva evangelización, Juan Pablo II afirma:
"¡El hombre es amado por Dios! Este es el simplicísimo
y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre.
La palabra y la vida de cada cristiano pueden y deben hacer resonar este
anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti: para ti Cristo es
«el Camino, la Verdad y la Vida!» (Jn 14,6)" (ChFL 34).
Estas palabras no son más que una explicitación coherente
del testimonio apostólico:
"Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre ha enviado
a su Hijo, como Salvador del mundo. Y nosotros hemos conocido y hemos creído
en el amor que Dios nos tiene. Dios es Amor: y el que permanece en el amor
permanece en Dios y Dios en él"(1 Jn 4,14.16).
Juan expresa con esta afirmación, de la manera más lúcida
y precisa, cual es el objeto de la fe: el Dios de Jesucristo que es Amor
y se revela, y la manera de vincularse vitalmente a él. El objeto
de la fe cristiana es Dios en cuanto que se revela Amor; el acto de fe del
cristiano es, en consecuencia, ese mismo amor participado, como respuesta
a Dios que se revela y, en él, a los hermanos.
La caridad camino privilegiado para la evangelización
0.0.2.
La credibilidad vinculada al testimonio de la caridad
Sólo es creíble una Iglesia que vive, o mejor, que intenta
vivir el mandamiento nuevo de Cristo: "En esto conocerán todos
que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos
a los otros»" (Jn 13,35). Jesús pide al Padre la gracia
de la unidad no solo como realización, ya en la historia, del misterio
más profundo de la Iglesia, sino también como signo y testimonio
de la verdad de su misión: "que todos sean uno (...) para que
el mundo crea que tú me has enviado (...) yo en ellos y tú
en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú
me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí"
(Jn 17,21.23).
La comunidad, por la unidad que la caracteriza, se convierte en el signo
del amor del Padre, en signo de la realidad misma de Dios Comunión.
La palabra, ciertamente, sigue siendo indispensable, pero esa es, como para
Jesús mismo en el cuarto evangelio, esencialmente revelación
del misterio que habita en aquel que la pronuncia. Algo que sintoniza especialmente
con la sensibilidad actual.
El hombre de hoy está deseoso de autenticidad y de gestos concretos,
siente más fuertemente la exigencia de ver que la de escuchar, y
verificar en lo vivido la autenticidad de las cosas escuchadas. Hoy se aprecia
más a los testigos que a los maestros.
"La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio.
(...) Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación
silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva"
(EN 21).
Esto vale para todos, pero principalmente para las personas pobres y sencillas,
que a lo largo de su vida han acumulado tantas experiencias de desilusiones
y de frustraciones.
b) El servicio de la comunidad, signo de credibilidad
Un signo privilegiado de credibilidad de la Iglesia es, precisamente, el
testimonio de servicio de los cristianos a los hombres, a imitación
de Cristo (Mc 10,45). Es obvio que el primer y más precioso don de
caridad que la Iglesia debe hacer a los hombres es el del evangelio (¡Dios
te ama!, ¡Dios te perdona!, ¡Dios te salva en Cristo!). Pero
no es menos claro que este anuncio se muestra, en cuanto es posible, en
la historia. Como Dice Juan Pablo II, "sin esta forma de evangelización,
llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana,
el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo
de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual
sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad
de las obras corrobora la caridad de las palabras." (NMI 50).
c) La caridad anuncio incipiente
La caridad no es solamente condición para el anuncio -dado que la
credibilidad es tanto mayor cuanto más coherencia hay entre palabra
y obra-, sino que es, en sí misma, anuncio incipiente, evangelio
germinal. Si el contenido del anuncio es el acontecimiento de la autocomunicación
de Dios Caridad a los hombres, esa autocomunicación parte de la Caridad
(Cristo don del Padre, el discípulo don de Cristo al mundo: "Como
el Padre me envió, también yo os envío" Jn 20,21)
y se consuma en la palabra que ilumina y da sentido al hacer, y que, a su
vez, inserta vitalmente en el círculo de la caridad.
La comunión eclesial, fuente de la misión evangelizadora
La
contemplación del Rostro de Cristo nos introduce en la experiencia
de la comunión trinitaria, que encarna la esencia misma del misterio
de la Iglesia: fruto y manifestación de aquel amor que, surgiendo
del corazón del Padre, se derrama en nosotros a través del
Espíritu que Jesús nos da (cf. Rm 5,5), para hacer de todos
nosotros «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).
Una comunión que debe "hacer de la Iglesia la casa y la escuela
de la comunión" (NMI 43).
Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se manifiesta como «sacramento»,
«signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de
la unidad del género humano» (LG 1). Desde esta experiencia
de comunión, el amor cristiano por su propia naturaleza se abre al
servicio universal. Un servicio que consiste en amar, de una manera activa
y concreta (NMI 49).
La Iglesia es, por gracia, sacramento, icono del misterio de Dios. La Iglesia
misma debe dejarse modelar como transparencia de la Caridad trinitaria.
Dios Padre, Cristo Resucitado y el Espíritu Santo, se hacen presente
a través de la Iglesia, tanto más presente cuanto más
se convierte en trasparente icono de su amor.
Esta presencia acontece, sobre todo, en el servicio concreto y gratuito
que la Iglesia ofrece a los hombres, especialmente a los más pobres,
y en el vivir con coherencia y radicalidad el mandamiento nuevo de Cristo.
Pero la caridad es inexaurible, supera su realización eclesial. Esta
no sólo debe alimentarse siempre de la fuente, que es Dios-Caridad,
sino que también debe ser consciente de que jamás traducirá
plenamente y en su totalidad el misterio del Amor, que es Dios mismo.
Caminar desde Cristo, seguirle y dar testimonio de él, y esto de
una manera tan significativa que pueda provocar la apertura de los otros
al don de la fe, es la gran tarea a la que nos invita Juan pablo II.
Medios
privilegiados para la evangelización
Dos
medios privilegiados de evangelización nos indica el Papa: La caridad
y el testimonio de la pobreza cristiana (NMI 50).
El
testimonio de la pobreza cristiana
Tengo
la impresión de que, en amplios sectores eclesiales, al deseo de
seguir a Jesús pobre y ser pobre como él está siendo
reemplazado por el tener más para compartir más. Todos nos
sentimos concernidos por el mandato misionero de Jesús (Mt 28,18-20),
pero no parece tan claro que nos sintamos obligados de la misma manera a
realizar la misión con medios pobres, como mandó Jesús
a sus discípulos (Mc 6,7-13 par.) y la Iglesia ha hecho tantas veces
a lo largo de la historia (cf. Hch 3,6) y en muchos lugares continúa
haciendo.
El seguimiento del Señor implica compartir su estilo de vida, su
misión y su suerte. Sí, el amor lleva a la identificación,
como afirmaba tan lúcidamente Pablo: "estoy crucificado con
Cristo" (Gál 2,10-20). No hay seguimiento coherente de Jesús
que no lleve a compartir su estilo de vida y, por ello, su pobreza.
La pobreza evangélica no es una llamada dirigida sólo a algunos,
sino una vocación que es común a todos los bautizados (IP
124), aunque en su concreción se configure de manera distinta de
acuerdo con la vocación específica a la que cada uno es llamado.
En el documento La Iglesia y los pobres, nuestros Obispos describen la pobreza
evangélica con cinco rasgos: vivir con sencillez y sobriedad; compartir
generosamente con los necesitados; no acumular riquezas que acapara el corazón;
trabajar para el propio sustento; confiar en la providencia de Dios Padre
(IP 1).
El documento es consciente de lo difícil que resulta concretar esos
rasgos en la vida de cada uno, dada la condición humana y la influencia
que ejerce la sociedad de consumo. Por eso, nos ofrece unos criterios de
discernimiento:
"Todo aquello que en mis circunstancias necesito realmente y puedo
adquirirlo fácilmente, debo tenerlo (...). Aquello que teniendo en
cuenta la pobreza evangélica veo claramente que no me es indispensable,
debo renunciarlo tajantemente. En los casos de duda, que serán los
más frecuentes, entre tener o no tener, siempre será mejor
y más seguro renunciar para una mayor libertad de corazón"
(IP 125).
Pero no basta con esto: "hay que dar gracias a Dios y tener el corazón
desprendido". Esta invitación a la acción de gracias
y al desprendimiento no es respecto a una posesión indiscriminada
de bienes, sino sólo respecto a aquello que «debo tener»,
a la luz de los criterios de discernimiento mencionados (IP 125).
La
caridad
El
primer medio para la evangelización indicado por el Papa es la caridad,
en su dimensión personal y comunitaria (NMI 49).
La Caridad en la vida personal
Ante
todo, el cristiano acoge con inmensa alegría y gratitud el amor de
Dios, que toma la iniciativa (1 Jn 4,10) y no nos retira nunca su amor (Rom
8,31-39). De la misma manera, los cristianos tenemos que amar primero, sin
esperar a que nos amen, sin esperar a que reconozcan lo bueno que somos
o el bien que hacemos.
El amor tiene que ser gratuito y universal, para todos, incluidos los enemigos,
pero efectivo y con una opción preferencial por los pobres, porque
son quienes más lo necesitan. Un amor abnegado, a costa de uno mismo.
Lo verdaderamente cristiano no es el acto de dar, sino la actitud de donación
de uno mismo. La verdadera Caridad te saca de ti mismo y te acerca al pobre,
te hace descender y ponerte a su altura, lo cual no se hace sin sacrificio;
te lleva a compartir la pobreza y el sufrimiento, a interiorizarlo.
Un amor que te empuja a combatir las causas de la pobreza y del sufrimiento,
para erradicarlo, lo que puede conllevar riesgo, persecución, incluso
muerte.
La Caridad en la vida de la comunidad
Vivir
la caridad es asunto, también, de todos los cristianos, de la comunidad
en su conjunto.
La Iglesia es cuerpo visible del Señor (1 Cor 12,12-27), Sacramento
Universal de Salvación (LG, cap. I y nº 48; GS 45), presencia
visible del Señor: Misterio, comunión y misión. Y como
tal, la Iglesia "manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del
amor de Dios al hombre" (GS 45; cf. LG 48), como "comunidad de
fe, esperanza y caridad" (LG 8), como realidad visible que "abraza
con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún,
reconoce en los pobres y en los que sufren, la imagen de su Fundador pobre
y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en
ellos a Cristo" (LG 8).
La comunidad cristiana, por ser sacramento, tiene que hacer inequívocamente
visible lo que es Jesús, su Señor. A través de ella
el Señor continúa su presencia evangelizadora en la historia
(LG 9).
Como Jesús, la Iglesia "existe para evangelizar (...). Evangelizar
constituye (...) la vocación propia de la Iglesia, su identidad más
profunda." (EN 14). De ahí, que desde sus orígenes, haya
evangelizado organizando la misión de enseñar, la liturgia
como celebración de la salvación ya iniciada y el servicio
a los pobres. Mediante estas tres acciones se edifica la Iglesia, "comunidad
de fe, liturgia y amor" (cf. AG 19). Y ello como tres aspectos de una
única realidad: la presencia misteriosa del Señor.
La Iglesia sólo da un testimonio auténtico en la medida en
que realiza y hace participar a todos los miembros de la comunidad -de una
u otra manera- en estas tres acciones fundamentales. La Caridad tiene que
se anunciada, celebrada y testimoniada mediante el servicio, especialmente
a los más pobres.
El compromiso con los pobres
Desde
el punto de vista social la pobreza no es un hecho inevitable. Disponemos
de tecnología y de recursos suficientes para que nadie sea excluido
de los medios de vida básicos. El problema actual no se sitúa,
por tanto, en el ámbito de los medios. Los principales obstáculos
para erradicar la pobreza no son técnicos, sino políticos
y éticos. Esto hace que la pobreza, en este contexto de abundancia,
sea una injusticia social excluyente.
Como afirma Juan Pablo II, la pobreza no es fruto de la fatalidad sino de
la voluntad del hombre que aprueba una leyes injustas que benefician a los
más poderosos y hunden en la pobreza a los más débiles
y desvalidos (SRS 9). La pobreza se debe a ciertos mecanismos de la economía
y del comercio internacionales, a estructuras injustas que “funcionan
de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones
de riqueza de los unos y de pobreza de los otros” (SRS 16).
En España, como en el mundo occidental en general, “la política
económica de libre mercado..., por medio de los mecanismos económicos,
financieros y sociales que la sustentan, tiende a primar las leyes automáticas
del mercado, el juego de la competencia, la economía de la oferta,
el dominio del más fuerte y el desplazamiento y hundimiento de los
más débiles (cf. CA 35, 40, 42, 43). La pobreza y sus factores
no se pueden comprender independientemente de esta estructura socioeconómica
de referencia, a la que hay que añadir además la insolidaridad
social y los individualismos egoístas” (IP 37).
Juan Pablo II, con mirada de fe, llama a esta situación económica
“estructura de pecado”, fruto de la injusticia y del “afán
de ganancia exclusiva y la sed de poder a cualquier precio” (SRS 36
y 37).
Viendo las causas de la pobreza, el compromiso sociocaritativo de la Iglesia
no puede limitarse a paliar las consecuencias de la injusticia sino que,
ante todo, tiene que contribuir a transformar nuestra organización
social, para que ésta sea accesible a los más desfavorecidos
y deje de excluirlos. Por ello, la opción por los pobres se tiene
que traducir necesariamente en la construcción de un mundo más
justo, en lucha por la justicia, y no sólo en solidaridad con los
excluidos.
Construcción de una sociedad más justa
El
compromiso en favor de la justicia ha de comenzar, necesariamente, por actuar
en justicia. Pero no basta con ello:
"Los cristianos, cada uno según su vocación, condición
y circunstancias, debemos estar interesados y preocupados por la injusticia
que produce tanta pobreza y miseria entre los hombres, y hacer todo lo que
podamos para promover la justicia en el mundo.
Salvo el pecado, no existe ningún campo ni actividad alguna en la
que el cristiano no pueda y deba incorporarse para luchar a favor de la
justicia siempre que se trate de medios compatibles con el Evangelio: sindicatos
y partidos políticos, asociaciones de vecinos, y asociaciones no
gubernamentales en pro de los derechos humanos, la paz, la ecología,
de la defensa de los consumidores, etc." (IP 50).
En tanto llega un orden social más justo, al que los cristianos hemos
de contribuir con un compromiso inequívoco, la Iglesia, y cada uno
de sus hijos, no pueden permanecer como perros mudos ante tanta injusticia
con la que se conculca los derechos más elementales de la persona
y de los pueblos.
La acción profética de la comunidad cristiana (LG 12; IP 51-54),
que anuncia y propicia la intervención salvadora de Dios, busca defender
al inocente y convertir al culpable. Motivada por el amor a todos los hombres,
especialmente al pobre, abarca dos aspectos fundamentales: el anuncio, promotor
de futuro y creador de esperanza, pregonando ideales que puedan convertirse
en realidad, y la denuncia de la injusticia (cf. SRS 41, IP 46).
Impulsar la vocación específica de los laicos
De
todos es conocido cómo se ha revalorizado el papel de los laicos,
sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, y el protagonismo que éstos
van adquiriendo al interior de la comunidad cristiana, como corresponsables
de la misma. Algo que a todos los creyentes nos tiene que alegrar. Pero
nadie ignora que ese mayor protagonismo y conciencia del laicado se ha volcado,
sobre todo, en tareas intraeclesiales, fundamentalmente catequéticas.
Es claro que también ahí el laico tiene su lugar (cf. CLM
19-42), pero no podemos ignorar, como afirma la Constitución Lumen
gentium, y nos recuerda reiteradamente el reciente magisterio episcopal,
que
"los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de
Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas
según Dios. (...) A ellos de manera especial les corresponde iluminar
y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente
unidos, de tal manera que estas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen
y sean para alabanza del Creador y Redentor" (LG 31).
La común dignidad bautismal asume en el seglar una modalidad que
lo distingue, y que el Concilio Vaticano II califica de «índole
secular». El carácter secular es propio y peculiar de los laicos,
ya que lo específico de su estado es vivir en medio del mundo y de
los asuntos temporales a manera de fermento (AA 2).
La vocación específica del laico consiste en contribuir desde
dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante
el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico,
y manifestando a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio
de su vida y con la hondura de su fe, esperanza y caridad (ChFL 15).
El lugar propio y específico del laico, aquél en el que nadie
le puede reemplazar es la vida pública, el compromiso social y político,
la presencia en los ámbitos de la familia, del trabajo y de la cultura.
Los laicos están llamados particularmente "a hacer presente
y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede
ser sal de la tierra si no es a través de ellos"(LG 33). Este
"apostolado en el medio social, es decir, el afán por llenar
de espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes
y las estructuras de la comunidad en que uno vive, es hasta tal punto deber
y carga de los seglares que nunca podrá realizarse convenientemente
por los demás. En el campo del trabajo, de la profesión, del
estudio, de la vecindad, del descanso o de la convivencia, son los seglares
los más aptos para ayudar a sus hermanos" (AA 13; cf. IP 50).
Sin un compromiso decidido en favor de la justicia, desde los ámbitos
donde se fragua y configura la cultura, el orden social y el orden económico,
la lucha por la justicia y la liberación de los pobres difícilmente
podrán pasar de pequeños gestos simbólicos y de acciones
paliativas. Es necesario un laicado adulto y corresponsable, que estando
presente en el tejido social, como la levadura en la masa (cf. CLM 43-52),
promueva un nuevo orden social, más justo y solidario, donde puedan
recuperar su palabra y sus posibilidades de realización los pobres.
El repliegue intraeclesial y la separación entre fe y vida, son dos
tentaciones fuertes, como nos advierte Juan Pablo II, en su exhortación
postsinodal:
"El Sínodo ha notado que el camino postconciliar de los fieles
laicos no ha estado exento de dificultades y peligros. En particular, se
pueden recordar dos tentaciones a la que no siempre han sabido sustraerse:
la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios
y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a
una práctica dejación de sus responsabilidades específicas
en el mundo profesional, social, económico, cultural y político;
y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe
y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las
más diversas realidades temporales y terrenas"(ChFL 2).
Una advertencia que nos ha reiterado el mismo Juan Pablo II:
"Esta vertiente ético-social se propone como una dimensión
imprescindible del testimonio cristiano. Se debe rechazar la tentación
de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con
las exigencias de la caridad, ni con la lógica de la Encarnación
y, en definitiva, con la misma tensión escatológica del cristianismo.
Si esta última nos hace conscientes del carácter relativo
de la historia, no nos exime en ningún modo del deber de construirla.
Es muy actual a este respecto la enseñanza del Concilio Vaticano
II: «El mensaje cristiano, no aparta los hombres de la tarea de la
construcción el mundo, ni les impulsa a despreocuparse del bien de
sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como
un deber»" (NMI 52).
La concentración de los laicos en tareas intraeclesiales, motivada
por la necesidad de su presencia en esas tareas y, sobre todo, por la dificultad
que entraña el compromiso en la vida pública y el desprestigio
en que parece haber caído muchas de las estructura a través
de las cuales se ha desarrollado históricamente, hace más
urgente y necesaria una acción pastoral que impulse decididamente
el compromiso social y político de los cristianos (EN 70). Educar
y dar cauce a este laicado, a través de movimientos e iniciativas
adecuadas, debe convertirse en una de las tareas básicas y urgentes
de la actividad pastoral de nuestras Iglesias.
Juan Pablo II nos ha recordado reiteradamente la necesidad de descubrir
cada vez mejor la vocación propia de los laicos (NMI 46) y la urgencia
que tenemos de suscitarla y alentarla (IE 41).
Educar y dar cauce a este laicado, a través de movimientos e iniciativas
adecuadas, es una responsabilidad que atañe muy directamente a los
pastores y que debe convertirse en una de las tareas básicas y urgentes
de la actividad pastoral de nuestras Iglesias.
"Para ello se necesitan programas pedagógicos, que capaciten
a los fieles laicos a proyectar la fe sobre las realidades temporales. Tales
programas, basados en un aprendizaje serio de vida eclesial, particularmente
en el estudio de la doctrina social, han de proporcionarles no solamente
doctrina y estímulo, sino también una orientación espiritual
adecuada que anime el compromiso vivido como auténtico camino de
santidad" (IE 41).
El servicio a los pobres
La
verdadera caridad eclesial se interesa "por el hombre completo
y por su completo bien: corporal y espiritual, material y cultural,
individual y social, temporal y trascendente, terreno y celestial".
Esta unidad global "abarca tanto la ayuda individual frente a una
situación de necesidad urgente como la promoción social
y la lucha por la reforma o cambio de las estructuras injustas"
(IP 112).
De este aspecto nos ocuparemos con más extensión en nuestra
segunda exposición.
4. CONCLUSIÓN
El
centro de la evangelización es la Caridad, que es Dios mismo. Un
Dios que nos ha amado hasta el extremo de hacerse uno de nosotros, de dar
su vida para hacernos hijos, hijos en el Hijo y hermanos unos de otros.
Este anuncio gozoso, hacer descubrir y gozar de esta experiencia del amor
de Dios constituye el contenido fundamental de toda acción evangelizadora.
Pero la caridad es, al mismo tiempo, el mejor camino para un testimonio
evangelizador, ella misma es evangelizadora, no sólo porque provoca
la apertura de los otros al evangelio -aspecto misionero de la caridad-
sino porque al margen de ella es imposible el conocimiento auténtico
de Jesucristo: La identificación de Cristo con los empobrecidos es
una página de Cristología, que sólo podemos aprender
en el ejercicio mismo de la caridad, del amor concreto y comprometido con
los empobrecidos, en el que el Señor glorioso se hace presente.
En este camino evangelizador es claro que los dos medios principales con
los que contamos son vivir la pobreza evangélica, en el ámbito
personal y comunitario, y el servicio a los pobres. Este necesariamente
no sólo pude ocuparse de las víctimas, sino que tiene que
realizarse en la búsqueda de una nueva sociedad, en la que nadie
sea excluido, en la que los pobres encuentren su lugar, recuperen la palabra
y alcancen su liberación. Es por tanto imprescindible un laicado
adulto y comprometido desde los distintos ámbitos de la vida pública,
que contribuyan decididamente al camio social.
Ponencia
2:
HACIA
UNA PASTORAL SOCIO-CARITATIVA MÁS EVANGELIZADORA
I. INTRODUCCIÓN
En
este segundo momento de nuestra reflexión, nos ocupamos de sacar
algunas de las consecuencias de lo que ha sido el objeto de la reflexión
de esta mañana. En un primer momento intentaremos ver las tentaciones
que acechan a la pastoral sociocaritativa para, después, a partir
de los criterios de actuación en la pastoral sociocaritativa
de la Iglesia, señalar algunos puntos de referencia que son imprescindibles
a la hora de impulsar una pastoral sociocaritativa evangelizadora. Esto
lo haremos desde la perspectiva del sujeto de la acción sociocaritativa,
de los destinatarios y de los programas y obras sociocaritativas. Al
abordar la cuestión de los agentes de esta acción pastoral,
me ocupare del tema del voluntariado de matriz cristiana.
II.
TENTACIONES DE LA PASTORAL SOCIO-CARITATIVA
1.
El Asistencialismo
La
acción caritativa y social ha sufrido frecuentemente la tentación
de reducir su intervención al mero asistencialismo, dando una
falsa imagen de la caridad:
"Lamentablemente, todavía se constatan en la acción
caritativa y social actitudes y actuaciones de talante evasionista,
falsamente espritualista y alienante, sin incidencia ni implicación
en los problemas de fondo que afectan a los necesitados; paternalismos
que no promocionan a los pobres, sino que los mantienen en una actitud
pasiva y de dependencia de sus bienhechores, así como tampoco
faltan ciertas caricaturas de una falsa caridad que con frecuencia tienen
más de vanidad social que de auténtica entrega personal
y de solidaridad real con los necesitados, algo por lo demás,
que desgraciadamente también se sigue dando en organismos públicos
y privados no confesionales" (IP 112s).
Pero más recientemente, como fruto del proceso de secularización
vivido en el ámbito de la sociedad y en el interior mismo de
la Iglesia, otras tentaciones nos acechan:
Onegeizar las instituciones socio-caritativas
La
primera es convertir las instituciones sociocaritativas en meras ONGs
dedicadas a la prestación de servicios sociales.
El mismo Juan Pablo II advierte de este primer riesgo cuando pide a
los laicos que no cedan nunca a la tentación de reducir las comunidades
cristianas a agencias sociales (NMI 52).
En el mismo sentido se ha pronunciado recientemente el Presidente de
la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco
cuando, en la relación de la II Asamblea especial para Europa
del Sínodo de los Obispos, afirma que "sería necesario
atender a que las labores de voluntariado y sobre todo las organizaciones
eclesiales de caridad no acaben por convertirse en unas organizaciones
no gubernamentales más, cuya identidad y criterios de actuación
queden desdibujados o se esfumen en la pura actividad humanitaria".
También el Plan Pastoral 2002-2005 de la Conferencia Episcopal
Española nos advierte del riesgo de que la caridad cristiana
quede reducida a un humanismo filantrópico y, citando la NMI,
reduciendo las comunidades cristianas en agencias sociales.
Parece claro que existe el riesgo de convertirse en una gestora eficiente
y barata de los servicios sociales, que contribuya a la desresponsabilización
de las administraciones públicas y a la disminución del
“Estado del Bienestar”.
Reducir la acción sociocaritativa al voluntariado social.
Otra
tentación que acecha es la de reducir la comprensión del
voluntariado cristiano, en aras de la convergencia e incluso de la coincidencia
con otros voluntariados que no son de matriz cristiana. No es infrecuente
que «lo cristiano del voluntariado» quede reducido al campo
de las motivaciones, como parece expresar la siguiente afirmación:
"Participando plenamente de las aspiraciones comunes a todo el
Voluntariado, los voluntarios cristianos tienen una característica
especial, que no significa diferencia alguna en cuanto a los objetivos
de la acción sino que radica en las motivaciones."
Pero la fe no se reduce al campo motivacional. Ésta afecta también
al fin de la acción voluntaria -que para el cristiano no puede
ser otro, en el fondo, que la evangelización- y al estilo con
que se realiza. En última instancia la acción voluntaria
del cristiano está llamada a ser al testimonio de una vida que
refleja el amor de Dios.
Olvidar
la dimensión evangelizadora de la pastoral sociocaritativa.
Una
tercera tentación es la de ver la acción sociocaritativa
como mera suplencia ante la incapacidad de las instituciones públicas
para asumir sus responsabilidades (IP 110), o la realización
de la misma al margen de la actividad evangelizadora. No son pocos los
cristianos que no terminan de asumir que la pastoral sociocaritativa
es parte constitutiva de una pastoral evangelizadora.
Hoy pocos niegan que las instituciones de la Iglesia están al
servicio de la evangelización, pero esta unanimidad se debilita
cuando se trata de ver la contribución específica que
tiene que hacer Cáritas y las demás instituciones de pastoral
caritativa a la misma. Por un lado está la opinión mayoritaria
de quienes sostienen que la contribución de estas instituciones
a la evangelización es implícita. Lo propio y suficiente
es la acción caritativa y social que es ya de por sí elemento
de la evangelización. Por otra parte, la de quienes defienden
que, puesto que sin un anuncio explícito no hay verdadera evangelización,
también estas instituciones deben hacerlo desde el respeto más
exquisito a las personas empobrecidas a las que sirve.
En este sentido resulta iluminadora la respuesta de Pedro al tullido
que le pide ayuda a la puerta del templo (Hch 3,6). Si a algo tienen
derecho los empobrecidos es a que les llegue el gozo del evangelio a
través de nuestras acciones y, cuando sea conveniente, de nuestras
palabras. De esta tarea no puede estar «sistemáticamente
ausente» la acción sociocaritativa de los cristianos y
de la Iglesia como tal.
Estas tentaciones, que pueden llegar a convertirse en un auténtico
riesgo, parece alimentarse inconscientemente desde dos ámbitos:
sobre todo, desde la propias instituciones de acción caritativa
y social, que no llegan a hacer vida una adecuada compresión
de su propia identidad y de lo que ésta implica, especialmente
a la hora de la captación de recursos y del diálogo con
otras entidades sociales. A ello hay que unir lo difícil que
resulta hacer entender a las instituciones públicas y privadas
lo que entraña la dimensión eclesial de las instituciones
sociocaritativas. Esta no adecuada comprensión de lo más
específico nuestro hace que, con frecuencia, se nos invite a
colaboraciones y respuestas que alimentan las tentaciones que acabamos
de mencionar.
III. CRITERIOS DE ACTUACIÓN EN LA ACTIVIDAD
CARITATIVO-SOCIAL DE LA IGLESIA (IP 106-119)
En
el Documento la Iglesia y los Pobres, la comisión Episcopal de
Pastoral Social indica cuatro criterios claros que debe caracterizar
toda acción socio-caritativa para que pueda ser considera parte
de la actividad caritativosocial de la Iglesia.
1.
Pertenece esencialmente a la constitución de la Iglesia
La actividad caritativo-social pertenece esencialmente a la constitución
de la Iglesia, es algo que brota de su mismo ser, habitada y movida
por el Espíritu Santo para continuar la presencia y la obra de
Cristo en el mundo. La acción caritativo social obra de manera
cuasi-sacramental, en cuanto parte integrante de la acción pastoral
de la Iglesia.
En la vida del Señor se unen palabra y obra. Ello implica que
la acción caritativa y social debe integrarse plenamente en la
pastoral de la Iglesia (IP 110s.).
2.
Sus dimensiones: lucha por la justicia, promoción social y asistencia
personal.
La acción caritativo social tiene una dimensión de lucha
por la justicia, sin olvidar la promoción social y la asistencia
personal. La verdadera caridad es integradora y se interesa por el hombre
completo: abarca tanto la ayuda individual, frente a una situación
de necesidad urgente, como la promoción social y la lucha por
la reforma o cambio de las estructuras injustas.
Esto no impide que, en ocasiones, ciertos grupos, instituciones o actuaciones
se dediquen especialmente, de manera ocasional o habitual, a algunos
aspectos parciales y problemas especiales, pero siempre en relación
y comunión con el conjunto de la actuación eclesial (IP
112s.).
3.
Se integra de manera visible y significativa en la sociedad.
La acción caritativa y social debe estar integrada de manera
visible y significativa en la sociedad. En el marco de un Estado de
derecho y no confesional, la Iglesia debe hacer presente de manera pública
y notoria, en un clima de diálogo, respeto y colaboración
con todos, el mensaje del Evangelio, del que forma parte la acción
socio-caritativa. Con ello también colabora al bien común
de la sociedad, al tiempo que contribuye a crear un tejido social que
vaya facilitando el paso de la democracia formal hacia la democracia
real (IP 114-116).
4.
Debe ser católica y ecuménica
La acción socio-caritativa de la Iglesia tiene que tener una
dimensión universal: Como católicos no podemos reducirnos
a los problemas de «nuestro campanario», a las necesidades
parroquiales o diocesanas, autonómicas o estatales, sino que
hay que buscar la solidaridad y colaboración con toda la Iglesia,
volcando la ayuda donde haya más necesidades, especialmente en
el Tercer Mundo.
La acción caritativa y social debe ser ecuménica; es decir,
en colaboración con los cristianos de otras confesiones, con
los creyentes de otras religiones y con todos los hombres de buena voluntad
(IP 117-119).
IV.
PUNTOS DE REFERENCIA PARA UNA PASTORAL SOCIO-CARITATIVA EVANGELIZADORA
A
la vista de lo que llevamos dicho, parece claro que una pastoral sociocaritativa
que quiera ser coherente con su dimensión evangelizadora tiene
que tener en cuenta tres elementos, al menos, a la hora de su realización
concreta: el sujeto de la acción socio-caritativa, sus destinatarios
y la misma acción que realiza.
1.
La Iglesia, sujeto de la pastoral socio-caritativa
La misión de evangelizar ha sido confiada por el Señor
a su Iglesia. De la misma manera, el sujeto de la acción sociocaritativa,
como parte de la evangelización, es la comunidad cristiana en
su totalidad. De ahí que la pastoral sociocaritativa tenga que
ser radicalmente eclesial.
1.20676.
Eclesialidad de la Pastoral Sociocaritativa
La acción sociocaritativa tiene que nacer en el seno de la Iglesia
y tiene que realizarse en comunión con las instituciones que
la realizan, si quiere mantener su carácter eclesial. Es más,
tiene que realizarse como una dimensión de la acción pastoral
y, por tanto, estrechamente vinculada a la misma, a sus gestos (vida
comunitaria y liturgia) y a su palabras (catequesis...).
1.20677.
Servidora de la responsabilidad de la comunidad y de sus miembros
La actividad de las instituciones de pastoral social y caritativa tiene
que realizarse de tal manera que no contribuya a que el resto de la
comunidad cristiana se desentienda de su responsabilidad con respecto
al mundo de la marginación y de la pobreza. No puede sustituirles.
Al contrario, tiene que facilitar el que todos y cada uno de los cristianos
puedan asumir esta responsabilidad y ejercitarla de la manera más
eficiente posible.
Para ello es necesario cuidar y fortalecer todos los elementos de comunión,
coordinación y corresponsabilidad que tiene la comunidad cristiana
en este campo.
Además, de esa dimensión comunitaria, hay que ayudar que
los creyentes individualmente considerados puedan descubrir y fortalecer
su compromiso personal.
Finalmente, es necesario cuidar la acogida y el acompañamiento
de las personas que colaboran en nuestra acción socio-caritativa
y que no comparten el don de la fe, de manera que la colaboración
que prestan pueda convertirse para ellos en ocasión de conocimiento
de la Iglesia y de una posible llamada a la fe.
1.20678.
Imagen de Jesús que vino a servir
El carácter sacramental de la Iglesia exige que la pastoral socio-caritativa
pueda ser percibida como imagen de Jesús “que vino a servir”,
lo que implica fundamentalmente dos cosas: Que las acciones y las obras
sociocaritativas sean significativas y que estas se realicen desde una
cercanía afectiva y efectiva al mundo de la pobreza y de la marginación.
Cuando hablamos de significatividad nos referimos a que nuestras acciones
y obras no sean fruto del hacer por hacer, sino que, en lo que de nosotros
dependa, puedan ser percibidas como signo de la Caridad, que es Dios,
porque estén arraigadas en el seguimiento de Jesucristo, testimonien
la siembra de los valores del Reino, estén basadas en el compartir
e insertas en un proyecto de educación en la solidaridad y la
justicia. Y todo ello con el uso de unos medios adecuados a la dignidad
de las personas a las que servimos y, al mismo tiempo, que puedan ser
percibidos como expresión de una Iglesia que está llamada
a ser pobre y de los pobres.
1.20679.
Propiciadora de la evangelización
La evangelización es el objetivo último de toda acción
pastoral. Nuestras obras y acciones sociocaritativas podrán contribuir
tanto más a la evangelización cuanto más encarnen
las siguientes características:
1) Que ayude a abrir los ojos. Y esto en una doble dirección.
Por un lado, que contribuya a hacer ver la pobreza y sus causas. Se
trata de propiciar una visión de la pobreza compartida, apasionada,
vigilante, esperanzada, universal.
Por otro lado, tiene que ayudar a que todos los miembros de la comunidad
cristiana puedan dase cuenta de que la pastoral de la Caridad es parte
constitutiva de la acción evangelizadora.
2) Que facilite que los cristianos puedan avanzar en un compromiso concreto
con los empobrecidos. Para ello será necesario ofrecer iniciativas
que lo faciliten, de manera que la preocupación por los pobres
no se quede sólo en palabras, sino que se traduzca en acciones
concretas.
3) Que contribuya a la evangelización de la comunidad cristiana.
En primer lugar, propiciando un estilo de vida más en consonancia
con la pobreza evangélica y el amor a los pobres. La Pastoral
de la caridad tiene que ayudar a mantener vivo y acrecentar el amor
de la comunidad y de sus miembros a la pobreza evangélica y a
los pobres (IP 120-154), procurando que este amor no se quede en palabras,
sino que actúe como elemento configurador de la comunidad y de
cada uno de sus miembros. Para ello parece necesario que la Iglesia
mantenga una organización sencilla y sobria, fácilmente
accesible a los pobres; que ella misma tenga un estilo de vida pobre
y que en su acción utilice medios pobres. Finalmente su orientación,
su dedicación y planificación debe de estar orientada
principalmente por su misión de servicio hacia los pobres (cf.
IP 25-27).
En segundo lugar, la pastoral de la caridad debería contribuir
a que la Iglesia pueda ser cada día más una comunidad
en la que los empobrecidos puedan sentirse en su propia casa (NMI 50).
Finalmente, la acción social y caritativa tendría que
poder ser percibida como buena noticia por los más desfavorecidos.
Todo ello parece hacer necesario que esta pastoral tenga unos cauces
organizativos lo más simplificados posible, tanto más
simples cuanto más se acercan a la estructura pastoral parroquial.
Es imposible, más aún, ni siquiera parece conveniente
que cada parroquia, arciprestazgo, etc. reproduzca la estructura especializada
que necesariamente tiene que existir en la diócesis. En la medida
en que nos acercamos a realidades más pequeñas, el servicio
tiene que ofrecerse de la forma más simplificada y cercana posible.
Por otro lado, este planteamiento evangelizador hace necesario que al
frente de las instituciones pastorales sociocaritativas haya personas
con conocimiento, experiencia y talante pastoral, y no simples gestores.
Es verdad que las obras sociocaritativas por pequeñas que sean
necesitan de una gestión eficaz y moderna; es verdad que el volumen
económico que van adquiriendo estos organismos pastorales y su
relación con la financiación externa cada vez requieren
una mejor gestión económica que, por otra parte, es compleja.
Igual puede decirse en el campo del personal contratado. Pero la dimensión
de gestión debe estar siempre subordinada a la dimensión
pastoral y por tanto, su presencia debe situarse en el ámbito
de las colaboraciones imprescindibles, siempre supeditadas a las decisiones
pastorales.
2.
En función de los destinatarios de la Pastoral socio-caritativa
A nuestro juicio, la acción sociocaritativa tiene tres destinatarios
fundamentales: los empobrecidos, la sociedad civil y la misma comunidad
cristiana.
2.1.
Los empobrecidos
Nuestro servicio a los empobrecidos podrá contribuir tanto más
a la evangelización cuanto mejor pueda hacer suyos los siguientes
rasgos:
20686)
Acogida y acompañamiento
Ante todo es necesario acogerlos como Dios los acoge y mirarlos como
Dios los mira: por lo que son y no solamente por sus carencias.
"Es la hora de un nueva «imaginación de la caridad»,
que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas,
sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre,
para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino
como un compartir fraterno" (NMI 50)
20687)
Amarlos como Jesús los ama
Estamos llamados a amar con el amor que el Espíritu Santo derrama
en nuestros corazones, a encarnar el amor de Cristo en el servicio concreto
a los pobres.
La novedad del amor de Jesús está en que antepone los
intereses de sus hermanos a los propios (Rom 5,6-8). Este es el amor
que debe desarrollar en el hoy de la historia una Iglesia evangelizadora:
Anteponer los verdaderos intereses de los pobres a los suyos.
Jesús no amó a distancia, sino que pasó del lado
de los pobres. Vivió una amistad real con los pobres, mantuvo
relaciones de una auténtica convivialidad con los excluidos.
Por otra parte, Jesús defendió siempre la dignidad del
pobre. Ante la adúltera, pone de manifiesto la hipocresía
de sus acusadores y le da una nueva oportunidad.
Jesús no se limitó a hacer cosas en favor de los pobres.
Tampoco resolvió todos sus problemas. El amor no elimina la responsabilidad
de los indigentes, sino que les da la posibilidad de llevarla a cabo.
El amor no suplanta la responsabilidad de nadie. El amor ni desconfía
ni se cansa de dar nuevas oportunidades.
El amor es com-pasivo, es decir, comparte el sufrimiento de los otros.
Sólo el Hijo podía cargar con nuestros pecados y dolencias,
pero todos podemos ser solidarios con las dolencias y aún los
pecados de la humanidad, incluidos los de los pobres. Este punto es
capital para vivir una auténtica solidaridad y comunión
con los últimos. Cuando falta el sentido de la auténtica
com-pasión, caemos en la solidaridad de los ricos con los pobres.
Pero la misión de la Iglesia evangelizadora debe desarrollar
la solidaridad de la comunión, desarrollando la reciprocidad
del amor.
20688)
Confiar en el pobre
En el servicio a los pobres, constatamos hasta qué punto tiende
a instalarse en nosotros una cierta desconfianza. Tenemos miedo a que
nos engañen. La confianza en el pobre, tal como podemos descubrirla
en la práctica de Jesús, tiene los siguientes rasgos:
1) Confiar es acoger al otro como persona, más allá de
la necesidad que nos presente; es también tener la serenidad
y el coraje de entablar un verdadero diálogo con quien llama
a nuestra puerta. La limosna o la ayuda para quitarnos a alguien de
encima o para tranquilizar nuestra conciencia es un síntoma de
desconfianza.
2) Confiar en el pobre es considerarlo sujeto y no mero objeto de nuestra
generosidad. Jesús no se limita a curar al paralítico,
le perdona los pecados y le invita a caminar. La miseria puede arruinar
una personalidad, pero la confianza nos permite creer en los resortes
depositados por Dios en toda persona, en particular en los pobres.
3) La confianza en el pobre es, en última instancia, fe en la
verdad más revolucionaria y más gozosa de la historia,
anunciada por Jesús: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor
del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y
prudentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre,
pues tal ha sido tu beneplácito (Lc 10,21).
La comunidad eclesial ha tenido siempre la tentación de menospreciar
la capacidad del pobre para acoger el don de la fe, como lo muestra
bien la carta de Santiago (Sant 2,5s.). Una Iglesia evangelizadora está
llamada a redescubrir el designio de Dios sobre los pobres y actuar
en consecuencia. La Iglesia evangelizadora no sería fiel a su
misión y a su identidad más profunda si en su relación
con los pobres se limitara a desarrollar un compromiso asistencial o
ético.
20689)
Servir la esperanza de los pobres
Servir la esperanzas de los pobres y sus posibilidades. Es necesario
aprender a descubrir esta esperanza a través de sus expectativas.
Pero al mismo tiempo, la esperanza proveniente de Dios trasciende el
tiempo y el espacio, nuestra esperanza en Cristo no es sólo para
esta vida (1 Cor 15,19), y hemos de comunicársela.
Los que se acercaban a Jesús eran hombres y mujeres marcados
por el sufrimiento. Acudían con sus expectativas humanas y muy
concretas. A través de ellas demostraban su fe y su esperanza.
Jesús respondía a sus esperanzas y consolidaba su fe (Mc
9,23s.; Mt 15,28). Ellos se acercaban a Jesús buscando que les
sacase de una necesidad y, sin embargo, les Jesús hablaba de
la fe.
Dios ha depositado la esperanza en el corazón de los pobres.
La cuestión está en cómo servirla y darla a conocer
a los mismos pobres, quienes pueden ignorarla o rechazarla.
20690)
Ayudarles a que puedan ser protagonistas de su destino
La pastoral sociocaritativa tiene que plantearse cada vez más
no el ser un gesto o una palabra en favor de los empobrecidos, sino
cómo ayudarles para que ellos puedan ser protagonistas y tomar
la palabra.
Es evidente que la acción de la Iglesia no puede limitarse a
la mera asistencia, sino que debe estar encaminada a ayudarles para
que sean protagonistas de su propio destino, creando las condiciones
que permitan integrarse en una sociedad que tiende a excluirlos. Para
ello hay que partir de la situación concreta del que necesita
ayuda, por lo que muchas veces será imprescindible la ayuda directa
e inmediata. Pero ha de hacerse de tal forma que sea el primer paso
que le encamine hacia su promoción social y le facilite su integración
(IP 80-105).
2.2.
La comunidad cristiana
1)
Conocimiento realista de la situación
Es frecuente que en la Iglesia confundamos la realidad que estamos llamados
a ser, lo que Dios nos ofrece como don y posibilidad, con lo que de
hecho somos y hacemos. Esta confusión, especialmente cuando hablamos,
también se da en el campo del compromiso con los pobres. Es claro
que cuando hablamos del amor preferencial de la Iglesia por los pobres
estamos hablando de lo que Dios nos ofrece y de lo que han vivido y
viven tantos cristianos, muchísimas veces en grado heroico. Pero
también es cierto que muchos en la comunidad cristiana, por la
razón que sea, viven al margen de este compromiso (IP 111). Por
ello parece imprescindible un conocimiento realista de la situación
de los distintos miembros de la comunidad cristiana en relación
con la opción preferencial por los pobres.
1)
Contribuir a que la opción preferencial pobres sea realmente
asumida
A partir de este análisis, la pastoral de la caridad tendrá
que ayudar a desmontar los prejuicios y a remover los obstáculos
concretos que impiden que el amor preferencial por los pobres sea un
hecho asumido globalmente por la comunidad. Pero no basta con quitar
prejuicios y remover obstáculos, es imprescindible abrir cauces,
con un sentido pedagógico, que permitan avanzar progresivamente
por este camino.
Impulsar
la comunicación de bienes
Además, es necesario acrecentar la comunicación cristiana
de bienes, vinculándola como ha hecho la más genuina tradición
de la Iglesia a la celebración de la Eucaristía (1 Cor
16,1-2).
Amar
la pobreza y vivir pobremente
Es necesario que actividad pastoral ayude a amar la pobreza y a vivir
pobremente, en seguimiento de Jesús pobre.
2)
Impulsar la vocación específica de los laicos
En cuanto a los agentes de esta acción pastoral se impone la
necesidad de impulsar la opción preferencial por los pobres desde
la vocación específica de los laicos y reorientar el modo
de vivir el voluntariado cristiano.
Del necesario impulso de la vocación específica de los
laicos ya n os hemos ocupado en la anterior exposición, pero
conviene recordarlo aquí, ya que se trata de una acción
imprescindible si se quiere impulsar una pastoral sociocaritativa auténticamente
evangelizadora.
Ahora nos ocupamos del tipo de voluntariado que es necesario impulsar,
si queremos que la acción sociocaritativa contribuya más
decididamente a la evangelización.
3)
Impulsar un voluntariado coherente con la fe cristiana
No pretendemos abordar aquí el fenómeno del voluntariado
social en toda su riqueza y complejidad, algo que muchos han hecho con
singular competencia, sino que nos limitaremos a reflexionar sobre la
aportación de la fe al mismo, sobre lo específico del
voluntariado social cristiano. Se trata de un aspecto que, a nuestro
entender, no se ha abordado sistemáticamente y en toda su amplitud,
cosa que tampoco se pretende en este trabajo. Nuestra intención
es aportar algunas reflexiones que puedan contribuir al debate acerca
del voluntariado de matriz cristiana.
a)
La llamada al voluntariado
Ante todo el voluntariado de los cristianos no es algo opcional. La
urgencia de la caridad "no está en la dinámica de
un voluntariado potestativo o meramente opcional, que podría
ser o no ser: es una respuesta ineludible del ser cristiano".
Todo en la vida cristiana es don del Señor y, al mismo tiempo,
respuesta a su llamada. También la acción voluntaria de
los cristianos tiene que entenderse en clave vocacional. Por eso, el
voluntariado cristiano no puede estar constituido, en su núcleo
más esencial, por un compromiso personal asumido en función
de los propios gustos y capacidades, como respuesta a las necesidades
de los otros. No puede ser sólo, ni principalmente, el resultado
de plantearse qué me gusta, qué puedo hacer, para qué
soy más apto, a dónde me lleva mi grado de compromiso
y generosidad. En la vida cristiana, a partir de la aceptación
de la fe sólo cabe una pregunta última -¿Señor
qué quieres de mí?- y ponerse a la escucha para oír
su llamada y dejarse conducir por él.
El voluntariado cristiano es la respuesta a una llamada del Señor,
discernida en función de los «talentos recibidos»
y de las necesidades de los otros. Una llamada que parte de la iniciativa
de Dios que llama y seduce, y que el vocacionado «padece»,
haciéndole frecuentemente recorrer caminos insospechados para
él, hasta ese momento.
Pero la dimensión vocacional no es siempre el punto de partida
que lleva a asumir un compromiso como voluntario, a veces es la meta
de llegada. La afirmación que hace PDV, respecto al papel del
el voluntariado en la educación de los jóvenes y en la
pastoral vocacional, es perfectamente válida para todos: El voluntariado
social
"representa hoy un recurso educativo particularmente importante,
porque sostiene y estimula (...) hacia un estilo de vida más
desinteresado, abierto y solidario con los necesitados. Este estilo
de vida puede facilitar la comprensión, el deseo y la respuesta
a una vocación de servicio estable y total a los demás,
incluso en el camino de una plena consagración a Dios" (PDV
9).
La experiencia del voluntariado se manifiesta especialmente útil
para educar
"al compromiso, al significado del servicio gratuito, al valor
del sacrificio, a la donación incondicionada de sí mismos
(...). En efecto, se trata de un voluntariado motivado evangélicamente,
capaz de educar al discernimiento de las necesidades, vivido con entrega
y fidelidad cada día, abierto a la posibilidad de un compromiso
definitivo en la vida consagrada, alimentado por la oración;
dicho voluntariado podrá ayudar a sostener una vida de entrega
desinteresada y gratuita y, al que lo practica, le hará más
sensible a la voz de Dios" (PDV 40).
Desde este punto de vista, el voluntariado realizado especialmente en
las instituciones sociocaritativas de la Iglesia puede ser una ocasión
de apertura a la fe para quienes no la conocen o viven alejados de ella.
Si la raíz última del voluntariado cristiano es vocacional
y su realización forma parte de la misión evangelizadora
de la Iglesia, podemos decir con toda razón que la actividad
voluntaria puede llamarse apostolado. De Hecho la exhortación
postsinodal Chistifideles laici lo considera "una importante manifestación
de apostolado, en el que los fieles laicos, hombres y mujeres, desempeñan
un papel de primera importancia" siempre que se viva "en su
verdad de servicio desinteresado al bien de las personas, especialmente
de las más necesitadas y las más olvidadas" (ChFL
41; cf. SD 39).
b)
La fe configura al voluntario
Lo cristiano del voluntariado, ¿se reduce sólo a la motivación?
De hecho existe la tentación de reducir la comprensión
del voluntariado cristiano, en aras de la convergencia e incluso de
la coincidencia con otros voluntariados. No es infrecuente que «lo
cristiano del voluntariado» quede reducido al campo de las motivaciones.
Pero hemos de afirmar con claridad que la fe no se reduce al campo motivacional.
Ésta afecta también a la conciencia personal y a la actividad
que la persona realiza en su vida y en su ambiente concreto (EN 18),
transformando con la fuerza del Evangelio sus criterios de juicio, sus
valores determinantes, sus puntos de interés, sus líneas
de pensamiento, sus fuentes inspiradoras y sus modelos de vida (EN 19;
cf. EN 20). Más aún, el cristiano no tiene en última
instancia otra misión en el mundo que la de anunciar el evangelio
(EN 13s.) con el testimonio de su vida y con su palabra (EN 21s.).
Si esto es así, la fe no puede determinar sólo la motivación
del voluntario, sino que tiene que afectar a su modo de ver la realidad,
los criterios con que la valora y con los que decide sus acciones, sus
prioridades, el modelo y el talante con que realiza la acción
social, e incluso a su pretensión última, que no puede
ser otra que la de ofrecer a todos la posibilidad de abrirse al Evangelio.
c)
Un voluntariado coherente con la fe
Pedro Corduras, tras hacerse eco de algunas definiciones de voluntariado,
se decanta por la de Joaquín García Roca por ser la que
mejor describe el tipo de acción voluntaria que se deriva de
la fe: "El voluntariado social acaba entendiéndose como
un servicio gratuito y desinteresado que nace de la triple conquista
de la ciudadanía: como un ejercicio de la autonomía individual,
de la participación social y de la solidaridad para con los últimos".
Las características de las acciones con las que los discípulos
tienen que acompañar la proclamación del Reino (cf. Mt
10,7s.) coinciden con las del voluntariado social: gratuito, orientado
al otro, dirigido a la inclusión en la comunidad.
Tres acciones caracterizan al voluntariado como ciudadanía:
1) Descubrir nuestra diversidad, salir del círculo de nuestros
amigos y nivel social. Supone salir de «nuestro mundo»,
con la pérdida de seguridad que ello implica, y romper barreras
sociales, cuestionándolas ya al traspasarlas. Al otro lado de
estas fronteras sociales, el voluntariado descubre la existencia de
vidas humanas que necesitan y merecen ser tenidas en cuenta, en cuyo
contacto surge la compasión, primer motor de su acción.
Para ello basta con una sencilla presencia entre los pobres, vivida
con una actitud de apertura a aprender, conocer y valorar modos distintos
de vida y relación; basta con "dejarse afectar" por
la realidad con la que nos encontramos.
Esta acción produce una transformación social doble: desde
la persona, que al cambiar ella ya cambia la sociedad, y de una sociedad
donde empiezan a caer las barreras sociales.
2) Redefinir el bien común, con y desde los excluidos. Para ello
ha de huir de concepciones benéficas y paternalistas. De alguna
manera tiene que posibilitar que los sectores a los que atiende tengan
palabra y participen en los procesos y decisiones que les afectan. Con
ellos intenta ver la realidad desde abajo y desde fuera, desde el lugar
de la exclusión, y con la mirada y la palabra de los excluidos.
3) Promover el cambio social, comprometiéndose con estructuras
e instituciones. Las asociaciones de voluntarios actúan como
intermediarias entre el Estado y la ciudadanía, ofreciendo un
canal para la participación ciudadana. El cambio social dinamizado
por el voluntariado social va desde la inclusión en la sociedad
y en sus órganos de decisión de los excluidos, a la promoción
de un nuevo concepto de justicia, una justicia "comunitarista".
Como señala bien Lourdes Zambrana no es este el tipo de solidaridad
que prevalece en nuestro entorno. Al contrario, el modelo imperante
"sugiere que la causa de los problemas son la fatalidad, las desgracias
naturales, la corrupción o las limitaciones personales. Nadie
es responsable de nada. No puede hacerse nada, sólo aliviar situaciones
personales con ayuda económica y material. Es una falsa solidaridad
que nos quiere convencer de que puede mejorarse (nunca cambiarse) el
mundo sin esfuerzo personal. No provoca ningún cambio personal,
ningún proceso: ni en la persona que realiza el voluntariado,
ni en la persona que se atiende, ni en una comunidad, ni en la sociedad.
Esta falsa solidaridad es compatible con el egoísmo, el consumismo,
el racismo, etc."
d)
Un voluntariado sostenido por la vida cristiana
La fe aporta al voluntariado una motivación, una llamada a la
radicalidad, un ámbito comunitario, y la opción por los
pobres, que es la contribución principal del discipulado al voluntariado.
Esta contribución es doble. Supone colaborar con la voluntad
de justicia y compasión de Dios e impulsar una concepción
comunitaria de la sociedad.
En la comunidad cristiana recibimos el impulso, la formación,
el lenguaje y los valores para acercarnos radicalmente a la injusticia
y luchar contra ella al estilo de Jesús.
Mediante la acción vivificadora del Espíritu Santo, el
voluntariado se ve enriquecido con la Palabra de Dios, que ilumina y
da sentido; con la Eucaristía, memorial de la entrega hasta el
extremo de Cristo modelo y fuerza para nuestra propia entrega; con el
don de la caridad de Cristo, que es fuente de energía para quien
desea vivirla y de capacidad para el servicio auténtico.
La fe en el misterio de la Encarnación y la vivencia que tenemos
del mismo, impulsa al voluntario cristiano a realizar su acción
social con el talante de inmersión que esta requiere, «conviviendo
con» y «estando entre» las personas a quienes servimos.
Pero la sola inmersión no basta. No sólo hay que «estar
con»; también hay que «estar para» hacer propia
la causa de los pobres. Esto significa que hay que mirar la realidad
social con los ojos del pobre; que hay que organizar la propia vida
y la vida social «desde el lugar del pobre»
Finalmente, la comunidad cristiana ofrece un ámbito adecuado
para la formación que todo voluntario necesita, si quiere respetar
a las personas que sirve; estas tienen el derecho a ser atendidas adecuadamente,
para lo que no basta la buena voluntad. El esfuerzo que hace el voluntario
para formarse es una expresión muy importante de su amor y de
su entrega. El voluntario necesita una formación social global
que le permita detectar, analizar y acompañar los problemas en
los que trabaja. Esta formación incluye necesariamente un conocimiento
adecuado de la doctrina social de la Iglesia. Además necesita
una formación referente al sector en el que trabaja.
La exhortación Apostólica Iglesia en Europa invita a "revalorizar
el sentido auténtico del voluntariado cristiano", sugiriendo
para ello que el voluntario se alimente continuamente de la fe, y que
en su acción conjugue capacidad profesional y amor auténtico,
impulsandole a que eleve los sentimientos de filantropía a la
altura de la caridad de Cristo (IE 85; cf. EV 90).
2.3.
La sociedad en general
a)
Amar al mundo como Dios lo ama (Jn 3,16)
Parece que en algunos sectores de la Iglesia se va instalando una visión
casi exclusivamente negativa del mundo, una cierta demonización
de la sociedad y de sus mediaciones. En la medida en que participemos
de esa visión cerraremos caminos a la evangelización.
Evidentemente no se trata de tener una visión ilusa del mundo,
incapaz de ver el mal que hay en él.¡ No! Pero si no somos
capaces de tener una actitud positiva, una mirada apasionada, cercana
y comprometida con el mundo no tendremos capacidad de evangelizarlo:
“Tanto amó Dios al mundo que envió.... (Jn 3,16).
Y esto, sin hacernos del mundo, sin ser mundanos (Jn 17,14-20).
a)
Desde el anuncio y la denuncia
El amor al mundo, como el de Dios, nos urge para que hagamos ver las
situaciones de exclusión y sus causas, denunciando cuando sea
necesario las carencias que se dan tanto en la sociedad como en la misma
Iglesia. Pero no basta con hacer ver o denunciar, es necesario demostrar
que hay soluciones posibles y ofrecerlas, poner en marcha programas
y obras significativas que sean elementos ejemplarizantes y transformadores
de la sociedad:
- Por estar dirigidas a personas que tienen poco reconocidos sus derechos
- Por ser capaces de poner en marcha y dinamizar una forma nueva
de servicio al sector de población al que se dirige.
- Por estar enraizadas en opciones «ético-sociales»
y teológicas profundas: la persona humana y su dignidad
inviolable de imagen de Dios, su libertad y sus derechos, un concepto
humano y humanizador del desarrollo, así como del destino
universal de los bienes.
- Por ser transmisoras de un proyecto de sociedad, basado en el compartir.
- Por estar insertas en un proyecto de educación para la solidaridad
y la justicia, siendo así posibilitadora del cambio incluso estructural.
- Por priorizar la inserción y tener en cuenta todos los aspectos
de la persona.
- Por privilegiar la acción realizada por el voluntariado.
b)
Colaboración con las instituciones públicas y sociales
Las instituciones sociocaritativas tienen el derecho y la obligación
de colaborar con las Instituciones Públicas y sociales en la
construcción de una sociedad más justa y fraterna. Pero
en este campo es necesario y urgente avanzar en la búsqueda de
unos criterios comunes que puedan ser asumidos por las distintas instituciones
de acción caritativa y social. Entre éstos cabe señalar
los siguientes:
- Que estén en función de los intereses de los empobrecidos,
y no de los de las propias instituciones.
- Que respete la identidad de las Instituciones Públicas y sociales
y no comprometa nuestra identidad eclesial.
- Que no sea excusa para cubrir las responsabilidades de otros, ni para
suplantarlas, especialmente la de las Administraciones Públicas.
- Que no reduzcan las instituciones sociocaritativas a meras receptoras
de financiación.
- Que las relaciones estén amparadas por acuerdos de colaboración
a largo y medio plazo, y no sean meramente coyunturales.
3.
En función de los programas y obras socio-caritativas
El
respeto a las personas a las que servimos y al personal remunerado que
trabaja con nosotros exige que planteemos nuestros programas y obras
con responsabilidad:
Es necesario que los programas y las obras puedan ser sostenibles el
tiempo mínimo que sea necesario para cubrir los objetivos previstos,
sobre todo por respeto a sus destinatarios. Esto exige que las fuentes
de financiación nos permitan garantizar dicho funcionamiento,
aunque sea en los mínimos imprescindibles, con recursos propios.
Cuando se financie con recursos ajenos, es necesario que estos estén
suficientemente garantizados por medio de conciertos estables y no que
dependan exclusivamente de subvenciones anuales.
Esto exige estar atentos para no comprometernos por encima de nuestras
posibilidades reales y, por supuesto, no echarle a los otros (instituciones
y personas) responsabilidades y cargas sin su conocimiento.
También hemos de asumir nuestra responsabilidad con relación
al personal contratado: en primer lugar, cumpliendo nuestras obligaciones
laborales y sociales de acuerdo con la legislación vigente y
los criterios de la Doctrina Social de la Iglesia.
Además, si no queremos terminar desnaturalizando nuestras instituciones
es necesario que la mayoría de ellos sean personas no solo competentes,
desde el punto de vista técnico, sino que tengan un claro sentido
de pertenencia a la Iglesia; creyentes, aunque no siempre vivan la fe
con toda la coherencia que sería deseable; cristianos militantes
que estén comprometidos con el mundo de la exclusión y
la transformación social.
En los casos de personas que no compartan nuestras opciones de fe no
basta con que respeten la identidad y el estilo eclesial de nuestras
instituciones, sino que es necesario que la acepten como punto obligado
de referencia para la institución y para el trabajo que ellos
mismos realizan.
V.
REAVIVAR EL ARDOR EVANGELIZADOR