ESQUEMA GENERAL
Monición
a la oración
Oración
Palabras de D. Ignacio
Presentación
Ponencia
Monición a la oración
Bienvenidos seáis una vez más a esta “Casa
y escuela de la comunión”.
Estamos aquí para avanzar y consolidar la comunión eclesial y para crecer
en el sentido de diocesaneidad. De esta manera, como nos indica el Papa
Juan Pablo II, seremos fieles a Dios y responderemos a las profundas
esperanzas de los hombres.
A ello nos invita el propio Jesús: “Que todos sean uno como Tú Padre
y yo somos uno”.
1.
ORACIÓN INICIAL:
Presidente: T Dios mío, ven en mi auxilio
Todos: Señor, date prisa
en socorrerme
Gloria al Padre…
2.
CANTO:
El
espíritu de Dios hoy está sobre mí,
Él es quien me ha ungido a
proclamar
La Buena Nueva a los más pobres
La gracia de su
salvación.
3.
MONICIÓN:
4.
SALMO:
Lector: El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de
Cristo.
Todos: El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de
Cristo.
Lector: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré
la copa de la salvación, invocando su nombre.
Todos: El cáliz que
bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.
Lector: Mucho le cuesta
al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas.
Todos: El cáliz que bendecimos es la comunión de la
sangre de Cristo.
Lector: Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando
tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el
pueblo.
Todos: El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de
Cristo.
Lector: Gloria al Padre…
Todos: Como era…
5.
LECTURA: 1ª Cor. 11, 23 - 34
(PALABRAS DEL OBISPO)
6.
ORACIÓN DE LOS FIELES:
Presidente: con gran confianza en el Señor, que nos congrega para hacer
de su Iglesia “la casa y la escuela de la comunión”, elevemos al Padre, por
medio de Jesucristo, nuestras oraciones.
Lector: Por la Iglesia, universal por vocación y misión, que ha echado
sus raíces en nuestra tierra, para que, congregada en torno a nuestro obispo,
en la escucha de la Palabra, en la comunión fraterna y en la fracción del pan,
sea una, Santa, católica y apostólica.
ROGUEMOS AL SEÑOR
Lector: Por
todos los que trabajamos en nuestra Iglesia de Huelva, para que iluminados por
los dones del Espíritu Santo, ofrezcamos un testimonio creíble de unidad y de
amor para que el mundo crea.
ROGUEMOS AL SEÑOR.
Lector: Por todos los
hombres y mujeres que sufren la violencia en sus vidas, por los que no tienen
trabajo, por los enfermos, los trabajadores, los inmigrantes, las familias,
los profesionales, los niños y los ancianos, para que encuentren acogida y
ayuda en los problemas.
ROGUEMOS AL SEÑOR.
Lector: Por todos los que
participamos en esta iniciativa de formación, para que, acogiendo las
enseñanzas, las proyectemos en nuestras vidas
ROGUEMOS AL
SEÑOR
(PETICIONES ESPONTÁNEAS)
Presidente: PADRE
NUESTRO
ORACIÓN
7.
FINAL:
Presidente: Bendigamos al Señor.
Todos: Demos gracias a
Dios.
CANTO
Mientras recorres la vida
Tú nunca solo estás.
Contigo por el
camino
Santa María va.
Ven
con nosotros al caminar
Santas María ven. (Bis)
Aunque te digan algunos
Que nada puede cambiar,
Lucha por un
mundo nuevo,
Lucha por la verdad.
Ven
con nosotros al caminar
Santa María ven. (Bis)
Palabras de D. Ignacio
Recibimos la transmisión viva de la imposición de las
manos en nuestras cabezas por aquellos que fueron mayores que nosotros,
antecesores a nosotros en la sucesión apostólica y eso hace que el Obispo sea
cabeza de su Iglesia y punto de referencia para la Comunión de todos. Él
representa a Cristo y es punto de referencia del amor de los hermanos. Esta
comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo, nos hace vivir continuamente la
realidad de la comunión en Él y de la comunión entre
nosotros.
La Iglesia que pierda, la persona que
pierda el sentido de la comunión con los hermanos, ha perdido el sentido de la
Iglesia de Cristo, quizás fuera de la realidad salvadora del
Señor.
Por el contrario aquel que come dignamente
el Cuerpo de Cristo va haciendo en su alma y en su vida, una base, la
plataforma para ser al mismo tiempo persona que con su vida y con su palabra
predique la comunión, la unión entre los hermanos.
Hoy se nos va hablar precisamente de esto,
vamos a profundizar en esta realidad, abramos nuestros oídos del corazón para
poder entender y para poder vivir y para poder comunicar la enorme gracia del
Señor, de hacernos con su Cuerpo, miembros de ese cuerpo y pregoneros de la
verdad.
Presentación
Queridos D. Julián y D. Rosendo, hermanos
obispos, y queridos hermanos todos y amigos.
Ya
sabéis que cuando propusimos conmemorar el Cincuentenario de nuestra Diócesis,
entre otros aspectos, todos necesarios y posiblemente bellos, teníamos como
dos intenciones fundamentales: dar gracias a Dios por el pasado, las personas
que hicieron posible la Diócesis y mirar al futuro con optimismo y realismo al
mismo tiempo, y para que pudiéramos buscar este futuro en bases muy sólidas,
este año de conmemoración estará sembrado con actos litúrgicos y las
confluencias de profundidad teológica y de fundamento para el
futuro.
Hoy
nos toca hablar de la Eucaristía que es el centro de la vida cristiana y la
que promueve toda la realidad de nuestra vida ante el Señor y con la Iglesia.
Pues bien, habéis asistido siempre con fruto a varias conferencias de varios
pastores que nos han ido informando y formando.
Hoy
para hablar de la Eucaristía tenemos entre nosotros a D. Julián López Martín.
D. Julián es un sacerdote de una ciudad llena de historia, muy bella. Estudio
en su seminario, como casi todos los sacerdotes de las diócesis españolas y
completó sus estudios y perfeccionó en el Pontificio Instituto S. Anselmo de
Roma ( en el que hace poco tiempo estudió un sacerdote de Huelva D. Pedro de
Rociana). Allí se doctoró en Teología litúrgica, por eso está hoy
aquí.
Sacerdote desde el año 68. Se ordenó muy joven con 23 años y de su
diócesis fue coadjutor, fue párroco, fue canónico de la Sagrada liturgia de la
catedral de Zamora, delegado diocesano de la pastoral litúrgica, miembro del
Consejo presbiteral, y del Consejo del consultorio. Ha sido consiliario
diocesano del Movimiento Familiar Cristiano, profesor de religión en un
instituto y en la escuela universitaria de formación del profesorado de
Zamora, director diocesano de Teología de S. Ildefonso y de la Cátedra Juan
Pablo II, delegado diocesano para varios asuntos como son el IV centenario de
la muerte de santa Teresa, Año de la Redención, año Mariano Universal, V
Centenario de la evangelización de América, Congreso Eucarístico de Sevilla en
el cual estuvimos también y de los Congresos Mariano y Marianológico, ha sido
asesor técnico y colaborador permanente del Secretariado Nacional de Liturgia
y Sacramentos de la Universidad Pontificia de Salamanca, presidente de la
Asociación española de profesores litúrgicos, ha impartido clases en la
facultad de Teología de Burgos y Barcelona, ha participado en numerosos
congresos y ha dado numerosas conferencias a la cual hoy sumará la de Huelva.
Ha publicado: “El don de la pascua del Señor”, “La oración de las horas”, “El
año Litúrgico, “La santificación del tiempo”, “Liturgia fundamental”, “La
liturgia en la vida de la Iglesia”, “En espíritu y en verdad, “La liturgia en
la Iglesia”.
Como
veis, sabe de lo que habla. Fue preconizado obispo muy joven (con 49 años) en
ciudad Rodrigo. Hoy es presidente de la Comisión episcopal de liturgia de la
Conferencia episcopal española y antes fue miembro de esta comisión y de
otras. Desde hace un par de años es Obispo de León.
Bienvenido querido hermano D. Julián. Todos somos oídos para saber que
nos dices.
Ponencia
LA EUCARISTÍA, MAIFESTACIÓN PRINCIPAL DE LA IGLESIA
El testimonio del Rito actual de la Misa
Huelva, 21 de febrero de
2004
- La Iglesia vive de la Eucaristía, es decir, del Cristo eucarístico,
y de Él se alimenta para crecer en la comunión y por Él es iluminada y
sostenida en la misión. Esta verdad encierra, en síntesis, el núcleo del
misterio de la Iglesia.
- Desde el principio, pues, la Iglesia y la
Eucaristía han estado indisolublemente unidas: "La Eucaristía edifica la
Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía" (EdE 26; cf. 21 ss.).
1. La
Iglesia particular y la Iglesia local. Diócesis y parroquia
A) El misterio
de la Iglesia.
B)
Iglesia particular e Iglesia local:
Elementos constitutivos de la Iglesia
particular:
a) Porción del pueblo de Dios;
b) El ministerio del obispo
diocesano y de su presbiterio;
c) La acción del Espíritu Santo;
d) La
Palabra y la Eucaristía;
e) La presencia de la Iglesia de Cristo.
C) El
papel del ministerio ordenado.
2. El testimonio del Ordo Missae y de la
Ordenación general del Misal Romano.
A) "Acción de Cristo y del pueblo de
Dios, ordenado jerárquicamente"
B) El ministerio sacerdotal y los demás
ministerios
C) La estructura y las partes de la celebración
a) Ritos
iniciales
b) La liturgia de la Palabra
c). La liturgia eucarística
d). El rito de conclusión
3. A modo de conclusión
pastoral.
LA EUCARISTIA, "MANIFESTACION PRINCIPAL" DE LA IGLESIA
El testimonio del Rito actual de la Misa
La encíclica Ecclesia de Eucharistia que el Papa Juan Pablo II regaló a
la Iglesia en el Jueves Santo de 2003 , coincidiendo con el vigésimo quinto
aniversario de su elección como Sucesor de San Pedro en el ministerio apostólico,
constituye una invitación a situar en el primer plano de la reflexión teológica
y pastoral las relaciones entre la Iglesia y el Misterio eucarístico, no
de una manera puramente nocional o intelectual, sino dejándonos impregnar
de "sentimientos de gran asombro y gratitud" ante este "don inconmensurable"
(cf. EdE 5; 6; 48).
En efecto, la Iglesia vive de la Eucaristía, es decir, del Cristo eucarístico,
y de Él se alimenta para crecer en la comunión y por Él es iluminada y sostenida
en la misión. Esta verdad encierra, en síntesis, el núcleo del misterio
de la Iglesia, de tal manera que nuestro Redentor, al instituir la Eucaristía
la tarde en que fue entregado y confiarla a los Apóstoles como memorial
de su muerte y resurrección hasta su vuelta (cf. 1 Cor 11,23-26), con este
don ponía también en manos de la Iglesia la actualización perenne de la
realidad misteriosa de ésta como acontecimiento de salvación (cf. EdE 11;
LG 3; SC 2). La Iglesia nació en Pentecostés bajo la acción del Espíritu
Santo, pero un momento decisivo de su formación fue la institución de la
Eucaristía en el cenáculo. Por eso la Iglesia vive, se edifica y progresa
en la medida en que se nutre del Misterio eucarístico, que es lo más precioso
que tiene en su caminar por la historia .
La Eucaristía está en el centro del proceso de crecimiento de la Iglesia
de Cristo una, santa, católica y apostólica, que acontece y se manifiesta
como sacramento universal de salvación (cf. LG 1; 48; GS 45) en toda legítima
comunidad de los fieles unidos a sus pastores (cf. LG 26; SC 41). No en
vano, desde la primera hora, los que fueron bautizados el día de Pentecostés
y los que se les fueron agregando poco a poco, tenían como característica
el perseverar en la enseñanza de los Apóstoles, en la fracción del pan,
en la comunión y en las oraciones (cf. Hch 2,41-42.46). Entre estas cuatro
notas que definían la comunidad cristiana primitiva, sobresale la fracción
del pan, más tarde llamada Eucaristía (cf. CCE 1328; 1327), que alude a
la celebración del rito instituido por el Señor en conmemoración suya (cf.
1 Cor 11,23-26 y par.), y que tenía lugar por las casas (cf. Hch 2,46),
presumiblemente en el domingo, según consta ya en el Nuevo Testamento (cf.
Hch 20,7-11; 1 Cor 16,2). Desde el siglo II los testimonios son cada vez
más completos y precisos, al respecto .
Desde el principio, pues, la Iglesia y la Eucaristía han estado indisolublemente
unidas. Más aún, como recuerda el Vaticano II, esas reuniones locales de
los fieles recibieron el nombre de iglesias en el Nuevo Testamento (cf.
LG 26). De este modo, la reflexión sobre la Iglesia lleva a la reflexión
sobre la Eucaristía, y viceversa. Más aún, la relación es tan profunda que
la Iglesia no puede existir sin la Eucaristía, y la Eucaristía en alguna
medida depende también de la Iglesia. De ahí la famosa afirmación: "La Eucaristía
hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía" , que el Papa Juan Pablo
II formula así: "La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía"
(EdE 26; cf. 21 ss.). Este pensamiento está implícito en el Concilio Vaticano
II, cuando señala en la Constitución sobre la sagrada liturgia: "La liturgia
es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo,
la fuente de donde mana toda su fuerza" (SC 10; cf. LG 11; PO 5).
En este sentido, cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, está celebrando
su propio misterio, es decir, el acto que la constituye en acontecimiento
de salvación y signo e instrumento -sacramento- de la íntima unión de los
hombres con Dios y de la unidad del género humano (cf. LG 1; 9; GS 42).
Por eso, cuando la Iglesia se reúne en asamblea eucarística en un determinado
lugar, se está manifestando como sacramento de Cristo que actúa en su cuerpo
y, a través de él, en la humanidad por medio de su Espíritu.
Esta sugestiva realidad es la que deseo exponer en este marco del 50 aniversario
de la creación de la Diócesis de Huelva, celebración gozosa a la que me
complace asociarme en nombre propio y de mi diócesis Legionense. Ahora bien,
un tema tan rico puede ser tratado desde muchos puntos de vista. Yo voy
a fijarme tan sólo en uno de ellos, el de la teología litúrgica o concreta
expresión de la doctrina de la fe que se encuentra en los ritos y textos
de la liturgia, y precisamente en la celebración eucarística. Para ello
voy a tomar en las manos el Ordo Missae, el Rito de la Misa con el que la
Iglesia nos manda ahora celebrar el Misterio eucarístico. Este Rito es descrito
y explicado en un documento importante del Misal Romano que se llama la
Institutio generalis u Ordenación general, recientemente actualizado con
motivo de la publicación de la tercera edición típica del citado libro litúrgico
.
Divido mi intervención en tres apartados: 1. Algunos conceptos básicos acerca
de la Iglesia particular y local y de la función que tiene en ella el ministerio
sacerdotal; 2. La aportación del Ordo Missae y de la OGMR a esta visión
de la Iglesia; y 3. Consecuencias pastorales de la afirmación "La Eucaristía
es la principal manifestación de la Iglesia".
1. La Iglesia particular y la Iglesia local. Diócesis y parroquia
La Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II afirma en
dos ocasiones que la Eucaristía es la manifestación principal de la Iglesia.
En efecto, en la introducción del documento se dice:
"La liturgia, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía.., contribuye
en grado máximo a ... manifestar la auténtica naturaleza de la verdadera
Iglesia" (SC 2).
Más explícito aún es el texto siguiente:
"Conviene que todos tengan en gran aprecio la vida litúrgica de la diócesis
en torno al Obispo, sobre todo en la Iglesia catedral; persuadidos de que
la principal manifestación de la Iglesia se realiza (lat.: praecipuam manifestationem
Ecclesiae haberi) en la participación plena y activa de todo el pueblo santo
de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma
Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el
Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros" (SC 41).
A estos textos es preciso añadir un tercero, alusivo a la reunión local
de los fieles en torno a un presbítero que hace las veces del Obispo. Nótese
que se está hablando de la vida litúrgica parroquial. En efecto, "como no
lo es posible al Obispo, siempre y en todas partes, presidir personalmente
en su Iglesia a toda su grey, debe por necesidad erigir diversas comunidades
de fieles. Entre ellas sobresalen las parroquias, distribuidas localmente
bajo un pastor que hace las veces del Obispo, ya que de alguna manera representan
a la Iglesia visible establecida por todo el orbe (lat.: quodammodo repraesentant
Ecclesiam visibilem per orbem terrarum constitutam)" (SC 42; cf. LG 28).
De manera explícita los dos primeros textos, de manera implícita el tercero,
todos aluden a la celebración litúrgica como manifestación principal de
la Iglesia de Cristo, y a la Eucaristía como el signo privilegiado de lo
que es la Iglesia en cuanto cuerpo de Cristo. En el fondo de esta realidad
misteriosa, está el hecho de la participación de los fieles en el banquete
eucarístico: "El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión con
la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión con el cuerpo
de Cristo?. Puesto que el pan es uno, así nosotros, aunque somos muchos,
formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan" (1 Cor 10,16-17).
El tema tiene unas riquísimas connotaciones de teología bíblica, concretamente
paulina, y patrística. En efecto, del cuerpo de Cristo, es dceir, de su
humanidad glorificada en la resurrección, del que se participa sacramentalmente
en la comunión eucarística (cf. 1 Cor 11,28-29), se pasa al cuerpo que es
la Iglesia (cf. 1 Cor 12,12); de manera que la edificación de la comunidad
y la unidad de todos los miembros de ésta, tiene origen en el único pan
eucarístico y, con ello, en el único cuerpo de Cristo. De ahí el hermoso
comentario de San Agustín: "Si vosotros sois el cuerpo y los miembros de
Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos
y recibís el misterio que sois" (Serm. 272; cf. EdE 40).
Tratemos de precisar el pensamiento del Concilio Vaticano II, fijándonos
en la realidad eclesial a la que ha querido aludir.
A) El misterio de la Iglesia
Los textos reproducidos de la Constitución sobre la sagrada liturgia, hablan
de la Iglesia manifestada y representada visiblemente en la celebración
litúrgica. La Iglesia es el "pueblo santo congregado y ordenado bajo la
dirección de los obispos" (cf. LG 26). Y, en este sentido debe entenderse
la afirmación de SC 2 relativa a la "naturaleza auténtica de la verdadera
Iglesia". No hay que olvidar, en efecto, que la naturaleza de la Iglesia,
según las enseñanzas del Vaticano II, es sacramental por analogía con el
Verbo encarnado. En efecto, la Iglesia es "a la vez, humana y divina, visible
y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación,
presente en el mundo y, sin embargo, peregrina" (SC 2; cf. LG 8). Por tanto,
en las celebraciones litúrgicas, especialmente en la Eucaristía, se produce
una verdadera epifanía de la Iglesia. Esto quiere decir que la liturgia
no es una mera visibilización de la comunidad eclesial, a modo de una imagen
convencional, sino que entraña una cierta presencia del misterio de la Iglesia,
explicable por una cierta analogía con la presencia de Cristo en la acción
litúrgica (cf. SC 7; Mt 28,20).
El Concilio Vaticano II afirma más de una vez que Cristo, para realizar
su obra santificadora y cultual, "asocia siempre consigo a su amadísima
Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre
eterno" (SC 7; cf. 83-84). No en vano Él es la cabeza de todo el cuerpo,
al que se une esponsalmente en el Espíritu Santo (cf. Ef 4,15-16; 5,23-32;
Ap 22,17.20). El texto latino de SC 42 dice, efectivamente: las comunidades
locales de los fieles, "quodammodo repraesentant Ecclesiam visibilem per
orbem terrarum constitutam". Re-praesentare entraña siempre, en el vocabulario
litúrgico, un modo de presencia y de actuación (res praesens sistitur) .
Las celebraciones, por tanto, no solamente hacen visible a la Iglesia, sino
que la hacen presente y activa, junto con Cristo, al que está asociada .
Ahora bien, ¿qué Iglesia es la que se manifiesta y, en cierto modo, se hace
presente en la celebración eucarística? ¿la Iglesia que llamamos universal,
es decir, la Iglesia como misterio de comunión en la que subsiste la única
Iglesia de Cristo y que acontece en cada una de las Iglesias repartidas
por todo el mundo (cf. LG 26), o la Iglesia particular, formada a imagen
de la Iglesia universal y en la que, juntamente con las demás Iglesias particulares
y a partir de ellas, existe la única Iglesia de Cristo?
Esta pregunta no es ociosa, porque viene a plantear, en definitiva, qué
idea de la Iglesia y qué experiencia de Iglesia tienen los fieles cristianos
cuando toman parte en la liturgia, y sobre todo en la Eucaristía. Sin duda,
muchos se sienten Iglesia y tienen ya una experiencia de lo que es la Iglesia
en relación a Jesucristo, cabeza de todo el cuerpo, y en relación a la comunidad
de los hermanos. Pero, ¿no sucede, a veces, que esa comunidad que celebra,
se mira demasiado a sí misma y proyecta sobre la celebración sus gustos,
sus preferencias, sus cantos, su propia singularidad? ¿No es esto olvidar
que una comunidad local no es, ella sola, la Iglesia de Cristo? Son preguntas
que sería conveniente plantear alguna vez, para evitar el reduccionismo
en el que caen, sin saberlo la mayoría de las veces, algunas comunidades
al preparar la liturgia.
Por estos motivos parece conveniente hacer algunas precisiones terminológicas
a propósito de la Iglesia particular y local en la celebración eucarística
. En todo caso, la renovación litúrgica del siglo XX contribuyó decisivamente,
para el pueblo cristiano, a la toma de conciencia de lo que es la Iglesia.
Esta toma de conciencia ha alcanzado su precisión más autorizada en el Concilio
Vaticano II, cuando aquella gran asamblea, guiada por el Espíritu Santo,
respondió a la invitación del Papa Pablo VI, a fin de que la Iglesia se
conociese mejor a sí misma .
B) Iglesia particular e Iglesia local
Uno de los grandes méritos de la Constitución Sacrosanctum Concilium del
Vaticano II fue situar su reflexión sobre la sagrada liturgia, en el marco
de la historia de la salvación que se realiza en el misterio de Cristo y
de la Iglesia. En este sentido coincide, en cuanto a las opciones básicas
de la eclesiología conciliar, con los grandes documentos del Vaticano II,
aun siendo anterior a todos ellos . El complemento, pues, de la constitución
litúrgica se encuentra, desde el punto de vista eclesiológico, en Lumen
Gentium y en los restantes documentos conciliares que vinieron después.
En efecto, para hablar de la Iglesia hay dos vías: partiendo de la Iglesia
universal o bien partiendo de las Iglesias particulares. Las dos perspectivas
eclesiológicas son posibles y adecuadas, si bien ninguna de las dos permite
olvidar o infravalorar a la otra. La primera vía, a la que estamos más habituados
todavía, ha sido la propia del Occidente cristiano, que ha sido siempre
más misionero y expansionista. La segunda, más centrada en los aspectos
internos de la comunión eclesial, ha sido más cultivada en Oriente. Pero,
insisto, ambas son adecuadas y complementarias.
En este sentido, el pasaje de SC 2, cuando menciona la naturaleza de la
Iglesia, se está refiriendo a la Iglesia de Cristo, una y única, que llamamos
universal en cuanto es católica y se extiende por toda la tierra; pero que
incluye y se realiza siempre en las Iglesias particulares, puesto que afirma
que la Eucaristía es su principal manifestación . Por otra parte la Eucaristía,
aunque es celebrada en un lugar concreto, entraña siempre la referencia
a la totalidad de la Iglesia.
El texto de SC 41 se refiere, en cambio, a la Iglesia particular o diocesana,
y a la celebración de la Eucaristía más característica dentro del ámbito
de la comunidad diocesana que preside el Obispo, la denominada Misa estacional
. De la misma manera, SC 42 alude a la vida litúrgica de las comunidades
locales de los fieles presididas por un presbítero, que hace las veces del
Obispo. No en vano el Concilio está hablando del fomento de la vida litúrgica
en la diócesis y en la parroquia. Ahora bien, ¿quiere esto decir que la
Iglesia que se manifiesta en la Misa estacional, es únicamente la Iglesia
particular; y que la Iglesia que se hace visible en las celebraciones presididas
por los presbíteros, es únicamente la Iglesia local? En modo alguno.
En ambos casos el sujeto integral de la celebración es siempre una asamblea
concreta y localizada, que representa y en la cual se hace presente el cuerpo
total de la Iglesia de Cristo, es decir, la Iglesia como misterio o acontecimiento
sacramental, una, santa, católica y apostólica . Lo que ocurre en la Misa
estacional -se supone además, que es concelebrada- es que el signo externo,
manifestativo y representativo de la Iglesia de Cristo, es mucho más rico
que en una simple celebración parroquial presidida por un presbítero.
No es ahora el momento de analizar la terminología que emplea el Concilio
Vaticano II a propósito de la Iglesia particular y local . Lo verdaderamente
importante es la afirmación de que en todas las legítimas comunidades locales
de los fieles unidos a sus pastores se realiza (y se manifiesta) el misterio
de la Iglesia de Cristo (cf. LG 26; 28).
Para los fines de este trabajo es suficiente atenerse a las precisiones
adoptadas por el Código de Derecho Canónico de 1983. De hecho ha representado
una toma de postura, en cuanto a la distinta terminología que aparece en
el Concilio sobre las Iglesias particulares y las Iglesias locales. En este
sentido, después de haber hecho suya la eclesiología conciliar en el c.
368, que se inspira en LG 23, emplea la expresión Iglesia particular significando
tan sólo la diócesis y otras circunscripciones que se le asemejan (cf. CDC
c. 369-371). La noción que ofrece sigue literalmente el texto de CD 11:
"La diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un Obispo
para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que unida
a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la
Eucaristía, constituye una Iglesia particular, en la que verdaderamente
está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica"
(cf. 3; AG 6).
Según esta noción los elementos constitutivos de la Iglesia particular son
los siguientes:
a) Porción del pueblo de Dios: Este elemento hace referencia a los miembros
de la Iglesia particular, que son todos los fieles cristianos, incluidos
los ministros ordenados y los religiosos (cf. CDC c. 204,1).
b) El ministerio del obispo diocesano y de su presbiterio: El obispo diocesano
confiere a la Iglesia particular la nota de la apostolicidad (cf. CDC c.
336), ejerciendo en ella la triple función de santificar, enseñar y regir
(cf. CDC c. 375). Al ministerio del Obispo está íntimamente vinculado el
de los presbíteros, cooperadores necesarios que participan con él del mismo
y único sacerdocio ministerial de Cristo.
c) La acción del Espíritu Santo que edifica y enriquece a la Iglesia particular
distribuyendo sus dones y carismas a los fieles, comenzando por el propio
Obispo que es constituido Sucesor de los Apóstoles y Pastor de la Iglesia
en virtud del mismo Espíritu (cf. CDC c. 375,1).
d) La Palabra y la Eucaristía: La Palabra de Dios suscita y alimenta la
fe, de manera que anunciar el Evangelio y enseñar es función principal en
el ministerio del Obispo (cf. CDC c. 368) y misión de los presbíteros (CDC
c. 757). Por otra parte la Iglesia particular es una comunidad cultual,
en la que la Eucaristía ocupa el centro como fuente y culmen de todo el
organismo sacramental y de la vida cristiana (cf. CDC 897; 899).
e) La presencia de la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica
que acontece en la Iglesia particular, la convierte en sacramento de la
íntima unión de los hombres con Dios y de la unidad del género humano, como
se ha dicho más arriba.
Resulta muy significativo, por otra parte, que la especificación de la diócesis
como Iglesia particular se haga, ante todo, sobre la base del elemento personal,
es decir, la porción del pueblo de Dios, y por la presencia del ministerio
apostólico que encarna el Obispo con su presbiterio. En ese pueblo actúa
el Espíritu Santo, que lo congrega por medio del Obispo y de los presbíteros,
y lo hace crecer mediante la Palabra y la Eucaristía -los sacramentos-.
Queda en segundo plano el territorio, que aunque por regla general circunscribe
la porción del pueblo de Dios, sin embargo se admite también la posibilidad
de que, en el mismo territorio, se puedan erigir Iglesias particulares distintas
en base a los ritos de los fieles o a otros motivos similares (cf. CDC c.
372).
Respecto de la parroquia, el Código de Derecho Canónico, en coherencia con
el Vaticano II, afirma que "es una determinada comunidad de fieles constituida
de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad
del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio"
(CDC c. 515,1). Aquí también se destaca la importancia del factor personal,
la comunidad de fieles, y de la presidencia y gobierno pastoral, que aquí
reside en el presbítero al que aquella es encomendada bajo la autoridad
del Obispo, el párroco y quienes hacen sus veces. El factor territorial
tiene también su valor como norma general, pero no es decisivo, ya que en
el mismo Derecho se preven así mismo parroquias personales (cf. CDC c. 518).
Siguiendo al Vaticano II, la noción de Iglesia local puede aplicarse perfectamente
a la parroquia (cf. SC 42; CD 30; AA 30), aunque no en exclusiva, de manera
que ha de ser considerada como "célula de la diócesis" y estructura derivada
de ésta, dependiente de factores históricos y sociológicos, pero en todo
caso insustituible como cauce inmediato y ordinario de pertenencia a la
Iglesia para los fieles.
C) El papel del ministerio ordenado
Según la doctrina de la Iglesia Católica, estamos aquí ante una estructura
carismático-institucional que garantiza tanto la comunión eclesial como
la misión evangelizadora y pastoral de aquella. Dentro de esta comunión
se inscriben todos los carismas, funciones y ministerios con los que el
Espíritu Santo ha enriquecido a la Iglesia, pero jerarquizados y estructurados
a partir del ministerio apostólico, en dependencia de Cristo, cabeza y Sumo
Sacerdote de todo el cuerpo.
La estructura carismático-institucional de la Iglesia se pone de manifiesto
también en la liturgia, sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Esta
es siempre fuente, centro y culmen de toda la vida de la Iglesia, y de todos
los ministerios y oficios eclesiales ejercitados por las más diversas personas
(cf. LG 11; PO 5; CDC c. 897). En este sentido el ministerio del Obispo
y del presbítero se definen precisamente en relación con la presidencia
de la celebración eucarística (cf. LG 10; 17; 26; 28; CD 11; PO 5). Más
aún, las demás funciones, relativas a la Palabra de Dios -munus docendi-
y a la guía o pastoreo de la comunidad -munus gobernandi-, tienen su elemento
central y aglutinante en la función santificadora y cultual -munus sanctificandi-,
tanto en el Obispo, que posee la plenitud el sacramento del Orden (cf. LG
21; 25-27; CCE 1558; 888-896), como en el presbítero, aun cuando su sacerdocio
está subordinado al Obispo (cf. LG 28; PO 2; 4-6; CCE 1562-1567). Puede
decirse, por tanto, que el Obispo y el presbítero enseñan, santifican y
gobiernan la porción del pueblo de Dios que les ha sido confiada, en cuanto
son ministros ordenados para presidir la Eucaristía.
De aquí se deriva una importante consecuencia, a saber, la legitimidad de
la celebración eucarística depende de la legitimidad de la ordenación del
ministro que la preside, Obispo o presbítero (cf. LG 26; LG 28). Pero sólo
donde se tiene legítimo presidente de la celebración eucarística (legítimo
ministro), se tiene también legítima Eucaristía, es decir celebración en
comunión verdadera con la Iglesia de Cristo . Y sólo donde se celebra ésta,
se produce la plena manifestación del misterio de Cristo y de la naturaleza
genuina de la verdadera Iglesia (cf. SC 2; cf. CDC c. 897), en cuanto que
la Iglesia de Cristo se manifiesta reunida en torno al Obispo en la Iglesia
particular y en torno al presbítero en la Iglesia local .
Por otra parte, la relación íntima entre el Misterio eucarístico y el misterio
de la Iglesia, en el que ésta es significada y maravillosamente realizada
por aquel (cf. LG 3; 11; IO 2), proyecta su luz sobre el don y misterio
del sacerdocio ministerial que tiene su máxima expresión, en cuanto a su
naturaleza y función, justamente en la celebración eucarística. En efecto,
el sacerdote (Obispo o presbítero) ha recibido en el sacramento del Orden,
por la imposición de manos (cf. 1 Tm 4,14; CCE 1573; 1585), la gracia de
actuar en la Eucaristía en la persona de Cristo, consagrando la oblación
del pueblo santo representado por la comunidad que participa. La función
presidencial y, por tanto, ministerial-eclesial, del Obispo o del presbítero,
está estrechamente vinculada a la asamblea eucarística, a la vez que es
garantía de la comunión de ésta con toda la Iglesia (legitima eucaristía).
El ministro es, en este sentido, servidor de Cristo y de su Espíritu para
edificación de la Iglesia, que se manifiesta y se realiza en la Eucaristía.
Y por lo mismo es servidor también de la Iglesia, en cuanto asegura con
el ejercicio de su ministerio, el que tenga la Eucaristía. En efecto, al
presidir la Eucaristía y consagrar los dones que han presentado los fieles
(el pan y el vino) para que se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo,
está actuando no sólo para la Iglesia ni solamente con ella ni en ella,
sino en favor de ella. Dicho de otro modo, aparece entonces como ministro
de Cristo realizando la unidad de su cuerpo eclesial y haciendo posible
la comunión de los fieles su cabeza, es decir, la vida misma de la Iglesia
.
Esta función la realiza siempre en el nombre de Cristo cabeza, nunca como
enviado o delegado de una comunidad concreta. Por eso el Vaticano II enseñó
ya que, aunque el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles
se ordenan el uno para el otro, sin embargo, la diferencia entre ambos es
esencial y no sólo de grado. En efecto, "el sacerdocio ministerial, en virtud
de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal,
efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo
el pueblo; los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan
en la oblación de la eucaristía" (LG 10; cf. PO 2). En efecto, no se trata
de una mayor o menor intensidad de la participación en el único sacerdocio
de Cristo, sino de participaciones esencialmente diversas. El sacerdocio
ministerial se funda en el carácter impreso por el sacramento del Orden,
que configura a Cristo sacerdote, y permite al ministro actuar en la persona
de Cristo cabeza (LG 10; 28; PO 2). El sacerdocio común se funda en el carácter
bautismal, que capacita a los cristianos para servir a Dios mediante la
participación en la liturgia y el testimonio de una vida santa. El sacerdocio
ministerial es a la vez jerárquico y, al mismo tiempo, un servicio prestado
a la comunidad de los fieles .
Otra importante enseñanza del Concilio Vaticano II, que sigue de cerca en
toda esta temática la doctrina del Papa Pío XII en la encíclica Mediator
Dei, dedicada a la liturgia, de 20-XI-1949, es la relativa a la presencia
de Cristo en la persona del ministro de los sacramentos, en especial de
la Eucaristía: "Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente
en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio
de la Misa, sea en la persona del ministro, 'ofreciéndose ahora por ministerio
de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz', sea sobre
todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los
Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza"
(SC 7; cf. CCE 1084-1089).
En efecto, la presencia del Señor viene afirmada en la persona del ministro,
que hace las veces de Cristo oferente, en las especies sacramentales del
pan y del vino, y en los sacramentos. Respecto del primer modo de presencia,
el Concilio cita unas palabras de Trento que aluden a la identidad del Sumo
Sacerdote, oferente y víctima a la vez, en el Sacrificio de la Cruz y en
la Misa (cf. DS 1743). La diferencia está en que Cristo se ofrece ahora
"por ministerio de los sacerdotes". La función del sacerdote aparece, por
tanto, como una mediación personal del ofrecimiento de Cristo, que origina
la presencia especial del Señor en él, en virtud del sacramento del Orden
que lo configura a Cristo (cf. PO 2): "La actividad del ministro humano
autorizado constituye sin duda en el sacramento el signo eficaz de la presencia
de Cristo. En otras palabras: el ministro del sacramento no hace por consiguiente
las veces de Cristo ni lo representa como si éste estuviera ausente, sino
en cuanto está presente y actúa por medio de él en el orden del singno"
.
La Constitución Sacrosanctum Concilium menciona también la presencia de
Cristo en los sacramentos, poniendo como ejemplo lo que sucede en el Bautismo,
recogiendo una bella frase de S. Agustín: "cuando alguien bautiza, es Cristo
quien bautiza" (In Ioann. tr. 6, c.1). Todo esto hace del sacerdote un "instrumento
vivo de Cristo, Sacerdote eterno", para proseguir en el mundo su obra redentora,
lo cual lleva consigo una particular exigencia de santidad personal .
2. El testimonio del Ordo Missae y de la Ordenación general del Misal Romano
Esta visión de la Iglesia particular y local, se hace patente en la celebración
de la Eucaristía, según afirman los dos importantes textos del Concilio
Vaticano II reproducidos al principio, SC 2 y SC 41. Volvemos de nuevo a
la relación entre la Iglesia y la Eucaristía, pero ahora desde la teología
litúrgica. Estoy plenamente convencido de que, desde las celebraciones litúrgicas
tal y como están diseñadas y se proponen en los actuales libros litúrgicos
-textos y ritos conjuntamente-, es posible llegar a una eclesiología según
la liturgia .
Ahora se trata de tomar en las manos el ritual con el que es preciso celebrar
hoy el Misterio de la fe, para comprobar cómo refleja la importante realidad
de que la Eucaristía es "la principal manifestación de la Iglesia". Este
ritual está contenido en el Ordo Missae (rito de la Misa) y explicado en
la Institutio generalis Missalis Romani u Ordenación general del Misal Romano,
como ya se ha indicado anteriormente . Dicho de otro modo, en esta segunda
parte, deseo mostrar la imagen de la Iglesia que es reflejada en la OGMR
y en el Rito de la Misa. Para ello voy a hacer una lectura semiológica de
la celebración de la Eucaristía, es decir, del simbolismo de los ritos y
de los elementos y partes de la celebración. Pero, antes, es preciso ver
de qué manera la OGMR se hace eco de la doctrina del Vaticano II, en cuanto
a la Eucaristía como manifestación de la Iglesia y en cuanto al papel que
corresponde en esta manifestación al ministerio ordenado.
A) "Acción de Cristo y del pueblo de Dios, ordenado jerárquicamente"
La OGMR, supuesta la identidad entre la lex orandi de la Iglesia y su perenne
lex credendi, que "recuerda que, salvo el modo diverso de ofrecer, constituyen
un mismo y único sacrificio el de la cruz y su renovación sacramental en
la Misa" (OGMR 2), la celebración eucarística es "acción de la Iglesia universal"
(OGMR 5), "acción de Cristo mismo" (OGMR 11), o con mayor precisión aún:
"acción de Cristo y del pueblo de Dios ordenado jerárquicamente" (OGMR 16)
, "es decir, un pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección del
Obispo" (OGMR 91; cf. SC 26; LG 10; 11; PO 2; 5; 6).
La Eucaristía, por tanto, no es presentada solamente como acción del sacerdote
al cual se une el pueblo, sino también como acción de todo el pueblo de
Dios, reunido en un determinado lugar y momento para celebrar, constituido
en la totalidad y diversidad de sus miembros que ejercen sus diversas funciones.
La presencia y acción del sacerdote-ministro, en cuanto que ocupa el lugar
de Cristo, es ciertamente indispensable para que el pueblo sacerdotal pueda
ejercer su sacerdocio, pero no agota la acción de la comunidad eclesial
ni puede anular la parte que le corresponde. Por eso, el conjunto de la
celebración es llamada expresamente acción de toda la comunidad (OGMR 35),
además de acción litúrgica (OGMR 19) y sagrada (OGMR 29). Incluso, en el
capítulo de la OGMR dedicado a los oficios y ministerios en la celebración
de la Misa, se inspira en algunos de los más bellos textos de la Constitución
litúrgica del Vaticano II para afirmar: "En la celebración de la Misa, los
fieles forman la «nación santa, el pueblo adquirido por Dios, el sacerdocio
real» para dar gracias a Dios y ofrecer no sólo por manos del sacerdote,
sino juntamente con él, la víctima inmaculada, y aprender a ofrecerse a
sí mismos (cf. SC 48)... Formen, pues, un solo cuerpo, escuchando la palabra
de Dios, participando en las oraciones y en el canto, y principalmente en
la común oblación del sacrificio y en la común participación en la mesa
del Señor..." (OGMR 95-96) .
Aunque es cierto que la eficacia y la dignidad de la celebración eucarística
no dependen de la presencia efectiva y actual de los fieles, también lo
es que esta presencia y participación, en igualdad de circunstancias, es
requerida por la misma naturaleza de la liturgia en orden a manifestar más
claramente el carácter eclesial de la acción eucarística (cf. OGMR 19).
Por este motivo, el Concilio mostraba su preferencia por las celebraciones
comunitarias por encima de las individuales y casi privadas (cf. SC 27).
Así lo expresa también la OGMR: "Puesto que la celebración de la Misa, por
su propia naturaleza, tiene carácter «comunitario» (SC 26-26), tienen una
gran fuerza los diálogos entre el sacerdote y los fieles congregados y asimismo
las aclamaciones (cf. SC 30). Ya que no son solamente señales externas de
una celebración común, sino que fomentan y realizan la comunión entre el
sacerdote y el pueblo" (n. 34; cf. 42 acerca de la unanimidad en los gestos
como "signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana") .
Por otra parte, la OGMR ha tenido muy en cuenta "que es de suma importancia
la Eucaristía en la Iglesia particular", en razón del ministerio del Obispo
diocesano como primer dispensador de los misterios de Dios y moderador y
promotor de la vida litúrgica en la Iglesia que le ha sido confiada, en
particular de la celebración eucarística (cf. OGMR 92); y del hecho de que
en las celebraciones que él preside, sobre todo en la Eucaristía, con la
participación del presbiterio, los diáconos y el pueblo, se produce la principal
manifestación del misterio de la Iglesia (cf. OGMR 22; 112; CD 33; SC 41).
Se está aludiendo aquí a la Misa estacional. De ella dice la OGMR: "Ha de
tener una consideración especial la concelebración en la que los presbíteros
de una diócesis concelebran con el propio Obispo, en la Misa estacional,
sobre todo en los días más solemnes del año litúrgico" (OGMR 203) .
Otras celebraciones eucarísticas, igualmente significativas por su alcance
comunitario y eclesial son la Misa parroquial del domingo y de las fiestas,
que debe ser tenida en gran estima "puesto que representa a la Iglesia universal
en un tiempo y lugar definidos" (OGMR 113; cf. SC 42; LG 28; PO 5) ; y la
Misa conventual o de comunidad (cf. OGMR 114; 199; 283).
Evidentemente, todo esto no significa restar carácter eclesial a la celebración
de la Eucaristía con la participación de un solo ministro (cf. OGMR 19;
252-272; CDC c. 906), denominada en la edición anterior del Misal, Misa
sin pueblo. El sacerdote cumple siempre su ministerio, por lo que se recomienda
que celebra diariamente el sacrificio eucarístico, en cuanto sea posible
(cf. OGMR 19; PO 13; CDC c. 904).
La preferencia por la celebración comunitaria de la Eucaristía, en razón
de los motivos apuntados antes, tiene su repercusión también en todo lo
relacionado con el espacio de la celebración y el lugar de colocación de
los fieles . Se desea que la disposición misma de los lugares contribuya
a poner de manifiesto la unidad de todo el pueblo santo, jerárquicamente
estructurado en la diversidad de funciones y ministerios, "la disposición
general del edificio sagrado conviene que se haga de tal manera que sea
como una imagen de la asamblea reunida, que facilite un proporcionado orden
de todas sus partes y que favorezca la perfecta ejecución de cada uno de
los ministerios" (OGMR 294; cf. 288; 293). Al aludir al altar como mesa
del Señor, se recuerda que el pueblo de Dios es convocado para participar
en ella (cf. OGMR 296). El ambón debe estar colocado de manera que se centre
en él la atención de los fieles durante la liturgia de la Palabra (cf. OGMR
309). Respecto del lugar de los fieles, se recomienda que facilite su participación
"con la vista y con el espíritu en las sagradas celebraciones", el que puedan
adoptar las posturas corporales adecuadas y que "no sólo puedan ver al sacerdote,
al diácono y a los lectores, sino que, valiéndose de los modernos instrumentos
técnicos, dispongan de una perfecta audición" (OGMR 311). Los cantores,
como parte de la asamblea, deben estar integrados en ella (cf. 312).
B) El ministerio sacerdotal y los demás ministerios
En este cuadro panorámico de la celebración eucarística, en cuanto manifestación
de la Iglesia de Cristo a nivel de Iglesia particular y de Iglesia local,
la OGMR ha querido destacar también la relación del ministerio sacerdotal
-Obispo y presbítero- con el sacerdocio real del pueblo de Dios, "cuya ofrenda
espiritual se consuma en la unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador,
por el ministerio del Obispo y de los presbíteros" (OGMR 5; cf. 4). En efecto,
la naturaleza del ministerio sacerdotal se pone de relieve, en la disposición
del rito de la Misa, por la preeminencia del lugar reservado al sacerdote,
en quien Cristo se hace presente entre otros modos de presencia en la liturgia
(cf. SC 7; OGMR 27), como se ha recordado anteriormente. Pero también por
la función que el sacerdote desempeña dentro del pueblo de Dios, dado que
"la celebración eucarística es acción de la Iglesia universal, y en ella
habrá de realizar cada uno todo y sólo lo que de hecho le compete" (OGMR
5; cf. 17; 91).
La preeminencia del sacerdote en el rito aparece cuando se señalan aquellas
partes de la Misa que corresponden al sacerdote, como la plegaria eucarística,
las oraciones presidenciales y algunas moniciones (cf. OGMR 30-33). Mientras
que los diálogos con el pueblo y los saludos (cf. OGMR 34-35), y algunos
momentos como el acto penitencial, la profesión de fe, la oración de los
fieles y la oración dominical (cf. OGMR 36), y el canto (cf. OGMR 40), son
especialmente aptos para manifestar y promover la participación de los fieles.
Respecto del rito concreto de la Misa, se verá más adelante.
La OGMR dedica un capítulo, el III, a los oficios y ministerios en la Misa,
comenzando por una afirmación general en la que recuerda, una vez más, que
la Eucaristía es acción de Cristo y de la Iglesia y que pertenece a todo
el cuerpo de la Iglesia, influye en él y lo manifiesta, pero "afecta a cada
uno de sus miembros según la diversidad de órdenes, funciones y participación
actual" (OGMR 91; cf. SC 26). Esto quiere decir que la acción litúrgica
atañe al ministro que preside, Obispo o presbítero, de manera directamente
proporcionada al puesto que ocupa en la comunidad eclesial y a la función
que debe desempeñar en la liturgia. En efecto, si la Iglesia es un cuerpo,
aunque todos los miembros tienen la misma dignidad fundamental en cuanto
están unidos a Cristo que es la cabeza, sin embargo no todos tienen la misma
función (cf. 1 Cor 12,4-8).
Seguidamente se detiene en los oficios y ministerios del orden sagrado,
comenzando por el episcopado. La OGMR recuerda expresamente lo que se ha
dicho ya más arriba, que "toda celebración eucarística legítima es dirigida
por el Obispo, ya sea personalmente, ya por los presbíteros, sus colaboradores"
(OGMR 92; cf. 22; 108; y LG 26; 28; SC 42).
Esto hace que, "cuando el Obispo está presente en una Misa para la que se
ha reunido el pueblo, es muy conveniente que sea él quien celebre la Eucaristía
y que asocie a su persona a los presbíteros en la acción sagrada, como concelebrantes...,
no para aumentar la solemnidad exterior del rito, sino para significar de
una manera más clara el misterio de la Iglesia, 'sacramento de unidad?"
(OGMR 92; cf. SC 26). Si no celebra, debe, al menos presidir la liturgia
de la Palabra y dar la bendición al final (cf. ib.; Ceremonial de los Obispos,
nn. 175-186). Es el único caso en que se permite que más de un celebrante
persida la celebración eucarística (cf. OGMR 108).
La OGMR destaca también la relevancia del ministerio episcopal reivindicando
el significado de la concelebración presidida por el Obispo diocesano (cf.
OGMR 203), a la vez que señala otros elementos distintivos que debe tener
la Misa presidida por el Obispo, en especial la Misa estacional, como las
siete velas encendidas (cf. OGMR 117), y la bendición al pueblo con el Evangeliario
(cf. OGMR 175).
Respecto del ministerio del presbítero, la OGMR es muy clara al respecto:
"También el presbítero, que en la Iglesia, en virtud de la potestad sagrada
del Orden, puede ofrecer el sacrificio, actuando en la persona de Cristo,
preside al pueblo fiel congregado aquí y ahora, dirige su oración, le anuncia
el mensaje de salvación, asociando al pueblo en la ofrenda del sacrificio
por Cristo en el Espíritu Santo a Dios Padre, da a sus hermanos el pan de
la vida eterna y participa del mismo con ellos" (OGMR 93; cf. LG 28; PO
2). Este carácter presidencial del ministerio del Obispo y del presbítero
aparecen reflejados también cuando, en la OGMR, se habla del presbiterio
(n. 295) y de la sede (n. 310).
La OGMR no se olvida del ministerio del diácono, para subrayar la dignidad
propia de este grado del sacramento del Orden, que le hace ocupar "el primer
lugar entre los que sirven en la celebración eucarística", al tiempo que
señala sus competencias en ella (cf. OGMR 94; 109; 116; 171-186; etc.).
La OGMR se ocupa también, como es obvio, de los ministerios del lector y
del acólito, así como de otros oficios (cf. OGMR 98-107; etc.). Todos son
necesarios para que la Eucaristía aparezca realmente como un icono de la
Iglesia de Cristo.
C) La estructura y las partes de la celebración.
La OGMR dedica dos capítulos, el II y el IV, a explicar y desarrollar la
estructura general de la Misa y sus elementos según las diversas formas
de celebrarla. En orden a la claridad, es preciso fijar la atención preferentemente
en el apartado 3 del capítulo II: Las diversas partes de la Misa (OGMR 46-90)
y en el apartado 1 del capítulo IV: La Misa celebrada con participación
del pueblo, más en concreto la sección A: Misa sin diácono (OGMR 120-170),
Misa llamada antes: Forma típica.
Es muy interesante saber que esta forma típica (Misa sin diácono) es el
modelo a partir del cual se vertebran las distintas formas de celebración:
Misa estacional, Misa concelebrada, Misa con un solo ministro que responde,
Misa en la que se administra un sacramento o sacramental, etc.: "Por «Misa
con pueblo» se entiende la que se celebra con participación de los fieles...
sobre todo los domingos y fiestas de precepto... con canto y con el número
adecuado de ministros" (OGMR 115).
Después de haber afirmado la función del pueblo de Dios en términos generales
y la de los ministros en particular, la OGMR presenta con detalle el ejercicio
de estas funciones. Seguimos las partes de la Misa tal y como son descritas
en la OGMR y en el Ordo Missae (= OM).
1. Ritos iniciales:
"Su finalidad es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunión
y se dispongan a oír como conviene la palabra de Dios y a celebrar dignamente
la Eucaristía" (OGMR 46). Se trata de el canto de entrada, el saludo, el
acto penitencial, las invocaciones, el Gloria y la oración colecta. La rúbrica
es del OM es muy expresiva: "Reunido el pueblo, el sacerdote con los ministros
va al altar, mientras se entona el canto de entrada... . La procesión, abierta
por el turiferario con el incensario humeante, y cerrada por el sacerdote,
comprende la cruz entre luces y el Evangeliario, llevados por un acólito
y un lector, respectivamente (cf. OGMR 120). El simbolismo de la procesión
-la Iglesia en marcha- es más rico cuando participa el pueblo, por ejemplo,
en la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, o el Domingo de
Ramos. El canto de entrada tiene por fin "abrir la celebración, fomentar
la unión de quienes se han reunido e introducirles en el misterio del tiempo
litúrgico o de la fiesta y acompañar la procesión de sacerdotes y ministros"
(OGMR 47; cf. 39). Dicho de otros modo, el canto de entrada crea comunidad.
Terminado el canto de entrada, el sacerdote, ya en la sede el sacerdote
y los fieles conjuntamente se signan para la invocación trinitaria (cf.
OM 1). Después el sacerdote, "por medio del saludo, manifiesta a la asamblea
reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo
queda de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada" (OGMR 50; OM 2).
No cabe mayor precisión acerca del significado de todos estos elementos,
para expresar que la asamblea congregada (populo congregato), imagen de
la Iglesia, está ya constituida, formando una unidad (in unum convenientes),
para celebrar la Eucaristía, por el saludo litúrgico de quien hace las veces
de Cristo, presente en medio de quienes se han reunido en su nombre (cf.
OGMR 27; Mt 28,20).
La oración colecta -de colligere, reunir- concluye los ritos iniciales,
integrando a la totalidad de la asamblea en la plegaria común. La dinámica
de ésta, el plural usado en la invitación Oremos, el silencio "para hacerse
conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente sus
súplicas", la recitación o canto por el sacerdote en nombre de todo el pueblo,
la conclusión invocativa de las tres divinas Personas y evocativa de la
comunión eclesial -"en la unidad del Espíritu Santo"- y el Amén final, expresan
el carácter netamente comunitario de esta plegaria (cf. OGMR 54; 127).
2. La liturgia de la Palabra:
La OGMR, tomando las expresiones de la Constitución conciliar de liturgia,
valora y privilegia la Iglesia como lugar por excelencia de la proclamación
y de la escucha de la Palabra de Dios: "Cuando se leen en la Iglesia las
Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en
su palabra, anuncia el Evangelio" (OGMR 29; cf. SC 7; 33). Se trata del
diálogo entre Dios y su pueblo, con la mediación necesaria del lector y
del diácono o del sacerdote que proclama el Evangelio (cf. Neh 8,2-10; Lc
4,14 ss.). En efecto, "Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de
la redención y salvación, y le ofrece alimento espiritual; y el mismo Cristo,
por su palabra, se hace presente en medio de los fieles. Esta palabra divina
la hace suya el pueblo con el silencio y los cantos, y muestra su adhesión
a ella con la profesión de fe; y una vez nutrido con ella, en la oración
universal hace súplicas por las necesidades de la Iglesia entera y por la
salvación de todo el mundo" (OGMR 55; cf. 57-71). En la presentación de
la liturgia de la Palabra, se adivina, por tanto, la presencia de la comunidad
que escucha, medita, responde y aclama.
Las indicaciones sobre el desarrollo del todo el rito indican, así mismo,
cómo se establece una comunicación verdaderamente interactiva dentro de
la asamblea: el lector que proclama las lecturas desde el ambón mientras
todos escuchan, incluidos los ministros, obviamente; el canto o recitación
del salmo al que el pueblo responde; la participación en el canto que acompaña
la procesión del Evangelio; la homilía efectuada desde la sede o en el mismo
ambón; el silencio que sigue; la recitación o canto del Símbolo por el sacerdote
juntamente con el pueblo; y la oración de los fieles (cf. OM 10-20, y OGMR
128-138).
En este contexto ritual, es preciso recordar con qué riqueza y vigor los
praenotanda u orientaciones de la segunda edición típica del Ordo lectionum
Missae -aparecida en 1981-del Leccionario, subrayan la relación entre la
celebración de la Palabra, en la Misa, y la Iglesia, pueblo de Dios reunido
en asamblea. Por una parte, se afirma que la Iglesia "se edifica y va creciendo
por la audición de la Palabra de Dios" (n. 7). Por otra parte, se destaca
el papel de la comunidad en el anuncio y la proclamación de esta Palabra
y sobre todo se pone de relieve la acción del Espíritu que lleva constantemente
a la Iglesia a tomar conciencia de su condición de pueblo de Dios, en quien
se realiza plenamente la acción comenzada en los tiempos antiguos: "siempre
que la Iglesia, congregada por el Espíritu Santo en la celebración litúrgica,
auncia y proclama la Palabra de Dios, se reconoce a sí misma como el nuevo
pueblo en el que la alianza sancionada antiguamente llega ahora a su plenitud
y total cumplimiento" (ib.).
Por eso hay dos momentos de gran significación eclesial, donde se señala
la característica eclesial del sacerdocio común de los fieles: se trata
de la recitación del Símbolo de la fe bautismal, sobre todo si se recita
el Símbolo Apostólico, llamado Símbolo bautismal de la Iglesia Romana (OM
19), con el que la comunidad reunida "rememora los grandes misterios de
la fe y los confiesa antes de comenzar su celebración en la Eucaristía"
(OGMR 67); y la plegaria universal, oración de los fieles, en la cual la
Iglesia se manifiesta como comunidad que se interesa por el bien de los
hombres e intercede en su favor (cf. OGMR 69; SC 53).
3. La liturgia eucarística:
La segunda parte de la celebración eucarística, ha sido estructurada por
la Iglesia en el Ordo Missae en torno a tres momentos, la preparación de
los dones, la plegaria eucarística y el rito de la comunión, según las mismas
partes que corresponden a los gestos y palabras de Cristo. En efecto, "1)
En la preparación de las ofrendas se llevan al altar el pan y el vino con
el agua; es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos; 2)
En la Plegaria eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la
salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo;
3) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aun siendo muchos,
reciben de un solo pan el Cuerpo y de un solo cáliz la Sangre del Señor,
del mismo modo que los Apóstoles lo recibieron de manos del mismo Cristo"
(OGMR 72; cf. 73-89 y 139-165).
Esta parte, en la que tiene un mayor protagonismo el ministerio sacerdotal,
que actúa in persona Christi capitis en el mayor grado de identificación
que cabe, al prestar la voz y el gesto para decir sus mismas palabras, tanto
el Rito de la Misa como la OGMR no olvidan destacar la parte que corresponde
a la totalidad de la asamblea.
En la preparación de las ofrendas, esto aparece en el modo de destacar el
sentido de la presentación de los dones destinados a la acción litúrgica
y a socorrer las necesidades de la comunidad o de los pobres: "Es de alabar
que el pan y el vino lo presenten los mismos fieles. El sacerdote o el diácono
los recibirá en un lugar oportuno para llevarlo al altar. Aunque los fieles
no traigan pan y vino de su propiedad, con este destino litúrgico, como
se hacía antiguamente, el rito de presentarlos conserva su sentido y significado
espiritual. También se puede aportar dinero u otras donaciones para los
pobres o para la iglesia" (OGMR 73; cf. OM 22). En la oración sobre las
ofrendas, uniéndose a ella, el pueblo hace suya la plegaria mediante la
aclamación Amén (OGMR 77; cf. 146). Todo este modo de hablar no era frecuente
en las rúbricas del Misal anterior al del Vaticano II.
Respecto de la plegaria eucarística, centro y cumbre de toda la celebración,
la OGMR no podía dejar de destacar la acción de la comunidad. Esta plegaria
pertenece ciertamente al sacerdote, pero él debe ser consciente de que no
está solo y de que ora en nombre de todo el pueblo santo que preside: "El
sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios, en oración y
acción de gracias, y lo asocia a su oración que él dirige en nombre de toda
la comunidad, por Jesucristo en el Espíritu Santo, a Dios Padre" (OGMR 78;
cf. 147). Y además, se añade de modo muy explícito cuál el sentido de esta
plegaria: "que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en el
reconocimiento de las grandezas de Dios y en la ofrenda del sacrificio"
(ib.). A continuación y en el artículo siguiente, se indica con detalle
cuál debe ser la acción del pueblo a lo largo de esta gran plegaria: "la
plegaria eucarística exige que todos la escuchen con silencio y reverencia"
(ib.; "en la fe y con el silencio", dice OGMR 147)), mientras el sacerdote
"en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y da gracias..."
(OGMR 79,a).
Seguidamente la asamblea, uniéndose a los coros celestiales, canta el Santo.
"Esta aclamación, que constituye una parte de la Plegaria eucarística, la
proclama todo el pueblo con el sacerdote" (OGMR 79,b; cf. 148). El Rito
de la Misa emplea una expresión parecida: "en unión del pueblo, (el sacerdote)
concluye el prefacio, cantando o diciendo en voz alta: Santo..." (OM 31).
Otras intervenciones del pueblo en la plegaria eucarística son: "las respuestas
al diálogo del prefacio... la aclamación después de la consagración y la
aclamación del Amén después de la doxología, junto con otras aclamaciones
aprobadas por la Conferencia de los Obispos" y reconocidas por la Santa
Sede" (OGMR 147).
Más adelante, hablando de la oblación del sacrificio, lo mismo que ha hecho
al mencionar la epíclesis consecratoria y la anámnesis, la OGMR menciona
y pone en evidencia, el papel de la Iglesia como sujeto de la plegaria eucarística,
asociado a Cristo por el Espíritu Santo, a la Iglesia "especialmente reunida
aquí y ahora" (OGMR 79,f; cf. 79 c y d), en el momento culminante de la
celebración. En efecto, la Iglesia quiere que los fieles que la representan,
como comunidad, "no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que aprendan
a ofrecerse a sí mismos (cf. SC 48), y que de día en día perfeccionen, con
la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí" (OGMR 79,f). Por
último, en la doxología final, se recuerda el valor de la aclamación del
pueblo por la cual "se concluye y confirma" toda la acción eucarística (cf.
OGMR 79 h).
Los ritos preparatorios y conclusivos de la comunión, cuidan también de
expresar la unidad de la asamblea, es decir, del sacerdote y de los fieles:
la oración dominical recitada por éstos "a una con el sacerdote" (OGMR 81;
el OM 124 lo dice al revés: "el sacerdote... a una con el pueblo"); el rito
de la paz, como expresión de la comunión eclesial (OGMR 82); la fracción
del Pan eucarístico significa que "los fieles, siendo muchos, en la comunión
de un solo pan de vida, que es Cristo muerto y resucitado para la vida del
mundo, se hacen un solo cuerpo (1 Co 10,17)" (OGMR 83); la comunión sacramental,
acompañada del canto "que debe expresar, por la unión de voces, la unión
espiritual de quienes comulgan, demostrar la alegría del corazón y manifestar
claramente la índole «comunitaria» de la procesión para recibir la Eucaristía"
(OGMR 86); la oración poscomunión, "para completar la plegaria del pueblo
de Dios y concluir todo el rito de la comunión" (OGMR 89).
4. El rito de conclusión
Comprende principalmente el saludo y la bendición del sacerdote al pueblo,
que en algunas ocasiones se enriquece y se amplía con la oración sobre el
pueblo o con otra fórmula más solemne, y con la despedida, "para que cada
uno regrese a sus honestos quehaceres alabando y bendiciendo a Dios" (OGMR
90; cf. 166-170). Nuevamente el Rito de la Misa establece un diálogo entre
el sacerdote y los fieles, antes de que disuelva la asamblea alabando al
Señor. Esta indicación, algunos la quieren interpretar como una invitación
a que se entone un canto. Propiamente, la despedida lo que hace es enviar
para reanudar la misión en la vida cotidiana (cf. CCE 1332). La manifestación
de la Iglesia se realiza, a partir de la celebración, de otra manera, en
otros signos.
4. A modo de conclusión pastoral
Al comienzo de este estudio se formulaba esta pregunta: ¿qué Iglesia es
representada en la celebración eucarística por la asamblea de los fieles
presididos por su pastor?, ¿la Iglesia que llamamos universal, misterio
de comunión, o la Iglesia particular o diocesana que se realiza en un determinado
lugar? Creo que se puede responder a tenor de la eclesiología del Concilio
Vaticano II, reflejada y precisada por el ordenamiento canónico actual de
la Iglesia, y por la teología litúrgica del Ordo Missae y de la Ordenación
general del Misal Romano.
Ciertamente, la experiencia que los fieles cristianos tienen de la Iglesia
como pueblo de Dios, congregada por el Espíritu Santo, sólo puede hacerse
en aquellos momentos en los que ésta aparece como tal, y esto es lo que
ocurre precisamente en la liturgia. No basta conocer la doctrina acerca
de la naturaleza de la Iglesia, es preciso sentirse miembros vivos de ella.
La celebración litúrgica, aunque no es la única manifestación de la Iglesia,
es sin embargo la principal, sobre todo cuando la comunidad cristiana está
reunida para la Eucaristía. Los fieles, que han entrado en la Iglesia por
medio del Bautismo, que crecen en la fe y en la vida cristiana, tienen en
la celebración eucarística no solamente la cumbre de su Iniciación sacramental
sino también el signo y el cauce permanente de su perseverancia en la Palabra
de Dios y en la comunión del Cuerpo de Cristo. Esta realidad, que se vive
de ordinario en el seno de una Iglesia local o parroquia, porción siempre
de la Iglesia particular o diócesis, es la que se percibe en la celebración
de la Eucaristía.
Por tanto, la Iglesia que se hace visible y en cierto modo presente en la
celebración es la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica,
que subsiste en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, tanto
a nivel de parroquia como a nivel de diócesis. La asamblea litúrgica concreta,
presidida por el Obispo o por el presbítero, con los restantes ministerios
y funciones eclesiales, es en todos los casos el sujeto integral de la celebración,
que por obra de Cristo y del Espíritu Santo se manifiesta como señal e instrumento
de la comunión con Dios y de la unidad de los seres humanos.
1. Esto tiene consecuencias prácticas muy importantes. La primera es la
sintonía lo más perfecta posible de la comunidad local que celebra con la
Iglesia de Cristo representada por ella. En este sentido se debe celebrar
siempre siguiendo lo que el calendario universal y diocesano, y los mismos
libros litúrgicos establecen, para situar la Eucaristía en el marco del
año litúrgico. Esta misma fidelidad pide también que se haga uso de las
adaptaciones no sólo permitidas, sino aconsejadas por la OGMR (cf. nn. 23-24;
352- ss.).
2. Dada la importancia que el OM y la OGMR, siguiendo al Concilio Vaticano
II, han dado al pueblo que se reúne para la celebración de la Misa, los
responsables de la liturgia, comenzando por el propio sacerdote, han de
procurar por todos los medios a su alcance el asegurar la participación
consciente, activa, interna y externa, y fructuosa de todos los fieles,
es decir, "esa participación de cuerpo y alma, ferviente de fe, esperanza
y caridad, que es la que la Iglesia desea, la que reclama su misma naturaleza
y a la que tiene derecho y deber, el pueblo cristiano, por fuerza del bautismo"
(OGMR 18), de manera que cada uno realice en la Eucaristía, todo y sólo
lo que de hecho le compete conforme al grado en que se encuentra dentro
del pueblo de Dios (cf. OGMR 5; 13; 20; 22; 35; etc.).
3. Es preciso cuidar, respecto del ministerio sacerdotal, indispensable
para la manifestación de la Iglesia en cuanto cuerpo de Cristo jerárquicamente
ordenado, los signos de la presidencia litúrgica, que suponen no un honor
sino un servicio al pueblo de Dios, en razón de la función representativa
de Cristo cabeza. En este sentido ni es buena la clericalización de los
laicos, ni tampoco la secularización de los ministros ordenados . Por otra
parte, es conveniente atender también a las leyes de la comunicación sonora
y visual en la liturgia, a fin de presidir bien y procurar las mejores condiciones
posibles para una correcta emisión de la palabra hablada y de los cantos,
y de verdad y visibilidad de los signos y gestos litúrgicos, con naturalidad
y sin afectación.
4. Es preciso que los fieles valoren las celebraciones parroquiales y las
celebraciones de alcance diocesano. En las parroquias, al menos una Misa
ha de tener un carácter más participativo y solemne los domingos y fiestas,
y siempre que acuda el Obispo, por ejemplo con motivo de la Visita pastoral,
o para administrar el sacramento de la Confirmación. La Misa principal de
la Visita pastoral tiene carácter de Misa estacional y deben estar presentes
los presbíteros de la parroquia, incluso meramente residentes. Habría que
desarrollar una especie de espiritualidad de la Iglesia local y particular,
para que cada uno pueda decir de su propia Iglesia local: aquí Cristo me
ha esperado y me ha amado; aquí lo he encontrado y aquí pertenezco a su
cuerpo místico que es la Iglesia.
5. Hay días y momento en el año litúrgico, e incluso por la piedad popular,
en el que son especialmente convocados el presbiterio y la comunidad diocesana
en torno al Obispo en la catedral. Los libros litúrgicos señalan algunos
de estos días (por ejemplo, la Misa crismal, la solemnidad del santísimo
Cuerpo y Sangre de Cristo, el aniversario de la Dedicación de la catedral,
la solemnidad del Patrono de la Diócesis, los acontecimientos relacionados
con el Obispo diocesano, las ordenaciones, los años santos, sínodo diocesano,
etc.). "Estas y otras ocasiones, según el calendario litúrgico de cada diócesis,
son circunstancias preciosas para consolidar los vínculos de comunión con
los presbíteros, las personas consagradas y los fieles laicos, así como
para dar nuevo impulso a la misión de todos los miembros de la Iglesia particular"
. Para ello es preciso invitar a los fieles a acudir a la catedral, suspendiendo
incluso algunas celebraciones de las parroquias y de otras iglesias con
el fin de favorecer el carácter de la liturgia episcopal como manifestación
principal de la Iglesia.
6. Pero, aunque no se trate de grandes solemnidades, es preciso también
que los fieles estimen la liturgia de la catedral (cf. SC 41), en cuanto
sede de la Iglesia particular . Los cabildos de canónigos tienen confiada
precisamente esta liturgia (cf. CDC c. 503), denominada más solemne no en
razón de las ceremonias o de la música sino en razón de que la liturgia
de la catedral está ligada al ministerio episcopal. Por este motivo se recomienda
que las catedrales cuenten con un ministro competente o maestro de ceremonias
-por usar la antigua nomenclatura- "designado para la preparación adecuada
de las acciones sagradas y para que los ministros sagrados y los fieles
laicos las ejecuten con decoro, orden y piedad" (OGMR 106). Nótese que se
habla de acciones sagradas, no de ceremonias, lo cual indica que se está
aludiendo a la totalidad de la celebración. Por otra parte, las celebraciones
episcopales han de tener un carácter ejemplar en todos los aspectos .
7. Es evidente también que la Eucaristía no es una más de las muchas actividades
de la Iglesia. Es la más importante, porque sin Eucaristía no hay Iglesia
-la Eucaristía es constitutiva de la Iglesia y manifestativa de su naturaleza,
como se ha visto-, como tampoco la habría sin la acción evangelizadora previa.
Por eso la Eucaristía es también fuente y culmen de la evangelización (cf.
PO 5). Y en la celebración eucarística confluyen todas las demás actividades
eclesiales, incluso aquellas que parecería que no tienen ninguna relación
con la Eucaristía. De ahí la responsabilidad con la que es preciso ofrecerla
y celebrarla, sin supeditarla a intereses extraños a la misión de la Iglesia.
8. De esa realidad se deriva también otra consecuencia: no se puede celebrar
la Eucaristía si no se está en plena comunión con la Iglesia y, obviamente,
con sus legítimos pastores. Lo ha recordado el Papa en la Encíclica Ecclesia
de Eucharistía: "La íntima relación entre los elementos invisibles y visibles
de la comunión eclesial, es constitutiva de la Iglesia como sacramento de
salvación. Sólo en este contexto tiene lugar la celebración legítima de
la Eucaristía y la verdadera participación en la misma. Por tanto, resulta
una exigencia intrínseca a la Eucaristía que se celebre en la comunión y,
concretamente, en la integridad de todos sus vínculos" (n. 35). Es el caso
claro de la situación entre las diversas comunidades cristianas separadas,
motivo que impide aquellas prácticas de intercomunión contrarias a la disciplina
con la cual la Iglesia expresa su fe (cf. EdE 10). Pero, sin llegar a ese
extremo, a veces hay situaciones eclesiales de desafección y de enfrentamiento
que ponen en peligro también la comunión eclesial. La unidad eucarística
de una Iglesia particular o local supone también la comunión entre el pueblo
y su pastor, que tiene que transmitirle la Palabra de Dios y los dones de
la salvación. Expresión de esta comunión es la mención del nombre del Papa
y del Obispo diocesano en la plegaria eucarística.
9. La exigencia de la comunión debe conducir también a la fidelidad a los
aspectos normativos de la liturgia eucarística. Son una expresión concreta
de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía y éste es su sentido más profundo:
"También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería
ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una
y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía.
El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y
la comunidad que se adecúa a ellas, demuestran de manera silenciosa pero
elocuente su amor por la Iglesia" (EdE n. 52).