documentos
plan de formación conjunta 2003-04


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tema
"La eucaristía, expresión y causa de la Iglesia".
Ponente
Mons. Julian López
Obispo de León. Pte. C.E. de Liturgía.
Huelva 21·febrero·2004 . org


ESQUEMA GENERAL

Monición a la oración
Oración
Palabras de D. Ignacio
Presentación
Ponencia

Monición a la oración

Bienvenidos seáis una vez más a esta “Casa y escuela de la comunión”.
Estamos aquí para avanzar y consolidar la comunión eclesial y para crecer en el sentido de diocesaneidad. De esta manera, como nos indica el Papa Juan Pablo II, seremos fieles a Dios y responderemos a las profundas esperanzas de los hombres.
A ello nos invita el propio Jesús: “Que todos sean uno como Tú Padre y yo somos uno”.

 

1. ORACIÓN INICIAL:

Presidente: T Dios mío, ven en mi auxilio
Todos: Señor, date prisa en socorrerme
Gloria al Padre…

2. CANTO:

El espíritu de Dios hoy está sobre mí,
Él es quien me ha ungido a proclamar
La Buena Nueva a los más pobres
La gracia de su salvación.

3. MONICIÓN:

4. SALMO:

Lector: El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.
Todos: El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.
Lector: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre.
Todos: El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.
Lector: Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis cadenas.
Todos: El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.
Lector: Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo.
Todos: El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.
Lector: Gloria al Padre…
Todos: Como era…

5. LECTURA: 1ª Cor. 11, 23 - 34

(PALABRAS DEL OBISPO)

6. ORACIÓN DE LOS FIELES:

Presidente: con gran confianza en el Señor, que nos congrega para hacer de su Iglesia “la casa y la escuela de la comunión”, elevemos al Padre, por medio de Jesucristo, nuestras oraciones.

Lector: Por la Iglesia, universal por vocación y misión, que ha echado sus raíces en nuestra tierra, para que, congregada en torno a nuestro obispo, en la escucha de la Palabra, en la comunión fraterna y en la fracción del pan, sea una, Santa, católica y apostólica.
ROGUEMOS AL SEÑOR
Lector: Por todos los que trabajamos en nuestra Iglesia de Huelva, para que iluminados por los dones del Espíritu Santo, ofrezcamos un testimonio creíble de unidad y de amor para que el mundo crea.
ROGUEMOS AL SEÑOR.
Lector: Por todos los hombres y mujeres que sufren la violencia en sus vidas, por los que no tienen trabajo, por los enfermos, los trabajadores, los inmigrantes, las familias, los profesionales, los niños y los ancianos, para que encuentren acogida y ayuda en los problemas.
ROGUEMOS AL SEÑOR.
Lector: Por todos los que participamos en esta iniciativa de formación, para que, acogiendo las enseñanzas, las proyectemos en nuestras vidas
ROGUEMOS AL SEÑOR

(PETICIONES ESPONTÁNEAS)
Presidente: PADRE NUESTRO

ORACIÓN

7. FINAL:

Presidente: Bendigamos al Señor.
Todos: Demos gracias a Dios.


CANTO

Mientras recorres la vida
Tú nunca solo estás.
Contigo por el camino
Santa María va.

Ven con nosotros al caminar
Santas María ven. (Bis)

Aunque te digan algunos
Que nada puede cambiar,
Lucha por un mundo nuevo,
Lucha por la verdad.

Ven con nosotros al caminar
Santa María ven. (Bis)

Palabras de D. Ignacio

Recibimos la transmisión viva de la imposición de las manos en nuestras cabezas por aquellos que fueron mayores que nosotros, antecesores a nosotros en la sucesión apostólica y eso hace que el Obispo sea cabeza de su Iglesia y punto de referencia para la Comunión de todos. Él representa a Cristo y es punto de referencia del amor de los hermanos. Esta comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo, nos hace vivir continuamente la realidad de la comunión en Él y de la comunión entre nosotros.

La Iglesia que pierda, la persona que pierda el sentido de la comunión con los hermanos, ha perdido el sentido de la Iglesia de Cristo, quizás fuera de la realidad salvadora del Señor.

Por el contrario aquel que come dignamente el Cuerpo de Cristo va haciendo en su alma y en su vida, una base, la plataforma para ser al mismo tiempo persona que con su vida y con su palabra predique la comunión, la unión entre los hermanos.

Hoy se nos va hablar precisamente de esto, vamos a profundizar en esta realidad, abramos nuestros oídos del corazón para poder entender y para poder vivir y para poder comunicar la enorme gracia del Señor, de hacernos con su Cuerpo, miembros de ese cuerpo y pregoneros de la verdad.

Presentación

Queridos D. Julián y D. Rosendo, hermanos obispos, y queridos hermanos todos y amigos.

Ya sabéis que cuando propusimos conmemorar el Cincuentenario de nuestra Diócesis, entre otros aspectos, todos necesarios y posiblemente bellos, teníamos como dos intenciones fundamentales: dar gracias a Dios por el pasado, las personas que hicieron posible la Diócesis y mirar al futuro con optimismo y realismo al mismo tiempo, y para que pudiéramos buscar este futuro en bases muy sólidas, este año de conmemoración estará sembrado con actos litúrgicos y las confluencias de profundidad teológica y de fundamento para el futuro.

Hoy nos toca hablar de la Eucaristía que es el centro de la vida cristiana y la que promueve toda la realidad de nuestra vida ante el Señor y con la Iglesia. Pues bien, habéis asistido siempre con fruto a varias conferencias de varios pastores que nos han ido informando y formando.

Hoy para hablar de la Eucaristía tenemos entre nosotros a D. Julián López Martín. D. Julián es un sacerdote de una ciudad llena de historia, muy bella. Estudio en su seminario, como casi todos los sacerdotes de las diócesis españolas y completó sus estudios y perfeccionó en el Pontificio Instituto S. Anselmo de Roma ( en el que hace poco tiempo estudió un sacerdote de Huelva D. Pedro de Rociana). Allí se doctoró en Teología litúrgica, por eso está hoy aquí.

Sacerdote desde el año 68. Se ordenó muy joven con 23 años y de su diócesis fue coadjutor, fue párroco, fue canónico de la Sagrada liturgia de la catedral de Zamora, delegado diocesano de la pastoral litúrgica, miembro del Consejo presbiteral, y del Consejo del consultorio. Ha sido consiliario diocesano del Movimiento Familiar Cristiano, profesor de religión en un instituto y en la escuela universitaria de formación del profesorado de Zamora, director diocesano de Teología de S. Ildefonso y de la Cátedra Juan Pablo II, delegado diocesano para varios asuntos como son el IV centenario de la muerte de santa Teresa, Año de la Redención, año Mariano Universal, V Centenario de la evangelización de América, Congreso Eucarístico de Sevilla en el cual estuvimos también y de los Congresos Mariano y Marianológico, ha sido asesor técnico y colaborador permanente del Secretariado Nacional de Liturgia y Sacramentos de la Universidad Pontificia de Salamanca, presidente de la Asociación española de profesores litúrgicos, ha impartido clases en la facultad de Teología de Burgos y Barcelona, ha participado en numerosos congresos y ha dado numerosas conferencias a la cual hoy sumará la de Huelva. Ha publicado: “El don de la pascua del Señor”, “La oración de las horas”, “El año Litúrgico, “La santificación del tiempo”, “Liturgia fundamental”, “La liturgia en la vida de la Iglesia”, “En espíritu y en verdad, “La liturgia en la Iglesia”.

Como veis, sabe de lo que habla. Fue preconizado obispo muy joven (con 49 años) en ciudad Rodrigo. Hoy es presidente de la Comisión episcopal de liturgia de la Conferencia episcopal española y antes fue miembro de esta comisión y de otras. Desde hace un par de años es Obispo de León.

Bienvenido querido hermano D. Julián. Todos somos oídos para saber que nos dices.

 

Ponencia


LA EUCARISTÍA, MAIFESTACIÓN PRINCIPAL DE LA IGLESIA
El testimonio del Rito actual de la Misa
Huelva, 21 de febrero de 2004
- La Iglesia vive de la Eucaristía, es decir, del Cristo eucarístico, y de Él se alimenta para crecer en la comunión y por Él es iluminada y sostenida en la misión. Esta verdad encierra, en síntesis, el núcleo del misterio de la Iglesia.
- Desde el principio, pues, la Iglesia y la Eucaristía han estado indisolublemente unidas: "La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía" (EdE 26; cf. 21 ss.).
1. La Iglesia particular y la Iglesia local. Diócesis y parroquia
A) El misterio de la Iglesia.

B) Iglesia particular e Iglesia local:
Elementos constitutivos de la Iglesia particular:
a) Porción del pueblo de Dios;
b) El ministerio del obispo diocesano y de su presbiterio;
c) La acción del Espíritu Santo;
d) La Palabra y la Eucaristía;
e) La presencia de la Iglesia de Cristo.
C) El papel del ministerio ordenado.
2. El testimonio del Ordo Missae y de la Ordenación general del Misal Romano.
A) "Acción de Cristo y del pueblo de Dios, ordenado jerárquicamente"
B) El ministerio sacerdotal y los demás ministerios
C) La estructura y las partes de la celebración
a) Ritos iniciales
b) La liturgia de la Palabra
c). La liturgia eucarística
d). El rito de conclusión
3. A modo de conclusión pastoral.


LA EUCARISTIA, "MANIFESTACION PRINCIPAL" DE LA IGLESIA
El testimonio del Rito actual de la Misa
La encíclica Ecclesia de Eucharistia que el Papa Juan Pablo II regaló a la Iglesia en el Jueves Santo de 2003 , coincidiendo con el vigésimo quinto aniversario de su elección como Sucesor de San Pedro en el ministerio apostólico, constituye una invitación a situar en el primer plano de la reflexión teológica y pastoral las relaciones entre la Iglesia y el Misterio eucarístico, no de una manera puramente nocional o intelectual, sino dejándonos impregnar de "sentimientos de gran asombro y gratitud" ante este "don inconmensurable" (cf. EdE 5; 6; 48).
En efecto, la Iglesia vive de la Eucaristía, es decir, del Cristo eucarístico, y de Él se alimenta para crecer en la comunión y por Él es iluminada y sostenida en la misión. Esta verdad encierra, en síntesis, el núcleo del misterio de la Iglesia, de tal manera que nuestro Redentor, al instituir la Eucaristía la tarde en que fue entregado y confiarla a los Apóstoles como memorial de su muerte y resurrección hasta su vuelta (cf. 1 Cor 11,23-26), con este don ponía también en manos de la Iglesia la actualización perenne de la realidad misteriosa de ésta como acontecimiento de salvación (cf. EdE 11; LG 3; SC 2). La Iglesia nació en Pentecostés bajo la acción del Espíritu Santo, pero un momento decisivo de su formación fue la institución de la Eucaristía en el cenáculo. Por eso la Iglesia vive, se edifica y progresa en la medida en que se nutre del Misterio eucarístico, que es lo más precioso que tiene en su caminar por la historia .
La Eucaristía está en el centro del proceso de crecimiento de la Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica, que acontece y se manifiesta como sacramento universal de salvación (cf. LG 1; 48; GS 45) en toda legítima comunidad de los fieles unidos a sus pastores (cf. LG 26; SC 41). No en vano, desde la primera hora, los que fueron bautizados el día de Pentecostés y los que se les fueron agregando poco a poco, tenían como característica el perseverar en la enseñanza de los Apóstoles, en la fracción del pan, en la comunión y en las oraciones (cf. Hch 2,41-42.46). Entre estas cuatro notas que definían la comunidad cristiana primitiva, sobresale la fracción del pan, más tarde llamada Eucaristía (cf. CCE 1328; 1327), que alude a la celebración del rito instituido por el Señor en conmemoración suya (cf. 1 Cor 11,23-26 y par.), y que tenía lugar por las casas (cf. Hch 2,46), presumiblemente en el domingo, según consta ya en el Nuevo Testamento (cf. Hch 20,7-11; 1 Cor 16,2). Desde el siglo II los testimonios son cada vez más completos y precisos, al respecto .
Desde el principio, pues, la Iglesia y la Eucaristía han estado indisolublemente unidas. Más aún, como recuerda el Vaticano II, esas reuniones locales de los fieles recibieron el nombre de iglesias en el Nuevo Testamento (cf. LG 26). De este modo, la reflexión sobre la Iglesia lleva a la reflexión sobre la Eucaristía, y viceversa. Más aún, la relación es tan profunda que la Iglesia no puede existir sin la Eucaristía, y la Eucaristía en alguna medida depende también de la Iglesia. De ahí la famosa afirmación: "La Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía" , que el Papa Juan Pablo II formula así: "La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía" (EdE 26; cf. 21 ss.). Este pensamiento está implícito en el Concilio Vaticano II, cuando señala en la Constitución sobre la sagrada liturgia: "La liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (SC 10; cf. LG 11; PO 5).
En este sentido, cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, está celebrando su propio misterio, es decir, el acto que la constituye en acontecimiento de salvación y signo e instrumento -sacramento- de la íntima unión de los hombres con Dios y de la unidad del género humano (cf. LG 1; 9; GS 42). Por eso, cuando la Iglesia se reúne en asamblea eucarística en un determinado lugar, se está manifestando como sacramento de Cristo que actúa en su cuerpo y, a través de él, en la humanidad por medio de su Espíritu.
Esta sugestiva realidad es la que deseo exponer en este marco del 50 aniversario de la creación de la Diócesis de Huelva, celebración gozosa a la que me complace asociarme en nombre propio y de mi diócesis Legionense. Ahora bien, un tema tan rico puede ser tratado desde muchos puntos de vista. Yo voy a fijarme tan sólo en uno de ellos, el de la teología litúrgica o concreta expresión de la doctrina de la fe que se encuentra en los ritos y textos de la liturgia, y precisamente en la celebración eucarística. Para ello voy a tomar en las manos el Ordo Missae, el Rito de la Misa con el que la Iglesia nos manda ahora celebrar el Misterio eucarístico. Este Rito es descrito y explicado en un documento importante del Misal Romano que se llama la Institutio generalis u Ordenación general, recientemente actualizado con motivo de la publicación de la tercera edición típica del citado libro litúrgico .
Divido mi intervención en tres apartados: 1. Algunos conceptos básicos acerca de la Iglesia particular y local y de la función que tiene en ella el ministerio sacerdotal; 2. La aportación del Ordo Missae y de la OGMR a esta visión de la Iglesia; y 3. Consecuencias pastorales de la afirmación "La Eucaristía es la principal manifestación de la Iglesia".
1. La Iglesia particular y la Iglesia local. Diócesis y parroquia
La Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II afirma en dos ocasiones que la Eucaristía es la manifestación principal de la Iglesia. En efecto, en la introducción del documento se dice:
"La liturgia, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía.., contribuye en grado máximo a ... manifestar la auténtica naturaleza de la verdadera Iglesia" (SC 2).
Más explícito aún es el texto siguiente:
"Conviene que todos tengan en gran aprecio la vida litúrgica de la diócesis en torno al Obispo, sobre todo en la Iglesia catedral; persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza (lat.: praecipuam manifestationem Ecclesiae haberi) en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros" (SC 41).
A estos textos es preciso añadir un tercero, alusivo a la reunión local de los fieles en torno a un presbítero que hace las veces del Obispo. Nótese que se está hablando de la vida litúrgica parroquial. En efecto, "como no lo es posible al Obispo, siempre y en todas partes, presidir personalmente en su Iglesia a toda su grey, debe por necesidad erigir diversas comunidades de fieles. Entre ellas sobresalen las parroquias, distribuidas localmente bajo un pastor que hace las veces del Obispo, ya que de alguna manera representan a la Iglesia visible establecida por todo el orbe (lat.: quodammodo repraesentant Ecclesiam visibilem per orbem terrarum constitutam)" (SC 42; cf. LG 28).
De manera explícita los dos primeros textos, de manera implícita el tercero, todos aluden a la celebración litúrgica como manifestación principal de la Iglesia de Cristo, y a la Eucaristía como el signo privilegiado de lo que es la Iglesia en cuanto cuerpo de Cristo. En el fondo de esta realidad misteriosa, está el hecho de la participación de los fieles en el banquete eucarístico: "El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión con el cuerpo de Cristo?. Puesto que el pan es uno, así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan" (1 Cor 10,16-17). El tema tiene unas riquísimas connotaciones de teología bíblica, concretamente paulina, y patrística. En efecto, del cuerpo de Cristo, es dceir, de su humanidad glorificada en la resurrección, del que se participa sacramentalmente en la comunión eucarística (cf. 1 Cor 11,28-29), se pasa al cuerpo que es la Iglesia (cf. 1 Cor 12,12); de manera que la edificación de la comunidad y la unidad de todos los miembros de ésta, tiene origen en el único pan eucarístico y, con ello, en el único cuerpo de Cristo. De ahí el hermoso comentario de San Agustín: "Si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois" (Serm. 272; cf. EdE 40).
Tratemos de precisar el pensamiento del Concilio Vaticano II, fijándonos en la realidad eclesial a la que ha querido aludir.
A) El misterio de la Iglesia
Los textos reproducidos de la Constitución sobre la sagrada liturgia, hablan de la Iglesia manifestada y representada visiblemente en la celebración litúrgica. La Iglesia es el "pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos" (cf. LG 26). Y, en este sentido debe entenderse la afirmación de SC 2 relativa a la "naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia". No hay que olvidar, en efecto, que la naturaleza de la Iglesia, según las enseñanzas del Vaticano II, es sacramental por analogía con el Verbo encarnado. En efecto, la Iglesia es "a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina" (SC 2; cf. LG 8). Por tanto, en las celebraciones litúrgicas, especialmente en la Eucaristía, se produce una verdadera epifanía de la Iglesia. Esto quiere decir que la liturgia no es una mera visibilización de la comunidad eclesial, a modo de una imagen convencional, sino que entraña una cierta presencia del misterio de la Iglesia, explicable por una cierta analogía con la presencia de Cristo en la acción litúrgica (cf. SC 7; Mt 28,20).
El Concilio Vaticano II afirma más de una vez que Cristo, para realizar su obra santificadora y cultual, "asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre eterno" (SC 7; cf. 83-84). No en vano Él es la cabeza de todo el cuerpo, al que se une esponsalmente en el Espíritu Santo (cf. Ef 4,15-16; 5,23-32; Ap 22,17.20). El texto latino de SC 42 dice, efectivamente: las comunidades locales de los fieles, "quodammodo repraesentant Ecclesiam visibilem per orbem terrarum constitutam". Re-praesentare entraña siempre, en el vocabulario litúrgico, un modo de presencia y de actuación (res praesens sistitur) . Las celebraciones, por tanto, no solamente hacen visible a la Iglesia, sino que la hacen presente y activa, junto con Cristo, al que está asociada .
Ahora bien, ¿qué Iglesia es la que se manifiesta y, en cierto modo, se hace presente en la celebración eucarística? ¿la Iglesia que llamamos universal, es decir, la Iglesia como misterio de comunión en la que subsiste la única Iglesia de Cristo y que acontece en cada una de las Iglesias repartidas por todo el mundo (cf. LG 26), o la Iglesia particular, formada a imagen de la Iglesia universal y en la que, juntamente con las demás Iglesias particulares y a partir de ellas, existe la única Iglesia de Cristo?
Esta pregunta no es ociosa, porque viene a plantear, en definitiva, qué idea de la Iglesia y qué experiencia de Iglesia tienen los fieles cristianos cuando toman parte en la liturgia, y sobre todo en la Eucaristía. Sin duda, muchos se sienten Iglesia y tienen ya una experiencia de lo que es la Iglesia en relación a Jesucristo, cabeza de todo el cuerpo, y en relación a la comunidad de los hermanos. Pero, ¿no sucede, a veces, que esa comunidad que celebra, se mira demasiado a sí misma y proyecta sobre la celebración sus gustos, sus preferencias, sus cantos, su propia singularidad? ¿No es esto olvidar que una comunidad local no es, ella sola, la Iglesia de Cristo? Son preguntas que sería conveniente plantear alguna vez, para evitar el reduccionismo en el que caen, sin saberlo la mayoría de las veces, algunas comunidades al preparar la liturgia.
Por estos motivos parece conveniente hacer algunas precisiones terminológicas a propósito de la Iglesia particular y local en la celebración eucarística . En todo caso, la renovación litúrgica del siglo XX contribuyó decisivamente, para el pueblo cristiano, a la toma de conciencia de lo que es la Iglesia. Esta toma de conciencia ha alcanzado su precisión más autorizada en el Concilio Vaticano II, cuando aquella gran asamblea, guiada por el Espíritu Santo, respondió a la invitación del Papa Pablo VI, a fin de que la Iglesia se conociese mejor a sí misma .
B) Iglesia particular e Iglesia local
Uno de los grandes méritos de la Constitución Sacrosanctum Concilium del Vaticano II fue situar su reflexión sobre la sagrada liturgia, en el marco de la historia de la salvación que se realiza en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En este sentido coincide, en cuanto a las opciones básicas de la eclesiología conciliar, con los grandes documentos del Vaticano II, aun siendo anterior a todos ellos . El complemento, pues, de la constitución litúrgica se encuentra, desde el punto de vista eclesiológico, en Lumen Gentium y en los restantes documentos conciliares que vinieron después.
En efecto, para hablar de la Iglesia hay dos vías: partiendo de la Iglesia universal o bien partiendo de las Iglesias particulares. Las dos perspectivas eclesiológicas son posibles y adecuadas, si bien ninguna de las dos permite olvidar o infravalorar a la otra. La primera vía, a la que estamos más habituados todavía, ha sido la propia del Occidente cristiano, que ha sido siempre más misionero y expansionista. La segunda, más centrada en los aspectos internos de la comunión eclesial, ha sido más cultivada en Oriente. Pero, insisto, ambas son adecuadas y complementarias.
En este sentido, el pasaje de SC 2, cuando menciona la naturaleza de la Iglesia, se está refiriendo a la Iglesia de Cristo, una y única, que llamamos universal en cuanto es católica y se extiende por toda la tierra; pero que incluye y se realiza siempre en las Iglesias particulares, puesto que afirma que la Eucaristía es su principal manifestación . Por otra parte la Eucaristía, aunque es celebrada en un lugar concreto, entraña siempre la referencia a la totalidad de la Iglesia.
El texto de SC 41 se refiere, en cambio, a la Iglesia particular o diocesana, y a la celebración de la Eucaristía más característica dentro del ámbito de la comunidad diocesana que preside el Obispo, la denominada Misa estacional . De la misma manera, SC 42 alude a la vida litúrgica de las comunidades locales de los fieles presididas por un presbítero, que hace las veces del Obispo. No en vano el Concilio está hablando del fomento de la vida litúrgica en la diócesis y en la parroquia. Ahora bien, ¿quiere esto decir que la Iglesia que se manifiesta en la Misa estacional, es únicamente la Iglesia particular; y que la Iglesia que se hace visible en las celebraciones presididas por los presbíteros, es únicamente la Iglesia local? En modo alguno.
En ambos casos el sujeto integral de la celebración es siempre una asamblea concreta y localizada, que representa y en la cual se hace presente el cuerpo total de la Iglesia de Cristo, es decir, la Iglesia como misterio o acontecimiento sacramental, una, santa, católica y apostólica . Lo que ocurre en la Misa estacional -se supone además, que es concelebrada- es que el signo externo, manifestativo y representativo de la Iglesia de Cristo, es mucho más rico que en una simple celebración parroquial presidida por un presbítero.
No es ahora el momento de analizar la terminología que emplea el Concilio Vaticano II a propósito de la Iglesia particular y local . Lo verdaderamente importante es la afirmación de que en todas las legítimas comunidades locales de los fieles unidos a sus pastores se realiza (y se manifiesta) el misterio de la Iglesia de Cristo (cf. LG 26; 28).
Para los fines de este trabajo es suficiente atenerse a las precisiones adoptadas por el Código de Derecho Canónico de 1983. De hecho ha representado una toma de postura, en cuanto a la distinta terminología que aparece en el Concilio sobre las Iglesias particulares y las Iglesias locales. En este sentido, después de haber hecho suya la eclesiología conciliar en el c. 368, que se inspira en LG 23, emplea la expresión Iglesia particular significando tan sólo la diócesis y otras circunscripciones que se le asemejan (cf. CDC c. 369-371). La noción que ofrece sigue literalmente el texto de CD 11: "La diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular, en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica" (cf. 3; AG 6).
Según esta noción los elementos constitutivos de la Iglesia particular son los siguientes:
a) Porción del pueblo de Dios: Este elemento hace referencia a los miembros de la Iglesia particular, que son todos los fieles cristianos, incluidos los ministros ordenados y los religiosos (cf. CDC c. 204,1).
b) El ministerio del obispo diocesano y de su presbiterio: El obispo diocesano confiere a la Iglesia particular la nota de la apostolicidad (cf. CDC c. 336), ejerciendo en ella la triple función de santificar, enseñar y regir (cf. CDC c. 375). Al ministerio del Obispo está íntimamente vinculado el de los presbíteros, cooperadores necesarios que participan con él del mismo y único sacerdocio ministerial de Cristo.
c) La acción del Espíritu Santo que edifica y enriquece a la Iglesia particular distribuyendo sus dones y carismas a los fieles, comenzando por el propio Obispo que es constituido Sucesor de los Apóstoles y Pastor de la Iglesia en virtud del mismo Espíritu (cf. CDC c. 375,1).
d) La Palabra y la Eucaristía: La Palabra de Dios suscita y alimenta la fe, de manera que anunciar el Evangelio y enseñar es función principal en el ministerio del Obispo (cf. CDC c. 368) y misión de los presbíteros (CDC c. 757). Por otra parte la Iglesia particular es una comunidad cultual, en la que la Eucaristía ocupa el centro como fuente y culmen de todo el organismo sacramental y de la vida cristiana (cf. CDC 897; 899).
e) La presencia de la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica que acontece en la Iglesia particular, la convierte en sacramento de la íntima unión de los hombres con Dios y de la unidad del género humano, como se ha dicho más arriba.
Resulta muy significativo, por otra parte, que la especificación de la diócesis como Iglesia particular se haga, ante todo, sobre la base del elemento personal, es decir, la porción del pueblo de Dios, y por la presencia del ministerio apostólico que encarna el Obispo con su presbiterio. En ese pueblo actúa el Espíritu Santo, que lo congrega por medio del Obispo y de los presbíteros, y lo hace crecer mediante la Palabra y la Eucaristía -los sacramentos-. Queda en segundo plano el territorio, que aunque por regla general circunscribe la porción del pueblo de Dios, sin embargo se admite también la posibilidad de que, en el mismo territorio, se puedan erigir Iglesias particulares distintas en base a los ritos de los fieles o a otros motivos similares (cf. CDC c. 372).
Respecto de la parroquia, el Código de Derecho Canónico, en coherencia con el Vaticano II, afirma que "es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio" (CDC c. 515,1). Aquí también se destaca la importancia del factor personal, la comunidad de fieles, y de la presidencia y gobierno pastoral, que aquí reside en el presbítero al que aquella es encomendada bajo la autoridad del Obispo, el párroco y quienes hacen sus veces. El factor territorial tiene también su valor como norma general, pero no es decisivo, ya que en el mismo Derecho se preven así mismo parroquias personales (cf. CDC c. 518). Siguiendo al Vaticano II, la noción de Iglesia local puede aplicarse perfectamente a la parroquia (cf. SC 42; CD 30; AA 30), aunque no en exclusiva, de manera que ha de ser considerada como "célula de la diócesis" y estructura derivada de ésta, dependiente de factores históricos y sociológicos, pero en todo caso insustituible como cauce inmediato y ordinario de pertenencia a la Iglesia para los fieles.
C) El papel del ministerio ordenado
Según la doctrina de la Iglesia Católica, estamos aquí ante una estructura carismático-institucional que garantiza tanto la comunión eclesial como la misión evangelizadora y pastoral de aquella. Dentro de esta comunión se inscriben todos los carismas, funciones y ministerios con los que el Espíritu Santo ha enriquecido a la Iglesia, pero jerarquizados y estructurados a partir del ministerio apostólico, en dependencia de Cristo, cabeza y Sumo Sacerdote de todo el cuerpo.
La estructura carismático-institucional de la Iglesia se pone de manifiesto también en la liturgia, sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Esta es siempre fuente, centro y culmen de toda la vida de la Iglesia, y de todos los ministerios y oficios eclesiales ejercitados por las más diversas personas (cf. LG 11; PO 5; CDC c. 897). En este sentido el ministerio del Obispo y del presbítero se definen precisamente en relación con la presidencia de la celebración eucarística (cf. LG 10; 17; 26; 28; CD 11; PO 5). Más aún, las demás funciones, relativas a la Palabra de Dios -munus docendi- y a la guía o pastoreo de la comunidad -munus gobernandi-, tienen su elemento central y aglutinante en la función santificadora y cultual -munus sanctificandi-, tanto en el Obispo, que posee la plenitud el sacramento del Orden (cf. LG 21; 25-27; CCE 1558; 888-896), como en el presbítero, aun cuando su sacerdocio está subordinado al Obispo (cf. LG 28; PO 2; 4-6; CCE 1562-1567). Puede decirse, por tanto, que el Obispo y el presbítero enseñan, santifican y gobiernan la porción del pueblo de Dios que les ha sido confiada, en cuanto son ministros ordenados para presidir la Eucaristía.
De aquí se deriva una importante consecuencia, a saber, la legitimidad de la celebración eucarística depende de la legitimidad de la ordenación del ministro que la preside, Obispo o presbítero (cf. LG 26; LG 28). Pero sólo donde se tiene legítimo presidente de la celebración eucarística (legítimo ministro), se tiene también legítima Eucaristía, es decir celebración en comunión verdadera con la Iglesia de Cristo . Y sólo donde se celebra ésta, se produce la plena manifestación del misterio de Cristo y de la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia (cf. SC 2; cf. CDC c. 897), en cuanto que la Iglesia de Cristo se manifiesta reunida en torno al Obispo en la Iglesia particular y en torno al presbítero en la Iglesia local .
Por otra parte, la relación íntima entre el Misterio eucarístico y el misterio de la Iglesia, en el que ésta es significada y maravillosamente realizada por aquel (cf. LG 3; 11; IO 2), proyecta su luz sobre el don y misterio del sacerdocio ministerial que tiene su máxima expresión, en cuanto a su naturaleza y función, justamente en la celebración eucarística. En efecto, el sacerdote (Obispo o presbítero) ha recibido en el sacramento del Orden, por la imposición de manos (cf. 1 Tm 4,14; CCE 1573; 1585), la gracia de actuar en la Eucaristía en la persona de Cristo, consagrando la oblación del pueblo santo representado por la comunidad que participa. La función presidencial y, por tanto, ministerial-eclesial, del Obispo o del presbítero, está estrechamente vinculada a la asamblea eucarística, a la vez que es garantía de la comunión de ésta con toda la Iglesia (legitima eucaristía).
El ministro es, en este sentido, servidor de Cristo y de su Espíritu para edificación de la Iglesia, que se manifiesta y se realiza en la Eucaristía. Y por lo mismo es servidor también de la Iglesia, en cuanto asegura con el ejercicio de su ministerio, el que tenga la Eucaristía. En efecto, al presidir la Eucaristía y consagrar los dones que han presentado los fieles (el pan y el vino) para que se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, está actuando no sólo para la Iglesia ni solamente con ella ni en ella, sino en favor de ella. Dicho de otro modo, aparece entonces como ministro de Cristo realizando la unidad de su cuerpo eclesial y haciendo posible la comunión de los fieles su cabeza, es decir, la vida misma de la Iglesia .
Esta función la realiza siempre en el nombre de Cristo cabeza, nunca como enviado o delegado de una comunidad concreta. Por eso el Vaticano II enseñó ya que, aunque el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles se ordenan el uno para el otro, sin embargo, la diferencia entre ambos es esencial y no sólo de grado. En efecto, "el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo; los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía" (LG 10; cf. PO 2). En efecto, no se trata de una mayor o menor intensidad de la participación en el único sacerdocio de Cristo, sino de participaciones esencialmente diversas. El sacerdocio ministerial se funda en el carácter impreso por el sacramento del Orden, que configura a Cristo sacerdote, y permite al ministro actuar en la persona de Cristo cabeza (LG 10; 28; PO 2). El sacerdocio común se funda en el carácter bautismal, que capacita a los cristianos para servir a Dios mediante la participación en la liturgia y el testimonio de una vida santa. El sacerdocio ministerial es a la vez jerárquico y, al mismo tiempo, un servicio prestado a la comunidad de los fieles .
Otra importante enseñanza del Concilio Vaticano II, que sigue de cerca en toda esta temática la doctrina del Papa Pío XII en la encíclica Mediator Dei, dedicada a la liturgia, de 20-XI-1949, es la relativa a la presencia de Cristo en la persona del ministro de los sacramentos, en especial de la Eucaristía: "Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, 'ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz', sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza" (SC 7; cf. CCE 1084-1089).
En efecto, la presencia del Señor viene afirmada en la persona del ministro, que hace las veces de Cristo oferente, en las especies sacramentales del pan y del vino, y en los sacramentos. Respecto del primer modo de presencia, el Concilio cita unas palabras de Trento que aluden a la identidad del Sumo Sacerdote, oferente y víctima a la vez, en el Sacrificio de la Cruz y en la Misa (cf. DS 1743). La diferencia está en que Cristo se ofrece ahora "por ministerio de los sacerdotes". La función del sacerdote aparece, por tanto, como una mediación personal del ofrecimiento de Cristo, que origina la presencia especial del Señor en él, en virtud del sacramento del Orden que lo configura a Cristo (cf. PO 2): "La actividad del ministro humano autorizado constituye sin duda en el sacramento el signo eficaz de la presencia de Cristo. En otras palabras: el ministro del sacramento no hace por consiguiente las veces de Cristo ni lo representa como si éste estuviera ausente, sino en cuanto está presente y actúa por medio de él en el orden del singno" .
La Constitución Sacrosanctum Concilium menciona también la presencia de Cristo en los sacramentos, poniendo como ejemplo lo que sucede en el Bautismo, recogiendo una bella frase de S. Agustín: "cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza" (In Ioann. tr. 6, c.1). Todo esto hace del sacerdote un "instrumento vivo de Cristo, Sacerdote eterno", para proseguir en el mundo su obra redentora, lo cual lleva consigo una particular exigencia de santidad personal .
2. El testimonio del Ordo Missae y de la Ordenación general del Misal Romano
Esta visión de la Iglesia particular y local, se hace patente en la celebración de la Eucaristía, según afirman los dos importantes textos del Concilio Vaticano II reproducidos al principio, SC 2 y SC 41. Volvemos de nuevo a la relación entre la Iglesia y la Eucaristía, pero ahora desde la teología litúrgica. Estoy plenamente convencido de que, desde las celebraciones litúrgicas tal y como están diseñadas y se proponen en los actuales libros litúrgicos -textos y ritos conjuntamente-, es posible llegar a una eclesiología según la liturgia .
Ahora se trata de tomar en las manos el ritual con el que es preciso celebrar hoy el Misterio de la fe, para comprobar cómo refleja la importante realidad de que la Eucaristía es "la principal manifestación de la Iglesia". Este ritual está contenido en el Ordo Missae (rito de la Misa) y explicado en la Institutio generalis Missalis Romani u Ordenación general del Misal Romano, como ya se ha indicado anteriormente . Dicho de otro modo, en esta segunda parte, deseo mostrar la imagen de la Iglesia que es reflejada en la OGMR y en el Rito de la Misa. Para ello voy a hacer una lectura semiológica de la celebración de la Eucaristía, es decir, del simbolismo de los ritos y de los elementos y partes de la celebración. Pero, antes, es preciso ver de qué manera la OGMR se hace eco de la doctrina del Vaticano II, en cuanto a la Eucaristía como manifestación de la Iglesia y en cuanto al papel que corresponde en esta manifestación al ministerio ordenado.
A) "Acción de Cristo y del pueblo de Dios, ordenado jerárquicamente"
La OGMR, supuesta la identidad entre la lex orandi de la Iglesia y su perenne lex credendi, que "recuerda que, salvo el modo diverso de ofrecer, constituyen un mismo y único sacrificio el de la cruz y su renovación sacramental en la Misa" (OGMR 2), la celebración eucarística es "acción de la Iglesia universal" (OGMR 5), "acción de Cristo mismo" (OGMR 11), o con mayor precisión aún: "acción de Cristo y del pueblo de Dios ordenado jerárquicamente" (OGMR 16) , "es decir, un pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección del Obispo" (OGMR 91; cf. SC 26; LG 10; 11; PO 2; 5; 6).
La Eucaristía, por tanto, no es presentada solamente como acción del sacerdote al cual se une el pueblo, sino también como acción de todo el pueblo de Dios, reunido en un determinado lugar y momento para celebrar, constituido en la totalidad y diversidad de sus miembros que ejercen sus diversas funciones. La presencia y acción del sacerdote-ministro, en cuanto que ocupa el lugar de Cristo, es ciertamente indispensable para que el pueblo sacerdotal pueda ejercer su sacerdocio, pero no agota la acción de la comunidad eclesial ni puede anular la parte que le corresponde. Por eso, el conjunto de la celebración es llamada expresamente acción de toda la comunidad (OGMR 35), además de acción litúrgica (OGMR 19) y sagrada (OGMR 29). Incluso, en el capítulo de la OGMR dedicado a los oficios y ministerios en la celebración de la Misa, se inspira en algunos de los más bellos textos de la Constitución litúrgica del Vaticano II para afirmar: "En la celebración de la Misa, los fieles forman la «nación santa, el pueblo adquirido por Dios, el sacerdocio real» para dar gracias a Dios y ofrecer no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, la víctima inmaculada, y aprender a ofrecerse a sí mismos (cf. SC 48)... Formen, pues, un solo cuerpo, escuchando la palabra de Dios, participando en las oraciones y en el canto, y principalmente en la común oblación del sacrificio y en la común participación en la mesa del Señor..." (OGMR 95-96) .
Aunque es cierto que la eficacia y la dignidad de la celebración eucarística no dependen de la presencia efectiva y actual de los fieles, también lo es que esta presencia y participación, en igualdad de circunstancias, es requerida por la misma naturaleza de la liturgia en orden a manifestar más claramente el carácter eclesial de la acción eucarística (cf. OGMR 19). Por este motivo, el Concilio mostraba su preferencia por las celebraciones comunitarias por encima de las individuales y casi privadas (cf. SC 27). Así lo expresa también la OGMR: "Puesto que la celebración de la Misa, por su propia naturaleza, tiene carácter «comunitario» (SC 26-26), tienen una gran fuerza los diálogos entre el sacerdote y los fieles congregados y asimismo las aclamaciones (cf. SC 30). Ya que no son solamente señales externas de una celebración común, sino que fomentan y realizan la comunión entre el sacerdote y el pueblo" (n. 34; cf. 42 acerca de la unanimidad en los gestos como "signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana") .
Por otra parte, la OGMR ha tenido muy en cuenta "que es de suma importancia la Eucaristía en la Iglesia particular", en razón del ministerio del Obispo diocesano como primer dispensador de los misterios de Dios y moderador y promotor de la vida litúrgica en la Iglesia que le ha sido confiada, en particular de la celebración eucarística (cf. OGMR 92); y del hecho de que en las celebraciones que él preside, sobre todo en la Eucaristía, con la participación del presbiterio, los diáconos y el pueblo, se produce la principal manifestación del misterio de la Iglesia (cf. OGMR 22; 112; CD 33; SC 41). Se está aludiendo aquí a la Misa estacional. De ella dice la OGMR: "Ha de tener una consideración especial la concelebración en la que los presbíteros de una diócesis concelebran con el propio Obispo, en la Misa estacional, sobre todo en los días más solemnes del año litúrgico" (OGMR 203) .
Otras celebraciones eucarísticas, igualmente significativas por su alcance comunitario y eclesial son la Misa parroquial del domingo y de las fiestas, que debe ser tenida en gran estima "puesto que representa a la Iglesia universal en un tiempo y lugar definidos" (OGMR 113; cf. SC 42; LG 28; PO 5) ; y la Misa conventual o de comunidad (cf. OGMR 114; 199; 283).
Evidentemente, todo esto no significa restar carácter eclesial a la celebración de la Eucaristía con la participación de un solo ministro (cf. OGMR 19; 252-272; CDC c. 906), denominada en la edición anterior del Misal, Misa sin pueblo. El sacerdote cumple siempre su ministerio, por lo que se recomienda que celebra diariamente el sacrificio eucarístico, en cuanto sea posible (cf. OGMR 19; PO 13; CDC c. 904).
La preferencia por la celebración comunitaria de la Eucaristía, en razón de los motivos apuntados antes, tiene su repercusión también en todo lo relacionado con el espacio de la celebración y el lugar de colocación de los fieles . Se desea que la disposición misma de los lugares contribuya a poner de manifiesto la unidad de todo el pueblo santo, jerárquicamente estructurado en la diversidad de funciones y ministerios, "la disposición general del edificio sagrado conviene que se haga de tal manera que sea como una imagen de la asamblea reunida, que facilite un proporcionado orden de todas sus partes y que favorezca la perfecta ejecución de cada uno de los ministerios" (OGMR 294; cf. 288; 293). Al aludir al altar como mesa del Señor, se recuerda que el pueblo de Dios es convocado para participar en ella (cf. OGMR 296). El ambón debe estar colocado de manera que se centre en él la atención de los fieles durante la liturgia de la Palabra (cf. OGMR 309). Respecto del lugar de los fieles, se recomienda que facilite su participación "con la vista y con el espíritu en las sagradas celebraciones", el que puedan adoptar las posturas corporales adecuadas y que "no sólo puedan ver al sacerdote, al diácono y a los lectores, sino que, valiéndose de los modernos instrumentos técnicos, dispongan de una perfecta audición" (OGMR 311). Los cantores, como parte de la asamblea, deben estar integrados en ella (cf. 312).
B) El ministerio sacerdotal y los demás ministerios
En este cuadro panorámico de la celebración eucarística, en cuanto manifestación de la Iglesia de Cristo a nivel de Iglesia particular y de Iglesia local, la OGMR ha querido destacar también la relación del ministerio sacerdotal -Obispo y presbítero- con el sacerdocio real del pueblo de Dios, "cuya ofrenda espiritual se consuma en la unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador, por el ministerio del Obispo y de los presbíteros" (OGMR 5; cf. 4). En efecto, la naturaleza del ministerio sacerdotal se pone de relieve, en la disposición del rito de la Misa, por la preeminencia del lugar reservado al sacerdote, en quien Cristo se hace presente entre otros modos de presencia en la liturgia (cf. SC 7; OGMR 27), como se ha recordado anteriormente. Pero también por la función que el sacerdote desempeña dentro del pueblo de Dios, dado que "la celebración eucarística es acción de la Iglesia universal, y en ella habrá de realizar cada uno todo y sólo lo que de hecho le compete" (OGMR 5; cf. 17; 91).
La preeminencia del sacerdote en el rito aparece cuando se señalan aquellas partes de la Misa que corresponden al sacerdote, como la plegaria eucarística, las oraciones presidenciales y algunas moniciones (cf. OGMR 30-33). Mientras que los diálogos con el pueblo y los saludos (cf. OGMR 34-35), y algunos momentos como el acto penitencial, la profesión de fe, la oración de los fieles y la oración dominical (cf. OGMR 36), y el canto (cf. OGMR 40), son especialmente aptos para manifestar y promover la participación de los fieles. Respecto del rito concreto de la Misa, se verá más adelante.
La OGMR dedica un capítulo, el III, a los oficios y ministerios en la Misa, comenzando por una afirmación general en la que recuerda, una vez más, que la Eucaristía es acción de Cristo y de la Iglesia y que pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia, influye en él y lo manifiesta, pero "afecta a cada uno de sus miembros según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual" (OGMR 91; cf. SC 26). Esto quiere decir que la acción litúrgica atañe al ministro que preside, Obispo o presbítero, de manera directamente proporcionada al puesto que ocupa en la comunidad eclesial y a la función que debe desempeñar en la liturgia. En efecto, si la Iglesia es un cuerpo, aunque todos los miembros tienen la misma dignidad fundamental en cuanto están unidos a Cristo que es la cabeza, sin embargo no todos tienen la misma función (cf. 1 Cor 12,4-8).
Seguidamente se detiene en los oficios y ministerios del orden sagrado, comenzando por el episcopado. La OGMR recuerda expresamente lo que se ha dicho ya más arriba, que "toda celebración eucarística legítima es dirigida por el Obispo, ya sea personalmente, ya por los presbíteros, sus colaboradores" (OGMR 92; cf. 22; 108; y LG 26; 28; SC 42).
Esto hace que, "cuando el Obispo está presente en una Misa para la que se ha reunido el pueblo, es muy conveniente que sea él quien celebre la Eucaristía y que asocie a su persona a los presbíteros en la acción sagrada, como concelebrantes..., no para aumentar la solemnidad exterior del rito, sino para significar de una manera más clara el misterio de la Iglesia, 'sacramento de unidad?" (OGMR 92; cf. SC 26). Si no celebra, debe, al menos presidir la liturgia de la Palabra y dar la bendición al final (cf. ib.; Ceremonial de los Obispos, nn. 175-186). Es el único caso en que se permite que más de un celebrante persida la celebración eucarística (cf. OGMR 108).
La OGMR destaca también la relevancia del ministerio episcopal reivindicando el significado de la concelebración presidida por el Obispo diocesano (cf. OGMR 203), a la vez que señala otros elementos distintivos que debe tener la Misa presidida por el Obispo, en especial la Misa estacional, como las siete velas encendidas (cf. OGMR 117), y la bendición al pueblo con el Evangeliario (cf. OGMR 175).
Respecto del ministerio del presbítero, la OGMR es muy clara al respecto: "También el presbítero, que en la Iglesia, en virtud de la potestad sagrada del Orden, puede ofrecer el sacrificio, actuando en la persona de Cristo, preside al pueblo fiel congregado aquí y ahora, dirige su oración, le anuncia el mensaje de salvación, asociando al pueblo en la ofrenda del sacrificio por Cristo en el Espíritu Santo a Dios Padre, da a sus hermanos el pan de la vida eterna y participa del mismo con ellos" (OGMR 93; cf. LG 28; PO 2). Este carácter presidencial del ministerio del Obispo y del presbítero aparecen reflejados también cuando, en la OGMR, se habla del presbiterio (n. 295) y de la sede (n. 310).
La OGMR no se olvida del ministerio del diácono, para subrayar la dignidad propia de este grado del sacramento del Orden, que le hace ocupar "el primer lugar entre los que sirven en la celebración eucarística", al tiempo que señala sus competencias en ella (cf. OGMR 94; 109; 116; 171-186; etc.). La OGMR se ocupa también, como es obvio, de los ministerios del lector y del acólito, así como de otros oficios (cf. OGMR 98-107; etc.). Todos son necesarios para que la Eucaristía aparezca realmente como un icono de la Iglesia de Cristo.
C) La estructura y las partes de la celebración.
La OGMR dedica dos capítulos, el II y el IV, a explicar y desarrollar la estructura general de la Misa y sus elementos según las diversas formas de celebrarla. En orden a la claridad, es preciso fijar la atención preferentemente en el apartado 3 del capítulo II: Las diversas partes de la Misa (OGMR 46-90) y en el apartado 1 del capítulo IV: La Misa celebrada con participación del pueblo, más en concreto la sección A: Misa sin diácono (OGMR 120-170), Misa llamada antes: Forma típica.
Es muy interesante saber que esta forma típica (Misa sin diácono) es el modelo a partir del cual se vertebran las distintas formas de celebración: Misa estacional, Misa concelebrada, Misa con un solo ministro que responde, Misa en la que se administra un sacramento o sacramental, etc.: "Por «Misa con pueblo» se entiende la que se celebra con participación de los fieles... sobre todo los domingos y fiestas de precepto... con canto y con el número adecuado de ministros" (OGMR 115).
Después de haber afirmado la función del pueblo de Dios en términos generales y la de los ministros en particular, la OGMR presenta con detalle el ejercicio de estas funciones. Seguimos las partes de la Misa tal y como son descritas en la OGMR y en el Ordo Missae (= OM).
1. Ritos iniciales:
"Su finalidad es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunión y se dispongan a oír como conviene la palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía" (OGMR 46). Se trata de el canto de entrada, el saludo, el acto penitencial, las invocaciones, el Gloria y la oración colecta. La rúbrica es del OM es muy expresiva: "Reunido el pueblo, el sacerdote con los ministros va al altar, mientras se entona el canto de entrada... . La procesión, abierta por el turiferario con el incensario humeante, y cerrada por el sacerdote, comprende la cruz entre luces y el Evangeliario, llevados por un acólito y un lector, respectivamente (cf. OGMR 120). El simbolismo de la procesión -la Iglesia en marcha- es más rico cuando participa el pueblo, por ejemplo, en la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, o el Domingo de Ramos. El canto de entrada tiene por fin "abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido e introducirles en el misterio del tiempo litúrgico o de la fiesta y acompañar la procesión de sacerdotes y ministros" (OGMR 47; cf. 39). Dicho de otros modo, el canto de entrada crea comunidad.
Terminado el canto de entrada, el sacerdote, ya en la sede el sacerdote y los fieles conjuntamente se signan para la invocación trinitaria (cf. OM 1). Después el sacerdote, "por medio del saludo, manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo queda de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada" (OGMR 50; OM 2). No cabe mayor precisión acerca del significado de todos estos elementos, para expresar que la asamblea congregada (populo congregato), imagen de la Iglesia, está ya constituida, formando una unidad (in unum convenientes), para celebrar la Eucaristía, por el saludo litúrgico de quien hace las veces de Cristo, presente en medio de quienes se han reunido en su nombre (cf. OGMR 27; Mt 28,20).
La oración colecta -de colligere, reunir- concluye los ritos iniciales, integrando a la totalidad de la asamblea en la plegaria común. La dinámica de ésta, el plural usado en la invitación Oremos, el silencio "para hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente sus súplicas", la recitación o canto por el sacerdote en nombre de todo el pueblo, la conclusión invocativa de las tres divinas Personas y evocativa de la comunión eclesial -"en la unidad del Espíritu Santo"- y el Amén final, expresan el carácter netamente comunitario de esta plegaria (cf. OGMR 54; 127).
2. La liturgia de la Palabra:
La OGMR, tomando las expresiones de la Constitución conciliar de liturgia, valora y privilegia la Iglesia como lugar por excelencia de la proclamación y de la escucha de la Palabra de Dios: "Cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio" (OGMR 29; cf. SC 7; 33). Se trata del diálogo entre Dios y su pueblo, con la mediación necesaria del lector y del diácono o del sacerdote que proclama el Evangelio (cf. Neh 8,2-10; Lc 4,14 ss.). En efecto, "Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles. Esta palabra divina la hace suya el pueblo con el silencio y los cantos, y muestra su adhesión a ella con la profesión de fe; y una vez nutrido con ella, en la oración universal hace súplicas por las necesidades de la Iglesia entera y por la salvación de todo el mundo" (OGMR 55; cf. 57-71). En la presentación de la liturgia de la Palabra, se adivina, por tanto, la presencia de la comunidad que escucha, medita, responde y aclama.
Las indicaciones sobre el desarrollo del todo el rito indican, así mismo, cómo se establece una comunicación verdaderamente interactiva dentro de la asamblea: el lector que proclama las lecturas desde el ambón mientras todos escuchan, incluidos los ministros, obviamente; el canto o recitación del salmo al que el pueblo responde; la participación en el canto que acompaña la procesión del Evangelio; la homilía efectuada desde la sede o en el mismo ambón; el silencio que sigue; la recitación o canto del Símbolo por el sacerdote juntamente con el pueblo; y la oración de los fieles (cf. OM 10-20, y OGMR 128-138).
En este contexto ritual, es preciso recordar con qué riqueza y vigor los praenotanda u orientaciones de la segunda edición típica del Ordo lectionum Missae -aparecida en 1981-del Leccionario, subrayan la relación entre la celebración de la Palabra, en la Misa, y la Iglesia, pueblo de Dios reunido en asamblea. Por una parte, se afirma que la Iglesia "se edifica y va creciendo por la audición de la Palabra de Dios" (n. 7). Por otra parte, se destaca el papel de la comunidad en el anuncio y la proclamación de esta Palabra y sobre todo se pone de relieve la acción del Espíritu que lleva constantemente a la Iglesia a tomar conciencia de su condición de pueblo de Dios, en quien se realiza plenamente la acción comenzada en los tiempos antiguos: "siempre que la Iglesia, congregada por el Espíritu Santo en la celebración litúrgica, auncia y proclama la Palabra de Dios, se reconoce a sí misma como el nuevo pueblo en el que la alianza sancionada antiguamente llega ahora a su plenitud y total cumplimiento" (ib.).
Por eso hay dos momentos de gran significación eclesial, donde se señala la característica eclesial del sacerdocio común de los fieles: se trata de la recitación del Símbolo de la fe bautismal, sobre todo si se recita el Símbolo Apostólico, llamado Símbolo bautismal de la Iglesia Romana (OM 19), con el que la comunidad reunida "rememora los grandes misterios de la fe y los confiesa antes de comenzar su celebración en la Eucaristía" (OGMR 67); y la plegaria universal, oración de los fieles, en la cual la Iglesia se manifiesta como comunidad que se interesa por el bien de los hombres e intercede en su favor (cf. OGMR 69; SC 53).
3. La liturgia eucarística:
La segunda parte de la celebración eucarística, ha sido estructurada por la Iglesia en el Ordo Missae en torno a tres momentos, la preparación de los dones, la plegaria eucarística y el rito de la comunión, según las mismas partes que corresponden a los gestos y palabras de Cristo. En efecto, "1) En la preparación de las ofrendas se llevan al altar el pan y el vino con el agua; es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos; 2) En la Plegaria eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo; 3) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aun siendo muchos, reciben de un solo pan el Cuerpo y de un solo cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo que los Apóstoles lo recibieron de manos del mismo Cristo" (OGMR 72; cf. 73-89 y 139-165).
Esta parte, en la que tiene un mayor protagonismo el ministerio sacerdotal, que actúa in persona Christi capitis en el mayor grado de identificación que cabe, al prestar la voz y el gesto para decir sus mismas palabras, tanto el Rito de la Misa como la OGMR no olvidan destacar la parte que corresponde a la totalidad de la asamblea.
En la preparación de las ofrendas, esto aparece en el modo de destacar el sentido de la presentación de los dones destinados a la acción litúrgica y a socorrer las necesidades de la comunidad o de los pobres: "Es de alabar que el pan y el vino lo presenten los mismos fieles. El sacerdote o el diácono los recibirá en un lugar oportuno para llevarlo al altar. Aunque los fieles no traigan pan y vino de su propiedad, con este destino litúrgico, como se hacía antiguamente, el rito de presentarlos conserva su sentido y significado espiritual. También se puede aportar dinero u otras donaciones para los pobres o para la iglesia" (OGMR 73; cf. OM 22). En la oración sobre las ofrendas, uniéndose a ella, el pueblo hace suya la plegaria mediante la aclamación Amén (OGMR 77; cf. 146). Todo este modo de hablar no era frecuente en las rúbricas del Misal anterior al del Vaticano II.
Respecto de la plegaria eucarística, centro y cumbre de toda la celebración, la OGMR no podía dejar de destacar la acción de la comunidad. Esta plegaria pertenece ciertamente al sacerdote, pero él debe ser consciente de que no está solo y de que ora en nombre de todo el pueblo santo que preside: "El sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios, en oración y acción de gracias, y lo asocia a su oración que él dirige en nombre de toda la comunidad, por Jesucristo en el Espíritu Santo, a Dios Padre" (OGMR 78; cf. 147). Y además, se añade de modo muy explícito cuál el sentido de esta plegaria: "que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en el reconocimiento de las grandezas de Dios y en la ofrenda del sacrificio" (ib.). A continuación y en el artículo siguiente, se indica con detalle cuál debe ser la acción del pueblo a lo largo de esta gran plegaria: "la plegaria eucarística exige que todos la escuchen con silencio y reverencia" (ib.; "en la fe y con el silencio", dice OGMR 147)), mientras el sacerdote "en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y da gracias..." (OGMR 79,a).
Seguidamente la asamblea, uniéndose a los coros celestiales, canta el Santo. "Esta aclamación, que constituye una parte de la Plegaria eucarística, la proclama todo el pueblo con el sacerdote" (OGMR 79,b; cf. 148). El Rito de la Misa emplea una expresión parecida: "en unión del pueblo, (el sacerdote) concluye el prefacio, cantando o diciendo en voz alta: Santo..." (OM 31). Otras intervenciones del pueblo en la plegaria eucarística son: "las respuestas al diálogo del prefacio... la aclamación después de la consagración y la aclamación del Amén después de la doxología, junto con otras aclamaciones aprobadas por la Conferencia de los Obispos" y reconocidas por la Santa Sede" (OGMR 147).
Más adelante, hablando de la oblación del sacrificio, lo mismo que ha hecho al mencionar la epíclesis consecratoria y la anámnesis, la OGMR menciona y pone en evidencia, el papel de la Iglesia como sujeto de la plegaria eucarística, asociado a Cristo por el Espíritu Santo, a la Iglesia "especialmente reunida aquí y ahora" (OGMR 79,f; cf. 79 c y d), en el momento culminante de la celebración. En efecto, la Iglesia quiere que los fieles que la representan, como comunidad, "no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos (cf. SC 48), y que de día en día perfeccionen, con la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí" (OGMR 79,f). Por último, en la doxología final, se recuerda el valor de la aclamación del pueblo por la cual "se concluye y confirma" toda la acción eucarística (cf. OGMR 79 h).
Los ritos preparatorios y conclusivos de la comunión, cuidan también de expresar la unidad de la asamblea, es decir, del sacerdote y de los fieles: la oración dominical recitada por éstos "a una con el sacerdote" (OGMR 81; el OM 124 lo dice al revés: "el sacerdote... a una con el pueblo"); el rito de la paz, como expresión de la comunión eclesial (OGMR 82); la fracción del Pan eucarístico significa que "los fieles, siendo muchos, en la comunión de un solo pan de vida, que es Cristo muerto y resucitado para la vida del mundo, se hacen un solo cuerpo (1 Co 10,17)" (OGMR 83); la comunión sacramental, acompañada del canto "que debe expresar, por la unión de voces, la unión espiritual de quienes comulgan, demostrar la alegría del corazón y manifestar claramente la índole «comunitaria» de la procesión para recibir la Eucaristía" (OGMR 86); la oración poscomunión, "para completar la plegaria del pueblo de Dios y concluir todo el rito de la comunión" (OGMR 89).
4. El rito de conclusión
Comprende principalmente el saludo y la bendición del sacerdote al pueblo, que en algunas ocasiones se enriquece y se amplía con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne, y con la despedida, "para que cada uno regrese a sus honestos quehaceres alabando y bendiciendo a Dios" (OGMR 90; cf. 166-170). Nuevamente el Rito de la Misa establece un diálogo entre el sacerdote y los fieles, antes de que disuelva la asamblea alabando al Señor. Esta indicación, algunos la quieren interpretar como una invitación a que se entone un canto. Propiamente, la despedida lo que hace es enviar para reanudar la misión en la vida cotidiana (cf. CCE 1332). La manifestación de la Iglesia se realiza, a partir de la celebración, de otra manera, en otros signos.
4. A modo de conclusión pastoral
Al comienzo de este estudio se formulaba esta pregunta: ¿qué Iglesia es representada en la celebración eucarística por la asamblea de los fieles presididos por su pastor?, ¿la Iglesia que llamamos universal, misterio de comunión, o la Iglesia particular o diocesana que se realiza en un determinado lugar? Creo que se puede responder a tenor de la eclesiología del Concilio Vaticano II, reflejada y precisada por el ordenamiento canónico actual de la Iglesia, y por la teología litúrgica del Ordo Missae y de la Ordenación general del Misal Romano.
Ciertamente, la experiencia que los fieles cristianos tienen de la Iglesia como pueblo de Dios, congregada por el Espíritu Santo, sólo puede hacerse en aquellos momentos en los que ésta aparece como tal, y esto es lo que ocurre precisamente en la liturgia. No basta conocer la doctrina acerca de la naturaleza de la Iglesia, es preciso sentirse miembros vivos de ella. La celebración litúrgica, aunque no es la única manifestación de la Iglesia, es sin embargo la principal, sobre todo cuando la comunidad cristiana está reunida para la Eucaristía. Los fieles, que han entrado en la Iglesia por medio del Bautismo, que crecen en la fe y en la vida cristiana, tienen en la celebración eucarística no solamente la cumbre de su Iniciación sacramental sino también el signo y el cauce permanente de su perseverancia en la Palabra de Dios y en la comunión del Cuerpo de Cristo. Esta realidad, que se vive de ordinario en el seno de una Iglesia local o parroquia, porción siempre de la Iglesia particular o diócesis, es la que se percibe en la celebración de la Eucaristía.
Por tanto, la Iglesia que se hace visible y en cierto modo presente en la celebración es la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica, que subsiste en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, tanto a nivel de parroquia como a nivel de diócesis. La asamblea litúrgica concreta, presidida por el Obispo o por el presbítero, con los restantes ministerios y funciones eclesiales, es en todos los casos el sujeto integral de la celebración, que por obra de Cristo y del Espíritu Santo se manifiesta como señal e instrumento de la comunión con Dios y de la unidad de los seres humanos.
1. Esto tiene consecuencias prácticas muy importantes. La primera es la sintonía lo más perfecta posible de la comunidad local que celebra con la Iglesia de Cristo representada por ella. En este sentido se debe celebrar siempre siguiendo lo que el calendario universal y diocesano, y los mismos libros litúrgicos establecen, para situar la Eucaristía en el marco del año litúrgico. Esta misma fidelidad pide también que se haga uso de las adaptaciones no sólo permitidas, sino aconsejadas por la OGMR (cf. nn. 23-24; 352- ss.).
2. Dada la importancia que el OM y la OGMR, siguiendo al Concilio Vaticano II, han dado al pueblo que se reúne para la celebración de la Misa, los responsables de la liturgia, comenzando por el propio sacerdote, han de procurar por todos los medios a su alcance el asegurar la participación consciente, activa, interna y externa, y fructuosa de todos los fieles, es decir, "esa participación de cuerpo y alma, ferviente de fe, esperanza y caridad, que es la que la Iglesia desea, la que reclama su misma naturaleza y a la que tiene derecho y deber, el pueblo cristiano, por fuerza del bautismo" (OGMR 18), de manera que cada uno realice en la Eucaristía, todo y sólo lo que de hecho le compete conforme al grado en que se encuentra dentro del pueblo de Dios (cf. OGMR 5; 13; 20; 22; 35; etc.).
3. Es preciso cuidar, respecto del ministerio sacerdotal, indispensable para la manifestación de la Iglesia en cuanto cuerpo de Cristo jerárquicamente ordenado, los signos de la presidencia litúrgica, que suponen no un honor sino un servicio al pueblo de Dios, en razón de la función representativa de Cristo cabeza. En este sentido ni es buena la clericalización de los laicos, ni tampoco la secularización de los ministros ordenados . Por otra parte, es conveniente atender también a las leyes de la comunicación sonora y visual en la liturgia, a fin de presidir bien y procurar las mejores condiciones posibles para una correcta emisión de la palabra hablada y de los cantos, y de verdad y visibilidad de los signos y gestos litúrgicos, con naturalidad y sin afectación.
4. Es preciso que los fieles valoren las celebraciones parroquiales y las celebraciones de alcance diocesano. En las parroquias, al menos una Misa ha de tener un carácter más participativo y solemne los domingos y fiestas, y siempre que acuda el Obispo, por ejemplo con motivo de la Visita pastoral, o para administrar el sacramento de la Confirmación. La Misa principal de la Visita pastoral tiene carácter de Misa estacional y deben estar presentes los presbíteros de la parroquia, incluso meramente residentes. Habría que desarrollar una especie de espiritualidad de la Iglesia local y particular, para que cada uno pueda decir de su propia Iglesia local: aquí Cristo me ha esperado y me ha amado; aquí lo he encontrado y aquí pertenezco a su cuerpo místico que es la Iglesia.
5. Hay días y momento en el año litúrgico, e incluso por la piedad popular, en el que son especialmente convocados el presbiterio y la comunidad diocesana en torno al Obispo en la catedral. Los libros litúrgicos señalan algunos de estos días (por ejemplo, la Misa crismal, la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el aniversario de la Dedicación de la catedral, la solemnidad del Patrono de la Diócesis, los acontecimientos relacionados con el Obispo diocesano, las ordenaciones, los años santos, sínodo diocesano, etc.). "Estas y otras ocasiones, según el calendario litúrgico de cada diócesis, son circunstancias preciosas para consolidar los vínculos de comunión con los presbíteros, las personas consagradas y los fieles laicos, así como para dar nuevo impulso a la misión de todos los miembros de la Iglesia particular" . Para ello es preciso invitar a los fieles a acudir a la catedral, suspendiendo incluso algunas celebraciones de las parroquias y de otras iglesias con el fin de favorecer el carácter de la liturgia episcopal como manifestación principal de la Iglesia.
6. Pero, aunque no se trate de grandes solemnidades, es preciso también que los fieles estimen la liturgia de la catedral (cf. SC 41), en cuanto sede de la Iglesia particular . Los cabildos de canónigos tienen confiada precisamente esta liturgia (cf. CDC c. 503), denominada más solemne no en razón de las ceremonias o de la música sino en razón de que la liturgia de la catedral está ligada al ministerio episcopal. Por este motivo se recomienda que las catedrales cuenten con un ministro competente o maestro de ceremonias -por usar la antigua nomenclatura- "designado para la preparación adecuada de las acciones sagradas y para que los ministros sagrados y los fieles laicos las ejecuten con decoro, orden y piedad" (OGMR 106). Nótese que se habla de acciones sagradas, no de ceremonias, lo cual indica que se está aludiendo a la totalidad de la celebración. Por otra parte, las celebraciones episcopales han de tener un carácter ejemplar en todos los aspectos .
7. Es evidente también que la Eucaristía no es una más de las muchas actividades de la Iglesia. Es la más importante, porque sin Eucaristía no hay Iglesia -la Eucaristía es constitutiva de la Iglesia y manifestativa de su naturaleza, como se ha visto-, como tampoco la habría sin la acción evangelizadora previa. Por eso la Eucaristía es también fuente y culmen de la evangelización (cf. PO 5). Y en la celebración eucarística confluyen todas las demás actividades eclesiales, incluso aquellas que parecería que no tienen ninguna relación con la Eucaristía. De ahí la responsabilidad con la que es preciso ofrecerla y celebrarla, sin supeditarla a intereses extraños a la misión de la Iglesia.
8. De esa realidad se deriva también otra consecuencia: no se puede celebrar la Eucaristía si no se está en plena comunión con la Iglesia y, obviamente, con sus legítimos pastores. Lo ha recordado el Papa en la Encíclica Ecclesia de Eucharistía: "La íntima relación entre los elementos invisibles y visibles de la comunión eclesial, es constitutiva de la Iglesia como sacramento de salvación. Sólo en este contexto tiene lugar la celebración legítima de la Eucaristía y la verdadera participación en la misma. Por tanto, resulta una exigencia intrínseca a la Eucaristía que se celebre en la comunión y, concretamente, en la integridad de todos sus vínculos" (n. 35). Es el caso claro de la situación entre las diversas comunidades cristianas separadas, motivo que impide aquellas prácticas de intercomunión contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe (cf. EdE 10). Pero, sin llegar a ese extremo, a veces hay situaciones eclesiales de desafección y de enfrentamiento que ponen en peligro también la comunión eclesial. La unidad eucarística de una Iglesia particular o local supone también la comunión entre el pueblo y su pastor, que tiene que transmitirle la Palabra de Dios y los dones de la salvación. Expresión de esta comunión es la mención del nombre del Papa y del Obispo diocesano en la plegaria eucarística.
9. La exigencia de la comunión debe conducir también a la fidelidad a los aspectos normativos de la liturgia eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía y éste es su sentido más profundo: "También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecúa a ellas, demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia" (EdE n. 52).