Este
año celebramos el centenario de tres nombres decisivos para la Iglesia
en el siglo XX: Yves Congar (1904-1995); Karl Rahner (1904-1984); Henri-Irenée
Marrou (1904-1977). Siendo rigurosamente contemporáneos y alentando
la misma pasión católica, sin embargo por carácter,
preocupación intelectual e inserción académica estaban
bien lejos entre sí. Al considerar su existencia personal y su quehacer
teológico, uno comprueba sorprendido cómo se tejen unidad
y diferencia dentro de la Iglesia y cómo la fraternidad católica
surge justamente cuando cada miembro, geografía, generación,
se nutren de la fe común, a la vez que llevan a ella todo lo que
su inteligencia y su praxis engendran. La Iglesia los precede y ellos a
su vez la crean.
Congar
procede de las Ardenas, esa meseta ondulada que abarca Francia, Bélgica,
Luxemburgo. Rahner procede de Friburgo, en la Selva Negra, y pasará
casi toda su vida en esa ladera norte de los Alpes, que une Friburgo, Múnich
e Innsbruck. Es proverbial la melancolía de los hombres de la Selva
Negra, con el ceño fruncido, que une en el mismo mirar a Heidegger
y Rahner. Marrou, en cambio, proviene de una aldea de Provenza en el sureste
de Francia con la suave luz del Mediterráneo. La vida le llevará
luego a Nápoles y El Cairo antes de ir a París como profesor
de la Sorbona.
Cada
uno de los tres representa una forma de pensar el cristianismo. Congar es
quizá el más conocido para los españoles, ya que Francia
fue el país que primero nos ofreció aire bíblico y
horizonte teológico, una vez que los Pirineos permitieron mirar más
allá de nuestras bardas. Es dominico, fruto del tronco español
de Caleruega, si bien los dominicos franceses son más hijos de Lacordaire
y de su siglo XIX que de Santo Domingo y del siglo XIII español.
Dedicó
toda su vida a la eclesiología y al ecumenismo, renovando las
perspectivas de ambos desde un ensanchamiento de la mirada a toda la
Historia, leída con ojos rigurosos. Su lema fue: «No los
obsesos del pasado sino los seres profundos son los que prolongan verdaderamente
la tradición».
Si
tuviéramos que centrar en tres sus intuiciones, elegiríamos
estas: «El ecumenismo comienza cuando se piensa que los otros
también comparten la verdad, la santidad y los dones de Dios».
«La Iglesia antes que una sociedad es una comunión fundada
en su raíz por el misterio trinitario comunicado a los hombres».
«La tradición y la reforma no son realidades antagónicas
sino, por el contrario, dimensiones complementarias de la vida de la
Iglesia». Si tuviéramos que elegir tres obras suyas, serían:
Cristianos desunidos, principios de un ecumenismo católico (1937).
Verdadera y falsa reforma en la Iglesia (1950) -mal traducida al español
al variar el título: Falsas y verdaderas reformas en la Iglesia
(1953)- y Jalones para una teología del laicado (1953). Todas
ellas conocieron una «retractación» del autor desde
las orientaciones conciliares.
Si
el dominico Congar puede ser definido como un historiador que interpreta
la vida presente de la Iglesia a la luz de toda su historia anterior, el
jesuita Rahner es el teólogo sistemático puro, que piensa
la realidad religiosa en sí misma, que indaga la índole propia
del cristianismo, que pregunta por las condiciones de posibilidad para que
la revelación de Dios acontezca, para que la fe sea posible, para
que hablar de encarnación sea una manera más profunda de comprender
a Dios y al hombre, para que enunciar el misterio trinitario no parezca
un sinsentido matemático sino que nos induzca a pensar la complejidad
del ser en la complementariedad de unidad y pluralidad, de autonomía
y comunión. Tres palabras caracterizadoras de Rahner: autotrascendencia
del hombre, por la cual va siempre más allá de las cosas y
las ideas particulares al Absoluto, al Misterio; autocomunicación
de Dios, como forma de expresar que no revela al hombre cosas o dogmas,
sino que se da y se dice a sí mismo, compartiendo nuestra naturaleza
y destino; la teología tiene que poder ser pensada como antropología,
una vez que Dios ha sido hombre, se ha expresado en nuestra finitud a través
del cuerpo y del tiempo, de la vida y de la muerte de Cristo. Si tuviéramos
que elegir tres libros serían éstos: Oyente de la palabra
(1941); Escritos de Teología (1959-1984); Curso fundamental sobre
la fe (1973).
Marrou
es un seglar, casado con J. Bouchet, historiador y teólogo, que crece
espiritualmente a la sombra de san Agustín y de las preocupaciones
que la historia puede engendrar para la vida humana. Con H. de Lubac y J.
Danielou fue el gran artífice de la renovación patrística.
Es el típico «maître en Sorbonne», donde regentó
la cátedra de historia del cristianismo, como sucesor de Ch. Guignebert.
Desde ahí dialogó con R. Aron y la intelectualidad francesa,
fundó la revista Les Quatre Fleuves, siendo guía para los
profesores católicos que en la Universidad de la República
francesa pensaron en alto y en claro tanto sus materias profesionales como
su fe católica. Sus tres obras maestras como patrólogo son
San Agustín y el fin de la cultura antigua (1938); Sobre el conocimiento
histórico (1954) y su último libro, Teología de la
historia (1968), que es una larga meditación a la luz y a la sombra
de la agustiniana «Ciudad de Dios».
Común
les fue la permanencia en el trabajo diurno y nocturno, la confianza en
la capacidad de la fe para transformar la vida humana, su diálogo
de fondo con la conciencia histórica en sus exponentes máximos.
Común les fue su empeño creativo por recuperar la significación
intelectual de tres nombres fundadores. Rahner se alimenta de San Ignacio,
redescubierto en su dimensión mística y teológica más
allá del revestimiento barroco y marcial, que ha durado entre nosotros
hasta los años 60. Congar nace desde dentro de Santo Tomás,
admirando la razón que él ejercitó. Desde ella ha instaurado
el diálogo con las otras confesiones cristianas, con la cultura francesa
y con la historia espiritual del siglo XX. Marrou, laico comprometido que
desde Roma critica el fascismo y edita la «Carta a Diogneto»,
nos ha acercado a San Agustín hasta hacerlo contemporáneo
nuestro. A la vez que nos mostraba cómo tenía en sus entrañas
a todo Virgilio y Cicerón, nos ha puesto ante los ojos la novedad
cristiana que no encontró ni en los filósofos neoplatónicos
ni en los poetas latinos.
Los
genios son todos contemporáneos y se dan la mano entre los siglos.
Estos tres nombres son el ejemplo vivo de una razón que, abriéndose
a la fe, engendra nueva inteligencia y nuevas esperanzas. Tenaces obreros
de su obra, Congar la creó en el silencio de Saulchoir durante veinte
años; Rahner en el silencio de la Facultad de Innsbruck durante veinte
años, comenzando cada día a las cinco de la mañana;
Marrou, en la cátedra de la Sorbona durante veinte años. Desconocidos
entonces, luego les vinieron el nombre y la fama, tan peligrosa siempre.
Sin aquella fecundidad de decenios en el silencio de las instituciones nada
hubiera sido posible.
Si
me preguntaran cuál es el primer problema de la Iglesia española,
diría que es su incapacidad para apoyar y mantener a largo plazo
instituciones teológicas que cultiven una teología realmente
creativa a la altura de la fe y de la conciencia históricas. La incapacidad
para trabajar intelectualmente en silencio durante decenios, sin mirar de
reojo ni sucumbir a la situación temporal y política inmediata.
Si no supera estas dos tentaciones, su derrumbamiento cultural y teológico
será inevitable. Y no serán los nuevos movimientos los que
lo superen, porque, si aportan generosidad, no aportan especialmente confianza
en la inteligencia y la creatividad teóricas.