La sexualidad humana, la bioética, la vida conyugal, los nuevos estilos
de vida, la vida profesional, los poderes nacionales e internacionales son
“sectores de la Moral que están pidiendo urgentemente una renovación
en las formas de analizar, de argumentar, de proponer y de confrontar”,
señala el teólogo redentorista Marciano Vidal García
al referirse al problema del lenguaje teológico-moral.
En una entrevista concedida a la agencia Vidimus Dominum en Roma, donde
Vidal participa en el XXIII Capítulo General de la Congregación
del Santísimo Redentor, el teólogo moralista recomienda, para
solucionar este problema, “‘nombrar’ las situaciones con
el lenguaje comprensible para cualquier persona que se mueva en la cultura
actual; ‘analizar’ las diversas alternativas de actuación,
sometiéndolas a la confrontación con los valores evangélicos
y con los hallazgos de la sabiduría humana; ‘proponer’
el resultado del discernimiento como un hallazgo conjunto ‘del Evangelio
y de la experiencia humana’, una propuesta que ha de utilizar la forma
sencilla y abierta de todo mensaje propositivo”.
Vidal, que en estos momentos está redactando una “Historia
de la Teología Moral” y prepara una “Ética mundial
en contexto teológico”, señala en la entrevista que
“la reflexión teológico-moral católica precisa
dar una mayor importancia a las aportaciones que provienen de las ciencias
humanas” y aclara que “la moral cristiana no puede ser pensada
y propuesta sin tener en cuenta la fragilidad humana”, por lo que
son necesarias nuevas categorías para repensarla, tales como la “ley
de la gradualidad” y el principio de la “benignidad pastoral”,
en sintonía con el pensamiento moral de san Alfonso María
de Ligorio, fundador de la congregación.
Para el religioso redentorista, que se considera “un teólogo
suficientemente realizado”, los religiosos y religiosas que trabajen
en el campo de la moral deberían ser sensibles “a las cuestiones
morales vinculadas con situaciones de marginación y opresión”.
Además, “su discurso, sin dejar de tener las garantías
de la credibilidad epistemológica, tenderá hacia las implicaciones
de carácter pastoral; sus orientaciones, dentro del respeto a la
normatividad oficial, tendrán la propensión a mirar la persona
en su situación concreta, sobre todo, cuando esa persona sufre las
consecuencias de la injusticia social o de la baja pertenencia eclesial”.
En sus declaraciones, Vidal reconoce que “el obscurecimiento de los
valores de debe, en parte, a las deficiencias en la manera de proponer la
moral cristiana o a la poca consistencia de su discurso teológico-moral”,
y define los rasgos característicos de la tradición redentorista
(heredera de san Alfonso María de Ligorio) en el campo de la reflexión
teológico-moral, en estos términos: “la dimensión
pastoral, la vinculación con la espiritualidad de carácter
cristocéntrico, el carácter salvífico, la insistencia
en el valor de la conciencia en cuanto cauce pedagógico de madurez
cristiana, la referencia a los problemas de la vida cotidiana y, de modo
especial, de la gente más abandonada social y eclesialmente”.
Por su interés, reproducimos a continuación la versión
íntegra de la entrevista concedida por Marciano Vidal a la agencia
Vidimus Dominum:
¿Cuáles son los sectores de la Moral
en que actualmente está investigando?
Trabajo en dos proyectos. Lo que más me ocupa en la actualidad es
llevar a término la redacción de una “Historia de la
Teología Moral”. Siempre me ha preocupado la vertiente histórica
de las cuestiones morales. Ahora, deseo ofrecer una síntesis de carácter
general; con ello pretendo llenar una laguna en el panorama bibliográfico
actual. El segundo proyecto tiene que ver con los problemas morales relacionados
con la organización actual y futura de la comunidad mundial. Preparo
una “Ética mundial en contexto teológico”.
¿Cómo ve la “salud” de la
Teología Moral?
La “salud” de la Teología Moral es, a mi juicio, buena
y hasta muy buena. Se puede afirmar que, después del Concilio Vaticano
II, ningún tratado teológico ha sido tan positivamente renovado
como el tratado de la Moral. Los aspectos más positivos se encuentran
en la renovación epistemológica. La Moral católica
ha dejado de guiarse por la epistemología jurídica, como hizo
durante los cuatro últimos siglos, para recobrar la identidad teológica
perdida. Esta identidad se pone de manifiesto en el uso de la Sagrada Escritura
y de la Tradición, bajo la guía del Magisterio eclesiástico
(DV, 10), y en el recurso a las ciencias humanas. Los problemas morales
son analizados “a la luz del Evangelio y de la experiencia humana”
(GS, 46). Como fruto de esta renovación epistemológica, la
reflexión teológico-moral ha rehecho la mayor parte de los
tratados morales. Hay aportaciones de gran significación. Por ejemplo,
en la antropología moral ha incorporado a la realidad del acto las
categorías de opción fundamental y de actitud. En el análisis
del pecado ha asumido el concepto de “pecado de las estructuras”,
tal como ha sido propuesto por la encíclica “Sollicitudo rei
socialis”. En temas concretos se advierte un tratamiento con mayor
sensibilidad evangélica, como es el caso de la consideración
moral de la vida, de la pena de muerte, de la guerra, de la justicia económica,
de la ecología, etc. Las constataciones precedentes no impiden dejar
de reconocer que la Teología Moral es en la actualidad un campo de
difícil cultivo. Más por razón de la complejidad de
las cuestiones tratadas que por otros factores inherentes a la peculiaridad
de la investigación teológica. Ya san Alfonso decía
que, aunque llevaba investigando 30 y hasta 40 años, el campo de
la Moral era un mar sin fondo en el que aparecían continuamente nuevos
problemas y nuevas dificultades (“un caos che non finisce mai”).
En todo caso, es preciso seguir trabajando con un sentido de futuro, aunque
los frutos no se vean de forma inmediata.
¿Cuáles
son los sectores en los que sería conveniente renovar el lenguaje
para lograr una mejor comprensión de los fieles de a pie?
Considero que tanto la recomendación de Alfonso de Liguori de componer
“alla buona” como la de Miguel de Cervantes de escribir “llanamente”
tienen su justa aplicación a la enseñanza de la Moral. Está
todavía por realizar la exhortación del Concilio Vaticano
II de que la Teología utilice los “nuevos lenguajes”
de la cultura actual (GS, 42). Hay sectores de la Moral que están
pidiendo urgentemente una renovación en las formas de analizar, de
argumentar, de proponer, y de confrontar. Pienso en las cuestiones relacionadas
con la sexualidad humana, en los interrogantes de la bioética, en
las situaciones de la vida conyugal, en el discernimiento de los nuevos
estilos de vida, en las implicaciones morales de la vida profesional, en
las grandes decisiones de los poderes nacionales e internacionales. Es difícil
ofrecer en una sola frase la solución al problema del lenguaje teológico-moral.
Me atrevo a hacer tres recomendaciones: 1ª) “nombrar” las
situaciones con el lenguaje comprensible para cualquier persona que se mueva
en la cultura actual; 2ª) “analizar” las diversas alternativas
de actuación, sometiéndolas a la confrontación con
los valores evangélicos y con los hallazgos de la sabiduría
humana; 3ª) “proponer” el resultado del discernimiento
como un hallazgo conjunto “del Evangelio y de la experiencia humana”,
una propuesta que ha de utilizar la forma sencilla y abierta de todo mensaje
propositivo.
¿Es posible integrar la teología moral
con los resultados de las ciencias humanas; por ejemplo, de la psicología
al tratar la ética de las relaciones interpersonales?
No sólo es posible sino necesario. No hay oposición entre
los datos de la razón y el mensaje de la Revelación, ya que
las dos provienen de la misma fuente, la Sabiduría divina, y las
dos tienen idéntico objetivo, el descubrimiento de la “verdad”
de la condición creada y, de modo especial, de la condición
humana. La encíclica “Fides et Ratio” es un canto no
solo por separado a la fe y a la razón sino también, y sobre
todo, a la armoniosa integración de esas “dos alas” mediante
las cuales se alza el espíritu humano hacia la región de la
Verdad. El recurso a las ciencias humanas es algo ineludible a todo discurso
teológico; pero lo es de modo especial a la Teología Moral,
cuyo objeto concreto es el discernimiento axiológico de la realidad
intramundana desde las perspectivas conjuntas de la fe y de la razón.
La diversidad de las ciencias humanas a utilizar depende de la diversidad
de los objetos tratados por la reflexión teológico-moral.
En ética social se precisan saberes económicos, políticos,
culturales, estratégicos, etc. En bioética es imprescindible
el recurso a la ciencias biomédicas. En ética sexual cobra
un relieve especial la psicología, sin olvidar por ello la antropología
cultural y la sociología. A mi juicio, la reflexión teológico-moral
católica precisa dar una mayor importancia a las aportaciones que
provienen de las ciencias humanas. No pido una Teología Moral sometida
a la “ciencia”, pero tampoco creo en un discurso teológico-moral
con déficit de datos científicos en los análisis de
los problemas, en el discernimiento de las alternativas y en las propuestas
de orientaciones normativas. Creo que no se ha realizado suficientemente
la exhortación del Concilio Vaticano II al pedir al discurso teológico-moral
el justo recurso a los datos de las ciencias (GS 62).
¿De qué modo interpelan al teólogo
moralista tanto la evolución cultural de la humanidad como el tipo
de psicología del hombre actual?
Es evidente que, en la mayor parte de los países, se está
dando un profundo cambio de valores. Es la “revolución silenciosa”
de la que vienen hablando los sociólogos y que es confirmada por
las Encuestas Universales de Valores. No cabe la menor duda que esta variación
en las estimaciones, en los ideales, en los puntos de referencia y en las
pautas de comportamiento tiene que interpelar al teólogo moralista.
En un doble sentido. En primer lugar, para descubrir ahí los “valores
emergentes” en los que los cristianos encontramos las “semillas
del Verbo” esparcidas en toda la humanidad; una frase del Ambrosiaster,
citada muchas veces por los teólogos y recogida últimamente
por Juan Pablo II en la encíclica “Fides et Ratio”, afirma
que “cuanto hay de verdad procede del Espíritu Santo”.
En segundo lugar, para confrontar el nuevo horizonte axiológico de
la humanidad con los auténticos criterios del Evangelio. Éste
es, siempre y para cada momento histórico, una propuesta moral alternativa
mediante la cual cada persona encuentra su cauce de realización y
la humanidad descubre los significados últimos de su devenir histórico.
Por otra parte, también es evidente que se están dando cambios
significativos en la psicología humana. Hoy, la condición
humana es -o, al menos, se comprende a sí misma como- una condición
más frágil. Las señales de inmadurez, de debilidad,
de enfermedad se perciben en amplios sectores de la población. Es
una situación que también interpela al teólogo moralista.
La moral, y concretamente la moral cristiana, no puede ser pensada y propuesta
sin tener en cuenta la fragilidad humana. Ya los moralistas clásicos
fueron sensibles a esta situación, sobre todo en los tratados de
la responsabilidad, de la conciencia y del pecado. A mí personalmente
me llama la atención encontrar en san Alfonso de Liguori, “maestro
de sabiduría moral” en apreciación de Juan Pablo II,
esta constatación, muchas veces repetida: “teniendo en cuenta
la frágil condición humana…”. A partir de esa
toma de conciencia, los moralistas de hoy se sirven de nuevas categorías
para repensar la moral cristiana. Por ejemplo, utilizan la “ley de
la gradualidad”, según el significado dado por la exhortación
apostólica “Familiaris consortio”; se sirven también
del principio de la “benignidad pastoral”, de sabor netamente
alfonsiano. De esta suerte, la vida moral es pensada y vivida en la tensión
entre el ideal cristiano y la fragilidad humana. Acabo de publicar un libro
sobre la moral conyugal, al que he colocado este título: “El
matrimonio entre el ideal cristiano y la fragilidad humana”.
Los
religiosos se encuentran, con frecuencia, “en la frontera”,
es decir, se enfrentan a situaciones y atienden a personas allí donde
la Iglesia institucional (por ejemplo, las parroquias) difícilmente
logra llegar. ¿Se aplica también esto a la teología
moral?
Comparto esa apreciación general sobre la vida religiosa como “lugar
de frontera” o, según otras formas de expresión, de
“liminaridad”. ¿Se da también la “liminaridad”
en la reflexión teológico-moral hecha por religiosos y religiosas?
¿Es “de frontera” el discurso teológico-moral
de los religiosos y de las religiosas? Confieso que esta pregunta me resulta
nueva. Tendría que madurar durante más tiempo la respuesta.
Sin embargo, como reacción inmediata, me sale una contestación
afirmativa. El teólogo o la teóloga moralista, si realiza
su servicio eclesial dentro del carisma de la vida religiosa, por necesidad
tendrá unos rasgos peculiares. Entre otros, pueden ser estos: será
sensible, sobre todo, a las cuestiones morales vinculadas con situaciones
de marginación y de opresión; su discurso, sin dejar de tener
las garantías de la credibilidad epistemológica, tenderá
hacia las implicaciones de carácter pastoral; sus orientaciones,
dentro del respeto a la normatividad oficial, tendrán la propensión
a mirar la persona en su situación concreta, sobre todo, cuando esa
persona sufre las consecuencias de la injusticia social o de la baja pertenencia
eclesial.
El hombre contemporáneo ha perdido la referencia
a los valores de la vida, de la estabilidad del matrimonio, de la familia.
¿Hay sobre esto una específica reflexión de los teólogos
moralistas? ¿asumen la situación como una especie de autocrítica?
A mi juicio, habría que matizar la afirmación inicial. No
hay pérdida absoluta de valores o de puntos de referencia; más
aún, en algunas áreas de la vida y del pensamiento, hay mayor
sensibilidad moral: en ecología, en la afirmación de los derechos
humanos, en tolerancia, en la búsqueda y en la promoción de
la paz, etc. Existen otros campos en los que sí se verifica un “obscurecimiento”
de los valores. Los teólogos moralistas no son insensibles ante esas
situaciones “crepusculares”. En algún caso, quizás
tengan que hacer una autocrítica y reconocer que el obscurecimiento
de los valores de debe, en parte, a las deficiencias en la manera de proponer
la moral cristiana o a la poca consistencia de su discurso teológico-moral.
También es justo reconocer que, al encontrarnos en un profundo cambio
de cultura, no siempre es fácil saber distinguir entre lo que es
“caduco” y lo que es “permanente”, entre lo que
es “verdaderamente nuevo” y lo que es “moda engañosa”.
El Concilio Vaticano II reconoció que “la Iglesia no tiene
siempre a mano” las soluciones a los problemas creados por los cambios
culturales rápidos y por los avances científico-técnicos
imprevisibles (GS, 32).
Usted
pertenece a la Congregación del Santísimo Redentor (Redentoristas).
¿Existe una tradición redentorista en Teología Moral?
¿cómo se cultiva la reflexión teológico-moral
dentro de su Institución?
Nadie puede negar que nuestro fundador, san Alfonso María de Liguori,
ocupa un puesto destacado en la historia de la Moral católica, tanto
por el valor en sí de su obra como, sobre todo, por la influencia
que ésta tuvo en la Iglesia del siglo XIX y primera mitad del siglo
XX. Al influjo alfonsiano se debe la “victoria” de la benignidad
evangélica frente al rigorismo moral de raíz jansenista; también
se le debe la “normalización” en la práctica del
sacramento de la Penitencia. Siendo un genuino casuista y escribiendo su
Moral en la etapa del “ancien régime”, Alfonso se abre
a las nuevas sensibilidades que surgen de la Ilustración y que se
consolidarán con la Revolución Francesa.
Siguiendo las huellas de Alfonso, Patrono de confesores y de moralistas,
los Redentoristas han cultivado de modo especial la Teología Moral.
Actualmente regentan dos instituciones de rango académico: la Accademia
Alfonsiana en Roma y el Instituto Superior de Ciencias Morales en Madrid.
Con objetividad, se puede hablar de una tradición redentorista (o
alfonsiana) en el campo de la reflexión teológico-moral. Son
sus rasgos característicos: la dimensión pastoral, la vinculación
con la espiritualidad de carácter cristocéntrico, el carácter
salvífico, la insistencia en el valor de la conciencia en cuanto
cauce pedagógico de madurez cristiana, la referencia a los problemas
de la vida cotidiana y, de modo especial, de la gente más abandonada
social y eclesialmente.
Volviendo a su experiencia personal, ¿cómo
se siente en cuanto teólogo moralista en la Iglesia de hoy y en el
mundo actual?
Me siento suficientemente motivado para continuar mi vocación durante
los años que el Señor me conceda. A este respecto, recuerdo
y hago mío el nivel de satisfacción de Francisco de Vitoria,
quien en época de tanta intensidad como la nuestra decía que
“si tuviera otros cien años” con gusto los dedicaría
a un menester de tan alta significación como es la reflexión
y la enseñanza teológicas. Por mi parte, me siento gratificado
en la enseñanza académica y extraacadémica. Me gusta
seguir investigando y publicando. Mantengo una relación fluida con
los colegas de la comunidad teológico-moral, muchos de los cuales
me han dado un signo de aprecio a través de su colaboración
en una “Festschrift” con ocasión de mi 65 aniversario.
Como balance del pasado, puedo confesar, con agradecimiento a Dios y a muchas
personas, que me considero un teólogo “suficientemente realizado”.
De cara al futuro, todavía tengo proyectos e ilusiones. Como dice
el Quijote, “todavía hay sol en las bardas”.