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marciano vidal




"La moral cristiana no puede ser pensada y propuesta sin tener en cuenta la fragilidad humana"




























 

 

 

 





Marciano Vidal
Teólogo redentorista. Moralista.
Madrid, 13 octubre 2003 (IVICON)


La sexualidad humana, la bioética, la vida conyugal, los nuevos estilos de vida, la vida profesional, los poderes nacionales e internacionales son “sectores de la Moral que están pidiendo urgentemente una renovación en las formas de analizar, de argumentar, de proponer y de confrontar”, señala el teólogo redentorista Marciano Vidal García al referirse al problema del lenguaje teológico-moral.

En una entrevista concedida a la agencia Vidimus Dominum en Roma, donde Vidal participa en el XXIII Capítulo General de la Congregación del Santísimo Redentor, el teólogo moralista recomienda, para solucionar este problema, “‘nombrar’ las situaciones con el lenguaje comprensible para cualquier persona que se mueva en la cultura actual; ‘analizar’ las diversas alternativas de actuación, sometiéndolas a la confrontación con los valores evangélicos y con los hallazgos de la sabiduría humana; ‘proponer’ el resultado del discernimiento como un hallazgo conjunto ‘del Evangelio y de la experiencia humana’, una propuesta que ha de utilizar la forma sencilla y abierta de todo mensaje propositivo”.

Vidal, que en estos momentos está redactando una “Historia de la Teología Moral” y prepara una “Ética mundial en contexto teológico”, señala en la entrevista que “la reflexión teológico-moral católica precisa dar una mayor importancia a las aportaciones que provienen de las ciencias humanas” y aclara que “la moral cristiana no puede ser pensada y propuesta sin tener en cuenta la fragilidad humana”, por lo que son necesarias nuevas categorías para repensarla, tales como la “ley de la gradualidad” y el principio de la “benignidad pastoral”, en sintonía con el pensamiento moral de san Alfonso María de Ligorio, fundador de la congregación.

Para el religioso redentorista, que se considera “un teólogo suficientemente realizado”, los religiosos y religiosas que trabajen en el campo de la moral deberían ser sensibles “a las cuestiones morales vinculadas con situaciones de marginación y opresión”. Además, “su discurso, sin dejar de tener las garantías de la credibilidad epistemológica, tenderá hacia las implicaciones de carácter pastoral; sus orientaciones, dentro del respeto a la normatividad oficial, tendrán la propensión a mirar la persona en su situación concreta, sobre todo, cuando esa persona sufre las consecuencias de la injusticia social o de la baja pertenencia eclesial”.

En sus declaraciones, Vidal reconoce que “el obscurecimiento de los valores de debe, en parte, a las deficiencias en la manera de proponer la moral cristiana o a la poca consistencia de su discurso teológico-moral”, y define los rasgos característicos de la tradición redentorista (heredera de san Alfonso María de Ligorio) en el campo de la reflexión teológico-moral, en estos términos: “la dimensión pastoral, la vinculación con la espiritualidad de carácter cristocéntrico, el carácter salvífico, la insistencia en el valor de la conciencia en cuanto cauce pedagógico de madurez cristiana, la referencia a los problemas de la vida cotidiana y, de modo especial, de la gente más abandonada social y eclesialmente”.

Por su interés, reproducimos a continuación la versión íntegra de la entrevista concedida por Marciano Vidal a la agencia Vidimus Dominum:

¿Cuáles son los sectores de la Moral en que actualmente está investigando?

Trabajo en dos proyectos. Lo que más me ocupa en la actualidad es llevar a término la redacción de una “Historia de la Teología Moral”. Siempre me ha preocupado la vertiente histórica de las cuestiones morales. Ahora, deseo ofrecer una síntesis de carácter general; con ello pretendo llenar una laguna en el panorama bibliográfico actual. El segundo proyecto tiene que ver con los problemas morales relacionados con la organización actual y futura de la comunidad mundial. Preparo una “Ética mundial en contexto teológico”.

¿Cómo ve la “salud” de la Teología Moral?

La “salud” de la Teología Moral es, a mi juicio, buena y hasta muy buena. Se puede afirmar que, después del Concilio Vaticano II, ningún tratado teológico ha sido tan positivamente renovado como el tratado de la Moral. Los aspectos más positivos se encuentran en la renovación epistemológica. La Moral católica ha dejado de guiarse por la epistemología jurídica, como hizo durante los cuatro últimos siglos, para recobrar la identidad teológica perdida. Esta identidad se pone de manifiesto en el uso de la Sagrada Escritura y de la Tradición, bajo la guía del Magisterio eclesiástico (DV, 10), y en el recurso a las ciencias humanas. Los problemas morales son analizados “a la luz del Evangelio y de la experiencia humana” (GS, 46). Como fruto de esta renovación epistemológica, la reflexión teológico-moral ha rehecho la mayor parte de los tratados morales. Hay aportaciones de gran significación. Por ejemplo, en la antropología moral ha incorporado a la realidad del acto las categorías de opción fundamental y de actitud. En el análisis del pecado ha asumido el concepto de “pecado de las estructuras”, tal como ha sido propuesto por la encíclica “Sollicitudo rei socialis”. En temas concretos se advierte un tratamiento con mayor sensibilidad evangélica, como es el caso de la consideración moral de la vida, de la pena de muerte, de la guerra, de la justicia económica, de la ecología, etc. Las constataciones precedentes no impiden dejar de reconocer que la Teología Moral es en la actualidad un campo de difícil cultivo. Más por razón de la complejidad de las cuestiones tratadas que por otros factores inherentes a la peculiaridad de la investigación teológica. Ya san Alfonso decía que, aunque llevaba investigando 30 y hasta 40 años, el campo de la Moral era un mar sin fondo en el que aparecían continuamente nuevos problemas y nuevas dificultades (“un caos che non finisce mai”). En todo caso, es preciso seguir trabajando con un sentido de futuro, aunque los frutos no se vean de forma inmediata.

¿Cuáles son los sectores en los que sería conveniente renovar el lenguaje para lograr una mejor comprensión de los fieles de a pie?

Considero que tanto la recomendación de Alfonso de Liguori de componer “alla buona” como la de Miguel de Cervantes de escribir “llanamente” tienen su justa aplicación a la enseñanza de la Moral. Está todavía por realizar la exhortación del Concilio Vaticano II de que la Teología utilice los “nuevos lenguajes” de la cultura actual (GS, 42). Hay sectores de la Moral que están pidiendo urgentemente una renovación en las formas de analizar, de argumentar, de proponer, y de confrontar. Pienso en las cuestiones relacionadas con la sexualidad humana, en los interrogantes de la bioética, en las situaciones de la vida conyugal, en el discernimiento de los nuevos estilos de vida, en las implicaciones morales de la vida profesional, en las grandes decisiones de los poderes nacionales e internacionales. Es difícil ofrecer en una sola frase la solución al problema del lenguaje teológico-moral. Me atrevo a hacer tres recomendaciones: 1ª) “nombrar” las situaciones con el lenguaje comprensible para cualquier persona que se mueva en la cultura actual; 2ª) “analizar” las diversas alternativas de actuación, sometiéndolas a la confrontación con los valores evangélicos y con los hallazgos de la sabiduría humana; 3ª) “proponer” el resultado del discernimiento como un hallazgo conjunto “del Evangelio y de la experiencia humana”, una propuesta que ha de utilizar la forma sencilla y abierta de todo mensaje propositivo.

¿Es posible integrar la teología moral con los resultados de las ciencias humanas; por ejemplo, de la psicología al tratar la ética de las relaciones interpersonales?

No sólo es posible sino necesario. No hay oposición entre los datos de la razón y el mensaje de la Revelación, ya que las dos provienen de la misma fuente, la Sabiduría divina, y las dos tienen idéntico objetivo, el descubrimiento de la “verdad” de la condición creada y, de modo especial, de la condición humana. La encíclica “Fides et Ratio” es un canto no solo por separado a la fe y a la razón sino también, y sobre todo, a la armoniosa integración de esas “dos alas” mediante las cuales se alza el espíritu humano hacia la región de la Verdad. El recurso a las ciencias humanas es algo ineludible a todo discurso teológico; pero lo es de modo especial a la Teología Moral, cuyo objeto concreto es el discernimiento axiológico de la realidad intramundana desde las perspectivas conjuntas de la fe y de la razón. La diversidad de las ciencias humanas a utilizar depende de la diversidad de los objetos tratados por la reflexión teológico-moral. En ética social se precisan saberes económicos, políticos, culturales, estratégicos, etc. En bioética es imprescindible el recurso a la ciencias biomédicas. En ética sexual cobra un relieve especial la psicología, sin olvidar por ello la antropología cultural y la sociología. A mi juicio, la reflexión teológico-moral católica precisa dar una mayor importancia a las aportaciones que provienen de las ciencias humanas. No pido una Teología Moral sometida a la “ciencia”, pero tampoco creo en un discurso teológico-moral con déficit de datos científicos en los análisis de los problemas, en el discernimiento de las alternativas y en las propuestas de orientaciones normativas. Creo que no se ha realizado suficientemente la exhortación del Concilio Vaticano II al pedir al discurso teológico-moral el justo recurso a los datos de las ciencias (GS 62).

¿De qué modo interpelan al teólogo moralista tanto la evolución cultural de la humanidad como el tipo de psicología del hombre actual?

Es evidente que, en la mayor parte de los países, se está dando un profundo cambio de valores. Es la “revolución silenciosa” de la que vienen hablando los sociólogos y que es confirmada por las Encuestas Universales de Valores. No cabe la menor duda que esta variación en las estimaciones, en los ideales, en los puntos de referencia y en las pautas de comportamiento tiene que interpelar al teólogo moralista. En un doble sentido. En primer lugar, para descubrir ahí los “valores emergentes” en los que los cristianos encontramos las “semillas del Verbo” esparcidas en toda la humanidad; una frase del Ambrosiaster, citada muchas veces por los teólogos y recogida últimamente por Juan Pablo II en la encíclica “Fides et Ratio”, afirma que “cuanto hay de verdad procede del Espíritu Santo”. En segundo lugar, para confrontar el nuevo horizonte axiológico de la humanidad con los auténticos criterios del Evangelio. Éste es, siempre y para cada momento histórico, una propuesta moral alternativa mediante la cual cada persona encuentra su cauce de realización y la humanidad descubre los significados últimos de su devenir histórico.

Por otra parte, también es evidente que se están dando cambios significativos en la psicología humana. Hoy, la condición humana es -o, al menos, se comprende a sí misma como- una condición más frágil. Las señales de inmadurez, de debilidad, de enfermedad se perciben en amplios sectores de la población. Es una situación que también interpela al teólogo moralista. La moral, y concretamente la moral cristiana, no puede ser pensada y propuesta sin tener en cuenta la fragilidad humana. Ya los moralistas clásicos fueron sensibles a esta situación, sobre todo en los tratados de la responsabilidad, de la conciencia y del pecado. A mí personalmente me llama la atención encontrar en san Alfonso de Liguori, “maestro de sabiduría moral” en apreciación de Juan Pablo II, esta constatación, muchas veces repetida: “teniendo en cuenta la frágil condición humana…”. A partir de esa toma de conciencia, los moralistas de hoy se sirven de nuevas categorías para repensar la moral cristiana. Por ejemplo, utilizan la “ley de la gradualidad”, según el significado dado por la exhortación apostólica “Familiaris consortio”; se sirven también del principio de la “benignidad pastoral”, de sabor netamente alfonsiano. De esta suerte, la vida moral es pensada y vivida en la tensión entre el ideal cristiano y la fragilidad humana. Acabo de publicar un libro sobre la moral conyugal, al que he colocado este título: “El matrimonio entre el ideal cristiano y la fragilidad humana”.

Los religiosos se encuentran, con frecuencia, “en la frontera”, es decir, se enfrentan a situaciones y atienden a personas allí donde la Iglesia institucional (por ejemplo, las parroquias) difícilmente logra llegar. ¿Se aplica también esto a la teología moral?

Comparto esa apreciación general sobre la vida religiosa como “lugar de frontera” o, según otras formas de expresión, de “liminaridad”. ¿Se da también la “liminaridad” en la reflexión teológico-moral hecha por religiosos y religiosas? ¿Es “de frontera” el discurso teológico-moral de los religiosos y de las religiosas? Confieso que esta pregunta me resulta nueva. Tendría que madurar durante más tiempo la respuesta. Sin embargo, como reacción inmediata, me sale una contestación afirmativa. El teólogo o la teóloga moralista, si realiza su servicio eclesial dentro del carisma de la vida religiosa, por necesidad tendrá unos rasgos peculiares. Entre otros, pueden ser estos: será sensible, sobre todo, a las cuestiones morales vinculadas con situaciones de marginación y de opresión; su discurso, sin dejar de tener las garantías de la credibilidad epistemológica, tenderá hacia las implicaciones de carácter pastoral; sus orientaciones, dentro del respeto a la normatividad oficial, tendrán la propensión a mirar la persona en su situación concreta, sobre todo, cuando esa persona sufre las consecuencias de la injusticia social o de la baja pertenencia eclesial.

El hombre contemporáneo ha perdido la referencia a los valores de la vida, de la estabilidad del matrimonio, de la familia. ¿Hay sobre esto una específica reflexión de los teólogos moralistas? ¿asumen la situación como una especie de autocrítica?

A mi juicio, habría que matizar la afirmación inicial. No hay pérdida absoluta de valores o de puntos de referencia; más aún, en algunas áreas de la vida y del pensamiento, hay mayor sensibilidad moral: en ecología, en la afirmación de los derechos humanos, en tolerancia, en la búsqueda y en la promoción de la paz, etc. Existen otros campos en los que sí se verifica un “obscurecimiento” de los valores. Los teólogos moralistas no son insensibles ante esas situaciones “crepusculares”. En algún caso, quizás tengan que hacer una autocrítica y reconocer que el obscurecimiento de los valores de debe, en parte, a las deficiencias en la manera de proponer la moral cristiana o a la poca consistencia de su discurso teológico-moral. También es justo reconocer que, al encontrarnos en un profundo cambio de cultura, no siempre es fácil saber distinguir entre lo que es “caduco” y lo que es “permanente”, entre lo que es “verdaderamente nuevo” y lo que es “moda engañosa”. El Concilio Vaticano II reconoció que “la Iglesia no tiene siempre a mano” las soluciones a los problemas creados por los cambios culturales rápidos y por los avances científico-técnicos imprevisibles (GS, 32).

Usted pertenece a la Congregación del Santísimo Redentor (Redentoristas). ¿Existe una tradición redentorista en Teología Moral? ¿cómo se cultiva la reflexión teológico-moral dentro de su Institución?

Nadie puede negar que nuestro fundador, san Alfonso María de Liguori, ocupa un puesto destacado en la historia de la Moral católica, tanto por el valor en sí de su obra como, sobre todo, por la influencia que ésta tuvo en la Iglesia del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Al influjo alfonsiano se debe la “victoria” de la benignidad evangélica frente al rigorismo moral de raíz jansenista; también se le debe la “normalización” en la práctica del sacramento de la Penitencia. Siendo un genuino casuista y escribiendo su Moral en la etapa del “ancien régime”, Alfonso se abre a las nuevas sensibilidades que surgen de la Ilustración y que se consolidarán con la Revolución Francesa.

Siguiendo las huellas de Alfonso, Patrono de confesores y de moralistas, los Redentoristas han cultivado de modo especial la Teología Moral. Actualmente regentan dos instituciones de rango académico: la Accademia Alfonsiana en Roma y el Instituto Superior de Ciencias Morales en Madrid. Con objetividad, se puede hablar de una tradición redentorista (o alfonsiana) en el campo de la reflexión teológico-moral. Son sus rasgos característicos: la dimensión pastoral, la vinculación con la espiritualidad de carácter cristocéntrico, el carácter salvífico, la insistencia en el valor de la conciencia en cuanto cauce pedagógico de madurez cristiana, la referencia a los problemas de la vida cotidiana y, de modo especial, de la gente más abandonada social y eclesialmente.

Volviendo a su experiencia personal, ¿cómo se siente en cuanto teólogo moralista en la Iglesia de hoy y en el mundo actual?

Me siento suficientemente motivado para continuar mi vocación durante los años que el Señor me conceda. A este respecto, recuerdo y hago mío el nivel de satisfacción de Francisco de Vitoria, quien en época de tanta intensidad como la nuestra decía que “si tuviera otros cien años” con gusto los dedicaría a un menester de tan alta significación como es la reflexión y la enseñanza teológicas. Por mi parte, me siento gratificado en la enseñanza académica y extraacadémica. Me gusta seguir investigando y publicando. Mantengo una relación fluida con los colegas de la comunidad teológico-moral, muchos de los cuales me han dado un signo de aprecio a través de su colaboración en una “Festschrift” con ocasión de mi 65 aniversario. Como balance del pasado, puedo confesar, con agradecimiento a Dios y a muchas personas, que me considero un teólogo “suficientemente realizado”. De cara al futuro, todavía tengo proyectos e ilusiones. Como dice el Quijote, “todavía hay sol en las bardas”.