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francisco echevarría serrano



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



























Francisco Echevarría Serrano
Teólogo. Doctor en Sagradas Escrituras.
Dtor. del Secretariado de Catequesis de Huelva.


: Empezamos remontándonos a los comienzos...

Francisco Echevarria: Nací en un hogar no excesivamente religioso, en Arjona, un pueblo de Jaén. Mi padre era albañil y mi madre era ama de casa,... y la gente del pueblo iba a las novenas. Recuerdo que ya con apenas seis años pensaba en ser cura, incluso la gente me hacía bromas al respecto, a pesar de que en casa no existiera un ambiente muy propicio para ello. Después marchamos a Jaén capital y al entrar con mis hermanos en la catedral, nada más llegar, sentí algo especial. Hice la primera comunión en la Parroquia de San Andrés y al año conocí a D. Andrés Crespo que a otro chiquillo y a mí nos vio algo y nos mandó a uno a los salesianos y a mí en concreto al seminario de la Diócesis de Huelva. Aunque este amigo después se salió, yo permanecí. No se puede decir que todo esto fuera fruto de alguna conversión o momento fuerte. Fue más bien algo asumido de forma natural desde el principio. Después, ya en la vida del seminario, es cuando la vocación se va depurando al hilo de las crisis que van surgiendo según el momento evolutivo, de tal forma que se va definiendo. Sin crisis no hay descubrimiento de la vocación, ni crecimiento. La crisis ayuda a integrar y personalizar, hacer tuya la vocación y autentificarla.

: Después de la vida del seminario, ¿cómo prosiguieron tus estudios?

Francisco Echevarria: Terminé con veintidós años los estudios (1972), pero no podía ser ordenado hasta los veinticuatro. D. Rafael (anterior obispo onubense y hoy emérito) quería que siguiera estudiando, pero yo estaba cansado de doce años de estudios y quería anteponer la experiencia pastoral. Fui ordenado diácono y enviado a Valdelarco (?), durante un año y en soledad. Al año siguiente, con veintitrés, fui dispensado por el obispo y ordenado presbítero, enviándome este a Almonte, tras la petición del párroco del pueblo, con la condición de que al año sería enviado a Roma a continuar mis estudios. El plazo se acabó prolongando por tres años más, hasta que D. Rafael no permitió seguir prorrogándolo. Pensaba que me enviaría a estudiar catequética (por las cualidades que podía ver en mí), pero yo quería estudiar Psicología. Al final, ni la una ni la otra, pues D. Rafael me sorprendió enviándome a estudiar Sagradas Escrituras (1978), con el correspondiente atracón de griego y hebreo. En fin, un primer año de locos. Tras la licencia (1980), seguí con mi afición de "ratón de biblioteca" estudiando, especialmente aquello que puede cuestionar la fe: filosofías, ciencias, pensamiento crítico,...; en fin todo aquello que ayuda a depurar y razonar la propia fe.

: ¿Cuál fue el entorno social y eclesial en el que se desenvuelven esos primeros años de tu ministerio?

Francisco Echevarria: Conocí a Pablo VI y, por tanto, los primeros años postconciliares. Después muere éste y le sucede Juan Pablo I que muere rápidamente y ya me coge en Roma la elección de Juan Pablo II. Además, mis años en Almonte, coinciden con los dos últimos de la dictadura y los dos primeros de la democracia. Muy revulsivos a nivel nacional, hasta la deposición de Díaz Navarro por parte del rey y la estabilidad política. Fueron tiempos muy difíciles también porque en Almonte, además, se daba con fuerza el PT (Partido del Trabajo). Luego, ya en Roma, me centré en el estudio, pues era lo único que hacía, aunque eclesialmente también eran tiempos nuevos y movidos.

: ¿Cómo te definirías como persona?

Francisco Echevarria: Así, "a bote pronto", te diría elementos que creo que son importantes para mí y definitorios de mi persona: mi biblioteca está compuesta fundamentalmente por libros de Sagradas Escrituras, Teología y Psicología (es decir, el conocimiento de Dios y del Hombre). Esto define mis opciones y trabajo, como dos polos no contrapuestos, sino que se reclaman mutuamente. Es la conciencia de que el ser del Hombre sólo lo puedes descubrir alumbrándolo a través del conocimiento de Dios y el descubrimiento de Dios sólo se puede adquirir vislumbrándolo a través del Hombre, que es en lo que se resume el Misterio de la Encarnación y el texto de Mt 25 sobre el Juicio Final. Me ha hecho mucho pensar también la diferenciación fundamental entre el pasaje en que Jesús, haciendo referencia a la Ley, resume el precepto principal en: "El primero, amar a Dios; y el segundo, amar al prójimo". Sin embargo, ya en el sermón de la cena, según relata el evangelio de Juan, Jesús habla de su mandamiento NUEVO: "que os améis como yo os he amado"; ignorando el primer precepto, silenciando ese Amor a Dios no como antropocentrismo, sino con la conciencia de que la única manera de amar a Dios, es amando al hermano. Por consiguiente, cumpliendo el primero se está cumpliendo el segundo. Todo lo que sea fundamentar la vida en la centralidad del Amor como el valor supremo, tiene una dimensión profundamente humana.

: Con el Concilio Ecuménico Vaticano II se abre la Palabra a todos los fieles y el estudio teológico se vuelve sobre ella con mayor apertura. ¿Cuál es el espíritu que debería enmarcar los estudios teológicos desde entonces y mirando la realidad eclesial?

Francisco Echevarria: Todo lo que sea un adentrarse en el Misterio de Dios, si no conlleva una reflexión profunda sobre el Misterio del Hombre es pura especulación teológica. Si nuestra teología, tras tantos estudios, no se pone al servicio del pueblo, no sirve para nada. Por tanto, el espíritu, o la intención última, es acercar el misterio al destinatario del misterio; no es hacer teología perdiéndonos en ella, sino hacerla cercana. La pregunta sobre Dios es la pregunta sobre el Hombre, es decir, cuando nos preguntamos "quién es Dios", intentamos responder a la pregunta "qué es el Hombre", por lo que lo que interesa no es el conocimiento de Dios, sino el conocimiento del Hombre a la luz del conocimiento de Dios. Un ejemplo de esto es la convergencia que actualmente se está dando entre el pensamiento cristiano, sobretodo de los escritos de Juan, y lo que son las escuelas de psicoterapia humanista más actuales. Ambas coinciden en que el Amor es el centro, el sentimiento más profundo, y cuando éste desaparece sucede el miedo, con todos sus mecanismos de defensas y todos sus traumas y males. Por consiguiente, una persona sana psicológicamente es aquella que ama y se siente amada, como expresa la primera carta de Juan: "Dios es amor; quien ama al prójimo conoce a Dios, y quien dice conocer a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso; donde hay Amor no hay temor..." La identidad de Dios es el Amor, y si el Hombre está creado a su imagen, también la identidad del Hombre es el Amor.

: ¿Qué es la Teología?

Francisco Echevarria: Una reflexión sobre Dios al servicio del Hombre, de su identidad y de su destino, de su dignidad, de su ser y de su estar, de su obrar y del futuro hacia el que se proyecta. Otra teología, por muy "bonita" que sea, ¿para qué?

: ¿Cuáles serían las dificultades, trabas, problemas, etc., para desarrollar la Teología, tal y como la defines?

Francisco Echevarria: Creo que más bien habría que ver cuáles son los temas que la teología debería abordar, hoy en día, desde esta perspectiva y desde los problemas que van apareciendo. Algunos de ellos pueden ser: la relación del Hombre con la Naturaleza (Teología de la Ecología); en esta realidad de ruptura de fronteras, una reflexión sobre la emergencia de una conciencia sobre el ser humano más universal, trascendiendo las catalogaciones y simplificaciones propias de las realidades estructurales; cómo abordar el pluralismo religioso desde esta nueva realidad, cuyas bases están ya en el CVII con las constituciones sobre las religiones no cristianas y movimientos no cristianos, para un diálogo interreligioso y ecuménico fecundo donde la humildad y la apertura a la Verdad son valores fundamentales, no desde la prepotencia o la acción fiscal. Creo que la Unidad de las Iglesias llegará el día en que cada cuál sepa ver la diferencia como una riqueza que el otro aporta y respetar esa diferencia, admitiendo que distintas visiones se pueden complementar y que, al fin y al cabo, lo nuclear es coincidente.

: ¿Qué tiene que aportar la teología al mundo de hoy con su problemática?

Francisco Echevarria: La teología ha de ser la voz de la conciencia, como el gran servicio a cada época histórica. Esa es la dimensión profética de la Iglesia. El profeta no es un hombre que mira al templo. Primero mira al Pueblo y después al Templo. Más: mira al Templo desde el Pueblo. Esa capacidad de conectar sería el gran servicio y este es el reto. Personalmente creo que la concentración de poderes y la globalización se asemeja más a la construcción de la Torre de Babel que a la Unidad de los Hombres.

: ¿Qué opina sobre el papel de la mujer en la Iglesia y sobretodo en el campo concreto de la teología?

Francisco Echevarria: Las mujeres van entrando. En España no tanto, pero hay mujeres que van escribiendo y haciéndose sitio. Pero creo que, si al laico aún le queda esa recuperación de su lugar, más todavía la mujer. Sobretodo el rescatar el pensamiento, la psicología... de la parte femenina de la Iglesia. Creo que falta que la mujer ocupe el lugar que le corresponde, pero desde su ser mujer. No se trata de que la mujer sea el hombre, sino de que la institución integre realmente a la mujer. Toda la dimensión maternal, el valor de la femeneidad, ..., aun está por estrenar. Ni siquiera en los ministerios laicales se reconoce a la mujer, y eso que son laicales. Uno se pregunta: ¿y por qué no? Hay miedo a que suponga un paso al ministerio ordenado. Es absurdo que una mujer pueda dar la comunión y, sin embargo, no pueda ser ordenada ministra extraordinaria de la comunión, por ejemplo.

: Como amante del arte: ¿Cómo crees que se complementan el binomio Fe y Arte?

Francisco Echevarria: La integración es fundamentalmente a través del símbolo. El arte está enraizado en el símbolo y la fe tiene que simbolizarse para ser expresada. Esto, sobretodo se da en la cultura oriental, especialmente en el caso de los iconos. Cada icono está plagado de símbolos. Para los occidentales, que tenemos un pensamiento más de lo concreto (de lo práctico), vemos, por ejemplo, una puerta pintada. Sin embargo, los orientales saben ver qué hay detrás de esa puerta. El arte despierta una cierta sensibilidad para la fe. Es expresión de una realidad no evidente, que está más allá, pero es más real que lo visible para aquel lo experimenta y lo expresa. Y la fe, también entra en conexión con un mundo no visible, pero tan real como lo tangible. Además, existe también un arte más comprometido con la situación presente del mundo, que igualmente es expresión de nuestra fe.

: Mirando el estado de la Iglesia, ¿cómo definirías su momento actual?

Francisco Echevarria: En verdad creo que hay muchos momentos. Depende de dónde nos situemos: no es lo mismo la situación de occidente que, por ejemplo, la de América Latina. Para entender el tiempo presente de la Iglesia tendríamos una clave muy importante en las cartas del Apocalipsis, porque no hablan de una Iglesia, sino de siete tipos de iglesias, siete situaciones eclesiales que se pueden dar simultáneamente. No es la imagen de diferentes iglesias según el momento histórico. Tal vez, en cada época, hayan convivido estos siete tipos de iglesias. Entonces, ¿el momento de qué iglesia: la local, la occidental, la que formamos nosotros,...? En la globalidad de la Iglesia, son muchas las situaciones que se dan, unas con mayor fidelidad, otras con menor, pero cada cuál con sus retos,... No podemos hablar, en sentido global del momento actual de la Iglesia, sino de las situaciones de las iglesias. Lo que sí hay en común es una cosa: la crisis de las instituciones, de todas y sobretodo en occidente (de orden religioso, político, económico, laboral, etc.), a causa de la fragmentación del pensamiento y de la autoridad, sobrevenido con la postmodernidad (y algunos hablan ya del post-postmodernidad). En la Iglesia, por ejemplo, se está dando el caso de la crítica o rechazo a una autoridad establecida, o el rechazo de un pensamiento homogéneo (con el relativismo y el subjetivismo), o el rechazo de una verdad objetiva como el "dogma",... La Iglesia, históricamente, ha pasado por muchas crisis y siempre ha sabido adaptarse a la situación. ¿Cuál será la salida de dicha crisis? Ese es el reto: saber que no somos la Iglesia del pasado, sino del presente y que éste es nuestro presente histórico y si no respondemos a él no estaremos cumpliendo nuestra misión de evangelizar este momento concreto y dejaremos de tener sentido. La promesa de Jesús: "estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos"; es para evangelizar. Por consiguiente, si no se evangeliza, la promesa es innecesaria. Por lo que ahí tenemos un fuerte reto. Esto supone, incluso, nuevos paradigmas teológicos. No es el reto que afrontaron los santos padres, o el de la Edad Media, o del Renacimiento, sino el de hoy. Un paradigma referencial teológico que responda a esta situación, pues seguir con lo de siempre ya no sirve, puesto que es un lenguaje que hoy no se entiende. Un claro ejemplo es que nosotros, a la hora de presentar la Salvación jugamos con el binomio culpa/redención, utilizado por S. Pablo y desarrollado por S. Agustín. Pero en S. Juan el binomio utilizado es encarnación/redención, es decir, el punto de partida es que la luz vino al mundo. Y este último es un paradigma tan válido como el de Pablo. Hoy en día, donde la gente ha perdido la noción de pecado, ha caído el concepto de culpa: ¿cómo podemos presentar la Salvación como la redención de una culpa de la cual la gente no tiene conciencia? Si cogemos, sin embargo, el paradigma de Juan que es el lenguaje de la vida, es mucho más comprensible. A veces nos cerramos como si una formulación teológica fuera definitiva, cuando sólo es definitiva la Palabra de Dios, no la formulación que de esta se hace, que depende de la cultura, del tiempo, de la filosofía, de la sociedad en que se desenvuelva, etc.

: ¿Qué importancia le das hoy en día al trabajo por la Unidad desde un clima de Libertad y Fidelidad a la Buena Nueva?

Francisco Echevarria: El valor de la Unidad es fundamental. En la cena, el precepto del Amor lleva a la Unidad. Y la Unidad lleva a la Fe. Es el "amaos" para "ser uno" -el Amor como fundamento-, "para que el mundo crea". El ser capaces de vivir ese valor internamente es fundamental, sobretodo en este tiempo en que los medios hacen posible que todo el mundo pueda hacerse presente. El riesgo que tenemos en la Iglesia es que por salvar la identidad excluyamos la diferencia. Por eso, únicamente seremos capaces de construir la Unidad desde lo diferente, porque lo igual no se une, se funde. Me parece, por tanto, importante que sepamos construir la Unidad sobre la base de valorar la identidad y apreciar como una riqueza la diferencia. El otro no es mi adversario, sino que me complementa. Porque hay un mecanismo de defensa muy común que nos lleva a pensar que para yo sobrevivir tengo que destruir al adversario, y si se trata de sobrevivir dentro de la Iglesia, todo lo que se considera diferente tengo que destruirlo por medio de descalificaciones, ataques mutuos, rechazos,... Necesitamos sentarnos en una misma mesa, todos en el mismo nivel (no unas sillas más altas que otras, donde unos miran a los demás desde arriba y otros desde abajo), donde compartimos el mismo pan (donde unos no tienen un pan más rico y otro más pobre), donde todos somos una sola familia. Ahí hay un camino todavía por recorrer.

En cuanto a los retos, ya he expresado algunos. Creo muy importante hacer creíble el mensaje sobre la base del diálogo y una actualización de su lenguaje. También el reto de la integración real de la mujer en cuanto a lo que ella representa en la Iglesia. Una presencia más implicada en el mundo. Todo el reto de la marginalidad, de hacer creíble el mensaje desde el signo del amor y de la integración. Aceptar la debilidad como el camino que hace posible la manifestación de Dios, rechazando por tanto cualquier forma de poder, reconociendo que la vida de Jesús se desarrolló entre un pesebre y una cruz, en donde se encierra la Salvación. Cuando nos reconozcamos en Belén o en esa cruz, empezará el alba de la Resurrección.

: Imagínate que delante tuya está alguien, por medio de un ordenador, en la intimidad de su hogar, a quien no conoces. ¿Qué le dirías?

Aunque suene a tópico, es el punto de partida: "A pesar de todo, Dios te quiere". Es decir, Dios no quiere a sus hijos buenos; sino que el Padre Bueno quiere a sus hijos. Porque ese es el punto de partida de la regeneración de una persona: que se sienta querido; a partir de ahí, todo empieza a cambiar.

: Muchas gracias, Paco.