El objeto de este artículo es exponer la propuesta eclesiológica
de Ignacio Ellacuría desde una lectura atenta de toda su producción
teológica. Sin pretender recoger exhaustivamente las aportaciones
de nuestro autor, trataré de presentar de forma sencilla y sintética
aquellas que, en mi opinión, revisten mayor importancia: que
la Iglesia es esencial a la fe cristiana en la medida en que está
al servicio del Reino de Dios que predicó Jesús de Nazaret,
que la Iglesia de los pobres es el verdadero Pueblo de Dios, y que desde
el Pueblo de Dios es desde donde se establece la sacramentalidad histórico-salvífica
de la Iglesia.
Esta
propuesta eclesiológica resulta relevante al menos por dos razones:
por la prioridad que el propio I. Ellacuría concede al Reino
de Dios como clave hermenéutica de toda su obra teológica,
y porque las categorías de Reino de Dios, Pueblo de Dios e Iglesia
de los pobres han sido marginadas, cuando no tergiversadas, en la vida
eclesial.
1. LA IGLESIA AL SERVICIO DEL REINO DE DIOS
1.1. Reino de Dios e Iglesia
El tema «Reino de Dios e Iglesia» es esencial para la autocomprensión
de la Iglesia y de su misión, así como para su transformación
permanente . Ellacuría tuvo claro desde el inicio cuál es
la esencia del Reino: dar testimonio de la verdad . Y a partir de ahí
procuró desvelar las circunstancias que han provocado un creciente
desplazamiento del Reino de Dios en función de la Iglesia, de los
sacramentos, o de las definiciones dogmáticas o morales. Subrayó
por activa y por pasiva que todo debe subordinarse al Reino de Dios , aún
sabiendo que ni las relaciones entre Reino de Dios e Iglesia han estado
claras, ni es sencillo encontrar un equilibrio adecuado entre lo que él
denomina las cosas del Reino y las cosas de la Iglesia. Ahora bien, nunca
llegaremos a un camino esclarecedor si no priorizamos el Reino sobre la
Iglesia, negando cualquier identificación ingenua .
La reflexión de I. Ellacuría parte de un principio: La necesaria
institucionalización de la Iglesia sólo evitará la
mundanización secularista si se da una permanente con-versión
de la Iglesia al Reino . Para que pueda verse cada vez más libre
de su versión-al-mundo mediante una auténtica con-versión
al Reino, la Iglesia debe tener un centro fuera de sí misma, más
allá de sus fronteras institucionales, para orientar su misión
y aun para dirigir su configuración estructural. Y este centro y
este horizonte no pueden ser otros que los que tuvo la evangelización
de Jesús: el Reino de Dios .
La Iglesia como institución se encuentra doblemente amenazada: por
una parte, el institucionalismo y el secularismo, que provocan la pérdida
del horizonte y la perspectiva del Reino ; por otra, la mundanización
. La Iglesia sólo evitará ambos peligros cuando acepte y tome
como base evangélica del Reino de Dios a los pobres . La palabra
del evangelio debe oírse en su lugar natural que es el mundo de los
pobres . Sólo en este contexto cabe preguntarse por las características
de este Reino y por su aplicación histórica. Concretamente,
nuestro autor señala estos cinco datos fundamentales: 1) El anuncio
que hace la Iglesia de la buena noticia no debería ser el anuncio
de sí misma, ni el anuncio de un Jesús y de un Dios al margen
de la salvación real del hombre y del mundo. 2) El Reino es una realidad
dinámica; es un reinado, una acción permanente sobre la realidad
histórica. 3) El Reino de Dios es la norma para la superación
del falso problema que plantean los dualismos interesados, porque pone en
unidad a Dios con la Historia. 4) El Reino de Dios es un Reino de los pobres,
de los oprimidos, de los que sufren persecución; los protagonistas
de este Reino son aquellos que sufren en sus carnes los efectos del pecado,
la injusticia y la negación del amor. 5. Por último, el Reino
de Dios supera la dualidad entre lo personal y lo estructural, entre ética
individual y ética social .
Como conclusión, podemos afirmar que I. Ellacuría ha priorizado
el tema del Reino de Dios en la teología de la liberación
convirtiéndolo en el objeto mismo de la teología, de la moral
y de la pastoral cristiana . Lo que deben perseguir los verdaderos seguidores
de Jesús es la mayor realización posible del Reino de Dios
en la historia . Pero, al acentuar esta centralidad del Reino, hay que considerar
también la realidad de Pueblo de Dios, pues existe entre ambas un
correlato inseparable. Esto nos lleva a otro apartado.
1.2. Pueblo de Dios e Iglesia.
Si la relación que existe entre el Reino de Dios y la Iglesia no
ha sido todo lo transparente y comprensible que se hubiera deseado, provocando
desórdenes y conflictos de graves repercusiones, algo semejante podemos
decir al acercarnos ahora a la relación entre el Pueblo de Dios y
la Iglesia. Para nuestro autor, el valor teológico de Pueblo de Dios
ha sido preterido, cuando no desfigurado y desdeñado tanto en sí
mismo como en su referencia a la Iglesia, y sobre todo en la práctica
pastoral . Así, a pesar del lugar relevante que ocupa la definición
de la Iglesia como Pueblo de Dios en la constitución dogmática
Lumen Gentium, resulta incomprensible que aún no haya sido asumida
ni en la pastoral ni en la organización de la Iglesia . Con todo,
hay también algunos signos esperanzadores, visibles y concretos,
para reconvertir esta realidad apremiante. Es el caso del próspero
y pujante movimiento de las comunidades de base
Como hemos indicado, "Reino de Dios" y "Pueblo de Dios"
son dos conceptos y dos realidades inseparables, de tal modo que habrá
Reino de Dios en la medida en que haya Pueblo de Dios y viceversa. Sin embargo,
ambas realidades han sido tergiversadas, distorsionadas e incluso desfiguradas
cuando han sido referidas directa, inmediata y totalmente al concepto de
Iglesia. Con ello no se niega la profunda, necesaria y esencial relación
que tienen con esta última. Pero ello no obsta a que deban ser considerados
como conceptos distintos y para que deba seguir manteniéndose su
diferencia y jerarquía .
Ellacuría afirma que el concepto de Pueblo de Dios está más
relacionado con el concepto y realidad del Reino de Dios que con el concepto
y realidad de la Iglesia. Ya a primera vista resulta más lógico
el que un reino tenga un pueblo que no lo tenga la Iglesia. De hecho, en
la revelación, el concepto de Pueblo de Dios se desarrolló
antes que el concepto de Iglesia, como también fue antes el concepto
del Reino que el de Iglesia. Sin embargo, nuestro autor deja para una reflexión
posterior la discusión de si la Iglesia es la forma última
y más perfecta de realización de las promesas hechas por Dios
al pueblo en busca del Reino.
No se puede perder de vista el hecho de que tanto el Reino (de Dios) como
el Pueblo (de Dios) se refieren directamente a la historicidad total de
la relación de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Cuando se
reflexiona sobre los significados que contiene el título de "Pueblo
de Dios" hay que poner el acento en la iniciativa divina: es Dios el
que escoge un pueblo y el que lo constituye. La Iglesia es "convocada",
escogida entre la humanidad para constituirse en sujeto de relación
que sirve como símbolo a todos los hombres. Pero no debe pensarse
que, por ser comunidad espiritual de los creyentes, la Iglesia podría
ser plenamente Iglesia sin la exigencia de la materialidad propia del reino
y del pueblo. Por esta razón se hace obligatorio el que refiramos
constantemente la Iglesia al reino y al pueblo, y viceversa.
Lo que se quiere resaltar es que la Iglesia, antes que nada, es un pueblo,
es decir, una colectividad personal, una comunidad. Así se tiende
un puente entre la visión mistérica y la visión sociológica
de la Iglesia. Al hablar de Iglesia ya no se comienza postulando el carácter
institucional, societario, jurídico o jerárquico. Antes que
institución, jerarquía o sociedad, la Iglesia es un pueblo
que marcha en la historia. Pero no es cualquier pueblo. Es un pueblo animado
por el Espíritu de Jesús y congregado en el seguimiento de
Jesús. Es un pueblo, en definitiva, configurado según las
exigencias del Reino de Dios. En la base de estas exigencias subyace la
necesidad de una espiritualidad cristiana como punto de referencia del carácter
eclesial del pueblo de Dios.
1.3. La espiritualidad: referencia eclesial del Pueblo de Dios.
Encontramos en I. Ellacuría una preocupación constante por
redimensionar y priorizar la categoría bíblica de "Reino
de Dios", para entender sólo desde ella lo que ha de ser la
Iglesia y para, en consecuencia, llevar a cabo su transformación
en el verdadero Pueblo de Dios. Esta transformación supone una auténtica
revolución, especialmente cuando son muchos los que piensan que lo
que no es cristiano para los individuos puede serlo para las instituciones
llamadas cristianas. En un plano individual, este peligro ha podido evadirse
mediante lo que nuestro autor denomina el artificio de la espiritualización
e interiorización. Pero no ha ocurrido así en el plano de
la institución .
Dicho esto, el punto de partida del carácter eclesial de la espiritualidad
cristiana, el criterio y el motor inconfundible para soslayar cualquier
amenaza sólo puede ser el Reino de Dios. Desde él, en efecto,
debe entenderse el carácter eclesial de la espiritualidad cristiana,
entendida primariamente la Iglesia como pueblo de Dios, congregado en el
seguimiento de Jesús . En definitiva, la Iglesia debe constituirse
conforme a las exigencias del Reino de Dios anunciado por Jesús;
un Reino al que no puede sustituir, con el que no se identifica y al que
debe someterse.
Igualmente, para una correcta comprensión de la espiritualidad es
necesario partir del supuesto de que "lo espiritual" no es sino
una dimensión del hombre individual y socialmente considerado, así
como del cristiano personal e institucionalmente entendido. Dicho con otras
palabras, una correcta comprensión de la espiritualidad debe evitar
tanto perspectivas dualistas como monistas y debe enmarcarse en perspectivas
estructurales, más o menos dialécticas según los casos,
de modo que una dimensión no sea lo que es, sino siendo co-determinante
de la otra y co-determinada por ella .
Mantener esta percepción no es fácil, pues exige tener presentes
constantemente los condicionamientos históricos. Y esto requiere,
ante todo, un firme y persistente discernimiento de los signos de los tiempos
. Este discernimiento hay que realizarlo con una seriedad absoluta, porque
en caso contrario mutilaríamos la acción del Espíritu
en la historia. En efecto, es en los signos de los tiempos donde acontece
la revelación de Dios en la historia . Además, ni la riqueza
de la vida de Dios en Jesús, ni el ímpetu renovador y creador
del Espíritu de Cristo puede expresarse ni hacerse presente en una
única forma histórica. Como tampoco existe un hombre, una
comunidad, o incluso una institución, que pueda gloriarse de haber
apurado en una forma histórica determinada todo lo que es el don
del Espíritu. El discernimiento es también necesario por la
intrínseca historicidad de la espiritualidad cristiana, que necesita
acomodarse con cambios muy hondos a los profundos cambios de la historia;
tales acomodaciones han permitido el profundo enriquecimiento histórico
de nuestra espiritualidad, y todo ello gracias a las nuevas demandas de
los tiempos y a la continua aparición de hombres llenos de Espíritu,
que han logrado realizar una relectura de la persona y del mensaje de Jesús.
Finalmente, el carácter eclesial de la espiritualidad cristiana hace
que la Iglesia como pueblo y como cuerpo exija una pluralidad de funciones
y comportamientos .
La espiritualidad cristiana es la presencia real, consciente y reflejamente
asumida del Espíritu de Cristo en la vida y actividades de las personas,
de las comunidades y de las instituciones que quieren tener un talante cristiano.
La espiritualidad cristiana es necesariamente una espiritualidad del seguimiento
de Jesús. Y sólo se percibe en el mundo de los pobres. Es
en el mundo de los pobres donde tiene lugar la acción preferencial
y la comunicación viva del Dios cristiano. Y el impedimento fundamental
para que la vida de Dios, es decir, el Reino de Dios, irrumpa históricamente
es el pecado del mundo. Por ello se hace más necesaria una praxis
liberadora de este pecado .
En este contexto, la espiritualidad cristiana tiene por delante una ardua
labor, ya que una espiritualidad que no venga y no vaya a una praxis liberadora
del pecado y de sus consecuencias no responderá a la vida de Jesús
. Esta tarea es esencial y resulta indispensable para que el Reino de Dios
irrumpa en la historia. Pero también forman parte de nuestra espiritualidad
algunas prácticas espirituales fundamentales, como la oración
en todas sus formas. Por tanto, no todo es pura exterioridad: hay una interioridad
en el hombre y en el cristiano que deben ser cultivadas expresamente.
Como características que deben impregnar una espiritualidad cristiana
liberadora, Ellacuría señala: a) debe centrarse cristológicamente
en torno a la misión; b) debe estar orientada según el espíritu
del sermón de la montaña; c) debe estar cimentada en la fe,
orientada por la esperanza y consumada en el amor.
Así comprendemos por qué la Iglesia debe estar permanentemente
abierta y atenta a la novedad y a la universalidad del Espíritu,
que rompe la rutina esclerotizada del pasado y los límites de una
autoconcepción restringida. Sólo una Iglesia que se deja invadir
por el Espíritu, renovador de todas las cosas y que está atenta
a los signos de los tiempos, puede convertirse en el cielo nuevo, que necesita
el hombre y la tierra nueva . Se hace cada vez más necesaria e indispensable
la apertura al Espíritu de Cristo desde la terrenalidad que implica
el seguimiento del Jesús histórico. Además, el Espíritu
de Cristo no ha delegado la totalidad de su presencia y de su eficacia en
ninguna de las instancias institucionales, aunque la corporeidad histórica
de éstas sea también una exigencia del Espíritu .
La renovación de la Iglesia y su proyección hacia el futuro
ha de ser en la línea de la Iglesia de los pobres. Una Iglesia que
haya hecho verdaderamente una opción preferencial por los oprimidos,
por la pobreza y por la lucha contra todo tipo de injusticia, dará
pruebas y será manifestación del Espíritu renovador
presente en ella.
2. UN PROYECTO HISTÓRICO: EL PUEBLO DE DIOS.
Cuando la Iglesia está configurada como Pueblo de Dios, desde una
perspectiva profundamente maternal, y no tanto magistral, entonces está
en condiciones de contribuir a la liberación del hombre y de la historia,
es decir, de buscar el Reino de Dios y su justicia .
En este apartado vamos a ver cómo la Iglesia se configura como Pueblo
de Dios, desmenuzando, en un segundo momento, cuáles son las claves
que convierten a esta Iglesia en el verdadero Pueblo de Dios; finalmente,
expondremos cómo ese Pueblo de Dios es el pueblo crucificado que
sufre el mismo destino histórico de Jesús y se convierte en
otro “Cristo”.
2.1. La configuración de la Iglesia como pueblo
A partir de la eclesiología conciliar y, más concretamente,
de la categoría de Pueblo de Dios, Ellacuría afirma que, en
virtud del Espíritu de Dios, la Iglesia nace del pueblo creyente
y oprimido . Desde esta concepción de Iglesia, nuestro autor intenta
profundizar y reflexionar por qué y de qué modo el “pueblo”
es el lugar de interpretación y de praxis de la fe cristiana. Comienza
diciendo que es precisamente al pueblo a quien va dirigido el mensaje de
salvación, sencillamente porque es un mensaje de liberación;
porque es en el pueblo donde el mensaje de salvación y de liberación
alcanza su sentido más completo; porque la finalidad, la significación
y la misma interpretación de la salvación cristiana surge
como un clamor ante el destino afligido y doliente de quien, en su sufrimiento,
desvela la gravedad del pecado que le oprime; por último, sólo
cuando la necesidad real del Reino sea la configuradora de las vidas de
todos los creyentes, entonces alcanzarán la salvación, y harán
que esa salvación ofrecida por Dios a todos los hombres en Jesús
se convierta en luz de las naciones y en sal de la tierra. Todo ello muestra
que el lugar de interpretación y de praxis de la fe cristiana es
el pueblo, que sólo así entendido es el verdadero Pueblo de
Dios. Sin embargo, I. Ellacuría aclara que el Pueblo sólo
debe configurarse desde el Espíritu de Jesús. En palabras
suyas, el Espíritu debe hacerse carne en el pueblo. Así es
como desde el pueblo brota en plenitud la Iglesia de Cristo, plasmada y
manifestada por unos signos inefables: señalados por el escándalo
de las bienaventuranzas y la lucha por la justicia .
2.2. El verdadero Pueblo de Dios: la Iglesia de los pobres.
Hablando de Monseñor Oscar Romero, I. Ellacuría dijo en una
ocasión que fue el gran regalo de Dios al pueblo de El Salvador .
Afirmó también que todos los que sufren y luchan por la justa
liberación de los oprimidos siguen reconociendo en él al hombre
que dijo la verdad sobre la miseria y los anhelos populares, que orientó
y animó a todos los que quieren mantener la esperanza y trabajar
por la liberación de pueblos crucificados . En palabras de un hermano
en el ministerio episcopal, fue un santo de todos y para todos . Y también,
un signo teológico . Testimonios como éstos nos ayudan a comprender
por qué los tres años de Monseñor al frente de esa
Iglesia de San Salvador, fueran considerados como tiempos de enorme densidad
histórica . Una de las grandes aportaciones de este mártir
de la liberación del pueblo fue precisamente desvelar las claves
que permiten descubrir en verdad lo que constituye al verdadero Pueblo de
Dios, claves que asumió desde lo más hondo I. Ellacuría
. Esto es, que la Iglesia de los pobres es el verdadero pueblo de Dios cuando
hace una opción preferencial por los pobres, cuando se encarna históricamente
en las luchas por la justicia y la liberación, y cuando realmente
da testimonio en contra de las estructuras de pecado instauradas en este
mundo. En este caso, el auténtico Pueblo de Dios no puede menos que
ser perseguido.
Cuando se toma en serio que los pobres son “lugar teológico”,
es decir, lugar de la manifestación del Dios de Jesús, de
la vivencia y de la reflexión cristiana, y cuando son verdaderos
sujetos de la evangelización y no sólo sus destinatarios preferidos,
se entiende que no sean sólo una prioridad, sino, hasta cierto punto,
un absoluto. De este modo, la denominación de “Iglesia de los
pobres” debe tomarse como una formulación dogmática
. Sin la inserción de modo radical en lo que se viene llamando Iglesia
de los pobres, no se está en disposición de entender teóricamente
lo que es el Reino de Dios. Por tanto, la Iglesia de los pobres es el lugar
privilegiado de la reflexión teológica y de la realización
del Reino de Dios .
Este planteamiento lleva a poner en entredicho la realidad y la praxis de
las Iglesias instaladas en la riqueza de los países desarrollados.
Con ello no se pretende una imposición, que rigiera la praxis eclesial
y la teología por lo que es la Iglesia de los pobres. Sin embargo,
cuando tomamos la revelación en su conjunto y, en particular, la
del Nuevo Testamento, resulta que el lugar privilegiado ha sido siempre
el mundo de los pobres y de los oprimidos. Junto a esto está el hecho
de que, si la Iglesia quiere ser de verdad católica y universal,
habida cuenta que la inmensa mayoría de la humanidad está
marcada por la pobreza y la opresión, deben ser ellos los que estén
atendidos privilegiadamente. Dice nuestro autor que las Iglesias instaladas
en los países ricos deben tomarse muy en serio la parábola
del buen samaritano, no sea que, ocupadas en tareas más elevadas
y religiosas, pasen de largo ante el propio Jesús crucificado en
la historia.
Es en la Iglesia de los pobres donde encontramos el lugar óptimo
de santificación y de evangelización. Es el lugar privilegiado
para el encuentro de Jesús. Es el lugar para un auténtico
discernimiento de la tarea histórica que compete a la Iglesia, a
saber, proclamar el Reino de Dios antes que la institucionalización
eclesiástica, lo que supone un profundo rechazo de la sucesiva mundanización
de la Iglesia. Ellacuría no niega el carácter jerárquico
de la Iglesia, pero tampoco le ahorra la correspondiente crítica
en su modo de ser y de actuar. Por otra parte, al presentar la Iglesia como
Iglesia de los pobres, no se pretende en absoluto un magisterio paralelo,
como muchas veces se ha dicho, ni una ruptura con la necesaria institucionalización
de la Iglesia, aunque se pida una subordinación de los elementos
de esta institucionalización a valores más profundos y afines
al Jesús histórico .
2.3. El pueblo: el nuevo crucificado
Ellacuría inicia su reflexión con lo que él denomina
pueblo crucificado . Esto es, la humanidad literal e históricamente
crucificada por opresiones naturales y, sobre todo, por opresiones históricas
y personales .
La opresión del pueblo crucificado viene de una suerte de necesidad
histórica: la necesidad de que muchos sufran para que unos pocos
gocen, de que muchos sean desposeídos para que unos pocos posean.
La desfiguración del rostro del Tercer Mundo es el precio del maquillaje
de otros mundos; su pobreza, el de su abundancia; su muerte, el de su vida.
En palabras de I. Ellacuría, no sabemos si traducibles a otros idiomas,
a América Latina los sucesivos dominadores y depredadores la han
dejado como un Cristo .
Este planteamiento general, dice Ellacuría, no siempre ocurre o ha
ocurrido de la misma manera, ni tampoco ha sido originado por las mismas
causas, ya que el esquema de la opresión del hombre por el hombre
adquiere formas muy variadas, tanto a nivel individual como a nivel colectivo
. Pero lo cierto es que, actualmente, la opresión tiene unas características
históricas globales que no pueden ignorarse y de las que son responsables
activos u omisivos cuantos no se ponen al lado de la liberación .
De hecho la Iglesia, aunque duela decirlo, debe comenzar a reconocer su
contribución a la opresión injusta de los hombres.
La realidad de este pueblo crucificado se ilumina desde una lectura en la
clave del Siervo de Yahvé . El pueblo crucificado centraliza de un
modo objetivo determinadas condiciones que son esenciales del siervo doliente;
él es el lugar histórico más adecuado para continuar
la redención de Jesús, el Siervo, aunque no lo es actualmente
y en toda su plenitud. Tampoco puede decirse quién lleva adelante
con mayor plenitud la obra redentora de Jesús. Podría decirse
que siempre será el Pueblo de Dios crucificado; pero esto, siendo
acertado, deja sin definir quién es ese Pueblo de Dios, que no puede
entenderse sin más como la Iglesia oficial, ni siquiera como Iglesia
perseguida.
Decía I. Ellacuría que, cuando el punto de referencia de los
otros mundos es el pueblo crucificado, éstos pueden conocer su verdad
por lo que producen, a modo de un espejo invertido. Nuestro autor usaba
una metáfora para explicar el estado de salud del Primer Mundo. Afirmaba
que era necesario someterlo a un «coproanálisis», esto
es, a un examen de heces. El diagnóstico presenta la realidad de
los pueblos crucificados al mismo tiempo que da la medida de la salud de
sus causantes. Este descubrimiento, aunque trágico, es obligatorio
y saludable, ya que sólo de esta manera las naciones podrán
basarse en la verdad .
El pueblo crucificado ilumina nuestra realidad, ofreciendo un discernimiento
sobre nuestro mundo . Muestra que las soluciones presentadas por el Primer
Mundo no son reales, al no ser universalizables, además de ser malas
éticamente, porque deshumanizan.
El pueblo crucificado ilumina lo que históricamente puede y debe
ser la utopía. Esa utopía en el mundo de hoy no puede ser
otra cosa que la civilización de la pobreza , el compartir todos
austeramente los recursos de la tierra, y la civilización del trabajo
, que ha de prevalecer sobre la del capital.
Podemos concluir este apartado con unas palabras pronunciadas por nuestro
autor en una conferencia pronunciada en Valladolid, y que algunos han interpretado
como autobiográficas:
“Lo
único que quisiera -porque eso de interpelación suena muy
fuerte- son dos cosas: que pusieran ustedes sus ojos y su corazón
en esos pueblos que están sufriendo tanto -unos de miseria y hambre,
otros de opresión y represión- y después (ya que soy
jesuita), que ante ese pueblo crucificado hicieran el Coloquio de San Ignacio
en la Primera semana de los Ejercicios, preguntándose: ¿qué
he hecho yo para crucificarlo?, ¿qué hago para que lo descrucifiquen?,
¿qué debo hacer para que ese pueblo resucite?" .
3. LA DIMENSIÓN SACRAMENTAL DEL VERDADERO PUEBLO DE DIOS.
El que la Iglesia sea sacramento universal de salvación es un hecho
afirmado tanto por el Vaticano II como por la Conferencia de Medellín
. Ella es signo eficaz de lo que expresa. No sólo anuncia que hay
salvación, sino que la realiza. Y esto se constata cuando la Iglesia
se ha hecho Iglesia de los pobres: "la Iglesia de los pobres es sacramento
histórico de liberación" .
3.1. La Iglesia como sacramento histórico de salvación.
Entender a la Iglesia como sacramento no resulta, ciertamente, ninguna novedad.
La novedad surge cuando hablamos de la Iglesia como sacramento "histórico"
de salvación y de liberación. Según Ellacuría,
para que la Iglesia sea realmente cauce de salvación histórica,
es preciso que se configure desde el seguimiento del Maestro y sea realmente
continuadora del mensaje , que anuncie y realice el Reino de Dios en la
historia, dando muestras visibles y efectivas de la salvación que
anuncia .
Por consiguiente, la Iglesia realiza su sacramentalidad histórico-salvífica
anunciando y realizando el Reino de Dios en la historia. Así se comprende
-digámoslo una vez más- que la Iglesia no es en absoluto un
fin en sí misma, sino que toda ella está para cumplir el objetivo
por el cual se fundó: el servicio al Reino de Dios. Es evidente que
una Iglesia que está centrada en sí misma no será jamás
sacramento de salvación. En todo caso, será un poder histórico
más.
De este modo, si la Iglesia no encarna su preocupación por el Jesús
resucitado en la realización del Reino de Dios en la historia, está
olvidando su misión principal y perdiendo con ello cualquier aval
de ser la servidora eficiente del Señor. Sólo en el vaciamiento
de sí misma, en el don de sí a los hombres más necesitados,
puede la Iglesia pretender ser sacramento histórico de la salvación
de Cristo .
Como sacramento histórico de salvación, a la Iglesia le toca
el compromiso de ir historizando lo que este Reino de Dios exige en cada
momento. Y esto supone combatir y eliminar el pecado del mundo en cada una
de sus manifestaciones concretas . Pero, aunque nuestro primer compromiso
es la liberación del pecado, en la salvación cristiana existe
otro aspecto esencial, que está entrelazado con el primero: la divinización
de nuestra humanidad .
Uno puede plantearse por qué el anuncio de la salvación molesta
tanto a los poderosos. La respuesta estriba en que nuestro mundo está
estructurado desde el pecado. Estando el Evangelio dirigido predominantemente
hacia los oprimidos y necesitados, no puede menos que poner a la Iglesia
en conflicto con los causantes, directos o indirectos, de la situación
injusta de los pobres.
De este modo, el que la Iglesia, como signo visible, se ponga al servicio
de la justicia y luche contra todo aquello que la impida, es algo que pertenece
a su esencial misión de quitar el pecado del mundo y de anunciar
verdaderamente que Dios es la salvación del hombre.
Ante esto, la pregunta que surge es: ¿Cuáles son hoy los medios
adecuados para que nuestra Iglesia, fiel a sí misma y a su tradición,
sea para los hombres sacramento de salvación? Para nuestro teólogo,
estos medios no tienen que ser algo novedoso; basta con que la Iglesia recupere
la totalidad del Evangelio y del Jesús histórico; que anuncie
la totalidad del mensaje a las personas a quienes quiere salvar, y al mundo
en el que esas personas deben salvarse; y que profundice desde el Evangelio
en los signos de los tiempos, para descubrir cuáles son las formas
concretas que debe adoptar para que sea creíble y eficaz el mensaje
de salvación . En este sentido hay que decir que no todo en la Iglesia
es de hecho salvífico. De todos es conocido que muchas de las acciones
de la Iglesia han conducido y conducen a la condenación .
Por tanto, para nuestro propósito no basta con afirmar que la Iglesia
es el lugar histórico de la salvación. Aunque aceptemos que,
por voluntad de Jesucristo y por asistencia del Espíritu, la Iglesia
visible e histórica sigue manteniendo ese carácter excepcional
de lugar de la salvación, hay que preguntarse qué de esa Iglesia
histórica está en capacidad de serlo, o bien, qué de
esa Iglesia histórica lo está contradiciendo .
3.2. La liberación, forma histórica de salvación.
La liberación constituye una forma de la salvación en la historia.
Y el contenido de la liberación cristiana se deduce por las fuentes
propias de la historia de la salvación. Ahora bien, en el proceso
teológico de encontrar las huellas salvíficas en la liberación,
podemos encontrarnos también con otra realidad: la de la calumnia,
la ofensa, la mentira, la imputación. A la teología de la
liberación se le ha acusado en muchas ocasiones de proponer tan sólo
una salvación socio-política (una reducción de la salvación
que no se encuentra ni siquiera en el marxismo). Pero lo que la teología
de la liberación ha afirmado hasta la saciedad es que la historia
de la salvación no es tal si no alcanza a la dimensión socio-política,
la cual es parte esencial suya, aunque no sea su totalidad .
En el Tercer Mundo, la realización de la historia de la salvación
se presenta fundamentalmente en términos de liberación. Esto
es lógico desde el momento en que su situación se haya determinada
por la injusticia y la opresión. Es verdad que esta opresión
puede ser analizada con distintos instrumentos teóricos, pero el
hecho es independiente de cómo y con qué medios se haga el
análisis. La opresión existe.
Se ha objetado a la teología de la liberación que, al definir
la situación en términos de opresión, no hace otra
cosa que repetir las tesis del marxismo, o lo que ya han dicho otros, y
no precisamente desde una inspiración cristiana. Sin embargo, esta
acusación ignora las diferencias que existen en el análisis
de la realidad y, sobre todo, que en los teólogos de la liberación
esa realidad se encuentra iluminada por la fe cristiana . Pero, más
que caer en la tentación dialéctica y en las acusaciones recíprocas,
el problema que hay que plantear no es si cristianos o marxistas hablan
hoy de liberación, sino en qué consiste la liberación
cristiana, eso que el Vaticano II llamó la verdadera y plena liberación
.
Lo cierto -dice Ellacuría- es que, cuando se vive y se experimenta
esa opresión permanente, es cuando puede saberse hasta qué
punto pertenece a la esencia de la historia de la salvación eso que
se ha dado en llamar la lucha cristiana contra la opresión. El empeño
de la teología de la liberación por situar su reflexión
desde esta situación no se debe a otras razones que las puramente
cristianas y teológicas, desde el momento en que la opresión
es un pecado, y nunca será algo querido por Dios.
Por consiguiente, la Iglesia, como sacramento de liberación, tiene
necesidad urgente de despertar de su letargo e intensificar su lucha por
la justicia, en fuerza del propio amor cristiano. La liberación debe
abarcar todo aquello que está oprimido por el pecado, hasta sus mismas
raíces .
El carácter universal que tiene en estos momentos el grito de los
hombres y los pueblos por la liberación de la opresión, tendría
que hacer más fácil comprender que la Iglesia, como sacramento
de salvación, se constituya en sacramento de liberación. Pero
esto sólo podrá ser comprendido desde la perspectiva del Pueblo
de Dios, que es en definitiva el correlato histórico-salvífico
del Reino de Dios. En cuanto sujeto mediador e impulsor de la liberación,
éste se debe entender a sí mismo preferencialmente como el
pueblo de los pobres, como Iglesia de los pobres. Al carácter maternal
de la Iglesia corresponde el engendrar vida liberadora dentro y fuera de
ella, siendo cauce de liberación y, sobre todo, fuerza de liberación.
3.3. La Iglesia de los pobres, sacramento histórico de liberación.
Al decir que la Iglesia es sacramento universal de salvación, se
está diciendo que cada Iglesia particular es la expresión
visible e histórica del misterio salvífico universal que se
ha realizado en Jesucristo. Pero las palabras «sacramento» y
«salvación» están marcadas por una larga tradición.
En la teología de la liberación tiene lugar una historización
de las mismas. Partiendo de la consideración del Jesús histórico,
el misterio de la salvación es identificado con el anuncio y la realización
del Reino de Dios en el curso de la historia. Esta realización aparece,
por consiguiente, como un proceso histórico de liberación
que se concreta en liberaciones parciales y que se ve obstaculizado por
el rechazo del Reino, materializado en el pecado. El mismo Jesucristo aparece
como anuncio y realización concreta de ese Reino que tiene un significado
universal, pero con una universalidad histórica que se concreta en
la preferencia por los pobres, los pequeños, los oprimidos .
Desde esta perspectiva, si Jesucristo es el sacramento original del encuentro
de los hombres con Dios en la historia, los pobres son el lugar privilegiado
del encuentro con Cristo. En cuanto comunidad que existe, en continuidad
con la misión de Jesús, al servicio del Reino de Dios, la
Iglesia se convierte en sacramento histórico de liberación:
anuncio, expresión visible y realización concreta, aunque
parcial, de la liberación prometida por Dios. En un mundo caracterizado
por la conflictividad y por la injusticia, la Iglesia se convierte en sacramento
histórico de liberación en la medida en que denuncia como
pecado -por tanto, como contraria a Dios- la injusticia que se opone al
Reino, y en la medida en que se solidariza concretamente con los pobres
y con su lucha en cuanto destinatarios privilegiados del anuncio evangélico
. Un signo inequívoco de la autenticidad de la fe que anuncia es
la persecución . Esto no significa que la Iglesia tenga que reducir
su misión a la lucha contra las estructuras injustas. Simplemente,
se trata del riesgo que ella asume responsablemente cuando intenta ser fiel
al anuncio del Reino de Dios que está en contradicción con
toda situación de injusticia. Solamente así se anunciará
una fe que no sea opio para el pueblo, sino principio de liberación.
En este sentido, solamente la Iglesia de los pobres se convierte en el sacramento
histórico de la liberación que acoge el grito que se levanta
hasta el cielo de parte de las mayorías pobres y oprimidas del continente
.
La teología de la liberación ha hecho frecuentes afirmaciones
sobre la relación entre Dios y los pobres. Ha sostenido la asunción
por parte de Cristo del destino de los pobres hasta morir en la cruz. Ha
afirmado en consecuencia la presencia real de Cristo entre los pobres hasta
el punto de sostener que las mayorías oprimidas constituyen nada
menos que el cuerpo de Cristo en la Historia . Pues bien, si la Iglesia
reconoce a los pobres como su principal sujeto y como su principio de estructuración
interna, su misma organización tendrá que hacerse funcional
en orden a su servicio, superando el inmovilismo que se ha ido desarrollando
en el seno de la institución a lo largo de la historia. A este propósito
hemos de recordar que la Iglesia nace del pueblo por la acción del
Espíritu y que este hecho nos ha de estimular a un esfuerzo continuo
para superar toda forma de institucionalización que no esté
claramente al servicio del Reino de Dios .
Podemos finalizar con dos textos de nuestro autor, en los que eleva un verdadero
canto a la Iglesia de los pobres como depositaria de la salvación:
“La
Iglesia es cuerpo histórico de Cristo en cuanto es Iglesia de los
pobres; y es sacramento de liberación, así mismo, en cuanto
es Iglesia de los pobres. La razón de ello estriba tanto en el célebre
pasaje del juicio final como en la esencia misionera de la Iglesia. Si la
Iglesia se configura realmente como Iglesia de los pobres, dejará
de ser una Iglesia instalada y mundanizada para convertirse de nuevo en
una Iglesia predominantemente misionera, esto es, abierta a una realidad
que le obligará a sacar de sí sus mejores reservas espirituales;
le obligará igualmente a convertirse a Jesucristo presente realmente
de una manera especial en los presos, en los dolientes, en los perseguidos,
etc." .
"La Iglesia de los pobres se constituye en el nuevo cielo... La afirmación
utópica de una Iglesia como el cielo nuevo de una civilización
de la pobreza es un reclamo irrecusable de los signos de los tiempos y de
la dinámica soteriológica de la fe cristiana historizada en
hombres nuevos, que siguen anunciando firmemente, aunque siempre a oscuras,
un futuro siempre mayor, porque más allá de los sucesivos
futuros históricos se avizora el Dios salvador, el Dios liberador"
.