El
Papa Juan Pablo II repitió esta noche en la Plaza de San Pedro ante
unos 50 mil peregrinos de todo el mundo, las palabras con las que se presentó
tras ser elegido Pontífice el 16 de octubre de 1978: "¡No
tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! Repito
hoy con fuerza: ¡Abrid, más aún, abrid de par en par
las puertas a Cristo! ¡Dejaos guiar por Él! ¡Confiaos
a su amor!"
El
Pontífice presidió la Misa por su 25º aniversario y ofreció
una intensa homilía en italiano -ayudado por el Mons. Leonardo Sandri,
Sustituto de la Secretaria de Estado- cuya traducción ofrecemos a
continuación:
"'Cantaré sin fin la misericordia del Señor'. Hace 25
años experimenté de manera particular la divina misericordia.
En el Cónclave, a través del Colegio Cardenalicio, Cristo
me dijo también a mí, como tiempo atrás a Pedro en
el Lago de Genezaret: 'Apacienta mis ovejas'.
Sentía en mi alma el eco de la pregunta dirigida entonces a Pedro:
'¿Me amas más que éstos?' ¿Cómo no podía,
humanamente hablando, no temblar? ¿Cómo podía no pesarme
una responsabilidad así de grande? Ha sido necesario recorrer a la
divina misericordia para que a la pregu! nta de '¿Aceptas?' Pudiera
responder con confianza: 'en la obediencia de la fe, ante Cristo mi Señor,
confiándome a la Madre de Cristo y de la Iglesia, conciente de la
gran dificultad, acepto'.
Hoy,
queridos hermanos y hermanas, me es grato compartir con ustedes una experiencia
que se prolonga ya un cuarto de siglo. Cada día se desarrolla al
interior de mi corazón el mismo diálogo entre Jesús
y Pedro. En mi espíritu, fijo en la mirada benévola de Cristo
resucitado. Él, aún conociendo mi humana fragilidad, me anima
a responder con confianza como Pedro: 'Señor, tú lo sabes
todo, tú sabes que te amo' Y me invita a asumir la responsabilidad
que Él mismo me ha confiado.
'El
buen pastor ofrece la vida por las ovejas'. Mientras Jesús pronunciaba
estas palabras, los apóstoles no sabían que hablaba de Él
mismo. No lo sabía ni siquiera Juan, el apóstol predilecto.
Lo comprendió en el Calvario, a los pies de la Cruz, viéndolo
ofrecer silenciosamente la vida 'por sus ovejas'.
Cuando
vino para él y para los otros ! apóstoles el tiempo de asumir
esta misma misión, recordaron entonces sus palabras. Se dieron cuenta
de que, sólo porque había asegurado que sería Él
quien obraría a través de ellos, ellos habrían sido
capaces de cumplir la misión.
Fue
especialmente conciente Pedro 'testigo de los sufrimientos de Cristo', que
advertía a los ancianos de la Iglesia: 'apacentad la grey de Dios
que os he confiado'.
En el curso de los siglos, los sucesores de los apóstoles, guiados
por el Espíritu Santo, reúnen la grey de Cristo y la guían
hacia el Reino de los cielos, concientes de que pueden asumir tan grande
responsabilidad 'por Cristo, con Cristo y en Cristo'.
Esta
misma conciencia tuve yo cuando el Señor me llamó a desarrollar
la misión de Pedro en esta amada ciudad de Roma y al servicio del
mundo entero. Desde el inicio del Pontificado, mis pensamientos, mis oraciones
y mis acciones han sido animadas por un único deseo: Te! stimoniar
que Cristo, el Buen Pastor, está presente y obra en su Iglesia. Él
está en continua búsqueda de cada oveja perdida, la retorna
al rebaño, le cura las heridas;
cuida a la oveja débil y enferma y protege a la fuerte.
Es por ello, desde el primer día, no he dejado de exhortar: '¡No
tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! Repito
hoy con fuerza: '¡Abrid, más aún, abrid de par en par
las puertas a Cristo!' ¡Dejaos guiar por Él! ¡Confiaos
a su amor!
Al
iniciar mi Pontificado pedí: Ayudad al Papa y a cuantos quieren servir
a Cristo y, con la potestad de Cristo, a servir al hombre y a toda la humanidad'.
Mientras con vosotros doy gracias a Dios por estos 25 años, marcados
enteramente por su misericordia, siento una particular necesidad de expresar
mi gratitud también a vosotros, hermanos y hermanas de Roma y del
mundo entero, que habéis respondido y continuáis respondiendo
de diversas mane! ras a mi pedido de ayuda.
Sólo
Dios sabe cuántos sacrificios, oraciones y sufrimientos han sido
ofrecidos para sostenerme en mi servicio a la Iglesia. Cuánta benevolencia
y solicitud, cuántos signos de comunión me han rodeado este
día.
¡Que el buen Dios recompense a todos con generosidad! Os ruego, queridísimos
hermanos y hermanas, no interrumpáis esta gran obra de amor por el
Sucesor de Pedro. Os lo pido una vez más aún: ¡Ayudad
al Papa y cuantos quieren servir a Cristo, a servir al hombre y a la humanidad
entera!
El
Papa Juan Pablo II concluyó la homilía de la Misa por su 25º
aniversario con una sentida oración dirigida al Señor Jesús
en el que ofrece a Dios todos los frutos de su Pontificado y renovó
su entrega por la Iglesia:
A ti, Señor Jesucristo, Único Pastor de la Iglesia, ofrezco
los frutos de estos 25 años de ministerio al servicio del pueblo
que me has confiado.
Perdona el mal realizado y multiplica el bien:
Todo es obra tuya y sólo a Ti se debe la gloria.
Con plena confianza en tu misericordia, Te vuelvo a presentar nuevamente
hoy a aquellos que años atráshas confiado a mis cuidados pastorales.
Consérvalos en el amor, reúnelos en tu rebaño, toma
sobre tus espaldas a los débiles, cura a los heridos, cuida a los
fuertes.
Que Tú seas su Pastor, para que no se dispersen.
Protege a la querida Iglesia que está en Roma y las Iglesias del
mundo entero.
Inunda con la luz y la potencia de tu Espíritu a cuantos has puesto
a la cabeza de tu grey: que cumplan con arrojo su misión de guías,
maestros y santificador! es, en la espera de tu retorno glorioso.
Te renuevo, por las manos de María, Madre amada,
el don de mí mismo, del presente y del futuro: que todo se cumpla
según tu voluntad.
Pastor Supremo, quédate en medio de nosotros,
para que podamos contigo avanzar seguros,
hacia la casa del Padre. ¡Amén!