El mismo pontífice
responde a esta pregunta en "Ecclesia de Eucharistia" explicando
que la Iglesia sólo podrá afrontar el desafío de
la nueva evangelización si es capaz de contemplar y entrar en
relación íntima con Cristo en el sacramento que le hace
realmente presente.
El Papa es explícito
al confesar los objetivos de su decimocuarta carta encíclica
en el número 6. "Con la presente Carta encíclica
--afirma--, deseo suscitar este "asombro" eucarístico,
en continuidad con la herencia jubilar que he querido dejar a la Iglesia
con la Carta apostólica "Novo millennio ineunte" y
con su coronamiento mariano "Rosarium Virginis Mariae"",
su última carta apostólica de octubre pasado dedicada
al Rosario.
"Contemplar
el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el "programa"
que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola
a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de
la nueva evangelización", indica.
"Contemplar
a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste,
en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo
de su cuerpo y de su sangre --añade--. La Iglesia vive del Cristo
eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada.
La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, "misterio
de luz"".
Por ello, se
pregunta: "¿Cómo no sentir la necesidad de exhortar
a todos a que hagan de ella siempre una renovada experiencia?".
Por último,
en el número 10, Juan Pablo II reconoce que este documento era
necesario asimismo, pues si bien la "reforma litúrgica del
Concilio ha tenido grandes ventajas para una participación más
consciente, activa y fructuosa de los fieles en el Santo Sacrificio
del altar", "desgraciadamente, junto a estas luces, no faltan
sombras".
"En efecto
--advierte--, hay sitios donde se constata un abandono casi total del
culto de adoración eucarística. A esto se añaden,
en diversos contextos eclesiales, ciertos abusos que contribuyen a oscurecer
la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento".
"La Eucaristía
--concluye-- es un don demasiado grande para admitir ambigüedades
y reducciones".