Durante los primeros mil años los cardenales eran los diáconos
de las siete regiones de Roma, los presbíteros principales de
sus veinticinco iglesias parroquiales o titulares, y los siete obispos
sufragáneos de los alrededores de Roma, que oficiaban en la Basílica
Lateranense, la catedral de Roma. Los cardenales estaban incardinados
en Roma, a cuyo clero representaban. Durante los primeros mil años
del cristianismo, cada Iglesia escogía a su propio obispo, con
intervención del clero y las autoridades seculares, sin nombramientos
papales. No hay cardenales de otras iglesias que elijan al papa ni un
Obispo de Roma que nombre a otros obispos, sino que cada Iglesia tenía
su propio procedimiento de elección.
Todo
cambia en el segundo milenio. Si inicialmente el ser obispo era superior
al cardenal, en el segundo milenio los cardenales devienen príncipes
eclesiásticos, con rango superior a los obispos. El papa deviene
el soberano pontífice, rey de Roma (de los estados pontificios) y
monarca de la Iglesia universal, desde la reforma gregoriana. Para independizar
al papado del Emperador, del que el papa era vasallo, se decreta en 1059
que sólo el colegio cardenalicio puede elegir al papa. Éste
se apoya en ellos para gobernar, haciéndoles partícipes de
las finanzas romanas. El colegio cardenalicio desplaza gradualmente al sínodo
romano, los cardenales actúan como legados del papa en los distintos
países y se comienza a nombrar cardenales a obispos de otras iglesias
nacionales.
En
1241 se tiene el primer cónclave de la historia, en el que se encierra
a los cardenales hasta la elección de un papa. El desarrollo de las
naciones lleva a que los reyes busquen asegurarse un papa favorable a sus
intereses, siendo los cardenales el instrumento para lograrlo, sobre todo
desde finales del siglo XIII. El cisma de Occidente (1378-1417), con papas
en Aviñón y en Roma, favorece el peso de los cardenales y
su internacionalización. Las naciones católicas importantes
(Francia, España, Portugal) estaban siempre representadas en el colegio
cardenalicio a través de cardenales que residían en Roma.
La
era dorada de los cardenales es el Renacimiento, con mayoría de cardenales
italianos que devienen grandes mecenas, cabezas de familias principescas
y, por igual, grandes señores y príncipes eclesiásticos
que enriquecen Roma con palacios y monumentos. Muchas familias nobles se
esfuerzan porque los segundones alcancen el cardenalato, entre ellos algunos
hijos de cardenales y papas. La reforma pos-tridentina de Sixto V establece
las competencias, número y representación de los cardenales,
sus colaboradores en la curia romana. Los cardenales son creados por el
papa, dependen de él y tienen las competencias que éste les
asigna. Ese modelo ha permanecido hasta hoy, con algunas reformas, como
la internacionalización, promovida tras el concilio Vaticano II y
la fijación de un número de 120 con voz activa en el consistorio.
Cuanto más centralizada está la Iglesia bajo la monarquía
pontificia, más crece el influjo de la Curia y de sus cardenales
en las otras iglesias, a costa de la autoridad de los obispos y arzobispos
de las otras iglesias. Son los consejeros del papa y los prefectos de las
congregaciones romanas.
¿Tienen
futuro los cardenales? En cuanto príncipes y representantes máximos
de la nobleza pontificia tienen poco, porque la Iglesia es cada vez más
consciente de que el peso histórico de la monarquía pontificia
se ha alejado de los orígenes del cristianismo. El boato principesco
es poco compatible con el evangelio. Juan XXIII subrayaba, con razón,
que el esplendor de la aristocracia hoy aleja de la Iglesia en lugar de
entusiasmar al pueblo. El ateísmo y la increencia tienen raíces
eclesiales, entre las que se cuenta el talante señorial de algunas
autoridades eclesiásticas. En cuanto colaboradores creados y escogidos
por el papa tendrán que adaptarse a la necesaria reforma del papado,
pasando de la monarquía pontificia, todavía reinante, a un
papa que preside la colegialidad de los obispos. La iglesia del futuro pasa
por una mayor autonomía de las iglesias nacionales y locales, por
una reforma en profundidad de la curia romana y por un primado papal, centrado
cada vez más en los asuntos de la unidad de la Iglesia y menos por
el gobierno ordinario de todas las iglesias.
Los
cardenales pueden desaparecer, no pertenecen a la constitución fundamental
de la Iglesia. Hay que devolver a los obispos el rango que tenían
en el primer milenio, hoy devaluado. Sin embargo, los cardenales podrían
asumir un papel importante como representantes de iglesias principales:
actuar colegialmente con el papa, participar activamente en los sínodos
y reuniones importantes y defender la pluralidad y autonomía de todas
las Iglesias. No hay que olvidar, además, que los papas que han creado
a los cardenales, pueden cambiar en el futuro la composición del
colegio cardenalicio, que podría abarcar a muchos más miembros,
incluidos algunos que no fueran obispos. Desde un punto de vista ecuménico,
el cardenalato es una institución anacrónica y refleja la
concentración de poder en el papa, que es inaceptable para ortodoxos
y protestantes. Su pervivencia depende de su transformación, ineludible
en función de la unión de los cristianos, de la colegialidad
episcopal y la promoción de las iglesias. Hay que cambiar el cardenalato
en favor de una Iglesia evangélicamente más creíble,
con un rostro más sencillo y cercano a los pobres, que el señorial
y principesco de la historia cardenalicia.