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¿tienen futuro los cardenales?


Juan Antonio Estrada
Profesor de la Universidad de Granada.
Diario de Cádiz, 3 de octubre de 2003


Durante los primeros mil años los cardenales eran los diáconos de las siete regiones de Roma, los presbíteros principales de sus veinticinco iglesias parroquiales o titulares, y los siete obispos sufragáneos de los alrededores de Roma, que oficiaban en la Basílica Lateranense, la catedral de Roma. Los cardenales estaban incardinados en Roma, a cuyo clero representaban. Durante los primeros mil años del cristianismo, cada Iglesia escogía a su propio obispo, con intervención del clero y las autoridades seculares, sin nombramientos papales. No hay cardenales de otras iglesias que elijan al papa ni un Obispo de Roma que nombre a otros obispos, sino que cada Iglesia tenía su propio procedimiento de elección.

Todo cambia en el segundo milenio. Si inicialmente el ser obispo era superior al cardenal, en el segundo milenio los cardenales devienen príncipes eclesiásticos, con rango superior a los obispos. El papa deviene el soberano pontífice, rey de Roma (de los estados pontificios) y monarca de la Iglesia universal, desde la reforma gregoriana. Para independizar al papado del Emperador, del que el papa era vasallo, se decreta en 1059 que sólo el colegio cardenalicio puede elegir al papa. Éste se apoya en ellos para gobernar, haciéndoles partícipes de las finanzas romanas. El colegio cardenalicio desplaza gradualmente al sínodo romano, los cardenales actúan como legados del papa en los distintos países y se comienza a nombrar cardenales a obispos de otras iglesias nacionales.

En 1241 se tiene el primer cónclave de la historia, en el que se encierra a los cardenales hasta la elección de un papa. El desarrollo de las naciones lleva a que los reyes busquen asegurarse un papa favorable a sus intereses, siendo los cardenales el instrumento para lograrlo, sobre todo desde finales del siglo XIII. El cisma de Occidente (1378-1417), con papas en Aviñón y en Roma, favorece el peso de los cardenales y su internacionalización. Las naciones católicas importantes (Francia, España, Portugal) estaban siempre representadas en el colegio cardenalicio a través de cardenales que residían en Roma.

La era dorada de los cardenales es el Renacimiento, con mayoría de cardenales italianos que devienen grandes mecenas, cabezas de familias principescas y, por igual, grandes señores y príncipes eclesiásticos que enriquecen Roma con palacios y monumentos. Muchas familias nobles se esfuerzan porque los segundones alcancen el cardenalato, entre ellos algunos hijos de cardenales y papas. La reforma pos-tridentina de Sixto V establece las competencias, número y representación de los cardenales, sus colaboradores en la curia romana. Los cardenales son creados por el papa, dependen de él y tienen las competencias que éste les asigna. Ese modelo ha permanecido hasta hoy, con algunas reformas, como la internacionalización, promovida tras el concilio Vaticano II y la fijación de un número de 120 con voz activa en el consistorio. Cuanto más centralizada está la Iglesia bajo la monarquía pontificia, más crece el influjo de la Curia y de sus cardenales en las otras iglesias, a costa de la autoridad de los obispos y arzobispos de las otras iglesias. Son los consejeros del papa y los prefectos de las congregaciones romanas.

¿Tienen futuro los cardenales? En cuanto príncipes y representantes máximos de la nobleza pontificia tienen poco, porque la Iglesia es cada vez más consciente de que el peso histórico de la monarquía pontificia se ha alejado de los orígenes del cristianismo. El boato principesco es poco compatible con el evangelio. Juan XXIII subrayaba, con razón, que el esplendor de la aristocracia hoy aleja de la Iglesia en lugar de entusiasmar al pueblo. El ateísmo y la increencia tienen raíces eclesiales, entre las que se cuenta el talante señorial de algunas autoridades eclesiásticas. En cuanto colaboradores creados y escogidos por el papa tendrán que adaptarse a la necesaria reforma del papado, pasando de la monarquía pontificia, todavía reinante, a un papa que preside la colegialidad de los obispos. La iglesia del futuro pasa por una mayor autonomía de las iglesias nacionales y locales, por una reforma en profundidad de la curia romana y por un primado papal, centrado cada vez más en los asuntos de la unidad de la Iglesia y menos por el gobierno ordinario de todas las iglesias.

Los cardenales pueden desaparecer, no pertenecen a la constitución fundamental de la Iglesia. Hay que devolver a los obispos el rango que tenían en el primer milenio, hoy devaluado. Sin embargo, los cardenales podrían asumir un papel importante como representantes de iglesias principales: actuar colegialmente con el papa, participar activamente en los sínodos y reuniones importantes y defender la pluralidad y autonomía de todas las Iglesias. No hay que olvidar, además, que los papas que han creado a los cardenales, pueden cambiar en el futuro la composición del colegio cardenalicio, que podría abarcar a muchos más miembros, incluidos algunos que no fueran obispos. Desde un punto de vista ecuménico, el cardenalato es una institución anacrónica y refleja la concentración de poder en el papa, que es inaceptable para ortodoxos y protestantes. Su pervivencia depende de su transformación, ineludible en función de la unión de los cristianos, de la colegialidad episcopal y la promoción de las iglesias. Hay que cambiar el cardenalato en favor de una Iglesia evangélicamente más creíble, con un rostro más sencillo y cercano a los pobres, que el señorial y principesco de la historia cardenalicia.