a bocajarro
báculo sí, pero de madera

 

D. Manuel González

" Yo sólo quiero ser el Obispo de los consuelos para dos grandes desconsolados: el sagrario y el pueblo. El sagrario desolado porque se ha quedado sin pueblo, el pueblo desolado porque se ha quedado sin sagrario".

 

 


José María González Ruiz
(Sobrino de D. Manuel González)
Diario Sur, 27 de febrero de 2002

 

EL 11 de mayo de 1931 fue un día aciago -más bien una noche- para Málaga. De madrugada ardieron unos cuarenta edificios religiosos: iglesias y conventos. Con ello desapareció lo mejor del arte pictórico y escultórico que guardaba nuestra ciudad. Todavía hoy no sabemos a ciencia cierta quién ‘organizó’ aquel macabro espectáculo, pues yo mismo, que era entonces un seminarista adolescente, recorrí el centro urbano y no descubrí por ninguna parte las ‘masas’.

Mi tío carnal Manuel González García (recién beatificado en Roma) era entonces obispo de la diócesis, y se vio obligado a salir del palacio episcopal por la ignorada puerta de la calle Fresca. Las incidencias de aquella madrugada fueron trágicas. No hacía un mes que se había implantado la II República. La Iglesia oficial española, aconsejada por Roma, había acatado el nuevo régimen. El presidente de la república era el católico practicante Niceto Alcalá Zamora. El ministro de la Gobernación, Miguel Maura, era también católico practicante, y posteriormente desde el exilio declaró su no intervención en aquellos acontecimientos, cosa lógica y creíble.

Mi tío Manuel se vio obligado a pedir asilo en casa de uno que era considerado como el católico ‘oficial’, pero éste tuvo miedo y le cerró la puerta. Con cariño lo acogió un beneficiado de la Catedral que vivía en la calle Santa María.

Rápidamente un grupo de sus amigos le arreglaron los papeles para que se refugiara en Gibraltar. Allí lo acogió el obispo católico de la colonia Mons. Fitsgerald. Su exilio duró desde mayo hasta diciembre y ya nunca más pudo volver a Málaga. Pero entre los papeles de entonces tengo a la vista una carta impresionante que el obispo exiliado dirigió al Dr. José Gálvez, a D. Fernando Loring, a D. José Casasola y al sacerdote D. Emilio Cabello.

En ella les dice que casualmente había caído en sus manos una circular que estos buenos amigos habían dirigido al clero diocesano invitándolo a asociarse a la ofrenda de un báculo para él.

El obispo empieza diciendo que la lectura de la carta ha arrancado de su corazón un sentimiento de gratitud tan hondo que no puede explicarlo con la pluma, sobre todo al ver que no pocos de sus curas han pasado por el mismo despojo que él, y que todos se encuentran en vísperas de mendigar de limosna el pan que han de comer.

Pero con enorme sinceridad evangélica añade: «Yo prefiero empuñar un báculo de palo o hierro que yo, tan pobre como mis sacerdotes, me compre, a lucir un báculo de oro que me compren a costa de sus necesidades. El báculo rico me quemaría la mano y la cara de vergüenza, y el báculo pobre tendría a mis ojos el gran valor simbólico de la pobreza de Jesús dignamente llevada por toda la familia sacerdotal».

Y a continuación añade: «Como me figuro que a estas horas estará repartida la circular y quizá reunidos algunos dineros, yo les pido con todo encarecimiento que devuelvan lo recibido y hagan saber a todos por medio de esta carta reproducida mi determinación que repito es irrevocable y los motivos de ella... Quiero que se conozca una vez más que soy ‘pastor non percussor’ de mis hermanos sacerdotes».

Cuando la Iglesia, como cualquier otra institución, intenta premiar a sus miembros con un reconocimiento oficial, es lógico que averigüe los verdaderos motivos que soportan esta calificación. La Iglesia católica lo hace con la declaración de ‘beato’ y posteriormente de ‘santo’ a favor del agraciado.

No se trata de temas de fe, sino simplemente de postura de agradecimiento por haber sido buenos testigos del evangelio.

Yo reconozco que esa carta sería suficiente para premiar a mi tío Manuel con el título de ‘beato’, o sea, de testigo evangélico. Y hasta me atrevo a decir que si por un imposible mi tío Manuel hubiera presenciado todo lo que implica de esfuerzos y de aportación económica un proceso de beatificación, habría escrito una carta desde el cielo a las personas que ciertamente con el mayor de los cariños han trabajado por elevarlo a los altares, proponiéndoles que en las circunstancias en que se encuentra nuestro mundo actual sería mejor demorar ese ciertamente merecido premio y dedicar los esfuerzos y los dineros a la lucha por la justicia, por la erradicación de la pobreza y por la denuncia de la corrupción que a veces llega a manchar a personas e instituciones de las mismas iglesias.

Cuando murió Juan XXIII, los obispos de todo el mundo reunidos en el Concilio Vaticano II, secundados por cristianos de todas las confesiones y por millones de gente sencilla, pidieron que fuera canonizado por aclamación popular (como se hacía en los primeros siglos cristianos), sin gastar un céntimo para ello.

Pero la burocracia vaticano se opuso tenazmente y el propio papa Pablo VI, que en el fondo compartía esa opinión, no tuvo la osadía de romper con la rutina aplastante de la curia vaticana.

Sin embargo, que Dios nos perdone (creo que ya lo hace) a los que creemos que una lectura auténtica del evangelio nos inclina a actuar según esa inevitable utopía.