EL 11 de mayo de 1931 fue un día aciago -más bien una noche-
para Málaga. De madrugada ardieron unos cuarenta edificios religiosos:
iglesias y conventos. Con ello desapareció lo mejor del arte pictórico
y escultórico que guardaba nuestra ciudad. Todavía hoy no
sabemos a ciencia cierta quién ‘organizó’ aquel
macabro espectáculo, pues yo mismo, que era entonces un seminarista
adolescente, recorrí el centro urbano y no descubrí por ninguna
parte las ‘masas’.
Mi tío carnal Manuel González García (recién
beatificado en Roma) era entonces obispo de la diócesis, y se vio
obligado a salir del palacio episcopal por la ignorada puerta de la calle
Fresca. Las incidencias de aquella madrugada fueron trágicas. No
hacía un mes que se había implantado la II República.
La Iglesia oficial española, aconsejada por Roma, había acatado
el nuevo régimen. El presidente de la república era el católico
practicante Niceto Alcalá Zamora. El ministro de la Gobernación,
Miguel Maura, era también católico practicante, y posteriormente
desde el exilio declaró su no intervención en aquellos acontecimientos,
cosa lógica y creíble.
Mi tío Manuel se vio obligado a pedir asilo en casa de uno que era
considerado como el católico ‘oficial’, pero éste
tuvo miedo y le cerró la puerta. Con cariño lo acogió
un beneficiado de la Catedral que vivía en la calle Santa María.
Rápidamente un grupo de sus amigos le arreglaron los papeles para
que se refugiara en Gibraltar. Allí lo acogió el obispo católico
de la colonia Mons. Fitsgerald. Su exilio duró desde mayo hasta diciembre
y ya nunca más pudo volver a Málaga. Pero entre los papeles
de entonces tengo a la vista una carta impresionante que el obispo exiliado
dirigió al Dr. José Gálvez, a D. Fernando Loring, a
D. José Casasola y al sacerdote D. Emilio Cabello.
En ella les dice que casualmente había caído en sus manos
una circular que estos buenos amigos habían dirigido al clero diocesano
invitándolo a asociarse a la ofrenda de un báculo para él.
El obispo empieza diciendo que la lectura de la carta ha arrancado de su
corazón un sentimiento de gratitud tan hondo que no puede explicarlo
con la pluma, sobre todo al ver que no pocos de sus curas han pasado por
el mismo despojo que él, y que todos se encuentran en vísperas
de mendigar de limosna el pan que han de comer.
Pero con enorme sinceridad evangélica añade: «Yo prefiero
empuñar un báculo de palo o hierro que yo, tan pobre como
mis sacerdotes, me compre, a lucir un báculo de oro que me compren
a costa de sus necesidades. El báculo rico me quemaría la
mano y la cara de vergüenza, y el báculo pobre tendría
a mis ojos el gran valor simbólico de la pobreza de Jesús
dignamente llevada por toda la familia sacerdotal».
Y a continuación añade: «Como me figuro que a estas
horas estará repartida la circular y quizá reunidos algunos
dineros, yo les pido con todo encarecimiento que devuelvan lo recibido y
hagan saber a todos por medio de esta carta reproducida mi determinación
que repito es irrevocable y los motivos de ella... Quiero que se conozca
una vez más que soy ‘pastor non percussor’ de mis hermanos
sacerdotes».
Cuando la Iglesia, como cualquier otra institución, intenta premiar
a sus miembros con un reconocimiento oficial, es lógico que averigüe
los verdaderos motivos que soportan esta calificación. La Iglesia
católica lo hace con la declaración de ‘beato’
y posteriormente de ‘santo’ a favor del agraciado.
No se trata de temas de fe, sino simplemente de postura de agradecimiento
por haber sido buenos testigos del evangelio.
Yo reconozco que esa carta sería suficiente para premiar a mi tío
Manuel con el título de ‘beato’, o sea, de testigo evangélico.
Y hasta me atrevo a decir que si por un imposible mi tío Manuel hubiera
presenciado todo lo que implica de esfuerzos y de aportación económica
un proceso de beatificación, habría escrito una carta desde
el cielo a las personas que ciertamente con el mayor de los cariños
han trabajado por elevarlo a los altares, proponiéndoles que en las
circunstancias en que se encuentra nuestro mundo actual sería mejor
demorar ese ciertamente merecido premio y dedicar los esfuerzos y los dineros
a la lucha por la justicia, por la erradicación de la pobreza y por
la denuncia de la corrupción que a veces llega a manchar a personas
e instituciones de las mismas iglesias.
Cuando murió Juan XXIII, los obispos de todo el mundo reunidos en
el Concilio Vaticano II, secundados por cristianos de todas las confesiones
y por millones de gente sencilla, pidieron que fuera canonizado por aclamación
popular (como se hacía en los primeros siglos cristianos), sin gastar
un céntimo para ello.
Pero la burocracia vaticano se opuso tenazmente y el propio papa Pablo VI,
que en el fondo compartía esa opinión, no tuvo la osadía
de romper con la rutina aplastante de la curia vaticana.
Sin embargo, que Dios nos perdone (creo que ya lo hace) a los que creemos
que una lectura auténtica del evangelio nos inclina a actuar según
esa inevitable utopía.