casa para la comunión y la vida huelva
plan de formación conjunta 2003-04


 

 

 

 

 

 

 

 


Ponencia dentro del plan de Formación Conjunta de la Diócesis de Huelva. Casa para la Comunión y la Vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tema
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La Iglesia Diocesana,
casa y escuela de la comunión
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Ponente
Mons. Ricardo Blázquez
Obispo Bilbao y Prte. Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales
Huelva 18·Octubre·2003 . org


ESQUEMA GENERAL

MONICIÓN A LA ORACIÓN

ORACIÓN

PALABRAS DE D. IGNACIO

PONENCIA: " La Iglesia Diocesana, casa y escuela de la comunión"

 

Monición a la oración

Hay nombres que no se ponen porque sí. Claramente podemos verlo en la Palabra de Dios, donde en numerosas ocasiones, el nombre de una persona designa su realidad íntima o el acontecimiento más destacado de su vida. Pasa así, por ejemplo, con Moisés, que significa “sacar fuera del agua”, o con el mismo Jesús, que es “Dios salva”. De la misma manera, el nombre de este nuevo espacio que surge por primera vez en la diócesis de Huelva, no es accesorio o accidental: trata de evidenciar lo más profundo de su razón de ser, el deseo por el que nace y la misión que está llamado a cumplir.

Lc. 8,19-21: “mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. He aquí la Iglesia: ese conjunto de mujeres y hombres que, tras enamorarse de la Palabra, quieren vivirla y hacerla llegar a todos. Así, la Iglesia nos convertimos en la familia de Dios, en “su madre y sus hermanos”. Una familia que se reúne, se encuentra, se conoce, busca junta la voluntad del Padre y celebra la presencia de Dios en medio de ella. Una familia, un hogar, una casa donde las puertas están abiertas, en la que conviven todos, independientemente del estado, carisma, servicio o actividad que realicen.
“Casa para la Comunión y la Vida” no es un apartado para un sector determinado de la Iglesia. Pretende ser un lugar diocesano para el encuentro y la reflexión tanto de religiosos como de seglares, de parroquias como de movimientos, de sacerdotes como de matrimonios…Un lugar donde el mayor esfuerzo será el de acercarnos más cuanto más distinto sea nuestro modo de pensar, hacer o sentir dentro de la gran Casa-Iglesia.

I Cor. 11,23-27: “este es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía…”No es tarea fácil la misión que Jesús nos invita a hacer en su memoria, pero sí imprescindible y urgente. El mundo y la Iglesia necesitan de esas personas que se entregan como alimento para saciar el hambre de Dios.

“Casa para la Comunión y la Vida”, siguiendo la insistencia de Juan Pablo II, y desde el Pastor de la diócesis, quiere estar a tiempo y a destiempo buscando y fomentando ámbitos para la comunión. Espacios en los que “comulguemos” unos en otros, porque formamos un solo cuerpo y tenemos un mismo espíritu que obra todo en todos. Ser uno en comunión para que el mundo crea, y así saciar el hambre de todos los que buscan de Dios su justicia. Puede parecer una empresa ambiciosa, pero tenemos en nuestras manos todos los ingredientes necesarios para llevarla a cabo: junto a la Palabra como guía y luz, podemos ver cuántas iniciativas nuevas… Puede que nos falte, quizás, aunar nuestros esfuerzos para que no se desparramen: ir conectándonos todos los miembros unos en otros y formando un cuerpo en armonía, sin que por ello, cada miembro deje de ser el que es.

Jn. 15,1-17: “os destiné a ir y dar fruto, un fruto que permanezca…” Ya lo asegura la Palabra, sólo unidos como sarmientos a la vid, podremos dar un fruto conjunto, permanente y duradero.

“Casa para la Comunión y la Vida” sueña con ese fruto que genera vida, y vida en abundancia (de la buena, de la que sólo Dios nos puede dar). No podemos estar vivos solamente a ratos. O estamos vivos, o estamos muertos. Por eso, los frutos a los que Dios nos llama, no pueden ser esporádicos o efímeros: la vida de Dios se encuentra unida a la Vid. Con este deseo, nos ofrecemos en una búsqueda y un esfuerzo permanentes para poder responder a este reto evangélico: ser Casa para la Comunión y para la Vida.

Casa: familia de Dios,
Para la Comunión: buscando ser uno,
Y la Vida: para dar fruto en abundancia.

Un regalo de Dios para ser construido, impulsado y gozado por todos. Y como se suele decir entre amigos: aquí tienes tu casa para cuando quieras.


Oración

Canto:
El Señor os dará su Espíritu Santo.
Ya no temáis, abrid el corazón.
Derramará todo su amor.
El transformará hoy nuestras vidas.
Como a hijos os acogerá.
Abrid vuestros corazones a la libertad.

Monición:

Cántico: Ez. 36,24-28

Lector: Os recogerá de entre las naciones,
os reuniré de todos los países,
y os llevaré a vuestra tierra.

Todos: Vosotros seréis mi pueblo.
Y yo seré vuestro Dios.

Lector: Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará.
De todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar.

Todos: Vosotros seréis mi pueblo.
Y yo seré vuestro Dios.

Lector: Os daré un corazón nuevo.
Y os infundiré un espíritu nuevo.
Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.

Todos: Vosotros seréis mi pueblo
Y yo seré vuestro Dios.

Lector: Os infundiré mi espíritu,
y haré que caminéis según mis preceptos,
y que guardéis y cumpláis mis mandatos.
y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.

Todos: Vosotros seréis mi pueblo
Y yo seré vuestro Dios.


Lectura: Rm. 12,1-5
“Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que os ofrezcáis como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser vuestro auténtico culto. No os acomodéis a los criterios de este mundo: al contrario, transformaos, renovad vuestro interior, para que podáis descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
Os digo además, a todos y cada uno de vosotros, en virtud de la gracia que Dios me ha confiado, que no os estiméis más de lo debido: que cada uno se estime en lo justo, conforme al grado de fe que Dios le ha concedido. Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y no todos los miembros tienen una misma función, así también nosotros aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo, y somos miembros los unos de los otros.”
(Palabras del Obispo)


Presidente:
Acudamos a Dios, Padre de todos y presentémosle nuestra búsqueda, nuestros sueños y nuestro trabajo, para que nuestras vidas sirvan a la edificación de su Reino.

Preces:

Por toda la Iglesia, para que sea verdaderamente “Casa y escuela de Comunión”, y así responda fielmente al designio de Dios y a las esperanzas de la humanidad.
Roguemos al Señor.

Todos: te rogamos óyenos.
Por la Diócesis de Huelva, que celebra el Cincuentenario de su creación, para que experimente la alegría de la unidad y descubra la llamada de Dios a ser un solo cuerpo y una sola familia.

Palabras de D. Ignacio

Apertura y presentación del plan de formación conjunta por
D. Ignacio Noguer Carmona.


Querido D. Ricardo y queridos todos. Ya sabéis como lo propusimos al pensar en la celebración de nuestro Cincuentenario como diócesis, en mirar hacia delante más que hacia atrás para dar gracias a Dios por tantos beneficios como ha hecho a esta diócesis de Huelva desde su creación. Para agradecer a todos aquellos que hicieron posible su trabajo, pero mirar atrás no es solamente la misión de la Iglesia. La misión de la Iglesia es mirar hacia delante y el camino que hay que recorrer sigue a delante y no detrás, lo que pasó es una experiencia y bienvenida sea, lo que se acerca es una realidad que hemos de construir nosotros, bienvenida sea y bienvenidos sean todos aquellos que nos ayuden a construirla.

Sé penso, como sabéis, en que nuestro plan de formación se unificara, y se unificara para que ya desde ahora y en lo que es la historia de la Iglesia diocesana, en esa imagen entrañable de la comunión, pudiéramos dar testimonio vivo de lo que es la Iglesia. Y hoy, afortunadamente, es el primer día, y no quiero pensar, que no solamente por la categoría del ponente, sino porque la idea cuaje en nuestros corazones claramente, se da esta realidad. Todo tipo de personas que acuden hoy a preparar su alma, a preparar su mente para el resto que quede por delante, la vivencia de una Iglesia unida y testimonio de un gesto hacia el mundo. Para esto hemos pensado que hemos de traer personas que nos lo expliquen una vez más con palabras nuevas, con corazón nuevo. Personas que nos orienten a conseguir esta realidad que tanto ansiamos la Iglesia del siglo XXI, de nuestra Iglesia de Huelva del siglo XXI.

En primer lugar viene una persona muy querida por mí, hermano mío del Episcopado, al que conozco, naturalmente, hace muchos años y que por su categoría personal, intelectual y pastoral, nos parecía que era la persona que tenia que iniciar este curso continuado de nuestra formación eclesial. Es un hombre especialista en eclesiología, es un hombre especialista en teología en general, es un hombre que por sus múltiples cargos a través de su sede Episcopal, incluso antes, ha sabido cultivar en su mente todo eso necesario, desde la palabra de Dios, para que entendamos cual es su voluntad y para poder seguirla con alegría con el conocimiento de nuestra mente y de nuestro propio corazón.

Efectivamente, D. Ricardo Blázquez obispo en este momento de Bilbao, es un hombre muy preparado intelectualmente. Se preparó en su seminario, como casi todos los niños y jóvenes de nuestra Iglesia; se preparó en Roma y se doctoró en teología. Vuelto de su preparación en Roma tuvo cargos y actividades diversas, siempre en una línea pastoral intelectual, porque su preparación no quedo solamente en ese tiempo de Roma, precisamente, por las urgencias de la Iglesia, la propia Iglesia de España, tuvo continuamente que seguir preparándose para dar el norte a las preguntas que los obispos le hacíamos, y las preguntas que la sociedad de su tiempo le hacia.

Por tanto, profesor de teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, de la que fue decano de teología. Por su mente intelectual y pastoral pronto fue elegido por el Papa para auxiliar al arzobispo de Santiago de Compostela. A partir de ahí, obispo de Palencia y obispo de Bilbao, aún no siendo vasco, aunque sí de corazón. Su presencia en el País Vasco ha sido, como ustedes pueden comprobar continuamente, providencial. Ha sido un hombre que totalmente pegado a su pueblo y sus problemas ha saltado por encima de ellos para orientar también, a su pueblo en la fe de Jesucristo y en la caridad de la fraternidad de hermanos en la Iglesia. No es fácil ser obispo de cualquier sitio y menos fácil es ser obispo de Bilbao, y él lo hace como ustedes ya saben, porque continuamente lo vemos en la prensa y lo hace con dignidad y elegancia. Ya como obispo perteneció a diversas comisiones Episcopales, a la doctrina de la fe, la de liturgia, fue presidente de la doctrina de la fe hasta hace poco tiempo, actualmente, es presidente de las relaciones interconfesionales, que quiere decir: ecumenismo y dialogo interreligioso, gran canciller de la universidad de Salamanca, de la Universidad de la Iglesia y sus escritos son infinitos, son muchisimos.

Les puedo decir una cosa, tengo aquí una serie de escritos suyos que no sé si es el momento de decirlo, pero si les voy a decir una cosa para que veáis, porque este hombre viene aquí en este momento. Cuando D. Ricardo habla en la Conferencia Episcopal cautiva la atención de los obispos, porque su palabra siempre es sapiencial, siempre es rompedora y en momentos difíciles siempre es luminosa, y por tanto, cuando el abre la Conferencia Episcopal o cuando él lleva infinitos trabajos a la permanencia donde yo estoy con él o en la Plenaria, los obispos se quedan siempre pendientes de su palabra, porque siempre tiene mucho que decir. Este es el hombre que hoy viene a formarnos. Yo creo que no hace falta más, ustedes escúchenlo, y seguramente, como nosotros los obispos y como sus fieles en Bilbao, de su palabra sacaran consecuencias siempre positivas y así demos más a esta Iglesia que él tanto quiere, porque ha dedicado su vida entera a esta misma Iglesia.


Ponencia

En la reforma y renovación de la Iglesia, promovidas por el Concilio Vaticano II, mirando simultáneamente a sus fuentes y a la misión pastoral en el mundo contemporáneo, ha emergido y se ha afianzado poderosamente la "communio" (koinonía). Ha sido un vigoroso impulso renovador de orden teológico, espiritual, canónico y pastoral.
En efecto, la comunión es la forma de existencia, de vida y de misión de la Iglesia; el ser cristiano está radicalmente modelado por la fraternidad y la comunión; las instituciones de la Iglesia actúan impregnadas por la comunión. Tanto la unidad de la Iglesia como su diversidad deben ser entendidas en la condición vital de unidad en la comunión. El Vaticano II usa significativamente la expresión unidad de comunión.

1.- La comunión, clave de la eclesiología católica reafirmada por el Vaticano II.

El concepto de comunión (koinonía), ya puesto de relieve en los textos del Concilio Vaticano II, es muy adecuado para expresar el núcleo profundo del misterio de la Iglesia y, ciertamente, puede ser una clave de lectura para una renovada eclesiología católica. Estas palabras expresan la convicción que arraigó y se difundió en la Asamblea extraordinaria del Sínodo de Obispos, celebrada en 1985, al conmemorar los 20 años de la clausura del Concilio. Otras claves de lectura son, según el mismo Sínodo, la Iglesia como misterio y la Iglesia como misión.

El Sínodo descubrió que los Padres conciliares en el itinerario del Concilio como magno encuentro de oración, de diálogo, de búsqueda de los caminos de Dios en nuestro tiempo, de discernimiento doctrinal como maestros y jueces en la fe, ayudados por teólogos y en presencia de los observadores enviados por otras Iglesias no católicas, habían sido atraídos, más o menos conscientemente, por las grandes líneas de fuerza que articulan el magisterio conciliar: La Iglesia es un misterio de comunión y de misión. En estos núcleos se concentra y de estos focos irradia la enseñanza conciliar sobre la Iglesia. Ya durante la primera Asamblea extraordinaria del Sínodo de Obispos en 1969 había aparecido esta convicción: ALa innovación del Vaticano II de mayor trascendencia para la eclesiología y para la vida de la Iglesia ha sido el haber centrado la teología del misterio de la Iglesia sobre la noción de comunión. Juan Pablo II, en el discurso a la curia romana pronunciado el día 20 de diciembre de 1990, afirmó lo siguiente: El Vaticano II insiste en la comunión, convirtiéndola en su idea inspiradora y en el eje central de todos sus documentos.

El Código de Derecho Canónico de 1983 es fruto de un esfuerzo extraordinario por traducir al lenguaje canónico la doctrina conciliar, en continuidad con la tradición genuina de la Iglesia. Por esto, las grandes perspectivas del Vaticano II, las grandes Arenovaciones, vienen a ser también las novedades del nuevo Código. Así se expresa el papa en la constitución apostólica Sacrae disciplinae leges, por la que promulga el nuevo Código (25 de enero de 1983). Entre los elementos que caracterizan la imagen verdadera y propia de la Iglesia debemos poner de relieve sobre todo éstos: la doctrina según la cual la Iglesia es presentada como pueblo de Dios (cf. Lumen gentium cap. 2), y la autoridad jerárquica como servicio (cf. Ibid. cap. 3); la doctrina que contempla a la Iglesia como comunión, y que, por lo mismo, determina las relaciones que debe haber entre las Iglesias particulares y la universal, entre la colegialidad y el primado; además, la doctrina según la cual todos los miembros del pueblo de Dios, cada uno a su manera propia, participan de la triple misión de Cristo: sacerdotal, profética y real. Con esta doctrina se conexiona también la que se refiere a los deberes y derechos de los fieles, y particularmente de los laicos; y, finalmente, el empeño que la Iglesia debe poner en el ecumenismo.
Y poco antes, en la misma constitución, expresa la diferencia entre lenguaje teológico y jurídico sobre la Iglesia, reconociendo la dificultad para traducir aquél a éste. Aun cuando sea imposible traducir perfectamente a lenguaje canónico la imagen de la Iglesia descrita por la doctrina del Concilio, sin embargo el Código debe encontrar siempre su punto principal de referencia en esa imagen cuyas líneas debe reflejar en sí según su propia naturaleza, dentro de lo posible.

En la palabra comunión, escrita frecuentemente en griego o en latín, entrecomillada o subrayada para indicar su originalidad cristiana, se condensa la conciencia propia de la Iglesia; por tanto, para su definición y descripción debemos acudir a sus documentos; es decir, como en el caso del colegio episcopal, no podemos sin más utilizar los términos acuñados ya con un contenido concreto. La comunión es una noción muy estimada en la Iglesia antigua (como sucede también hoy particularmente en el Oriente). Su sentido no es el de un afecto indefinido, sino el de una realidad orgánica, que exige una forma jurídica y que, a la vez, está animada por la caridad.

La noción eclesial de "communio" contiene perspectivas teológicas, espirituales, pastorales, canónicas y también sociales. En ella se refleja la naturaleza de la misma Iglesia, que imita el misterio del Verbo encarnado, según una analogía frecuente en la eclesiología católica. Esta estructura de la comunión eclesial debe ser tenida también en cuenta, obviamente, al tratar sobre el sentido y el funcionamiento de los consejos diocesanos.
La Iglesia es misterio de comunión. Su existencia está marcada por la "communio". Esta condición vital debe manifestarse en las diversas perspectivas de toda comunidad cristiana, ya que es su ley profunda. Si se permite la expresión, la comunión es como el "genoma" de la Iglesia, que contiene la totalidad de la información genética. Aquí hallamos un núcleo poderoso en cuya onda quedan incluidas y afectadas todas las realidades de la Iglesia. No es un aspecto parcial, sino una dimensión constitutiva; podríamos designar la "comunión" como un "trascendental" de la Iglesia. Precisamente por esto comprendemos que sea una noción tan densa y compleja.
Incluye aspectos diferentes; su espectro parte de la unidad en la fe, la esperanza y el amor cristianos, sellados sacramentalmente por el bautismo, que crea la situación básica de la comunión; se refuerza por la participación en la Eucaristía, que está esencialmente orientada a la "unitas Ecclesiae", y se rehace por el sacramento de la conversión que reconcilia con Dios y con la Iglesia; se traduce socialmente en la "collecta" de bienes para los necesitados, y en el intercambio de dones ofrecidos y recibidos en reciprocidad abierta y confiada; esta comunión está presidida, visiblemente fundada y eventualmente defendida por los obispos, cuyo centro de unidad es el obispo de Roma. La comunión eclesial tiene raíces trinitarias; se realiza en los ámbitos de la "communio fidelium", "communio Ecclesiarum", y "communio hierarchica". La Iglesia es comunión en el misterio de Dios revelado en Cristo; y está abierta a la unidad de los discípulos del Señor en la Iglesia católica, al ecumenismo, al diálogo interreligioso, a la solidaridad con todos los hombres como fermento de reconciliación y de paz, y a la "communio sanctorum" en la patria del cielo, que ya se anticipa en la Iglesia peregrinante. Los trabajos de los organismos diocesanos no deben perder de vista estas grandes orientaciones, insertas en la misión de la iglesia, para no encerrarse en problemas de organización o de corto horizonte. La Iglesia respira hondamente cuando el ámbito es abierto, sano y ancho. Pocas expresiones eclesiológicas hay tan ricas como la de comunión. La Iglesia es sin más comunión, paz, caridad, fraternidad. Estos términos son designaciones frecuentes de la Iglesia en los documentos antiguos cristianos.

Se comprende fácilmente, a la luz de lo que terminamos de decir, que la misma existencia cristiana, que toda vocación específica, que los diferentes ministerios y carismas, que las diversas acciones a través de las cuales la Iglesia vive y cumple su misión, que la Iglesia en su interior y en su proyección apostólica, que su constitución profunda y sus organismos pastorales... lleven el sello de la comunión con el Señor y entre los discípulos. Nada debe escapar a este troquel moldeador. Así como ser hombre es en realidad ser "co-hombre", ser cristiano es realmente ser hermano.

2.- Fundamentos sacramentales de la participación en la Iglesia

La actividad de los consejos diocesanos (presbiteral, pastoral, de asuntos económicos, etc) es una manera notable de participar en la vida y misión de la Iglesia. Participar es vivir consciente y fraternalmente la pertenencia eclesial; no equivale a intervenir públicamente en la asamblea; la participación acontece también con la escucha atenta y la colaboración callada; no siempre participan realmente más los que más hablan, aunque sí ocupen mayor tiempo.

La naturaleza, composición y funcionamiento de los consejos plasman el dinamismo de la comunión. Aunque todo organismo de participación y corresponsabilidad precisa unos estatutos, la razón de ser, el sentido y el alcance de la responsabilidad de cada miembro en los consejos diocesanos procede de la concepción católica de la Iglesia. No bastan las normas generales de funcionamiento de grupos sociales semejantes, pues la comunión posee unos ingredientes peculiares.

Con formula feliz escribió hace bastantes años J. Hamer, que por estar en el origen de la perspectiva conciliar, recuperada en el retorno de las fuentes, nos puede ayudar a practicar una adecuada hermenéutica: ALa unanimidad de la Iglesia vivida en la comunión no reposa ante todo en la prudencia de los jefes, la sagacidad de los teólogos, el valor de los organizadores, la fuerza con la cual es transmitido el mensaje, la estricta aplicación de una disciplina universalmente aceptada. Ella reposa sobre el Espíritu... El Espíritu Santo como lazo de unión de cada cristiano con Jesucristo y con el Padre, y como vínculo de unidad de los cristianos entre sí, aunque no aparezca en ningún artículo de los estatutos de los consejos diocesanos, está presente a través de la confianza de los miembros participantes en su actuación, y en la disponibilidad a reflexionar al resplandor de su luz.

La doctrina conciliar sobre la Iglesia remite al Espíritu Santo en momentos culminantes, en que parecería humanamente una ilusión la concordia de actuaciones de sujetos con responsabilidades diversas no simplemente subordinadas sino realmente originales. Recuerdo algunas: El Espíritu Santo conduce a la Iglesia a la verdad total (cf. Jn 16,13), la une en la comunión y el servicio, la provee y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos. Entre carisma e institución no vige la contraposición que pensó el liberalismo teológico de otro tiempo ni tampoco el sometimiento pasivo de aquél por ésta, ya que el mismo Espíritu está en el origen y en la actuación de ambos. En este Colegio los obispos, respetando fielmente el primado y preeminencia de su cabeza, ejercen el poder que les es propio para el bien de sus fieles e incluso de toda la Iglesia, porque el Espíritu Santo consolida constantemente su estructura orgánica y su concordia. Primado y colegialidad son como dos focos de una elipse, que no pueden ser reducidos a diversidad sin concordia ni a unidad sin comunión. La diferencia que estableció el Señor entre los ministros sagrados y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la unión, pues los pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por recíproca necesidad. Todos rendirán un múltiple testimonio de admirable unidad en el Cuerpo de Cristo. Pues la misma diversidad de gracias, servicios y funciones congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque todas estas cosas son obra del único e idéntico Espíritu (1 Cor 12,11). La intersección de la condición de miembros del cuerpo de Cristo y de beneficiarios de diversos carismas otorgados por el mismo Espíritu hace que no se excluyan sino que más bien se necesiten mutuamente todos en la unidad y la diversidad.

El recurso al Espíritu Santo no es una salida por la tangente ni una apelación al misterio incontrolable para fundar un poder y negar otro. Nuestra cultura dominante experimenta dificultad para comprender que las diversidades no tienen por qué degenerar necesariamente en discriminación ni contraposiciones ni menos en recíproca exclusión; las diversidades legítimas son más bien oportunidad de complementariedad y enriquecimiento mutuo. También resulta actualmente de difícil comprensión que la libertad no consista en hacer cada uno su "real gana" sino en realizar la verdad del propio ser en el amor. El individualismo no es lo mismo que la personalización. Tanto aquel igualitarismo como este individualismo dificultan no sólo la comunión eclesial sino también la misma convivencia democrática en la sociedad.

En nuestra cultura se confunden frecuentemente la tolerancia y el respeto a las personas que piensan y actúan de manera distinta con la indiferencia en relación con la verdad. Porque haya homosexuales en ejercicio no se puede pretender que tal práctica sea éticamente bien estimada y que la Iglesia renuncie a su valoración moral, por ejemplo. El relativismo es un problema muy grave de nuestro tiempo. La libertad no es una realidad absoluta en el sentido literal de la palabra; es decir, no está desvinculada de otras realidades humanas. Forma parte de una constelación de la que también son estrellas la verdad, el bien, el amor, la justicia, la solidaridad, la convivencia, la unidad, la paz... Nuestra sociedad necesita clarificar en el nuevo horizonte cultural en qué consiste la libertad verdadera, tanto en su sentido teórico como en su realización histórica, personal y social. En ocasiones se percibe que las mismas autoridades tienen miedo a ordenar más razonablemente la libertad de los ciudadanos en la sociedad.

¿No soy yo libre? Sí, pero no todo conviene. Una persona puede libremente iniciar un camino, al final del cual se haya convertido en víctima y en esclavo. Pensemos lo que ocurre con las drogas. Pretendiendo ejercitar la libertad, se puede malograr la vida. Nuestra sociedad necesita pensar más profundamente la naturaleza de la libertad humana, y procurar realizarla de manera más sapiencial y responsable. La libertad, además de estar íntimamente unida con otras realidades, se halla en el hombre siempre condicionada; ni la libertad creatural es absoluta ni el hombre es libre sin condicionamientos. La libertad no madura dejándola a su aire, sino cultivándola entre el respeto y la exigencia, entre la confianza y la autoridad, entre las motivaciones del educador y la iniciativa personal. Educar la libertad es arte y gracia de Dios. La libertad es como un campo: Automáticamente no produce buen fruto.
Nuestras sociedades sospechan de quienes, más allá de opiniones de unos y de otros, reconocen con modestia que han encontrado la verdad, que quieren vivir según la verdad y que aspiran a comunicarla a otros, como si hubiera incompatibilidad entre democracia y verdad. Pero si se consolidara una alianza entre democracia y relativismo, habría perdido la convivencia civil todo punto seguro de referencia moral; y en este dinamismo difícilmente hallaría resortes profundos para no dejarse instrumentalizar y caer en manos del poder de turno. La democracia sin valores se convertiría en una democracia que no vale, en un totalitarismo visible o encubierto. J. Habermas ha reconocido que sin Dios como fundamento es vano pretender asegurar un sentido incondicional; al margen de Dios no se halla una base moral universal y radicalmente vinculante.

Los sacramentos de la iniciación cristiana, por un lado, y el sacramento de la ordenación, por otro, estructuran básicamente la comunidad cristiana como el pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu Santo. Porque Dios se define y es Dios de paz, y no de confusión, puede haber unidad en la diversidad, verdad en la libertad y sacrificio en el amor. Estos sacramentos determinan la manera peculiar de participar cada uno en la vida y en la misión de la Iglesia, porque concretan la modalidad de ser cristianos. Lógicamente también están en la base de la forma de participar en los organismos consulta y asesoramiento del obispo en la diócesis, a través de los cuales se elabora el consejo y se prepara la decisión, que en principio sólo toma quien preside la Iglesia.

En virtud del bautismo todos los cristianos forman parte del pueblo de Dios profético, sacerdotal y real; todos reciben la gracia de la condición de hijos de Dios, de la fraternidad en Cristo y de la capacidad para participar como miembros activos en la Iglesia; todos ejercitan el sentido de la fe suscitado por el Espíritu -y cuanto más viva y cultivada sea la fe más penetrante será su sentido- y tienen la responsabilidad de testificar al Señor en medio del mundo. Existe una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y al derecho-deber de tomar parte en la construcción del cuerpo de Cristo. Nadie en la Iglesia es ciudadano de segunda categoría, nadie debe estar ocioso, a nadie se debe excluir; todos somos necesarios y nadie es imprescindible; a todos nos afecta el destino del Evangelio en nuestro mundo y todos somos invitados por el Señor a trabajar en su campo. El Concilio ha enseñado con claridad meridiana: Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección; una misma salvación, una sola fe, un amor indiviso. No hay, por consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razones de raza o nacionalidad, de sexo o condición social, pues no hay judío ni griego; no hay siervo o libre; no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gá 3,28; cf. Col 3,11). Todos somos hermanos y condiscípulos, siendo Dios el único Padre y Jesús el único Maestro (cf. Mt 23,8-12).

Nada en la Iglesia debe socavar la fraternidad cristiana, la auténtica igualdad, la común dignidad. Por el bautismo en el agua y el Espíritu Santo hemos renacido en Cristo; naciendo de lo alto hemos nacido de nuevo (cf. Jn 3,3-8), para como niños sin malicia formar un templo espiritual siendo Cristo la piedra angular (cf.. 1Pedro 2,1 ss).
Esta condición compartida por todos los cristianos no es incompatible con vocaciones diferentes, responsabilidades peculiares, servicios diversos y variados ministerios recibidos sacramentalmente en orden al bien común de la Iglesia. Estas diferencias no rompen la fraternidad, ya que la Iglesia no es una masa amorfa sino un cuerpo organizado. Aunque algunos por voluntad de Cristo han sido constituidos maestros, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, sin embargo, vige entre todos una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y la actividad común a todos los fieles en la construcción del cuerpo de Dios. Pues la distinción que el Señor estableció entre los ministros sagrados y el resto del pueblo de Dios lleva consigo la unión, pues los pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por recíproca necesidad. Nadie puede prescindir de nadie, ni declarar a otros miembros sobrantes o inútiles.

El episcopado es la plenitud del sacramento del orden y la cumbre del ministerio sagrado. Por la consagración sacramental y por la comunión jerárquica con la cabeza y los demás miembros uno es incorporado al colegio de los obispos, es incardinado en la sucesión apostólica, preside una Iglesia local, y recibe la misión correspondiente de enseñar, santificar y regir a su Iglesia, a la que representa en la communio Ecclesiarum. Este ministerio otorga la autoridad de Cristo para servir a sus hermanos. Potestas y ministerium, exousía y diakonía son inseparables, porque están fundadas en Jesús, Señor y Servidor, Señor en la forma de Siervo (cf. Jn 13,12-16; Fil 2,5,ss).

La sucesión apostólica es un ingrediente, por tanto, de la comunión que se realiza y despliega en la Iglesia particular. Es la acreditación que garantiza aquí y ahora la autenticidad de la tradición recibida de Jesús por los apóstoles, de la palabra y del sacramento como síntesis de la herencia cristiana..

Los presbíteros son, como dice la plegaria de ordenación, próvidos, solícitos y honrados colaboradores del orden episcopal. En cada diócesis forman un presbiterio, presidido por el obispo, para cooperar con él presidiendo el servicio pastoral de las comunidades cristianas. Hay una alteridad insustituible en la Iglesia, que el canon romano expresa con estas palabras: nosotros tus siervos y todo tu pueblo santo. La colaboración institucionalizada y representativa de los presbíteros con el obispo se lleva a cabo a través de un consejo que con el asesoramiento puede ayudar eficazmente en el gobierno pastoral de la diócesis.Como el seminario es el ámbito donde se gesta el presbiterio de la diócesis, el candidato debe ir conformando su persona con las actitudes de Jesús el Buen Pastor y también debe asimilar la dimensión fraternal del ministerio sacerdotal.
La comunión de la Iglesia local, fundada en la tradición apostólica, recibe el sello de la autenticidad por el ministerio del obispo que está en comunión con los demás obispos y particularmente con el obispo de Roma. En la realización diaria de la comunión dentro de la diócesis los presbíteros presiden enviados por el obispo las diversas parroquias y comunidades, son ministros de comunión en todas las direcciones: Con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; y en otro orden con el obispo, el papa, los demás presbíteros y los fieles que les han sido confiados.

Este dato teológico de la comunión ministerial y la igualdad básica, fundada en el bautismo, son los cimientos sobre los cuales se constituyen los consejos diocesanos.
San Agustín utilizando fórmulas diferentes expresó reiteradamente la gracia de la fraternidad y la responsabilidad del ministerio: Con vosotros cristiano, para vosotros obispo; para vosotros vigilante, con vosotros custodiado por quien vela sobre Israel; para vosotros maestro, con vosotros condiscípulo; para vosotros pastor, con vosotros apacentado por el único Pastor.
El ministerio presbiteral es constitutivamente servicio de comunión en la Iglesia. En diversos momentos de la ordenación sacramental se hace referencia a esta clave insustituible del presbiterado; la lex orandi manifiesta la lex credendi y señala el camino de la lex vivendi. El presbítero es colaborador del obispo y es miembro del presbiterio diocesano.

El despliegue cotidiano de su ministerio consistirá en apacentar a los fieles, animando y haciendo converger en la vida y en la misión eclesiales, la pluralidad de carismas, de edades, de sensibilidades culturales, de legítimas opciones políticas, etc. Ejercitar el ministerio presbiteral en la situación presente, donde la pluralidad es notable, requiere generosidad de espíritu, claridad en el fundamento que es Jesucristo, confianza en las personas para no pretender controlar meticulosamente todo y lucidez para distinguir lo que con su elocuencia habitual formuló san Agustín: In necessariis unitas, in dubiis libertas, in ómnibus cáritas. Unidad auténtica y sincera en lo que requiere la fe y la misión, respeto a la libertad de elegir entre lo opcional, y en todo amor de los hermanos, comunicación abierta, diálogo constructivo, búsqueda conjunta de soluciones, preferencia del humilde caminar juntos al aislamiento genial.

La realización concreta del presbiterado como ministerio de comunión reclama que el sacerdote se sitúe adecuadamente en su lugar, sin acaparar lo que se debe compartir y sin abdicar de lo que constituye su misión específica. Esto comporta muchas cosas, cuando se entra en la complejidad de la vida diaria. El presbítero en su actividad pastoral debe reconocer, promover y suscitar, sostener y sustentar, agradecer generosamente, animar con espíritu cristiano... la colaboración de los seglares y personas consagradas. No es necesario recordar que debe asumir honradamente actitudes democráticas y comportarse como leal ciudadano.

Por lo que se refiere a la ayuda que la Iglesia, cuya naturaleza es de orden religioso, procura prestar a la edificación de la sociedad, es muy importante que se respete el ámbito peculiar de cada vocación cristiana. El presbítero deberá renunciar a formas concretas de militancia, dejando este espacio a los seglares, a fin de poder ser ministro de comunión entre quienes legítimamente han hecho opciones diferentes, y por esto no deben ser ni privilegiados ni discriminados en el interior de la Iglesia. La comunidad cristiana debe ser hogar abierto, ya que para Dios nadie es extranjero. El servicio inapreciable de la unidad puede exigir esta renuncia y expropiación interior del sacerdote y del obispo.
El sacerdote debe cuidar la participación activa, espiritual y pastoral en los organismos de comunión de la Iglesia local, como son las reuniones de arciprestazgos, los consejos diocesanos, etc. Si se hacen con sobriedad y mutuo respeto, no es buen indicio la ausencia sistemática.

Necesita cultivar la amistad entre los compañeros de ministerio y la fraternidad con sus fieles cristianos; la amistad es un factor muy importante de equilibrio personal, de consuelo, de apoyo, de aliento, de esperanza. La amistad es un descanso inestimable de las personas. En las relaciones con los demás se requiere ofrecer y recibir, compartir confiadamente lo que somos y tenemos. El sacerdote debe combinar sabiamente la dimensión servicial (ser para los demás) y la dimensión fraternal (estar con los otros). Sería inhumano vivir siempre en la tensión de tener que rendir esforzadamente y no descansar en la amistad, la comprensión, la distensión con quienes le conocen personalmente, le aceptan como es, le perdonan y le quieren.

3.- Dinamismo organizativo de la comunión en la Iglesia local.

En la fuente bautismal han nacido a la madre Iglesia sus hijos. Lo que la Iglesia es se manifiesta particularmente en la asamblea eucarística. Aquí la Iglesia pasa a ser lo que recibe: Cuerpo de Cristo y comunión orgánica en el Señor(cf. 1 Cor 1,10 ss.; 11,17 ss.; 12, 1ss.). Pero esta koinonía tiene un dinamismo comunional histórico y social; por ello, la Iglesia local despliega múltiples actividades caritativas y sociales y una red de organismos de comunicación y corresponsabilidad. Las instituciones canónicamente establecidas en la Iglesia local regulan y garantizan el ejercicio necesario de esta sinergia comunitaria... Lo encarnan y lo fijan en unas formas de tipo sinodal... Estas instituciones variadas hacen pasar al plano de la estructura eclesial lo que la sinaxis manifiesta en el plano sacramental y sacerdotal. En efecto, la estructura asegurada así forma el esqueleto jurídico, normativo y declarado oficialmente necesario que regula la vida de la Iglesia local para que siga siendo conforme con su naturaleza. Por tanto, es la naturaleza de la Iglesia local la que decide, explica y suscita la red de organismos o de instituciones en las que actualiza el dinamismo comunional que constituye la trama de su existencia.

A la luz de lo dicho arriba se comprende que la Iglesia no sea una democracia en el sentido que la define la doctrina política como forma de gobierno según la cual la soberanía emana del pueblo. La forma de participación propia en la vida y misión de la Iglesia no es la democracia ni la autocracia. No es su imagen referencial unos pocos que mandan y una masa que está sometida; ni tampoco un gobierno de autogestión. La Iglesia entera, ministros ordenados sacramentalmente y comunidad, estamos bajo la autoridad de la Palabra de Dios y de los Sacramentos; nadie en la Iglesia está autorizado para moldearla democráticamente. Ella no se da su constitución ni como ley fundamental ni como pretexto, es decir, como realidad social previa que se expresa en una carta magna; consiguientemente, tampoco puede decidir por sí misma su forma de gobierno. La Iglesia es fundación divina en el acontecimiento integral de Jesucristo, en sus palabras y obras, en su muerte y resurrección que colma con su presencia como Hijo de Dios encarnado una promesa y que a su vez abre a una plenitud. Al hilo de la historia la Iglesia debe incorporar a su forma de vivir, organizarse y de evangelizar las aportaciones de la cultura que le abran posibilidades para responder auténtica y creativamente a los signos del tiempo; por esto su credibilidad en medio de una cultura tan vigorosamente democrática como la nuestra le pide que abra cauces a la participación de todos, que es la inspiración radical de la democracia. Como hijos de nuestro tiempo apreciamos la democracia, la defendemos y queremos enriquecerla; pero no es bueno quedar deslumbrados por ella, identificarla con la única forma humanamente adulta de participación y menos convertirla en tribunal de la Iglesia y en criterio de la corresponsabilidad en su interior. La familia y la escuela, por ejemplo, no son democráticas; y sí deben ser respetuosas con cada persona y su propia manera de participar. Hay aspectos de la democracia moderna que la Iglesia no puede ni le conviene por su misma naturaleza recibir: Partidos políticos, división de poderes, citas electorales para alcanzar de los votantes el apoyo mayor posible y la correspondiente cota de poder, campañas reforzadas por los medios de comunicación social y los intereses que los mueven, decisión por mayorías etc. La Iglesia, busca el consenso como signo de comunión; y si no existe es señal de que la cuestión no ha madurado suficientemente todavía. Es a este respecto también orientativo la manera de proceder del Vaticano II, que aguardó a que maduraran y convergieran los pareceres de los Padres Conciliares.

Es bueno contemplar los organismos diocesanos como expansión y realización de la comunión eclesial, que tiene su corazón en la Eucaristía, sus raíces en la Trinidad santa, fuente e imagen de la Iglesia, y su sentido en el servicio del Evangelio. Cuando tratamos acerca de los consejos diocesanos y parroquiales, pasamos al campo estructural y organizativo de la comunión; no salimos de ella. Por eso se comprende que el obispo, que preside la Iglesia local y la Eucaristía, sea el presidente nato también de los consejos. A propósito del párroco puede decirse otro tanto en lo correspondiente a su ámbito de responsabilidad sacramental y comunitaria.

Si tenemos presente que a una época se la puede conocer por las palabras que usa y privilegia y también por las que evita, resulta instructivo recoger las palabras que desde el Concilio, -que orientó sus trabajos volviendo a las fuentes de la tradición eclesial, y a las necesidades pastorales del mundo moderno-, y en el postconcilio se han venido utilizando para expresar el amplio campo de la comunión eclesial, siendo cada término como una estrella dentro de una constelación. He aquí una lista larga, pero ciertamente incompleta: Comunión, comunidad, comunicación, colegialidad, corresponsabilidad , participación, codecisión, codeterminación, colaboración, cooperación, coordinación, conciliaridad, sínodo, sinodalidad, coetus Ecclesiarum, coetus episcoporum, conferencia episcopal, consenso, concordia, convivencia, consejos, concelebración, asamblea, reunión, reciprocidad, circularidad, común dignidad, solidaridad, intercambio de dones, compartir, etc. Esta actividad del lenguaje, donde han aparecido numerosos neologismos, refleja cómo la communio posee gran fuerza expansiva y conformadora y cómo es un foco de atracción teológica, espiritual, pastoral, canónica y social. Por supuesto, el alcance de cada expresión debe ser aquilatado con precisión para evitar confusiones al ser utilizada.

En principio los miembros de los consejos diocesanos participan en las orientaciones sobre la misión de la Iglesia local discerniendo juntos, elaborando en reflexión abierta el consejo que transmitirán al obispo, quien debe tomar la decisión final; es decir, ejercen una función consultiva, que es una forma real e importante de colaborar. Antes de decidir, el obispo debe escuchar, consultar, deliberar, debatir, purificar el corazón de intereses torcidos, pedir a Dios el acierto en la decisión... Y después adopta la determinación con libertad y confianza. Un consejo no es sin más la suma de sus miembros; es una corporación consultiva, un cuerpo organizado y estable; por eso, el parecer decantado tiene un peso particular en la decisión que adoptará el obispo.

La participación en los consejos diocesanos requiere un aprendizaje; dado que la mayor parte de ellos son de reciente creación, nos encontramos probablemente todavía en fase de experiencias y asentamiento. Aunque los estatutos hayan pasado ya la etapa de aprobación ad experimentum, quizá debamos crecer todavía en actitudes de participación y afianzar los comportamientos de la colaboración y del trabajo conjunto.

Tenemos delante muchos retos que superar hasta que los consejos cumplan plenamente la función para la que han sido pensados, creados y constituidos. Existe el peligro de la desconfianza en su utilidad; la reserva interior frena la participación; y la desgana introduce languidez; y el funcionamiento anémico desacredita la institución. Necesitamos cultivar también la espiritualidad de la comunión y de la responsabilidad para contribuir con alma a la marcha de las cosas que a todos nos afectan. Lo contrario de la participación realista es la auto-exclusión desalentada.

De otras partes pueden venir también las dificultades. Se necesita que exista una comunicación fluida entre los representados y los consejeros; que se colabore con la palabra libre y la escucha atenta; que no se pierda el respeto entre los miembros y el clima de serenidad e incluso de cordialidad, ya que una dimensión de la comunión eclesial es el afecto. También puede ocurrir que los aspectos formales y de reglamento encorseten la actividad de los consejos; que el obispo sea alérgico a su vitalidad, o que sea excesivamente aconsejado, es decir, marcado muy de cerca por los consejos.

Cada consejero debe asumir su propia responsabilidad, llamada a hacer cuerpo con la de los demás. El miembro del consejo no es sólo portavoz de los representados; sin dejar de serles leal, puede opinar personalmente en presencia de las cuestiones que surjan y de las intervenciones que tengan lugar. Los consejeros tienen como punto de mira el bien pastoral de la diócesis; conviene que tengan la confianza de que su parecer ayudará a dilucidar las cuestiones planteadas y a madurar las decisiones que se adopten; deben mantenerse honradamente en los límites de su responsabilidad, que es aconsejar en lo que se les consulta; no deben condicionar los dictámenes, introduciendo cuestiones que desbordan el campo de actuación de los consejos y hasta el de la autoridad episcopal.

Es oportuno que no se mida la eficacia de los consejos diocesanos por los documentos elaborados y por los consejos transmitidos al obispo. El encuentro con los hermanos, la escucha recíproca, la información de la vida diocesana, la experiencia de comunión con el obispo y con los demás miembros, la búsqueda de respuesta a las cuestiones planteadas, el ejercicio de la corresponsabilidad .... son frutos valiosos en sí mismos. Los participantes en asambleas del Sínodo de los Obispos han subrayado constantemente cómo el clima de comunión, y la misma participación, deben ser tenidos muy en cuenta a la hora de evaluar los resultados del Sínodo. Estos no se reducen a los proposiciones entregadas al Papa. Podemos experimentar también en los consejos lo que cantamos en el salmo: Ved qué dulzura, qué delicia, /convivir los hermanos unidos (Sal 132.1). Comenta San Hilario: Es tan gozosa porque esta convivencia es fruto de la asamblea eclesial; se los llama hermanos porque la caridad los hace concordes en un solo querer. Leemos que, ya desde los orígenes de la predicación apostólica, se observaba esta norma tan importante: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo (Act. 4,32). Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos hermanos bajo el mismo padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu, todos concurriendo a una misma casa de oración, todos miembros de un mismo cuerpo que es único.

Existe una queja, de vez en cuando repetida, que intermitente bota y rebota, a propósito de los sínodos y de los consejos, en los diversos niveles de la realización de la Iglesia, a saber, el carácter sólo consultivo. Algunos piensan que si fueran deliberativos, adquirirían entonces su madurez, propia estatura y plena eficacia; pero como son únicamente consultivos, producen insatisfacción y participación desganada.

En ocasiones se formula la siguiente disyuntiva: Si el consejo es consultivo, quien preside la diócesis puede convertirlo en papel mojado; pero si es deliberativo, el presidente debe someterse también a la decisión adoptada. Si sólo es consultivo, los miembros se sienten desmotivados y escasamente estimulados a favor de la participación; en cambio, si es deliberativo, el presidente tendrá el temor de ser privado de su propia responsabilidad. Llama la atención que en este planteamiento la clave es siempre el poder, o el poder poseído o el poder deseado. Aunque la disyuntiva pudiera tener una lógica desde la categoría del poder no responde ciertamente a la comunión eclesial, que es una realidad orgánica y consonante con la naturaleza sacramental de la Iglesia. Esta forma de discurrir congela el dinamismo de la comunión. No podemos reducir la comunión a términos de poder, de derecho, de disciplina, ni de cortesía. ¿Son necesariamente los consejos voz de su amo o voz de otros amos? ¡Qué distinta la exhortación de S. Pablo: "Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano" (Ef 5,21).

¿Se supera la disyuntiva a través de lo que a veces se llama la co-decisión? Consistiría ésta en que todos, presidente y consejeros, se implican en un proceso de discernimiento, aportando cada uno su punto de vista, incluso teniendo particular atención a las intervenciones del presidente, de modo que el resultado final reflejaría la opinión compartida, también por el presidente, y así todos conjuntamente han adoptado una determinación, han co-decidido y están vinculados por la decisión.

No se trata de parcelar el proceso que desemboca en la adopción de una determinada decisión, como si en la Iglesia unos tuvieran la función de informar, otros de aconsejar y otros de decidir, sino de entender todo el proceso como responsabilidad de todos, participando cada cual del modo que le es propio. Una decisión eclesial bien tomada supone un proceso de consulta y elaboración. La verdad (entendida en este caso como decisión pastoral) no puede concebirse de modo independiente a su proceso de búsqueda. El nudo de la cuestión está en la aceptación de la fuerza vinculante intrínseca del voto consultivo.
Es verdad que los instrumentos y procesos de diálogo y de búsqueda de consenso pueden ser mejorados; es verdad que se debe reflejar también aquí el que la Iglesia es un cuerpo con diferentes carismas y servicios; también es verdad que en muchas ocasiones este dinamismo de elaboración de la decisión puede ser aconsejable y excelente; es verdad que la fraternidad cristiana orienta al consenso. Pero establecer la co-decision como principio significaría desorganizar el cuerpo eclesial y desarticularlo, comportaría diluir la autoridad ministerial y privar a la Iglesia diocesana, al menos en algunos aspectos, del refrendo de la autoridad apostólica. Es muy difícil poder prescindir de dos momentos diferentes en el proceso de discernimiento, a saber, el de la elaboración de la decisión (decision making) y el de la toma de decisión (decision taking).

Nos parece acertado reconocer que el nudo de la cuestión está en la aceptación de la fuerza vinculante intrínseca del voto consultivo, ya que la autoridad episcopal está también inserta en la comunión eclesial.

Juzgamos muy razonable la respuesta del card. Daneels a una pregunta sobre el carácter sólo consultivo del Sínodo de Obispos, que mudado lo mudadero, podemos aplicar también a los consejos diocesanos. Estas son sus palabras: "Pienso que la diferencia entre consultivo y deliberativo no es tan grande. Si, por ejemplo, un Sínodo expresa por unanimidad cierto propósito, el Papa, aunque sigue siendo libre de decidir, tendría una indicación clara de lo que sugiere el sensus fidei de la Iglesia. En un caso de este tipo, el consejo que da el Sínodo tendría prácticamente una fuerza deliberativa. Por otra lado, hay algunos que dicen que debe darse al sínodo poder deliberativo, así la mayoría, digamos el 55% contra el 45% puede decidir. Pero en la Iglesia no se toman las decisiones por mayoría. Se requiere un consenso amplio. Si la orientación apoyada por la mayoría numérica no recibe este consenso, hay que reconocer que la decisión no está madura, que es mejor esperar".

4.- Espiritualidad de comunión

Ninguna institución (tanto democrática como comunional) puede funcionar adecuadamente si sus miembros no entran en la lógica interna que la inspira o si de cualquier detalle se toma ocasión para obstaculizar su vitalidad. La búsqueda de la concordia profunda debe guiar a todos. Sin generosidad de espíritu en quien preside y en quienes colaboran en el consejo todo quedaría como encallado.

Es particularmente importante que las actitudes cristianas de la comunión impregnen a todos. Sin obediencia a Dios, sin apertura a su Espíritu, sin voluntad sacrificada de servir al Evangelio, sin amor de la unidad de la Iglesia, sin purificación interior del egoísmo, del orgullo, del afán de poder y de intereses extraños, sin el reconocimiento generoso de otros carismas y servicios en la Iglesia..., ni preside cristianamente el obispo ni colaboran cristianamente los consejeros. Si la prudencia jurídica establece normas precisas para la participación, la espiritualidad de comunión es como el alma de la estructura institucional.

Juan Pablo II en la carta apostólica Novo millenio ineunte (6 de enero de 2001), por la que invita a la Iglesia a entrar confiadamente en el nuevo milenio, ha señalado algunas orientaciones mayores para los trabajos pastorales en las diócesis. Pues bien, una de ellas es la espiritualidad de comunión, o de otra manera, la sintonía con el Espíritu del Señor en el funcionamiento de los órganos de corresponsabilidad, ya que sin el aceite del Espíritu chirrían los engranajes. Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión éste es el gran desafío que tenemos entre nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo (n. 43). La unidad es testimonio y fuerza en la evangelización; la división, en cambio, debilita la misión y es anti-signo del Evangelio. A través del ejercicio genuino de la comunión eclesial responde la Iglesia a su modo a la aspiración legítima de participación que caracteriza a nuestra cultura.

Permítaseme continuar citando la carta del papa: "Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de comunión significa ante todo una mirada del corazón, sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como uno que me pertenece, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: Un don para mí, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber dar espacio al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Gál 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias (n. 43). La espiritualidad de la comunión arraiga en la vivencia del misterio de la Trinidad, en la incorporación al Cuerpo de Cristo, en la destinación de todos los carismas al bien común de la comunidad eclesial y en la fraternidad cristiana.

El libro del Eclesiástico (37,7-15) enseña a discernir entre los buenos y malos consejeros, entre los que merecen ser escuchados y los que pueden ser una trampa. No es buen consejero el que aconseja en provecho propio y hay que tomar precauciones del que tiene intereses en lo que se le solicita asesoramiento; por supuesto, no aconsejará bien quien hace causa común con el enemigo del aconsejado. Es consejero de fiar, en cambio, el que ajusta su vida a los mandamientos de Dios, ya que se produce existencialmente una sintonía entre conducta y modo de pensar, y está dispuesto a sufrir con la persona que le pide su parecer. Quien debe tomar una decisión necesita auscultar sinceramente su corazón y por encima de todo debe pedir al Altísimo que dirija sus pasos en la verdad.

Aconsejar es un elemento no facultativo de la vida cristiana, ya que tiende a edificar la comunidad eclesial en su caminar cotidiano y en sus proyectos de futuro. El consejo, que es don del Espíritu Santo, y no sólo ejercicio de ponderación y prudencia, es un esfuerzo de fidelidad para escuchar aquí y ahora la voz de Dios y seguir su designio salvífico en la vida y en la misión cristianas.

Apoyándose en la doctrina de la Iglesia sobre el don de consejo, un obispo de nuestro tiempo, el anterior arzobispo de Milán, ha formulado de manera sugerente algunas condiciones del buen consejero. El consejero en la Iglesia debe poseer la comprensión amable de la complejidad de la vida en general y de la eclesial en particular. Los consejeros y los consejos rígidos, sin misericordia, incluso quizá bajo pretexto evangélico -lo pide el Evangelio, por tanto hay que hacerlo- carecen de esta cualidad fundamental, que es la comprensión de la miseria humana, de la gradualidad. Aconsejar no es un acto puramente intelectual; es un acto misericordioso que intenta mirar con amor la extraña complejidad de las situaciones humanas concretas. El consejero debe tener un gran sentido del consejo como don; y como es don, se pide en la oración y no se debe presumir de poseerlo. Por ser don, no podemos pretender dominarlo, ya que no procede de nosotros sino que es un regalo. El consejo no es un arma de que puedo servirme para poner contra el muro a los otros. Es la misericordia de la acción de Dios en mí. Pasa, es verdad, por mi racionabilidad -la prudencia es la racionabilidad del obrar- pero pasa a través de la moción amorosa, humedecida del Espíritu Santo produciendo sensibilidad, confianza, caridad. Aconsejar es, por otra parte, un momento de creatividad, que supone investigación detenida de las condiciones presentes y atención a otras experiencias y soluciones.

Cuando los consejos son serios, sopesador y convergentes; cuando son emitidos desde la fe en el Señor y el amor a la Iglesia, cuando derivan de la escucha vigilante del Espíritu y de la responsabilidad en la misión cristiana, entonces quien debe adoptar la decisión no puede considerarlos como meramente opcionales.

El Papa invita a ampliar los espacios eclesiales de la corresponsabilidad, por una parte, y, por otra, señala la espiritualidad de comunión como el secreto fecundo del ejercicio de la participación. ALos espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella la comunión ha de ser patente en las relaciones entre obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores y todo el pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales. Para ello se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos por el Derecho Canónico, como los Consejos presbiterales y pastorales (n. 45). Y esto escribe sobre la necesidad de informar espiritualmente los cauces de colaboración: No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento (n. 43).

Concluyamos nuestras consideraciones sobre la función consultiva en la Iglesia afirmando diciendo que el proceso de recepción del Concilio Vaticano II, del cual una clave fundamental de lectura es la comunión, va adelante, entre tanteos, logros y dificultades. El Papa nos invita a ampliar y reforzar los ámbitos eclesiales de la comunión y de la corresponsabilidad; no nos cansemos de aprender de la vida en comunión y no pongamos sordina a este extraordinario impulso de renovación eclesial. ¡Que la Iglesia acierte a establecer la mediación satisfactoria tanto para la comunión con su originalidad cristiana como para la sensibilidad participativa de nuestra sociedad!