Monición
a la oración
Hay nombres que no se ponen porque sí. Claramente podemos verlo en
la Palabra de Dios, donde en numerosas ocasiones, el nombre de una persona
designa su realidad íntima o el acontecimiento más destacado
de su vida. Pasa así, por ejemplo, con Moisés, que significa
“sacar fuera del agua”, o con el mismo Jesús, que es
“Dios salva”. De la misma manera, el nombre de este nuevo espacio
que surge por primera vez en la diócesis de Huelva, no es accesorio
o accidental: trata de evidenciar lo más profundo de su razón
de ser, el deseo por el que nace y la misión que está llamado
a cumplir.
Lc.
8,19-21: “mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra
de Dios y la cumplen”. He aquí la Iglesia: ese conjunto de
mujeres y hombres que, tras enamorarse de la Palabra, quieren vivirla y
hacerla llegar a todos. Así, la Iglesia nos convertimos en la familia
de Dios, en “su madre y sus hermanos”. Una familia que se reúne,
se encuentra, se conoce, busca junta la voluntad del Padre y celebra la
presencia de Dios en medio de ella. Una familia, un hogar, una casa donde
las puertas están abiertas, en la que conviven todos, independientemente
del estado, carisma, servicio o actividad que realicen.
“Casa para la Comunión y la Vida” no es un apartado para
un sector determinado de la Iglesia. Pretende ser un lugar diocesano para
el encuentro y la reflexión tanto de religiosos como de seglares,
de parroquias como de movimientos, de sacerdotes como de matrimonios…Un
lugar donde el mayor esfuerzo será el de acercarnos más cuanto
más distinto sea nuestro modo de pensar, hacer o sentir dentro de
la gran Casa-Iglesia.
I
Cor. 11,23-27: “este es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced
esto en memoria mía…”No es tarea fácil la misión
que Jesús nos invita a hacer en su memoria, pero sí imprescindible
y urgente. El mundo y la Iglesia necesitan de esas personas que se entregan
como alimento para saciar el hambre de Dios.
“Casa
para la Comunión y la Vida”, siguiendo la insistencia de Juan
Pablo II, y desde el Pastor de la diócesis, quiere estar a tiempo
y a destiempo buscando y fomentando ámbitos para la comunión.
Espacios en los que “comulguemos” unos en otros, porque formamos
un solo cuerpo y tenemos un mismo espíritu que obra todo en todos.
Ser uno en comunión para que el mundo crea, y así saciar el
hambre de todos los que buscan de Dios su justicia. Puede parecer una empresa
ambiciosa, pero tenemos en nuestras manos todos los ingredientes necesarios
para llevarla a cabo: junto a la Palabra como guía y luz, podemos
ver cuántas iniciativas nuevas… Puede que nos falte, quizás,
aunar nuestros esfuerzos para que no se desparramen: ir conectándonos
todos los miembros unos en otros y formando un cuerpo en armonía,
sin que por ello, cada miembro deje de ser el que es.
Jn.
15,1-17: “os destiné a ir y dar fruto, un fruto que permanezca…”
Ya lo asegura la Palabra, sólo unidos como sarmientos a la vid, podremos
dar un fruto conjunto, permanente y duradero.
“Casa
para la Comunión y la Vida” sueña con ese fruto que
genera vida, y vida en abundancia (de la buena, de la que sólo Dios
nos puede dar). No podemos estar vivos solamente a ratos. O estamos vivos,
o estamos muertos. Por eso, los frutos a los que Dios nos llama, no pueden
ser esporádicos o efímeros: la vida de Dios se encuentra unida
a la Vid. Con este deseo, nos ofrecemos en una búsqueda y un esfuerzo
permanentes para poder responder a este reto evangélico: ser Casa
para la Comunión y para la Vida.
Casa:
familia de Dios,
Para la Comunión: buscando ser uno,
Y la Vida: para dar fruto en abundancia.
Un
regalo de Dios para ser construido, impulsado y gozado por todos. Y como
se suele decir entre amigos: aquí tienes tu casa para cuando quieras.
Oración
Canto:
El Señor os dará su Espíritu Santo.
Ya no temáis, abrid el corazón.
Derramará todo su amor.
El transformará hoy nuestras vidas.
Como a hijos os acogerá.
Abrid vuestros corazones a la libertad.
Monición:
Cántico:
Ez. 36,24-28
Lector: Os recogerá de entre las naciones,
os reuniré de todos los países,
y os llevaré a vuestra tierra.
Todos: Vosotros seréis mi pueblo.
Y yo seré vuestro Dios.
Lector: Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará.
De todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar.
Todos: Vosotros seréis mi pueblo.
Y yo seré vuestro Dios.
Lector: Os daré un corazón nuevo.
Y os infundiré un espíritu nuevo.
Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.
Todos: Vosotros seréis mi pueblo
Y yo seré vuestro Dios.
Lector: Os infundiré mi espíritu,
y haré que caminéis según mis preceptos,
y que guardéis y cumpláis mis mandatos.
y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Todos: Vosotros seréis mi pueblo
Y yo seré vuestro Dios.
Lectura: Rm. 12,1-5
“Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que os ofrezcáis
como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser vuestro auténtico
culto. No os acomodéis a los criterios de este mundo: al contrario,
transformaos, renovad vuestro interior, para que podáis descubrir
cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada,
lo perfecto.
Os digo además, a todos y cada uno de vosotros, en virtud de la gracia
que Dios me ha confiado, que no os estiméis más de lo debido:
que cada uno se estime en lo justo, conforme al grado de fe que Dios le
ha concedido. Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros
y no todos los miembros tienen una misma función, así también
nosotros aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a
Cristo, y somos miembros los unos de los otros.”
(Palabras del Obispo)
Presidente:
Acudamos a Dios, Padre de todos y presentémosle nuestra búsqueda,
nuestros sueños y nuestro trabajo, para que nuestras vidas sirvan
a la edificación de su Reino.
Preces:
Por
toda la Iglesia, para que sea verdaderamente “Casa y escuela de Comunión”,
y así responda fielmente al designio de Dios y a las esperanzas de
la humanidad.
Roguemos al Señor.
Todos:
te rogamos óyenos.
Por la Diócesis de Huelva, que celebra el Cincuentenario de su creación,
para que experimente la alegría de la unidad y descubra la llamada
de Dios a ser un solo cuerpo y una sola familia.
Palabras
de D. Ignacio
Apertura
y presentación del plan de formación conjunta por
D. Ignacio Noguer Carmona.
Querido D. Ricardo y queridos todos. Ya sabéis como lo propusimos
al pensar en la celebración de nuestro Cincuentenario como diócesis,
en mirar hacia delante más que hacia atrás para dar gracias
a Dios por tantos beneficios como ha hecho a esta diócesis de Huelva
desde su creación. Para agradecer a todos aquellos que hicieron posible
su trabajo, pero mirar atrás no es solamente la misión de
la Iglesia. La misión de la Iglesia es mirar hacia delante y el camino
que hay que recorrer sigue a delante y no detrás, lo que pasó
es una experiencia y bienvenida sea, lo que se acerca es una realidad que
hemos de construir nosotros, bienvenida sea y bienvenidos sean todos aquellos
que nos ayuden a construirla.
Sé
penso, como sabéis, en que nuestro plan de formación se unificara,
y se unificara para que ya desde ahora y en lo que es la historia de la
Iglesia diocesana, en esa imagen entrañable de la comunión,
pudiéramos dar testimonio vivo de lo que es la Iglesia. Y hoy, afortunadamente,
es el primer día, y no quiero pensar, que no solamente por la categoría
del ponente, sino porque la idea cuaje en nuestros corazones claramente,
se da esta realidad. Todo tipo de personas que acuden hoy a preparar su
alma, a preparar su mente para el resto que quede por delante, la vivencia
de una Iglesia unida y testimonio de un gesto hacia el mundo. Para esto
hemos pensado que hemos de traer personas que nos lo expliquen una vez más
con palabras nuevas, con corazón nuevo. Personas que nos orienten
a conseguir esta realidad que tanto ansiamos la Iglesia del siglo XXI, de
nuestra Iglesia de Huelva del siglo XXI.
En
primer lugar viene una persona muy querida por mí, hermano mío
del Episcopado, al que conozco, naturalmente, hace muchos años y
que por su categoría personal, intelectual y pastoral, nos parecía
que era la persona que tenia que iniciar este curso continuado de nuestra
formación eclesial. Es un hombre especialista en eclesiología,
es un hombre especialista en teología en general, es un hombre que
por sus múltiples cargos a través de su sede Episcopal, incluso
antes, ha sabido cultivar en su mente todo eso necesario, desde la palabra
de Dios, para que entendamos cual es su voluntad y para poder seguirla con
alegría con el conocimiento de nuestra mente y de nuestro propio
corazón.
Efectivamente,
D. Ricardo Blázquez obispo en este momento de Bilbao, es un hombre
muy preparado intelectualmente. Se preparó en su seminario, como
casi todos los niños y jóvenes de nuestra Iglesia; se preparó
en Roma y se doctoró en teología. Vuelto de su preparación
en Roma tuvo cargos y actividades diversas, siempre en una línea
pastoral intelectual, porque su preparación no quedo solamente en
ese tiempo de Roma, precisamente, por las urgencias de la Iglesia, la propia
Iglesia de España, tuvo continuamente que seguir preparándose
para dar el norte a las preguntas que los obispos le hacíamos, y
las preguntas que la sociedad de su tiempo le hacia.
Por
tanto, profesor de teología de la Universidad Pontificia de Salamanca,
de la que fue decano de teología. Por su mente intelectual y pastoral
pronto fue elegido por el Papa para auxiliar al arzobispo de Santiago de
Compostela. A partir de ahí, obispo de Palencia y obispo de Bilbao,
aún no siendo vasco, aunque sí de corazón. Su presencia
en el País Vasco ha sido, como ustedes pueden comprobar continuamente,
providencial. Ha sido un hombre que totalmente pegado a su pueblo y sus
problemas ha saltado por encima de ellos para orientar también, a
su pueblo en la fe de Jesucristo y en la caridad de la fraternidad de hermanos
en la Iglesia. No es fácil ser obispo de cualquier sitio y menos
fácil es ser obispo de Bilbao, y él lo hace como ustedes ya
saben, porque continuamente lo vemos en la prensa y lo hace con dignidad
y elegancia. Ya como obispo perteneció a diversas comisiones Episcopales,
a la doctrina de la fe, la de liturgia, fue presidente de la doctrina de
la fe hasta hace poco tiempo, actualmente, es presidente de las relaciones
interconfesionales, que quiere decir: ecumenismo y dialogo interreligioso,
gran canciller de la universidad de Salamanca, de la Universidad de la Iglesia
y sus escritos son infinitos, son muchisimos.
Les
puedo decir una cosa, tengo aquí una serie de escritos suyos que
no sé si es el momento de decirlo, pero si les voy a decir una cosa
para que veáis, porque este hombre viene aquí en este momento.
Cuando D. Ricardo habla en la Conferencia Episcopal cautiva la atención
de los obispos, porque su palabra siempre es sapiencial, siempre es rompedora
y en momentos difíciles siempre es luminosa, y por tanto, cuando
el abre la Conferencia Episcopal o cuando él lleva infinitos trabajos
a la permanencia donde yo estoy con él o en la Plenaria, los obispos
se quedan siempre pendientes de su palabra, porque siempre tiene mucho que
decir. Este es el hombre que hoy viene a formarnos. Yo creo que no hace
falta más, ustedes escúchenlo, y seguramente, como nosotros
los obispos y como sus fieles en Bilbao, de su palabra sacaran consecuencias
siempre positivas y así demos más a esta Iglesia que él
tanto quiere, porque ha dedicado su vida entera a esta misma Iglesia.
Ponencia
En la reforma y renovación de la Iglesia, promovidas por el Concilio
Vaticano II, mirando simultáneamente a sus fuentes y a la misión
pastoral en el mundo contemporáneo, ha emergido y se ha afianzado
poderosamente la "communio" (koinonía). Ha sido un vigoroso
impulso renovador de orden teológico, espiritual, canónico
y pastoral.
En efecto, la comunión es la forma de existencia, de vida y de misión
de la Iglesia; el ser cristiano está radicalmente modelado por la
fraternidad y la comunión; las instituciones de la Iglesia actúan
impregnadas por la comunión. Tanto la unidad de la Iglesia como su
diversidad deben ser entendidas en la condición vital de unidad en
la comunión. El Vaticano II usa significativamente la expresión
unidad de comunión.
1.-
La comunión, clave de la eclesiología católica
reafirmada por el Vaticano II.
El concepto de comunión (koinonía), ya puesto de relieve
en los textos del Concilio Vaticano II, es muy adecuado para expresar
el núcleo profundo del misterio de la Iglesia y, ciertamente,
puede ser una clave de lectura para una renovada eclesiología
católica. Estas palabras expresan la convicción que arraigó
y se difundió en la Asamblea extraordinaria del Sínodo
de Obispos, celebrada en 1985, al conmemorar los 20 años de la
clausura del Concilio. Otras claves de lectura son, según el
mismo Sínodo, la Iglesia como misterio y la Iglesia como misión.
El Sínodo descubrió que los Padres conciliares en el itinerario
del Concilio como magno encuentro de oración, de diálogo,
de búsqueda de los caminos de Dios en nuestro tiempo, de discernimiento
doctrinal como maestros y jueces en la fe, ayudados por teólogos
y en presencia de los observadores enviados por otras Iglesias no católicas,
habían sido atraídos, más o menos conscientemente,
por las grandes líneas de fuerza que articulan el magisterio
conciliar: La Iglesia es un misterio de comunión y de misión.
En estos núcleos se concentra y de estos focos irradia la enseñanza
conciliar sobre la Iglesia. Ya durante la primera Asamblea extraordinaria
del Sínodo de Obispos en 1969 había aparecido esta convicción:
ALa innovación del Vaticano II de mayor trascendencia para la
eclesiología y para la vida de la Iglesia ha sido el haber centrado
la teología del misterio de la Iglesia sobre la noción
de comunión. Juan Pablo II, en el discurso a la curia romana
pronunciado el día 20 de diciembre de 1990, afirmó lo
siguiente: El Vaticano II insiste en la comunión, convirtiéndola
en su idea inspiradora y en el eje central de todos sus documentos.
El Código de Derecho Canónico de 1983 es fruto de un esfuerzo
extraordinario por traducir al lenguaje canónico la doctrina
conciliar, en continuidad con la tradición genuina de la Iglesia.
Por esto, las grandes perspectivas del Vaticano II, las grandes Arenovaciones,
vienen a ser también las novedades del nuevo Código. Así
se expresa el papa en la constitución apostólica Sacrae
disciplinae leges, por la que promulga el nuevo Código (25 de
enero de 1983). Entre los elementos que caracterizan la imagen verdadera
y propia de la Iglesia debemos poner de relieve sobre todo éstos:
la doctrina según la cual la Iglesia es presentada como pueblo
de Dios (cf. Lumen gentium cap. 2), y la autoridad jerárquica
como servicio (cf. Ibid. cap. 3); la doctrina que contempla a la Iglesia
como comunión, y que, por lo mismo, determina las relaciones
que debe haber entre las Iglesias particulares y la universal, entre
la colegialidad y el primado; además, la doctrina según
la cual todos los miembros del pueblo de Dios, cada uno a su manera
propia, participan de la triple misión de Cristo: sacerdotal,
profética y real. Con esta doctrina se conexiona también
la que se refiere a los deberes y derechos de los fieles, y particularmente
de los laicos; y, finalmente, el empeño que la Iglesia debe poner
en el ecumenismo.
Y poco antes, en la misma constitución, expresa la diferencia
entre lenguaje teológico y jurídico sobre la Iglesia,
reconociendo la dificultad para traducir aquél a éste.
Aun cuando sea imposible traducir perfectamente a lenguaje canónico
la imagen de la Iglesia descrita por la doctrina del Concilio, sin embargo
el Código debe encontrar siempre su punto principal de referencia
en esa imagen cuyas líneas debe reflejar en sí según
su propia naturaleza, dentro de lo posible.
En la palabra comunión, escrita frecuentemente en griego o en
latín, entrecomillada o subrayada para indicar su originalidad
cristiana, se condensa la conciencia propia de la Iglesia; por tanto,
para su definición y descripción debemos acudir a sus
documentos; es decir, como en el caso del colegio episcopal, no podemos
sin más utilizar los términos acuñados ya con un
contenido concreto. La comunión es una noción muy estimada
en la Iglesia antigua (como sucede también hoy particularmente
en el Oriente). Su sentido no es el de un afecto indefinido, sino el
de una realidad orgánica, que exige una forma jurídica
y que, a la vez, está animada por la caridad.
La noción eclesial de "communio" contiene perspectivas
teológicas, espirituales, pastorales, canónicas y también
sociales. En ella se refleja la naturaleza de la misma Iglesia, que
imita el misterio del Verbo encarnado, según una analogía
frecuente en la eclesiología católica. Esta estructura
de la comunión eclesial debe ser tenida también en cuenta,
obviamente, al tratar sobre el sentido y el funcionamiento de los consejos
diocesanos.
La Iglesia es misterio de comunión. Su existencia está
marcada por la "communio". Esta condición vital debe
manifestarse en las diversas perspectivas de toda comunidad cristiana,
ya que es su ley profunda. Si se permite la expresión, la comunión
es como el "genoma" de la Iglesia, que contiene la totalidad
de la información genética. Aquí hallamos un núcleo
poderoso en cuya onda quedan incluidas y afectadas todas las realidades
de la Iglesia. No es un aspecto parcial, sino una dimensión constitutiva;
podríamos designar la "comunión" como un "trascendental"
de la Iglesia. Precisamente por esto comprendemos que sea una noción
tan densa y compleja.
Incluye aspectos diferentes; su espectro parte de la unidad en la fe,
la esperanza y el amor cristianos, sellados sacramentalmente por el
bautismo, que crea la situación básica de la comunión;
se refuerza por la participación en la Eucaristía, que
está esencialmente orientada a la "unitas Ecclesiae",
y se rehace por el sacramento de la conversión que reconcilia
con Dios y con la Iglesia; se traduce socialmente en la "collecta"
de bienes para los necesitados, y en el intercambio de dones ofrecidos
y recibidos en reciprocidad abierta y confiada; esta comunión
está presidida, visiblemente fundada y eventualmente defendida
por los obispos, cuyo centro de unidad es el obispo de Roma. La comunión
eclesial tiene raíces trinitarias; se realiza en los ámbitos
de la "communio fidelium", "communio Ecclesiarum",
y "communio hierarchica". La Iglesia es comunión en
el misterio de Dios revelado en Cristo; y está abierta a la unidad
de los discípulos del Señor en la Iglesia católica,
al ecumenismo, al diálogo interreligioso, a la solidaridad con
todos los hombres como fermento de reconciliación y de paz, y
a la "communio sanctorum" en la patria del cielo, que ya se
anticipa en la Iglesia peregrinante. Los trabajos de los organismos
diocesanos no deben perder de vista estas grandes orientaciones, insertas
en la misión de la iglesia, para no encerrarse en problemas de
organización o de corto horizonte. La Iglesia respira hondamente
cuando el ámbito es abierto, sano y ancho. Pocas expresiones
eclesiológicas hay tan ricas como la de comunión. La Iglesia
es sin más comunión, paz, caridad, fraternidad. Estos
términos son designaciones frecuentes de la Iglesia en los documentos
antiguos cristianos.
Se comprende fácilmente, a la luz de lo que terminamos de decir,
que la misma existencia cristiana, que toda vocación específica,
que los diferentes ministerios y carismas, que las diversas acciones
a través de las cuales la Iglesia vive y cumple su misión,
que la Iglesia en su interior y en su proyección apostólica,
que su constitución profunda y sus organismos pastorales... lleven
el sello de la comunión con el Señor y entre los discípulos.
Nada debe escapar a este troquel moldeador. Así como ser hombre
es en realidad ser "co-hombre", ser cristiano es realmente
ser hermano.
2.-
Fundamentos sacramentales de la participación en la Iglesia
La actividad de los consejos diocesanos (presbiteral, pastoral, de asuntos
económicos, etc) es una manera notable de participar en la vida
y misión de la Iglesia. Participar es vivir consciente y fraternalmente
la pertenencia eclesial; no equivale a intervenir públicamente
en la asamblea; la participación acontece también con
la escucha atenta y la colaboración callada; no siempre participan
realmente más los que más hablan, aunque sí ocupen
mayor tiempo.
La naturaleza, composición y funcionamiento de los consejos plasman
el dinamismo de la comunión. Aunque todo organismo de participación
y corresponsabilidad precisa unos estatutos, la razón de ser,
el sentido y el alcance de la responsabilidad de cada miembro en los
consejos diocesanos procede de la concepción católica
de la Iglesia. No bastan las normas generales de funcionamiento de grupos
sociales semejantes, pues la comunión posee unos ingredientes
peculiares.
Con
formula feliz escribió hace bastantes años J. Hamer, que
por estar en el origen de la perspectiva conciliar, recuperada en el
retorno de las fuentes, nos puede ayudar a practicar una adecuada hermenéutica:
ALa unanimidad de la Iglesia vivida en la comunión no reposa
ante todo en la prudencia de los jefes, la sagacidad de los teólogos,
el valor de los organizadores, la fuerza con la cual es transmitido
el mensaje, la estricta aplicación de una disciplina universalmente
aceptada. Ella reposa sobre el Espíritu... El Espíritu
Santo como lazo de unión de cada cristiano con Jesucristo y con
el Padre, y como vínculo de unidad de los cristianos entre sí,
aunque no aparezca en ningún artículo de los estatutos
de los consejos diocesanos, está presente a través de
la confianza de los miembros participantes en su actuación, y
en la disponibilidad a reflexionar al resplandor de su luz.
La
doctrina conciliar sobre la Iglesia remite al Espíritu Santo
en momentos culminantes, en que parecería humanamente una ilusión
la concordia de actuaciones de sujetos con responsabilidades diversas
no simplemente subordinadas sino realmente originales. Recuerdo algunas:
El Espíritu Santo conduce a la Iglesia a la verdad total (cf.
Jn 16,13), la une en la comunión y el servicio, la provee y dirige
con diversos dones jerárquicos y carismáticos. Entre carisma
e institución no vige la contraposición que pensó
el liberalismo teológico de otro tiempo ni tampoco el sometimiento
pasivo de aquél por ésta, ya que el mismo Espíritu
está en el origen y en la actuación de ambos. En este
Colegio los obispos, respetando fielmente el primado y preeminencia
de su cabeza, ejercen el poder que les es propio para el bien de sus
fieles e incluso de toda la Iglesia, porque el Espíritu Santo
consolida constantemente su estructura orgánica y su concordia.
Primado y colegialidad son como dos focos de una elipse, que no pueden
ser reducidos a diversidad sin concordia ni a unidad sin comunión.
La diferencia que estableció el Señor entre los ministros
sagrados y el resto del Pueblo de Dios lleva consigo la unión,
pues los pastores y los demás fieles están vinculados
entre sí por recíproca necesidad. Todos rendirán
un múltiple testimonio de admirable unidad en el Cuerpo de Cristo.
Pues la misma diversidad de gracias, servicios y funciones congrega
en la unidad a los hijos de Dios, porque todas estas cosas son obra
del único e idéntico Espíritu (1 Cor 12,11). La
intersección de la condición de miembros del cuerpo de
Cristo y de beneficiarios de diversos carismas otorgados por el mismo
Espíritu hace que no se excluyan sino que más bien se
necesiten mutuamente todos en la unidad y la diversidad.
El
recurso al Espíritu Santo no es una salida por la tangente ni
una apelación al misterio incontrolable para fundar un poder
y negar otro. Nuestra cultura dominante experimenta dificultad para
comprender que las diversidades no tienen por qué degenerar necesariamente
en discriminación ni contraposiciones ni menos en recíproca
exclusión; las diversidades legítimas son más bien
oportunidad de complementariedad y enriquecimiento mutuo. También
resulta actualmente de difícil comprensión que la libertad
no consista en hacer cada uno su "real gana" sino en realizar
la verdad del propio ser en el amor. El individualismo no es lo mismo
que la personalización. Tanto aquel igualitarismo como este individualismo
dificultan no sólo la comunión eclesial sino también
la misma convivencia democrática en la sociedad.
En
nuestra cultura se confunden frecuentemente la tolerancia y el respeto
a las personas que piensan y actúan de manera distinta con la
indiferencia en relación con la verdad. Porque haya homosexuales
en ejercicio no se puede pretender que tal práctica sea éticamente
bien estimada y que la Iglesia renuncie a su valoración moral,
por ejemplo. El relativismo es un problema muy grave de nuestro tiempo.
La libertad no es una realidad absoluta en el sentido literal de la
palabra; es decir, no está desvinculada de otras realidades humanas.
Forma parte de una constelación de la que también son
estrellas la verdad, el bien, el amor, la justicia, la solidaridad,
la convivencia, la unidad, la paz... Nuestra sociedad necesita clarificar
en el nuevo horizonte cultural en qué consiste la libertad verdadera,
tanto en su sentido teórico como en su realización histórica,
personal y social. En ocasiones se percibe que las mismas autoridades
tienen miedo a ordenar más razonablemente la libertad de los
ciudadanos en la sociedad.
¿No soy yo libre? Sí, pero no todo conviene. Una persona
puede libremente iniciar un camino, al final del cual se haya convertido
en víctima y en esclavo. Pensemos lo que ocurre con las drogas.
Pretendiendo ejercitar la libertad, se puede malograr la vida. Nuestra
sociedad necesita pensar más profundamente la naturaleza de la
libertad humana, y procurar realizarla de manera más sapiencial
y responsable. La libertad, además de estar íntimamente
unida con otras realidades, se halla en el hombre siempre condicionada;
ni la libertad creatural es absoluta ni el hombre es libre sin condicionamientos.
La libertad no madura dejándola a su aire, sino cultivándola
entre el respeto y la exigencia, entre la confianza y la autoridad,
entre las motivaciones del educador y la iniciativa personal. Educar
la libertad es arte y gracia de Dios. La libertad es como un campo:
Automáticamente no produce buen fruto.
Nuestras sociedades sospechan de quienes, más allá de
opiniones de unos y de otros, reconocen con modestia que han encontrado
la verdad, que quieren vivir según la verdad y que aspiran a
comunicarla a otros, como si hubiera incompatibilidad entre democracia
y verdad. Pero si se consolidara una alianza entre democracia y relativismo,
habría perdido la convivencia civil todo punto seguro de referencia
moral; y en este dinamismo difícilmente hallaría resortes
profundos para no dejarse instrumentalizar y caer en manos del poder
de turno. La democracia sin valores se convertiría en una democracia
que no vale, en un totalitarismo visible o encubierto. J. Habermas ha
reconocido que sin Dios como fundamento es vano pretender asegurar un
sentido incondicional; al margen de Dios no se halla una base moral
universal y radicalmente vinculante.
Los sacramentos de la iniciación cristiana, por un lado, y el
sacramento de la ordenación, por otro, estructuran básicamente
la comunidad cristiana como el pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo y
el templo del Espíritu Santo. Porque Dios se define y es Dios
de paz, y no de confusión, puede haber unidad en la diversidad,
verdad en la libertad y sacrificio en el amor. Estos sacramentos determinan
la manera peculiar de participar cada uno en la vida y en la misión
de la Iglesia, porque concretan la modalidad de ser cristianos. Lógicamente
también están en la base de la forma de participar en
los organismos consulta y asesoramiento del obispo en la diócesis,
a través de los cuales se elabora el consejo y se prepara la
decisión, que en principio sólo toma quien preside la
Iglesia.
En virtud del bautismo todos los cristianos forman parte del pueblo
de Dios profético, sacerdotal y real; todos reciben la gracia
de la condición de hijos de Dios, de la fraternidad en Cristo
y de la capacidad para participar como miembros activos en la Iglesia;
todos ejercitan el sentido de la fe suscitado por el Espíritu
-y cuanto más viva y cultivada sea la fe más penetrante
será su sentido- y tienen la responsabilidad de testificar al
Señor en medio del mundo. Existe una verdadera igualdad en cuanto
a la dignidad y al derecho-deber de tomar parte en la construcción
del cuerpo de Cristo. Nadie en la Iglesia es ciudadano de segunda categoría,
nadie debe estar ocioso, a nadie se debe excluir; todos somos necesarios
y nadie es imprescindible; a todos nos afecta el destino del Evangelio
en nuestro mundo y todos somos invitados por el Señor a trabajar
en su campo. El Concilio ha enseñado con claridad meridiana:
Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración
en Cristo; común la gracia de la filiación; común
la llamada a la perfección; una misma salvación, una sola
fe, un amor indiviso. No hay, por consiguiente, en Cristo y en la Iglesia
ninguna desigualdad por razones de raza o nacionalidad, de sexo o condición
social, pues no hay judío ni griego; no hay siervo o libre; no
hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús
(Gá 3,28; cf. Col 3,11). Todos somos hermanos y condiscípulos,
siendo Dios el único Padre y Jesús el único Maestro
(cf. Mt 23,8-12).
Nada en la Iglesia debe socavar la fraternidad cristiana, la auténtica
igualdad, la común dignidad. Por el bautismo en el agua y el
Espíritu Santo hemos renacido en Cristo; naciendo de lo alto
hemos nacido de nuevo (cf. Jn 3,3-8), para como niños sin malicia
formar un templo espiritual siendo Cristo la piedra angular (cf.. 1Pedro
2,1 ss).
Esta condición compartida por todos los cristianos no es incompatible
con vocaciones diferentes, responsabilidades peculiares, servicios diversos
y variados ministerios recibidos sacramentalmente en orden al bien común
de la Iglesia. Estas diferencias no rompen la fraternidad, ya que la
Iglesia no es una masa amorfa sino un cuerpo organizado. Aunque algunos
por voluntad de Cristo han sido constituidos maestros, dispensadores
de los misterios y pastores para los demás, sin embargo, vige
entre todos una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y la actividad
común a todos los fieles en la construcción del cuerpo
de Dios. Pues la distinción que el Señor estableció
entre los ministros sagrados y el resto del pueblo de Dios lleva consigo
la unión, pues los pastores y los demás fieles están
vinculados entre sí por recíproca necesidad. Nadie puede
prescindir de nadie, ni declarar a otros miembros sobrantes o inútiles.
El episcopado es la plenitud del sacramento del orden y la cumbre del
ministerio sagrado. Por la consagración sacramental y por la
comunión jerárquica con la cabeza y los demás miembros
uno es incorporado al colegio de los obispos, es incardinado en la sucesión
apostólica, preside una Iglesia local, y recibe la misión
correspondiente de enseñar, santificar y regir a su Iglesia,
a la que representa en la communio Ecclesiarum. Este ministerio otorga
la autoridad de Cristo para servir a sus hermanos. Potestas y ministerium,
exousía y diakonía son inseparables, porque están
fundadas en Jesús, Señor y Servidor, Señor en la
forma de Siervo (cf. Jn 13,12-16; Fil 2,5,ss).
La sucesión apostólica es un ingrediente, por tanto, de
la comunión que se realiza y despliega en la Iglesia particular.
Es la acreditación que garantiza aquí y ahora la autenticidad
de la tradición recibida de Jesús por los apóstoles,
de la palabra y del sacramento como síntesis de la herencia cristiana..
Los presbíteros son, como dice la plegaria de ordenación,
próvidos, solícitos y honrados colaboradores del orden
episcopal. En cada diócesis forman un presbiterio, presidido
por el obispo, para cooperar con él presidiendo el servicio pastoral
de las comunidades cristianas. Hay una alteridad insustituible en la
Iglesia, que el canon romano expresa con estas palabras: nosotros tus
siervos y todo tu pueblo santo. La colaboración institucionalizada
y representativa de los presbíteros con el obispo se lleva a
cabo a través de un consejo que con el asesoramiento puede ayudar
eficazmente en el gobierno pastoral de la diócesis.Como el seminario
es el ámbito donde se gesta el presbiterio de la diócesis,
el candidato debe ir conformando su persona con las actitudes de Jesús
el Buen Pastor y también debe asimilar la dimensión fraternal
del ministerio sacerdotal.
La comunión de la Iglesia local, fundada en la tradición
apostólica, recibe el sello de la autenticidad por el ministerio
del obispo que está en comunión con los demás obispos
y particularmente con el obispo de Roma. En la realización diaria
de la comunión dentro de la diócesis los presbíteros
presiden enviados por el obispo las diversas parroquias y comunidades,
son ministros de comunión en todas las direcciones: Con Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo; y en otro orden con el obispo,
el papa, los demás presbíteros y los fieles que les han
sido confiados.
Este dato teológico de la comunión ministerial y la igualdad
básica, fundada en el bautismo, son los cimientos sobre los cuales
se constituyen los consejos diocesanos.
San Agustín utilizando fórmulas diferentes expresó
reiteradamente la gracia de la fraternidad y la responsabilidad del
ministerio: Con vosotros cristiano, para vosotros obispo; para vosotros
vigilante, con vosotros custodiado por quien vela sobre Israel; para
vosotros maestro, con vosotros condiscípulo; para vosotros pastor,
con vosotros apacentado por el único Pastor.
El ministerio presbiteral es constitutivamente servicio de comunión
en la Iglesia. En diversos momentos de la ordenación sacramental
se hace referencia a esta clave insustituible del presbiterado; la lex
orandi manifiesta la lex credendi y señala el camino de la lex
vivendi. El presbítero es colaborador del obispo y es miembro
del presbiterio diocesano.
El
despliegue cotidiano de su ministerio consistirá en apacentar
a los fieles, animando y haciendo converger en la vida y en la misión
eclesiales, la pluralidad de carismas, de edades, de sensibilidades
culturales, de legítimas opciones políticas, etc. Ejercitar
el ministerio presbiteral en la situación presente, donde la
pluralidad es notable, requiere generosidad de espíritu, claridad
en el fundamento que es Jesucristo, confianza en las personas para no
pretender controlar meticulosamente todo y lucidez para distinguir lo
que con su elocuencia habitual formuló san Agustín: In
necessariis unitas, in dubiis libertas, in ómnibus cáritas.
Unidad auténtica y sincera en lo que requiere la fe y la misión,
respeto a la libertad de elegir entre lo opcional, y en todo amor de
los hermanos, comunicación abierta, diálogo constructivo,
búsqueda conjunta de soluciones, preferencia del humilde caminar
juntos al aislamiento genial.
La realización concreta del presbiterado como ministerio de comunión
reclama que el sacerdote se sitúe adecuadamente en su lugar,
sin acaparar lo que se debe compartir y sin abdicar de lo que constituye
su misión específica. Esto comporta muchas cosas, cuando
se entra en la complejidad de la vida diaria. El presbítero en
su actividad pastoral debe reconocer, promover y suscitar, sostener
y sustentar, agradecer generosamente, animar con espíritu cristiano...
la colaboración de los seglares y personas consagradas. No es
necesario recordar que debe asumir honradamente actitudes democráticas
y comportarse como leal ciudadano.
Por lo que se refiere a la ayuda que la Iglesia, cuya naturaleza es
de orden religioso, procura prestar a la edificación de la sociedad,
es muy importante que se respete el ámbito peculiar de cada vocación
cristiana. El presbítero deberá renunciar a formas concretas
de militancia, dejando este espacio a los seglares, a fin de poder ser
ministro de comunión entre quienes legítimamente han hecho
opciones diferentes, y por esto no deben ser ni privilegiados ni discriminados
en el interior de la Iglesia. La comunidad cristiana debe ser hogar
abierto, ya que para Dios nadie es extranjero. El servicio inapreciable
de la unidad puede exigir esta renuncia y expropiación interior
del sacerdote y del obispo.
El sacerdote debe cuidar la participación activa, espiritual
y pastoral en los organismos de comunión de la Iglesia local,
como son las reuniones de arciprestazgos, los consejos diocesanos, etc.
Si se hacen con sobriedad y mutuo respeto, no es buen indicio la ausencia
sistemática.
Necesita cultivar la amistad entre los compañeros de ministerio
y la fraternidad con sus fieles cristianos; la amistad es un factor
muy importante de equilibrio personal, de consuelo, de apoyo, de aliento,
de esperanza. La amistad es un descanso inestimable de las personas.
En las relaciones con los demás se requiere ofrecer y recibir,
compartir confiadamente lo que somos y tenemos. El sacerdote debe combinar
sabiamente la dimensión servicial (ser para los demás)
y la dimensión fraternal (estar con los otros). Sería
inhumano vivir siempre en la tensión de tener que rendir esforzadamente
y no descansar en la amistad, la comprensión, la distensión
con quienes le conocen personalmente, le aceptan como es, le perdonan
y le quieren.
3.-
Dinamismo organizativo de la comunión en la Iglesia local.
En
la fuente bautismal han nacido a la madre Iglesia sus hijos. Lo que
la Iglesia es se manifiesta particularmente en la asamblea eucarística.
Aquí la Iglesia pasa a ser lo que recibe: Cuerpo de Cristo y
comunión orgánica en el Señor(cf. 1 Cor 1,10 ss.;
11,17 ss.; 12, 1ss.). Pero esta koinonía tiene un dinamismo comunional
histórico y social; por ello, la Iglesia local despliega múltiples
actividades caritativas y sociales y una red de organismos de comunicación
y corresponsabilidad. Las instituciones canónicamente establecidas
en la Iglesia local regulan y garantizan el ejercicio necesario de esta
sinergia comunitaria... Lo encarnan y lo fijan en unas formas de tipo
sinodal... Estas instituciones variadas hacen pasar al plano de la estructura
eclesial lo que la sinaxis manifiesta en el plano sacramental y sacerdotal.
En efecto, la estructura asegurada así forma el esqueleto jurídico,
normativo y declarado oficialmente necesario que regula la vida de la
Iglesia local para que siga siendo conforme con su naturaleza. Por tanto,
es la naturaleza de la Iglesia local la que decide, explica y suscita
la red de organismos o de instituciones en las que actualiza el dinamismo
comunional que constituye la trama de su existencia.
A
la luz de lo dicho arriba se comprende que la Iglesia no sea una democracia
en el sentido que la define la doctrina política como forma de
gobierno según la cual la soberanía emana del pueblo.
La forma de participación propia en la vida y misión de
la Iglesia no es la democracia ni la autocracia. No es su imagen referencial
unos pocos que mandan y una masa que está sometida; ni tampoco
un gobierno de autogestión. La Iglesia entera, ministros ordenados
sacramentalmente y comunidad, estamos bajo la autoridad de la Palabra
de Dios y de los Sacramentos; nadie en la Iglesia está autorizado
para moldearla democráticamente. Ella no se da su constitución
ni como ley fundamental ni como pretexto, es decir, como realidad social
previa que se expresa en una carta magna; consiguientemente, tampoco
puede decidir por sí misma su forma de gobierno. La Iglesia es
fundación divina en el acontecimiento integral de Jesucristo,
en sus palabras y obras, en su muerte y resurrección que colma
con su presencia como Hijo de Dios encarnado una promesa y que a su
vez abre a una plenitud. Al hilo de la historia la Iglesia debe incorporar
a su forma de vivir, organizarse y de evangelizar las aportaciones de
la cultura que le abran posibilidades para responder auténtica
y creativamente a los signos del tiempo; por esto su credibilidad en
medio de una cultura tan vigorosamente democrática como la nuestra
le pide que abra cauces a la participación de todos, que es la
inspiración radical de la democracia. Como hijos de nuestro tiempo
apreciamos la democracia, la defendemos y queremos enriquecerla; pero
no es bueno quedar deslumbrados por ella, identificarla con la única
forma humanamente adulta de participación y menos convertirla
en tribunal de la Iglesia y en criterio de la corresponsabilidad en
su interior. La familia y la escuela, por ejemplo, no son democráticas;
y sí deben ser respetuosas con cada persona y su propia manera
de participar. Hay aspectos de la democracia moderna que la Iglesia
no puede ni le conviene por su misma naturaleza recibir: Partidos políticos,
división de poderes, citas electorales para alcanzar de los votantes
el apoyo mayor posible y la correspondiente cota de poder, campañas
reforzadas por los medios de comunicación social y los intereses
que los mueven, decisión por mayorías etc. La Iglesia,
busca el consenso como signo de comunión; y si no existe es señal
de que la cuestión no ha madurado suficientemente todavía.
Es a este respecto también orientativo la manera de proceder
del Vaticano II, que aguardó a que maduraran y convergieran los
pareceres de los Padres Conciliares.
Es
bueno contemplar los organismos diocesanos como expansión y realización
de la comunión eclesial, que tiene su corazón en la Eucaristía,
sus raíces en la Trinidad santa, fuente e imagen de la Iglesia,
y su sentido en el servicio del Evangelio. Cuando tratamos acerca de
los consejos diocesanos y parroquiales, pasamos al campo estructural
y organizativo de la comunión; no salimos de ella. Por eso se
comprende que el obispo, que preside la Iglesia local y la Eucaristía,
sea el presidente nato también de los consejos. A propósito
del párroco puede decirse otro tanto en lo correspondiente a
su ámbito de responsabilidad sacramental y comunitaria.
Si
tenemos presente que a una época se la puede conocer por las
palabras que usa y privilegia y también por las que evita, resulta
instructivo recoger las palabras que desde el Concilio, -que orientó
sus trabajos volviendo a las fuentes de la tradición eclesial,
y a las necesidades pastorales del mundo moderno-, y en el postconcilio
se han venido utilizando para expresar el amplio campo de la comunión
eclesial, siendo cada término como una estrella dentro de una
constelación. He aquí una lista larga, pero ciertamente
incompleta: Comunión, comunidad, comunicación, colegialidad,
corresponsabilidad , participación, codecisión, codeterminación,
colaboración, cooperación, coordinación, conciliaridad,
sínodo, sinodalidad, coetus Ecclesiarum, coetus episcoporum,
conferencia episcopal, consenso, concordia, convivencia, consejos, concelebración,
asamblea, reunión, reciprocidad, circularidad, común dignidad,
solidaridad, intercambio de dones, compartir, etc. Esta actividad del
lenguaje, donde han aparecido numerosos neologismos, refleja cómo
la communio posee gran fuerza expansiva y conformadora y cómo
es un foco de atracción teológica, espiritual, pastoral,
canónica y social. Por supuesto, el alcance de cada expresión
debe ser aquilatado con precisión para evitar confusiones al
ser utilizada.
En
principio los miembros de los consejos diocesanos participan en las
orientaciones sobre la misión de la Iglesia local discerniendo
juntos, elaborando en reflexión abierta el consejo que transmitirán
al obispo, quien debe tomar la decisión final; es decir, ejercen
una función consultiva, que es una forma real e importante de
colaborar. Antes de decidir, el obispo debe escuchar, consultar, deliberar,
debatir, purificar el corazón de intereses torcidos, pedir a
Dios el acierto en la decisión... Y después adopta la
determinación con libertad y confianza. Un consejo no es sin
más la suma de sus miembros; es una corporación consultiva,
un cuerpo organizado y estable; por eso, el parecer decantado tiene
un peso particular en la decisión que adoptará el obispo.
La
participación en los consejos diocesanos requiere un aprendizaje;
dado que la mayor parte de ellos son de reciente creación, nos
encontramos probablemente todavía en fase de experiencias y asentamiento.
Aunque los estatutos hayan pasado ya la etapa de aprobación ad
experimentum, quizá debamos crecer todavía en actitudes
de participación y afianzar los comportamientos de la colaboración
y del trabajo conjunto.
Tenemos
delante muchos retos que superar hasta que los consejos cumplan plenamente
la función para la que han sido pensados, creados y constituidos.
Existe el peligro de la desconfianza en su utilidad; la reserva interior
frena la participación; y la desgana introduce languidez; y el
funcionamiento anémico desacredita la institución. Necesitamos
cultivar también la espiritualidad de la comunión y de
la responsabilidad para contribuir con alma a la marcha de las cosas
que a todos nos afectan. Lo contrario de la participación realista
es la auto-exclusión desalentada.
De
otras partes pueden venir también las dificultades. Se necesita
que exista una comunicación fluida entre los representados y
los consejeros; que se colabore con la palabra libre y la escucha atenta;
que no se pierda el respeto entre los miembros y el clima de serenidad
e incluso de cordialidad, ya que una dimensión de la comunión
eclesial es el afecto. También puede ocurrir que los aspectos
formales y de reglamento encorseten la actividad de los consejos; que
el obispo sea alérgico a su vitalidad, o que sea excesivamente
aconsejado, es decir, marcado muy de cerca por los consejos.
Cada
consejero debe asumir su propia responsabilidad, llamada a hacer cuerpo
con la de los demás. El miembro del consejo no es sólo
portavoz de los representados; sin dejar de serles leal, puede opinar
personalmente en presencia de las cuestiones que surjan y de las intervenciones
que tengan lugar. Los consejeros tienen como punto de mira el bien pastoral
de la diócesis; conviene que tengan la confianza de que su parecer
ayudará a dilucidar las cuestiones planteadas y a madurar las
decisiones que se adopten; deben mantenerse honradamente en los límites
de su responsabilidad, que es aconsejar en lo que se les consulta; no
deben condicionar los dictámenes, introduciendo cuestiones que
desbordan el campo de actuación de los consejos y hasta el de
la autoridad episcopal.
Es
oportuno que no se mida la eficacia de los consejos diocesanos por los
documentos elaborados y por los consejos transmitidos al obispo. El
encuentro con los hermanos, la escucha recíproca, la información
de la vida diocesana, la experiencia de comunión con el obispo
y con los demás miembros, la búsqueda de respuesta a las
cuestiones planteadas, el ejercicio de la corresponsabilidad .... son
frutos valiosos en sí mismos. Los participantes en asambleas
del Sínodo de los Obispos han subrayado constantemente cómo
el clima de comunión, y la misma participación, deben
ser tenidos muy en cuenta a la hora de evaluar los resultados del Sínodo.
Estos no se reducen a los proposiciones entregadas al Papa. Podemos
experimentar también en los consejos lo que cantamos en el salmo:
Ved qué dulzura, qué delicia, /convivir los hermanos unidos
(Sal 132.1). Comenta San Hilario: Es tan gozosa porque esta convivencia
es fruto de la asamblea eclesial; se los llama hermanos porque la caridad
los hace concordes en un solo querer. Leemos que, ya desde los orígenes
de la predicación apostólica, se observaba esta norma
tan importante: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían
lo mismo (Act. 4,32). Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos
hermanos bajo el mismo padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu,
todos concurriendo a una misma casa de oración, todos miembros
de un mismo cuerpo que es único.
Existe
una queja, de vez en cuando repetida, que intermitente bota y rebota,
a propósito de los sínodos y de los consejos, en los diversos
niveles de la realización de la Iglesia, a saber, el carácter
sólo consultivo. Algunos piensan que si fueran deliberativos,
adquirirían entonces su madurez, propia estatura y plena eficacia;
pero como son únicamente consultivos, producen insatisfacción
y participación desganada.
En
ocasiones se formula la siguiente disyuntiva: Si el consejo es consultivo,
quien preside la diócesis puede convertirlo en papel mojado;
pero si es deliberativo, el presidente debe someterse también
a la decisión adoptada. Si sólo es consultivo, los miembros
se sienten desmotivados y escasamente estimulados a favor de la participación;
en cambio, si es deliberativo, el presidente tendrá el temor
de ser privado de su propia responsabilidad. Llama la atención
que en este planteamiento la clave es siempre el poder, o el poder poseído
o el poder deseado. Aunque la disyuntiva pudiera tener una lógica
desde la categoría del poder no responde ciertamente a la comunión
eclesial, que es una realidad orgánica y consonante con la naturaleza
sacramental de la Iglesia. Esta forma de discurrir congela el dinamismo
de la comunión. No podemos reducir la comunión a términos
de poder, de derecho, de disciplina, ni de cortesía. ¿Son
necesariamente los consejos voz de su amo o voz de otros amos? ¡Qué
distinta la exhortación de S. Pablo: "Sed sumisos unos a
otros con respeto cristiano" (Ef 5,21).
¿Se
supera la disyuntiva a través de lo que a veces se llama la co-decisión?
Consistiría ésta en que todos, presidente y consejeros,
se implican en un proceso de discernimiento, aportando cada uno su punto
de vista, incluso teniendo particular atención a las intervenciones
del presidente, de modo que el resultado final reflejaría la
opinión compartida, también por el presidente, y así
todos conjuntamente han adoptado una determinación, han co-decidido
y están vinculados por la decisión.
No
se trata de parcelar el proceso que desemboca en la adopción
de una determinada decisión, como si en la Iglesia unos tuvieran
la función de informar, otros de aconsejar y otros de decidir,
sino de entender todo el proceso como responsabilidad de todos, participando
cada cual del modo que le es propio. Una decisión eclesial bien
tomada supone un proceso de consulta y elaboración. La verdad
(entendida en este caso como decisión pastoral) no puede concebirse
de modo independiente a su proceso de búsqueda. El nudo de la
cuestión está en la aceptación de la fuerza vinculante
intrínseca del voto consultivo.
Es verdad que los instrumentos y procesos de diálogo y de búsqueda
de consenso pueden ser mejorados; es verdad que se debe reflejar también
aquí el que la Iglesia es un cuerpo con diferentes carismas y
servicios; también es verdad que en muchas ocasiones este dinamismo
de elaboración de la decisión puede ser aconsejable y
excelente; es verdad que la fraternidad cristiana orienta al consenso.
Pero establecer la co-decision como principio significaría desorganizar
el cuerpo eclesial y desarticularlo, comportaría diluir la autoridad
ministerial y privar a la Iglesia diocesana, al menos en algunos aspectos,
del refrendo de la autoridad apostólica. Es muy difícil
poder prescindir de dos momentos diferentes en el proceso de discernimiento,
a saber, el de la elaboración de la decisión (decision
making) y el de la toma de decisión (decision taking).
Nos
parece acertado reconocer que el nudo de la cuestión está
en la aceptación de la fuerza vinculante intrínseca del
voto consultivo, ya que la autoridad episcopal está también
inserta en la comunión eclesial.
Juzgamos
muy razonable la respuesta del card. Daneels a una pregunta sobre el
carácter sólo consultivo del Sínodo de Obispos,
que mudado lo mudadero, podemos aplicar también a los consejos
diocesanos. Estas son sus palabras: "Pienso que la diferencia entre
consultivo y deliberativo no es tan grande. Si, por ejemplo, un Sínodo
expresa por unanimidad cierto propósito, el Papa, aunque sigue
siendo libre de decidir, tendría una indicación clara
de lo que sugiere el sensus fidei de la Iglesia. En un caso de este
tipo, el consejo que da el Sínodo tendría prácticamente
una fuerza deliberativa. Por otra lado, hay algunos que dicen que debe
darse al sínodo poder deliberativo, así la mayoría,
digamos el 55% contra el 45% puede decidir. Pero en la Iglesia no se
toman las decisiones por mayoría. Se requiere un consenso amplio.
Si la orientación apoyada por la mayoría numérica
no recibe este consenso, hay que reconocer que la decisión no
está madura, que es mejor esperar".
4.-
Espiritualidad de comunión
Ninguna
institución (tanto democrática como comunional) puede
funcionar adecuadamente si sus miembros no entran en la lógica
interna que la inspira o si de cualquier detalle se toma ocasión
para obstaculizar su vitalidad. La búsqueda de la concordia profunda
debe guiar a todos. Sin generosidad de espíritu en quien preside
y en quienes colaboran en el consejo todo quedaría como encallado.
Es
particularmente importante que las actitudes cristianas de la comunión
impregnen a todos. Sin obediencia a Dios, sin apertura a su Espíritu,
sin voluntad sacrificada de servir al Evangelio, sin amor de la unidad
de la Iglesia, sin purificación interior del egoísmo,
del orgullo, del afán de poder y de intereses extraños,
sin el reconocimiento generoso de otros carismas y servicios en la Iglesia...,
ni preside cristianamente el obispo ni colaboran cristianamente los
consejeros. Si la prudencia jurídica establece normas precisas
para la participación, la espiritualidad de comunión es
como el alma de la estructura institucional.
Juan
Pablo II en la carta apostólica Novo millenio ineunte (6 de enero
de 2001), por la que invita a la Iglesia a entrar confiadamente en el
nuevo milenio, ha señalado algunas orientaciones mayores para
los trabajos pastorales en las diócesis. Pues bien, una de ellas
es la espiritualidad de comunión, o de otra manera, la sintonía
con el Espíritu del Señor en el funcionamiento de los
órganos de corresponsabilidad, ya que sin el aceite del Espíritu
chirrían los engranajes. Hacer de la Iglesia la casa y la escuela
de la comunión éste es el gran desafío que tenemos
entre nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al
designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas
del mundo (n. 43). La unidad es testimonio y fuerza en la evangelización;
la división, en cambio, debilita la misión y es anti-signo
del Evangelio. A través del ejercicio genuino de la comunión
eclesial responde la Iglesia a su modo a la aspiración legítima
de participación que caracteriza a nuestra cultura.
Permítaseme
continuar citando la carta del papa: "Antes de programar iniciativas
concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión,
proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde
se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del
altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen
las familias y las comunidades. Espiritualidad de comunión significa
ante todo una mirada del corazón, sobre todo hacia el misterio
de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida
también en el rostro de los hermanos que están a nuestro
lado.
Espiritualidad
de la comunión significa, además, capacidad de sentir
al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y,
por tanto, como uno que me pertenece, para saber compartir sus alegrías
y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades,
para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la
comunión es también capacidad de ver ante todo lo que
hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de
Dios: Un don para mí, además de ser un don para el hermano
que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión
es saber dar espacio al hermano, llevando mutuamente la carga de los
otros (cf. Gál 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas
que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer
carrera, desconfianza y envidias (n. 43). La espiritualidad de la comunión
arraiga en la vivencia del misterio de la Trinidad, en la incorporación
al Cuerpo de Cristo, en la destinación de todos los carismas
al bien común de la comunidad eclesial y en la fraternidad cristiana.
El
libro del Eclesiástico (37,7-15) enseña a discernir entre
los buenos y malos consejeros, entre los que merecen ser escuchados
y los que pueden ser una trampa. No es buen consejero el que aconseja
en provecho propio y hay que tomar precauciones del que tiene intereses
en lo que se le solicita asesoramiento; por supuesto, no aconsejará
bien quien hace causa común con el enemigo del aconsejado. Es
consejero de fiar, en cambio, el que ajusta su vida a los mandamientos
de Dios, ya que se produce existencialmente una sintonía entre
conducta y modo de pensar, y está dispuesto a sufrir con la persona
que le pide su parecer. Quien debe tomar una decisión necesita
auscultar sinceramente su corazón y por encima de todo debe pedir
al Altísimo que dirija sus pasos en la verdad.
Aconsejar
es un elemento no facultativo de la vida cristiana, ya que tiende a
edificar la comunidad eclesial en su caminar cotidiano y en sus proyectos
de futuro. El consejo, que es don del Espíritu Santo, y no sólo
ejercicio de ponderación y prudencia, es un esfuerzo de fidelidad
para escuchar aquí y ahora la voz de Dios y seguir su designio
salvífico en la vida y en la misión cristianas.
Apoyándose
en la doctrina de la Iglesia sobre el don de consejo, un obispo de nuestro
tiempo, el anterior arzobispo de Milán, ha formulado de manera
sugerente algunas condiciones del buen consejero. El consejero en la
Iglesia debe poseer la comprensión amable de la complejidad de
la vida en general y de la eclesial en particular. Los consejeros y
los consejos rígidos, sin misericordia, incluso quizá
bajo pretexto evangélico -lo pide el Evangelio, por tanto hay
que hacerlo- carecen de esta cualidad fundamental, que es la comprensión
de la miseria humana, de la gradualidad. Aconsejar no es un acto puramente
intelectual; es un acto misericordioso que intenta mirar con amor la
extraña complejidad de las situaciones humanas concretas. El
consejero debe tener un gran sentido del consejo como don; y como es
don, se pide en la oración y no se debe presumir de poseerlo.
Por ser don, no podemos pretender dominarlo, ya que no procede de nosotros
sino que es un regalo. El consejo no es un arma de que puedo servirme
para poner contra el muro a los otros. Es la misericordia de la acción
de Dios en mí. Pasa, es verdad, por mi racionabilidad -la prudencia
es la racionabilidad del obrar- pero pasa a través de la moción
amorosa, humedecida del Espíritu Santo produciendo sensibilidad,
confianza, caridad. Aconsejar es, por otra parte, un momento de creatividad,
que supone investigación detenida de las condiciones presentes
y atención a otras experiencias y soluciones.
Cuando
los consejos son serios, sopesador y convergentes; cuando son emitidos
desde la fe en el Señor y el amor a la Iglesia, cuando derivan
de la escucha vigilante del Espíritu y de la responsabilidad
en la misión cristiana, entonces quien debe adoptar la decisión
no puede considerarlos como meramente opcionales.
El
Papa invita a ampliar los espacios eclesiales de la corresponsabilidad,
por una parte, y, por otra, señala la espiritualidad de comunión
como el secreto fecundo del ejercicio de la participación. ALos
espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día
a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada
Iglesia. En ella la comunión ha de ser patente en las relaciones
entre obispos, presbíteros y diáconos, entre pastores
y todo el pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones
y movimientos eclesiales. Para ello se deben valorar cada vez más
los organismos de participación previstos por el Derecho Canónico,
como los Consejos presbiterales y pastorales (n. 45). Y esto escribe
sobre la necesidad de informar espiritualmente los cauces de colaboración:
No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían
los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían
en medios sin alma, máscaras de comunión más que
sus modos de expresión y crecimiento (n. 43).
Concluyamos
nuestras consideraciones sobre la función consultiva en la Iglesia
afirmando diciendo que el proceso de recepción del Concilio Vaticano
II, del cual una clave fundamental de lectura es la comunión, va
adelante, entre tanteos, logros y dificultades. El Papa nos invita a ampliar
y reforzar los ámbitos eclesiales de la comunión y de la corresponsabilidad;
no nos cansemos de aprender de la vida en comunión y no pongamos
sordina a este extraordinario impulso de renovación eclesial. ¡Que
la Iglesia acierte a establecer la mediación satisfactoria tanto
para la comunión con su originalidad cristiana como para la sensibilidad
participativa de nuestra sociedad!