Fue
un regalo que el CVII - brújula para orientarnos en el camino
del siglo que ha comenzado - reflexionara sobre la identidad de la Iglesia
misterio, comunión y misión. Pero ha sido, sin duda, una
gracia que el Papa Juan Pablo II nos recuerde a todos el gran desafío
que tenemos ante nosotros en el milenio comenzado, si queremos ser fieles
al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas
del mundo, es hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión.
(Cf. NMI,43).
En
efecto, la comunión eclesial es una comunión de la diversidad
y desde la diversidad. Y es que la unidad de la Iglesia no es uniformidad,
sino integración orgánica de las legítimasdiversidades.
En el encuentro permanente con Jesucristo muerto y resucitado y presente
en la Iglesia está el centro y el fundamento de la comunión
eclesial. Ahí encuentran unidad y razón de ser los distintos
y legítimos puntos de vista, que son el fruto del Espíritu
y reflejan la riqueza del misterio de Cristo.
Es
mucho lo que ese ha hecho en favor de la comunión, pero todavía
queda ciertamente mucho por hacer. Por eso, para que la comunión
de fe y de amor sea el gran signo de credibilidad de nuestra Iglesia
de hoy, llevemos a la práctica lo que el papa nos ha recordado
sobre "la espiritualidad de comunión", es decir,
mirar desde el corazón al misterio trinitario, sentir al hermano
como uno que me pertenece, ver lo que hay de positivo en el otro y saber
darle espacio, una vez llevado a cabo un laborioso y atento discernimiento,
tarea ineludible del ministerio episcopal.