Publicamos la intervención del cardenal Francis Arinze, prefecto
de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
en la rueda de prensa de presentación de la carta apostólica
de Juan Pablo II «Mane nobiscum Domine» con motivo del Año
de la Eucaristía. El texto de la carta, publicado en italiano, todavía
no se ha traducido a otros idiomas.
* * *
En la misa solemne ante la Basílica de Letrán, en la solemnidad
del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, el 10 de junio de 2004, el Santo Padre
anunció el Año de la Eucaristía, que se celebrará
entre octubre de 2004 y octubre de 2005 en toda la Iglesia. Ahora nos entrega
una carta apostólica bella e incisiva, «Mane nobiscum Domine»,
para ayudar y guiar a la Iglesia en la celebración de este año
especial con el máximo provecho.
La
carta tiene una introducción, cuatro capítulos y una conclusión.
Introducción
En la introducción, el Santo Padre toma la imagen de los dos discípulos
en el camino hacia Emaús como hilo conductor de toda la carta apostólica.
Después de haber explicado que el Año de la Eucaristía
surge en el surco del Concilio Vaticano II y del Gran Jubileo del Año
2000 (capítulo I), el Sumo Pontífice se concentra en la Eucaristía
como misterio de luz (capítulo II); como manantial y manifestación
de comunión (capítulo III) y como principio de la misión
(capítulo IV).
El
Año de la Eucaristía comprometerá particularmente a
la Iglesia a vivir el misterio de la santa Eucaristía. Jesús
sigue caminando con nosotros e introduciéndonos en los misterios
de Dios, abriéndonos al significado profundo de las Sagradas Escrituras.
En el momento culminante del encuentro, Jesús parte para nosotros
el «pan de vida».
Muchas
veces durante su pontificado el Papa Juan Pablo II ha invitado a la Iglesia
a reflexionar sobre la santa Eucaristía, siguiendo la enseñanza
de los Padres de la Iglesia, de los concilios ecuménicos y de sus
predecesores. Lo hizo en particular el año pasado en la carta encíclica
«Ecclesia de Eucharistia». Esta carta apostólica invita
a la Iglesia a retomar esa encíclica.
El
Santo Padre menciona dos acontecimientos principales que iluminan y marcan
el inicio y el final del Año de la Eucaristía: el 48 Congreso
Eucarístico Internacional, que se celebrará en Guadalajara
(México), la próxima semana del 10 al 17 de octubre, y la
undécima asamblea general del sínodo de los obispos, que se
desarrollará en el Vaticano del 2 al 29 de octubre de 2005. Incluye
también la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará
en Colonia del 16 al 21 de agosto de 2005.
El
Santo Padre confía la celebración del Año de la Eucaristía
a la atención pastoral de los obispos. La profundidad del misterio
eucarístico es tal que el Año de la Eucaristía no sólo
no interfiere con los programas pastorales de cada iglesia particular o
diócesis, sino que más bien los ilumina eficazmente. El misterio
eucarístico es la raíz, el fundamento y el secreto de la vida
espiritual de cada discípulo de Cristo, así como de toda iniciativa
de la Iglesia local. Por tanto, se trata de acentuar la dimensión
eucarística en estas iniciativas o programas pastorales.
Capítulo
I: En el surco del Vaticano II y del Jubileo
El Santo Padre subraya que el Año de la Eucaristía expresa
intensamente la concentración en Jesucristo y la contemplación
de su rostro que está caracterizando el camino pastoral de la Iglesia,
especialmente a partir del Concilio Vaticano II. En Cristo, la Palabra hecha
carne, no sólo se nos ha revelado el misterio de Dios, sino que también
se nos ha desvelado el misterio del hombre.
Juan
Pablo II desarrolló este tema en su primera encíclica, la
«Redemptor hominis». Lo retomó después en la «Tertio
Millennio adveniente», en 1994, para preparar a la Iglesia al gran
jubileo del año 2000. En este documento, dijo que el Jubileo habría
sido un año «intensamente eucarístico» (n. 55).
Este hilo conductor eucarístico continúa en otros documentos,
como en la «Dies Domini» y especialmente en la «Novo Millennio
ineunte», la carta apostólica «programática»
para el tercer milenio, y en la «Rosarium Virginis Mariae»,
la carta apostólica con la que se inauguró el Año del
Rosario, el 16 de octubre de 2002. En el corazón de ese año
el Santo Padre nos dio esa perla de encíclica, la «Ecclesia
de Eucharistia», firmada el 17 de abril de 2003 en la solemne celebración
de la «misa de la Cena del Señor» del Jueves Santo [...].
Capítulo
II: La Eucaristía, misterio de luz
La Eucaristía es misterio de luz por muchos motivos. Jesús
habla de sí mismo como «luz del mundo» (Juan 8, 12).
En la oscuridad de la fe, la Eucaristía se convierte para el creyente
en misterio de luz, pues lo introduce en las profundidades del misterio
divino. La celebración eucarística alimenta al discípulo
de Cristo con dos «mesas», la de la Palabra de Dios y la del
Pan de Vida. En la primera parte de la misa, se leen las Escrituras para
que podamos ser iluminados y puedan arder nuestros corazones. En la homilía,
la Palabra de Dios es ilustrada y actualizada para la vida del cristiano
en nuestro tiempo. Cuando las mentes son iluminadas y los corazones arden,
los signos hablan. En los signos eucarísticos, el misterio está
en cierto sentido abierto a los ojos de los creyentes. Los dos discípulos
de Emaús reconocieron a Jesús al partir el pan.
La
santa Eucaristía es un banquete. Pero eso es ante todo y profundamente
un banquete de sacrificio: anunciamos la muerte del Señor; proclamamos
su resurrección y esperamos su venida en la gloria.
La
Eucaristía es Cristo real y sustancialmente presente. Este misterio
tiene que celebrarse con gran fe, según las normas litúrgicas
establecidas. El Año de la Eucaristía que va a comenzar es
un tiempo propicio para estudiar con atención la «Institutio
Generalis», es decir, el ordenamiento general del Misal Romano en
la tercera «Editio typica» y alimentar a los fieles con una
rica catequesis.
La
manera en que celebramos la misa tiene que manifestar nuestra conciencia
viva de la presencia real de Cristo. No hay que olvidar los momentos de
silencio. Largos períodos de adoración de Jesús presente
en el tabernáculo demostrarán nuestro amor por él.
La adoración del Santísimo Sacramento fuera de la misa tiene
que ser este año un compromiso especial de las parroquias y de las
comunidades religiosas. En particular, hay que acentuar la reparación,
la contemplación, la meditación bíblica y cristocéntrica.
La solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo debe ser celebrada también
con la procesión, como una proclamación de nuestra fe eucarística.
Capítulo
III: Eucaristía, manantial y manifestación de comunión
Los discípulos de Emaús pidieron al Señor que se quedara
«con» ellos (Cf. Lucas 24, 29). Jesús hizo algo más.
Él se dio a sí mismo en la santa Eucaristía para permanecer
«en» ellos: «Permaneced en mí, como yo en vosotros»
(Juan 15, 4). La comunión eucarística es una compenetración
íntima entre Cristo y quien comulga. La comunión eucarística
promueve también la unidad entre los que comulgan. San Pablo dice
a los corintios «Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo
somos, pues todos participamos de un solo pan» (1 Corintios 10, 17).
La
Eucaristía manifiesta también la comunión eclesial
y llama a los miembros de la Iglesia a compartir sus bienes espirituales
y materiales. Esta comunión eclesial se manifiesta espléndidamente
en el obispo que celebra con su presbiterio en la iglesia catedral, con
la participación plena del pueblo de Dios.
En
este año de la Eucaristía habrá que prestar particular
importancia a la misa dominical en la parroquia.
Capítulo
IV: Eucaristía, principio y proyecto de misión
Los dos discípulos de Emaús, después de haber reconocido
al Señor, «se levantaron al momento» (Lucas 24, 33) para
comunicar la bella noticia. El encuentro con Jesús en la Eucaristía
lleva a la Iglesia y a cada cristiano a testimoniar, a evangelizar. Tenemos
que dar gracias al Señor y no dudar en mostrar nuestra fe en público.
La Eucaristía nos lleva a ser solidarios con los demás, haciéndonos
promotores de armonía, de paz, y especialmente a compartir todo con
los necesitados. El Año de la Eucaristía tiene que llevar
a las comunidades diocesanas y parroquiales a un particular interés
por las diferentes manifestaciones de la pobreza en el mundo, como el hambre
y las enfermedades, especialmente en las naciones en vías de desarrollo,
la soledad de los ancianos, el desempleo y los sufrimientos de los inmigrantes.
Este criterio de caridad será el signo de la autenticidad de nuestras
celebraciones eucarísticas.
Conclusión
El Santo Padre reza para que este año de la Eucaristía pueda
ser para todos una preciosa oportunidad para alcanzar una renovada conciencia
del incomparable tesoro que Cristo confió a su Iglesia.
Corresponde
a los pastores de las iglesias locales elaborar iniciativas específicas.
La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
ofrecerá sugerencias útiles y propuestas. El Santo Padre no
pide que se hagan cosas extraordinarias, sino más bien que todas
las iniciativas estén caracterizadas por una gran profundidad espiritual.
Hay que dar prioridad a la misa dominical y a la adoración eucarística
fuera de la misa.
El
Papa exhorta a todos los miembros de la Iglesia --obispos, sacerdotes y
otros ministros, seminaristas, consagrados, fieles laicos, en particular
a los jóvenes-- que hagan lo que les corresponde a favor del éxito
de este año eucarístico. Pide a la Virgen María, a
la que mira como su modelo, que sea imitada también en su relación
con este santísimo misterio.
Mientras
la Iglesia entra en el Año de la Eucaristía, en esta bella
carta apostólica «Mane nobiscum Domine», firmada el 7
de octubre de 2004, encontramos nuestra guía, la lámpara que
nos ilumina, nuestra estrella, el aliento y la guía en nuestro camino.
[Traducción
del original italiano realizada por Zenit]