Publicamos
el discurso que Juan Pablo II dirigió este domingo desde la Basílica
de San Pedro a los fieles conectados por televisión desde Guadalajara
(México), donde participaban en la clausura del Congreso Eucarístico
Internacional. Momentos antes había presidido la celebración
eucarística y había adorado al Sacramento.
El
Papa leyó la introducción y la conclusión, mientras
que el resto del mensaje fue pronunciado, en su nombre, por el arzobispo
argentino Leonardo Sandri, sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría
de Estado de la Santa Sede.
*
* *
1.
«Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo» (Mateo 28,20).
Reunidos
ante la Eucaristía, experimentamos con particular intensidad en este
momento la verdad de la promesa de Cristo: ¡Él está
con nosotros!
Os
saludo a todos los que estáis en Guadalajara para participar en la
conclusión del Congreso Eucarístico Internacional. En particular,
al Cardenal Jozef Tomko, Legado mío, al Cardenal Juan Sandoval Iñíguez,
Arzobispo de Guadalajara, a los Señores Cardenales, Arzobispos, Obispos
y Sacerdotes de México y de otros muchos Países que están
presentes.
Saludo
también a todos los fieles de Guadalajara, de México y de
otras partes del mundo, unidos a nosotros en la adoración del Misterio
eucarístico.
2.
La conexión televisiva entre la Basílica de San Pedro, corazón
de la cristiandad, y Guadalajara, sede del Congreso, es como un puente tendido
entre los continentes y hace que nuestro encuentro de oración sea
como una «Statio Orbis» ideal, a la cual se unen los creyentes
de todo el orbe. El punto de encuentro es Jesús mismo, realmente
presente en la Santísima Eucaristía con su misterio de muerte
y resurrección, en el cual se unen el cielo y la tierra, y se encuentran
los pueblos y culturas diversas. Cristo es «nuestra paz, haciendo
de los dos un sólo pueblo» (Efesios 2, 14).
3.
«La Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio». El tema
del Congreso nos invita a considerar el Misterio eucarístico, no
sólo en sí mismo, sino también en relación a
los problemas de nuestro tiempo.
¡Misterio
de luz! De luz tiene necesidad el corazón del hombre, oprimido por
el pecado, a veces desorientado y cansado, probado por sufrimientos de todo
tipo. El mundo tiene necesidad de luz, en la búsqueda difícil
de una paz que parece lejana al comienzo de un milenio perturbado y humillado
por la violencia, el terrorismo y la guerra.
¡La
Eucaristía es luz! En la Palabra de Dios constantemente proclamada,
en el pan y en el vino convertidos en Cuerpo y Sangre de Cristo, es precisamente
Él, el Señor Resucitado, quien abre la mente y el corazón
y se deja reconocer, como sucedió a los dos discípulos de
Emaús «al partir el pan» (Cf Lucas 24,25). En este gesto
convivial revivimos el sacrificio de la Cruz, experimentamos el amor infinito
de Dios y sentimos la llamada a difundir la luz de Cristo entre los hombres
y mujeres de nuestro tiempo.
4.
¡Misterio de vida! ¿Qué aspiración puede ser
más grande que la vida? Y sin embargo sobre este anhelo humano universal
se ciernen sombras amenazadoras: la sombra de una cultura que niega el respeto
de la vida en cada una de sus fases; la sombra de una indiferencia que condena
a tantas personas a un destino de hambre y subdesarrollo; la sombra de una
búsqueda científica que a veces está al servicio del
egoísmo del más fuerte.
Queridos
hermanos y hermanas: debemos sentirnos interpelados por las necesidades
de tantos hermanos. No podemos cerrar el corazón a sus peticiones
de ayuda. Y tampoco podemos olvidar que «no sólo de pan vive
el hombre» (Cf. Mateo 4, 4). Necesitamos el «pan vivo bajado
del cielo» (Juan 6, 51). Este pan es Jesús. Alimentarnos de
él significa recibir la vida misma de Dios (Cf. Juan 10, 10), abriéndonos
a la lógica del amor y del compartir.
5.
He querido que este Año estuviera dedicado particularmente a la Eucaristía.
En realidad, todos los días, y especialmente el domingo, día
de la resurrección de Cristo, la Iglesia vive de este misterio. Pero
en este Año de la Eucaristía se invita a la comunidad cristiana
a tomar conciencia más viva del mismo con una celebración
más sentida, con una adoración prolongada y fervorosa, con
un mayor compromiso de fraternidad y de servicio a los más necesitados.
La Eucaristía es fuente y epifanía de comunión. Es
principio y proyecto de misión (Cf. «Mane nobiscum Domine»,
capítulos III y IV).
Siguiendo
el ejemplo de María, «mujer eucarística» («Ecclesia
de Eucharistia», capítulo VI), la comunidad cristiana ha de
vivir de este misterio. Consolidada por el «pan de vida eterna»,
ha de ser presencia de luz y de vida, fermento de evangelización
y de solidaridad.
6.
«Mane nobiscum, Domine!» Como los dos discípulos del
Evangelio, te imploramos, Señor Jesús, ¡quédate
con nosotros!
Tú,
divino Caminante, experto de nuestras calzadas y conocedor de nuestro corazón,
no nos dejes prisioneros de las sombras de la noche.
Ampáranos
en el cansancio, perdona nuestros pecados, orienta nuestros pasos por la
vía del bien.
Bendice a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, a las
familias y particularmente a los enfermos. Bendice a los sacerdotes y a
las personas consagradas. Bendice a toda la humanidad.
En
la Eucaristía te has hecho «remedio de inmortalidad»:
danos el gusto de una vida plena, que nos ayude a caminar sobre esta tierra
como peregrinos seguros y alegres, mirando siempre hacia la meta de la vida
sin fin.
Quédate
con nosotros, Señor! Quédate con nosotros! Amén.