SÍNODO DE LOS OBISPOS XIª ASAMBLEA GENERAL
ORDINARIA
LINEAMENTA
ÍNDICE
Presentación
Introducción: Porqué un Sínodo sobre la Eucaristía
Capítulo I
El Sacramento de la Nueva y Eterna Alianza
La Eucaristía en la historia de la salvación
El único sacrificio y sacerdocio de Jesucristo
La acción de gracias y de alabanza al Padre
El Memorial del Misterio Pascual
La Presencia permanente del Señor
Capítulo II
La Eucaristía: un don ofrecido a la Iglesia, para develar constantemente
Los Padres y Doctores de la Iglesia
El sacramento de la unidad y de la santidad de la Iglesia
La apostolicidad de la Eucaristía
La catolicidad de la Eucaristía
Capítulo III
La Eucaristía: Misterio de Fe proclamado
El Magisterio de la Iglesia católica
La naturaleza de la Eucaristía
La Eucaristía y la encarnación del Verbo
Luces y sombras en la comprensión del Don
La Eucaristía signum unitatis
Capítulo IV
La Liturgia de la Eucaristía
El centro de la liturgia cósmica
Cuando la Eucaristía es válidamente celebrada
El acto penitencial
La Palabra de Dios y el Símbolo de la fe
La presentación de los Dones
La Plegaria eucarística
La institución de la Eucaristía
La epíclesis sobre los Dones consagrados
La Iglesia de los santos en la Eucaristía
La preparación a la comunión
La santa comunión
Capítulo V
La Mistagogía Eucarística para la Nueva Evangelización
Los Padres
La negación actual del misterio
La mistagogía hoy
Presidir la Eucaristía
El decoro de la celebración eucarística
La dignidad del canto y de la música sacra
El encuentro con el misterio a través del arte
La orientación de la oración
El área particularmente sagrada del presbiterio o santuario
El altar, mesa del Señor
El tabernáculo, tienda de la Presencia
Capítulo VI
La Eucaristía: un don para adorar
El espíritu de la liturgia es la adoración
Comunión y adoración son inseparables
El sentido del misterio y las actitudes que lo expresan
La Eucaristía: sacramentum pietatis
Capítulo VII
La Eucaristía: un Don para la Misión
La santificación y divinización del hombre
La Eucaristía vinculum caritatis
La medicina del cuerpo y del espíritu
El significado social de la Eucaristía
Conclusión
Cuestionario
PRESENTACIÓN
Los Padres de la Décima Asamblea General Ordinaria del Sínodo
de los Obispos, al final de los trabajos en octubre de 2001, fueron interpelados
acerca del tema de la siguiente asamblea y, entre las diversas propuestas,
sugirieron también el argumento eucarístico. La acostumbrada
consulta a las Conferencias Episcopales, a las Iglesias Orientales sui iuris,
a los Dicasterios de la Curia Romana y a la Unión de los Superiores
Generales, a su vez, ha indicado, con particular consenso de opiniones,
el tema de la Eucaristía como prioritario.
También los miembros del Consejo Ordinario de la Secretaría
General se pronunciaron en ese sentido. Precisamente éste es el tema
que el Santo Padre eligió y estableció para ser ofrecido a
la meditación colegial de los Obispos reunidos en la Undécima
Asamblea General Ordinaria. La fórmula evoca la doctrina y el lenguaje
del Concilio Vaticano II en estos términos: “Eucharistia fons
et culmen vitae et missionis Ecclesiae”.
Fue, luego, tarea del Consejo de la Secretaría General dedicar a
este título algunas sesiones de trabajo, que, con la ayuda de expertos,
han producido como resultado el presente documento de los Lineamenta.
Éste, como es sabido, es el primer paso de la consulta universal,
que dará la posibilidad a todas las Iglesias particulares dispersas
por el mundo de entrar en el proceso sinodal con la reflexión, la
oración y las sugerencias más oportunas, para permitir la
preparación del Instrumentum laboris, que constituirá el orden
del día de la asamblea sinodal.
La consulta para la futura asamblea sinodal registra una novedad en la historia
del Sínodo de los Obispos: el tema. Éste, en efecto, corresponde
al de una reciente encíclica pontificia sobre la Eucaristía
y su relación vital con la Iglesia: Ecclesia de Eucharistia. La circunstancia
merece especial consideración a causa de su influencia directa sobre
la consulta y sobre los mismos trabajos sinodales.
No sorprende que un sínodo sea llamado a reflexionar sobre una materia
incluida en el magisterio pontificio ordinario. Lo que llama la atención
es la proximidad cronológica y la identidad de la promulgación:
es el mismo Papa que en breve nexo de tiempo escribe sobre la Eucaristía
y confía a un sínodo el mismo argumento. Todo esto tiene un
profundo significado para el Pontífice, para los Obispos y para la
Iglesia.
Es claro que la Encíclica manifiesta la voluntad del Pastor de estimular
a los destinatarios, la Iglesia universal, a dedicarse, con nuevas energías
espirituales y con renovado amor, al misterio eucarístico, que es
vital para la Iglesia. En este acto de magisterio ordinario se expresa así
la preocupación por repetir al pueblo del Señor, con adecuadas
referencias a las condiciones actuales, una verdad perenne y necesaria para
la sobrevivencia de la Iglesia en la historia.
La asamblea sinodal tiene una finalidad consultiva y esta vez los Obispos
no son convocados por el Papa para que den sugerencias en vista de intervenciones
doctrinales. Sin embargo, existen abundantes motivos para reunir a los pastores,
para que sobre un argumento tan decisivo para la vida y la misión
de la Iglesia manifiesten las exigencias y las implicaciones pastorales
de la Eucaristía en la celebración, en el culto, en la predicación,
en la caridad y en las diversas obras en general.
Pero el punto más alto de atención es otro. Teniendo presente
la evidente analogía de los títulos, es inevitable preguntarse
porqué el Papa ha elegido un tema ya tratado. La respuesta a esta
dificultad dialéctica se encuentra en la observación actualizada
de la vida de la Iglesia. Existe hoy en la Iglesia, innegablemente, una
“urgencia eucarística”, que tiene que ver, no ya con
incertidumbres sobre las fórmulas, como sucedía en el período
del Vaticano II, sino con la praxis eucarística, que hoy necesita
un nueva y amorosa actitud hecha de gestos de fidelidad a Aquel que está
Presente para los que hoy continúan a buscarlo: “Maestro ¿dónde
vives?”.
Se espera que estos Lineamenta estimulen a las Conferencias Episcopales,
a las Iglesias Orientales sui iuris, a los Dicasterios de la Curia Romana
y a la Unión de los Superiores Generales, a la reflexión y
a la verificación pastoral, invitando también a todos los
miembros de la Iglesia a ofrecer la propia colaboración, para que
las respuestas al cuestionario de este mismo documento sean completas y
significativas para permitir un fructuoso trabajo sinodal.
Para un adecuado desarrollo del proceso sinodal será necesario que
las respuestas lleguen a esta Secretaría General antes del 31 de
diciembre de 2004.
Con estas respuestas continúa en todas las Iglesias particulares
el camino del Sínodo, en el cual los Obispos, como Pastores del rebaño,
en colegialidad entre ellos y con el Papa, se preparan a reflexionar sobre
este gran Sacramento del cual vive la Iglesia.
25 de febrero de 2004
Jan P. Card. Schotte, C.I.C.M
Secretario General
INTRODUCCIÓN
Porqué un Sínodo sobre la Eucaristía
1. El Dios invisible se ha manifestado en el Verbo hecho carne, el Hijo
Jesucristo; después de la ascensión “lo que fue visible
de nuestro Redentor ha pasado a los sacramentos (ritos sagrados)”.[1]
Por ello, “Nosotros vemos una cosa y entendemos otra. Vemos un hombre
(Jesús), pero creemos en Dios”.[2]
La Iglesia, sacramento de salvación de Jesucristo para el hombre,
vive del culto centrado en el Verbo encarnado, sacramento del Padre; el
Canon Romano y la anáfora de San Juan Crisóstomo definen la
Santa Misa, “oblationem rationabilem” y “logikèn
latreían”, una trasformación de la Palabra divina en
evento, en la cual participan el espíritu y la razón. Aquel
que es la Palabra, el Verbo, se dirige al hombre y de él espera una
respuesta comprensible, razonable (rationabile obsequium). Así, la
palabra humana se hace adoración, sacrificio y acción de gracias
(eucharistia). Este “culto espiritual” (cf Rm 12,1) es el corazón
de la “participación” activa y consciente del pueblo
de Dios en el misterio eucarístico,[3] que alcanza la plenitud en
la santa comunión.[4]
2. El Concilio Ecuménico Vaticano II ha dedicado al Misterio Eucarístico
el capítulo III de la Constitución de sacra liturgia; pero
todo lo que se dice en este documento sobre la liturgia, como fuente y cumbre
de la acción de la Iglesia, se refiere principalmente a la celebración
de la Eucaristía, “la Divina Liturgia”, como acostumbran
a decir los orientales. El tema del próximo Sínodo será
la Eucaristía. En ella el pueblo de Dios participa en virtud del
bautismo. Ella es la ‘cumbre’ de la iniciación cristiana,
pero también de la acción apostólica, porque presupone
la pertenencia a la comunión de la Iglesia. Al mismo tiempo ella
es ‘fuente’, porque constituye el alimento para la vida y la
misión de la Iglesia.[5] Por ello, la encíclica del Papa Juan
Pablo Ecclesia de Eucharistia, evocando la Carta apostólica Nuovo
millennio ineunte en la cual había exhortado a conocer, amar e imitar
a Cristo, recuerda que “un nuevo vigor de la vida cristiana pasa por
la Eucaristía”.[6]
3. La VI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos afrontó
el tema de la Reconciliación y, en su ámbito, del Sacramento
de la Penitencia, medio ordinario para retornar a la comunión con
Cristo y con la Iglesia, que culmina en la Eucaristía. La profunda
reflexión se plasmó en la Exhortación apostólica
postsinodal Reconciliatio et paenitentia. También la V Asamblea General
Ordinaria, tratando de la familia prestó atención a aquella
originaria comunión de sangre y de espíritu, que encuentra
la fuente de su vitalidad precisamente en otro sacramento, el matrimonio,
misterio grande, signo de la unión entre Cristo y la Iglesia (cf.
Ef 5,32). Los cuatro últimos sínodos ordinarios han reflexionado
sobre los componentes fundamentales de la comunión eclesial: el laicado,
el sacerdocio ministerial, los consagrados y los obispos, comunión
eclesial que la Eucaristía presupone para perfeccionarla.[7] En consecuencia,
resulta comprensible la convocación de una asamblea sinodal sobre
el Sacramento que manifiesta la apostolicidad y la catolicidad de la Iglesia
y que la hace crecer en la unidad y en la santidad.
Esto permitirá que:
a. la Eucaristía sea conservada en el centro de la atención
de la Iglesia, a nivel universal y local, especialmente en las parroquias
y en las comunidades, ya durante la fase preparatoria del sínodo;
b. la fe en la Eucaristía sea adecuadamente profundizada;
c. dando preeminencia a este tema, la asamblea sinodal revista una particular
importancia en el inicio del tercer milenio de la Cristiandad y contribuya
al programa de renovación de la vida y de la misión cristiana
de las personas y de las comunidades;
d. la especial atención que la Iglesia ha prestado a la Sagrada Eucaristía
a través de sus enseñanzas - desde el tiempo apostólico,
a los padres y escritores sagrados medievales, desde los concilios, en particular
el de Trento y el del Vaticano II, hasta los principales documentos interdicasteriales
y pontificios, citados también en la reciente encíclica del
Papa Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia - sea nuevamente y más
profundamente acogida en su totalidad.
4. Il tema elegido por el Papa Juan Pablo II para la XIª Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos es Eucharistia fons et culmen
vitae et missionis Ecclesiae. Entre las cuestiones que deberán ser
objeto de estudio, se indican tres en particular:
a. El Hijo de Dios, Jesucristo, a través de los gestos realizados
en la última Cena y especialmente con las palabras: “Haced
esto en recuerdo mío”, no ha querido simplemente una comida
fraterna, sino una liturgia, verdadero culto de adoración al Padre
“en espíritu y verdad” (cf. Jn 4,24);
b. con la reforma litúrgica no ha sido destruido el patrimonio secular
de la Iglesia católica sino que se ha querido promover, manteniendo
la fidelidad a la tradición católica, la renovación
de la liturgia para favorecer la santificación de los cristianos;
c. la presencia real del Señor en el Santísimo Sacramento
ha sido querida por el mismo Señor, para que el Dios Emanuel fuera
hoy y siempre un Dios cercano al hombre, para que fuera su Redentor y Señor.
5. La preparación de la XIª Asamblea General Ordinaria del Sínodo
de los Obispos y sus trabajos se ubican en el contexto de todo el magisterio
y la doctrina sobre la Eucaristía, especialmente del Concilio Vaticano
II, que ha dado a la Iglesia una mayor consciencia del hecho que “nuestro
Salvador, en la última cena, la noche que le traicionaban, instituyó
el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba
a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz”.[8]
Como amada esposa, la Iglesia sabe que debe celebrar “el memorial
de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad,
vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se recibe como alimento
a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria
futura”.[9]
La doctrina eucarística, con sus fundamentos bíblicos, patrísticos
y teológicos, con su dimensión catequística y mistagógica,
impregna todos los documentos del Concilio Vaticano II y del magisterio
postconciliar, y desea conducir a todos al misterio de la Santa Eucaristía
y a la adoración del mismo, como es ampliamente ilustrado por las
tradiciones de oriente y occidente, presentes en la única Iglesia
católica. Entre los documentos postconciliares que han aplicado la
Constitución sobre la Sagrada Liturgia, son fundamentales para la
comprensión y la celebración de la Eucaristía, la encíclica
Mysterium fidei de Pablo VI y la Instructio Generalis Missalis Romani -
publicada en el 1970 y reeditada y corregida en el 2000 - con las normas
a observar para la Santa Misa en el rito romano. En estos textos, así
como también en el Catecismo de la Iglesia Católica,[10] en
el código de la Iglesia latina[11] y en el de las Iglesias orientales,[12]
en la Instrucción para la Aplicación de las Prescripciones
Litúrgicas del Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales, publicada en el 1996, se encuentran las explicaciones doctrinales
y las indicaciones pastorales que han sido últimamente citadas en
la encíclica del Papa Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia.[13]
Capítulo I
El Sacramento de la Nueva y Eterna Alianza
La Eucaristía en la historia de la salvación
6. El ofrecimiento y el sacrificio hechos a Dios como gesto de agradecimiento,
de súplica, de reparación de los pecados, representan en el
Antiguo Testamento el contexto preparatorio remoto de la última Cena
de Jesucristo. Ésta es evocada por la figura del siervo de Yahveh,
que se ofrece en sacrificio, derramando su sangre para la nueva alianza
(cf. Is 42,1-9; 49,8), en substitución y en favor de la humanidad.
También las comidas religiosas de los hebreos, especialmente la pascual,
memorial del Éxodo y del banquete sacrificial, servían para
expresar el agradecimiento a Dios por los beneficios recibidos y para entrar
en comunión con Él gracias a las víctimas del sacrificio
(cf. 1 Cor 10,18-21). También la Eucaristía hace entrar en
comunión con el sacrificio de Jesucristo. Además, en la tradición
y en el culto hebraicos, la bendición (berakà) constituía,
por un lado, la comunicación de la vida de Dios al hombre, y por
otro lado, el reconocimiento, con asombro y adoración, de la obra
de Dios de parte del hombre. Esto sucedía mediante el sacrificio
en el templo y la comida en la casa (cf. Gn 1,28; 9,1; 12,2-3; Lc 1,69-79).
La bendición era al mismo tiempo eulogia, es decir alabanza a Dios,
y eucaristía, es decir, acción de gracias; este último
aspecto terminará por identificar en el cristianismo la forma y el
contenido de la anáfora o plegaria eucarística.
Los hebreos consumían también una comida sacra o sacrificio
convival (tôdâ; cf. Sal 22 y 51), habitual en tiempos de Jesús,
caracterizado por la acción de gracias y por el sacrificio incruento
del pan y del vino. Se puede comprender así otro aspecto de la última
Cena: el del sacrificio convival de acción de gracias. El rito del
Antiguo Testamento sobre la sangre derramada en el sacrificio constituye
el tema de fondo de la alianza que Dios gratuitamente establece con su pueblo
(cf. Gn 24,1-11). Preanunciado por los profetas (cf. Is 55,1-5; Jer 31,31-34;
Ez 36,22-28) y absolutamente necesario para comprender la última
Cena y toda la revelación de Cristo, este mismo rito lleva un nombre
(berit, traducido en griego por diatheke) que indicará también
el conjunto de los escritos del Nuevo Testamento. En efecto, el Señor
sancionó en la última Cena la alianza, su testamento con sus
discípulos y con toda la Iglesia.
Los signos proféticos y el memorial preanunciados en el Antiguo Testamento
(la cena en Egipto, el don del maná, la celebración anual
de la Pascua) se cumplen en los sacramentos o misterios de la Iglesia. En
ellos está contenida la potencia divina de la santificación,
de la transformación y de la divinización de la muerte y resurrección
del Señor, celebrada el domingo y cotidianamente en la Pascua cristiana.
Dice San Ambrosio: “Ahora, presta atención si es más
excelente el pan de los ángeles o la carne de Cristo, la cual es
indudablemente un cuerpo que da la vida... Aquel evento era una figura,
éste es la verdad”.[14]
El único sacrificio y sacerdocio de Jesucristo
7. El hecho histórico de la última Cena es narrado en los
evangelios de San Mateo (26, 26-28), San Marcos (14, 22-23), San Lucas (22,
19-20) y por San Pablo en la primera carta a los Corintios (11, 23-25),
que permiten comprender el sentido del acontecimiento: Jesucristo se entrega
(cf. Jn 13,1) como alimento del hombre, ofrece su cuerpo y derrama su sangre
por nosotros. Esta alianza es nueva porque inaugura una nueva condición
de comunión entre el hombre y Dios (cf. Hb 9,12); además es
nueva y mejor que la antigua porque el Hijo en la cruz se entrega a sí
mismo y a cuantos lo reciben les da el poder de ser hijos del Padre (cf
Jn 1, 12; Gal 3, 26). El mandamiento “Haced esto en conmemoración
mía” indica la fidelidad y la continuidad del gesto, que debe
permanecer hasta el retorno del Señor (cf 1 Co 11, 26).
Cumpliendo este gesto, la Iglesia recuerda al mundo que entre Dios y el
hombre existe una amistad indestructible gracias al amor de Cristo, que
ofreciéndose a sí mismo ha vencido el mal. En este sentido
la Eucaristía es fuerza y lugar de unidad del género humano.
Pero la novedad y el significado de la última Cena están inmediata
y directamente relacionados con el acto redentor de la cruz y con la resurrección
del Señor, “palabra definitiva” de Dios al hombre y al
mundo. De este modo, Cristo, con su deseo ardiente de celebrar la Pascua,
de ofrecerse (cf Lc 22, 14-16), se transforma en nuestra Pascua (cf. 1 Co
5,7): la cruz comienza en la Cena (cf 1 Co 11, 26). Es la misma persona,
Jesucristo, que, en la Cena en modo incruento y en la cruz con su propia
sangre, es sacerdote y víctima que se ofrece al Padre: “sacrificio
que el Padre aceptó, cambiando esta entrega total de su Hijo, que
se hizo “obediente hasta la muerte” (Flp 2,8), con su entrega
paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección,
porque el Padre es el primer origen y el dador de la vida desde el principio”.[15]
Por este motivo no puede separarse la muerte de Cristo de su resurrección
(cf. Rm 4, 24-25), con la vida nueva que surge de ella y en la cual somos
sumergidos en el bautismo (cf Rm 6,4).
8. El evangelio de Juan se refiere al misterio eucarístico en el
capítulo sexto. Según un esquema similar al de la última
Cena, es descripto el milagro de aquellos pocos panes distribuidos a una
multitud y al mismo tiempo Jesús habla del pan que da la vida, es
decir, de su carne y de su sangre, que son el verdadero alimento y la verdadera
bebida; quien tiene fe en Jesucristo come su carne y logra vivir eternamente.
Es difícil comprender el discurso sobre la Eucaristía: sólo
quien busca a Jesús y no a sí mismo puede entenderlo (cf.
Jn 6,14 s. 26). Tal consciencia se ha manifestado, después de Pentecostés,
en la participación frecuente de los bautizados, fieles a las enseñanzas
apostólicas, a la comunión fraterna y a la fractio panis (cf.
Hch 2, 42.46; 20, 7-11), en la “Cena del Señor” (cf.
1 Co 11,20). Éste es el fundamento de la dimensión apostólica
de la Eucaristía. Las narraciones del Nuevo Testamento sobre la Eucaristía,
vivida como acción de gracias y memoria sacramental, muestran que
al reconocer el cuerpo y la sangre del Señor en la comunión
del pan y del vino consagrados, se reconoce su presencia. Al mismo tiempo
se retiene grave, una verdadera falta, confundir la ‘Cena del Señor’
con cualquier otra comida (cf. 1 Co 11, 29). Además, el Apóstol
da por supuesto que la presencia del Señor en su cuerpo y sangre
no depende de la condición de quien lo recibe y que la comunión
con ellos hace de todos un solo cuerpo, porque de ellos fluye la vida de
Cristo. Ser un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 2, 46; 4, 32-33),
hasta hacer posible la comunión de los bienes, era la característica
de la Iglesia apostólica, que compartía los gozos y los sufrimientos
de sus miembros, es decir, que vivía la caridad (cf. 1 Co 12, 26-27).
Del cuadro bíblico emergen los siguientes puntos de referencia en
relación a la verdad sobre la Eucaristía, que hacen del sacramento
del altar una única realidad sacrificial y sacerdotal: la acción
de gracias y de alabanza al Padre, el memorial del Misterio pascual, la
presencia permanente del Señor.[16]
La acción de gracias y de alabanza al Padre
9. En la memoria de la Iglesia, en el centro de la celebración eucarística,
están las palabras de la presencia de Jesús en medio a nosotros.
“Esto es mi cuerpo, ... éste es el cáliz di mi sangre”.
Jesús se ofrece a sí mismo como verdadero y definitivo sacrificio,
en el cual alcanzan su cumplimiento todas las imágenes del Antiguo
Testamento. En Él se recibe lo que siempre había sido deseado
y jamás había hallando realización.
Pero Jesús, a la luz de la profecía (cf. Is 53, 11s.) sufre
por la multitud y demuestra que en Él se cumple la espera del verdadero
sacrificio y del verdadero culto. Él mismo es aquel que, estando
delante de Dios, intercede, no por sí mismo, sino en favor de todos.
Esta intercesión es el verdadero sacrificio, la oración, la
acción de gracias a Dios, en la cual nosotros mismos y el mundo somos
restituidos a Dios. La Eucaristía es, por lo tanto, sacrificio a
Dios en Jesucristo para recibir el don de su amor.
10. Jesucristo es el Viviente y está en la gloria, en el santuario
del cielo donde ha entrado gracias a la propia sangre (cf. Hb 9,12); se
encuentra en el estado inmutable y eterno del sumo sacerdote (cf. Hb 8,1-2),
“posee un sacerdocio perpetuo” (Hb 7, 24 s), se ofrece al Padre
y en razón de los infinitos méritos de su vida terrena continúa
a irradiar la redención del hombre y del cosmos que en Él
se transforma y recapitula (cf. Ef 1,10). Todo esto significa que el Hijo
Jesucristo es mediador de la nueva alianza para aquellos que han sido llamados
a la herencia eterna (cf Hb 9,15). Su sacrificio permanece para siempre
en el Espíritu Santo, el cual recuerda a la Iglesia todo lo que el
Señor ha realizado como sumo y eterno sacerdote (cf Jn 14, 26; 16,
12-15). San Juan Crisóstomo advierte que el verdadero celebrante
de la divina liturgia es Cristo: Aquel que ha celebrado la Eucaristía
“ en la última cena, ése mismo es el que lo sigue haciendo
ahora. Nosotros ocupamos el puesto de los ministros suyos, mas el que santifica
y transforma la ofrenda es Él”.[17] Por lo tanto, “no
es una imagen o una figura del sacrificio, sino un sacrificio verdadero”.[18]
Dios se ha dignado aceptar la inmolación de su Hijo como víctima
por el pecado y la Iglesia ora para que el sacrificio aproveche para la
salvación del mundo. Hay una identidad plena entre sacrificio y renovación
sacramental instituida en la Cena, que Cristo ha ordenado celebrar en memoria
suya, como sacrificio de alabanza, de acción de gracias, de propiciación
y de expiación.[19] Por lo tanto, a raíz del amor sacrificial
del Señor “la Misa hace presente el sacrificio de la cruz,
no se le añade y no lo multiplica”.[20] Por ello, el acto prioritario
es el sacrificio. Luego viene el convivio en el cual recibimos como alimento
el Cordero inmolado en la Cruz.
El Memorial del Misterio Pascual
11. Hacer memoria de Cristo significa ciertamente recordar toda su vida,
porque en la Misa se hacen presente, en cierto modo durante el curso del
año, los misterios de la redención; pero especialmente, según
San Pablo, la humillación (cf. Flp 2), el amor supremo que lo ha
hecho obediente hasta la cruz. Cada vez que comemos su cuerpo y bebemos
su sangre anunciamos su muerte, hasta que Él vuelva (cf. 1 Co 11,26),
y también su resurrección (cf. Hch 2,32-36; Rm 10,9; 1 Co
12,3; Flp 2,9-11). De ahí que Él es el Cordero pascual inmolado
(cf. 1 Co 5,7-8), que permanece de pie porque ha resucitado (cf. Ap 5,6).
La institución de la Eucaristía ha comenzado en la última
Cena: las palabras que allí pronuncia Jesús son la anticipación
de su muerte; pero también ésta restaría vacía,
si su amor no fuera más fuerte que la muerte, para llegar a la resurrección.
He aquí el motivo por el cual la muerte y la resurrección
son llamadas en la tradición cristiana mysterium paschale. Esto significa
que la Eucaristía es mucho más que una simple cena; su precio
ha sido una muerte que ha sido vencida con la resurrección. Por ello,
el costado abierto de Cristo es el lugar originario del cual nace la Iglesia
y provienen los sacramentos que la edifican, el bautismo y la Eucaristía,
don y vínculo de caridad (Jn 19,34). Así, en la Eucaristía
adoramos al que estuvo muerto y ahora “vive por los siglos de los
siglos” (Ap 1,18). El Canon Romano expresa esto inmediatamente después
de la consagración: “Por eso, Señor, nosotros, tus siervos,
y todo tu pueblo santo, al celebrar este memorial de la pasión gloriosa
de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor; de su santa resurrección
del lugar de los muertos y de su admirable ascensión a los cielos,
te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has
dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz
de eterna salvación”.
Durante la ‘cena mística”,[21] en la persona de Jesucristo
coexisten como pasado el Antiguo Testamento, como presente el Nuevo Testamento
y como futuro la inmolación inminente.[22] Con la Eucaristía
entramos en otra dimensión temporal no ya sujeta a nuestras categorías.
Entramos en un tiempo en el cual el futuro, iluminando el pasado, se nos
ofrece como estable presente; por lo tanto, el misterio de Cristo, alfa
y omega, se hace contemporáneo a cada hombre en todo tiempo.[23]
El tiempo se ha abreviado (cf. 1 Co 7,29), esperamos la resurrección
de los muertos y ya vivimos en el cielo: “Este misterio hace que la
tierra se transforme en cielo”.[24]
La Presencia permanente del Señor
12. En todos los sacramentos Jesucristo actúa a través de
signos sensibles que, sin cambiar la apariencia, asumen una capacidad de
santificar. En la Eucaristía, Él está presente con
su cuerpo y sangre, alma y divinidad, entregando al hombre toda su persona
y su vida. En el Antiguo Testamento Dios, a través de sus enviados,
señalaba su presencia en la nube, en el tabernáculo, en el
templo; con el Nuevo Testamento, en la plenitud de los tiempos, Él
viene a habitar entre los hombres en el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14),
siendo realmente Emanuel (cf. Mt 1,23) habla por medio del Hijo, su heredero
(cf. Hb 1,1-2).
San Pablo, para explicar lo que sucede en la comunión eucarística,
afirma: “Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu
con Él” (1 Co 6,17), en una nueva vida que proviene del Espíritu
Santo. San Agustín ha profundamente comprendido esto, pero antes
que él Ignacio de Antioquía y, después, muchos monjes,
místicos y teólogos. La Divina Liturgia es esta presencia
de Cristo “que reúne (ekklesiázon) a todas las criaturas”,[25]
las convoca en torno al santo altar y “providencialmente las une a
sí mismo y entre ellas”.[26] Dice San Juan Crisóstomo:
“Cuando estás por acercarte a la Santa Misa, cree que allí
está presente el Rey de todos”.[27] Por ello la adoración
es inseparable de la comunión.
¡Grande es el misterio de la presencia real de Jesucristo!.[28] Ella
tiene para el Concilio Vaticano II el mismo sentido de la definición
tridentina: con la transubstanciación el Señor se hace presente
en su cuerpo y sangre.[29] Los padres orientales hablan de metabolismo[30]
del pan y del vino en cuerpo y sangre. Son dos modos significativos de conjugar
razón y misterio, porqué, como afirmó Pablo VI, el
modo de presencia de Cristo en la Eucaristía “constituye en
su genero el mayor de los milagros”.[31]
Capítulo II
La Eucaristía: un don ofrecido a la Iglesia,
para develar constantemente
Los
Padres y Doctores de la Iglesia
13. De la última Cena la Iglesia ha pasado a la Eucaristía,
nombre preferido respecto a los otros: Cena del Señor, Fracción
del pan, Santo Sacrificio y oblación, Asamblea eucarística,
Santa Misa, Cena mística, Santa y Divina Liturgia,[32] para indicar
que ella es sobre todo un dar gracias (del griego eucharistein). Esto explica
el hecho que la Eucaristía comienza a ser celebrada en la mañana
del domingo por los bautizados, mientras quedan excluidos los catecúmenos
y los penitentes. El esquema de la celebración aparece ya delineado
en el evangelio de San Lucas (cf. 24, 25-31): en Emaús, al atardecer
del día de la Pascua, el Señor resucitado aparece a sus discípulos,
ellos lo escuchan en modo cada vez más profundo, hasta que Él
se deja reconocer en la acción de gracias y en la fracción
del pan. En la Traditio Apostolica la Eucaristía es revelación
del Padre en el misterio de su Hijo que redime al hombre y, al mismo tiempo,
es agradecimiento de la Iglesia por esta redención salvífica.[33]
En este texto, considerado uno de los más antiguos testimonios después
de la edad apostólica, se cita repetidamente a la Iglesia, para subrayar
su nexo indisoluble con la Eucaristía, y después de la consagración,
se invoca la presencia del Espíritu Santo, para que haga digna a
la Iglesia de cumplir la ofrenda.
San Ignacio de Antioquía se refiere en sus escritos a la importancia
del compromiso a recibir frecuentemente la Eucaristía para reforzar
la concordia en la fe y poder vencer las divisiones que provoca Satanás.
También invita a todos a vivir la Eucaristía en la unidad,
porqué una es la carne y la sangre del Señor, uno el altar
y el obispo; y además exhorta a reconocer en la Eucaristía
la carne de Jesucristo, que ha sufrido por los pecados y ha resucitado.[34]
La Eucaristía es el alimento espiritual para la vida eterna, el sacrificio
universal anunciado por el profeta Malaquías, fuente de la verdadera
paz.[35] Es célebre la descripción que hace San Justino de
la Eucaristía dominical, día en el que ha tenido lugar la
creación del mundo y la resurrección de Jesucristo.[36] San
Ireneo refiriéndose a la Eucaristía afirma la realidad de
la encarnación, contra el gnosticismo. Además subraya muchas
veces la presencia real de Cristo en el cuerpo y la sangre, así como
la necesidad de nutrirse de ese Él para que nuestro cuerpo resucite.[37]
También Cipriano insiste en la identidad del pan y del vino con el
cuerpo y la sangre de Cristo, y sobre los efectos de la comunión:
la fuerza de los mártires y la unidad de los cristianos.[38]
14. Con el reconocimiento oficial de la Iglesia, comenzó la primera
reflexión teológica que determinará la futura doctrina
eucarística sobre la presencia de Cristo, sobre el modo en el cual
se realiza y sobre la dimensión sacrificial. Así lo demuestran
las catequesis de los Padres que precedían, acompañaban y
seguían a la iniciación cristiana. San Gregorio de Nisa, por
ejemplo, sostiene que con la comunión se adhiere al cuerpo de Cristo,
mientras que con la fe se adhiere a su alma[39] y se recibe la inmortalidad.
También el obispo San Cirilo de Jerusalén, aludiendo a San
Pedro, recuerda que la Eucaristía nos hace partícipes de la
naturaleza divina.[40] San Juan Crisóstomo considera la Eucaristía,
en el contexto de la iniciación bautismal, como alimento de la vida
recibida y sostén en la lucha contra Satanás. Particularmente
eficaz, en relación a la tensión escatológica, es esta
explicación suya: “Cuando ves al Señor inmolado y yaciente,
al sacerdote que preside el sacrificio y ora, y a todos bañados en
aquella preciosa sangre, ¿piensas que aún estás entre
los hombres y sobre la tierra y, en cambio, no piensas que al punto has
emigrado al cielo? ¿Desechando todo pensamiento carnal, no ves, con
el alma desnuda y la mente pura, lo que hay en el cielo?”.[41]
El realismo eucarístico, conjuntamente con la fuerza santificadora
de la pasión y resurrección de Jesucristo, así como
también la epíclesis que lleva a la unidad cuantos hacen la
comunión eucarística, caracterizan la reflexión doctrinal
y ritual de Teodoro de Mopsuestia.[42] También para él la
vida bautismal se nutre de la Eucaristía. Para San Ambrosio la Eucaristía
está entre la economía del Antiguo Testamento y la escatología;[43]
además, las palabras de Jesús pronunciadas por el sacerdote,
a través de las cuales Él ofrece y es ofrecido al Padre, prueban
su presencia real. Varios Padres comienzan a reflexionar sobre la transformación
de la sustancia del pan y del vino. En San Agustín, a propósito
de la Eucaristía, prevalecen las reflexiones sobre su realismo y
sobre sus símbolos,[44] sobre el nexo con la Iglesia-cuerpo (Christus
Totus)[45] y sobre el valor sacrificial del Sacramento.[46]
15. La Eucaristía es el sacramento de la presencia de Cristo. Esto,
afirma Santo Tomás de Aquino, lo diferencia de los otros sacramentos.[47]
El término representar, por él utilizado, indica que la Eucaristía
no es un devoto recuerdo, sino la presencia efectiva y eficaz del Señor
muerto y resucitado, que desea alcanzar a cada hombre.[48] La significación
del Sacramento es triple: “Una, respecto del pasado, en cuanto es
conmemoración de la pasión del Señor, que fue verdadero
sacrificio ... y así se llama ‘sacrificio’. La segunda,
respecto al presente, y es la unidad eclesiástica, de la que por
él participan los hombres ... La tercera, en relación con
lo futuro, por prefigurar este sacramento la fruición de Dios, que
tendremos en la patria”.[49] En el oficio del Corpus Domini nos ha
dejado la célebre antífona que propone líricamente
ese mismo significado: “O Sacrum Convivium, in quo Christus sumitur,
recolitur memoria passionis eius, mens impletur gratia et futurae gloriae
nobis pignus datur”.
También San Buenaventura ha contribuido a la teología de la
Eucaristía, insistiendo sobre el espíritu de piedad necesario
para unirse a Cristo. Él recuerda que en la Eucaristía, además
de las palabras de la última Cena, se realiza la promesa del Señor:
“yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”
(Mt 28,20).[50] En el Sacramento Él está real y verdaderamente
presente en la Iglesia.
El sacramento de la unidad y de la santidad de la Iglesia
16. La Eucaristía revela también la naturaleza de la Iglesia
una, santa, católica y apostólica, tanto a nivel local como
universal. La reciente encíclica del Papa Juan Pablo II, Ecclesia
de Eucharistia, constituye un acto de magisterio iluminador para la comprensión
de la relación entre la Eucaristía y la Iglesia. La grandeza
y la belleza de la Iglesia católica consisten exactamente en el hecho
que ella no permanece inmóvil en una época o en un milenio,
sino que crece, madura, penetra más profundamente en el misterio,
lo propone entre las verdades que deben creerse y en la liturgia que se
celebra. También en esto se observa que en ella continúa a
existir la única Iglesia de Cristo.
San Agustín explicaba la Eucaristía a los neófitos
durante la noche pascual con estas palabras: “Debe quedar claro lo
qué habéis recibido. Escuchad pues, brevemente, lo que dice
el Apóstol o, mejor aún, Cristo por medio del Apóstol,
sobre el sacramento del cuerpo del Señor: ‘Uno sólo
es el pan, nosotros somos un cuerpo sólo aún siendo muchos’.
He aquí: esto es todo; os lo he dicho rápidamente; pero, vosotros
no contad las palabras, pesadlas!”.[51] En esta frase del Apóstol
existe, según el santo obispo de Hipona, la síntesis del misterio
que ellos reciben.
Pero, desde los orígenes de la Iglesia se puede constatar la resistencia
a esta realidad de parte de cuantos preferían más bien encerrarse
en el propio círculo (cf. 1 Co 11, 17-22); sin embargo, la Eucaristía,
a causa de su eficacia unificadora[52] ha siempre conservado el sentido
de convocación, de superación de las barreras, de conducción
de los hombres a una nueva unidad en el Señor. La Eucaristía
es el sacramento con el cual Cristo nos une a sí en un solo cuerpo
y hace santa a la Iglesia.
La apostolicidad de la Eucaristía
17. El Señor ha dejado los sacramentos a los Apóstoles. Así,
la Iglesia, los ha recibido y desde hace dos mil años los transmite
con la misma fe apostólica. Desde el día de la ascensión,
la Iglesia mantiene la mirada fija en el Señor, que ha dicho “Nadie
ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre”
(Jn 3,13). Cristo resucitado ha subido al cielo con su cuerpo de carne y
glorioso, pero se ha quedado en la tierra en su cuerpo místico que
es la Iglesia, en sus miembros (cf. 1 Co 12,5) y en los sacramentos, especialmente
en la Eucaristía. Él había preanunciado: “si
no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7),
que había hecho posible el Corpus Verum en la encarnación
y que habría dado vida al Corpus Mysticum de la Iglesia.
La apostolicidad de la Eucaristía y de la Iglesia no constituye una
noticia meramente histórica, sino la manifestación permanente
que Cristo es contemporáneo a cada hombre y en todo tiempo,[53] y
se refiere a nuestro misterio de comunión. La encíclica Ecclesia
de Eucharistia cita la incisiva afirmación de Agustín: “(vosotros)
recibís el misterio que sois vosotros”.[54] Esta presencia,
consecuencia de la Encarnación, es, por eso mismo, el misterio de
la fe. En esto se revela también el misterio de la Iglesia, que en
la celebración eucarística, llena de asombro,[55] es llevada
a contemplar: Ave verum Corpus, natum da Maria Vergine.
18. El Concilio Vaticano II ha afirmado que, a través de la obra
de la redención presente en el Sacramento del altar, crece la Iglesia.[56]
Pablo VI recuerda que en el Misal Romano está la prueba de la tradición
ininterrumpida de la Iglesia romana y “la teología del misterio
eucarístico”.[57] El Papa Juan Pablo II, después de
haber insistido en el vínculo inseparable entre Eucaristía
e Iglesia con el conocido aforismo ‘la Eucaristía edifica la
Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía’, afirma que cuanto
se profesa de la Iglesia una, santa, católica y apostólica
en el Símbolo niceno-constantinopolitano se debe aplicar a la Eucaristía
y sobre todo a la apostolicidad[58] “no porque el Sacramento no se
remonte a Cristo mismo, sino porque....la Iglesia celebra la Eucaristía
.... en continuidad con la acción de los Apóstoles”.[59]
Además, “la sucesión de los Apóstoles en la misión
pastoral conlleva necesariamente el sacramento del Orden”.[60] Así
vivida, la nota apostólica de la Iglesia es intrínseca a la
comunión profunda del cuerpo místico y causa de transformación
interior. Esto ayuda a comprender mejor aún el hecho que la Eucaristía
es ‘don y misterio’, “que supera radicalmente la potestad
de la asamblea”;[61] no es la comunidad a dárselo desde su
interior, sino que viene a la comunidad desde lo alto. Ello es subrayado
con fuerza por el hecho de la ordenación del ministro, que la Iglesia
da a una comunidad local, para que él pueda celebrar.
Por lo tanto, “es necesario no olvidar que, si la Iglesia hace la
Eucaristía, la Eucaristía hace a la Iglesia, a tal punto,
que se transforma en criterio para confirmar la recta doctrina.”.[62]
También por este motivo la Eucaristía es un don para descubrir
personalmente, como comunión con Cristo, profundidad del misterio
y verdad existencial.
La catolicidad de la Eucaristía
19. No menos importante es la catolicidad de la Eucaristía, es decir
su relación con la Iglesia universal y local. La comunión,
palabra que “no es casualidad .... se haya convertido en uno de los
nombres específicos de este sublime Sacramento”,[63] indica
también la naturaleza de la Iglesia. Si es verdad que la Iglesia
“vive y crece continuamente”[64] con la Eucaristía y
en ella se expresa, también es cierto que su celebración “no
puede ser el punto de partida de la comunión, que la presupone previamente,
para consolidarla y llevarla a perfección”.[65] El Concilio
Vaticano II recuerda que la comunión católica se expresa en
los ‘vínculos’ de la profesión de fe, de la doctrina
de los Apóstoles, de los sacramentos y del orden jerárquico.[66]
Ella exige, por lo tanto, “un contexto de integridad de los vínculos,
incluso externos, de comunión”,[67] especialmente el bautismo
y el orden sagrado. La Eucaristía como sacramento se encuentra entre
estos vínculos necesarios, mas para que sea visiblemente católica
debe ser celebrada una cum Papa et Episcopo, principios de unidad visible
universal y particular. Es una “exigencia intrínseca de la
celebración del Sacrificio eucarístico”, que “por
el carácter mismo de la comunión eclesial, .... aún
celebrándose siempre en una comunidad particular, no es nunca celebración
de esa sola comunidad,” sino “imagen y verdadera presencia de
la Iglesia una, santa, católica y apostólica”.[68]
20. En los primeros siglos de difusión del cristianismo se daba la
máxima importancia al hecho que en cada ciudad existiera un solo
obispo y un solo altar, como expresión de la unidad del único
Señor. Él se da en la Eucaristía todo entero en cada
lugar y, por ello, allí donde es celebrada, la Eucaristía
hace plenamente presente el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto,
Cristo, que es en cada lugar un único cuerpo con la Iglesia, no puede
ser recibido en la discordia. Precisamente porque el Cristo es indivisible
e inseparable de sus miembros, la Eucaristía tiene sentido sólo
si es celebrada con toda la Iglesia.
Pablo VI, en la Constitución apostólica Missale Romanum del
1969, manifestaba el deseo que el misal, renovado según las normas
del Concilio Vaticano II, fuera acogido como medio para testimoniar y afirmar
la unidad de todos y expresar, en la variedad de los idiomas, ‘una
sola e idéntica oración’. Aquí se encuentra el
sentido de la observancia de las normas litúrgicas y canónicas
relativas a la Eucaristía. La Iglesia, cuando dicta las normas sobre
la Eucaristía, considera la orden de Jesús a los Apóstoles
de preparar la Pascua (cf. Lc 22,12) como un mandato dirigido a ella misma.
En consecuencia: “La íntima relación entre los elementos
invisibles y visibles de la comunión eclesial, es constitutiva de
la Iglesia como sacramento de salvación. Sólo en este contexto
tiene lugar la celebración legítima de la Eucaristía
y la verdadera participación en la misma. Por tanto, resulta una
exigencia intrínseca a la Eucaristía que se celebre en la
comunión y concretamente, en la integridad de todos los vínculos”.[69]
Capítulo III
La Eucaristía: Misterio de Fe proclamado
El
Magisterio de la Iglesia católica
21. La tradición apostólica y patrística de oriente
y de occidente es la fuente primaria, de la cual se nutre el magisterio
conciliar y pontificio de la Iglesia católica, para definir la fe
en la Eucaristía y para responder a las desviaciones doctrinales
y pastorales que una y otra vez se han presentado.
El Concilio de Trento, especialmente en tres decretos, ha definido la doctrina
eucarística después de la Reforma protestante, preocupándose
particularmente por la presencia verdadera, real y substancial del Señor
Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, bajo las especies del pan
y del vino. También ha afirmado que el cuerpo del Señor está
presente no sólo en el pan sino también en el vino y que su
sangre está presente no sólo en el vino sino también
en el pan. Además, en ambas especies el Señor Jesucristo está
presente también con su alma y con su divinidad. Por lo tanto, Cristo,
Verbo del Padre, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente
todo entero bajo las dos especies y en cada parte de ellas.[70] El mismo
concilio define también la transubstanciación,[71] el modo
de recibir la comunión[72] y la relación entre el sacrificio
incruento de la Misa y el sacrificio cruento de la cruz.[73] Igualmente
ha afirmado que sería delictuoso e indigno entender en modo figurado,
tipológico y metafórico, las palabras de la institución
y el mandato de hacer memoria de ellas.[74] Por otra parte, la institución
del sacrificio eucarístico hace presente el sacerdocio de Cristo,
mientras la fuerza redentora de la cruz concede a los hombres el perdón
de los pecados, para los vivos y para los difuntos.[75]
La naturaleza sacrificial de la Misa, profundizada por la Mediator Dei de
Pío XII,[76] es confirmada por el Concilio Vaticano II: Cristo es
el único sacerdote; los ministros obran en su nombre, hacen presente
el único sacrificio del Nuevo Testamento que regenera continuamente
la Iglesia en la espera de su venida;[77] ellos, válidamente ordenados,[78]
obran in persona Christi.[79]
La naturaleza de la Eucaristía
22. El Concilio Vaticano II, partiendo de la doctrina tridentina sobre la
Eucaristía, explica los diversos modos de la presencia de Cristo,
mientras ilustra específicamente las diversas características
de la presencia eucarística.[80] Así, la obra de la redención,
cumplida de una vez para siempre por Jesucristo, continúa a extender
sus efectos cada vez que sobre el altar se hace memoria del sacrificio de
la cruz, en el cual Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.[81] En cuanto
a los efectos sacramentales, la Eucaristía completa la edificación
de la Iglesia, cuerpo de Cristo, y la hace crecer;[82] por lo tanto, tiene
efectos salvíficos sobre los miembros de la Iglesia, confiriendo
a ellos la gracia de la unidad y de la caridad, puesto que la Eucaristía
es alimento espiritual del alma, antídoto contra el pecado, inicio
de la gloria futura y fuente de santidad.
Pablo VI ha confirmado en la encíclica Mysterium fidei que la Misa
es siempre una acción de Cristo y de la Iglesia, aún cuando
sea celebrada excepcionalmente en privado, es decir, sólo por el
sacerdote. Cristo no está presente en modo espiritual o simbólico,
sino realmente, en la Eucaristía, que es fuente de unidad de la Iglesia,
su cuerpo.[83] Según la fe que la Iglesia ha profesado desde el principio,
la Eucaristía, diversamente de los otros sacramentos, es “la
carne de nuestro Salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros
pecados, la misma que, por su bondad, fue resucitada por el Padre”.[84]
En lo que se refiere a la transubstanciación de las especies, además
de la encíclica, la Profesión de fe de Pablo VI confirma el
vínculo causal con la presencia: Cristo se hace presente en la Eucaristía
por una conversión de toda la substancia de las dos especies.[85]
La enseñanza de Pablo VI profundiza el argumento de la transubstanciación
declarando que después de esta mutación substancial, las dos
especies “adquieren un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que
contienen una nueva realidad que con razón denominamos ontológica”.[86]
La Eucaristía y la encarnación del Verbo
23. Jesús es el Hijo de Dios corporalmente presente en medio de los
hombres. Esto no sólo ha sido afirmado por Él, sino también
ha sido atestiguado concordemente por el Espíritu Santo y por el
Padre, especialmente en el bautismo y en la transfiguración. El Señor
está presente cotidianamente, “todos los días hasta
el fin del mundo” (Mt 28,20), a través de las épocas
históricas. Esta presencia, que tiene su origen en el Padre y que
es continuamente referida a Él, se hace contemporánea para
cada hombre en todos los tiempos, gracias al Espíritu. La plenitud
divina del Verbo de la vida estaba en la humanidad de Jesús de Nazaret.
Después de su ascensión (cf. Mc 16,19-20; Lc 24,50-53; Hch
1,9-14) permanece en el misterio de la Eucaristía, sacramento máximo
de la Presencia de Dios ante el hombre. La ascensión, en efecto,
no significa la desaparición de Cristo en un cielo cerrado; la apertura
del cielo alude a un modo de retorno: “Por eso, ... el hijo del hombre
se mostró Hijo de Dios de una manera más excelente y misteriosa
cuando fue recibido en la gloria de la majestad paterna, y comenzó,
de un modo más inefable, a ser más presente por su divinidad
al alejarse más su humanidad ... Cuando subiré al Padre, entonces
me tocaréis más perfecta y verdaderamente”.[87] Por
lo tanto, a partir de la ascensión, Jesucristo no está ausente
en el mundo, sino presente en un modo nuevo.
Cristo había dicho: “no me volveréis a ver hasta que
digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor” (Mt
23,39). El cáliz de la bendición fue tomado nuevamente en
las manos de los apóstoles, después que Él retornó
resucitado en medio a ellos; desde aquel momento la Iglesia, cuando se reúne,
siempre lo aclama como ‘bendito’ y en la liturgia, después
del triple Santo, agrega: Bendito el que viene en nombre del Señor.
24. En consecuencia, la fe cristiana no consiste en creer en la existencia
de Dios o de la persona histórica de Jesús, sino en el hecho
que, en Él el Verbo de Dios se ha hecho carne y continúa a
habitar entre nosotros. Al comienzo de su vida terrena, con un cuerpo mortal
de propiedades vinculadas al espacio y al tiempo, después, con un
cuerpo resucitado no ya vinculado a ellas. Por este motivo, el Resucitado
entra mientras las puertas están cerradas, supera en un instante
distancias considerables, para hacerse conocer, oír, ver y tocar
por los suyos. A partir del momento de la resurrección y de la ascensión
su presencia es una realidad nueva.
Esta metodología de Dios, que atraviesa la historia llegando a cada
hombre, es presentada en la primera carta de San Juan: “Lo que existía
desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros
ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra
de vida, ... os lo anunciamos, para que también vosotros estéis
en comunión con nosotros” ( 1 Jn 1,1-3). Y San Ambrosio comenta:
“... probamos la verdad del misterio con el mismo misterio de la encarnación.
¿Acaso fue seguido el curso ordinario de la naturaleza cuando el
Señor Jesús nació de María?... Entonces, aquello
que nosotros presentamos es el cuerpo nacido de la Virgen ... Es la verdadera
carne de Cristo que fue crucificada y sepultada. Es, por lo tanto, verdaderamente
el sacramento de su carne”.[88]
Por esta razón, la verdad y la realidad de la encarnación
del Verbo es el fundamento del Cuerpo eucarístico y del Cuerpo eclesial,[89]
de la doctrina eucarística y de la teología sacramental. San
Hilario afirmaba que “verdaderamente la Palabra se ha hecho carne
(cf. Jn 1, 14) y nosotros recibimos verdaderamente la Palabra hecha carne
como alimento del Señor”.[90] De ahí que el Papa Juan
Pablo II recuerda: “La Eucaristía, mientras remite a la pasión
y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con
la Encarnación. María concibió en la anunciación
al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre,
anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente
en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo
y la sangre del Señor.”[91]
Luces y sombras en la comprensión del Don
25. El magisterio del Papa y de los obispos, después del Concilio
Vaticano II, ha intervenido en diversas ocasiones para alentar la aplicación
de la reforma litúrgica y para evaluar sus resultados. En la encíclica
Ecclesia de Eucharistia, el Papa Juan Pablo II, después de haber
señalado entre las luces, principalmente la participación
de los fieles en la liturgia, “con profundo dolor” indica también
las sombras: en algunos lugares el descrédito del culto de adoración
eucarística y los abusos “que contribuyen a oscurecer la recta
fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento”.[92]
Es necesario distinguir la luz de la Eucaristía como sacramento,
de las sombras que son obra de los hombres. Por ejemplo, en la catequesis
y en la praxis eucarística se notan insistencias unilaterales sobre
el carácter convival de la Eucaristía, sobre el sacerdocio
común, sobre el anuncio retenido eficaz sólo por sí
mismo, sobre los ritos eucarísticos ecuménicos contrarios
a la fe y a la disciplina de la Iglesia.
En el respeto de las tradiciones rituales, es necesario recuperar la unidad
integral del misterio eucarístico, que comprende: la palabra de Dios
proclamada, la comunidad reunida con el sacerdote celebrante in persona
Christi, la acción de gracias a Dios Padre por sus dones, la transubstanciación
del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del Señor, su presencia
sacramental causada por la palabra de Jesús que consagra, el ofrecimiento
al Padre del sacrificio de la cruz, la comunión con el cuerpo y la
sangre del Señor resucitado. Dice el Papa: “El Misterio eucarístico
- sacrificio, presencia, banquete - no consiente reducciones ni instrumentalizaciones,
debe ser vivido en su integridad... Entonces es cuando se construye firmemente
la Iglesia y se expresa realmente lo que es”.[93]
26. La encíclica aclara todavía: “La Iglesia vive continuamente
del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través
de un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual, puesto
que este sacrificio se hace presente, perpetuándose sacramentalmente
en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado”.[94]
La Eucaristía contiene la energía del Espíritu que
se trasmite al hombre en la comunión y en la adoración del
Señor realmente presente.
La vida de la gracia se transmite a través de los signos sensibles
en cada sacramento, pero con más evidencia en la Eucaristía.
La Iglesia no se da la vida ni se edifica a sí misma; ella vive de
una realidad que la precede, es decir, que “la acción conjunta
e inseparable del Hijo y del Espíritu Santo, que está en el
origen de la Iglesia, de su constitución y de su permanencia, continúa
en la Eucaristía”.[95] Por lo tanto, la Iglesia no nace desde
abajo, porque la communio es gracia, don que viene desde lo alto.
“La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor,
no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino
como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona
en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación.
Ésta no queda relegada al pasado, pues ‘todo lo que Cristo
es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad
divina y domina así todos los tiempos’...”.[96]
La Eucaristía, signum unitatis
27. “Os congregáis ... en unánime fe y en Jesucristo
- dice San Ignacio de Antioquía - ... rompiendo un solo pan, que
es medicina de inmortalidad”.[97] Para San Juan Crisóstomo
“es ésta la unidad de la fe: cuando todos somos una cosa sola,
cuando todos juntos reconocemos lo que nos une”.[98] La unidad de
la fe recibida en el bautismo es el presupuesto para ser admitidos en la
unidad de la divina Eucaristía, porque con ella entramos en comunión
con Aquel que creemos consubstancial al Padre, según la fe que profesamos
en Él. ¿Cómo sería entonces posible comulgar
con Cristo junto con personas que, en relación a Él, tienen
un credo diverso? Seríamos reos del cuerpo y sangre del Señor
(cf. 1 Co 11,27). La Iglesia, que es madre, advierte el dolor y el amor
por cada hombre, no creyente, catecúmeno, lejano de la fe, pero no
tiene el poder de dar la comunión a los no bautizados, ni a los heterodoxos,
ni a los inmorales”.[99]
Recibiendo el único Pan, entramos en esta única vida y nos
transformamos así en un único Cuerpo del Señor. Fruto
de la Eucaristía es la unión de los cristianos, antes dispersos,
en la unidad del único pan y del único cuerpo. Y por esta
misma razón la Eucaristía puede ser recibida sólo en
unidad con toda la Iglesia, superando toda separación religiosa o
moral.[100]
28. En esta perspectiva deberíamos tratar acerca de la llamada intercomunión
con la debida humildad y paciencia. En vez de ciertos experimentos que quitan
al misterio su grandeza, reduciendo la Eucaristía a un instrumento
en nuestras manos, es preferible disponerse, en la oración común
y en la esperanza, a “respetar las exigencias que se derivan de ser
Sacramento de comunión en la fe y en la sucesión apostólica”.[101]
Con las Iglesias ortodoxas compartimos la misma fe eucarística, porque
ellas tienen verdaderos sacramentos.[102] Por ello, en ciertos casos la
comunión eucarística es posible.[103] Sin embargo, debe prestarse
especial atención a la relación entre hospitalidad eucarística
y proselitismo. También algunas comunidades eclesiales de la Reforma,
sobre todo luteranas, creen en la presencia de Cristo durante la celebración,
pero a raíz de la falta del sacramento del orden, no han conservado
la genuina e integra substancia del misterio eucarístico.[104] Hay
acercamientos, pero no existe todavía un pleno consenso. En consecuencia,
sólo en casos de necesidad espiritual un miembro no católico
bien preparado, es decir que profese la misma fe en la Eucaristía,
puede acercarse a ella; mientras un católico puede hacerlo sólo
si el ministro está validamente ordenado.[105]
Capítulo IV
La Liturgia de la Eucaristía
El
centro de la liturgia cósmica
29. La encarnación del Señor y su ascensión han hecho
posible la comunicación entre el cielo y la tierra, prefigurada en
la visión de la escalera de Jacob (cf. Gn 28,12) e preanunciada por
el mismo Cristo (cf. Jn 1,51). El Apocalipsis, con el altar del Cordero
en el centro de la Jerusalén que desciende desde el cielo sobre la
tierra, es el arquetipo del culto cristiano: adoración a Dios de
parte del hombre y comunión del hombre con Dios.[106] El Canon Romano
en la invocación Supplices te rogamus menciona “el altar del
cielo”, porque desde allí desciende la gracia de Aquel que
es el Resucitado y el Viviente, cumpliéndose así el maravilloso
intercambio que salva al hombre.
Cristo es el catholicus Patris sacerdos,[107] a través de cuya humanidad
el Espíritu Santo transmite la vida divina al creado y al hombre,
llevándola a la perfección. La naturaleza humana de Cristo
es fuente de salvación, Él es el supremo liturgo y sacerdote.
Según los orientales, la presencia de la Trinidad confiere a la sináxis
eucarística la característica de una alianza entre la tierra
y el cielo: “la morada de Dios con los hombres” (Ap 21,3). Dice
San Dionisio el Areopagita que Dios “es llamado belleza ... porque
llama (kaleí) a sí todas las cosas ... y todas las recoge
(synagheí) uniéndolas”.[108] Los términos griegos
son sinónimos de la convocación eclesial. La presencia de
Cristo, allí donde se reúnen los fieles para la Eucaristía,
hace de la tierra un cielo: “Este misterio transforma para ti la tierra
en cielo ... Te mostraré en efecto, sobre la tierra lo que en el
cielo existe de más venerable ...No te muestro a los angeles ni a
los arcángeles, sino al mismo Señor de ellos ...”.[109]
Por lo tanto, en la celebración de la Eucaristía se puede
“experimentar intensamente su carácter universal y, por así
decir, cósmico. ¡Sí, cósmico! Porque también
cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo,
la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo.
Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación”.[110]
Cuando la Eucaristía es válidamente celebrada
30. El sacramento es “un signo sensible de la realidad sagrada y una
forma visible de la gracia invisible”.[111] No debe parecer obsoleta
esta definición del concilio de Trento, porque sirve todavía
para recordar los elementos que forman necesariamente parte también
del sacramento eucarístico: el ministro, los que lo reciben y el
gesto sensible.
En cuanto a los elementos, el gesto de la Eucaristía es posible sólo
con el pan, con el vino y algunas gotas de agua, que expresan la unión
del pueblo santo con el sacrificio de Cristo,[112] aún cuando, para
la validez del gesto, el agua no es necesaria.[113] En cuanto a la fórmula,
para la fe católica, son esenciales y necesarias sólo las
palabras de la consagración.[114] El ministro es el sacerdote válidamente
ordenado.[115] En modo válido pueden recibir la Eucaristía
sólo los bautizados, a los cuales, según la tradición
latina, se pide el uso de la razón, con la finalidad de conocer,
en la medida en que sea posible, los misterios de la fe y acercarse a ellos
con recta intención y devoción. Se pide también el
estado de gracia, que después del pecado mortal, se obtiene con la
confesión sacramental.[116]
De todo esto se comprende que la liturgia no es una propiedad privada que
puede ser subordinada a la propia creatividad, ya sea en las celebraciones
comunitarias como también en aquellas con pocos fieles o simplemente
sin ellos.[117] La forma de la Misa concelebrada por varios ministros, en
la cual se manifiesta elocuentemente la unidad del sacerdocio, del sacrificio
y del pueblo de Dios, está reglamentada en el rito romano por normas
precisas.[118] En los ritos orientales, como alta expresión de unidad,
la concelebración es desaconsejada “en particular cuando el
número de los concelebrantes es desproporcionado con respecto al
de los fieles laicos presentes”.[119]
31. El capítulo I de la Instructio Generalis Missalis Romani, refiriéndose
a la “importancia y dignidad” de la celebración eucarística,
declara que ella, en cuanto acción de Cristo y del pueblo de Dios
jerárquicamente ordenado, es el centro de toda la vida cristiana
para la Iglesia universal, para la iglesia local y individualmente para
los fieles. Los principales “elementos y partes de la Misa”,[120]
en gran parte comunes a todos los ritos de oriente y de occidente, muestran
el profundo simbolismo y la dimensión pastoral de la Eucaristía,
que no permiten ni las interpretaciones parciales o erradas de la llamada
creatividad litúrgica, ni la crítica de lo que es legítimo.
El acto penitencial
32. Propio del rito romano, el acto penitencial tiene como objetivo predisponer
a escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía.
En los ritos bizantino, armenio y sirio-antioqueno existen oraciones preparatorias
del sacerdote, junto a gestos de purificación (lavatorio, incienso),
que son propios también de los ritos maronitas, caldeo y copto. Las
fórmulas propuestas por el Misal Romano favorecen el reconocimiento
de nuestro estado de pecadores, el discernimiento para la contrición
del corazón y hacen sentir más evidentemente el deseo del
perdón de Dios y de los hermanos. No se puede hablar de un examen
de consciencia, que requiere tiempo y profunda reflexión personal
y es una condición de la confesión sacramental. El acto penitencial
se concluye con la invocación de la misericordia de Dios.[121]
La Palabra de Dios y el Símbolo de la fe
33. En la primera parte de la Misa, según los ritos orientales, se
vive el misterio de la encarnación del Verbo, que entra en el mundo,
para hacerse escuchar y para alimentar al hombre. Con el alimento y la bebida
eucarísticos, como dice la Didaché, se nos ofrece y recibimos
el conocimiento de Dios.[122]
El Evangelio tiene por objeto la Palabra, el Verbo, el anuncio gozoso (euangélion):
Dios ha descendido a la tierra para darnos el alimento que no perece. La
Eucaristía nos hace amigos de Cristo, que es la Sabiduría
de Dios. ¡Es el ‘Evangelio de la esperanza’![123]
Como respuesta a este anuncio, después de la homilía, para
los latinos y los armenios, o después del traslado de los Dones para
los bizantinos y los otros orientales, se proclama el ‘símbolo
de la fe’.[124] Éste no puede ser interpolado ni cambiado:
es una de las condiciones necesarias para acercarse a la Eucaristía,
porque la mesa de la Palabra y la de la Eucaristía[125] son una única
mesa del único Señor, y exigen “un solo acto de culto”.[126]
La presentación de los Dones
34. En el rito romano la liturgia eucarística comienza con la preparación
de los dones. En este momento desempeñan una parte importante los
fieles laicos, que llevan el pan y el vino hasta el presbiterio, donde el
sacerdote los recibe para ofrecerlos a Dios Padre. Se admite también
la posibilidad de ofrecer otros dones, cuya finalidad es ayudar a los pobres
o a otras iglesias. La presentación del pan y del vino, junto con
los dones destinados a la caridad, subraya el fuerte vínculo que
existe entre la Eucaristía y el precepto del amor. Sin embargo, la
liturgia dispone que el pan y el vino sean colocados directamente sobre
el altar, mientras los otros dones no deben ser apoyados sobre la mesa eucarística,
sino fuera de ella y en un lugar adecuado; tal disposición pretende
expresar la debida veneración hacia los elementos que luego se convertirán
en el cuerpo y sangre del Señor.[127]
En la liturgia bizantina se pone sobre el altar, además del mantel,
un lino sacro, en el cual está representado el descendimiento de
Cristo de la cruz; allí se colocan los dones, que se transformarán
en el cuerpo y la sangre del Señor, con un gesto que simboliza la
pasión inmaculada del Señor y su sepultura.[128] El sacerdote,
para ser digno de ofrecerlos por sí mismo y por los pecados del pueblo,
después del “Gran Ingreso” dirige al Padre una súplica.
Él debe ser ajeno al pecado (amartía); “no por naturaleza,
sino ... por la dignidad del sacerdote”.[129] Después tiene
lugar la incensación de los santos Dones, prefiguración de
descendimiento del Espíritu Santo sobre ellos[130] y de la oración
de adoración que, en Cristo, asciende al Padre. La preparación
y presentación de los dones no es simplemente un momento funcional,
sino una parte integrante y altamente simbólica del Sacrificio.
La Plegaria eucarística
35. El sacerdote, o el diácono en los ritos orientales, introduce
la plegaria eucarística con la invitación: “levantemos
el corazón”. En las Constituciones Apostólicas se dice:
“Dirigiéndose al Señor, con temor y temblor permanecemos
de pie para ofrecer la oblación”.[131] El diálogo sirve,
dice San Juan Crisóstomo, “para que podamos presentar erguida
- de pie - nuestra alma delante de Dios, eliminando la postración
provocada por los quehaceres de la vida cotidiana .... Piensa junto a quién
estás, en compañía de quién te preparas a invocar
a Dios: en compañía de los Querubines... Ninguno participe
pues en el canto de esos himnos sacros y místicos con un fervor relajado...
Mas cada uno, extirpando del propio espíritu todo lo que pertenece
a la tierra y transfiriéndose enteramente al cielo, como si se encontrara
junto al mismo trono de la gloria y volara junto a los Serafines, ofrezca
de este modo el himno santísimo al Dios de la gloria y de la magnificencia.
He aquí porqué se nos exhorta a estar bien dispuestos en ese
momento..., es decir, a estar con ‘temor y temblor’ (Flp 2,12),
con un alma despierta y vigilante”.[132]
Esta misma elevación es significada por la palabra anáfora:
la acción de los creyentes de levantar en alto los corazones.[133]
Los Dones no son llevados sólo al altar terreno, sino levantados
hasta el altar del cielo y esto debe realizarse en paz, en el espacio de
la imperturbable paz del cielo.[134] Además, el sacrificio se ofrece
con una única finalidad: el amor y la misericordia. Esto lo hace
agradable al Señor. Es sacrificio de alabanza porque exalta el amor
del Señor.[135]
36. Los fieles se unen respondiendo: “Es justo y necesario”.
Observa San Juan Crisóstomo: “La acción de gracias,
la Eucaristía, es un acto común: no agradece, en efecto, sólo
el sacerdote, sino todo el pueblo. Toma primero la palabra el sacerdote;
los fieles expresan, inmediatamente después, el propio consenso:
Es cosa digna y justa. Sólo entonces el sacerdote comienza la acción
de gracias, la Eucaristía”.[136] Así se expresa la participación
del pueblo de Dios, su peregrinar hacia la Iglesia celestial, que culmina
en el Sanctus, el himno de la victoria (epiníkio), fusión
del himno angélico en la visión de Isaías y de la aclamación
del pueblo de Jerusalén al Señor que entraba en la Ciudad
Santa para cumplir voluntariamente su pasión.
Al final de la anáfora los fieles responden con el Amen a la doxología
trinitaria y “con esta aclamación se apropian de todas las
expresiones del sacerdote”.[137]
La institución de la Eucaristía
37. El Señor en la vigilia de su pasión tomó el pan,
dio gracias, lo partió ..... y dijo. El mandato “Haced esto
en conmemoración mía”, dirigido a los Apóstoles,
que en la Cena mística representan a toda la Iglesia, comenzando
por sus sucesores, se refiere a todo el acto eucarístico. Su punto
culminante está en la conversión del pan y del vino en el
cuerpo y la sangre del Señor, y en la fe en sus palabras.
Desde sus orígenes la Iglesia cumple solemnemente los gestos del
Señor, considerándolos individualmente para meditarlos uno
por uno, como para aprender siempre de nuevo el significado de ellos: la
presentación de los Dones, la consagración, la fracción
y distribución de la Comunión.[138] Por ello, las palabras
“Tomad y comed” no incluyen simultáneamente el gesto
de la fracción de la hostia; en tal caso debería tener lugar
enseguida la comunión. Por el contrario, en este momento altamente
místico, la liturgia indica que el celebrante debe inclinarse y proferir
las palabras con voz clara, no alta, para que sea favorecida la contemplación,
como hace el Obispo en el Jueves Santo cuando exhala sobre el crisma. El
celebrante “en su actitud y en su modo de pronunciar las palabras
divinas debe insinuar a los fieles la presencia viva de Cristo”.[139]
En este momento, en efecto, se cumple el Sacrificio sacramental.[140]
La epíclesis sobre los Dones consagrados
38. En los primeros siglos, una invocación acompañada por
el gesto de las manos extendidas (epíclesi), para la santificación
y la transformación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del
Señor, era dirigida al Padre antes de la consagración, para
que enviara el Espíritu Santo. El fundamento de esta oración
se encuentra en las palabras pronunciadas por el Señor después
de haber instituido el misterio: “Cuando venga el Paráclito,...Él
dará testimonio de mi...y os recordará todo lo que yo os he
dicho...Él me dará gloria” (Jn 15,26; 14,26; 16,14).
A causa de las controversias sobre la divinidad del Espíritu Santo,
entre los siglos IV y V, fue propuesta la epíclesis, como lo atestiguan
algunas tradiciones litúrgicas. La mayor parte de las anáforas
la conserva en su puesto original, como el Canon Romano, que pide al Padre
que envíe el Espíritu, “el poder de su bendición”.[141]
Los Padres, que han sostenido la importancia de la epíclesi al Espíritu,
consideraban que ésta debía estar unida a las palabras de
la institución para que el signo sacramental se cumpliera. En efecto,
las palabras del Señor son espíritu y vida (cf. Jn 6,63).
Él obra conjuntamente con el Espíritu Santo y es el único
que consagra la Eucaristía y que dispensa el Espíritu. De
todos modos, el Concilio de Trento ha establecido que la epíclesis
no es indispensable para la validez de la Eucaristía.[142]
Como indica San Ambrosio: “... ¿qué decir de la bendición
de Dios, en la cual actúan las mismas palabras del Señor y
Salvador? Puesto que este sacramento que tu recibes se cumple con la palabra
de Cristo ... La palabra de Cristo, por lo tanto, que ha podido crear desde
la nada aquello que no existía, ¿no puede cambiar las cosas
que son en lo que no eran? En efecto, no es menos difícil dar a las
cosas una existencia que cambiarlas en otras ... El mismo Señor Jesús
proclama: ‘Esto es mi cuerpo’. Antes de la bendición
de las palabras celestiales la palabra indica un particular elemento. Después,
de la consagración ya designa el cuerpo y la sangre de Cristo. Él
mismo la llama su sangre. Antes de la consagración se llamaba con
otro nombre. Después de la consagración es llamada sangre.
Y tu dices: ‘Amén’, es decir, ‘así es’”.[143]
La Iglesia de los santos en la Eucaristía
39. En la Divina Liturgia se hace memoria de aquellos en quienes Cristo
vive. San Dionisio el Areopagita dice: “Está presente, inseparablemente,
la multitud de los santos, que demuestra cómo ellos están
indivisiblemente unidos a Él con una unión sobrehumana y sagrada”.[144]
No puede existir, por lo tanto, contraposición entre el culto al
Señor y el culto a los santos. Cuando ellos tenían vida trataban
de hacer todo para la gloria de Dios, ahora se alegran por el hecho de que
por causa de ellos Dios es glorificado.[145] Las Intercesiones expresan
la ofrenda de la Eucaristía en comunión con toda la Iglesia,
celeste y terrena, por todos sus miembros vivos y difuntos.[146] En primer
lugar es invocada la Madre de Dios y siempre Virgen María, porque
la consagración que ella hizo de sí al Señor, es análoga
a la entrega de nuestra vida que se renueva siempre en el sacrificio eucarístico.
Ofrecemos la Eucaristía en memoria de los santos para honrarlos y
para agradecer a Dios, que nos los ha dado como intercesores en nuestro
favor. Ellos mismos, que representan una acción de gracias de parte
de los hombres por los beneficios divinos, interceden e intervienen en nuestras
eucaristías.
Cristo se entrega a sí mismo también a los difuntos “según
una modalidad - dice Cabasilas - que solo Él conoce”;[147]
si se encuentran en estado de purificación, reciben una gracia no
menor a aquella de los vivos, observa San Juan Crisóstomo, que obtiene
para ellos la remisión de los pecados.[148]
La preparación a la comunión
40. La Eucaristía es la presencia viviente de Cristo en la Iglesia.
La humillación del Señor, lo ha llevado a transformarse en
alimento para el hombre (cf. 1 Co 10,16; 11,23 s). Uno de los símbolos
tradicionales de este misterio es el pez: “... me preparó como
alimento el pez de la fuente ... incontaminado, que la virgen pura toma
y cada día ofrece a los amigos para que coman, con vino excelente,
que ofrece mezclado con el pan”, como indica el célebre epígrafe
de San Abercio, obispo del II siglo, el más antiguo de contenido
eucarístico. Otro símbolo de la donación de sí
mismo es el pelicano: “Pie pellicane Jesu Domine....” exclama
Santo Tomás de Aquino en el himno Adoro te devote. El misterio de
la encarnación del Verbo continúa en el Cuerpo eucarístico,
pan del hombre. Jesús lo ha preanunciado en el discurso de Cafarnaúm:
“Yo soy el pan que ha bajado del cielo” (Jn 6,41). Su carne
es verdadero alimento, su sangre es verdadera bebida (cf. Jn 6,55). En la
comunión eucarística se alimenta la comunión eclesial,
la comunión con los santos; en efecto: “Porque aún siendo
muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un
solo pan” (1 Co 10,17).
41. La Eucaristía es el convivio pascual del Cordero inmolado, Cristo
el Señor. La plena participación de los fieles en la Misa
se cumple en la santa comunión, recibida con las debidas disposiciones
externas e internas.[149] Por lo tanto, así como no es aceptable
la abstención prolongada por exceso de escrúpulo, así
tampoco debe alentarse la frecuencia indiscriminada.
La exclusión de la comunión a causa de pecados graves es atestiguada
por las mismas palabras de la institución: “sangre de la Alianza,
que es derramada ..... para perdón de los pecados” (Mt 26,28)
y también por las antiguas anáforas.[150] Desde los orígenes
la Iglesia ha exigido un itinerario para los catecúmenos y para los
penitentes; estos últimos podían participar en la Mesa como
akoinônetôi (privados de la comunión); para los pecados
graves era necesario recurrir a la penitencia canónica. El hecho
de que muchos Padres insistan en la necesidad de ser dignos, demuestra que
el pedido de la remisión de los pecados, también en la epíclesi
postconsagratoria, no es una invitación dirigida a los reos de pecados
graves a acercarse a la Eucaristía sin la previa penitencia. Si bien
es posible participar válidamente en la Misa también sin la
comunión, que es parte integrante, pero no esencial, del sacrificio,[151]
sin embargo se afirma que la participación plena en el cuerpo de
Cristo no se realiza sin una buena disposición.[152]
42. La preparación personal se perfecciona a través de los
ritos de la Comunión:
- Padre nuestro: en esta oración está el pedido del pan cotidiano,
que es también el pan eucarístico, mientras “se implora
la purificación de los pecados, de modo que realmente los santos
Dones sean dados a los santos”[153] Pidiendo el perdón, se
pide también saber perdonar, para que el Reino y la voluntad de Dios
se cumplan en nosotros y seamos hechos dignos de recibir el Sacramento.
- El rito de la paz: el saludo de la paz, es decir del perdón, que
en las liturgias orientales y en la ambrosiana se hace antes de la anáfora,
en el rito romano tiene lugar antes de la comunión. El Señor
resucitado apareció en medio a los suyos y ofreció su paz,
preparó, dice San Juan Crisóstomo, “la mesa de la paz”.[154]
La Eucaristía da la paz y la salvación de las almas, que es
el mismo Cristo (cf. Ef 2,13-17); Él ha sido inmolado para pacificar
las realidades celestes y terrenas, para vivir en paz con los hermanos.[155]
Por ello, la Eucaristía es el vínculo de la paz (cf. Ef 4,3):
“Así como la paz establece la unidad entre las cosas diversas,
así la agitación divide lo que es uno en muchos”.[156]
En efecto, “paz ... es la Iglesia de Cristo”.[157] El cristiano,
pidiendo la paz, en realidad pide el Cristo: “Quien busca la paz busca
a Cristo pues Él es la paz.”.[158] La liturgia es el misterio
con el cual la paz de Cristo llega de nuevo a toda la creación.
Las Constituciones Apostólicas describen así el rito de la
paz: “Los miembros del clero saluden al obispo y, entre los laicos,
los hombres saluden a los hombres y las mujeres a las mujeres.”.[159]
El beso de la paz es una acción sagrada, una experiencia de unidad
que aúna a los fieles entre ellos y con el Verbo.[160] En consecuencia,
la paz se implora principalmente con la oración que pide también
la unidad para la Iglesia y para la familia humana, expresando el amor recíproco
con un breve diálogo entre el sacerdote y los fieles. El rito, de
todos modos, no obliga al intercambio del gesto de la paz, que se cumple
según la oportunidad.[161] En tal caso, tanto en el estilo sobrio
de la liturgia romana como en estilo rico del rito bizantino, cada uno da
el saludo de la paz a aquellos inmediatamente vecinos, evitando abandonar
el propio puesto y procurando no crear distracción. Sería
oportuno, por lo tanto, disciplinar este rito para el decoro de la liturgia.
“Paz” es uno de los nombres que los primeros cristianos daban
a la Eucaristía, porque ella significa reunir, superar las barreras,
conducir a los hombres a una nueva unidad. Con la comunión eucarística
los cristianos, perdonándose unos a otros antes de comulgar, han
creado condiciones de paz en un mundo sin paz.
- Fracción del Pan: este rito significa que, aún siendo muchos,
al compartir el pan partido nos trasformamos en un solo cuerpo. Dice San
Juan Crisóstomo: “Lo que Cristo no ha padecido en la cruz lo
padece en la oblación por causa tuya y acepta ser partido para poder
saciar a todos”[162] Pero el Cristo aún partido no se divide.
Después de la fracción cada partícula del santo pan
es Cristo entero. [163] Todos aquellos que se acercan a la comunión
reciben todo el Cristo, que satisface totalmente. Ninguna comunidad puede
recibir Cristo sino con toda la Iglesia.
- Unión de las especies: es un gesto simple en el rito romano pero
de gran significado, que exalta la obra del Espíritu, desde la encarnación
a la resurrección del Señor. La liturgia bizantina lo explica
como “Plenitud del Espíritu Santo”; además, en
el singular rito del zéon, vertiendo agua caliente, se dice: “Fervor
del Espíritu Santo. ¡Ahora Cristo resucita!”
-Preparación personal: la realiza el sacerdote con espléndidas
oraciones recitadas en voz baja y con algún instante de silencio,
que anticipa aquel más prolongado después de la comunión.
Es un ejemplo para ayudar a los fieles en la propia preparación.
La santa comunión
43. El sacerdote eleva la Hostia consagrada, como el Cuerpo de Cristo fue
elevado sobre la cruz,[164] diciendo en la liturgia latina: “Éste
es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los llamados
a la cena del Señor”; y en la bizantina: “Las cosas santas
a los santos”. Además, “dado que la comunión a
los misterios no es permitida indiferentemente a todos, el sacerdote no
invita a todos ... invita a comulgar a cuantos están en la condición
de participar dignamente: Las cosas santas a los santos ... él aquí
llama “santos” a quienes son perfectos en la virtud, y también
a cuantos tienden a aquella perfección, aunque todavía les
falte para tenerla. En efecto, nada impide a éstos que, participando
en los santos misterios, sean santificados”[165]
La Eucaristía es el sacramento de los reconciliados, ofrecido por
el Señor a quienes son una sola cosa con Él. Por este motivo,
desde el inicio, el discernimiento precede a la Eucaristía (cf 1
Co 11,27 s) bajo pena de sacrilegio.[166] La Didaché asume esta tradición
apostólica y hace pronunciar al sacerdote, antes de la distribución
del sacramento, estas palabras: “Si uno es santo, venga; se no lo
es, se arrepienta”.[167] La liturgia bizantina contiene todavía
este llamado. En la liturgia romana el sacerdote invita a la comunión
y con los fieles pronuncia la frase evangélica “Señor,
no soy digno” para expresar sentimientos de humildad;[168] la respuesta
es el Amén personal de cada fiel al comulgar.
44. De las fuentes antiguas se deduce que la comunión no se toma
sino que se recibe, como símbolo de lo que significa, es decir Don
recibido en actitud de adoración. En los casos previstos de comunión
bajo las dos especies, en el rito latino, debe recordarse la doctrina católica
al respecto.[169] En los ritos orientales debe observarse la tradición
según los respectivos cánones.[170]
Se recomienda una verdadera devoción al acercarse a recibir la comunión.
San Francisco de Asís “ardía de amor hacia el sacramento
del Cuerpo del Señor, con todas las fibras de su ser, lleno de estupor,
más allá de todo límite, por tan benévola dignación
y generosísima caridad ... Comulgaba frecuentemente y con tanta devoción,
que conmovía a los otros”.[171] Y Cabasilas invita a reflexionar
que “mientras comulgamos con una carne y una sangre humanas, recibimos
en el alma a Dios: cuerpo de Dios no menos que de hombre, sangre y alma
de Dios, mente y voluntad de Dios no menos que de hombre”[172] La
realidad del Cuerpo de Cristo es su persona y su vida, misterio y verdad
salvífica para abrazar, como Santo Tomás de Aquino, con la
fe y la razón.
Finalmente, la oración después de la comunión pide
los frutos del misterio celebrado y recibido, puesto que a la obtención
de los mismos está ordenada la Santa Misa.[173]
Capítulo V
La Mistagogía Eucarística para la Nueva Evangelización
Los
Padres
45. El Señor ha prometido: “Y he aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).
No somo nosotros quienes lo hacemos presente, sino que es Él quien
se hace presente entre nosotros y permanece todos los días. Para
tener acceso al misterio de su presencia permanente, los fieles son instruidos
a través de la catequesis para los catecúmenos, íntimamente
unida a la liturgia, y la mistagogía o catequesis postbautismal para
los iniciados.[174]
La iniciación cristiana alcanzó su estructuración teológico-litúrgica
en los comienzos del V siglo, gracias a las homilías catequísticas.
Los alejandrinos, comenzando con Orígenes y terminando con el Pseudo
Dionisio, proponían una mistagogía alegórica: consideraban
la liturgia y la Escritura, como un camino de elevación de la letra
al espíritu, de los misterios visibles, los sacramentos, al misterio
invisible. Así la liturgia seguía la narración bíblica
y proponía una escatología moral personal como itinerario
de esta vida hacia Dios. La mistagogía de los antioquenos, especialmente
San Cirilo de Jerusalén, San Juan Crisóstomo y Teodoro de
Mopsuestia, consistía en describir a través de la liturgia
los hechos históricos y mistéricos de la salvación,
vistos como tipológicos. Para ellos los sacramentos reproducen imitando
(mímesis) o hacen memoria (anánmnesis) de los gestos salvíficos
de la vida de Jesús y anticipan la liturgia definitiva, más
aún, la transfieren al presente a causa de la presencia del Señor
resucitado entre aquellos que se reúnen para el culto.
La negación actual del misterio
46. Mientras en algunas partes del mundo el sentido del misterio permanece
verdaderamente fuerte, en otras, en cambio, se nota una difundida mentalidad
que no niega formalmente el misterio de Dios, sino la posibilidad de reconocerlo
con la razón y adherir a él libremente. Un neopaganismo ofrece
mensajes que invitan a evadirse de la realidad y a refugiarse en los mitos,
en los ídolos, que pueden consolar la existencia sólo por
un instante. Al mismo tiempo, se manifiesta ampliamente también una
exigencia de espiritualidad.[175] Además, avanzan las tendencias
gnósticas que llevan a buscar el sentido de la historia en pocos
privilegiados, que lo conocerían por presunta revelación.
La Iglesia quiere ayudar a la humanidad a encontrar nuevamente el misterio
escondido desde siglos y manifestado en Jesucristo (cf. Ef 3,5-6). Dado
que mistagogía significa conducir por un camino que lleva al misterio,
se comprende porqué no basta un itinerario litúrgico sin una
comprensión personal.
La mistagogía hoy
47. El Señor camina con su pueblo, acompaña siempre la misión
de la Iglesia con su presencia, que nos transforma y nos hace entrar en
el tiempo definitivo (éschaton). Al principio de la mistagogía
hay un encuentro de fe con el Señor a través de su gracia.
La costumbre de las Iglesias orientales de dar la comunión a los
niños junto con el bautismo y la confirmación indica claramente
que la gracia de la Eucaristía viene antes que cualquier intervención
humana. ¿Cómo podría hacerse mistagogía sin
ser atraídos por Jesús? El Evangelio narra encuentros de Jesús
con hombres y mujeres de distintas condiciones. Del encuentro de Cristo
con el hombre nace un camino de conocimiento que se despliega en experiencia
de fe: “¿dónde vives? .... y se quedaron con él
aquel día” (Jn 1,38-39). Así sucedió que algunos
lo siguieron. Ésta es la mistagogía de Dios hacia el hombre:
comienza por tomar nuestra realidad humana para llevarla a la redención.
La mistagogía hoy en día deberá evitar el alegorismo,
que a menudo resulta incomprensible y abstracto e induce a comentarios confusos;
en cambio, la mistagogía confiará en la fuerza del Espíritu,
que se comunica mediante la sobriedad de las palabras y de los gestos sacramentales.
La misión del Espíritu Santo es hacer comprender lo que Jesucristo
ha revelado. Él es el mistagogo invisible. Según San Basilio
Magno, aún cuando las personas de Trinidad cumplan individualmente
algo en modo exclusivo, permanece en las tres el mismo plan de conjunto.[176]
Por lo tanto, volver a descubrir la metodología de los padres es
importante para responder a la necesidad visual de imágenes y símbolos,
que caracteriza al hombre contemporáneo. La misma contribución
de los teólogos medievales es útil para responder a la exigencia
racional de la adhesión al misterio. Este patrimonio es conservado
en las oraciones y en los ritos litúrgicos: de su comprensión
depende en parte la participación al misterio eucarístico.[177]
Pero también la catequesis debe ayudar a los sacerdotes y a los fieles
a comprender y a poner en práctica los diversos aspectos de la celebración
de la Eucaristía.[178]
Presidir la Eucaristía
48. El método mistagógico consiste en leer en los ritos el
misterio de Cristo y contemplar la subyacente realidad invisible. Por ello,
el mistagogo en la liturgia no habla en nombre proprio, sino que se hace
eco de la Iglesia, la cual le ha confiado aquello que a su vez ella ha recibido.
La liturgia no puede ser tratada por el celebrante y por la comunidad “como
propiedad privada”.[179]
San Juan Bautista es la figura más emblemática del ministro
que se hace pequeño para dejar crecer al Señor. Éste
es el fundamento del poder sacro, exousía en el Espíritu Santo,
confiado a la Iglesia por Cristo, sacerdocio de Cristo participado en sus
ministros. San Cirilo de Jerusalén recuerda que la palabra ecclesía
se encuentra por primera vez en el pasaje en el cual es asignado a Aarón
el ministerio sacerdotal. Sacerdocio e Iglesia nacen en el mismo momento
y son partes inseparables uno del otro.[180] El Canon Romano dice: “Acepta,
Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia
santa”. Respetando la diferencia de funciones propias del Cuerpo,
en la Misa el sacerdote cumple la función de Cristo cabeza, mientras
todos los fieles ejercitan la función de los miembros de Cristo.
El sacerdote obra in persona Christi, en el sentido que no es él
que obra sino Cristo en él (cf. Gal 2, 20).
49. La Eucaristía extiende su eficacia a todo el obrar del ministro,
puesto que la función sacerdotal no incluye solo la santificación,
sino también el gobierno y la enseñanza. Ésta es la
verdad del ministerio del obispo cuando celebra la Eucaristía. Además,
en él se muestra en plenitud, y “con mayor evidencia”,[181]
la Iglesia sacramento de unidad . La misma verdad constituye el fundamento
del ministerio del presbítero “cuando celebra la Eucaristía
... con dignidad y humildad”;[182] pero es también el modelo
de las funciones diaconales, de los ministros, en particular el acólito,
del ministro extraordinario de la comunión, de todos los fieles,
que deben “ofrecerse a sí mismos....”con profundo sentido
religioso y caridad hacia los hermanos.[183]
El decoro de la celebración eucarística
50. La mistagogía supone el decoro de la celebración. La liturgia
romana, en su sobriedad, quiere que “los edificios sagrados y las
cosas destinadas al culto divino sean en verdad dignas y bellas y símbolos
de las realidades celestiales”.[184] En efecto, el misterio es puesto
en luz “también por el sentir y la expresión exterior
de suma reverencia y de adoración que tienen lugar en el transcurso
de la liturgia eucarística”.[185] Por esta razón, Juan
Pablo II, hablando del decoro de la celebración eucarística,
ha invitado a observar las reglas litúrgicas de la Iglesia, que se
traducen en expresiones externas.[186] El término latino ordo, usado
para los ritos litúrgicos, nace del precepto apostólico paulino
(cf. 1 Co 14, 40), que establece que en la asamblea litúrgica todo
sea moderado por el decoro y el orden jerárquico.[187] En primer
lugar, según el profundo espíritu de la liturgia “el
vestir un hábito especial para cumplir una acción sagrada
indica el salir fuera de la común dimensión de la vida cotidiana
para entrar en la presencia de Dios en la celebración de los divinos
Misterios”.[188] Responden a esta exigencia las normas sobre todos
los objetos sacros. Todo esto expresa el sentido del misterio. San Francisco
de Asís exigía a los frailes que los cálices, los copones
y los linos destinados a la Eucaristía fueran preciosos y fueran
tratados con sumo respeto y veneración.[189]
La dignidad del canto y de la música sacra
51. El canto y la música deben ser dignos del misterio que se celebra,
como lo atestiguan los salmos, los himnos y los cánticos inspirados
de la Sagrada Escritura (cf. Col 3, 16). Por ello, desde los primeros siglos,
la Iglesia ha siempre considerado la música sacra como una parte
integrante de la liturgia. A pesar de haber aceptado diversas formas musicales,
el Magisterio de la Iglesia ha constantemente confirmado que es conveniente
“que estas diversas formas musicales sean acordes con el espíritu
de la acción litúrgica”,[190] para evitar que el culto
del misterio sea contaminado por elementos profanos inadecuados.
El encuentro con el misterio a través del arte
52. En la encarnación del Verbo no sólo se realiza el encuentro
de Dios con la humanidad que espera la salvación, sino que también
se hace visible a los hombres la imagen de Dios (cf. Jn 14,9). A su vez,
con el misterio pascual de Cristo el hombre es implicado en un movimiento
de ascensión hacia Dios, que pasa necesariamente a través
de la cruz, y por lo tanto a través de la realidad humana (cf. Col
1, 15-20). La celebración de estos misterios encuentra una profunda
analogía con “las actividades más nobles del ingenio
humano”, entre las cuales, con todo derecho, se cuentan las artes
liberales, y sobre todo el arte religioso. Éste, en efecto, como
la liturgia, eleva el espíritu a la contemplación a través
de la experiencia sensible, y por ello, es particularmente adecuado para
“orientar santamente los hombres hacia Dios”.[191]
No podían, por lo tanto, faltar en la vida de la Iglesia expresiones
de fe a través de un rico patrimonio artístico. Es por este
motivo que “la arquitectura, la escultura, la pintura, la música,
dejándose guiar por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucaristía,
directa o indirectamente, un motivo de gran inspiración”.[192]
Así, para el decoro del espacio sacro destinado a la celebración
eucarística han sido construidos espléndidos monumentos arquitectónicos;
para hacer venerable el altar en occidente y el iconostasio en oriente han
sido realizadas maravillosas obras de arte; y para la dignidad del servicio
litúrgico han sido creados preciosos objetos sagrados.
La orientación de la oración
53. La concepción cósmica de la salvación que llega,
como “una Luz de la altura” (Lc 1,78), ha inspirado la tradición
apostólica de la orientación hacia el Este de los edificios
cristianos y la posición del altar, con la finalidad de celebrar
la Eucaristía hacia el Señor, como sucede actualmente entre
los orientales. “No se trata en este caso, como frecuentemente se
dice, de presidir la celebración dando la espalda al pueblo, sino
de guiar al pueblo en el peregrinaje hacia el Reino, invocado en la oración
hasta el retorno del Señor”.[193]
En el rito romano la colocación diversa del ambón y del altar
provoca una espontánea variación de la mirada y también
de la atención sobre las diferentes acciones litúrgicas que
allí se cumplen. También en el culto eucarístico fuera
de la Misa los fieles, desde que entran en la iglesia, dirigen la mirada
hacia la custodia del Santísimo Sacramento.
El área particularmente sagrada del presbiterio o santuario
54. La tradición neotestamentaria, en continuidad con la liturgia
hebraica del templo, ha querido separar el santuario, lugar santo de Dios
(cf. Gn 28, 17; Es 3, 5), donde los ministros cumplen los divinos misterios,
del lugar que ocupan los fieles, los catecúmenos y los penitentes.
Es el espacio sagrado del culto divino, que en las Iglesias de oriente,
como en las de rito latino debe “distinguirse”[194] en el interior
del templo.
El altar, mesa del Señor
55. La imagen bíblica y patrística del cielo que desciende
sobre la tierra, se manifiesta en la Eucaristía celebrada sobre el
altar.
No es necesario que el altar sea grande, sino que tenga una forma proporcionada
al espacio presbiteral. El sacerdote sube allí para los ritos de
las ofrendas, mientras que en la concelebración los sacerdotes se
disponen alrededor del mismo en el momento de la anáfora.[195] La
especial recomendación de que exista en cada iglesia un altar fijo
es expresión de la veneración debida al mismo, como signo
de Jesucristo, piedra viva (1 Pe 2,4).[196] Por idéntico motivo el
altar es ornamentado y recubierto, al menos por un mantel digno.[197]
56. El altar es símbolo de Cristo, del Calvario y del Sepulcro del
cual resurge glorioso el Señor,[198] y es también mesa,[199]
sobre la cual es preparado el Cordero de Dios, mientras la comunión
de los fieles es distribuida fuera del santuario. Por ello, el altar es
venerado, incensado junto al libro de los Evangelios colocado sobre el mismo.[200]
He aquí lo que afirma el Catecismo al respecto: “El altar,
en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de
la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio:
el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más
cuanto que el altar cristiano es símbolo de Cristo mismo, presente
en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida
por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da.
‘¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen
del Cuerpo de Cristo?’ dice san Ambrosio (De Sacramentis 5,7) y en
otro lugar: ‘El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo
de Cristo está sobre el altar’ (Ibidem 4,7)”[201]
El tabernáculo, tienda de la Presencia
57. La adoración no se contrapone a la comunión y ni siquiera
puede ser considerada al margen de ella: la comunión alcanza la profundidad
de la persona cuando va acompañada por la adoración. No hay
conflicto de signos entre el tabernáculo y el altar de la celebración
eucarística. La presencia eucarística no es cronológica,
limitada a la Misa. Es un misterio que perdura en el tiempo hasta la parusía
del Señor glorioso.
Los orientales, aún cuando no tienen la adoración eucarística,
conservan frecuentemente sobre el altar el artofòrio, reserva de
los Santos Dones para los enfermos y los ausentes, y colocan allí