Al participar en el marco de 48 Congreso Eucarístico Internacional,
el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción
de la Unidad de los Cristianos, dijo que el carácter de unidad de
la Eucaristía se ha ido perdiendo, en gran medida por el individualismo
y el subjetivismo de la modernidad tanto en la comprensión como en
la práctica de la Eucaristía.
El
Concilio Vaticano II ha significado un regreso a las fuentes, un regreso
a la tradición original, constató el purpurado alemán.
En término de la unidad de la Iglesia representada en la Eucaristía,
el Concilio significó una vuelta a los tres elementos que se deben
tener en cuenta al hablar del tema: las Sagradas Escrituras, los Padres
de la Iglesia y los grandes teólogos escolásticos.
Entre
quienes entendieron en profundidad la relación de Eucaristía
e Iglesia, se encuentra san Agustín. Llama a la Eucaristía
«signo de unidad y vínculo de la caridad», recordó
Kasper. Este llamado ha tenido eco a lo largo de la historia y representa
un reto para la Iglesia de nuestros días. De la Eucaristía
como signo de unidad debemos extender el pensamiento y la práctica
de la Iglesia como signo e instrumento de la unidad con Dios y de la unidad
así como de la paz del mundo.
«Hoy
--dijo el cardenal--, el discurso del pluralismo está en boca de
todos (…), es el dogma fundamental de la filosofía posmoderna:
que la pluralidad es la única manera como se nos da el todo».
Lo que no es pluralidad cae en el territorio de la sospecha de totalitarismo,
añadió.
La
Unidad es una categoría fundamental tanto de la Sagrada Escritura
como de la Tradición. La Eucaristía tiene una dimensión
universal que «debe ser rescatada ante reduccionismos individualistas
y la nueva reducción de la Eucaristía a una obtusa perspectiva
comunitaria», dijo el cardenal Kasper.
La
unidad de la Eucaristía y la Iglesia pueden sanar a un mundo enfermo
y disperso, opinó. «La salud del mundo se encuentra, para nosotros
los cristianos, en el signo de la cruz».
«La
unidad es una categoría esencial de la Biblia y el mandato explícito
de Jesús --concluyó--. Jesús ha querido una única
Iglesia y Él nos ha dejado como testamento en la última noche
su dolor y esfuerzo, la oración y la preocupación por la unidad.
El ecumenismo es, por tanto, el mandato del Señor que tenemos que
seguir».