La
Dignidad de la Celebración Eucarística
Al
tratar de la dignidad de lo que rodea a la celebración eucarística
y de su decoro, la encíclica "Ecclesia de Eucharistia"
toma como fuentes algunos textos evangélicos que complementan y realzan
nuestra comprensión del sencillo aunque solemne momento de la institución
del sacramento.
Así,
los relatos de la unción de Betania (Mateo 26:8; Marcos 14:4; Juan
12:4) anticipan "el honor que su cuerpo merece también después
de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona"
("Ecclesia de Eucharistia", No. 47).
La
"cuidadosa" preparación del cuarto superior que serviría
como lugar para la Última Cena (Marcos 14:15; Lucas 22:12) también
da luz sobre el cuidado con que la primera Iglesia celebraba el Santo Sacrificio.
Desde
esta base, Juan Pablo II establece con audacia que la "Iglesia no ha
tenido miedo de 'derrochar'" al atender todo lo que rodea a la celebración
eucarística. "No menos que aquellos primeros discípulos
encargados de preparar la "sala grande", la Iglesia se ha sentido
impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar
la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio" (No.
48).
Desde
aquí Juan Pablo II procede a una consideración de la prioridad
del aspecto sacrificial de la Eucaristía sobre aspectos como la Eucaristía
en cuanto banquete, y sólo después vuelve a las formas exteriores
de expresar este misterio en la arquitectura, el arte y la música.
A
primera vista puede parecer fuera de lugar la inclusión de una reflexión
teológica sobre la prioridad de la Eucaristía como sacrificio
en medio de una consideración sobre la arquitectura litúrgica,
el arte y la música sagrada en medio, y sin embargo, podría
afirmar que la intuición profunda del Santo Padre es que la teología
es la clave para entender el propósito del arte y la música
que rodean a la Eucaristía, ya que la teología esta en el
corazón de casi todas las cuestiones que tienen que ver con la condición
humana.
Grave:
Cuando la grandeza del misterio de la eucaristía se enlaza a su aspecto
vertical como don de Cristo al hombre, necesariamente inspira entonces un
arte, una arquitectura y una música que se eleva como respuesta al
misterio. Si, por el contrario, se da prioridad teológica a conceptos
horizontales como la Eucaristía como alimento compartido, los resultados
artísticos son con frecuencia vacíos, expresiones mediocres
en busca de un ilusorio igualitarismo extraño al auténtico
cristianismo.
Dicho
esto, la encíclica, mientras alaba los esplendores artísticos
y musicales de épocas anteriores, no se queda en ningún estilo
en particular, ni recomienda un renacimiento del gótico, el barroco
o cualquier otra escuela artística, sino que contempla la posibilidad
de adaptación a las diversas culturas (ver No. 51). Insiste, sin
embargo, en que recuperemos el sentido de misterio que trajo a estas obras
maestras a la existencia.
Nada
impide a la arquitectura moderna de igualar las obras de anteriores generaciones,
y con razón por las posibilidades de los materiales y técnicas
de construcción modernas, e incluso sobrepasarlas.
El
axioma de la arquitectura moderna, "la forma sigue a la función",
también se aplica a la construcción y embellecimiento de las
iglesias, con tal que la "función" no se límite
a los aspectos prácticos de movilidad, salas de espera y salidas
de incendios, sino que se entienda correctamente como una forma de proveer
un lugar digno y espléndido para el inestimable don de la Eucaristía.
Parecería así que solamente un arquitecto y un artista que
es también un verdadero creyente pueda hacer justicia realmente al
misterio.
Si
muchos diseños modernos de iglesias no inspiran, y muchas obras de
arte de iglesias modernas y sus mobiliarios nos dejan fríos, la razón
hay que buscarla primero y principalmente en la falta de teología,
o en la no existencia de ella.
Otro
factor es quizás una mentalidad gestionadora que acentúa "el
fondo" y olvida que "la Iglesia no ha tenido miedo de 'derrochar'".
Sin embargo, incluso un vistazo al pasado reciente nos muestra qué
espléndidas iglesias se han construido con las monedas y el sudor
de pobres inmigrantes y trabajadores del campo que, aunque carecían
de educación, aferraban el misterio que es la Eucaristía y
entendían que Cristo merece lo mejor.
Lo
mismo puede decirse de la música litúrgica. La Iglesia sigue
recomendando el canto gregoriano y las obras clásicas de polifonía
como sumamente conveniente para la Eucaristía. Al mismo tiempo, la
reforma litúrgica ha creado una necesidad real de nuevas composiciones
capaces de elevar el alma y acercarla a la fe.
De
los millares de composiciones musicales latinas conocidas que existen, muchas
eran bien intencionadas, pero musical y literariamente eran pobres y, como
sus autores, han sido misericordiosamente olvidadas. Con toda probabilidad
el mismo destino aguarda a mucho de lo que se ha producido en los últimos
años. Esto no debe disuadir a los compositores de buscar expresar
el misterio de la salvación en un verdadero espíritu de servicio
al culto divino, en la esperanza de que al menos algunos sean contados entre
los más brillantes y mejores.
El
capítulo 5 de la encíclica continúa con una nota menos
poética. El Santo Padre está abierto a las nuevas formas de
arte sagrado y arquitectura en zonas de reciente evangelización como
Asia y África. El misterio eucarístico, sin embargo, es el
tesoro de toda la Iglesia y, por ello, el desarrollo de nuevos estilos no
puede disociarse de la tradición de la Iglesia, y debe llevarse a
cabo con gran cuidado y en comunión con la Santa Sede.
Los
libros litúrgicos proporcionan ya un amplio marco de adaptación
en algunas áreas como los colores litúrgicos y el lenguaje,
pero hay relativamente pocas prescripciones en la ley universal en el área
de la música y el arte. Por eso, la Iglesia local, actuando de acuerdo
con la Santa Sede, es más que un mero requerimiento jurídico,
sino que expresa un genuino deseo de encontrar su propia voz, siempre en
armonía con la Iglesia universal.
Finalmente,
Juan Pablo II recuerda a los sacerdotes que es tarea de ellos el mantener
la dignidad y el honor de la Eucaristía. Lamenta los múltiples
abusos e innovaciones no apropiadas realizados por muchos sacerdotes en
los años que siguieron al Vaticano II, y aboga por una fidelidad
renovada a las normas de la Iglesia en la celebración de la Eucaristía.
Esta
fidelidad no es una prescripción legalista o formalista sino una
"expresión concreta de la auténtica naturaleza eclesial
de la Eucaristía, a través de la cual "los sacerdotes
demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia"
(No. 52).
Para
subrayar el valor más profundo de las normas litúrgicas, el
Papa anuncia un futuro documento, más jurídico, que dará
expresión concreta a sus preocupaciones. Si bien este futuro documento
será útil y necesario, es de esperar que la profundidad de
la meditación del Santo Padre sobre el misterio eucarístico,
haga este documento motivo de diálogo para muchos sacerdotes y fieles,
llevándolos a acercarse al Santo Sacrificio con renovada reverencia
y fidelidad.