Cuando el domingo 26 de diciembre me enteré de la tragedia, me
quedé sin palabras. Una idea me vino a la mente con fuerza: qué
decir en la homilía de fin de año, en que se suele dar gracias
a Dios por el año que termina, y sólo se me ocurrió
guardar silencio. En este comentario, voy a decir unas breves y modestas
palabras, sin duda limitadas y, algunas, también imprecisas, pues
escribo diez días después de la tragedia. En primer lugar,
recordaré algunos datos y después haré algunas reflexiones
sobre el ser humano y sobre Dios, acompañadas de breves palabras
de la tradición de Jesús. Algunos datos 1. Vivimos en un
mundo plagado de crueldad por terremotos e inundaciones, y por lo que
hacemos los seres humanos, Hiroshima hace medio siglo, República
del Congo, Afganistán e Irak estos días. Y sin embargo,
el tsunami, quizás por aparecer con mayor detalle en televisión,
muchas veces en directo, nos sacude como algo realmente cruel. El cadáver
de un hombre que, cuando se fueron las olas, queda empotrado en una roca,
un matrimonio que tiene que elegir entre salvar a uno de sus dos hijos,
los miles de cadáveres echados, sin muchos miramientos, a fosas
comunes, dicen más que mil palabras. Algunos hablan de la mayor
catástrofe natural de los últimos tiempos, aunque otros
recuerdan el terremoto en China el siglo pasado con alrededor de medio
millón de muertos. En cualquier caso, estamos ante una descomunal
catástrofe. Los datos no son precisos, pero se habla de alrededor
de 160 mil muertos (226.000 según cifras del 19 de ener)-, más
miles de desaparecidos, número que pudiera doblarse si brotan epidemias.
La zona que arrasó el maremoto es muy amplia, unos cinco mil kilómetros
de costa, y muy pobre. Algunos de sus lugares son de los más pobres
del planeta. El número de damnificados que se han quedado sin nada
alcanza los 5 millones, y una tercera parte son niños. La tragedia
es total. Muchos se han quedado sin padre, sin madre, sin hijos, sin hijas,
sin esposo, sin esposa, sin hermanos, sin hermanas... Sin casa, sin cama,
sin ropa, a veces sin tener donde ir... Se necesitan urgentemente alimentos,
medicinas y agua potable, pero el acceso a los damnificados no es fácil.
Muchas de las carreteras están en muy mal estado, y el lodo hace
difícil transitar por ellas. Pasa el tiempo y muchos no pueden
esperar más. Surgen graves problemas humanos, cómo reconocer
los cadáveres, y también problemas legales, como verificar
la identidad de algunos cadáveres y de los desaparecidos. Y se
agudizan los sufrimientos: cómo llegar a aceptar que los desaparecidos
no aparecerán -tragedia que tan en carne viva se vivió en
El Salvador durante la represión y la guerra. La necesidad hace
que brote también la crueldad, fruto de la desesperación.
Hay pillaje para sobrevivir. Y según algunas fuentes noticiosas,
se buscan cadáveres para arrancarles las alhajas, o para entregarlos,
por dinero, a sus familiares. Alrededor de un millón de niños
están en peligro de hambre y enfermedades, y pueden caer en manos
de traficantes, ser objeto de abusos y secuestros para ser vendidos -lo
que ya ocurre en algunas regiones del sudeste asiático. La realidad
es, pues, dantesca. En lenguaje cristiano, los pueblos del sudeste de
Asia son realmente "pueblos crucificados", "el siervo sufriente
en nuestros días, desfigurado, sin apariencia, cargando con nuestros
males" (Is 52, 13 - 53, 12). Para todos, y ciertamente para los cristianos,
debe ser una sacudida a desvivirnos para bajarlos de la cruz. Sin ello
vanas habrán sido las celebraciones en los templos en estos días
navideños, y macabras son, por lo menos irresponsables, las celebraciones,
festivas, cuando no obscenas, el fin de año. Ante esos pueblos
crucificados, no hay palabra, pero debiera haber "veneración".
Y si se nos permite la audacia, hay que tener la actitud del centurión
romano a los pies de la cruz de Jesús: "Verdaderamente, éste
era Hijo de Dios" (Mc 15, 39). "Verdaderamente, estos hombres
y mujeres, estos niños y ancianos, son hijos e hijas muy queridas
de Dios". 2. Como toda catástrofe -así como también
los cementerios-, el tsunami ofrece una radiografía de nuestra
realidad; es decir, hace visible, o al menos más visible, lo que
en el día a día mantenemos invisible. Ahora nos queremos
fijar en una sola cosa: el contraste insultante que existe entre los seres
humanos en este planeta y en este siglo XXI, en el que, en la propaganda,
es el apogeo de la democracia y la prosperidad. Es normal que europeos
y norteamericanos pasen sus vacaciones en lugares bellos, exóticos
y a precios asequibles, y muchos de ellos estaban en el sudeste de Asia.
Para comprender a nuestro mundo, sin embargo, hay que caer en la cuenta
de que eso es todo menos normal, porque no ocurre al revés: dalits,
thais, tagalos, no pasan vacaciones en Boston, Madrid o Londres. Y nadie
se extraña. El mundo es mucho más de y para unos que de
y para otros. Eso es lo normal. Las noticias han informado de los centenares
-o algunos miles- de muertos y desaparecidos de personas del primer mundo.
Hablamos de ello con sumo respeto y suma delicadeza, pero algo hay que
añadir. La televisión ha mostrado muchas escenas de hospitales
donde se recuperan los supervivientes europeos, y, proporcionalmente,
le han dedicado mucho más tiempo a esos europeos que a la suerte
de miles de heridos y damnificados del lugar. Dicho todavía con
mayor crudeza, según escribe J. I. González Faus, "se
oye que Suecia ha hecho desenterrar cadáveres ya inhumados ante
la amenaza de epidemias, para buscar a sus propios ciudadanos fallecidos".
¿Y los demás? Que la televisión de Europa y Estados
Unidos actúe así no sorprende, pues a eso nos tienen acostumbrados.
Pero hay que caer en la cuenta de que, de esa forma, los medios no comunican
lo más real de lo real. Y tampoco acaba de desaparecer el presupuesto
con el que opera la industria de la información: la verdadera noticia
tiene como protagonista a "nuestro mundo occidental, democrático,
industrial y próspero", en definitiva, "a nosotros".
Según una modesta revista de misiones, el secuestro de un blanco
puede tiene el mismo valor mediático que la suerte que pueden correr
diez mil africanos. Es el encubrimiento de la realidad que denuncian Pablo
(Rom 1, 18ss) y Juan (Jn 8, 44), y del que sospecha cualquier ser humano,
encubrimiento que en este caso no es tan burdo como el que se opera en
Irak, El Congo o, antes, en El Salvador. En conclusión, existe
en Occidente -en buena medida- "libertad de expresión",
pero hay grave deficit de "voluntad de verdad". Y con el tsunami
aparece también algo que es criticable, pero que se mantiene como
dogma incuestionable: el destino de Occidente es el buen vivir y el de
los países pobres es ayudarles a ese buen vivir. De este modo,
los países pobres son los que "salvan" a los países
ricos". Y ese destino es, además, manifiesto. Se impone por
sí mismo. No necesita justificación. "Salvación"
son las materias primas de las que con frecuencia Occidente se apodera
violentamente -en la República Democrática del Congo se
apoderan ahora del coltán, promoviendo para ello una guerra que
ha causado cuatro millones de muertos en seis años. Y "salvación"
son los lugares de turismo a bajo precio. Hoy se habla de "la industria
del turismo", que prospera para favorecer a los ricos, aunque de
ella viven también, como mano de obra barata, muchos pobres. Estos
se alegran de que exista tal turismo, y quieren que se reconstruyan cuanto
antes hoteles y balnearios destruidos, lo cual es absolutamente comprensible.
Pero no deja de dar algo -o mucho- de vergüenza que la humanidad
no haya puesto a funcionar su inteligencia para encontrar soluciones más
justas, más fraternas y solidarias a los problemas de los países
pobres, que también en el turismo se imponga el capitalismo, antes
que cualquier otra consideración humana. Las maquilas son otro
ejemplo. Y queda la pregunta, ¿es más importante construir
hoteles para turistas extranjeros que viviendas para los pobres? Además,
el primer mundo tiene recursos, conocimientos y tecnología para
minimizar las consecuencias de las catástrofes en los países
pobres. El terremoto de El Salvador del 2001 ocasionó alrededor
de 1.150 víctimas, y los expertos dijeron que en Suiza sólo
hubieran sido 5 o 6. Ahora, en Europa parece que hubo agencias de viajes
que tenía información sobre posibles tsunamis en el sudeste
asiático, pero no consideraron suspender los viajes y poner en
peligro sus negocios. Algo se sabía, pues, de lo que se avecinaba.
Es una muestra más del déficit de ética de Occidente
en su relación con el Sur. Esto se ha querido reparar en la reunión
de Yacarta. Ojalá sea así. En definitiva, lo que es bien
sabido, pero cuidadosamente ocultado, vuelve a salir a la luz en el tsunami.
El lenguaje es, de nuevo, religioso, pero no hay otro mejor, pues el de
Occidente es pálido, cuando no encubridor: los pueblos pobres son
los que siempre cargan mayoritariamente con los males de este mundo. En
lenguaje paulino "son los que completan en su carne lo que falta
a la pasión de Cristo" (Col 1, 24). 3. Hay promesas de ayuda.
Naciones Unidas habla de una ayuda sin precedentes: 3.500 millones de
dólares -y ojalá los expertos sepan cómo administrarla
del mejor modo posible. Australia ha ofrecido 750 millones, Japón
500, la Unión Europea 350. Lo de Estados Unidos merece mención
especial. El presidente Bush mantuvo silencio durante los tres primeros
días, y después ofreció 15 millones -las celebraciones
de su inauguración presidencial costarán unos 40 millones.
Para entonces la Conferencia Episcopal de Estados Unidos ya se había
comprometido a recoger 25 millones. Bush tuvo que superar la cifra y ofreció
35 millones. El New York Times lo tildó de "mezquino",
y ahora ofrece 350 millones. Recuérdese que la guerra en Irak ha
costado ya 130.000 millones de dólares, y el congreso espera que
la Casa Blanca solicitará este año unos 100.000 millones
adicionales para las operaciones militares en Irak y Afganistán.
Por lo que toca a España, el 90% de la ayuda oficial, 48 millones
de euros, unos 62 millones de dólares, serán créditos
del Fondo de Ayuda al Desarrollo, y sólo 5 millones de euros, unos
6.5 millones de dólares -el 10%-, serán donación,
como ha denunciado Intermon Oxfam. Los grandes se han mostrado educados
-y algunos suponemos que sinceramente consternados- ante la catástrofe.
Pero han dicho cosas que no se deben decir. Según el analista Bigio
"el 28 de diciembre Blair consideraba que estos hechos no ameritaban
que suspendiera las vacaciones". Esperamos que quien escribe no esté
bien informado, aunque no se puede dudar de lo que añade: "la
ayuda que daba su país, el reino Unido, a los damnificados era
inferior a lo que costó un misil en la guerra de Irak". En
la reunión de Yacarta, Colin Powell, secretario de Estado de Estados
Unidos, dijo que, aunque ha estado en situaciones y guerras muy duras,
nunca había visto tamaña tragedia -lo cual suena a sarcasmo
cuando él es co-responsable político de los horrores de
Afganistán e Irak, directamente causados por su país. Y
cuando, como ayuda a la tragedia del tsunami, su país, en un primer
momento, sólo había ofrecido una ayuda equivalente a una
hora de bombardeos contra Bagdad. Oigamos a Jesús: "Los reyes
de las naciones gobiernan como señores absolutos, y los que ejercen
la autoridad sobre ellas se hacen llamar Bienhechores; pero no sea así
entre ustedes" (Lc 22, 25s) 4. Terminamos con el lado humano de la
ayuda. En el primer mundo muchas personas están siendo generosas,
aunque no puede faltar la contumaz codicia de los bancos que no perdonan
las tarifas que cobran por hacer transferencias, ni siquiera ante esta
catástrofe. Recuerda lo que dice Jesús en la parábola
del ricachón y del pobre Lázaro. Estas cosas no cambian
"ni aunque un muerto resucite" (Lc 16, 31). Lo mejor de la solidaridad
lo han mostrado personas y colectivos, médicos que han trabajado
24 horas al día, bomberos que ayudan en lugares peligrosos, los
topos mexicanos expertos en buscar supervivientes entre ruinas, y así
muchos otros... Y cuentan que varios de los europeos que han ido a buscar
a sus familiares se han quedado para ayudar. Son el buen samaritano, que
no dio un rodeo, ni permaneció insensible ante las víctimas,
como hace normalmente nuestro mundo. Parece que las Iglesias también
han quedado impactadas, y han tenido que leer, como por necesidad, y poner
en práctica "la parábola del buen samaritano"
(Lc 10, 29-37). Juan Pablo II, que casi no puede hablar, sí ha
hablado diariamente del tsunami y de la obligación de ayudar a
las víctimas -así como ha criticado permanentemente las
catástrofes históricas, las dos guerras de Irak, la de Afganistán.
Y hay muchas iniciativas generosas entre cristianos y otros hombres y
mujeres de las diversas religiones. Mucha gente -no necesariamente los
gobiernos- están actuando según la advertencia del evangelio:
"que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha"
(Mt 6, 3) -aunque en estos casos no suele ser mala cosa que se sepa lo
que dan unos para que todos se animen a ayudar, aunque no sea más
que por pudor. En cualquier caso, mucha solidaridad permanecerá
anónima, y será más valiosa y humana. Como dice Jesús,
"queda en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará"
(Mt 6, 4). Lo que no se escucha tan claramente es otra palabra de Jesús,
cuando miraba a quienes echaban limosnas en el templo: "los de la
bolsa llena, han dado de lo que les sobra, pero esta mujer, la de los
centavitos, ha dado más que nadie, porque ha dado de lo que le
falta" (Lc 21, 4). Lo primero es ayuda, lo segundo es solidaridad.
La mujer ha reaccionado desde el fondo de su ser. Lo que aquí está
en juego es si el primer mundo se deja afectar a fondo por el sufrimiento
de los pobres, sin analgésicos para que no duela, sin limosnas
para apagar la voz de la conciencia, sin somníferos que hacen olvidar.
Está en juego la solidaridad y la vergüenza humana. Hay gente,
ciertamente, que se ha dejado afectar por la tragedia, y ésta les
ha podido cambiar "en lo escondido". Quizás tienen ahora
nuevos ojos para ver lo que no veían antes, una razón lúcida
para dejar de verse como centro de la humanidad, y una razón compasiva,
un corazón nuevo -de carne- para superar la insensibilidad del
corazón de piedra. Eso va más allá de la ayuda que
dan. Cuántos y cuántas se han dejado afectar así,
no se sabe. Pero en ellos está la esperanza para enrumbar humanamente
a nuestro Occidente egoísta, en solidaridad con los pobres de este
mundo y en el modo humano de vivirla. Algunas reflexiones ¿Qué
es lo más real tras todos estos datos y cifras? ¿Qué
es lo que más nos exige esta realidad? ¿Puede surgir de
ella algo bueno? Digamos una palabra sobre ello, dando la palabra a los
que viven en lugares de catástrofes. 1. Sea lo primero apuntar
al dinamismo en el que nos debemos encarnar: tragedia, sufrimiento, compasión
y esperanza. Y para ello, valga por muchos testimonios lo que nos escribe
el 29 de diciembre un gran amigo de la India, Felix Wilfred, sacerdote
y conocido teólogo, que vive en Madrás: "No hay palabras
para describir la magnitud de la tragedia, con la pérdida de tantas
vidas preciosas y tantos destrozos materiales. La gente está inconsolable.
La mayoría de las víctimas han sido mujeres y niños.
La noche del mismo día del tsunami enterré a un niñito
de dos meses. Se le cayó de las manos a su mamá, cuando
ésta tropezó tratando de huir de las gigantescas olas. Fue
tragada por el mar. He visitado varios poblados de la costa y he visto
escombros por todas partes, lanchas y catamarams hechos pedazos, y cadáveres
sobre la arena de las playas. En un hospital cercano, los quejidos y el
llanto de la gente, al reconocer los cuerpos de sus seres queridos, partían
el alma. Por temor a quedar atrapados por otra tragedia, durante la noche
mucha gente de los tugurios está durmiendo aquí en el campus
de la universidad, en un lugar un poco elevado sobre el nivel del mar.
Muchos grupos y organizaciones de voluntarios trabajan sin cesar. Incluso
48 horas después del desastre, han podido arrancar al mar, vivos,
a varios niños. A pesar de tanta tragedia, Dios nos concede el
don precioso del tiempo. Nos podemos preocupar de los demás y dar
esperanza a las víctimas. Esperanza y consuelo es lo que en este
momento más necesitan las víctimas. Que el nuevo año
sea para todos un año de Esperanza y Consuelo". Este es el
dinamismo en que todo ser humano debe insertarse. Es el dinamismo de la
gente buena a lo largo de la historia, y el de aquel Jesús "que
pasó haciendo el bien, curando, consolando a afligidos..."
(Hech 10, 38). 2. Puede parecer increíble, sin ninguna lógica
-y pensarán algunos que sólo "hacemos de la necesidad
virtud"-, pero es verdad. En medio de esas inmensas tragedias surge
la vida con una fuerza incomparable. Me impactó ver, una semana
después de la tragedia, a unos muchachos jóvenes de Sri
Lanka, reconstruyendo una pequeña vivienda y sonriendo. Desde la
India escriben que la primera solidaridad ha sido entre las mismas víctimas,
sin distinción de religiones, hindu, cristiana, budista. Los "pueblos
crucificados" son portadores de vida, como el siervo sufriente de
Jahvé. Para "conceptualizar" ese decisión en favor
de "vivir" y de vivir" todos", durante el terremoto
de El Salvador en el 2001 se me ocurrió llamarla "santidad
primordial": el desfile de gentes tratando de sobrevivir, mujeres
con "los restos de la casa" sobre su cabeza y con niños
agarrados de sus manos, otras mujeres cocinando y compartiendo lo poco
que el terremoto había dejado, hombres removiendo con baldes montañas
de tierra para rescatar a seres humanos soterrados... La misma sensación
tuve al ver a la gente de Mozambique con las manos levantadas hacia helicópteros
que sobrevolaban la isla y que eran el único medio de salir de
ella después de la gran inundación que sufrieron ese mismo
año. Pienso que en esas situaciones estamos ante algo último,
que con gran facilidad se pasa por alto en los países de abundancia.
Si se me permite una palabra un poco más técnica, sobre
esa santidad no se pregunta uno qué hay de libertad o de necesidad,
de virtud o de obligación, de gracia o de mérito. Obviamente
no tiene por qué ser la santidad que va acompañada de virtudes
heroicas -exigida en las canonizaciones-, sino la que se expresa en una
vida cotidianamente heroica. Esos hombres y mujeres no hacen milagros,
entendidos como violación de las leyes de la naturaleza, pero dicho
sin ninguna retórica, hacen milagros que violan las leyes de la
historia: el gran milagro de sobrevivir en un mundo -y ahora en una naturaleza-
que les es grandemente hostil. Algo parecido he leído en una entrevista
que le acaban de hacer a Ignasi Carreras, director durante 10 años
de Intermon Oxfam. Con mucha ciencia acumulada dice que "al final
siempre son las personas las que salvan las situaciones más terribles".
Y pone el ejemplo de Jules, de Rwanda. Su historia es espeluznante. Mataron
a toda su familia, su mujer y seis hijos, y pasó mucho tiempo completamente
ido. Pero volvió al trabajo, precisamente cuando los refugiados
de Goma regresaban a Rwanda, y algunos de ellos eran los asesinos de su
familia. Y cuando Ignasi Carreras le preguntó cómo vivía
en esa situación, contestó: "Mal. Pero soy consciente
de que si no soy capaz de perdonar a esta gente nunca podré conciliarme
conmigo mismo". No sé cómo son las cosas en el sudeste
de Asia, pero estoy seguro de que hay mucho de eso que he llamado santidad
primordial. Como dice un gran amigo jesuita de Sri Lanka, Aloysius Pieris,
en los pobres está la reserva de la vida -y, añade, "la
salvación de los ricos". Felix Wilfred escribe tras el tsunami:
"a pesar de su pobreza y la pérdida de todo, las víctimas
no han perdido el sentido de dignidad". En el evangelio Jesús
da gracias a Dios por ellos. Son los predilectos de Dios, son los que
entienden (Lc 10, 21). De ellos es el reino, la vida, el gozo (Lc 6, 20-23).
3. Digamos ahora, una palabra sobre Dios. Ante las catástrofes
y el mal en el mundo muchos han cuestionado a Dios a lo largo de la historia.
"¿Puede Dios evitar el mal, quiere evitarlo?" Con el
terremoto de Lisboa de 1775 Voltaire se hizo muy en serio la pregunta.
Y no bastan respuestas simples, baratas. En la novela del genial Dostoiweski
Los hermanos Karamazof Ivan dice que mientras sufran niños inocentes
no le interesa Dios ni su cielo, aunque en él se reparase el sufrimiento
de esos niños. Y también la gente sencilla se hace a veces
la pregunta. En medio de la represión de los años ochenta,
campesinos salvadoreños preguntaban al sacerdote que les acompañaba:
"Cuántas veces no decimos que Dios actúa en nuestra
historia. Pero, Padre, y si actúa, ¿cuándo acaba
esto? ¿Y tantos años de guerra, y tantos miles de muertos?
¿Qué pasa con Dios?". ¿Qué hacía
Dios durante el tsunami? ¿Por qué no lo evitó? Para
ser sincero he de decir que espontáneamente me vinieron a la mente
las palabras de Yahvé a Job cuando éste se quejaba de los
males que le sobrevenían. Job preguntaba por qué, y Dios
le quería cerrar la boca con estas palabras: "¿Dónde
estabas tú cuando yo fundaba la tierra?... ¿Quién
encerró el mar con doble puerta cuando del seno materno salía
borbotando?" (Job 38, 4.8). Sin querer ser impertinente en momento
tan trágico, pensé: "No parece que la doble puerta
funcionó". La fe puede seguir adelante, y muchas veces sigue
adelante. Esa es mi convicción personal. Pero a condición,
pienso yo, de no asumir simplistamente a un Dios todopoderoso, siempre
y en todo, milagrero, a nuestro servicio, sino de mantenerlo como el misterio
del que venimos y hacia el que caminamos con humildad y en oscuridad,
aunque en definitiva con una esperanza, que, nadie sabe por qué,
no muere. Si se me permite una reflexión personal, pienso que esa
fe bien pudiera estar hecha de varios elementos, como lo escribí
hace algunos años: "El primero es la indignación por
causa del sufrimiento humano, dejando que se mantenga irrecuperable algo
de esa indignación (que puede ser contra lo que hacen los seres
humanos o contra lo que deja de hacer Dios). El segundo es el momento
utópico de esperanza de que Dios -con o sin poder para superar
el mal- tenga poder para mantener al ser humano en su esperanza, "a
pesar de todo", y en su praxis de "revertir la historia".
Por último la decisión a practicar la justicia y la ternura,
y a caminar en la historia con Dios, humildemente, en oscuridad y con
protestas, pero caminando siempre". Esto último es lo que,
en boca de Miqueas (6,8), dice Dios en uno de los momentos más
solemnes del Antiguo Testamento. Algunos dan un paso más y tienen
la audacia de pensar -así lo hacía Monseñor Romero-
que el mismo Dios estuvo en Auschwitz, en El Mozote y ahora en India,
Sumatra, Sri Lanka, Indonesia, así como Pablo proclamaba que Dios
estaba en la cruz de Jesús reconciliándolo todo (2Cr 5,
19), y así como Marcos viene a decir que en la cruz Dios sufre
en silencio el abandono de Jesús, el Hijo (Mc 15, 34). En cualquier
caso, la fe en Dios no puede ser real al margen del escándalo del
sufrimiento del inocente, sino a través de él. Entonces
puede brotar la fe como milagro inesperado. Más aún, a veces
ocurre un milagro mayor: ese Dios inactivo y silencioso sigue produciendo
ánimo y esperanza en medio del sufrimiento. En otra carta de esos
días navideños, que viene de otro pueblo mártir,
la República del Congo, un compañero jesuíta tiene
la audacia de poner juntos sufrimiento, praxis, esperanza y Dios: "Ahora
estamos celebrando Navidad en medio de llantos y sufrimientos, de guerras
y de sacrificios. El Dios que estamos recibiendo no puede ser indiferente
a nuestra situación. Por eso hemos de hacer de nuestras casas,
de nuestros colegios, de nuestras parroquias, de nuestros lugares de trabajo
verdaderos pesebres donde Jesús hace brotar la vida en abundancia.
Es la única manera de celebrar dignamente la navidad y de recibir
al niño Dios". 4. ¿Y qué significa para nosotros
no ser indiferentes? Quiero concentrarme en una sola cosa: la "conversión",
sin escapatoria. Y quiero proponerla ante todo como la metanoia de que
nos habla el evangelio: cambiar de mente (Mc 1, 15). Bien están
las ayudas, pero lo que se nos pide es un cambio mucho más profundo
y radical. El término "conversión" está
desterrado del Occidente próspero y democrático. Y si se
me permite una digresión, escuchando noticias de España
se oye con frecuencia -después de ofrecer opiniones distintas sobre
un tema- una expresión ya consagrada: "el debate está
servido", es decir, "el debate se impone". Ojalá
se lleve a cabo como pedía Pablo a la comunidad de Tesalónica:
"No extingan el Espíritu, no desprecien la profecía.
Examínenlo todo y quédense con lo bueno. Absténgase
de todo mal" (1Tes 5, 19s). Pero -prosigamos-, tras informar de las
tragedias que hacemos los seres humanos, el locutor de turno nunca dice:
"la conversión está servida", es decir, "la
conversión se impone". Y esa conversión es precisamente.
Vuelvo a citar unas palabras de Felix Wilfred. "Temo que la solidaridad
de estos días pronto morirá cuando los medios dirijan su
atención a otras cosas. Y hay otros problemas. Por ejemplo, uno
de los doctores preguntaba cómo decir a una superviviente ,que
ha perdido a toda su familia y que ha quedado sin casa, que debe hervir
el agua para beber. Las explicaciones del médico son bien intencionadas
y necesarias, pero nos avisan de que no hay que convertir a las víctimas
en objeto de ayuda y caridad" Y prosigue. "Lo que he notado
es que, a pesar de su pobreza y la pérdida de todo, las víctimas
no han perdido el sentido de dignidad. Quieren ser tratadas con respeto.
Por eso, cuando personas de la clase media y alta quisieron expresar su
solidaridad regalándoles ropa vieja, en muchos lugares las víctimas
no la aceptaron. Los pobres no deben ser tratados como basura... Lo fundamental
sigue siendo cómo canalizar este torrente de simpatía y
asistencia para ayudar a las víctimas a que ellas construyan su
propio futuro". El tsunami exige conversión. Después
de perder unas elecciones, Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid y
miembro del partido popular, se preguntó en el congreso del partido
"si habíamos hecho algo mal". Fue marginado por hacer
esa pregunta, pero preguntas cómo ésa son las importantes
ante el tsunami. Expresa que en verdad hemos quedado afectados. Si no
es así, pronto se perderá el impacto y la ayuda de estos
día, los pobres volverán a su "destino manifiesto":
desaparecer en un horizonte distante y sin semblante. Y la humanidad seguirá
como hasta ahora. En mi opinión, la raíz más profunda
del "mal que hacemos" y de que algo está fallando en
Occidente es no aceptar a las víctimas en su propia realidad y
dignidad, no dejar que las víctimas construyan su futuro, pues
nosotros ya sabemos mejor que ellas cuál debe ser, no estar abiertos
a recibir de ellas, sino, a lo sumo, a dar algo a ellas, no gozar y alegrarnos
de ser hermanos y hermanas con ellas. En el fondo, la conversión
tiene que ver centralmente con revertir la ignorancia, la insensibilidad,
la prepotencia y el desprecio hacia los pobres de este mundo. Después,
por supuesto, viene la ayuda, y ojalá la verdad y la justicia.
Y, así, podrá llegar la fraternidad.