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movimientos y jerarquía




En la Iglesia hace falta menos burocracia y más espacio al Espíritu.

Ni movimientos sin jerarquía, ni jerarquía sin movimientos
Joseph Card. Ratzinger
Vaticano, 27 de mayo 2004 (ZENIT.org)


El Card. Ratzinger afronta las tensiones entre Iglesias locales y nuevas realidades eclesiales:

En la Iglesia hace falta menos burocracia y más espacio al Espíritu. Esta es la conclusión de la intervención del cardenal Josef Ratzinger al inaugurar el Congreso mundial de los movimientos eclesiales, organizado por el Consejo Pontificio para los Laicos en Roma, en el que participan los representantes de 56 nuevas realidades de vida cristiana. El prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe recordó al inicio de su intervención sus primeras impresiones ante la difusión de los movimientos eclesiales a inicios de los años setenta y cómo brotaba entre jóvenes, muchachas y muchachos, una fe sin medias tintas ni mediocridad, vivida en su integridad como entrega. Ahora bien, esta revolución en la Iglesia plantea la necesidad de reflexionar sobre cómo deben relacionarse estas nuevas realidades con la estructura jerárquica: diócesis y parroquias, «pues toda renovación --reconoció--, casi nunca se libra de roces y fricciones».

Así, el cardenal Ratzinger pasó a preguntarse cómo puede explicar la teología moderna esta relación entre la jerarquía y los movimientos. Intentó ofrecer una respuesta a través de la dialéctica institución y nuevos carismas, pero reconoció que este camino no llevaría a ningún sitio, pues la institución nace del carisma y el carisma necesita converger en la institución. Resultados análogos ofrecen todas las claves teológicas de confrontación dialéctica.

De este modo, buscó la respuesta en la historia de los «movimientos» que han surgido desde los orígenes de la Iglesia. El cardenal subrayó que estos movimientos siempre han venido a reforzar el carácter universal del cristianismo y la vivencia radical del Evangelio. Así fue el caso de los doce apóstoles, obispos cuya diócesis era el mundo entero, o de san Francisco de Asís y santo Domingo de Guzmán, quienes al fundar las órdenes religiosas tuvieron que enfrentarse con el mundo intelectual de la Sorbona de París que insistía en el carácter de Iglesia local.

La conclusión del cardenal es clara: no puede haber movimientos sin jerarquía ni jerarquía sin la renovación que aportan los movimientos. De lo contrario, la Iglesia se convertiría en pura burocracia o, en el extremo opuesto, en pura anarquía.

Por este motivo, el purpurado afrontó los peligros en los que pueden caer los «movimientos». Hizo especial hincapié en la vivencia unilateral de la fe y en la absolutización del propio movimiento concebido como el monopolio del cristianismo. Del mismo modo, advirtió a los obispos y a las Iglesias locales sobre los peligros que corren al querer imponer una especie de «uniformidad absoluta en la organización y programación pastoral, sofocando de este modo la acción del Espíritu Santo y, con ella, la acción de los movimientos«. Y concluyó: «Es preferible menos organización y más Espíritu Santo».