El Card. Ratzinger afronta
las tensiones entre Iglesias locales y nuevas realidades eclesiales:
En la Iglesia hace falta menos burocracia y más espacio al Espíritu.
Esta es la conclusión de la intervención del cardenal Josef
Ratzinger al inaugurar el Congreso mundial de los movimientos eclesiales,
organizado por el Consejo Pontificio para los Laicos en Roma, en el que
participan los representantes de 56 nuevas realidades de vida cristiana.
El prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe
recordó al inicio de su intervención sus primeras impresiones
ante la difusión de los movimientos eclesiales a inicios de los años
setenta y cómo brotaba entre jóvenes, muchachas y muchachos,
una fe sin medias tintas ni mediocridad, vivida en su integridad como entrega.
Ahora bien, esta revolución en la Iglesia plantea la necesidad de
reflexionar sobre cómo deben relacionarse estas nuevas realidades
con la estructura jerárquica: diócesis y parroquias, «pues
toda renovación --reconoció--, casi nunca se libra de roces
y fricciones».
Así, el cardenal Ratzinger pasó a preguntarse cómo
puede explicar la teología moderna esta relación entre la
jerarquía y los movimientos. Intentó ofrecer una respuesta
a través de la dialéctica institución y nuevos carismas,
pero reconoció que este camino no llevaría a ningún
sitio, pues la institución nace del carisma y el carisma necesita
converger en la institución. Resultados análogos ofrecen todas
las claves teológicas de confrontación dialéctica.
De este modo, buscó la respuesta en la historia de los «movimientos»
que han surgido desde los orígenes de la Iglesia. El cardenal subrayó
que estos movimientos siempre han venido a reforzar el carácter universal
del cristianismo y la vivencia radical del Evangelio. Así fue el
caso de los doce apóstoles, obispos cuya diócesis era el mundo
entero, o de san Francisco de Asís y santo Domingo de Guzmán,
quienes al fundar las órdenes religiosas tuvieron que enfrentarse
con el mundo intelectual de la Sorbona de París que insistía
en el carácter de Iglesia local.
La conclusión del cardenal es clara: no puede haber movimientos sin
jerarquía ni jerarquía sin la renovación que aportan
los movimientos. De lo contrario, la Iglesia se convertiría en pura
burocracia o, en el extremo opuesto, en pura anarquía.
Por este motivo, el purpurado afrontó los peligros en los que pueden
caer los «movimientos». Hizo especial hincapié en la
vivencia unilateral de la fe y en la absolutización del propio movimiento
concebido como el monopolio del cristianismo. Del mismo modo, advirtió
a los obispos y a las Iglesias locales sobre los peligros que corren al
querer imponer una especie de «uniformidad absoluta en la organización
y programación pastoral, sofocando de este modo la acción
del Espíritu Santo y, con ella, la acción de los movimientos«.
Y concluyó: «Es preferible menos organización y más
Espíritu Santo».