¿Cuál es el «denominador común» que agrupa
a los 300 mil representantes de los nuevos movimientos que se reunieron
con Juan Pablo II en Roma con motivo de la fiesta de Pentecostés?
En la espectacular vigilia de la plaza de San Pedro, cuatro de los fundadores
de estas nuevas maneras de vivir el Evangelio respondieron continuamente,
sin darse cuenta, a esta pregunta. En el origen de su increíble experiencia,
en todos ellos se constata una experiencia común: La irresistible
fascinación por Cristo que les lleva a anunciarlo con todos los medios
a todos los rincones del planeta.
Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de
los Focolares, describe así esta realidad. «La mirada de todos
aquellos que forman parte del movimiento está siempre fija en Cristo
crucificado y en su abandono. El amor más radical se encuentra precisamente
allí, en el ápice de su sufrimiento --explicó dirigiéndose
al Papa, mientras los altavoces transmiten su voz por toda la Vía
de la Conciliación hasta el Tíber--. Nuestro secreto para
recomponer la unidad en toda división, en toda separación,
en cualquier lugar se encuentra en Él, que abandonado por el Padre
se vuelve abandonar al Padre, que al sentirse desunido de Él se vuelve
a unir». Cambia
el lenguaje, cambia el estilo, pero la esencia es la misma.
Monseñor Luigi Giussani, fundador de
Comunión y Liberación afirma: «Sólo Cristo se
toma realmente en serio toda mi humanidad --reveló el sacerdote milanés--.
Precisamente la sencillez de corazón me hacía sentir y reconocer
a Cristo como algo excepcional, con esa inmediatez cierta de los factores
ciertos de la realidad que, una vez entrados en el horizonte de nuestra
persona, golpean hasta tocar el corazón».
Jean Vanier, fundador de la Comunidad del
Arca, concretó su pasión por Cristo en la entrega a los minusválidos.
«El pobre es fuente de unidad. Misteriosamente despierta el Dios de
amor escondido en el corazón de cada persona».
Kiko Argüello, el iniciador del Camino
Neocatecumenal, confiesa también con su característica pasión
que es precisamente la fascinación por Cristo le llevó a emprender
el «camino» y después a alcanzar a tanto que se habían
alejado del amor de Dios y «vivían esclavos del demonio».
La increíble fuerza renovadora de estos nuevos movimientos, evidente
en el Encuentro de Pentecostés, se encuentra precisamente ahí,
en su fascinación por Cristo.