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«denominador común» de los nuevos movimientos




Responden cuatro de los fundadores de estas nuevas realidades eclesiales
Ciudad del Vaticano, 31 de mayo 2004 (ZENIT.org)


¿Cuál es el «denominador común» que agrupa a los 300 mil representantes de los nuevos movimientos que se reunieron con Juan Pablo II en Roma con motivo de la fiesta de Pentecostés?

En la espectacular vigilia de la plaza de San Pedro, cuatro de los fundadores de estas nuevas maneras de vivir el Evangelio respondieron continuamente, sin darse cuenta, a esta pregunta. En el origen de su increíble experiencia, en todos ellos se constata una experiencia común: La irresistible fascinación por Cristo que les lleva a anunciarlo con todos los medios a todos los rincones del planeta.

Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, describe así esta realidad. «La mirada de todos aquellos que forman parte del movimiento está siempre fija en Cristo crucificado y en su abandono. El amor más radical se encuentra precisamente allí, en el ápice de su sufrimiento --explicó dirigiéndose al Papa, mientras los altavoces transmiten su voz por toda la Vía de la Conciliación hasta el Tíber--. Nuestro secreto para recomponer la unidad en toda división, en toda separación, en cualquier lugar se encuentra en Él, que abandonado por el Padre se vuelve abandonar al Padre, que al sentirse desunido de Él se vuelve a unir».
Cambia el lenguaje, cambia el estilo, pero la esencia es la misma.

Monseñor Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación afirma: «Sólo Cristo se toma realmente en serio toda mi humanidad --reveló el sacerdote milanés--. Precisamente la sencillez de corazón me hacía sentir y reconocer a Cristo como algo excepcional, con esa inmediatez cierta de los factores ciertos de la realidad que, una vez entrados en el horizonte de nuestra persona, golpean hasta tocar el corazón».

Jean Vanier, fundador de la Comunidad del Arca, concretó su pasión por Cristo en la entrega a los minusválidos. «El pobre es fuente de unidad. Misteriosamente despierta el Dios de amor escondido en el corazón de cada persona».

Kiko Argüello, el iniciador del Camino Neocatecumenal, confiesa también con su característica pasión que es precisamente la fascinación por Cristo le llevó a emprender el «camino» y después a alcanzar a tanto que se habían alejado del amor de Dios y «vivían esclavos del demonio».

La increíble fuerza renovadora de estos nuevos movimientos, evidente en el Encuentro de Pentecostés, se encuentra precisamente ahí, en su fascinación por Cristo.