presentación de libros
nuevos Movimientos Eclesiales


Manuel Glez Muñana
Extracto de la presentación del libro :
Nuevos Movimientos Eclesiales, editorial San Pablo 2001;
realizada por Evaristo Martín Nieto.
Miembro cofundador de la Casa de la Biblia.


En lo necesario, unidad;
en lo discutible, libertad;
en todo, CARIDAD
(San Agustín)

Un gran número de movimientos han surgido en la Iglesia, como fruto del Vaticano II . Estos movimientos y comunidades, por un lado, han sido celebrados y acogidos como unas gracia especiales de Dios en estos momentos de cambio tanto en la sociedad civil como en la Iglesia. Pero, por otro lado, han sido minusvalorados e incluso tenidos como vagos sentimentalismos religiosos aislacionistas y al margen de la pastoral general de la Iglesia.

¿Cómo saber que estos movimientos se deben, ciertamente, a la acción del Espíritu? ¿Qué criterios de discernimiento hay para ello?. Manuel González Muñana nos lo ofrece con profundidad, ponderación y equilibrio, basándose fundamentalmente en los documentos oficiales de los papas, de los sínodos posconciliares, de las conferencias episcopales y, en general, de los dirigentes y escritores eclesiástico, aportando, al mismo tiempo, muy valiosas consideraciones propias.

Creo que, en principio, los movimientos no deberían encontrar obstáculos para moverse con plena libertad, pues la Iglesia no es una dictadura; su historia primitiva, descrita en los Hechos de los apóstoles, se parece más a una comunión corresponsable y diferenciada de hermanos. El pluralismo, además, es una gran riqueza en la Iglesia. Y hay muchos caminos para ir a Dios. En la misma Biblia -palabra de Dios-, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, hay pluralidad de teologías y unidad de fe. Salvada la unidad de fe, los cristianos, solos o agrupados, pueden circular libremente por los vastos espacios eclesiales, como se mueven en la casa del padre, en el hogar familiar. El derecho a la libertad es el primer derecho moral del hombre también en la Iglesia, no sólo en la sociedad civil.

La Iglesia por su propia naturaleza, y como cuerpo vivo que es, está en continuo desarrollo y renovación. Jesucristo nos dejó su retrato en la Biblia, en la que la Iglesia debe mirarse cada día, como en el espejo que la refleja, para ver si es los que Jesucristo quiso que fuera, lo que es en principio fue y lo que siempre debe ser. En este aspecto los nuevos movimientos y comunidades aportan una extraordinaria fuerza renovadora, de la que en todo instante la Iglesia está necesitada.
Jesucristo inauguró en la tierra el reino d e Dios; fundó la Iglesia <<como germen y principio del Reino>>> (LG 5) y << para propagar el Reino>> (AA 2), pero ella, que no es el Reino, está sometida a una continua conversión al Reino, en cuyo desarrollo estamos comprometidos todos los seres humanos.

El Reino -el reino de Dios- está allí donde nos encontramos con Dios, sea el lugar que sea; crece y se enriquece a impulsos del Espíritu que, con sus dones y carismas, no deja de asistir y de alentar al pueblo de Dios, y a la humanidad entera. Los nuevos movimientos eclesiales, que arrancan fundamentalmente del laicado, tienen como razón de ser << dilatar el reino de Dios>> (LG 36), es decir, conseguir la liberación integral del hombre, en lo personal, en lo económico, en lo social y en lo religioso, pues el Reino es espiritual, pero también temporal, terreno; viene del otro mundo, pero para funcionar en este mundo; dejarlo para el más allá es quitarle el alma.

El carisma, como el lector apreciará en este libro, está siempre en función del bien común. El carismático, en cuanto tal, es un expropiado para utilidad pública, está al servicio de los demás.
El autor nos da una visión perfecta en la que los movimientos eclesiales deben moverse: en la Iglesia, en sus encarnaciones parroquial, particular y universal, en las que no puede haber sectarismos, capillismos o reduccionismos, bajo ningún aspecto, ni desde conservadurismos integristas, ni desde progresismos anárquicos.

Todos los grupos, en armonía y en comunión unos con otros, han de estar integrados en la pastoral general de las parroquias, la encarnación más cercana de la Iglesia. Cada cual con sus propios quehaceres, según le es dado por el Espíritu, para el enriquecimiento de la comunidad parroquial y para llevar a cabo, de una manera coordinada, la misión evangelizadora, al a que la parroquia, con todos los miembros que la integran, está obligada, por su propia razón de ser. Si se profesa la misma fe, bajo la acción del mismo Espíritu, la diversidad de ministerios y carismas se manifiesta necesariamente en una vida de unión y de amor fraterno.