En
lo necesario, unidad;
en lo discutible, libertad;
en todo, CARIDAD
(San Agustín)
Un gran número
de movimientos han surgido en la Iglesia, como fruto del Vaticano II
. Estos movimientos y comunidades, por un lado, han sido celebrados
y acogidos como unas gracia especiales de Dios en estos momentos de
cambio tanto en la sociedad civil como en la Iglesia. Pero, por otro
lado, han sido minusvalorados e incluso tenidos como vagos sentimentalismos
religiosos aislacionistas y al margen de la pastoral general de la Iglesia.
¿Cómo saber que estos movimientos se deben, ciertamente,
a la acción del Espíritu? ¿Qué criterios
de discernimiento hay para ello?. Manuel González Muñana
nos lo ofrece con profundidad, ponderación y equilibrio, basándose
fundamentalmente en los documentos oficiales de los papas, de los sínodos
posconciliares, de las conferencias episcopales y, en general, de los
dirigentes y escritores eclesiástico, aportando, al mismo tiempo,
muy valiosas consideraciones propias.
Creo que, en principio, los movimientos no deberían encontrar
obstáculos para moverse con plena libertad, pues la Iglesia no
es una dictadura; su historia primitiva, descrita en los Hechos de los
apóstoles, se parece más a una comunión corresponsable
y diferenciada de hermanos. El pluralismo, además, es una gran
riqueza en la Iglesia. Y hay muchos caminos para ir a Dios. En la misma
Biblia -palabra de Dios-, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento,
hay pluralidad de teologías y unidad de fe. Salvada la unidad
de fe, los cristianos, solos o agrupados, pueden circular libremente
por los vastos espacios eclesiales, como se mueven en la casa del padre,
en el hogar familiar. El derecho a la libertad es el primer derecho
moral del hombre también en la Iglesia, no sólo en la
sociedad civil.
La Iglesia por su propia naturaleza, y como cuerpo vivo que es, está
en continuo desarrollo y renovación. Jesucristo nos dejó
su retrato en la Biblia, en la que la Iglesia debe mirarse cada día,
como en el espejo que la refleja, para ver si es los que Jesucristo
quiso que fuera, lo que es en principio fue y lo que siempre debe ser.
En este aspecto los nuevos movimientos y comunidades aportan una extraordinaria
fuerza renovadora, de la que en todo instante la Iglesia está
necesitada.
Jesucristo inauguró en la tierra el reino d e Dios; fundó
la Iglesia <<como germen y principio del Reino>>> (LG
5) y << para propagar el Reino>> (AA 2), pero ella, que
no es el Reino, está sometida a una continua conversión
al Reino, en cuyo desarrollo estamos comprometidos todos los seres humanos.
El Reino -el reino de Dios- está allí donde nos encontramos
con Dios, sea el lugar que sea; crece y se enriquece a impulsos del
Espíritu que, con sus dones y carismas, no deja de asistir y
de alentar al pueblo de Dios, y a la humanidad entera. Los nuevos movimientos
eclesiales, que arrancan fundamentalmente del laicado, tienen como razón
de ser << dilatar el reino de Dios>> (LG 36), es decir,
conseguir la liberación integral del hombre, en lo personal,
en lo económico, en lo social y en lo religioso, pues el Reino
es espiritual, pero también temporal, terreno; viene del otro
mundo, pero para funcionar en este mundo; dejarlo para el más
allá es quitarle el alma.
El carisma, como el lector apreciará en este libro, está
siempre en función del bien común. El carismático,
en cuanto tal, es un expropiado para utilidad pública, está
al servicio de los demás.
El autor nos da una visión perfecta en la que los movimientos
eclesiales deben moverse: en la Iglesia, en sus encarnaciones parroquial,
particular y universal, en las que no puede haber sectarismos, capillismos
o reduccionismos, bajo ningún aspecto, ni desde conservadurismos
integristas, ni desde progresismos anárquicos.
Todos los grupos, en armonía y en comunión unos con otros,
han de estar integrados en la pastoral general de las parroquias, la
encarnación más cercana de la Iglesia. Cada cual con sus
propios quehaceres, según le es dado por el Espíritu,
para el enriquecimiento de la comunidad parroquial y para llevar a cabo,
de una manera coordinada, la misión evangelizadora, al a que
la parroquia, con todos los miembros que la integran, está obligada,
por su propia razón de ser. Si se profesa la misma fe, bajo la
acción del mismo Espíritu, la diversidad de ministerios
y carismas se manifiesta necesariamente en una vida de unión
y de amor fraterno.