La
RCC surgió en 1967 cuando algunos estudiantes de la Universidad de
Duquesne (Pittsburgh, Pennsylvania – EE. UU.) participaron en un retiro
durante el cual experimentaron la efusión del Espíritu Santo
y la manifestación de algunos dones carismáticos. Desde entonces,
la RCC se ha difundido rápidamente por todo el mundo.
Actualmente
más de 100 millones de católicos participan de la espiritualidad
de la RCC en 200 países. Tiene un Consejo Internacional (ICCRS
– International Catholic Charismatic Renewal Services) reconocido
por el Consejo Pontificio para los Laicos.
Juan
Pablo II, en la vigilia de Pentecostés de 2004, que presidió
en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, alentó el proyecto «Zarza
ardiente» promovido por el RnS.
ZENIT:
¿Qué
representa Pentecostés para la «Renovación en el
Espíritu»?
Salvatore
Martinez:
La «Renovación en el Espíritu» quiere ser
un signo elocuente del prodigio inagotable de Pentecostés y del
florecimiento de la fe en los carismas del Espíritu, una «admonición»
para que la Iglesia redescubra la estructura fisiológica de la
existencia cristiana, que es, por su naturaleza, una existencia en el
Espíritu Santo.
La
«Renovación en el Espíritu», desde que surge,
parece como una concesión de las audaces esperanzas proféticas
formuladas por Juan XXIII, desde la apertura del Concilio Vaticano II. Hay
dos etapas relevantes: en un primer momento la afirmación de la «corriente
de gracia», de una espiritualidad apoyada por la experiencia comunitaria
de los carismas, imagen de una Iglesia que ama estar «en el Cenáculo»
para «hablar del mundo a Dios» y «fuera del Cenáculo»
para «hablar del mundo a Dios»; progresivamente, la afirmación
de la noción de «movimiento eclesial», en un creciente
compromiso apostólico, de comunión con los pastores, de formación
permanente que hace manifiesta la vida nueva en el Espíritu en los
«ministerios laicales carismáticos» activados en la Iglesia
y en el mundo.
ZENIT:
¿Qué
es el «Espíritu» para ustedes?
Salvatore
Martinez:
Sin el Espíritu la evangelización es como un río
que se estanca, la caridad un fuego sin calor, la Palabra algo indeclinable,
la Eucaristía un misterio impenetrable, el otro nunca será
prójimo, el mundo un infierno, el paraíso una realidad
olvidada, la Iglesia una madre sin amor.
En
mi experiencia personal he visto a miles de pecadores volver a Dios, enfermos
en el cuerpo y en el espíritu recobrar la salud, hombre y mujeres
que habían perdido su dignidad humana y peregrinaban sin esperanza
entre mil pobrezas reencontrar el gozo de vivir y de llamarse «hijos,
hijas de Dios».
Esto
y mucho más aún hace el Espíritu en quien se hace dócil
a Su Poder, según las promesas de Jesús. Este poder se manifestó
en la vida de los apóstoles y se manifiesta en la vida de todo creyente
por libre, imprevisible iniciativa del Espíritu: he aquí por
qué hablamos de «efusión pentecostal, carismática
del Espíritu» junto a las efusiones del Espíritu «programadas»
y eficaces en los sacramentos de la vida cristiana.
ZENIT:
Decenas
de millones de personas participan de la espiritualidad de la «Renovación
en el Espíritu». ¿De qué forma piensan ustedes
comunicar y testimoniar el Espíritu de Dios entre la gente? ¿Qué
proyecto de vida proponen?
Salvatore
Martinez: La
efusión del Espíritu representa la experiencia fundamental
de la específica espiritualidad carismática de la «Renovación
en el Espíritu»; es el «carisma desencadenante»;
la experiencia específica de la «Renovación en el
Espíritu». Juan Pablo II la define: «causa de una
experiencia cada vez más profunda de la presencia de Cristo».
La
efusión del Espíritu actualiza y reactiva nuestro bautismo
«desaprisionando» al Espíritu Santo. Es una llamada a
la conversión permanente, como en el día del descendimiento
pentecostal del Espíritu en Jerusalén; es un nuevo conocimiento
del señorío de Jesús en nuestra vida, aquel Jesús
que es Señor y sólo mediante el Espíritu puede ser
amado, adorado, anunciado, testimoniado, compartido.
A
Pablo VI debemos el primer, convencido, inmediato y «profético»
reconocimiento del papel de la «Renovación en el Espíritu»
en la Iglesia y en el mundo. Él decía en 1975: «La Renovación
debe rejuvenecer el mundo, debe darle una espiritualidad, un alma, Será
una oportunidad para la Iglesia si gritáis al mundo la gloria del
Dios de Pentecostés».
Estamos
agradecidos a Juan Pablo II por haber impulsado a la «Renovación
en el Espíritu» a convertirse –como nos dijo desde la
primera audiencia en 1980— en «esperanza para el mundo»,
una vanguardia de testigos de la «nueva evangelización»
en la docilidad al Espíritu.
La
incidencia del pontificado de Juan Pablo II, sus continuos apremios en nuestra
dirección, han sido el impulso más audaz a la maduración
eclesial de la «Renovación en el Espíritu». Desde
1998, además, recibimos anualmente una carta autógrafa del
Sumo Pontífice con ocasión del mayor evento que organizamos
nosotros en Rímini: un congreso ecuménico en el que intervienen
una media de veinticinco mil personas, muchos cardenales y obispos, más
de seiscientos sacerdotes y religiosos, cinco mil núcleos familiares,
más de seiscientos voluntarios y un ministerio de animación
formado por más de ciento veinte personas entre cantantes e instrumentistas.
ZENIT:
¿Basta
con confiarse al Señor para vivir más humanamente?
Salvatore Martinez: Miles de bautizados
no tienen experiencia de la presencia y de la acción del Espíritu
Santo en su vida. El Espíritu nos ha sido dejado por Jesús
como Paráclito –esto es, «Aquel que está llamado
a permanecer al lado»--, pero muchos cristianos no sólo
no se valen de Su amable compañía, sino que incluso no
Lo invocan, no Lo buscan, no confían a Él la dirección
de su vida.
Resulta
hasta demasiado evidente, mientras, encontrar las «señales»
de la «ausencia» del Espíritu Santo: la desintegración
de la vida familiar, la caída de las vocaciones, la indiferencia
hacia tantas pobrezas de nuestro tiempo, el debilitamiento del testimonio
de los cristianos.
Quien
se abre al Espíritu y mediante al oración redescubre la primacía
de la vida interior y la belleza de la intimidad con Dios, ve sus propias
«aspiraciones naturales» transformarse en esperanza; las interpretaciones
humanas y racionales de la realidad reavivarse en la fe; el amor humano
regenerarse en caridad; la búsqueda humana de justicia sublimarse
en el compromiso a edificar el Reino de Dios en la tierra.
ZENIT:
¿Qué
papel desempeña la oración en la propuesta espiritual
de ustedes?
Salvatore Martinez: La experiencia de la
oración de alabanza y de intercesión hechas «en
el Espíritu» es dimensión central de Pentecostés,
como ya en 1964 afirmaba Pablo VI. La oración es nuestra misma
alma ante Dios: cuanto más se somete, «aferrada desde el
Espíritu», tanto más experimenta la «loable
locura» de David ante el Arca de la Alianza, o como nos ha recordado
Juan Pablo II en la Novo Millennio Ineunte (n. 34), «el ardor
de afectos hasta un verdadero “enamoramiento” del corazón».
Del
Papa, con ocasión de la audiencia especial por nuestro 30º aniversario,
en 2002, hemos recibido una consigna especial: «convertirnos en la
Iglesia en un “gimnasio de oración”, de forma particular
haciendo amar la oración de alabanza, forma de oración que
da gloria a Dios por lo que Él es, antes aún que por lo que
hace». Es en este dinamismo espiritual específico de la «Renovación
en el Espíritu» que nace y se desarrolla el proyecto «Zarza
ardiente».
ZENIT:
¿Podría
explicar las características, motivaciones y objetivos de este
proyecto?
Salvatore
Martinez:
Desde 1997, en muchos países del mundo –de modo especial
de Europa-- la «visión» de la Zarza ardiente se ha
abierto camino y representa una auténtica oportunidad para muchas
comunidades eclesiales apagadas o débiles en la oración
y en el abandono al Espíritu Santo. De hecho estoy persuadido
de que la fe en el tercer milenio tendrá cada vez más
necesidad de estar sostenida por una «espiritualidad carismática»,
que halla en la presencia imprevisible e insustituible del Espíritu
su fuerza de mayor incidencia.
El
14 de marzo de 2002, Juan Pablo II, al recibir en audiencia privada a los
responsables nacionales de la «Renovación en el Espíritu»
con ocasión del 30º aniversario del nacimiento de la Renovación
en Italia, así se expresaba entregando a la RnS un específico
mandato apostólico a la Renovación refiriéndose al
proyecto «Zarza ardiente»: «El proyecto “Zarza ardiente”
es una invitación a la adoración incesante, día y noche.
Habéis querido promover esta oportuna iniciativa para ayudar a los
fieles a “volver al Cenáculo” para que, unidos en la
contemplación del Misterio eucarístico, intercedan a través
del Espíritu por la plena unidad de los cristianos y por la conversión
de los pecadores. Se trata de un terreno apostólico en el que vuestra
experiencia puede dar un muy providencial testimonio... De forma especial,
continuad amando y haciendo amar la oración de alabanza, forma de
oración que más inmediatamente reconoce que Dios es Dios;
le canta por sí mismo, le da gloria porque Él es, antes aún
que por lo que hace».
«En
nuestro tiempo, ávido de esperaza, haced conocer y amar el Espíritu
Santo. Ayudaréis entonces a hacer que tome forma esa “cultura
de Pentecostés” que sola puede fecundar la civilización
del amor y de la convivencia entre los pueblos. Con ferviente insistencia,
no os canséis de invocar: “¡Ven, oh Espíritu Santo!
¡Ven! ¡Ven!”».
El
Santo Padre Juan Pablo II, en línea de continuidad con León
XIII, Juan XXIII y Pablo VI, siempre ha señalado en su magisterio
la actualidad y la necesidad de un «retorno al Espíritu Santo».
En
la «Zarza ardiente» Moisés «ve» el amor de
Dios que quema sin agotarse; «oye» la voz de Dios que le llama
por su nombre; «recibe un mandato de Dios» para hacer saber
a todos que «Dios es» y opera signos y prodigios para la salvación
de su pueblo (Cf. Ex, 3).
También
nosotros, como Moisés, somos convocados por el Espíritu de
Dios para penetrar y vivir la realidad de la «Zarza ardiente»:
contemplando el «misterio» de la «Zarza ardiente»
en la adoración de Jesús, Aquél que nos ha amado con
un amor «apasionado» en la cruz y sigue amándonos mediante
Su Espíritu que nos ha sido dado. «He venido a arrojar un fuego
sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera
encendido!» (Lc 12, 49) dice Jesús, hablando del «fuego»
de su pasión y del «fuego» de Pentecostés; deteniéndose
ante la Eucaristía, «fuego de amor», para ser educados
por el Espíritu a dar amor a Jesús, es como más nos
entregamos, y más Él se entrega a nosotros; más nos
abrasamos de amor por Él y más este amor no se extingue, es
más, es capaz de «incendiar» otros corazones. Adorando
al Vivo y Poderoso Señor Jesús, para proclamar en nuestras
oraciones de alabanza y de súplica su victoria sobre el mal y sobre
la muerte, reclamando Su intervención en el tiempo presente, para
que Su salvación rodee nuestras familias, los ambientes sociales,
todo el mundo.
ZENIT:
En
la «Renovación en el Espíritu» son «entusiastas»
de nuestra época. ¿De donde nace el entusiasmo y la esperaza
que les anima?
Salvatore Martinez: Los apóstoles
fueron «obligados» por Jesús a permanecer en oración
y a no tener prisa por conocer los «tiempos de Dios». En
el Cenáculo, perseverando en la oración, los primeros
seguidores de Jesús fueron llenados del poder del Espíritu
y pudieron iniciar su misión evangelizadora.
El
primer don que recibieron fue el de «lenguas», un «signo»
de la novedad del Espíritu en los apóstoles, indicador de
la nueva capacidad de «anunciar a todas las gentes» el Evangelio
de Jesús con el nuevo lenguaje del Espíritu. También
nosotros, como los apóstoles, estamos llamados a volver al Cenáculo
para invocar una nueva manifestación del Espíritu Santo en
la Iglesia y en el mundo: es Él el «fuego» de Dios; es
Él quien quema en nosotros; es Él quien hace nuestras lenguas
«abrasadas», irresistibles en el anuncio del Evangelio; para
«llevar» el mundo al Cenáculo, para hablar a Dios del
mundo, corazón a corazón, con un lenguaje nuevo «no
con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del
Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales»
(1 Co 2, 13); para tener experiencia de una nueva intimidad con el Señor,
de manera especial recurriendo a la adoración, a la alabanza, a la
intercesión, a la súplica en el Espíritu, o sea, mediante
una oración hecha «en el Espíritu».