Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:
1.
Con esta Eucaristía solemne clausuramos el Congreso de Apostolado
Seglar celebrado por iniciativa de la CEE en Madrid desde el viernes pasado
con una amplísima y rica participación de fieles laicos de
todas las Diócesis de España, acompañados por sus Obispos
y sacerdotes. Nuestra "Acción de Gracias" se concreta y
dirige al Señor por los frutos apostólicos y pastorales de
estas densas jornadas de reflexión, diálogo y oración,
compartidas en un espíritu de gozosa comunión eclesial en
torno a una triple urgencia para los seglares católicos de la España
de hoy: la de sentir y vivir la llamada a ser cristianos en el mundo con
todas sus exigencias intrínsecas y con todas las consecuencias históricas,
determinadas por la hora presente de la Iglesia y de la sociedad española;
la de comprender y realizar esta llamada en plenitud, sin recorte alguno
y, por lo tanto, como una vocación a la santidad; y, finalmente,
la de traducirla en un valiente compromiso apostólico al servicio
de la misión de la Iglesia, que no es otra que la de evangelizar.
¡Sí,
damos gracias a Dios Padre, por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo,
en virtud de la gracia del Espíritu Santo, por haber comprendido
un poco más profundamente la riqueza del don de la salvación
definitiva que nos ha sido dada y adquirida por el amor sacerdotal del Hijo,
clavado y muerto en la Cruz por nosotros y victorioso en la Resurrección!
Con
esta certeza fundamental de nuestra fe, renovada en este Domingo, ya al
final del Año litúrgico del 2004, más conscientes y
agradecidos por la gracia recibida de ser cristianos -¡nuestra común
condición ante Dios, de fieles y pastores en la Iglesia!-, y de poder
vivir como tales en medio de la sociedad y entre los hombres de nuestro
tiempo, después de esta luminosa y reconfortante experiencia del
Congreso de Apostolado Seglar que estamos concluyendo, podemos pedir al
Señor, Dios nuestro, convencidos más íntima y decididamente
que nunca, que nos conceda vivir siempre alegres en su servicio, porque
en servirle a Él, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y
verdadero.
2.
Porque no nos podemos ni debemos engañar, ni a nosotros mismos, ni
a nuestros contemporáneos: ¡sólo el servicio a Dios,
Creador y Redentor del hombre, abre a cada persona y a la humanidad entera
el camino que, a través de la historia, puede conducirle a la victoria
sobre todo mal, en especial el mal de los males: el de la muerte temporal
y eterna!
La
tentación del hombre de autodefinirse como autor primero y último
de su propia felicidad, de poner "sus llaves" -las del ser feliz-
en sus propias manos, al margen de Dios, incluso, plantándole cara,
le ha acompañado desde el principio. En "la modernidad"
-¡acordémonos de lo sucedido en el siglo XX con sus dos guerras
mundiales y el triunfo político de los más terribles totalitarismos
de la historia!- y en la encrucijada de este comienzo del tercer milenio,
tan poderoso y tan brillante en muchos de sus adelantos científicos
y técnicos y tan transido de dolor, de miseria y de muerte en muchos
lugares y situaciones por los que atraviesa el mundo actual, esa tentación
se ha convertido para los grandes poderes que rigen los destinos del mundo
en una fascinación irresistible y en una habitual norma de conducta,
tanto en el ámbito de lo privado como en lo público.
Ya
decía proféticamente Juan Pablo II, refiriéndose a
Europa, en el acto europeísta de la Catedral de Santiago de Compostela
el 9 de noviembre de 1982, con el que ponía fin a aquel su primer
e inolvidable viaje apostólico a España: que la división
más honda que atravesaba el corazón de los pueblos europeos
no era tanto la que procedía de su enfrentamiento confesional, más
o menos superado, o de los choques políticos de la segunda mitad
del pasado siglo, simbolizados por el telón de acero y el muro de
Berlín, sino la que estaba surgiendo de la creciente opción
de vida, hecha por muchos ciudadanos de Europa y por las más influyentes
corrientes de su cultura y opinión públicas, negando explícitamente
a Dios o viviendo como si Dios no existiese; más aún, "por
la defección de bautizados y creyentes de las razones profundas de
su fe y del vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la
vida que garantiza equilibrio a las personas y comunidades". Su exhortación
postsinodal sobre la Iglesia en Europa confirmaba hace poco más de
un año la vigencia agravada de este pronóstico. Son ya muchos
los europeos a los que no ha llegado el primer anuncio del Evangelio.
3.
Ante este formidable reto histórico con el que nos encontramos la
Iglesia y los cristianos de comienzos del tercer milenio, en España
y en Europa, dejemos que la luz de la palabra de Dios ilumine nuestra fe
con su claridad inconfundible, llene de gozoso vigor muestra esperanza y
nos impulse a vivir ya aquí en la peregrinación de la historia
la victoria definitiva del amor de Cristo Resucitado: Sí, llegará
el día "ardiente como un horno", como profetizaba Malaquías,
en el que "los malvados y perversos serán la paja"; en
el "que no quedará de ellos ni rama ni rastro"; pero, en
cambio, a los que honran el nombre de Dios "los iluminará un
sol de justicia que lleva la salud en las alas".
Ese
día ha llegado ya de forma sorprendente y absolutamente insospechada,
aunque su revelación plena esté pendiente aún: el Hijo
ha tomado carne del seno de la Virgen María; su infinito amor, lleno
de misericordia, le ha llevado al Sacrificio de la Cruz, aceptado por el
Padre el día de la Resurrección, abriendo las puertas de la
Gloria a la humanidad entera. El juicio de Dios se manifestaba misericordioso
hasta límites insuperables para todos los que en medio de las vicisitudes
de este mundo vencen día a día el pecado en su existencia
personal y en la vida del mundo, siendo testigos de ese Evangelio de la
Gracia que ha hecho nueva la Ley de Dios: que ya se puede cumplir en la
tarea y en el trabajo cotidiano y que nos salva, como lo mostraba San Pablo
a los Tesalonicenses: "ya sabéis cómo tenéis que
imitar nuestro ejemplo": trabajando y labrando en todos los surcos
de la historia, con la perseverancia y el sudor propio de los evangelizadores.
4.
Ser testigos, aquí y ahora en España, es una exigencia que
habéis descubierto con acentos propios y concretos en estos días
de Congreso, precisamente como fieles laicos y a través de vuestra
específica responsabilidad de ser instrumentos imprescindibles de
santificación de todas las realidades temporales: desde el matrimonio
y la familia, hasta la escuela, la cultura, la opinión pública,
el mundo de la economía y del trabajo y de la comunidad política.
¡Testigos de Jesucristo y de su Evangelio, y de nadie y de nada más!
Testigos de un Evangelio plena y limpiamente conocido, creído, profesado
y vivido en la comunión de su Iglesia.
"España evangelizada, España evangelizadora, ése
es el camino", nos decía el Papa en sus palabras de despedida
al finalizar la Eucaristía de las cinco canonizaciones de la Plaza
de Colón el día 4 de mayo de 2003. Palabras conmovidas, llenas
de una no contenida emoción. Con los jóvenes de España,
a los que Juan Pablo había entusiasmado en la Vigilia de la tarde
anterior en "Cuatro Vientos", invitándoles a ser testigos
claros, directos y creíbles de Jesucristo, a partir de la experiencia
interior del trato íntimo con Él, aprendida en "la Escuela
de María", debemos hoy todos los fieles de la Iglesia en España,
especialmente los fieles laicos, acoger como una voz del Espíritu
la exhortación final del Papa en aquella luminosa mañana madrileña:
"No descuidéis nunca esa misión -la de la Evangelización-
que hizo noble a vuestro País en el pasado y es el reto intrépido
para el futuro... se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo".
En
esta "Tierra de María", con su amparo y auxilio y con la
intercesión de tantos santos contemporáneos, del último
de los beatificados, Pedro Tares, figura insigne de seglar apostólicamente
comprometido en horas y circunstancias dramáticas de nuestra historia,
podemos y debemos proclamar hoy con palabras de Juan Pablo II: ¡el
futuro nos pertenece! Los jóvenes católicos de España,
unidos a muchos de sus hermanos europeos, lo han vuelto a poner de manifiesto
en su peregrinación al Sepulcro del Apóstol Santiago, en agosto
pasado, dispuestos a ser testigos de Jesucristo para una Europa de la esperanza.
¡No,
no hay que tener miedo a ser testigos, a pesar de todas las incomprensiones
y persecuciones que nos sobrevendrán como el Señor lo ha predicho!,
porque "ni un cabello de vuestra cabeza perecerá, con vuestra
perseverancia salvaréis vuestras almas".
¡El
futuro es del Evangelio: del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo!
La esperanza del futuro en España es esa juventud que vuelve a descubrir
con inusitada y contagiosa frescura el gozo de ser cristiano, de haber encontrado
a Jesucristo, el valor del patrimonio de fe y de vida recibido de sus mayores
a través del anuncio y la experiencia del Evangelio, vivido a través
de la historia milenaria de sus Iglesias diocesanas, que hoy recordamos:
nacidas al calor de la predicación apostólica en los albores
mismos de la era cristiana. Ellos son la nueva semilla de una Iglesia viva
que florece y florecerá en España con frutos de justicia,
de amor y de paz.
Amén.