1.
Al finalizar este Congreso del apostolado de los laicos resulta ineludible
lanzar una mirada sobre Europa. Los cambios epocales que están marcando
la idiosincrasia de nuestro continente exigen que la presencia de los cristianos
sobrepase los confines de sus respectivos Países, y que su testimonio
y su empeño se difundan hasta que su voz resuene en el inmenso areópago
de la Europa de hoy. Un espacio repleto de desafíos, como veremos.
Precisamente, entre las responsabilidades mayores que afronta el laicado
europeo - del que esta relación tratará de describir la situación
y las perspectivas - destaca la responsabilidad de ejercer la ciudadanía
europea, especificada por la conciencia de la propia identidad de bautizados.
Empezamos pues por trazar un retrato de nuestro continente. ¿Cómo
es, qué es la Europa de nuestros días? ¿Cuáles
son sus rasgos característicos? La Europa de hoy presenta caras diferentes
y bajo algunos aspectos contradictorias. Está la Europa de las grandes
ilusiones y las grandes esperanzas de progreso, de libertad y democracia,
de bienestar, de solidaridad y de paz. En una palabra, la Europa soñada
por sus fundadores como casa común de los pueblos europeos desde
el Atlántico hasta los Urales. Y está la otra Europa, la que
engendra preocupación y fuerte perplejidad (1). Es la Europa de los
nuevos muros divisorios, de democracias cada vez más frágiles,
tocadas por una profunda crisis de valores y amenazadas por antiguas y nuevas
ideologías, entre las que destaca la ideología del "políticamente
correcto". Basada sobre el relativismo nihilista, esta ideología
genera una cultura hostil al hombre desde diversos puntos de vista, especialmente
en el ámbito del respeto de la dignidad de la persona humana, del
derecho a la vida, de la institución familiar, de la libertad educativa.
Es la Europa opulenta que está perdiendo su alma; el continente de
la "apostasía silenciosa" de una humanidad harta que vive
como si Dios no existiese (2), y en el que la secularización asume
forma institucional, convertida en un neopaganismo combatiente con dogmas
propios y misioneros aguerridos. La cultura dominante de nuestro tiempo
ha infiltrado en las mismas instituciones europeas un fuerte prejuicio anticristiano.
Lo reconocen incluso observadores que se autodefinen "laicos",
uno de los cuales escribe al respecto: «El prejuicio anticristiano
es el pórtico de la secularización ya profusamente consumada
en Europa. En el espacio público de la Europa secularizada, los cristianos
pueden ser tolerados sólo si son "transigentes" con las
ideologías dominantes» (3). Tenemos aquí la Europa del
pluralismo sin límites y sin brújula, que renegando sus raíces
cristianas pierde cada vez más su identidad.
Entonces: ¿Adónde vas Europa? Quo vadis Europa? Esta pregunta
se la ponen hoy, con profunda inquietud, muchos ciudadanos europeos. Nos
la ponemos también nosotros al final de este Congreso. Y la ponemos
aquí, en España, de dónde en el ya lejano 1982 partió
aquel grito profético de Juan Pablo II: «Yo Obispo de Roma
y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago de Compostela, grito con
amor a ti, antigua Europa: ¡Renueva tus raíces! Vuelve a vivir
los valores auténticos que han hecho gloriosa tu historia y fecunda
tu presencia en los otros continentes [...]. Tú puedes ser aún
faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo.
Los otros continentes te miran y esperan de ti la respuesta que Santiago
le dio a Cristo: "Lo puedo"» (4). Y, veinte años
después, concluido el proceso de cambios radicales desencadenados
en Europa por el derrumbamiento de los regímenes comunistas, el Papa
- gran profeta de esperanza - no se cansa de repetir: «Europa, que
estás comenzando el tercer milenio, "vuelve a encontrarte. Sé
tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces"
[...] ¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino a tu
favor [...]. ¡Ten confianza! En el Evangelio, que es Jesús,
encontrarás la esperanza firme y duradera a la que aspiras [...].
¡Ten seguridad! ¡El Evangelio de la esperanza no defrauda!»
(5) Nace de aquí el motivo que tanto preocupa al Papa y a toda la
Iglesia por la omisión de esa referencia a las raíces cristianas
en el Tratado constitucional europeo, firmado en Roma el 29 de octubre pasado,
porque: «¡Una sociedad que olvida su pasado está expuesta
al riesgo de no ser capaz de afrontar su presente y, peor aún, de
llegar a ser víctima de su futuro!» (6).
Al finalizar los trabajos del Congreso del apostolado de los laicos, el
horizonte que se abre ante vosotros es precisamente éste: Europa
como tierra de misión. La nueva evangelización de nuestro
continente es una tarea urgente, que debe correr a cargo de los mismos cristianos
europeos. Cada uno de ellos debe sentirse interpelado hic et nunc, aquí
y ahora. El dramatismo de los tiempos, debe hacer subir a los labios de
cada uno las palabras del viejo proverbio:«¿Si yo no, quién
en mi lugar? ¿Si ahora no, cuándo?» Escribe el Papa
en la Christifideles laici: «Nuevas situaciones, tanto eclesiales,
como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman
hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si
el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente
lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer
ocioso» (7).
2. Sobre el fondo de la Europa de nuestros días, tratemos ahora de
delinear otro retrato, el retrato del cristiano laico que tanto la Iglesia
en Europa como la misma Europa necesitan con extrema urgencia. ¿Cuáles
son los rasgos que deberían caracterizarlo? En mi opinión,
son tres los rasgos fundamentales. El primero es una identidad clara y firme.
El intento de neutralizar la presencia cristiana en el mundo de hoy pasa
por la propuesta de modelos de vida que siembran confusión y extravío
también entre los discípulos de Cristo. En muchos la cultura
del pensamiento débil genera personalidades frágiles, fragmentadas,
incoherentes. El dogma del "políticamente correcto" se
convierte en un imperativo absoluto, que contradiciéndose a sí
mismo, alimenta un peligroso proceso de homologación. Y, a pesar
de sus continuas llamadas a la tolerancia, de hecho no tolera la más
mínima diversidad. En la actual sociedad pluralista toda expresión
explícita de la propia identidad cristiana viene etiquetada como
fundamentalismo o integrismo. Por ello, la fe se convierte en un hecho rigurosamente
confinado a la esfera de la vida privada.
Ante esta situación, ¿cómo defender y cómo reforzar
nuestra identidad católica en la sociedad posmodema que quiere hacemos
"invisibles" en cuanto cristianos, porque somos incómodos?
Hoy más que nunca se necesitan cristianos coherentes, con una fuerte
conciencia de su vocación y de su misión. Para un cristiano
- como el Papa nos recuerda -"ser uno mismo" es fundamental: «El
nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el
activismo, con el riesgo fácil del "hacer por hacer". Tenemos
que resistir a esta tentación, buscando "ser" antes que
"hacer"» (8). Hace falta pues redescubrir la esencia del
cristianismo: el encuentro personal con Jesucristo. Redescubrir el cristianismo
como un acontecimiento real que ocurre hoy en nuestra vida, como ocurrió
en la vida de los primeros discípulos. El cristianismo no es una
doctrina por aprender, ni tampoco un simple código ético.
El cristianismo es una Persona, la persona viva de Cristo que hay que encontrar
y acoger en la propia vida. Porque sólo este encuentro cambia realmente
la existencia de las personas y da el sentido último y definitivo
a nuestro destino. El Papa no deja de recordárnoslo: «No, no
será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona
y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!»
(9).
Para nosotros cristianos ha llegado el momento de reconocer el valor y la
belleza de una vocación y de una misión vividas a fondo. Y
ha llegado el momento de liberamos de nuestros complejos de inferioridad
respecto al mundo así llamado laico, para ser atrevidamente nosotros
mismos, discípulos de Cristo. ¡Debemos reapropiamos el significado
de nuestra identidad y estar orgullosos de ella! Hace falta por tanto remontar
hasta el Bautismo y al cometido que este sacramento tiene en la vida del
cristiano. Como Juan Pablo II explica: «No es exagerado decir que
toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer
la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe,
con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales según la
vocación que ha recibido de Dios» (10). He aquí el punto
del que siempre hay que partir: el Bautismo y una verdadera y adecuada iniciación
cristiana de los bautizados. Todo el patrimonio genético, por así
decir, del cristiano se contiene en este sacramento. «Criatura nueva»
(2 Cor 5,17), el bautizado tiene el deber de testimoniar en el mundo la
novedad y la belleza de la vida recibida gratuitamente en Cristo. Las riquezas
espirituales encerradas en el Bautismo son asombrosas y es nuestra misión
tratar de vivirlas en plenitud. Ser santo no significa otra cosa. La santidad
es sólo un «"alto grado" de la vida cristiana ordinaria»
(11). "Ciertamente, vivir hasta el fondo la propia vocación
cristiana no es fácil: requiere la capacidad de elecciones radicales
y requiere a menudo el coraje de ir contracorriente y el empeño en
una lucha permanente contra la mediocridad que siempre nos acecha. Pero
merece la pena apostar por esta aventura espiritual que, única en
su género, no decepciona. Ser cristiano significa ser portadores
en el mundo de una energía divina asombrosa. No sin motivo, san Leo
Magno exhortaba: «¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad!»
(Sermo XXI, 3). No sin motivo, durante el Jubileo del apostolado de los
laicos del año 2000 el Papa decía: «Si sois lo que debéis
ser, es decir, si vivís el cristianismo sin componendas, podréis
incendiar el mundo» (12) No necesitamos otra cosa...
3. Volvamos a nuestro retrato del cristiano laico. La segunda peculiaridad
que debería caracterizarlo - estrechamente unida a la anterior -
es la audacia de una presencia visible e incisiva en la sociedad; la audacia
de ser verdaderamente «levadura evangélica», «sal
y luz» del mundo. En no pocos Países europeos, incluso en aquellos
de antigua tradición cristiana, nosotros los cristianos estamos convirtiéndonos
en una minoría. Pero un conocido escritor católico italiano
advierte que no es este nuestro verdadero problema. Nuestro verdadero problema,
dice Vittorio Messori, no es ser minoritarios sino haber llegado a ser marginales,
irrelevantes. La sal en las comidas es minoritaria, pero da sabor; la levadura
en la masa es minoritaria, pero hace fermentar. Por falta de coraje y por
nuestra mediocridad, nosotros los cristianos llegamos a ser cada día
más insignificantes e inútiles: una sal que ya no da sabor,
una levadura que no fermenta, una luz apagada (13). Cristo sigue diciendo
a cada generación de cristianos, y por tanto también a la
nuestra: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa,
¿con qué se la salará? [...] Vosotros sois la luz del
mundo [...] Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que
vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está
en los cielos» (Mt 5, 13-16). Pero un conformismo seductor, dictado
por la cultura dominante, nos ha domesticado y nos hemos vuelto sosos, apagados,
invisibles. Hoy se podría incluso llegar a afirmar que esta irrelevancia
es la condición sine qua non para que la sociedad soporte la presencia
de los católicos en la vida pública y política. Así,
el ejercicio de la tolerancia, principio portaestandarte del mundo "políticamente
correcto", está también regulado por pesos y medidas
diferentes. A este propósito escribe el cardenal Joseph Ratzinger:
«Pienso que podría llegarse a una situación en la que
haga falta oponer resistencia; resistencia a una dictadura de tolerancia
aparente que intenta poner fuera de juego el escándalo de la fe,
liquidándolo como intolerante. Sale así a relucir la intolerancia
de los "tolerantes". Pero la fe no busca el conflicto, busca un
espacio de libertad y de tolerancia recíproca» (14).
Los cristianos, al igual que los demás, tienen derecho a participar
activamente en la vida pública y en los debates culturales, económicos
y políticos que les conciernen como ciudadanos, y tienen el derecho
de ocupar puestos institucionales. Desgraciadamente en los últimos
tiempos se van difundiendo en Europa ideas que ponen en peligro, bajo diversos
aspectos, el efectivo ejercicio de la libertad religiosa. El Papa ha tratado
este argumento en muchas ocasiones, especialmente en el contexto del reciente
debate sobre el Tratado constitucional europeo y sobre la laicidad del Estado,
pronunciando palabras muy fuertes y decididas: «Se invoca a menudo
el principio de la laicidad, de por sí legítimo, si se entiende
como la distinción entre la comunidad política y las religiones
[...]. Sin embargo, ¡distinción no quiere decir ignorancia!
¡Laicidad no es laicismo! Es únicamente el respeto de todas
las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las
actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades
de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación
entre las diversas tradiciones espirituales y la nación». (15)
El debate sobre las raíces cristianas de Europa ha puesto en toda
su evidencia una preocupante cerrazón ideológica de las instituciones
comunitarias frente al hecho religioso y especialmente frente al cristianismo;
un síntoma que no puede dejar de suscitar en nosotros una profunda
preocupación.
Es este, a grandes líneas, el contexto socio-cultural en el que hoy
nos llega también la voz de Cristo: «Vosotros sois la sal de
la tierra [...]. Vosotros sois la luz del mundo». La fe no es una
cuestión privada. Los discípulos de Cristo tienen una misión
precisa que cumplir en el mundo, en el que son llamados a cuidar y hacerse
cargo del hombre, de su dignidad, de su verdad integral. No es una tarea
fácil. Se requiere una conciencia moral recta, bien formada, fiel
al magisterio de la Iglesia. Porque, la transformación del mundo
y de sus estructuras o pasa a través de las conciencias o se reduce
a cambios superficiales y efímeros. Se necesita el coraje de una
presencia visible e incisiva, el coraje de ser "signo de contradicción"
en el mundo. Desgraciadamente, hoy, aumenta el número de los cristianos
que viven por así decir un cristianismo "anagráfico"
o condicional y limitativo. Son aquellos cuyo nombre duerme en el registro
de los bautizados y basta. Y son aquellos que a menudo escuchamos decir:
"Soy católico, pero...", "Soy creyente, pero...".
Frecuentemente nosotros los cristianos corremos tras los dictados de la
cultura dominante, imitando los discursos de este mundo y olvidando quiénes
somos. Varias veces, en los últimos tiempos el Papa ha vuelto a animar
los católicos a participar activamente en la vida pública
de sus propios países, aportando el empuje profetice del Evangelio
y toda su frescura creativa. Los cristianos pueden ser los artífices
del proyecto de un mundo que corresponda verdaderamente a la dignidad de
la persona humana y a su vocación trascendente. Y pueden ser verdaderos
"pioneros" de la modernidad (16). Es importante que conozcan la
doctrina social de la Iglesia y se inspiren constantemente en sus principios
porque, como ha escrito Juan Pablo II: «Para la Iglesia enseñar
y difundir la doctrina social pertenece a su misión evangelizadora
y forma parte esencial del mensaje cristiano» (17). En este sentido,
la reciente publicación del "Compendio de la Doctrina Social
de la Iglesia" (18) es una importante ayuda tanto para los Pastores
como para los fieles laicos. En este inicio de milenio, los cristianos debemos
despertarnos del letargo de la superficialidad, de la distracción
y de la indiferencia. Debemos contemplar el coraje de los confesores de
la fe. Debemos recuperar la certeza de la fe en Jesucristo. Un coraje y
una certeza basadas en la promesa del Señor: «He aquí
que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»
(Mt 28,20).
4. La tercera y última peculiaridad del retrato del cristiano laico
que estamos delineando es el sentido de la pertenencia eclesial. ¿Por
qué es esta característica tan importante? La vida moderna
nos hace experimentar y, a veces, nos impone compromisos de todo tipo, connotados
por la parcialidad, la superficialidad, y no raramente antitéticos.
El resultado son los casos cada vez más frecuentes de fragmentación,
e incluso de desintegración de las personalidades y de crisis dramáticas
de identidad. El hombre de hoy, obligado a jugar muchos papeles diferentes
y a menudo incompatibles, al final se desorienta y no sabe ya quién
es. Este riesgo lo corren también aquellos cristianos a quienes falta
un punto firme de referencia, el sentido de una pertenencia fuerte y "totalizante",
capaz de unificar todas las dimensiones de la vida y de darle un sentido
completo. Uno de los desafíos que la sociedad posmodema lanza a la
Iglesia es precisamente éste: cómo fomentar en los cristianos
el sentido de la pertenencia eclesial, premisa indispensable para todo proceso
de educación y formación en la fe. Dice el Catecismo de la
Iglesia Católica: «"Creer" es un acto eclesial. La
fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe»
(19).
En este contexto, ¿cómo no hacer referencia a la "nueva
época asociativa" de los fieles laicos, verdadero don del Espíritu
Santo a la Iglesia de hoy? Juan Pablo II la indica como uno de los signos
más prometedores de la "primavera cristiana", nacida del
Concilio Vaticano II a través de su eclesiología y su teología
del laicado (20). Las asociaciones laicales, los movimientos eclesiales
y las nuevas comunidades son de importancia vital para la Iglesia en los
albores del nuevo milenio, pues suscitan en muchos laicos un fuerte sentido
de pertenencia eclesial. Desde este punto de vista, estamos viviendo en
la Iglesia un verdadero kairos particular. Vienen a la mente las palabras
del Profeta: «He aquí que yo lo renuevo: ya está en
marcha, ¿no lo reconocéis? Sí, pongo en el desierto
un camino, ríos en el páramo» (Is 43,19). Esta nueva
época asociativa de los fieles laicos no hay que verla por tanto
como un problema, sino como un don y como una oportunidad pastoral para
las mismas parroquias, que continúan «conservando y ejerciendo
su misión indispensable y de gran actualidad en el ámbito
pastoral y eclesial» (21).
El Papa, grande e incansable promotor de esta "nueva época asociativa",
reclama el renacimiento y el crecimiento de beneméritas asociaciones
laicales presentes en la Iglesia desde antaño, como la Acción
Católica: «Acción católica, ¡no tengas
miedo! Perteneces a la Iglesia y te ama el Señor, que guía
siempre tus pasos hacia la novedad jamás descontada y jamás
superada del Evangelio» (22). Y al mismo tiempo sigue con amor paternal
los carismas que el Espíritu Santo no deja de prodigar con generosidad
también a la Iglesia de nuestros días. ¿Cómo
no recordar en este momento las vibrantes palabras del Papa a los participantes
al inolvidable encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades
en la Plaza de San Pedro en 1998? «En nuestro mundo, frecuentemente
dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida
sin Dios - decía Juan Pablo II en aquella ocasión -, la fe
de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se
advierte entonces con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una
sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta
necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conocedoras de
su propia identidad bautismal, de su propia vocación y misión
en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades
cristianas vivas! Y he aquí ahora, los movimientos y las nuevas comunidades
eclesiales. Ellos son una respuesta suscitada por el Espíritu Santo
a este dramático desafío del fin del milenio. ¡Ellos
son, vosotros sois, esta respuesta providencial!» (23) Aquí
merece la pena destacar como gran parte de los nuevos movimientos eclesiásticos
han nacido precisamente en Europa, signo evidente de la vitalidad de la
Iglesia en nuestro continente. Las asociaciones, los movimientos eclesiales
y las nuevas comunidades son verdaderos "laboratorios de la fe",
escuelas de santidad y de comunión, escuelas de fuerte pertenencia
eclesial, es decir de una pertenencia que marca la vida.
5. El retrato del laico cristiano europeo que hemos intentado trazar no
es un ideal inalcanzable o una utopía. En nuestra vieja Europa hay
muchos cristianos que han propuesto como programa de sus vidas estas prerrogativas
apenas bosquejadas y son por ello felices. Ciertamente, ¡se necesitan
muchos más! «¡La mies es mucha y los obreros pocos! Rogad,
pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
(Mt 9,38). Europa tiene necesidad de muchos y auténticos confesores
de la fe.
Cuando se habla de confesores de la fe, el pensamiento vuela espontáneamente
a tantos mártires que con su sangre han dado particular fecundidad
espiritual al anuncio cristiano también en el continente europeo:
«La sangre de los mártires es la semilla de los confesores»,
dice Tertuliano (24). Juan Pablo II nos lo ha recordado con ocasión
del Gran Jubileo del año 2000: «En nuestro siglo han vuelto
los mártires, con frecuencia desconocidos, casi «militi ignoti»
de la gran causa de Dios. [...] no debe perderse en la Iglesia su testimonio»
(25). Pensamos en las listas de víctimas causadas por las persecuciones
religiosas perpetradas en el siglo veinte por las inhumanas ideologías
ateas del comunismo y el nazismo, tanto en el Este como en el Oeste. Y pensamos
en los mártires de esta tierra de España. Debemos recordarlos.
Y debemos medirnos con su ejemplo, aunque no sea fácil. Porque los
mártires de ayer interpelan nuestro modo de ser cristianos hoy; quizás
demasiado cómodo, demasiado diluido, demasiado condescendiente con
las tendencias de la modernidad. Ellos nos interpelan sobre el uso que hacemos
del don de la libertad. "Semilla de confesores", los mártires
son en la Iglesia un manantial vivo de renacimiento espiritual y «la
encarnación suprema del Evangelio de la esperanza» (26).
Juan Pablo II, gran profeta de esperanza en nuestros días, sigue
infundiéndonos ánimo: «¡Iglesia en Europa, te
espera la tarea de la "nueva evangelización"! Recobra el
entusiasmo del anuncio [...] El anuncio de Jesús, que es el Evangelio
de la esperanza, sea tu honra y tu razón de ser. Continúa
con renovado ardor en el mismo espíritu misionero que, a lo largo
de estos veinte siglos y comenzando desde la predicación de los apóstoles
Pedro y Pablo, ha animado a tantos Santos y Santas, auténticos evangelizadores
del continente europeo» (27).
Quiera el Señor que este Congreso marque un hito en la vida de muchos
cristianos laicos españoles y que los empuje a un continuo descubrimiento
del valor y de la belleza de su vocación y misión en la Iglesia
y en el mundo contemporáneo. «Duc in altum! ¡Caminemos
con esperanza!».
________________________________________
NOTAS
1.- Un atento observador la describe con este lucidísimo análisis:
«Caído el totalitarismo comunista, otro espectro incumbe sobre
Europa: el totalitarismo democrático. Mientras avanza y se extiende
la integración de los pueblos en la "familia" de Europa,
progresa en sentido inverso la desintegración de la persona, que
cada vez encuentra más dificultad en relacionarse con los demás.
La Europa nacida en la mente y el corazón de tres grandes europeos,
navega ahora en un "pluralismo sin fronteras", expuesta a todos
los vientos, dispuesta a venderse al menor postor. "Nunca la diversidad
ha sido una culpa tan espantosa como en este período de tolerancia"
(Pasolini). El atractivo de un "futuro luminoso" se consuma en
el atractivo del vacío» (Editoriale, "La Nuova Europa"
[2004] pág. 2).
2.- Cfr JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Ecclesia in
Europa, n. 9.
3.- A. PANEBIANCO, Europa, giudizi e pregiudizi, "Corriere della Sera",
16 de octubre de 2004, pág. 1. El mismo autor añade: «La
prueba definitiva de la raigambre de este prejuicio anticristiano mayoritario
ha sido el rechazo de introducir una referencia a las raíces cristianas
en el preámbulo de identidad del Tratado constitucional europeo [...]
En nombre de sus (nuevos) prejuicios, Europa ha llegado al colmo de borrar
una historia bimilenaria y de fingirse nacida ayer (con la Ilustración
y la Revolución francesa). Sin comprender que renegar de la propia
historia conlleva el rechazo de su identidad creíble. La laicidad
de las instituciones europeas no habría sido comprometida por aquella
referencia, y en cambio habría sido respetada la verdad histórica,
sin la cual nunca se puede aspirar a una identidad seria».
4.- JUAN PABLO II, Atto europeistico, "La traccia" II (1982),
1337/X.
5.- JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Ecclesia in Europa,
nn. 120-121.
6.- JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el seminario organizado
por la fundación "Robert Schuman "para la cooperación
de los demócratas cristianos de Europa (7 de noviembre de 2003),
n. 2.
7.- JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici,
n. 3.
8.- JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millenio ineunte, n. 15.
9.- Ibidem, n. 29.
10.- JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles
laici, n. 10.
11.- JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millenio ineunte, n. 31.
12.- JUAN PABLO II, Homilía en la solemnidad de Cristo Rey. Jubileo
del apostolado de los laicos (26 de noviembre de 2000), n. 5.
13.- Cfr V. MESSORI, Confessori della fede nel nostro tempo, in: Riscoprire
la Confermazione, Pontificium Consilium pro Laicis, Cittá del Vaticano
2000, pág. 22.
14.- J. RATZINGER, Dio e U mondo, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo
2001, pág. 415.
15.- JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante
la Santa Sede (12 de enero de 2004), n. 3.
16.- Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje a los participantes en la 44ª Semana
Social de los Católicos Italianos, "L' 0sservatore Romano",
9 de octubre de 2004, pág. 4.
17.- JUAN PABLO II, Carta encíclica Centesimus annus, n. 5.
18.- CONSEJO PONTIFICIO DE LA JUSTICIA Y DE LA PAZ, Compendio de la Doctrina
Social de la Iglesia, Librería Editrice Vaticana, Cittá del
Vaticano 2004.
19.- Catecismo de la Iglesia Católica, n. 181.
20.- Cfr. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles
laici, n. 29.
21.- JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Ecclesia in Europa,
n. 15.
22.- JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en la IX Asamblea nacional
de la Acción Católica Italiana (26 de abril 2002), n. 4.
23.- JUAN PABLO II, Discurso con motivo del Encuentro de los Movimientos
eclesiales y de las nuevas Comunidades (30 de mayo de 1998). "L' 0sservatore
Romano", 1-2 junio 1998, pág. 6.
24.- «Sanguis martyrum, semen christianorum» (Apol., 50, 13:
CCL I, 171).
25.- JUAN PABLO II, Carta apostólica Tertio millennio adveniente,
n. 37.
26.- JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Ecclesia in Europa,
n. 13.
27.- Ibidem, n. 45.
28.- JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millenio ineunte, n. 58.