Las dificultades para la difusión del mensaje cristiano.
Todo
cristiano, por expreso mandato evangélico, se encuentra obligado
a dar testimonio de su fe y a difundirla por todo el mundo. Por supuesto,
esta obligación compete también, y en igual medida, a los
laicos. El fundamento de esta misión evangelizadora se encuentra
en el bautismo que nos incorpora a Cristo resucitado. Esta misión
es, además de una obligación, una alegría profunda
derivada de la participación en el proyecto de Dios en la historia.
La misión de los laicos consiste en ser “testigos de la esperanza”
y contribuir a la “consagración del mundo”. El sentido
evangélico de esta misión de los laicos se asienta en la doctrina
eclesial, sustentada principalmente en cuatro documentos básicos:
el Decreto del Concilio Vaticano II “Apostolicam actuositatem”
(1965), la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II “Christifideles
laici” (1988), el documento de la Conferencia Episcopal Española
“Los cristianos laicos. Iglesia en el mundo” (1991) y la Carta
apostólica de Juan Pablo II “Novo millennio Ineunte”
(2001).
El
objetivo de esta Ponencia consiste en promover la reflexión sobre
los medios y fines del cumplimiento de esta vocación de misión
en la España actual. Las siguientes consideraciones tienen como trasfondo
inevitable la situación de nuestra Nación y el espíritu,
principios y valores de la cultura contemporánea. La difusión
del mensaje cristiano se enfrenta a la dificultades que opone un ambiente
dominante indiferente u hostil. Aunque las raíces de la Modernidad
son cristianas, la evolución de la cultura contemporánea ha
entrañado un alejamiento de los principios cristianos que ha llegado
a veces en nuestros días a formas de abierta hostilidad. En las últimas
décadas este proceso se ha ido abriendo paso en España hasta
el extremo de que no es exagerado hablar de intentos de “descristianización”
de la sociedad española. Una evidente manifestación de este
proceso se percibe en algunas actitudes del actual Gobierno hacia la Iglesia
Católica y en el anuncio de un conjunto de medidas legislativas que
se oponen no sólo a las creencias morales vigentes en nuestra sociedad
sino que chocan además con algunos principios jurídicos básicos
de nuestra tradición legal, en materia de matrimonio, familia o respeto
a la vida. Ante este estado de cosas, abundan los católicos españoles
que se sienten agredidos por el Gobierno en sus convicciones más
íntimas y profundas. Por supuesto, tampoco faltan quienes no se sintieron
representados por algunas decisiones políticas de los Gobiernos anteriores.
Las
formas de vida, aspiraciones y valores que se nos ofrecen como modelos chocan
cada vez de forma más contundente con la religión y la moral
católicas. Es muy probable que el diagnóstico apocalíptico
sea exagerado, que sea más el ruido perceptible en los medios de
comunicación que la fuerza de su vigencia en la sociedad. Pero incluso
descontando este hecho, lo cierto es que la presencia de la religión
en la vida social, especialmente entre los jóvenes, resulta decreciente
y alarmante. Mas no se trata de un fenómeno más o menos inevitable
o espontáneo sino del resultado de la búsqueda deliberada
de la exclusión del sentido religioso y de la presencia de Dios en
la vida pública. Lo religioso, según la corrección
política dominante, debería recluirse a las catacumbas de
la vida privada, y cualquier exhibición pública de creencias
religiosas suele ser imputada a la ignorancia, a la superstición
o al dogmatismo intolerante. Probablemente haya que retroceder hasta los
orígenes del cristianismo en un ambiente pagano hostil para encontrar
una situación semejante en la historia europea. Se trata de una exclusión
de lo religioso del espacio público, para la que no se escatiman,
no ya la justificable crítica razonada sino incluso la caricatura
y la falsedad. Por decirlo así, vivimos una situación en la
que se pretende imponer una jerarquía de valores equivocada, en la
que lo inferior trata de prevalecer sobre lo superior, cuando no de establecer
una injusta nivelación que niega toda jerarquía. Muchas veces
esta impostura se pretende imponer bajo la cobertura de elevados valores,
como la autenticidad, la autonomía personal o la libertad, que carecen
de sentido si se niega la objetividad de la verdad y del bien. Tienden a
imponerse así el individualismo egoísta, el materialismo,
el relativismo moral, el cientificismo y el utilitarismo. Y a la vez que
se destruyen los fundamentos de la justicia, la libertad, la dignidad, la
fraternidad y la solidaridad, cunde el lamento por la pérdida de
unos valores cuyos pilares nos obstinamos en quebrantar. Queda así
poco más que la satisfacción de las inclinaciones subjetivas
y pasajeras sin más límite, y eso cuando se establece, que
el deber de no causar daño a otros. La idea de una moral personal,
más allá de las convicciones mayoritarias o dominantes, o
la de la existencia de deberes del hombre para consigo mismo, resulta casi
ininteligible o es recibida con sonrisas desdeñosas. No se trata
sólo de una cultura ajena al cristianismo sino a toda forma de espiritualidad
y aún de verdadera cultura superior. Y, sin embargo, como muestras
de nostalgia de lo sagrado, no dejan de proliferar las más diversas
formas de espiritualidad.
No
significa esto que los católicos debamos acogernos a una especie
de “cultura de la queja”. Buena parte de los males diagnosticados
bien podrían sernos imputados. Existen factores endógenos,
y no sólo externos ni exclusivamente culturales, que han contribuido
a la “descristianización”. Pero este hecho no impide
el reconocimiento de que, por unas razones u otras, vivamos en un ambiente
cultural y social ajeno u hostil al cristianismo, y de que lo cristiano
apenas ocupa lugar relevante en la realidad política y cultural,
ni en la mayoría de los medios de comunicación, ni influya
en la legislación ni en las instituciones. En suma, existe un abismo
entre la fe cristiana y la cultura aparentemente dominante (otra cosa es
quizá la vigencia de los valores cristianos en lo que Unamuno llamó
la “intrahistoria”, en las vidas cotidianas). A esto cabría
añadir la dispersión que exhibe el mundo católico y
la falta de una unidad coherente de vida y de acción, cosa diferente
de la natural diversidad existente entre los cristianos.
Ante
este estado de cosas, el reto para los cristianos consiste en la evangelización
del ambiente social en el que vivimos y en contribuir a propagar no una
mera moral sino una forma religiosa de vida. No puede convertir a los demás
quien previamente no se ha convertido en su propia raíz personal.
Y esto conduce inevitablemente a la pregunta por la esencia del ser cristiano.
Es cristiano quien acepta la verdad de lo que Jesús proclamó:
“Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Es decir, quien es
discípulo de Cristo. Pero Cristo no anunció un mero mensaje
moral ni menos un programa de reforma política y social, sino un
mensaje de salvación, de Vida Eterna, a través del cumplimiento
del único mandato del amor. Esta fe en Cristo y su mensaje de salvación
entraña una nueva cultura y una nueva forma de vida. El mensaje cristiano
no perderá vigencia mientras no falten ni escaseen los verdaderos
cristianos.
Juan
Pablo II ha descrito las consecuencias culturales y sociales del rechazo
de la Encarnación en un reciente mensaje: “Cuando se excluye
o se niega a Cristo se reduce nuestra visión del sentido de la existencia
humana, la esperanza da paso a la desesperación y la alegría
a la depresión... Se produce también una profunda desconfianza
en la razón y en la capacidad humana de captar la verdad, e incluso
se pone en tela de juicio el concepto mismo de verdad... Ya no se aprecia
ni se ama la vida; por eso avanza una cierta cultura de la muerte con sus
amargos frutos, el aborto y la eutanasia. No se valora ni se ama correctamente
el cuerpo y la sexualidad humana; ni siquiera se valora la creación
misma, y el fantasma del egoísmo destructor se percibe en el abuso
y en la explotación del medio ambiente” (Mensaje al Capítulo
General de la Orden de Predicadores. Julio 2001). El problema consiste en
cómo comunicar la fe en Dios en un mundo que se aleja de Dios.
La
ejemplaridad. El valor educativo de los modelos.
No
existe otra forma de enseñar una forma de vida sino a través
del ejemplo. La educación, y la evangelización es una forma
de educación, no es posible sin la ejemplaridad. No puede extrañar
que se produzcan erosiones en la difusión del mensaje evangélico
como consecuencia de la falta de coherencia y ejemplaridad de quienes lo
difunden y enseñan. Una cosa es la verdad de la fe y otra la coherencia
de las personas. La primera no depende en sí misma de la segunda.
Pero no es posible la evangelización sin la profunda coherencia entre
fe y vida de quienes la emprenden. No cabe duda de que los cristianos tenemos
una seria responsabilidad en este proceso de alejamiento de Dios. Pero la
responsabilidad rebasa los límites de la falta de coherencia entre
la fe profesada y la vida. Existe otra forma de incoherencia y de falta
de ejemplaridad vinculada a la adulteración de la naturaleza del
mensaje. Esta adulteración se produce, por ejemplo, cuando se reduce
la fe a mera moral, a puro proyecto de transformación social o política
o, incluso, a medio de obtener felicidad o consuelo ante las adversidades
de la vida. Si la persona del cristiano no ha sido transformada por el encuentro
con Cristo, es imposible la ejemplaridad inherente al apostolado. Por decirlo
así, la misión del cristiano consiste en ser cristiano. No
hay otra forma de apostolado. No se trata de una doctrina que haya que enseñar
sino de una vida que hay que vivir y, al vivirla, difundir. Sólo
quien ha conocido a Jesucristo y ha sido transformado por ese encuentro
puede dar razón de la esperanza cristiana.
La
importancia de la formación
Nada
de esto entraña la negación de la relevancia de la formación
teológica, filosófica, científica, sociológica
y, en general, integral de los cristianos y, especialmente, de quienes,
por vocación o profesión, están en una situación
privilegiada o especial para dar testimonio de su fe. Todo lo contrario.
No se puede transformar el mundo sin conocerlo. Buena parte de la responsabilidad
del abismo existente entre el cristianismo y la cultura contemporánea
incumbe a la falta de conocimiento de los elementos de esta cultura por
parte de los cristianos. No siempre se valora correctamente la aportación
de la fe al conocimiento racional, ni se entiende que la fe no se opone
a la ciencia. El cristiano no tiene por qué vivir acomplejado ante
el saber profano. Por el contrario, posee una sabiduría más
profunda y compleja que no es incompatible con la ciencia sino que, por
el contrario, la amplía y dota de sentido. No se trata de conocer
al adversario para combatirlo, sino de mostrar la íntima compatibilidad
y armonía entre la fe y la razón. Por lo demás, todo
lo que es necesario para la salvación es asequible al más
modesto de los entendimientos. La relevancia de la formación reside
en la necesidad de entablar un diálogo con la cultura contemporánea
que permita, a la vez, criticar y superar sus deficiencias. La sencillez
y la humildad no están reñidas con la solidez de los conocimientos.
Un
ejemplo, por lo demás importante, puede ilustrar este valor de la
formación intelectual de los cristianos. La Iglesia reivindica con
toda razón su derecho a enseñar y el mantenimiento de la asignatura
de Religión Católica en el ámbito de la escuela pública
y privada para todos los alumnos cuyos padres opten por ella. Pero esta
justa exigencia debe ir acompañada por un cuidado escrupuloso por
la formación de quienes han de impartir esta enseñanza. El
respeto social se consigue no sólo mediante el valor de la doctrina
que se profesa sino también a través de la formación
intelectual y científica de quienes han de enseñarla. Si ha
de ser una asignatura con valor y rango académicos, debe ser enseñada
con la exigencia que es propia del mundo académico. Por lo demás,
adecuarse a la cultura dominante no significa necesariamente adherirse a
los valores de esa cultura, sino situarse a su nivel o por encima de él.
Algo
parecido cabe afirmar de la utilización de los medios de comunicación.
Es evidente que, salvo escasas excepciones, se trata de un ambiente hostil.
Cuando imperan la mala fe o la trivialización, el compromiso de los
católicos quizá consista en evitar la participación
en esos programas. No hay obligación de aceptar un debate trucado
o parcial, pero tampoco es lícito abdicar de la presencia en los
medios. Muchas veces, causa indignación y tristeza contemplar cómo
las posiciones más correctas suelen ser mal defendidas. No es poco
lo que se va haciendo en este terreno, pero aún es insuficiente.
El cristiano ha de confiar en la Providencia y en el Espíritu Santo,
mas eso no le exime de la exigencia para consigo mismo. Cuando Pablo empezaba
su misión en Corinto y se sentía abrumado por las dificultades,
el Señor le habló así: “No temas, Yo estoy contigo,
habla y basta, no calles, no te ocurrirá nada, porque en esta ciudad
hay un gran pueblo que me pertenece”. Pero el Señor eligió
a Pablo; no a cualquiera.
La
familia
Constituye
el primer y más valioso vehículo para la transmisión
de la fe. Éste es el ámbito natural y más adecuado
para el ejercicio de la misión evangelizadora que corresponde a los
fieles laicos. Por eso, en casi nada hay que poner tanto empeño como
en la defensa de la institución familiar. Ella es la sede de la educación
primera y fundamental. La evangelización depende más que de
nada de la supervivencia de las familias cristianas. La familia es la primera
institución de la misión evangelizadora. Ello no impide que
la fe pueda surgir en el seno de familias no creyentes. No faltan casos
entre las personas de edad media.
Participación
y compromiso
Es
necesario combatir la tentación consistente en sucumbir a una estrategia
acomplejada de repliegue. También existe un individualismo religioso
que se manifiesta en la búsqueda de la salvación personal.
No basta con la fe personal y con el cumplimiento de los Mandamientos. Aunque
lo más profundo de la vida cristiana se manifiesta en la relación
con Cristo vivida en la intimidad de la conciencia, es necesaria la participación
en la vida social y pública, según la capacidad y la posición
que cada cristiano tiene en la sociedad. Existen diferentes formas y grados
de compromiso, en atención a las diferentes aptitudes, profesiones
y vocaciones. No obstante, también caben excesos y formas equivocadas
de proselitismo. No es el mismo tipo de evangelización el que compete
al padre y al sacerdote, al profesor y a quien escribe o participa en los
medios de comunicación o a quien desempeña otras profesiones
u oficios. Existe una forma cristiana de vivir y, por lo tanto, de ejercer
cualquier profesión, pero no cabe asignar a todas ellas la tarea
del proselitismo. Se equivoca, por ejemplo, el profesor universitario que
se comporta como si su tarea consistiera en adoctrinar a los alumnos en
los principios de la fe cristiana.
Diálogo
universal
El
cristiano debe dialogar con todos, pero sin complejos ni falsa mala conciencia.
La Iglesia, es decir, los cristianos hemos cometido errores a lo largo de
la historia. Ninguna institución puede resumir de no haberlos cometido.
Va implícito en la falible condición humana. Sin embargo,
pocas instituciones pueden, como la Iglesia Católica, exhibir una
trayectoria tan fecunda y prolongada en el servicio a los pobres, enfermos,
y, en general, a los marginados y más necesitados. Pese a ello, no
ha dejado de pedir perdón por los errores cometidos en el pasado.
Y era justo hacerlo. Pero lo que ya no es justo es la pretensión
de quienes entienden el perdón como algo que siempre va en la misma
dirección. Cuando ella ha sido la víctima, y tantas veces
lo ha sido a lo largo de la historia, no es fácil encontrar algún
culpable que pida perdón. Algo parecido cabe decir de la frecuente
malevolencia en el tratamiento informativo de la labor de la Iglesia. En
muchos medios de comunicación, sólo encuentra eco lo poco
negativo y no lo mucho positivo. La labor abnegada de millones de religiosos
es silenciada y los errores de unos pocos jaleados y elevados a la condición
de categoría. Ante esta situación, los católicos debemos
huir de dos actitudes opuestas: por un lado, la arrogancia y, por otro,
la pusilanimidad y la dejación de la defensa, pues no se trata de
la propia justificación sino de la propagación del mensaje
de Cristo.
Tampoco
debemos acomplejarnos ante la dictadura de la corrección política
y del relativismo cultural, social y moral. Una cosa es el respeto a las
demás religiones (y el cumplimientos de las exigencias del ecumenismo)
y otra la debilidad o incluso la traición a las propias convicciones.
El cristiano debe estar abierto al diálogo de buena fe con todos,
pero expresar las creencias, dar testimonio de una verdad eterna y universal,
nunca puede ser tildado de dogmatismo ni de intolerancia. Esta nace sólo
de la decisión de imponer por la fuerza las propias opiniones. Por
lo demás, el mensaje cristiano irá con frecuencia contra la
corriente dominante en el mundo, y una cosa es hablar el lenguaje de la
época y adaptar el mensaje a las circunstancias de tiempo y lugar,
y otra hacerlo coincidir con la opinión dominante. Aquí, como
siempre, el modelo del cristiano no es otro que Cristo.
La
pobreza
La
pobreza que encarece el Evangelio se refiere al espíritu. Son felices
los pobres de espíritu. Junto a ella, también resulta evidente
el obstáculo que representan las riquezas para la vida cristiana,
cómo no es posible servir a Dios y al dinero. Y, por supuesto, el
imperativo del amor obliga a una opción en favor de los pobres y
al combate contra todas las formas de miseria y explotación. No puede
haber en esto ni dudas ni tibieza. Como tampoco resulta difícil interpretar
el significado de las palabras de Cristo: “Mi Reino no es de este
mundo”. Los cristianos estamos obligados a combatir la miseria y a
apoyar a los grupos sociales y políticos que hagan de este objetivo
el eje de su actuación pública. Pero ni es legítimo
reducir el cristianismo a un programa de reforma política y social,
ni es prudente dejar de distinguir entre los efectos reales que provocan
las ideologías y la retórica que exhiben. Las ciencias sociales
nos advierten sobre la frecuencia con la que las conductas humanas producen
efectos no deseados por los agentes. Por lo demás, nunca será
lícito utilizar medios inmorales para obtener fines justos.
En
este sentido, la Doctrina social de la Iglesia aporta luz para el diagnóstico
y tratamiento de los problemas económicos y sociales. Ningún
partido político ni ninguna ideología pueden atribuirse con
justicia la realización del cristianismo. Pero tampoco puede ser
todos evaluados por igual. El cristiano siempre debe optar por aquellos
que se asientan sobre la dignidad del hombre y la promueven. La persona
humana debe situarse en el centro de la vida económica y social.
Tampoco cabe olvidar en este sentido la necesidad de fomentar la creación
de la riqueza junto a la justa distribución. Lo primero es, al menos,
tan esencial para la justicia como lo segundo. Toda forma de materialismo
y de economicismo, así como el individualismo egoísta son
incompatibles con la Moral cristiana. Pero conviene advertir que no toda
atribución de estas características a las ideologías
políticas y a las doctrinas económicas es igualmente certera.
En este terreno, es preferible basarse en las consecuencias que provocan
más que en la retórica sobre la que se sustentan. Por lo demás,
la mejor manera de transformar las condiciones de vida política,
económica y social es a través de la reforma interior de las
personas.
Presencia
en el mundo
La
actitud cristiana no consiste en el repudio del mundo y en la pura retirada.
El cristiano no puede despreciar la obra del Creador. Existen vocaciones
activas y contemplativas. Ambas son igualmente cristianas y necesarias.
Cristo combinó los momentos de oración, recogimiento y soledad
con los de acción y predicación. Los cristianos debemos estar
presentes en el mundo y actuar en él. Esta actuación debe
ir presidida por la colaboración con la Jerarquía. La obediencia
y la humildad no son incompatibles con la crítica razonable y respetuosa.
La Iglesia no es asunto exclusivo de la Jerarquía ni de los sacerdotes.
Así consta en la doctrina católica, y muy especialmente en
la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II sobre los fieles
laicos. Para ello es preciso utilizar los cauces y plataformas sociales,
las mediaciones y los instrumentos, entre otros, los medios de comunicación
social, siempre bajo las condiciones de igualdad y juego limpio a que antes
hemos hecho referencia. Lo fundamental es el anuncio del Evangelio de Jesucristo,
que hay que celebrar no sólo en la liturgia sino también en
la vida cotidiana. El cristianismo no puede quedar recluido en la intimidad
de la conciencia sino que debe contagiar e impregnar toda la vida personal
y social. Y más hoy cuando nos amenaza la “privatización”
de la fe y la imposición de unas nuevas catacumbas ideológicas.
En
nuestro tiempo, se está produciendo un resurgimiento del laico como
sujeto activo y protagonista de la sociedad, que no quiere permanecer pasivo
haciendo dejación de su responsabilidad. No es poco lo que ha cambiado.
Entre otras cosas, la pérdida del miedo a la participación
en la vida pública, el impacto de la presencia de los laicos en los
medios de comunicación y el reconocimiento de la importancia del
deber de defender los derechos de las personas ante los ataques a los que
están sometidos. Esto entraña la participación en la
vida política a través de los partidos, los sindicatos, las
asociaciones empresariales y profesionales, el trabajo y la vida cotidiana.
Todo ello al servicio de la dignidad de las personas y del bien común,
con el fin de que la concepción cristiana de la sociedad tenga mayor
influencia en la definición de objetivos y en el desarrollo de las
políticas.
Los
siguientes son algunos de los objetivos que esta presencia pública
debería promover:
-
Fomentar el sentido religioso de la vida en el espacio público.
-
Hacer presente la realidad de Dios.
-
Revalorizar la religión y la función social de la Iglesia.
-
Promover el compromiso cristiano fuerte.
-
Perfeccionar el ámbito educativo cristiano: Universidades, escuelas.
-
Revitalizar las parroquias y demás centros comunitarios.
-
Integrar la fe en todos los ámbitos de la vida personal de manera
que no se trate de un ámbito aislado de los demás.
-
Lograr el establecimiento de puntos de encuentro, comunicación e
intercambio de experiencias y de convivencia de todas las realidades asociativas
de los laicos.
-
Producir una mayor presencia pública de esta riqueza asociativa ya
existente que promueva una mayor coordinación y unidad de este proyecto
común de ser “testigos de la esperanza”, como reza el
lema de este Congreso.
Esta
presencia de los católicos en la vida pública sólo
es posible bajo el espíritu de comunión y colaboración
entre los grupos eclesiales. La pertenencia a los diferentes grupos, órdenes
y movimientos eclesiales permite un verdadero camino de formación
y maduración en la fe, impulsa a la misión y favorece la presencia
de los cristianos en la vida pública. Constituye, por tanto, un factor
esencial para la educación en la fe y para el dinamismo misionero
de la Iglesia. Es, sin duda, mucho lo que estos movimientos aportan a la
misión de los laicos, siempre, naturalmente, que se evite toda pretensión
exclusivista, pues Cristo, y nadie más, es el Camino, la Verdad y
la Vida.
Pese
a todas las dificultades de la situación actual, nunca han faltado
desde la Encarnación de Cristo, existen muchos motivos para contemplar
el futuro con serenidad y alegría. La realidad siempre está
para un cristiano llena de posibilidades y signos de esperanza derivados
de la fe que se realiza a través del amor.