Muy buenos días a todos y gracias por asistir, a horas tan intempestivas,
a la exposición. Gracias a los organizadores del Congreso por haberme
invitado y, en especial, a D. Antonio Cartagena, D. Eloy Bueno de la Fuente,
D. Francisco Porcar, Doña Nuria Gispert, D. Rafael Serrano, Doña
Inmaculada Franco y D. Alfonso Coronel de Palma por ayudarme y acompañarme
en el proceso de elaboración de la intervención.
1.
La pregunta
Quien
se presenta ante vosotros y ha sido elegida para enunciar esta ponencia
está tan sorprendida como vosotros. Dejo a la responsabilidad de
los organizadores del Congreso y de nuestros obispos los efectos, beneficiosos
o no, de la elección. Pero quizá haya un par de cosas en mi
trayectoria personal que expliquen las razones de gente más sabia.
Me
gusta referirme a mi casa como el lugar donde se fue educando mi persona
en una relación honesta y verdadera con la realidad, pero sin el
dato de la fe. Mi madre (por razón de su matrimonio en época
de Franco), era luterana conversa y derivó en el agnosticismo. Mi
padre a su vez era católico agnóstico o confuso, de modo que
mis tres hermanas y yo crecimos sin certezas sobre el sentido de la existencia.
La rotunda convicción de que mis padres nos querían hasta
dar la vida por nosotros o de que la vida estaba llena de cosas hermosas
(los libros, el arte, la música, la naturaleza), chocaban en mí
violentamente con la negación de la trascendencia. ¡Qué
vida tan triste la que inserta en el corazón del hombre la pregunta
por lo bello, lo bueno, lo verdadero y trunca la respuesta con la experiencia
del mal o de la muerte! Sin embargo creo que esta experiencia mía,
tan dolorosa durante tantos años, tiene el valor de calcar en buena
medida la de nuestros contemporáneos, que ya no reciben de sus familias
ni de su entorno la certeza sobre la positividad de la existencia ni su
dimensión eterna.
Para
mí y para mis hermanas el tiempo en que la gente quería ser
santa ya no era una referencia. Si Dios no existía, o no era comprobable,
la bondad ya no constituía un objetivo. Los acontecimientos históricos,
sin nosotras saberlo, no sólo habían derribado el deísmo,
sino también el imperativo moral de Kant. La razón humana,
perdida de sus raíces, trabajaba contra sí misma. Nadábamos
en un relativismo moral y un escepticismo que era el eco de lo que hoy define
nuestro mundo occidental.
Yo
sólo quise ser santa en arrebatos de pasión ligados a un vídeo
sobre las misiones o unos ejercicios espirituales de las buenas religiosas
que me educaron. Pero los embates emocionales eran tan frágiles como
los picos de adrenalina que los producían. Lo cierto, lo cotidiano,
era que la razón no encontraba motivos para creer. Pero lo que yo
sí quería, y os aseguro que lo quería de forma vehemente,
intensa, desquiciante, era ser feliz. No sólo estar contenta de vez
en cuando, no sólo experimentar placeres exquisitos, sino poder dar
respuesta a las preguntas del corazón, a la apremiante necesidad
de ser algo más que una hoja que agita el viento y que el invierno
de la muerte condena al olvido.
Me
recuerdo con quince años, preguntando a mi padre por qué había
que seguir viviendo. El pobre, abrumado seguramente por la pesada de su
hija, me contestó que había que seguir adelante porque todo
seguía adelante, que había que luchar y vivir porque sí,
por la misma razón por la que la tierra da vueltas. La respuesta
me dejó profundamente insatisfecha. Sin saberlo, yo quería
ser santa.
2.
La santidad no es coherencia.
Buscaba,
pero lo tenía difícil, porque una ola intensa de pelagianismo
atacaba y ataca nuestra Iglesia. Una y otra vez encontraba hombres y mujeres
buenos que cifraban su cristianismo en la coherencia moral, reduciendo la
palabra Cristo a un paradigma de comportamiento ético. Con ellos
impartí catequesis en barrios marginales, alfabeticé gitanos,
asistí ancianos, postulé por las calles, hice, en fin, cuantas
cosas caracterizan la labor impresionante de esta Iglesia nuestra tan denostada
injustamente. Pero la pregunta persistía. Yo podía ser buena,
pero mi bondad no respondía a una inquietud ancestral, anclada profundamente
en el ser humano, el mismo que hace decenas de miles de años dejó
de aullar, se puso de pie y miró la luna preguntándose qué
era aquello. Es más, la experiencia me mostró dos cosas fundamentales.
Primera, la imposibilidad de ser totalmente buenos. Recuerdo aquí
ese pasaje del NT donde se aclara que lo que Dios pide es imposible para
el hombre. Me enfadaba, me revolvía, pero nunca alcanzaba el listón
del objetivo. Con el tiempo comprendería que la experiencia del límite,
de no llegar, es profundamente humana, es más, forma parte misteriosa
del método de Dios para mantener viva en nosotros la pregunta sobre
Él. Porque si nos bastásemos, si los hombres unidos pudiésemos
hacer del mundo un lugar justo, bueno y bello ¿para qué lo
querríamos a Él?
Y
, segunda enseñanza, el límite no alcanzado y la pretensión
de forzar lo imposible no sólo no hacen al hombre mejor, sino que
cuando éste no vive en Cristo, generan en él sinsabor y violencia.
Es el mecanismo de la ideología. La ideología, llámese
nacionalismo, marxismo, capitalismo dogmático o religión (que
también la religión es susceptible de ser reducida a ideología)
se caracteriza por proporcionar una explicación total sobre lo que
nos rodea, reduciéndola a factores y mecanismos manipulables por
el hombre. La fórmula es bien conocida: se promete el paraíso
terrenal (llámese Gran Serbia, Euskalerría Libre, Sociedad
Comunista, Mercado o Estado Integrista) y se elimina todo aquello que configure
un obstáculo en su realización. Para liberar Palestina se
matan israelíes, para liberar Israel, se matan palestinos; para liberar
Serbia se matan kosovares, para liberar Kosovo se matan macedonios. Para
liberar a los obreros se manda al gulag a los disidentes; para liberar Alemania
se matan judíos, homosexuales, católicos y lo que haga falta.
Para liberar Euskadi se matan maketos; para liberar el mercado se explota
en las fábricas asiáticas a jóvenes y mujeres hasta
la muerte… para liberar al hombre de la injusticia ha habido cristianos
que se han echado al monte con un fusil. Y no creamos que es sólo
un “macrofenómeno”.
En
nuestro entorno inmediato hay montones de cristianos amargados y tristes
por culpa de la injusticia social, la falta de espiritualidad o lo que sea.
Gente estupenda, curas y laicos que dan la vida por los otros y dicen cosas
verdaderas, pero que aparecen tan manifiestamente determinados por el límite
que la realidad impone a sus aspiraciones justas que a una le dan ganas
de todo… menos de seguirles. Yo caigo a menudo en la misma trampa,
y reconozco que, en esos casos, no suscito ni en mí misma ni en mi
entorno más que un justificado cansancio, una sensación de
impotencia que mis interlocutores y oyentes acaban compartiendo conmigo
cuando -eso sí, “muy justamente”- concluimos que no parece
haber solución para el hambre en el mundo, la expansión del
sida, la corrupción social, la falta de valores o mil cosas más.
Los
santos son muy distintos de todo esto, al menos los que yo he conocido,
vivos o muertos. Madre Teresa chapoteaba todo el día en el fango
asqueroso de Calcuta -y les doy testimonio de que es exactamente eso, asqueroso-,
y sin embargo estaba inexplicablemente alegre. Lo que la gente buscaba en
ella no era sólo su capacidad de curar, de construir, de amar y abrazar,
sino una inexplicable paz que no era de este mundo y que define el deseo
más hondo del corazón humano. Ella miraba a las personas y
las trataba como nadie los había hecho antes. Del mismo modo, lo
que la gente sencilla ve en el Papa, y me incluyo, no es su profunda cultura,
ni el atletismo de que hizo gala durante buena parte del pontificado, ni
siquiera el Parkinson o lo que vaya usted a saber qué tiene, sino
la indomeñable esperanza de que hace gala en medio de los mismos
problemas y limitaciones que les aquejan a ellos. Esta enfermo y sonríe,
se le cae la baba y dice el nombre de Cristo, se le va la voz y abraza a
los niños. A veces digo que Juan Pablo II es más Papa que
nunca ahora, precisamente ahora, porque su vida prueba que ni la enfermedad,
ni la vejez, ni la cercanía de la muerte, ni la derrota política
(pensemos en la guerra de Irak y en el caso que se le ha hecho) pueden con
la victoria de Cristo y la alegría que siembra en un hombre.
En
fin, lo que quería deciros es que la pregunta sobre la santidad está
a otro nivel distinto del deber ético, aunque en muchas ocasiones
aparentemente coincidan. A este respecto me gustaría referiros brevemente
una anécdota sobre una de mis sobrinas, hija de madre atea y padre
musulmán, divorciados, que este año pidió el bautismo
y la comunión a los 13 años, gracias a su contacto con las
religiosas del colegio en el que estudia. Las dos fuimos al Retiro madrileño,
a conversar. Anduve en silencio un buen rato, rezando y pensando, porque
no sabía cómo explicarle lo que iba a ocurrir en la ceremonia,
su significado profundo. Le pregunté qué deseaba en la vida.
“La paz del mundo”, dijo.
-Está
bien, contesté, soñemos que Dios nos la concede y se acaban
todas las guerras. ¿Qué más desearías?
-Que
no hubiese hambre, contestó de inmediato muy bien aleccionada.
-Muy
bien, seguí, imaginemos que el Señor también nos lo
concede y que el mundo queda ahíto y en paz. ¿Qué desearías?
Entonces
vaciló un instante, sonrió por primera vez y afirmó
sin dudarlo: “¡Que un chico me quisiera!”.
Sólo en ese momento respiré. Habíamos llegado al nivel
de las necesidades primarias, al deseo de esta chica de ser amada. No es
que lo demás no fuese justo y bueno, es que era, sencillamente, abstracto.
A partir de ahí me resultó fácil anunciarle que había
sido elegida, de forma ciertamente azarosa y arbitraria, para ser infinitamente
amada, y que la preferencia que Cristo Jesús expresaba por su persona
se traduciría en una vida más plena, con más posibilidades,
parecida a la de sus tíos. Había sido elegida para ser feliz,
esto es, para ser santa.
3.
Causa de nuestra alegría
Si
los propios esfuerzos no bastan para hacernos coherentes, si a veces incluso
nos convierten en tiranos, ¿cuál será la causa de nuestra
alegría? San Pablo expresa magistralmente este debate interno del
hombre en su carta a los Romanos: “Querer el bien lo tengo a mi alcance,
mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro
el mal que no quiero (…) descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer
el bien, es el mal el que se me presenta”. Y el mismo apóstol
nos muestra el camino: “¡Pobre de mí! ¿Quién
me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? Gracias sean
dadas a Dios por Jesucristo Nuestro Señor!”.
Dice María Zambrano, la genial filósofa: “Ser, no como
resultado de un esfuerzo y de una elección (como sería en
el moralismo individualista), sino por haber sido generado y elegido”.
En la vida de todo cristiano hay un antes y un después del encuentro
con Cristo, un antes y un después de un suceso, un acontecimiento
que cambia la vida. Pensemos en la samaritana, que estaba en su fuente,
la de todos los días, cuando pasa ese hombre peculiar y le pide agua.
No debía ser una mojigata ni una noña, porque llevaba cinco
maridos en la cuenta y vivía con un hombre con el que no estaba casada,
pero Aquél le habla de tal modo, de tal manera la mira, que ella
empieza a hablar con Él de su vida. “No tengo marido”,
le confiesa al desconocido, “Dame de esa agua que dices, para que
no tenga más sed”, le pide. ¿Cómo es posible
que una adúltera hable como una niña virgen? Pues ocurrió.
Por eso hubo un antes y un después en la vida de aquella mujer, que
salió corriendo a contárselo a todo el mundo. Los evangelios
están llenos de este tipo de encuentros. Mirad a Zaqueo, el publicano,
al que todos despreciaban porque se enriquecía a costa de su pueblo,
un ladrón. Zaqueo es pequeño y trepa a un sicomoro para ver
a ése que pasa, ha oído hablar de él y tiene curiosidad.
Y Jesús pasa por debajo y dice “Esta noche ceno en tu casa”.
Así, gratuitamente, sin mérito alguno por su parte, Jesús
lo elige entre otros muchos, probablemente más justos y más
puros, otros que cumplían sus deberes y daban limosnas, que ayudaban
a los pobres y a las viudas. Elige a Zaqueo y en ese momento la vida de
Zaqueo cambia. No porque “se haga bueno”, sino porque todo lo
que tenía adquiere de repente otro significado, el dinero, la relación
con los demás, su vida entera queda cambiada cuando conoce a este
Hombre y decide que no puede vivir un día más sin volver a
escuchar su voz.
Magdalena,
Pedro, Zaqueo, la samaritana, eran gente poco recomendable. Y sus defectos
ni siquiera quedaron borrados del todo por el contacto con el Señor,
de hecho Pedro lo niega cuando Jesús más lo necesitaba, porque
seguía siendo cobarde y mentiroso. Pero habían visto y tocado
algo que los demás hombres, los piadosos y justos, no habían
visto y tocado, por eso pueden decir: “Señor, sin ti ¿adónde
iremos? Nadie más tiene palabras de vida eterna”. Por eso son
santos.
El
poeta Eliot lo define divinamente. “La curiosidad de los hombres -dice
- explora pasado y futuro y se aferra a esa dimensión. Pero aprehender
el punto de inserción de los intemporal con el tiempo es ocupación
para el santo; no, tampoco una ocupación, sino algo dado y tomado,
en una muerte de toda una vida en amor, ardor y olvido de sí y entrega
de sí mismo”. En su mística objetiva, Adrianne von Speyr
escribe lo siguiente: “La santidad no consiste en el hecho de que
el hombre da todo, sino en el hecho de que el Señor toma todo”.
Lo que Zaqueo da al Señor no es su dinero, es su vida; lo que la
samaritana ofrece no es su pureza, es su vida; lo que Pedro da no es su
coherencia, es su vida. Porque cuando uno se enamora, da la vida. Los santos
son felices no porque sean buenos, sino porque están enamorados y
son correspondidos con el ciento por uno.
Cuando más pasa el tiempo, a medida que transcurre la vida y adviene
la madurez, más consciente soy de mi fragilidad ética y física.
Y esto no es malo. Necesito ver lo que soy, reconocer los límites
de mi humanidad, precisamente para poder pedir y experimentar qué
es Su gracia, cómo es Él. Para saber que no son mis fuerzas
las que me sostienen, para saborear el milagro. Es la única forma
de afrontar la vida con esperanza. En medio de las dificultades y los sinsabores,
uno puede decir con certeza: “Todo lo puedo en Cristo Jesús”.
4.
La victoria de Cristo es el pueblo cristiano.
Hace
una semana regresaba del País Vasco con una persona de mi equipo
en la radio, una persona buena que vive con su novio, como muchos de nuestros
contemporáneos y que mira con extrañeza las cosas que hacemos
los cristianos. “No sé, me dijo en un momento dado, yo quiero
a mi novio, y lo quiero para siempre, pero no puedo asegurar qué
pensaré dentro de cinco años. ¿Por qué tu marido
y tú podéis vivir así? Me da la sensación de
que tienes con Jose algo que nosotros no tenemos”. Fue una conversación
hermosa porque me ayudó a darme cuenta de que su juicio era justo.
Y pude explicarle que yo tampoco confío en mis fuerzas, que no sé
ni siquiera qué será de mí mañana, pero que
es Otro el que sostiene nuestro matrimonio. Que Jose y yo nos amamos para
siempre no por fuerza del cariño, que va y viene, sino porque cada
uno obtiene de esta alianza una certeza eterna. “En realidad -le expliqué-
amando a Jose yo afirmo mi destino, amando a Jose amo el infinito, y el
corazón no está hecho para menos. La diferencia estriba en
que tú quieres a tu chico y yo, en Jose, amo a Jesús”.
No
os creáis que hablo de escatología. Muchos sabéis bien
que un matrimonio es cosa difícil hoy y las tentaciones muchas. En
realidad, lo que me ha impedido abandonar a Jose no han sido mis pobres
fuerzas, ni la falta de candidatos alternativos y muy atractivos. La razón
ha sido que, cuando me he visto en el brete, y no se lo deseo a nadie, cuando
me he imaginado casada con el otro y con otros hijos me he dicho.: “Y
luego, qué?” porque el corazón está hecho para
mucho más que el bienestar ¿entendéis? El corazón
quiere que la casa, los hijos, el marido, remitan al ideal. Y una relación
que no remita al ideal, por hermosa que sea, no le basta a un corazón
despierto. Una relación que no fundamente una certeza para esta vida
y para la otra, una certeza definitiva, no me sirve.
Por
eso la cuestión de esta mañana, en esta ponencia sobre la
santidad, no es cómo alcanzar la perfección moral sino dónde
encontrar a Cristo. Para explicarlo me gusta decir, como me explicó
un amigo mío, que el cristianismo se expande gracias a la “envidia”.
O, en otras palabras, al atractivo que descubro en otra persona y que me
mueve a seguirla para ser como ella, para tener la alegría y la paz
que tiene. La samaritana tuvo delante a Uno que la miraba como nadie hasta
entonces la había mirado, que la consideraba. A ella, una perdida,
la consideraba y se interesaba por su destino. Fue eso lo que la movió
a prestarle atención. Fijaos, ella era un poco socarrona: el Señor,
dice San Juan, le pide de beber junto al pozo y ella contesta: “¿Cómo
tú , siendo judío, me pides de beber a mí, que soy
una mujer samaritana?” (si no fuese un poco blasfemo me atrevería
a decir que la samaritana coquetea con Jesús). Entonces Él,
en lugar de entrar en el juego, como todos los que ella ha conocido, hace
gala de autoridad y contesta: “Si conocieras el don de Dios y quien
es el que te dice: “Dame de beber” tú le habrías
pedido agua a él y él te habría dado agua viva”.
Pero ella no se achanta, es dura de roer: “Señor, no tienes
con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues,
tienes esa agua viva?”, fijáos que sigue ironizando. Entonces
Jesús dice la palabra definitiva: “Todo el que beba de esta
agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé,
no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé
se convertirá en él en fuente de agua que brota para al vida
eterna”. ¡Ya está! Le ha explicado todo. Le ha explicado
que sólo Él basta.
Un
sólo matrimonio fundado en Él basta en medio de un mundo donde
la gente se casa tres y cuatro veces -y estoy hablando de hoy en día-
y no consigue saciar su inquietud. Un monje, un eremita, un sacerdote enamorados
de Él pueden ser plenamente felices sin mujer. ¿Y qué
le dice la samaritana a Jesús? ¿Qué responde esa que
tiene más escamas que un galápago, que lo ha visto todo y
a todos?: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más
sed”. En el fondo de aquella que iba por el sexto compañero
había una gran mujer, y Cristo la supo descubrir.
Nuestra
vida depende de que tengamos o no el encuentro que tuvo la samaritana. O
el que tuvo Pedro. ¿Cómo es posible algo así hoy? El
método está acreditado en la Historia de los que siguen a
Jesús vivo en su pueblo: a Agustín le pasó escuchando
a San Ambrosio. A San Francisco Javier escuchando a San Ignacio de Loyola.
A Edith Stein conviviendo con la viuda de un amigo suyo, que vivía
con esperanza la muerte del esposo, y que la llevó a leer a Santa
Teresa y convertirse al catolicismo e ingresar en un Carmelo. Los santos
comienzan a serlo cuando se topan con otros hombres cambiados por la mano
poderosa del que da de beber para siempre un agua que salta hasta la vida
eterna.
Hay
que buscar a estos santos y seguirlos, pegarse a ellos, no perderlos de
vista. Para saber si son “fetén” hay un método
infalible, que consiste en comprobar si lo que dicen y hacen encuentra correspondencia
con la pregunta de nuestro corazón. Recordemos el pánico que
invadió a los apóstoles tras la muerte de Jesús. Recordad
el episodio de los que iban a Emaús. Él hizo con ellos el
camino y después se quedó a cenar y partió el pan como
solía hacerlo. Sólo entonces lo reconocen y, cuando les deja,
se miran el uno al otro y dicen “¿Acaso no ardía nuestro
corazón cuando nos explicaba las escrituras?”.
¿Acaso
no ardía nuestro corazón? ¿Acaso no comprobábamos
y palpábamos que surgía en nosotros una esperanza que antes
no estaba, una certeza que considerábamos imposible? El pueblo cristiano
es el Acontecimiento de Cristo reconocido, es este Acontecimiento reconocido
por quienes lo encuentran. El conjunto de las personas alcanzadas por este
Acontecimiento forma el pueblo nuevo y por este pueblo se manifiesta la
victoria de Cristo en el tiempo. Nuestra existencia nueva, esta unidad única
que Él ha generado, es el signo de Su victoria.
Basta
con mirarnos. Entre nosotros acontecen continuamente milagros. La gente
muere alegre y en paz, los que viven una enfermedad son fuente de gracia
para los otros, los que tienen un hijo discapacitado son maestros de paternidad
y maternidad, los que ganan dinero construyen colegios o sostienen a los
que tienen menos. En definitiva, en el pueblo de Dios pasan cosas que no
pasan en otros lugares. Y no por mérito de los cristianos, que seguimos
siendo muchas veces, como también decía Eliot, “bestiales
y carnales, como siempre”, sino por la gracia operante de Otro que
revela Su Presencia y Su belleza imponente.
5.
La santidad es la vocación humana.
Quien
descubre esta belleza no puede olvidarla fácilmente. Es tan sencillo
como el que prueba el jamón de pata negra: podrá comer jamón
de York de cuarta, pero que no le engañen, que ya sabe qué
es lo bueno. Y quien es fiel a su corazón y persigue lo que ha encontrado
ingresa en la compañía de los santos y se hace santo por el
abrazo de Cristo, igual que Magdalena, igual que Pedro, igual que Zaqueo.
Como
me ha recordado Don Eloy Bueno de la Fuente, en el proceso de preparación
común de esta ponencia, es en este sentido que los cristianos, desde
el principio, se llamaban a sí mismos santos. Eran el pueblo de los
santos de Dios. Porque la santidad debe ser entendida en clave de filiación
de Dios, no como heroísmo personal. La fuerza del cristiano no es
propia, le viene dada: “Es Cristo que vive en mí”, decía
San Pablo.
Éste es un extremo que muchos cristianos hemos olvidado. Me hace
gracia reconocer que, de chica, cuando me explicaban en el cole la parábola
del hijo pródigo, invariablemente me identificaba con el padre. Era
el padre el modelo a seguir: el que acoge a los demás ilimitadamente,
quien los perdona sin fin, el que no reprocha y acoge. Yo “tenía”
que ser así ¡Menudo engreimiento vano! Yo, Cristina, soy el
hijo de esta parábola. Soy la que derrocha la fortuna paterna (la
vida, la salud, la inteligencia) en estupideces, la que se marcha siguiendo
cantos de sirena y bebe y se refocila con prostitutas y de repente comprueba
que está sola, y se le llena el corazón de nostalgia y vuelve
y ve al padre, allí, en lo alto, siempre esperando, siempre persiguiendo,
y se arroja a sus pies y experimenta una cosa que llena el corazón
de agradecimiento y los ojos de lágrimas y que se llama misericordia.
Necesitamos
esta misericordia y este perdón. Dos cosas que el mundo desconoce
y que son imprescindibles para vivir humanamente. ¿Por qué
las desconoce? Porque no son de aquí, son de Dios. Muchas veces he
experimentado este rebosar de otro mundo en compañía de los
santos de Dios y reconozco que ha hecho saltar todos los goznes de mis prejuicios.
Os cuento un ejemplo que más de uno me habrá oído contar:
cuando murió Madre Teresa, el ABC me mandó a Calcuta. Poco
antes había fallecido la princesa Diana de Gales y el follón
que se formó en Gran Bretaña y en todo el mundo me sorprendía
mucho. Además me molestaba, porque mis crónicas desde Calcuta
pasaban sistemáticamente a segunda página frente a las del
corresponsal de Londres, que iban a primera. Estaba escandalizada ¿cómo
era posible que la gente idolatrase la memoria de Lady Di por encima de
la de la santa de los pobres?
Reflexionaba
sobre esto mientras veía pasar la fila interminable de gente sencilla
por delante del féretro de la Madre, que reposaba tranquila, con
los pies encogidos como sarmientos y la cara arrugadita. Precisamente entonces
tuve la ocasión de entrevistar a uno de sus más íntimos
amigos, al padre que encabezaba la versión masculina de la orden
por ella fundada, las Misioneras de la Caridad. “¡Qué
vergüenza!”, le dije llena de razones, “¡Qué
vergüenza que interese más la vida de una frívola superficial
que la de una mujer ejemplar como ésta”. El padre -creo que
se llamaba John- me miró con paciencia y curiosidad y me contestó
lo último que hubiese sospechado (con los santos pasan estas cosas):
“Usted no ha entendido nada”. Hubo un silencio embarazoso por
mi parte y empezó a explicar: “Madre Teresa y Lady Diana eran
grandes amigas, más que eso, Madre Teresa era una madre para Diana.
La conoció cuando estuvo en Gran Bretaña y la princesa pidió
entrevistarse con ella. La Madre -prosiguió- descubrió en
ella una persona profundamente necesitada, deseosa de un cariño que
las circunstancias le negaban. Había visto destruirse su matrimonio,
su marido le había sido infiel, la familia real la ninguneaba...
desde ese primer encuentro la Madre la quiso tiernamente. Hace unos días,
cuando recibimos la noticia de su accidente, todavía lloró
y rezó mucho por ella. ¿Sabe una cosa? Es lógico que
el mundo prefiera a Diana, porque los hombres de esta época se reconocen
en ella, ven en su persona la búsqueda frenética de placeres
y felicidad que ellos mismos experimentan, y se apenan de su fracaso porque
reconocen el de ellos mismos. A la Madre, sencillamente no pueden entenderla,
porque no era de este mundo”. Me avergoncé mucho de haber hablado
mal de Lady Di pero lo que prevaleció y prevalece en mí de
aquella conversación es el agradecimiento por una experiencia de
misericordia y de perdón hacia la humanidad doliente que, en efecto,
no es de este mundo.
Me
gustaría insistir en que el cristianismo es una cosa dinámica.
No se produce una conversión inicial y todo cambia para siempre.
No existe un momento de conversión y después un camino, para
el cristiano existe sólo el tiempo de la conversión. La vida
de Pedro es muy ilustrativa en este sentido. Conoce al Señor, se
enamora, vive con Él, lo ama, cae de nuevo, se levanta… el
encuentro con el Señor tienen que sucederse una y otra vez en el
tiempo y en la carne para que la vida se renueve una y otra vez. Porque
no es posible vivir de un recuerdo. Así como la madre no puede ver
el rostro del hijo recién nacido y vivir el resto de su vida de esa
imagen, sino que ha de volver una y otra vez al hijo y dejarse sorprender
por él para amarlo de una forma renovada todos los días, nosotros
necesitamos ver y tocar al Señor para que cada día sea nuevo.
No se puede “congelar” al Señor como si fuese un recuerdo
hermoso. Es Él quien una y otra vez nos sale al encuentro, a veces
contra nuestra voluntad, doblegando nuestros planes y nuestra resistencia,
domándonos con su amor.
El
pueblo nuevo brota continuamente de este acontecimiento de Cristo vivo y
presente, verificable por los sentidos, de estos encuentros con Madre Teresa
o sus amigos, con Juan Pablo II y con miles y miles de santos anónimos.
De ahí nace la Iglesia, no de que nos juntemos. Él es la fuente,
no nuestros diseños o proyectos. A veces hay algo de triste en los
planes pastorales, comunicados, charlas y congresos de nuestra Iglesia.
Que Dios me perdone si lo digo mal o si soy injusta, pero ningún
plan pastoral va a poner en marcha, no ya a una comunidad, si siquiera a
un solo hombre. El hombre se mueve por un atractivo presente y reconocible.
Nuestra libertad no radica en lo que conseguimos realizar, sino en la verdad
con la que buscamos a Dios, como la samaritana. El peso de nuestra atención
no debe estar en nuestra virtud, nuestra solidaridad, nuestras estructuras,
nuestras instituciones, nuestros ideales o sentimientos morales, sino en
darnos cuenta de lo Sucedido. Algo ha entrado en el tiempo y lo ha cambiado,
y lo percibimos por ciertos rasgos -perdón, misericordia- que no
existían antes de Cristo. La coherencia existía antes de Cristo,
la santidad, no. Darnos cuenta de ello, reconocer lo que nos ha sido dado
es lo que nos cambia cada vez la actitud y el rostro.
Lo que ha ocurrido no era de este mundo, pero ahora es de este mundo, como
explica Peguy. No son de este mundo ni la caridad de Teresa de Calcuta,
ni la inteligencia de Tomás de Aquino, ni la capacidad política
de
Tomás Moro, ni la autoridad de Catalina de Siena, ni la pobreza de
Francisco de Asís, ni la ternura, la justicia, la belleza que descubrimos
en tantos otros. La Iglesia se muestra como un lugar maravilloso donde la
verdadera humanidad, la que se ajusta al designio divino, se pone al alcance
de todos. El bien es servir como piedra viva para la construcción
de este edificio, para la edificación del cuerpo de Cristo.
6.
La imprescindible libertad.
Ocurre
que el Señor ha evitado salvarnos contra nuestra voluntad. Hemos
sido creados a imagen y semejanza de Dios y el sello de origen, el que certifica
nuestra identidad y nos separa de los animales, es la libertad. Y así
como todo se transforma en Cristo, y lo que llamábamos amor se convierte
en caridad; lo que llamábamos justicia se convierte en misericordia;
lo que llamábamos deber se convierte en vocación; lo que llamábamos
hacer las paces se transforma en perdón; así también
lo que llamamos libertad se transforma en obediencia. Todo crece y se hace
más grande, más profundo, de otra naturaleza.
Hablemos
del paso de la libertad a la obediencia, o mejor, de la libertad que es
obediencia. El hombre experimenta un vértigo ante este paso. Es como
el chico que reconoce el atractivo de la mujer y aprende a amarla, pero
que comprende el riesgo que supone entregarle la vida entera. Entiende que
es tentadora la oferta y, sin embargo, experimenta un punto de resistencia.
¿En dónde radica el origen de esta resistencia? En saber que,
tras el paso de la libertad, la vida ya no la rige un sino que la deposita
en manos de otro.
Me resulta fácil identificar este punto en mi propia experiencia.
Al principio de mi intervención os expliqué que mis hermanas
y yo no recibimos la fe en casa. Teníamos, sin embargo, una pregunta
intensa en el corazón y las religiosas mercedarias de la caridad
se encargaron de ahondarla. Yo buscaba, buscaba. A los 21 años tuve
mi encuentro definitivo con la Iglesia en la carne del movimiento Comunión
y Liberación, al que como sabéis pertenezco. La cosa pasó
en Alemania, adonde había acudido para estudiar un curso universitario.
Conocí a un grupo de personas interesantes, con una pasión
por la vida excepcional, con una alegría tranquila, la que da el
haber encontrado la certeza. Entre ellas había un tipo, Martin Groos,
que me fascinaba. En nuestras conversaciones demostraba una y otra vez una
inteligencia distinta sobre las cosas. No era sólo que fuese listo
y culto, que lo era, es que miraba la realidad desde otro punto de vista,
con una lucidez que me descolocaba, exactamente como la miraba, por ejemplo,
el padre John, del que os he hablado antes.
Bueno, ocurrió que esta gente se reunía los viernes por la
tarde en Colonia, y que mi residencia y mi centro de estudios estaban en
Bonn. Así que Martin me dijo un día: “Cristina, si quieres
entender más, deberías venir los viernes a Colonia”.
Parecía una propuesta fácil, pero tenía su complicación.
Era un invierno endiabladamente frío y lo que he llamado “reuniones
por la tarde” era una cita de 7 a 8 en lo que en realidad eran noches
cerradas. Lo que Martin me proponía suponía significaba coger
el tren de Bonn a Colonia, sumarme a la reunión en casa de Martin
y su mujer, María, y hacia las nueve de una noche espantosa, en medio
de la nieve, regresar en otro tren a Bonn. Entre pitos y flautas me daban
las once, y al día siguiente yo tenía clase a las seis y media
de la mañana. Me parecía de todo punto absurdo. ¿Cómo
podía compensarme una cosa así? ¡Podíamos vernos
de vez en cuando a comer, o charlar por teléfono! Un día hubo
una conversación trascendental y, volviendo sobre lo de la reunión,
Martin se limitó a decirme: “Mira Cristina, llevas toda la
vida poniendo las reglas del juego y jugando a tu manera. De eso se trata,
de que por una vez sigas las reglas de Otro”.
No
había atendido demasiado, pero después, en mi habitación,
la frase me volvió a la cabeza. Y pensé ¿y qué
pierdo probando? Lo que puedo conseguir por mis propias fuerzas ya lo sé,
llevo 21 años de experiencia y no acaba de satisfacerme ¿y
si Otro supiese de mí más que yo misma? En ese momento ya
intuía que era Cristo mismo quien me interpelaba a través
de una carne. Que estos amigos no eran corrientes. Que en su presencia se
mostraba el que me había creado. Me pasó como a Magdalena,
Zaqueo, Agustín o Francisco de Borja. Fijáos: lo que decidió
la partida no fue, al final, ni el atractivo de la compañía
humana ni mis deseos de seguirla. Fue mi libertad frente a la libertad de
Cristo.
Y
elegí. Os puedo asegurar que ese invierno absurdo, dando vueltas
en tren con dos pantalones superpuestos y forrada de arriba abajo, cambió
mi vida. Desde entonces he aprendido que el método de la vida es
el seguimiento. Que la iniciativa la plantea Él.
Casi
20 años después me he convertido en una especie de lechuza
especializada en mirar lo que me rodea y obedecer lo que Cristo indica a
través de la realidad. En este camino mi matrimonio se ha salvado
y crece, mi familia y mi trabajo se profundizan; mis amistades, mi esperanza
y mi certeza aumentan. Es el mismo método que movió a los
apóstoles a dejar las redes y seguirle. El mismo que cambió
la forma de vida de Agustín, de Francisco Javier, de Edith Stein.
Sólo le pido a Dios que algún día me haga la caridad
de hacerme parecida a ellos.
Muchas
gracias por escucharme