I.
PORTADORES DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
Jesús
vino a nuestro mundo para dar testimonio de la verdad, para dar a conocer
la sabiduría y la gracia de Dios, para manifestarnos nuestra condición
de hijos de Dios y herederos de la vida eterna. “Yo, la luz, he venido
a este mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas”
(Jn 12,46). La Iglesia es heredera de Jesús, continuadora de su vida
y de su misión, de su testimonio y de sus obras de salvación.
A
la hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús encomendó a
sus discípulos la continuidad de su misión, el mantenimiento
y la expansión de este anuncio de salvación. “Yo los
he enviado al mundo como Tú me enviaste a mí” (Jn 17,
18). “Como el Padre me envió a mí, así os envío
yo a vosotros” (Jn 20, 21), “Dios me ha dado pleno poder en
el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos entre los habitantes
de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir
lo que yo os he encomendado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los
días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20). “Id por
todo el mundo y enseñad a todos el mensaje de la salvación.
El que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea será
condenado”. (Mc 16, 15); “En su nombre se ha de anunciar a todas
las naciones, comenzando por Jerusalén, el mensaje de conversión
y de perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de todas estas
cosas” (Lc 24, 47-48). Por la expresa voluntad de Jesús, los
cristianos, sus discípulos, somos luz, levadura, la huella y el signo
de su presencia.
Este
mandato afecta primeramente a los apóstoles, pero no cuesta ningún
trabajo darse cuenta de que este encargo de Jesús queda en manos
de todos sus discípulos. Así se lo dice a los que llama a
la fe y al seguimiento, “Deja que los muertos entierren a sus muertos.
Tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc 9, 60). Ser discípulo
requiere, ante todo, arrepentirse de los pecados y vivir la vida nueva del
Reino, la vida según el Espíritu. Y enseguida continuar el
testimonio de Jesús anunciando el Reino. Así lo enseñó
el concilio Vaticano II: “La Iglesia recibió de los Apóstoles
este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva, para
cumplirlo hasta los confines de la tierra (Cf Hch 1, 8)… Todos los
discípulos de Cristo han recibido el encargo de extender la fe según
sus posibilidades... De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo
para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo
del Señor y Templo del Espíritu, y para que en Cristo, Cabeza
de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos”.
[1]
Cuando
hablamos del apostolado de los laicos no debemos pensar en algo diferente
de lo que Jesús encomienda a sus discípulos en general, algo
diferente de la misión general de la Iglesia. La Iglesia como comunidad
está constituida fundamentalmente por los laicos, los cristianos
comunes que viven en el mundo sin ser del mundo. [2]
Es
preciso analizar un poco detenidamente la condición existencial del
cristiano para descubrir las raíces de esta vocación al apostolado
inherente a la vocación cristiana. La existencia cristiana queda
configurada por el sacramento del bautismo. Como cristianos, somos lo que
significa y produce el sacramento del bautismo en cada uno de nosotros.
El Bautismo es el sacramento de toda la vida. Ahora bien, un bautizado es
un hombre que, antes o después de recibir el sacramento, ha oído
el anuncio de la salvación de Dios, ha aceptado esta palabra y en
consecuencia ha aceptado a Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre y Salvador
del mundo, se ha arrepentido de sus pecados, ha recibido el don del Espíritu
Santo que le hace hijo de Dios, y vive el mandamiento del amor fraterno
en la esperanza de la vida eterna.
El
deber y el derecho de los laicos al apostolado derivan de su unión
con Cristo Cabeza. Incorporados por el bautismo al Cuerpo místico
de Cristo y fortalecidos con la fuerza del Espíritu Santo por medio
de la confirmación, son destinados al apostolado por el mismo Señor.
[3]
De
esta vida cristiana, nueva y diferente, nace espontáneamente la necesidad
del apostolado. El cristiano que convive con los no cristianos se siente
en la necesidad de explicar y justificar su vida, de dar razón de
su esperanza, explicando a los amigos y vecinos cuáles son los motivos
por los que él lleva una vida distinta de la que se presenta como
vida normal, como vida humana corriente y legítima. Por pura lealtad
con sus vecinos, el cristiano tiene que explicarles de dónde le vienen
a él la fortaleza y el gozo ante todos los acontecimientos de la
vida, intentando ofrecerles el mismo don que él ha recibido para
descubrir el valor de la vida humana en todas sus circunstancias, en la
vida personal y en la familiar, en el trabajo y en el ocio, en la salud
y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, en este mundo y en la esperanza
de la vida eterna. Como María Magdalena, los cristianos, cuando nos
encontramos espiritualmente con Cristo resucitado y salvador, recibimos
el encargo misionero: “no te entretengas, anda, ve a mis hermanos
y diles que voy a mi Padre que es también su Padre, que voy a mi
Dios que es también su Dios” (Jn 20, 17)
Naturalmente,
para tener que explicar la propia vida, primero hay que vivirla. La conversión
y el cambio de vida, personal, familiar y comunitario, es condición
indispensable para que surja la acción apostólica del cristiano.
El anuncio del Evangelio no busca directamente ninguna eficacia de carácter
temporal, sino que busca directamente el renacimiento de la persona a la
vida de hijo de Dios, la iluminación de la mente y la conversión
del corazón, el cambio de vida, el arrepentimiento de los pecados
y el nacimiento a una nueva vida, arraigada en el seguimiento de Cristo
y alimentada por el Espíritu Santo. Esta nueva vida comienza por
el reconocimiento de Dios, la gratitud y la alabanza, el amor de Dios sobre
todas las cosas. Y se expresa en el cumplimiento del mandato del amor como
norma suprema y universal de vida. Todo tiene que rehacerse desde el amor
de Dios arraigado en nuestros corazones. Las demás cosas vendrán
por añadidura. Los planes, los proyectos, las convocatorias, no valen
de nada, si no arde en nuestros corazones el fuego del amor de Dios, si
no vivimos del todo poseídos por el amor y el Espíritu de
Jesús.
Desde
esta consideración básica del ser cristiano, es una cuestión
secundaria el que dentro de la comunidad aparezcan vocaciones distintas
y formas diferentes de vivir los elementos cristianos comunes para el buen
servicio de la comunidad. Obispos, presbíteros, consagrados y cristianos
seglares la inmensa mayoría, todos tenemos los mismos elementos comunes
de vida y todos compartimos la misión común de continuar la
obra de Jesús viviendo y anunciando los bienes del Reino. Más
importantes que los rasgos específicos de las diferentes vocaciones
cristianas, es el contenido común de descubrir y vivir la propia
vida como respuesta a la llamada paternal de Dios, arraigados en el Hijo
Jesucristo quien nos dice a todos: “Deja lo que tienes, sígueme
y vete a anunciar el Reino de Dios”. Esta vocación común
tiene diferentes formas y se adapta a las circunstancias de cada persona,
pero ninguna determinación específica o personal puede ocultar
o desfigurar la riqueza de la vocación común cristiana.
II.
CARACTERÍSTICAS DEL APOSTOLADO DE LOS FIELES LAICOS
En
la segunda mitad del siglo pasado se escribió mucho sobre la vocación
de los seglares como si se tratara de un extraño descubrimiento.
La gran novedad consistía en decir que los seglares también
formaban parte de la Iglesia, también estaban llamados a la santidad,
también tenían vocación apostólica, es decir,
el gran descubrimiento consistía en decir que los seglares también
eran Iglesia.
Hoy,
sin ninguna preocupación reivindicacionista, podemos decir no sólo
que los seglares son Iglesia, sino que de alguna manera, no excluyente,
los seglares son la Iglesia y llevan sobre ellos la misión eclesial,
la grande y bella misión de continuar la obra de Jesús, esto
es anunciar la presencia, la paternidad, la misericordia y los dones de
Dios. Juan Pablo II, en Christifideles laici cita unas palabras de Pío
XII que vale la pena recoger aquí: “Los fieles, y más
precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada
de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad
humana. Por tanto ellos especialmente deben tener conciencia, cada vez más
clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia;
es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra, bajo la guía
del Jefe común, el Papa, y de los Obispos, en comunión con
él. Ellos son la Iglesia” ( Pío XII, Discurso a los
nuevos Cardenales, 20 de febrero de 1946, AAS, 38, 149). [4]
Los fieles laicos, por el simple hecho de ser cristianos, independientemente
de si viven en el mundo de una manera o de otra, tienen la misión
común de anunciar la presencia y la bondad del Dios invisible, como
referencia necesaria para que el hombre se conozca a sí mismo y viva
en la verdad de su humanidad.
“A
los laicos se les presentan innumerables ocasiones para ejercer el apostolado
de la evangelización y santificación” [5] . Normalmente
este apostolado se apoya en el testimonio de la vida de los mismos cristianos.
Pero no termina en el testimonio. El verdadero apóstol busca ocasiones
para anunciar a Cristo con su palabra. Tanto a los no creyentes, para llevarlos
a la fe, como a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos
a una vida más fervorosa” [6] .
Los
cristianos que viven en el mundo, tienen la misión que les corresponde
por serlo, y las notas específicas de su vivir en el mundo no pueden
suprimir ni sobreponerse a su misión esencial y común como
cristianos. Si viven en el mundo, siendo verdaderamente cristianos, es lógico
que ejerzan su misión común de anunciar el Reino de Dios en
el contexto en que viven y por los procedimientos que tienen a su alcance.
Pero su misión sigue siendo la misión primaria y fundamental
de la Iglesia: anunciar a todos los hombres el amor de Dios manifestado
en Cristo y comunicado por el Espíritu Santo para la vida eterna.
Para
decirlo de forma concreta. Los cristianos que viven en presencia de Dios
envueltos en las riquezas de su amor que les sostiene y les da la vida,
pueden y deben anunciar y extender el Reino de Dios. Sobre esta vocación
común crecen las vocaciones específicas de los obispos, de
los presbíteros, los misioneros o los religiosos y consagrados. Todos
ellos tienen que sentirse llamados a anunciar lo mismo aunque lo hagan de
diferente manera y con diferentes acentos. Precisamente en virtud de esta
participación común de todos los cristianos en la misión
apostólica de la Iglesia, pueden los laicos asumir y desempeñar
en el interior de la comunidad todas aquellas tareas apostólicas
que no requieran un ministerio ordenado, como la educación religiosa
de niños y jóvenes, el ejercicio de la catequesis, la animación
espiritual de personas o grupos, la atención a los enfermos, etc.
Los
seglares anuncian el Reino de Dios en primer lugar viviéndolo, la
vida del cristiano es una vida edificada sobre el conocimiento y la aceptación
del amor de Dios como fundamento y norma suprema de la propia vida. El anuncio
tienen que hacerlo en el contexto real de su vida, en su familia, entre
sus amigos y vecinos, en el ejercicio de su profesión, en el ejercicio
también de sus derechos y deberes ciudadanos.
Al
hablar del apostolado de los laicos se insiste casi exclusivamente en las
notas específicas provenientes de situación secular en la
que los cristianos viven su vida. En esta perspectiva se suele decir que
lo específico del apostolado de los laicos consiste en la transformación
del mundo según los designios de Dios. Esto es verdad, pero es una
manera muy reductora de describir la vocación y la misión
del fiel cristiano.
La
secularidad cristiana no es una secularidad cualquiera, ni es la secularidad
original que todos los hombres poseemos por el hecho de ser criaturas terrestres
y sociales. Los cristianos están en el mundo pero no son del mundo.
Es más, el mundo de los cristianos, visto desde la fe y vivido en
el Espíritu, no es igual que el mundo de los paganos. Es un mundo
creado y presidido por Dios, no es el término de nuestras aspiraciones
ni de nuestra vida, la valoración y el modo de portarse con los demás
no nace espontáneamente del mundo, sino que para el cristiano nace
de la Palabra y del espíritu de Dios.
La
Iglesia entera, como arraigada en el misterio de la Encarnación del
Verbo, es toda ella secular. Así lo dice bellamente Pablo VI y lo
recoge Juan Pablo II en Christifideles laici: “La Iglesia tiene una
dimensión secular inherente a su íntima naturaleza y a su
misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo encarnado,
y se realiza de formas diversas en todos sus miembros” Pablo VI, (Discurso
a los miembros de los Institutos seculares, 2 febrero 1972) Todos los cristianos
participamos de esta secularidad de la Iglesia, aunque sea de manera diversa.
[7]
Con
frecuencia hemos insistido demasiado en las diferencias entre las diversas
vocaciones cristianas, descuidando el poner por delante los elementos comunes
que son los más importantes. La unidad interior de la Iglesia y la
unidad de la vocación cristiana común es más fuerte
que las diferencias existentes entre las diversas vocaciones cristianas.
Clérigos o laicos, consagrados o seglares, todos somos cristianos,
hijos de Dios, templos del Espíritu Santo y ciudadanos del cielo.
Hoy
es más importante subrayar la diferencia entre cristianos y no cristianos,
que las diferencias que pueda haber dentro de la Iglesia. La relación
entre cristianos y no cristianos, entre iglesia y mundo es la verdadera
perspectiva de nuestra vocación y responsabilidad apostólica.
No discutamos tanto de las diferencias entre nosotros, asomémonos
a las carencias de los que no son cristianos, preocupémonos por ellos,
anunciémosles a ellos las grandezas de la vocación cristiana
común.
En
esta perspectiva, hay que decir que el primer apostolado de los cristianos
en el mundo consiste en presentar con su vida el esplendor de la vida humana
redimida por Jesucristo, santificada por el Espíritu Santo y levantada
a la condición de la filiación divina. Mostrando una vida
diferente, dignificada, pacificada, santificada por el don de Dios, los
cristianos son verdaderos continuadores de la obra de Jesús en el
anuncio de la paternidad de Dios y la inminencia de su Reino en el mundo.
A partir de este apostolado básico del testimonio, el cristiano puede
y debe ayudar expresamente a sus vecinos a conocer a Cristo, a creer en
El, y por El conocer y adorar al Dios de la salvación. Toda la Iglesia
es testimoniante, evangelizadora, signo de salvación, difusora de
la fe y servidora del anuncio y del crecimiento del Reino de Dios en el
mundo. En la dinámica normal de la vida cristiana entra el anuncio
de Jesucristo, la comunicación de su palabra, la invitación
a conocer y aceptar los dones de la salvación.
En
este anuncio del Reino y en este servicio de la fe, las notas específicas
del apostolado del cristiano no consisten como tantas veces se dice, de
manera un poco presuntuosa, en la transformación del mundo sino en
anunciar los bienes del Reino, sin ninguna autoridad añadida, apoyada
simplemente en la fuerza elocuente y significativa de su propia vida, sin
representar al conjunto de la comunidad, y utilizando como principal instrumento
las relaciones normales y comunes de la convivencia ordinaria y común
de la vida social como p.e. la familia, el trabajo, la amistad, etc.
En
tiempos de evangelización, es importante subrayar esta capacidad
y obligación de los fieles cristianos de anunciar expresamente el
Reino de Dios, el amor y la salvación de Dios que se nos ha descubierto
y ofrecido en la vida, muerte y resurrección de N.S. Jesucristo.
Toda la Iglesia, todos los cristianos tenemos que sentirnos invitados y
obligados a ayudar a nuestros hermanos a conocer a Jesucristo, a creer en
El, a descubrir la Iglesia como Cuerpo y Signo de Cristo, a conocer y adorar
al Dios de la salvación y vivir según su voluntad. Este es
el primer apostolado de los fieles laicos, su aportación más
importante a la misión de la Iglesia y la aceleración del
Reino de Dios en el mundo.
A
partir de una vida cristiana intensa y coherente, el cristiano crea un mundo
diferente, purificado, humanizado y santificado por la acción del
Espíritu Santo en el corazón de los fieles. La novedad y la
humanidad del mundo construido por los cristianos, es la expresión
y el reflejo de la justicia interior que Dios infunde en los corazones de
sus fieles, y en definitiva expresión y manifestación de la
sabiduría y de la bondad de Dios que inspiran y dirigen las actividades
de sus fieles. Desde el esplendor y el gozo de su vida redimida y enriquecida
por los dones de Dios, el cristiano puede y debe hablar de lo que ha recibido,
del Señor Jesucristo y del amor del Padre celestial que son el origen
y la riqueza de su vida.
Es
fácil de comprender que toda la fuerza apostólica del cristiano
descansa en la mediación esencial y necesaria la CONVERSIÓN
PERSONAL. Las demás instituciones, las demás actuaciones pretenden
transformar la realidad humana mediante la técnica, las leyes, el
conocimiento, la organización, siempre de fuera hacia dentro, generalmente
sin contar con la realidad profunda de la libertad personal, de las convicciones,
motivaciones y deseos de la persona. El Evangelio, la gracia de Dios, la
acción de Cristo y de su Espíritu actúan siempre de
dentro afuera, contando ante todo con la intimidad de la persona, sus actitudes
de fondo, la orientación básica de su voluntad y de sus aspiraciones,
las ideas, criterios, amores y aspiraciones de cada uno.
Digamos
claramente que la primera transformación de la realidad que los cristianos
debemos procurar es la transformación de nuestra propia vida, de
nuestra visión del mundo, nuestras actitudes, nuestros deseos y aspiraciones.
Una antropología y sociología cristianas tienen que considerar
la vida personal como la realidad más real y más verdadera.
Las estructuras, las relaciones, las actividades de los hombres, toda la
realidad social es proyección y expansión de esta realidad
propia del ser personal de cada uno.
Desde
este punto de vista podemos señalar una serie de ámbitos concéntricos
y sucesivos en los cuales el cristiano renueva el mundo.
a) La primera renovación es la de su propia vida, su visión
del mundo, sus objetivos, deseos, modelos de comportamiento, relaciones,
actividades, objetivos y aspiraciones, de cada uno, de cada persona. Este
es el primer fruto de la conversión personal, sin el cual toda actuación
apostólica del cristiano queda comprometida y bloqueada.
b)
El segundo ámbito de este mundo renovado es la familia. Cuando las
personas se ven cristianamente a sí mismas y viven su vida en conformidad
con la Palabra de Dios, las relaciones entre hombre y mujer alcanzan unas
características que hacen que la sexualidad y la vida matrimonial
respondan adecuadamente a la naturaleza personal del hombre y de la mujer,
de los padres y de los hijos. La familia cristiana es humanidad redimida,
liberación y dignificación del ser personal y de la realidad
social fundamental y básica.
c)
El tercer ámbito de transformación es el de las relaciones
entre familias cercanas, entre parientes, vecinos y amigos, mediante el
desarrollo de las mil variaciones de la caridad fraterna en la convivencia
de cada día. Así por ejemplo, justicia, veracidad, generosidad,
hospitalidad, y tantas otras características clarificadas, fortalecidas
y reclamadas por la nueva existencia en el Espíritu.
d) Un cuarto ámbito de la existencia humana renovada es el mundo
de las actividades y las relaciones profesionales, el mundo de la economía
y del trabajo. Los cristianos pueden ejercer y de hecho ejercen todas o
casi todas las profesiones legítimas, pero es evidente que no todos
los modos de ejercer una misma profesión son igualmente propios de
los cristianos. La responsabilidad y el ejercicio de la justicia y de la
generosidad tienen que ser características del ejercicio profesional
de un cristiano en cualquier profesión o actividad laboral y económica.
Las amplitudes legales, los usos, las preferencias más habituales
no pueden ser el criterio definitivo del comportamiento de los cristianos.
Sólo actuando de manera conforme con la caridad sobrenatural los
cristianos seglares transforman de verdad el mundo de acuerdo con los designios
de Dios y facilitan el advenimiento de su Reino.
e)
En último lugar, la acción transformadora de los cristianos
convertidos alcanza los ámbitos de la vida social y pública,
mediante el ejercicio de sus deberes y derechos políticos, tanto
en el ejercicio del voto como en la actuación personal y asociada
de aquellos cristianos que se dedican a la acción social y pública,
en el campo de la información, de la opinión, o del gobierno
en cualquier nivel y con cualquier sigla o color. Aceptando la libertad
y el pluralismo de nuestra sociedad, y precisamente en ejercicio de esa
misma libertad y del pluralismo real, los cristianos pueden y deben tener
en cuenta los principios de la moral social cristiana para actuar en política,
ya sea en el ejercicio del voto o en la actuación directamente política
en los diferentes partidos y en las actividades legislativas, desde el ejercicio
del gobierno o desde la oposición. Con frecuencia la fe cristiana
es desautorizada como inductora de intolerancias e imposiciones. La actuación
de los políticos cristianos tendría que manifestar ostensiblemente
que la fe cristiana y el reconocimiento del Dios salvador, es fuente de
una actuación política verdaderamente justa y servicial, principio
de una sociedad libre, justa, pacífica y fraternal.
Cuando
los cristianos trabajan para construir un mundo ordenado al bien del hombre
“participan en el ejercicio de aquel poder por el que Jesucristo resucitado
atrae hacia si todas las cosas y las somete, consigo mismo, al Padre de
manera que Dios sea todo en todos (Cf Jn 12, 32; I Cor 15, 28). [8]
Todo
esto lo podemos entender como comentario de las luminosas palabras de San
Pablo, los que viven en Cristo son una realidad nueva, lo viejo está
superado, aquí está ya la nueva creación [9]
III.
EL APOSTOLADO SEGLAR EN LA IGLESIA DE ESPAÑA. BALANCE Y PERSPECTIVAS.
Pero
nuestro congreso no es un congreso para estudiosos que vienen a informarse
sobre las mejores ideas que hoy se puedan decir acerca del apostolado de
los seglares. Nuestro congreso quiere ser un congreso práctico, que
ilumine la situación del apostolado seglar en nuestra Iglesia y si
es posible impulse y movilice la vocación apostólica de los
cristianos seglares.
Cualquier
proyecto tiene que comenzar por levantar un plano lo más exacto posible
del punto de partida. ¿Cómo está en estos momentos
el apostolado de los seglares en nuestras Iglesias? ¿Qué puntos
de apoyo tenemos y que dificultades encontramos para impulsar una actividad
apostólica que responda a nuestras necesidades?
Si
dirigimos nuestra mirada a la realidad de nuestra Iglesia, veremos que la
fuerza y el vigor apostólico de nuestras comunidades cristianas es
hoy bastante deficiente.
Sin
entrar a juzgar las conciencias, ateniéndonos estrictamente a los
signos externos, nos vemos obligados a reconocer el gran desequilibrio existente
entre cristianos bautizados y cristianos convertidos. Si la primera e indispensable
mediación de cualquier transformación cristiana de la realidad
es la conversión personal, tendremos que admitir la debilidad apostólica
y transformante de nuestra Iglesia en relación con su extensión
sociológica. Ante las estadísticas podemos insistir en aspectos
diferentes. Podemos recrearnos en ese casi 90 % de ciudadanos españoles
que se declaran católicos. O podemos insistir en que de ellos solamente
un escaso 30 % cumple externamente las obligaciones básicas del cristiano.
Podemos destacar que el 70 % de los matrimonios se celebran según
el rito católico y sacramental, pero no podemos ignorar que el 20
% de estos matrimonios se separan y dan lugar a otras uniones incompatibles
con la moral cristiana y si además nos preguntamos en cuántos
matrimonios se aceptan y se practican las normas morales enseñadas
por la Iglesia, veremos qué amplios y profundos son los deterioros
de la conciencia y las deficiencias de la vida de muchos cristianos.
Si
nos asomamos a la vida profesional y económica de nuestra sociedad,
junto a grandes avances en el reconocimiento de la justicia social, podemos
preguntarnos también cuántos cristianos ejercen su profesión
y actúan en el mundo económico y laboral con criterios cristianos,
sin reconocer el lucro y las ventajas personales como razón determinante
de su comportamiento, en la elección y el modo de ejercitar su profesión.
Es
evidente que la aplicación de los criterios morales cristianos en
la vida cultural y política es una cuestión algo compleja
que requiere muchos matices. Pero aun así hay algunas afirmaciones
fundamentales que nos permiten valorar algo la situación en estos
momentos. Las actividades políticas de las personas, tanto en el
ejercicio del voto como en el ejercicio de todas las actividades políticas
están sometidas a la norma moral como cualquier otra actividad humana.
Los votantes tienen que votar de acuerdo con su conciencia moral, y los
gobernantes tienen que gobernar de acuerdo con su conciencia moral rectamente
iluminada y formada. No pueden ser las mayorías o las encuestas los
últimos criterios para decidir lo que es bueno y lo que es malo,
sino los criterios morales objetivos, aceptados y aplicados por una conciencia
recta, juntamente con la ponderación prudente de las circunstancias
sociales, los que decidan el sentido, los contenidos de las leyes y los
objetivos preferentes de la acción de gobierno. Decirlo, hacerlo
posible, ejecutarlo así es un noble objetivo cívico, moral
y apostólico de los cristianos.
Se
podría pensar que una sociedad formada mayoritariamente por cristianos,
debería configurar su vida colectiva a la luz de la revelación
cristiana, sin imponer a nadie por la fuerza ni la fe ni las costumbres
cristianas pero sí ofreciendo a todos los frutos culturales y sociales
que la revelación de Dios y la redención de Jesucristo promueven
a favor de todos los hombres. Entre estos valores promovidos en la historia
por la revelación cristiana se encuentra la afirmación de
la igualdad básica de todas las personas, pueblos y razas, sin marginaciones
ni discriminaciones de ninguna clase, el respeto por la libertad de las
personas y la tolerancia de unos con otros en un esfuerzo común de
convivencia sobre la base de unos postulados morales aceptados y respetados
por todos.
El
pluralismo en sí mismo no es una meta definitiva ni un bien último.
Desde el pluralismo, consecuencia inevitable de la libertad, todos debemos
buscar la verdad, aceptar su fuerza convincente y ajustar nuestra vida a
los conocimientos alcanzados y compartidos. Sin esta búsqueda social
e histórica de la verdad, apoyándose en la capacidad de la
razón y en la luz de la revelación divina, y sin un respeto
decisivo a unos principios de moral objetiva fundada igualmente en la naturaleza
humana y en la iluminación de la revelación divina, la democracia
resulta insostenible, y puede degenerar fácilmente en una imposición
de las mayorías, previamente fabricadas por quienes controlan y manejan
los medios de comunicación.
La
sociedad española vive un período de secularización
intensiva. Esta fascinación por las cosas de la tierra está
favorecida por el crecimiento económico, por las múltiples
ofertas de diversión y de ocio, por la dureza de una vida reglada
por las exigencias del trabajo y de la economía, y por otros modos
objetivos de vida. Pero más profundamente está siendo fomentada
por unas actitudes que han llegado a ser verdaderas creencias sociales.
Aunque
oficialmente la transición política se hizo en forma de reconciliación,
en realidad los años de vida democrática han permitido el
desarrollo de una mentalidad revanchista según la cual los vencedores
de la guerra civil eran injustos y corruptos, mientras que la justicia y
la solidaridad estaba toda y sólo en el campo de los vencidos. Por
eso ahora en los años de democracia se pretende desplazar como perversión
cultural todo lo que provenga de las décadas y aún siglos
centrales de la historia española, incluido claro está la
valoración de la religión católica como un componente
importante del patrimonio espiritual y cultural de los españoles.
Esta
manera de pensar, manifestada con mayor o menor explicitud, está
siendo difundida por importantes medios de comunicación desde hace
muchos años, domina en los partidos de izquierda, ha estado presente
en sus campañas ideológicas y está ahora presente en
las actividades legislativas y en muchas decisiones de gobierno de nuestro
gobierno actual. Hay un complejo movimiento de secularización de
las conciencias, en virtud del cual el hombre occidental encuentra especiales
dificultades para verse a sí mismo como criatura y reconocer la existencia
de un Dios creador y redentor en cuya presencia adquiere todo su esplendor
la existencia humana. Aparte de este movimiento general, la sociedad española
está sometida a otras tendencias de signo reivindicacionista y antieclesial
que han hecho que el proceso de descristianización tenga entre nosotros
una amplitud y una virulencia que en estos momentos no tiene ya en otros
países europeos.
Aun
reconociendo las dificultades ambientales contra la fe religiosa, cristiana
y eclesial, favorecidas por algunos medios de comunicación de fuerte
implantación, los cristianos tenemos que reconocer que la debilidad
de nuestra Iglesia tiene su primera causa en nuestras propias debilidades
espirituales. La debilidad de la adhesión personal a las realidades
y a la vida de fe, la escasa formación intelectual, la falta de estima
por la propia fe, hacen a muchos de nuestros cristianos especialmente vulnerables
a la acción descristianizadora del ambiente, y los incapacita para
asumir una responsabilidad apostólica en sus propios ambientes.
Cierto
que no podemos ser rigoristas ni exigir más de lo que la naturaleza
humana permite, pero es claro que la verdad y la autenticidad de nuestro
ser cristiano está reclamando una Iglesia en la que se marquen más
las novedades aportadas por Jesús, la novedad de vida que El ha traído
al mundo. Una Iglesia en la que los cristianos hayan vivido un acto expreso
y suficientemente fundamentado de su decisión de fe en Jesucristo,
en Dios, en la Iglesia Católica. Y no basta un grado cualquiera de
personalización de la fe, la santidad es “presupuesto fundamental”
[10] para la renovación de la Iglesia, para el anuncio del evangelio
y la extensión de la fe en el mundo.
Además
de la debilidad religiosa, y en gran parte consecuencia de ella, la Iglesia
española está profundamente dividida en grupos y tendencias
que comprometen la unidad y dificultan grandemente la actuación de
los cristianos en el mundo. Subsisten todavía grupos que por una
teología secularizada viven un alejamiento práctico de la
jerarquía difícilmente compatible con una comunión
integral. Sin llegar a situaciones tan extremas hay multitud de grupos que
viven y actúan con una relación muy tenue, más formal
que real con la jerarquía, encerrados en sus propios sistemas y en
sus propias ideas. Muchas congregaciones religiosas están más
preocupadas de sí mismas que de su servicio a la comunidad eclesial.
Y en muchos movimientos se adivina el sentimiento de que su servicio a la
Iglesia consiste en invitarla a copiar universalmente sus ideas y procedimientos.
Como
resumen, podemos decir que en la España actual muchos cristianos
viven en una comunión espiritual eclesial y católica fragmentada
y deficiente. Lo que se llama “catolicismo a la carta” es realmente
la manifestación de una fe cristiana afectada por el predominio de
la cultura vigente y el sometimiento a los intereses materiales y personales
protegidos y favorecidos por la cultura y las instituciones dominantes.
Los cristianos que quieran ser apóstoles tendrán que saber
vivir en el mundo sin ser del mundo, vivir con todos sin actuar como todos,
y tendrán que saber renunciar a muchos objetivos y aspiraciones que
solamente están al alcance de quienes se someten a la dictadura de
lo “políticamente o culturalmente correcto”. En la actual
sociedad española el cristiano coherente y fervoroso tiene que estar
dispuesto a padecer una cierta marginación social, cultural y hasta
profesional, y en consecuencia tiene que estar dispuesto a renunciar a muchos
bienes sociales y económicos, que no están al alcance de quienes
se presentan y actúan socialmente como cristianos coherentes. Es
el martirio moderno que prueba la autenticidad y consuma la perfección
de la fe de los cristianos que viven y actúan en el mundo.
En
resumidas cuentas tenemos que decir que la hora presente de nuestra Iglesia
no se caracteriza por un especial potencial apostólico. Más
bien estamos viviendo una época de enfriamiento religioso generalizado
y de debilidad profética y apostólica de la Iglesia.
-
Muchos fieles bautizados abandonan la fe o la reducen a unas vagas referencias
que ya no configuran la mente ni rigen la vida;
-
otros nos dejamos influenciar por las influencias del mundo no cristiano
en ideas, sentimientos, preferencias y valores;
- hay pocos cristianos que asuman la misión apostólica de
su vocación cristiana como una tarea expresa y determinante en su
vida;
-
vivimos todos en el ambiente de una cultura contraria a la fe, antropocéntrica,
hedonista, mundana, que no reconoce de manera efectiva ni la soberanía
de Dios ni la primacía de la vida eterna en la comprensión,
ejercicio y configuración de nuestra vida; los criterios, las actitudes
no cristianas crean conflictos, divisiones y distanciamientos entre los
cristianos que rompen la unidad, empañan el esplendor del testimonio
cristiano y debilitan el vigor espiritual y la capacidad apostólica
de la Iglesia.
-
en esta situación las organizaciones y asociaciones de los cristianos,
absolutamente necesarias para su buena preparación y su actuación
efectiva en los diversos sectores de la vida social, son escasas. Las más
clásicas, las más tradicionales o están desvitalizadas
por falta de renovación generacional o viven cautivas de viejas concepciones,
reactivas e ideologizadas, que las incapacitan para desempeñar un
papel importante en la vida y en el apostolado de la Iglesia. Las más
jóvenes y más pujantes desde el punto de vista religioso y
apostólico, son todavía escasas, se reducen a grupos minoritarios
que no han logrado todavía renovar al conjunto del pueblo cristiano
y con frecuencia viven excesivamente encerradas en sí mismas sin
una inserción efectiva en la vida común de las parroquias
y de las Diócesis.
IV. ALGUNAS SUGERENCIAS PRÁCTICAS
¿Qué
tendríamos que hacer en la Iglesia española para promover
de manera efectiva el apostolado personal y organizado de los cristianos?
No creo que nadie pueda responder de manera completa y definitiva a esta
pregunta. “Con temor y temblor” intentaré simplemente
ofrecer unas sugerencias que podrán ser discutidas, modificadas,
enriquecidas o rechazadas en estas jornadas del Congreso y sobre todo con
las experiencias y resultados de los múltiples esfuerzos que se desarrollan
en todas nuestras Iglesias. Me sentiré satisfecho si con mis palabras
suscito vuestras reflexiones y aliento vuestra esperanza.
La
llamada de Juan Pablo II a una nueva época de evangelización
en las Iglesias de vieja tradición cristiana, encierra estos elementos.
Reconocimiento de un decaimiento religioso generalizado, quiebra e insuficiencia
de los cauces y procedimientos tradicionales en la transmisión de
la fe, necesidad de recuperar el vigor apostólico de los orígenes
con la debida adaptación a las exigencias de la sociedad contemporánea.
Cada vez son más las personas que en nuestras sociedades están
necesitadas de una primera evangelización. Esta es la misión
más urgente de nuestras Iglesias y de todos nosotros, sacerdotes
y laicos, consagrados y seglares. Si ha de haber un renacimiento del apostolado
seglar en nuestras iglesias, tendrá que surgir primero una renovación
espiritual y eclesial de nuestros cristianos, de nuestras comunidades y
parroquias. El apostolado de hoy tiene que ser un apostolado evangelizador,
nacido y crecido de la fuerza religiosa de una Iglesia evangelizadora. Necesitamos
convocar a los laicos a esta labor de evangelización en estrecha
comunión con sacerdotes y obispos, movidos todos por un espíritu
verdaderamente misionero. [11]
Como
siempre, hay que comenzar por asentar los pies en el terreno firme de la
verdad. Y la verdad en este punto es que nuestra Iglesia no está
en trance de evangelización. Hace muchos años que estamos
hablando de parroquia misionera, de pastoral evangelizadora, pero nuestros
métodos y nuestras aspiraciones han cambiado bastante poco. La inmensa
mayoría de nuestras parroquias, de nuestros colegios, de nuestras
asociaciones siguen viviendo y actuando ahora como hace veinte, treinta
o cuarenta años. Y en muchas cosas peor, porque somos más
rutinarios, porque tenemos menos iniciativas, porque la mayoría somos
ya muy mayores.
Ante
estas afirmaciones alguien podrá pensar que estoy transmitiendo un
mensaje derrotista. Nada más lejos de mi intención. Los cristianos
no podemos ser pesimistas ni derrotistas. Contamos con la presencia del
Señor, con la fuerza incoercible del Espíritu, con la asistencia
irrevocable de la Sabiduría y de la Providencia divinas. Desde que
Cristo redimió al mundo con la fuerza suprema de la debilidad de
la cruz, la condición normal de los cristianos es la de una debilidad
permanente de la cual nace la fuerza soberana de la verdad y del espíritu
de Dios. La debilidad reconocida y la confianza en el Amor y la ayuda del
Señor resucitado son los dos pilares de nuestra verdadera fortaleza.
Los
católicos españoles tenemos que asimilar la experiencia de
Pablo en medio de sus tribulaciones. Nos tienen por impostores y somos veraces,
nos consideran trasnochados y estamos llenos de proyectos, piensan que estamos
a punto de desaparecer y sin embargo resistimos. Nos acosan por todas partes
pero no pueden con nosotros, andamos a oscuras pero nunca perdemos la esperanza,
nos vemos perseguidos pero nunca aniquilados. Vivimos la debilidad de Jesús
ante sus verdugos, pero en esta debilidad se manifiesta el poder de Dios
y el esplendor de la nueva creación [12] En la debilidad somos más
fuertes. [13] La debilidad de Dios es más fuerte que el poder de
los hombres, la ignorancia de Dios más sabia que la sabiduría
de los hombres, más eficaz que las técnicas y los poderes
de este mundo. [14] Siendo débiles, somos más fuertes que
los fuertes de este mundo, porque contamos con la palabra de la verdad y
la fuerza del evangelio de Dios. [15]
Con estos presupuestos quiero señalar algunos requisitos imprescindibles
para que pueda crecer y desarrollarse en nuestra Iglesia con entera normalidad
el apostolado de los seglares.
1º,
Ante todo, nuestra Iglesia, necesita clarificarse más, diferenciarse
más en el conjunto de la sociedad española que aunque conserve
muchos elementos cristianos ya no es cristiana de corazón. En años
pasados se desarrolló una mentalidad concordista que todavía
perdura. Es la mentalidad de quienes piensan que la Iglesia para ser fiel
al evangelio de Jesús tiene que adaptarse a las preferencias y características
de cada momento cultural. Esta manera de ver las cosas se apoya en un concepto
falso de humildad y de misericordia. Nuestra humildad está en la
fidelidad al mandato recibido y la mejor misericordia es el ofrecimiento
del evangelio de Jesús en su radical originalidad y en total integridad.
Por eso junto con el anuncio y el servicio, entre la Iglesia y el mundo
hay también lugar para el escándalo y el conflicto. Necesitamos
liberarnos más a fondo de las consecuencias negativas de unos decenios
en los que pretendimos identificar artificialmente la Iglesia con la sociedad.
Esta clarificación e identificación de la Iglesia en el conjunto
de la sociedad requiere que los cristianos lo sean con mayor claridad y
coherencia. Y quienes no quieran vivir la vida cristiana en la comunión
católica deberían renunciar a violentar a la Iglesia para
acomodarla a sus conveniencias. Todo lo que queramos hacer como cristianos
en nuestro mundo se sustenta sobre la existencia de comunidades cristianas,
más o menos numerosas, pero sinceramente entusiasmadas con su vocación
cristiana, claramente conscientes de sí mismas, dispuestas a vivir
la vida personal, familiar y social de acuerdo con el evangelio de Cristo
y la doctrina de la Iglesia, sin temor a ser criticadas por los poderes
de este mundo, capaces de presentar los contenidos de la salvación
de Dios y hacerla operativa en las actuaciones y relaciones de la vida social
concreta y verdadera. Es evidente que las comunidades fervorosas suponen
personas y familias que vivan intensamente su fe y su vida espiritual es
estrecha y gozosa comunión eclesial. Tenemos a nuestro alcance muchos
medios prácticos para caminar en esta dirección. Podemos,
por ejemplo, intensificar la acción evangelizadora en los tiempos
y celebraciones de la iniciación cristiana, con la finalidad expresa
de suscitar cristianos convertidos, que vivan intensamente su consagración
bautismal y que estén suficientemente capacitados para vivir y anunciar
el evangelio en el contexto de la vida social real. Podemos trabajar para
que las celebraciones sacramentales respondan de verdad a la fe de los participantes.
Todos sabemos y aceptamos la enseñanza de la Iglesia sobre la eficacia
de los sacramentos ex opere operato, en virtud de la muerte y de la resurrección
de Jesucristo. Pero también sabemos que esta infinita fuerza santificadora
de los sacramentos solo es eficaz en nosotros en la medida en que aceptamos
la acción santificadora de Dios por medio de la fe y de la amorosa
obediencia a su Palabra. Poco a poco tenemos que ir consiguiendo que el
bautismo sea celebrado, aceptado y vivido como sacramento de la fe y de
la vida cristiana; que el sacramento de la conformación sea realmente
celebrado y aceptado como sacramento de la plenitud bautismal; que los matrimonios
sacramentales sean verdaderas uniones realizadas en la fe de la Iglesia
y con el amor fiel y generoso del Señor. Mientras tanto podemos también
convocar y reunir a los fieles que viven en plena comunión católica,
invitándoles a superar las fronteras de sus diversas asociaciones
y movimientos y a asumir su parte en la misión evangelizadora de
la Santa Madre Iglesia poniendo lo común por encima de lo específico
y diferenciante. Y hará falta que los cristianos, vitalmente reunidos
en Iglesia, estimen su fe y su vida cristiana y eclesial como la perla preciosa
por la cual vale la pena sacrificar otros falsos tesoros, y asuman como
tarea propia anunciar el Reino de Dios, difundir el evangelio de la salvación,
ayudar a sus hermanos a que conozcan a Jesucristo, sin buscar otros intereses
ni otros proselitismos particulares. Sin esta renovación interior
que nos ponga a todos en trance de expansión no podrá haber
un verdadero apostolado seglar.
2º,
Un segundo paso indispensable para que se desarrolle en las Iglesias de
España el apostolado de los seglares es el fortalecimiento de la
unidad interior de nuestras comunidades cristianas. Ciertamente hemos vivido
tiempos peores, con más diferencias, divisiones y tensiones dentro
de la Iglesia, pero estamos todavía lejos de los niveles indispensables
de comunión y de confianza. Necesitamos trabajar para superar las
desconfianzas entre obispos, sacerdotes, teólogos y pueblo de Dios.
Muchos de nuestros fieles viven fuertemente influenciados en materias dogmáticas
y morales por las ideas ambientales, hay teólogos, sacerdotes, seglares
y religiosos, que proponen como medio de renovación eclesial y condición
para el apostolado eficaz el sometimiento de la Iglesia, en la doctrina
y en la vida, a las pretensiones y conveniencias de la cultura materialista
y hedonista. Y no faltan asociaciones religiosas y seglares que con la mejor
voluntad atienden estas consignas en contra de las enseñanzas y advertencias
del Papa y de los Obispos. Para muchos, no solamente fieles seglares sino
también sacerdotes y religiosos, para reforzar la credibilidad de
la Iglesia en nuestro mundo es indispensable mantener un cierto margen de
disentimiento habitual respecto del Papa y de los Obispos. Mientras los
cristianos no recuperemos la plena confianza en nosotros mismos, y no sintamos
el gozo y el agradecimiento de ser miembros de nuestra Iglesia real y concreta,
no seremos creíbles ante el mundo ni surgirá en nosotros un
deseo vigoroso y resuelto de anunciar un evangelio en el que no acabamos
de creer. Es verdad que la renovación tiene que comenzar por pequeños
grupos minoritarios que vivan y actúen en la Iglesia. Pero también
es cierto que la realidad de Iglesia está en las parroquias, en las
que se agrupa el pueblo llano y sencillo, sin otro título ni otro
apellido que el honroso calificativo de cristiano. A fin de cuentas son
estas parroquias las que tienen que recuperar su pulso espiritual, sus actos
de piedad, su capacidad de formar a los nuevos cristianos y de desplegar
la actividad apostólica que nuestro mundo necesita. [16] Mientras
el clima espiritual de nuestras parroquias no sea un clima de fervor, de
unidad, de responsabilidad compartida frente a las carencias de nuestro
mundo, no podremos contar con una Iglesia evangelizadora ni con unos cristianos
apóstoles.
3º,
El desarrollo del apostolado seglar está pidiendo alguna modificación
en nuestra manera de concebir las relaciones entre la Iglesia y la sociedad.
Respetando la estructuración interna de la Iglesia como comunidad
jerárquica en la que algunos cristianos cumplen un ministerio singular
de presidencia en el nombre de Cristo, tenemos que fomentar una manera de
ser y de actuar que reconozca a los seglares como zona de encuentro entre
la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de lo sagrado y lo secular,
de la fe y la cultura, de la Iglesia y del mundo. Ellos son la presencia
más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por
eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de
la construcción real del Reino de Dios. Los contactos y los acuerdos
entre la Jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles seguirán
siendo legítimos, convenientes y hasta necesarios. Pero estos mismos
instrumentos jurídicos serán apostólicamente eficientes
sólo en la medida en que estén respaldados por un número
creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo, que hagan
valer estos acuerdos utilizando los recursos y procedimientos de una sociedad
organizada democráticamente a favor del evangelio de Jesucristo y
del crecimiento de la vida cristiana entre los ciudadanos. Bien está,
por ejemplo, mantener unos acuerdos con el Estado español que reconozcan
el derecho de los católicos a una enseñanza católica
para sus hijos en el seno de la escuela pública. Pero estos instrumentos
jurídicos pierden fuerza si luego no hay una comunidad de familias
cristianas, que valoren la educación religiosa de sus hijos como
un bien de primer orden y sean capaces de defender este derecho por todos
los procedimientos legítimos que ofrece una organización democrática
de la sociedad. Bien está que los obispos nos pronunciemos en contra
del aborto o de la manipulación de los embriones humanos. Pero esto
vale de poco si luego no hay unos cristianos que mantengan la vigencia y
el prestigio de estas enseñanzas en los ambientes concretos de las
relaciones humanas y de la vida de cada día y exijan a los gobernantes
el respeto a unos principios morales y castiguen políticamente a
los programas que favorezcan legislaciones y comportamientos contrarios
a la ley de Dios y a la moral de la razón humana, desarrollada a
lo largo de la historia, iluminada, purificada y fortalecida por la revelación
de Dios.
De nuevo hay que insistir en que para que los cristianos sean de verdad
presencia capilar de la Iglesia en la carne misma de la sociedad, hace falta
ante todo que sean Iglesia, que estén ganados por el amor de Cristo
con una fe viva y operante, que vivan de acuerdo con las enseñanzas
del evangelio y de la Iglesia en su vida personal, en el ejercicio de su
vida profesional, en la vida familiar y en el ejercicio de sus relaciones
y obligaciones sociales. Ellos mismos, con su vida santa, tienen que ser
apoyo y confirmación de su palabra. Con esta condición por
delante surge espontáneamente como una marea testimoniante y apostólica
que hace de la convivencia cotidiana el mejor instrumento para la difusión
del evangelio y de la fe en Jesucristo. ¿Cómo se realizó
la primera evangelización de nuestros países? Cierto que fueron
los Apóstoles y los varones apostólicos los primeros mensajeros
del evangelio. Pero luego fueron los cristianos sencillos, los comerciantes,
los soldados, los esclavos quienes difundieron la fe, de manera imparable,
por el simple procedimiento de explicar confidencialmente la riqueza que
habían recibido al conocer la persona de Jesucristo y haber creído
en El y en su evangelio. La breve confidencia de los discípulos tiene
que seguir siendo hoy el más poderoso plan de pastoral y de apostolado
“Hemos conocido al Mesias”.
4º,
Esta movilización apostólica de los cristianos requiere también
que tengamos una conciencia clara de cual es el momento histórico
de nuestra sociedad, cuáles son las disposiciones espirituales y
culturales dominantes de nuestros conciudadanos y cuáles tienen que
ser en consecuencia los objetivos primordiales de la acción apostólica
y misionera de la Iglesia. Si en algunos momentos pudimos pensar que una
Iglesia sólidamente establecida tenía que poner el acento
en desarrollar el sentido social de sus miembros y la solidaridad de la
sociedad entera con los más necesitados, tenemos que darnos cuenta
de que hoy lo más urgente, el servicio más grande y más
urgente que la Iglesia tiene que hacer a nuestra sociedad, el bien más
grande que podemos hacer a nuestro amigo o nuestro vecino, es ayudarle a
creer en Dios, ayudarle a descubrir a Jesucristo como Salvador, a verse
a sí mismo como hijo de Dios y heredero de la vida eterna. La Iglesia
entera debe desplegar un esfuerzo extraordinario para contrarrestar los
fermentos y falsos argumentos a favor de la indiferencia moral y religiosa
que circulan en nuestra sociedad, en ayudar a los hombres y mujeres de buena
voluntad a creer en el Dios de Jesucristo como Padre común y fuente
de la vida verdadera, seleccionando los contenidos y los métodos
de nuestro apostolado en función de este objetivo primordial, esencialmente
religioso y estrictamente misionero. Esto vale igual para todos los cristianos,
clérigos como seglares, aunque lo tengan que hacer con diferente
autoridad, en momentos y lugares diferentes y con métodos diversos
adecuados a las diversas circunstancias. Repetidas veces el Papa nos ha
pedido que concentremos nuestro apostolado en el anuncio de Cristo, de su
persona, de su vida, de su doctrina y de su misteriosa y poderosa presencia
actual en el mundo, constituido por el Padre Señor del universo.
Centro de la historia, piedra angular de la creación y de la nueva
humanidad. Tenemos que tener muy clara la conciencia de que ninguna actividad,
por humanitaria que sea, es un verdadero apostolado si no conduce de alguna
manera al anuncio explícito de Jesucristo como Salvador y Redentor
y al conocimiento de Dios como Creador y Padre de misericordia. Por eso
es urgente que todos los cristianos seamos capaces de presentar una formulación
fiel y comprensible del kerigma apostólico como invitación
directa a la fe en Jesucristo y en el Dios de la salvación. Una presentación
del kerigma centrado en estas ideas: Hay un Dios Creador del mundo y Padre
de la humanidad, que nos ha enviado a su Hijo para rescatarnos del mal y
abrirnos las puertas de la vida verdadera. El nos ha creado para vivir eternamente
en su presencia y ahora nos da el Espíritu santo para justificarnos
y enseñar a vivir como hermanos caminando juntos hacia la patria
celestial.
5º,
Urge rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana, o, si se prefiere,
cristianizar el entramado de la sociedad, pero la condición indispensable
es que se recupere el fervor de los cristianos, la confianza en el evangelio
y la cohesión interna de las comunidades cristianas. Nadie sabe lo
que la división y el disentimiento habitual dentro de nuestras comunidades
han podido restar energías y entorpecer los proyectos apostólicos
de nuestras Iglesias. El desarrollo del apostolado seglar requiere que nuestras
Iglesias particulares recuperen el vigor espiritual y el entusiasmo misionero
de los cristianos verdaderamente convertidos. [17]
Para
lograrlo hará falta que los dirigentes y servidores de la comunidad,
obispos, sacerdotes, religiosos y educadores, incluidos los catequistas
y profesores de religión, asumamos actitudes misioneras, propias
de los tiempos de prueba y de persecución, centremos nuestros trabajos
en el servicio de la fe y de la vida espiritual de nuestros hermanos, con
más diligencia, más sabiduría, más abnegación
y más generosidad. Con estos precedentes podremos ir contando con
un número creciente de cristianos dispuestos a dar testimonio de
Jesucristo y del Dios de la vida y de la salvación en el contexto
real de la vida social, en la enseñanza y en la vida intelectual
y cultural, en las actividades y proyectos económicos, en los debates
políticos, en las decisiones legislativas y en las actuaciones de
los gobiernos, haciendo ver las diferencias y las ventajas de una visión
de la vida y de unas soluciones concretas cuando se cuenta con la presencia
de Dios, con la ayuda de su revelación y los enriquecimientos culturales
y sociales que ellas producen cuando son aceptadas y tenidas en cuenta.
Hoy, por debajo de las mil diferencias entre unos partidos políticos
y otros, por encima de los continuos debates y enfrentamientos políticos,
tenemos que reconocer que se está desarrollando en todo occidente,
y en España con especial virulencia, un gran debate de fondo religioso,
en la política, en la cultura, en las artes, en el esfuerzo global
por organizar la vida según las propias convicciones, lo que se está
en juego es el intento de organizar la vida humana sin contar con Dios,
como si fuéramos nosotros los dueños absolutos y últimos
de nuestra vida y de la creación entera, en una descarnada y desesperada
omnipotencia, en contra de una cultura y de unas formas de vida que tienen
en cuenta la Soberanía y la Paternidad de Dios manifestada por Jesucristo
y asimilada por la fe personal. Esta situación no es ya un problema
solamente para la Iglesia, es también un problema de cultura, de
rumbo espiritual en el camino de la historia y a largo plazo puede llegar
a ser un problema de supervivencia de la misma humanidad. Es preciso que
los cristianos seglares se empeñen a fondo en presentar la alternativa
de una vida humana entendida y, organizada y vivida teniendo en cuenta la
paternidad de Dios y la esperanza de la vida eterna, teniendo en cuenta
la justicia interior y el valor de la vida virtuosa, favorecida interiormente
por el Espíritu Santo, pero ayudada también exteriormente
por la educación y la formación, por las creencias y usos
sociales, por las leyes justas y el apoyo de una cultura a la medida del
hombre real, creado por Dios y redimido por Cristo para la vida eterna.
Somos poseedores de una levadura capaz de transformar la masa entera, somos
la sal que preserva a la humanidad de la corrupción, tenemos en nuestras
manos la luz que quita las tinieblas del mundo. Cómo podríamos
callar por miedo o por desconfianza de nosotros mismos, como podríamos
renunciar a intervenir eficazmente en la marcha de los acontecimientos.
¿No estaremos siendo infieles y cobardes, culpables de un peligroso
silencia, disfrazado de prudencia y de aperturismo? ¿No estamos siendo
la luz mortecina que ya no ilumina, la sal sosa incapaz de dar ningún
sabor, la levadura envejecida que ya no transforma la masa?
6º,
La acción apostólica de los cristianos tiene unos espacios
necesariamente personales y espontáneos, difícilmente regidos
por ninguna reglamentación. Es el espacio de la vida familiar, de
las relaciones humanas espontáneas, de las actuaciones personales
en el mundo de las actividades profesionales. Un cristiano fervoroso y responsable
encuentra siempre mil oportunidades para hacer brillar la luz del evangelio
de Jesús ante las personas con las que convive. Pero otras muchas
actuaciones posibles y necesarias requieren un trabajo organizado, estable,
capaz de influir en otras instituciones y en el conjunto de la opinión
pública. Son actuaciones que sobrepasan las posibilidades de una
persona sola y requieren la intervención de asociaciones adecuadas
y operantes. El Papa nos habla de “una nueva época asociativa”,
reconocida por el Sínodo de los Obispos y saludada como un verdadero
don de Dios. [18]
Para
evitar confusiones que se dieron ya entre nosotros hasta el punto de bloquear
el desarrollo de la acción apostólica y misionera de los cristianos,
se impone diferenciar bien dos clases de asociaciones. Unas son todas aquellas
cuyos fines quedan dentro del ámbito eclesial, dentro de lo que son
los objetivos primarios y directos de la Iglesia, dirigidas a la buena formación
y el apoyo de la vida cristiana de los fieles seglares que luego han de
desarrollar sus actividades en el mundo secular. Hoy muchas de nuestras
parroquias no son capaces de ofrecer de una manera estable y bien configurada
la formación que necesita un cristiano para actuar apostólicamente
en su ambiente profesional o social, ni pueden tampoco atender suficientemente
a los fieles en el día a día de su vida espiritual. Hacen
falta asociaciones, movimientos, que de una manera estable y bien organizada
ofrezcan métodos, instrumentos, ayuda personal para el crecimiento
de los cristianos en diversas vertientes de su vocación cristiana,
personal, familiar y social. Se trata de asociaciones estrictamente eclesiales,
que quedan dentro del ámbito de la vida y de la misión directa
de la Iglesia. Estas asociaciones pueden tener también sus objetivos
apostólicos generales, que luego los cristianos podrán vivir
en el contexto concreto de sus parroquias y de sus Diócesis. En muchas
partes se encuentran fuertes resistencias y suspicacias en contra de estas
asociaciones. La postura decidida de la Iglesia y la experiencia de cada
día nos demuestra que sin asociaciones no podremos tener nunca un
laicado formado y apostólicamente operante de manera significativa.
Solo la asociación da continuidad y amplitud. Para que el asociacionismo
encuentre en nuestras parroquias la acogida que necesita y merece, será
preciso que los dirigentes de las asociaciones se esfuercen sinceramente
para dirigir de tal manera la vida de sus asociaciones que sus miembros
por el hecho de pertenecer a una asociación o a un movimiento se
sienta más dentro de la parroquia y más cerca del común
de los cristianos, en vez de encerrarse en la propia asociación y
hacer de ella como un cómodo sustitutivo de la Iglesia madre que
es la casa de todos.
Otra
clase muy distinta de asociaciones son aquellas que, promovidas y hasta
formadas por cristianos, tienen como fin propio la intervención de
sus miembros en los diversos sectores de la vida social, asociaciones profesionales
para ayudarse a actuar cristianamente en el terreno de su profesión,
asociaciones de profesores, de intelectuales, de padres de alumnos o de
cristianos que pretenden actuar de una u otra manera en la vida política.
Estas asociaciones, en la medida en que tengan objetivos de naturaleza civil
y secular, y recurran a procedimientos civiles y seculares, perfectamente
legítimos en la vida democrática, tienen que ser reconocidas
como asociaciones civiles, tanto si están formadas sólo por
cristianos como si son asociaciones abiertas al público en general,
aunque tengan un ideario cristiano que permita participar a los cristianos
sin restricciones de conciencia.
En
otros tiempos hemos vivido esquemas híbridos y confusos en los que
una asociación de acción católica, estrechamente vinculada
con la jerarquía y asociada a su misión, se imponía
como objetivo la reforma de una legislación o la actuación
en diversos campos de la vida política o económica, con frecuencia,
bajo la inspiración dominante de una determinada ideología
política. Esta falta de claridad en la configuración de nuestras
asociaciones y en la delimitación de sus objetivos, ha dado lugar
a muchas tensiones dentro de la Iglesia y ha creado dificultades para la
comunicación y la comunión entre obispos y asociaciones seglares,
bloqueando el desarrollo y la aceptación del apostolado asociado
de los seglares. ¿Entra dentro de los fines de un movimiento de Acción
Católica promover un determinado modelo de economía, o de
contratos laborales, o de precios de los productos en el mercado? Esa puede
ser muy bien una batalla que lleven adelante los cristianos desde dentro
de asociaciones civiles, inspirados y guiados por sus convicciones cristianas.
Pero esos objetivos estrictamente seculares no entran en la misión
de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines propios de
unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de
donde alcanza los límites de la vida y de la misión de la
Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines propios de unas
asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde
alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia.
Las asociaciones eclesiales se han de centrar en formar y preparar a los
cristianos para que luego, inscribiéndose en otras asociaciones civiles
o promoviendo nuevas asociaciones adecuadas a sus deseos, traten de alcanzar
objetivos civiles, por procedimientos civiles, guiados y estimulados por
la fuerza de la fe y de la caridad cristianas. Estamos necesitados de una
mayor claridad conceptual e institucional en estos asuntos. Y estamos especialmente
necesitados de una acogida y de un apoyo decidido al asociacionismo de los
cristianos para mejor conseguir los fines primordiales de su vida espiritual
y su capacitación para el apostolado.
7º,
Las asociaciones propiamente eclesiales tendrían que desarrollar
un fuerte sentido de comunión y de unidad, en la doctrina, en la
vida y en los objetivos y prioridades apostólicas, en estrecha relación
con el obispo y los sacerdotes, en una conciencia fuerte de unidad de vida
y de misión. Es un error y una tentación la actual tendencia
a subrayar excesivamente los carismas especiales, dando más valor
a lo específico que a lo común, apropiándose con frecuencia
como notas propias de una congregación o de una asociación
de notas y bienes que son comunes y propias de toda la comunidad cristiana.
Esta tendencia a hacer prioritario lo específico, dejando en segundo
lugar lo que es común, que es siempre lo más importante, no
favorece la conciencia de la unidad, dificulta la colaboración y
debilita el vigor y la capacidad apostólica de la comunidad eclesial
en su conjunto.
En cambio, las asociaciones seculares en las que militan los cristianos
conviene que tengan la mayor autonomía posible, para que se muevan
en el terreno de las instituciones seculares con la misma libertad y los
mismos derechos que los demás, dejando la vinculación eclesial
a las relaciones personales de los cristianos con los responsables y los
miembros de su comunidad eclesial y la fidelidad a la doctrina y motivaciones
cristianas en la elaboración de los estatutos, selección de
objetivos y realización de sus actividades.
Estas asociaciones seculares pueden ser promovidas por cristianos con una
inspiración cristiana en su misma estructura, o bien pueden ser asociaciones
seculares preexistentes, en las que los cristianos puedan actuar cómodamente
según su conciencia. Es evidente que los cristianos pueden militar
en cualquier asociación con tal de que sus fines no sean expresamente
contrarios a la doctrina y a la moral católicas. En cualquier caso
el mínimo requerido para que los cristianos puedan militar en una
asociación secular no confesional es que tengan la suficiente libertad
y el suficiente respeto como para poder disentir de todo aquello que sea
contrario a su conciencia y no encuentren un rechazo sistemático
a los argumentos y sugerencias inspiradas en la tradición cristiana.
Tenemos el derecho a preguntarnos si hoy los católicos que militan
en ciertos partidos políticos, sindicatos u otras asociaciones semejantes,
tienen esta libertad y sobre todo si tienen el valor de hacer valer sus
puntos de vista siempre que estén comprometidos los juicios y valores
de la conciencia cristiana. Más en concreto, ¿los cristianos
que militan en IU o en el PSOE pueden discutir y exponer sus argumentaciones
y su visión del aborto, del respeto a la vida en sus diferentes fases,
de la protección del verdadero matrimonio en los órganos competentes,
en igualdad de condiciones con los demás? ¿Lo hacen de hecho?
He aquí una grave cuestión. A veces tiene uno la sensación
de que algunos cristianos comprometidos políticamente critican más
a la Iglesia desde los presupuestos de sus partidos respectivos, que los
programas políticos de sus partidos desde los presupuestos de la
Iglesia. Puede más la identidad partidista e ideológica que
la identidad eclesial y cristiana.
8º,
En este terreno de las asociaciones seculares desde las que militen y actúen
los cristianos en la vida social y pública haría falta insistir
en dos características. Hace falta seleccionar mejor los objetivos
y los campos de influencia. ¿Cuáles son hoy los sectores más
influyentes en la configuración de la opinión pública,
de la cultura vigente, de las condiciones de vida colectivas? En definitiva
¿cuáles son los sectores de la vida más influyentes
en la mentalidad y el comportamiento de las personas desde las cuales se
les puede ayudar mejor y más eficazmente a conocer la salvación
de Dios y disfrutar de sus bienes? Quien mira con realismo el panorama de
nuestras naciones de Occidente, el tono vital de la sociedad española,
es evidente que la tarea más urgente para toda la Iglesia, no sólo
para los clérigos o los religiosos, sino para todos los cristianos
es la evangelización. No acabamos de entender que tenemos que centrar
nuestros esfuerzos en sembrar de nuevo la fe cristiana en las generaciones
jóvenes, mayoritariamente alejadas de la fe cristiana y del reconocimiento
del Dios verdadero. Así lo presenta insistentemente Christifideles
laici [19]
Hoy, en la sociedad española, un cristiano seglar que quiera colaborar
activamente en la misión de la Iglesia, tiene ante sí estos
temas urgentes y preferentes:
* En el campo de las realidades religiosas
-
la primera necesidad es renovar y vigorizar la vida espiritual de los cristianos,
sacerdotes, religiosos y laicos, fortalecer la comunión eclesial
en las personas, los grupos, comunidades y asociaciones, recuperar el sentido
de la misión apoyado en el reconocimiento de Jesucristo, Hijo de
Dios y Salvador único de todos los hombres.
-
la dignificación racional y cultural de la fe, de la vida religiosa,
de la presencia y la actuación de la Iglesia en el conjunto de la
vida social;
-
la fundamentación racional de la existencia de Dios, de su carácter
personal y providente;
-
la justificación histórica, antropológica, histórica
y salvífica de la fe en Jesucristo como Hijo de Dios, redentor y
salvador de la humanidad.
-
El conocimiento y la estima de la existencia humana purificada, dignificada
y santificada por la redención de Jesucristo y la efusión
del Espíritu Santo.
-
La difusión de las mil obras buenas que favorece y promueve la iglesia
en la vida personal y familiar, profesional y social, en relación
con los más necesitados y los momentos más difíciles
de nuestra vida. Etc.
*
En el campo de las implicaciones y consecuencias morales y sociales de la
vida cristiana, los cristianos seglares españoles tendrían
que procurar:
- Intervenir en los medios de comunicación, con criterios cristianos,
en toda su compleja y poderosa realidad, empresas, agencias, columnistas,
comentaristas, informativos y noticiarios, debates, siempre en defensa sincera
de las libertades y del bien común, con absoluta veracidad y plena
justicia.
-
Hacerse presentes en la acción y gestión política,
desde el gobierno o desde la oposición, reivindicando el derecho
a actuar en política desde las convicciones arraigadas en la fe cristiana,
mostrando prácticamente la fecundidad social de la moral cristiana
bien entendida y sinceramente aplicada, recuperando la inspiración
social de la política como servicio al bien común de las familias
y de todos los sectores sociales, sin discriminaciones ni partidismos, sin
anteponer los intereses de nadie al servicio sincero de las necesidades
y conveniencias comunes.
- Promover por todos los medios el servicio al desarrollo integral de los
más necesitados en el marco nacional y en la política internacional,
promoviendo planes de ayuda desinteresada y efectiva que proporcione a todas
las personas las posibilidades básicas de desarrollo y perfeccionamiento,
que acorte las distancias entre los pueblos y favorezca la comunicación
y la colaboración entre todos los pueblos de la tierra. Una política
cristianamente inspirada tendría que buscar el modo de ayudar a los
pueblos subdesarrollados de manera eficaz y desinteresada para dotarles
de las estructuras y condiciones necesarias que les permitan incorporarse
activamente a la convivencia internacional sin inferioridades ni dependencias.
-
Promover desde todos los puntos posibles la defensa de la vida y de la dignidad
de la persona, desde su concepción hasta su muerte natural. Es el
momento de luchar para que la ciencia y la técnica respeten la dignidad
de la persona como una realidad de valor supremo que no puede ser utilizada
para ninguna utilidad material como si fuera una mercancía. Nuestro
gobierno acaba de autorizar la investigación con embriones humanos.
¿No hay cristianos que defiendan lo contrario desde las asociaciones
profesionales o desde las instituciones políticas?
- Los cristianos seglares tienen que hacerse presentes en el gran mundo
del sufrimiento, de la enfermedad, de la soledad, de la invalidez, por medio
de su presencia profesional o con carácter voluntario, actuando según
el espíritu del Buen Samaritano, tienen que demostrar en este mundo
cada vez más individualista y más dominado por el dinero,
la posibilidad de una relación verdaderamente amorosa, interesada,
atenta, gratuita, que hace presente el amor y la bondad de Dios en el mundo,
ampliando los sentimientos de misericordia y de compasión del corazón
de Cristo ante los enfermos, los pobres abandonados, los más heridos
por la soledad y la desesperanza.
-
Defender la libertad de enseñanza y de educación, mejorar
los métodos y los contenidos, fomentar también la calidad
de la enseñanza pública, en toda su amplitud, desde la escuela
primaria hasta la universidad, fomentar la formación cristiana y
pedagógica de los profesores, dignificar el noble oficio del magisterio
en todos los niveles, etc.
-
En nuestra sociedad está siendo una necesidad urgente fundamentar
la estima del matrimonio estable y fecundo como célula básica
de la sociedad, en nada comparable con otras formas posibles de convivencia
y el valor irremplazable de la familia fundada en el matrimonio estable
y fecundo como lugar apropiado de la multiplicación de la vida, el
nacimiento, crecimiento y educación de las nuevas personas. A la
vez es importante actuar a favor de una buena educación afectivo-sexual
de los jóvenes, como elemento básico de la felicidad personal,
de la convivencia social y de la normalidad de las personas en sus compromisos
afectivos, profesionales y sociales.
CONCLUSIÓN
En
resumidas cuentas solo he querido deciros dos cosas,
-
el apostolado de los seglares es el apostolado capilar, amplio, multiforme
y multipresente de una Iglesia formada por cristianos convertidos, agradecidos
por los bienes recibidos con la fe, deseosos de ofrecérselos y transmitírselos
a sus familiares, amigos, vecinos y conciudadanos.
-
En España necesitamos comenzar por fortalecer y clarificar religiosamente
nuestras comunidades básicas que son las parroquias, necesitamos
recuperar la valoración de la fe y la confianza en nosotros mismos
como discípulos y miembros de Cristo, para entrar en una comunicación
de comprensión y de profecía con nuestros conciudadanos que
han perdido las huellas de Cristo y han dejado de confiar en su Iglesia.
Juan
Pablo II concluía así su exhortación apostólica
Christifideles laici, acerca de la vocación y misión de los
fieles cristianos en la Iglesia y en el mundo:
“En
los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia, pastores y fieles, ha
de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato
de Cristo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda
la creación” (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una
grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la
Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual
tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y
responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y servir
el evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas
y de la sociedad”.
Siguiendo el ejemplo del Papa, concluyo mi exposición con una oración
a la Virgen María, Madre de Jesús, madre de la Iglesia y madre
de todos los hombres:
Oh
Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
Contigo
damos gracias a Dios por el don de la fe y de la salvación que esperamos,
Llena
nuestros corazones del ardor necesario para sentirnos apóstoles de
tu Hijo,
Danos
tu misma disponibilidad para cumplir el mandato del Señor
Para
el conocimiento de Dios y la salvación de nuestro mundo,
Virgen
fiel, ayúdanos a obedecer al mandato de tu Hijo y a la llamada de
la Iglesia,
Virgen
valiente, ayúdanos a vencer las dificultades que encontremos para
ser apóstoles de tu Hijo en la vida real de cada día,
Virgen
misericordiosa, ayúdanos a amar a nuestros hermanos para llevarles
el conocimiento de tu Hijo y del Padre celestial,
Tú
que fortaleciste la fe de los Apóstoles y pediste para ellos la fuerza
del Espíritu Santo,
Haz
que vivamos ahora un verdadero Pentecostés que haga de nosotros apóstoles
de tu Hijo,
Sostennos
para que vivamos siempre como fieles hijos de la Iglesia de tu Hijo
Y
trabajemos decididamente para construir en esta tierra
La
ciudad de la verdad y del amor,
En
la que sea reconocido y glorificado el Dios Creador y Salvador.
Amén
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[1]
Cont. Lumen Gentium, c.II, n. 17 La misma doctrina expuesta más ampliamente
en Apostolicam Actuositatem. Lo vocación cristiana es siempre vocación
para el apostolado. Los tiempos actuales permiten y requieren la movilización
apostólica de todos los fieles cristianos.
[2] Cf. Ecclesia in Europa, n. 41
[3] Conc. Vaticano II, Decreto Apostolicam Actuositatem, 3
[4] .Juan Pablo II, Christifideles laici, n.9
[5] Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 6
[6] ib.
[7] Citado por Juan Pablo II en Christifideles laici,. n.15
[8] Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 14
[9] Cf. II Cor 5, 17
[10] Juan Pablo II, Christifideles laici, n.17
[11] Cf. Ecclesia in Europa, n.46
[12] Cf. II Cor 4, 8-10
[13] Cf. II Cor 11, 7-10
[14] Cf. I Cor, 1, 18-3=
[15] Cf. II Cor 6, 4- 10 y en otros muchos lugares.
[16] Cf las interesantes observaciones a propósito de las parroquias
que hace el Papa en Christifideles laici, nn. 25-27; igualmente en Ecclesia
in Europa, n.15
[17] Cf. Ecclesia in Europa, n. 23
[18] En Christifideles laici, n. 29
[19] nn. 34