Los participantes en este Congreso de Apostolado Seglar, procedentes de
todas las diócesis de España y de las Asociaciones y Movimientos
Eclesiales, queremos expresar en primer lugar nuestra comunión en
la fe de la Iglesia Católica y nuestra adhesión y gratitud
al Papa Juan Pablo II por su ministerio infatigable al servicio de toda
la Iglesia y su aliento a la fidelidad a la vocación y a la misión
de los fieles cristianos laicos.
En comunión con nuestros Obispos, al finalizar este Congreso en el
que hemos compartido nuestra fe y nuestras preocupaciones, manifestamos
nuestro deseo de ser testigos de la esperanza que ha sido introducida en
la historia por Jesucristo, el Hijo de Dios.
Conmemoración del Año de la Eucaristía y días
en los que hemos sido llamados a redescubrir las fuentes de las que brota
la vida cristiana: el Bautismo que nos injerta en el cuerpo de la Iglesia,
la palabra de Dios que ilumina nuestra conciencia, la Eucaristia que nos
da alimento para el camino y el testimonio de la caridad fraterna, signo
de la misericordia y el perdón de Dios.
Sólo la santidad, que es el nombre de la humanidad transformada por
Jesucristo, puede ofrecer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, una
respuesta a la altura de sus verdaderas necesidades.
Nos sentimos enviados a la misión, que consiste en comunicar la vida
nueva de Jesucristo, presente en la comunión de la Iglesia, allí
donde se desarrolla la vida de nuestros hermanos los hombres. Somos conscientes
de que a pesar de la marginación social y cultural que tantas veces
sufre la fe en nuestra sociedad, la espera del anuncio cristiano sigue viva
entre nuestros contemporáneos.
En este Congreso hemos tomado conciencia del momento histórico que
vivimos, marcado por el alejamiento de Dios y el relativismo moral que provocan
un verdadero daño.
Sin embargo, las dificultades del momento presente no nos asustan, sino
que despiertan aún más nuestro deseo de salir al encuentro
de todos los hombres con la propuesta de la vida cristiana.
Durante este Congreso hemos abordado los diferentes campos en los que se
hace urgente una renovada presencia cristiana.
- Los jóvenes, con sus aspiraciones, búsqueda y frustraciones,
siempre abiertos al encuentro sencillo y luminoso con Jesucristo, el único
que sabe hablarles al corazón.
- La familia, basada en el matrimonio entre hombre y mujer, y abierta a
la vida, que precisa junto a la adecuada tutela legal, el alimento del Evangelio
para sostenerse en su misión.
- Nuestra sociedad con sus diferentes areópagos, que necesita la
sabia de la vida cristiana para no perderse en la confusión y el
sinsentido.
- El mundo económico y laboral, afectado por transformaciones profundas
y por una mentalidad economicista, que demanda una nueva experiencia de
la dignidad y el significado del trabajo humano.
- Los medios de comunicación, forjadores de la mentalidad y la cultura,
en los que es preciso hacer oir la voz plena de humanidad de la experiencia
cristiana.
Para responder a estos desafíos, los fieles laicos necesitamos vivir
en la comunión de la Iglesia, alimentados por la enseñanza
de sus pastores y sostenidos por el testimonio de la santidad de sus mejores
hijos.
A María, Madre de Cristo y de la Iglesia de la cual en este año
celebramos el 150 aniversario de la proclamación del dogma de la
Inmaculada Concepción, encomendamos los frutos de este Congreso para
que se manifiesten en una renovada presencia de la fe cristiana en este
momento esperanzador de nuestra historia.