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juan benjumea


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Benjumea
Misionero comboniano en Ecuador.

 

: Háblenos un poco de sus inicios en relación con la misión comboniana.

Juan Benjumea: Nací en un pueblo de Sevilla, llamado Parada. Allí pasé mi infancia, en la que trabajé, ya de muy pequeño, en una carpintería y en el campo. Por mi apellido muchos piensan que procedo de una familia rica, pero mis padres eran campesinos. Con dieciséis años me fuí de casa a buscarme la vida y trabajé en la construcción, de carpintero, gracias a lo que había aprendido de niño. Fuí haciendo amistades que me fueron posibilitando acercarme a la que era mi verdadera pasión: el mundo de los toros. Creo que esa es mi vocación más genuina, aunque desde siempre el compromiso social me seducía mucho. Toreé con diecisiete años en Sevilla y más tarde en las Ventas, en Vista Alegre, ... Incluso existe una referencia a mi corta trayectoria taurina en "El Cosío". A punto de tomar la alternativa de la mano apoderada de los Dominguines, veía que las condiciones que se me ofrecían no eran las que me gustaban, a la vez que mis visitas al Pozo del Tío Raimundo y Carabanchel, donde participaba en un grupo de comunidades, me fueron cuestionando mi compromiso social. Era cuestión de elegir y yo me había sentido siempre muy libre. Incluso estaba saliendo con una chica, pero antes de entrar en los combonianos leí el libro de Eric Fromm "El miedo a la libertad" y eso fue un impulso definitivo. Eso era lo que yo quería ser, ante todo: ¡Libre! Dejé los toros con veintiocho años y me puse a prepararme en carpintería metálica y cerrajería en Madrid con la intención de irme a África. Lo guardaba en silencio, pues no quería que nadie lo supiera, mientras que buscaba una asociación para irme. En Sevilla ya todos sabían que había roto con la vida que llevaba. En definitiva, dejé los toros para hacerme comboniano. Me puse en contacto con ellos, pero al principio no fue fácil. Ya tenía 30 años y me pillaba un poco mayor. Vinieron a verme a Triana, en donde trabajaba en una carpintería metálica y hablaron con mi director espiritual de Madrid. Finalmente me ofrecieron hacerme hermano. Me hice hermano, por lo que no necesitaba mucha preparación, tan sólo contaba con la madurez que entonces tuviera.

Los combonianos son un instituto misionero, por lo que en principio encajaban con mi idea. Pero a los cinco meses de estar con ellos, les dije que me iba, porque buscaba algo más austero y radical, pero tampoco estaba muy seguro, porque o quería la misión. Cuando, por fin, llegué a misiones me sentí haciendo lo que realmente quería: estar con la gente y ayudarle en lo que pudiera, a fondo perdido, gratuito y, sobretodo, con los campesinos. Me han dado mucha fuerza y, como yo digo, me han hecho un hombre. Es decir, me han hecho comprender que el hombre es para los demás. Esto no está de moda. Creemos que vivir es para derrochar, para despilfarrar, para sí mismo.

En este instituto he tenido la posibilidad de realizarme junto a otros, porque uno solo no puede hacer nada. Estoy muy agradecido a ellos y a la Iglesia, a pesar que haya cosas que no comparta, pero son mi familia, a los que le debo mi fe, mi sentirme en casa, mi orgullo de ser cristiano y de haber podido poner mis talentos a producir.

: Elegir los combonianos, ¿fue más que buscar una comunidad un talante y un servirte de ella para crear comunidad en aquellas realidades en las que se desenvuelve tu vida de misionero?

Juan Benjumea: Mi "primera novia" fue toda esa invitación a vivir en el desierto de Charles de Foucould. Me atraía poderosamente y andaba como chiflado con esa idea. Pero descubrí que tenía unos talentos que debía poner a fructificar y me casé con la "novia" que mejor me entendía para potenciar mi carisma y dones.

: Con respecto a la idea de misión romántica y aventurera que se tenía antes: ¿qué tiene que ver eso con la realidad actual de la misión?

Juan Benjumea: Cuando entre en los combonianos se hacían muchas campañas por las parroquias para concienciar a la gente sobre las misiones, pero ya, gracias a Dios, pasó el tiempo de las huchas, de las campanas, de la colonización, del paternalismo, del "somos nosotros los que vamos a darle a los pobres". Es la hora de compartir tu fe personal y vivirla en grupo, crecer juntos, aprendiendo de los demás. Han cambiado mucho las cosas. En la misión, soy uno más: como lo que me dan, duermo en las casas de la gente, y no el cura que va pidiendo por las casas. Se acabó el tiempo de la Iglesia pedigüeña. La imagen de la Iglesia tiene que ser la del nuevo misionero, empezando a servir uno mismo. Esa es la Iglesia necesaria, no una Iglesia romana, de piedras preciosas, que en vez de barca tiene palacios, barcos de guerra. La situación histórica nos está poniendo en nuestro sitio, como minoría. Yo, al menos, veo la misión de otra manera: nada de triunfalismos, nada de curas prepotentes, ..., sólo la infraestructura mínima para poder seguir al lado de la gente sirviéndole, trabajando con ellos, pero desde ellos, y no dirigiendo nosotros, por mucho que sepamos. El misionero tiene que ser una persona disponible y poco más.

: ¿Cuántos años has estado el Latinoamérica?

Juan Benjumea: Veintinueve años. Después de unos años en Santiago de Compostela y en Barcelona, donde también aprendí el oficio de albañil. Después de diez años en América me sentí llamada a ser sacerdote, y estdié la teología y fuí ordenado con cincuenta y un años. Hacer cosas (carreteras, puentes, casas, ...) las puede hacer cualquier profesional, pero anunciar la palabra sencillamente y vivirla... Por eso, estudié en Lima cinco años la Teología, después de estudiar en Granada el acceso a la universidad y la Filosofía. Pero estoy empezando siempre.

: ¿Cómo ha ido cambiando la realidad de Latinoamérica en estos años y cómo ha sido la evolución, según tu experiencia?

Juan Benjumea: Primero estube en Ecuador ocho años en una provincia llamada Maravillas, junto a los guaranís, que son indios de raza blanca. Era una zona no empobrecido al extremo, pues todos poseían su pedacito de tierra que trabajaban, y su chacrita. Después me fue a Esmeralda, en el noroeste de Ecuador limitando con Colombia y la realidad de allí es más cruda. Son tribus de raza negra, más marginadas,...

En cuanto al proceso intraeclesial, cuando yo me fuí estaba emergiendo toda esa Iglesia de base de la Teología de la Liberación que ponía en cuestión y en crisis las estructuras y sobretodo la realidad proveniente de Norteamérica. Queríamos una Iglesia postconcílica, es decir, Pueblo de Dios. Se dió los encuentros de Medellín, Puebla, luego Santo Domingo... Era una Iglesia con una pujanza grande, del despertar de las comunidades. Pero ahora, siendo realistas, vemos que estas comunidades no es que estén desapareciendo, ni la Teología de la Liberación (porque sólo hay una teología, que es la del Evangelio), pero el Neoliberalismo y su concentración de las riquezas, han acabado con aquel sueño de la Iglesia Americana: "Esperanza de la Iglesia". No tenemos que ver las cosas negativamente. Si eso se dice, hasta casi podríamos alegrarnos, porque la Iglesia vuelve al anonimato de los pobres, del Pueblo de Dios,... Ahora es tiempo de profundizar, como lo hacen los teólogos jesuítas de la UCA, de avanzar de otro modo. Hay una dimensión de la Iglesia más a la sombra, más allá de una Iglesia triufalista y con aires de grandeza. La esencia, las raíces profundas están, siguen existiendo en América y en África también, por ejemplo.

: ¿Dirías que en estos pueblos hay una esperanza global o pequeñas esperanzas sin vinculos?

Juan Benjumea: Bueno, eso es difícil de responder porque yo sólo vivo una parcialidad de toda la realidad. En Ecuador, por ejemplo, la política es muy pobre, hay una fuerza de indígenas, pero los indígenas son muchos y diferentes y también están dibididos entre ellos, hay como un veneno del capitalismo y un bombardeo continuo, dando dinero, sobornando,... Pero hay una Iglesia que da esperanza. Los pobres siguen creyendo en la Iglesia, es la institución que aun tiene más credibilidad. Luego hay ciertos obispos que no gozan de ella, y desacuerdos intraeclesiales. En fin, globalmente hay una confrontación que no permite, por ejemplo a niveles políticos, llegar a acuerdos entre los pueblos andinos y los norteamericanos. Después hay muchos grupos guerrilleros, como Sendero Luminoso en Perú, mucha droga en Colombia, mucha explotación y persecución a muerte de recolectores y narcos... El plan Colombia impuesto por los americanos y no aceptado por los países andinos... Globalmente parece todo un desastre, pero luego hay focos de esperanza: el pueblo negro empieza a organizarse en Ecuador y en la Iglesia hay obispos cerca de la gente marginada, más allá de las ideologías políticas. Yo de política sé muy poco. Prefiero estar con la gente sencilla, con los indígenas que admiro.

: Decía Freire, después de su experiencia en Brasil, que para que el pobre pudiera salir de su situación tenía que ser consciente de la estructura que creaba y abanderaba la pobreza, que había que hacerlo despertar desde la educación. ¿Qué opinas al respecto? ¿Cómo, desde el pueblo, puede cogerse las riendas de los que está impidiéndoles vivir?

Juan Benjumea: La utopía es sana cuando uno tiene ideales sanos y no malas intenciones. Hay que ser utópico. Pero al pobre hay que educarlo y crearle alternativas para que aprendan a producir por sí mismos. Pero no es fácil educarlos en esto. Por ejemplo, en este campo están trabajando muchas ONGs, pero también hay en este campo una confusión muy grande, porque hay muchas manipuladas por la política, al servicio de otros intereses, corrientes que enseñan a poner la mano, que los confunde, que los hacen olgazanes, inician ciertos proyectos que luego fracasan y crean más frustraciones en el pueblo. Al final todo es un gran manejo de dinero. Por eso, yo prefiero no vincularme a ninguna (aunque también las hay muy serias, por supuesto), aunque carezca de medios. Pero con poquito se hace mucho.

Yo me dedico más a trabajar con guías de comunidad y a dar, junto con sociólogos, pequeños cursos de formación para líderes, para que vayan abriendo los ojos. Pero eso es un proceso lento, y después hay muchos miedos y una falta, por ejemplo, de propiedades, por lo que dependen de otros, viven amenazados, expropiados por las grandes multinacionales. Pero creo que sobretodo se trata de estar con ellos. Somos testigos y eso se tiene que palpar, en las situaciones concretas del día a día, donde se cuecen las injusticias cotidianas y salir a su defensa. Todavía ser cura, nuestra presencia, se respeta en cierto modo.

: ¿No parece contradictorio que se esté formando a líderes cuando en este lado del mundo lo que se busca es conquistar espacios de libertad y autonomía, que nadie sea quien nos dirija y todos seamos corresponsables, ni siquiera líderes que nos lleven a la libertad, pero nos dejen en la dependencia y, por tanto, vulnerables a una nueva tiranía?

Juan Benjumea: Ellos ya viven en comunidad. Es otra concepción distinta. Se trata de formar grupos de conciencia, de que sean fieles entre ellos y no se dejen manipular.

: En cuanto a la actualidad de la Iglesia, ¿dónde cree que está el mayor impedimento para la Unidad?

Juan Benjumea: Se dice que los mismos obispos que firmaron las actas del Concilio Vaticano II estaban arrepentidos, que ni ellos mismos fueron conscientes de la realidad que se había señalado. Por lo que esto generó una Iglesia involucionista que empezó a replegarse, a pesar de ese gran baño de frescura. Yo, en la selva, no estoy muy al corriente muchas veces de por donde se mueven los hilos, pero percibo como dos corrientes no sé si dos iglesias (no creo que esto llegue a provocar un sigma): una corriente triunfalista, de sacramentos, de culto, de moral alejada del pueblo, que le falta bajar al pueblo, que sea samaritano... Luego está la Iglesia del pueblo, si quieres de Medellín y Puebla... Van a ir paralelas mientras no se pongan de acuerdo, cosa difícil. Pero esperamos tiempos mejores y que llegue el momento de un nuevo concilio, por ejemplo, en el que el Espíritu Santo sople fuerte y nos vuelva a poner en nuestro sitio. Hay que dar pasitos para ir juntos y no paralelos, mezclarnos y no ser tan individualistas. En toda la historia de Israel han habido dos corrientes muy fuertes: la sacerdotal y la profética; pero Jesús, creo que quedó muy definido al respecto, se posicionó claramente... La utopía de Jesús, la fraternidad de hermanos, el Dios de la Vida, ... Todo esto lo anuncia la Iglesia, ¿pero dónde verán los pobres la Vida en una Iglesia de grandezas y culto, ...? Esto hay que decirlo.

: ¿Y con respecto al enfrentamiento actual en España entre Iglesia y Estado?

Juan Benjumea: Yo no me voy a identificar con los partidos de izquierda de España, pero creo que es necesario contemplar una línea humanitaria, una Iglesia que sirve a ese sector del pueblo marginal. Cuando decimos que estamos con el pueblo, ¿con qué pueblo estamos? ¿Se trata de un Dios que está con el poder y bendice todo lo que le dan? Creo que no. Creo que la Iglesia tiene que dialogar y no dividir, ni dentro ni fuera. No hagamos guerras ni enfrentamientos inútiles. Escuchemos las razones de los que se ven llevados, por ejemplo, al aborto, y no creemos nosotros situaciones de muerte peores. Yo veo más la cultura de la muerte en el enfrentamiento, lo demás tiene que ser dialogado a tiempo y a destiempo hasta que lleguemos a entendernos. Por supuesto que yo estoy a favor de la vida, encontra del aborto y la eutanasia, pero el conflicto es otro. Si la gente nos está mirando esperando un halo, un signo de esperanza, sólo la Iglesia se la podemos dar si somos fieles a Jesús.