la llaga
de vueltas con el preservativo


 


Nico Montero
Cantante cristiano.
Actualmente ejerce de Jefe de Estudios del IES Bahía de Cádiz


A
utor de obras como: “Al fuego de tu fe”, “La Guerra y no la Paz”, “Diferente”, “Lo nuevo ha comenzado”, “El Reverso de mi piel”.


Me dio un vuelco el corazón cuando escuchaba al secretario de la Conferencia Episcopal española afirmar, por primera vez en la historia reciente, la necesidad del preservativo en la angustiosa lucha contra el SIDA. Me sabÌa a poco, la verdad, y me daba a entender que la Iglesia, al menos, admitía el preservativo como mal menor ante un mal mayor, tan destructivo y canalla, como el SIDA. Pensé "por algo empezamos".

Con comedida alegría, intuía que, al menos, se había dado un paso, grande para la Iglesia aunque corto para la sociedad, que impulsaría otros y otros, que harían acercar la vieja doctrina de la iglesia a la sociedad en general, y la realidad juvenil.

Los telediarios se hacÌan eco de la noticia, las tertulias televisivas comentaban el notición del día y sacaban punta a tan jugosa exclusiva.

Yo, por mi parte, recibía las llamadas y mensajes de mis colegas, los cristianos de a pie, algún profe de teología, algún amiguete cura, algún pastoralista... incluso de mi madre, una vieja incombustible, que a sus 74 tacos, sigue trabajando con los transeuntes en la casa de los sin techo de Huelva.

Al día siguiente, y tras no sé cuántas llamadas al orden, desde donde sabemos bien... la Conferencia Episcopal se retracta de lo dicho y mantiene la posición de siempre: ante el SIDA, la abstinencia y la fidelidad, el preservativo es éticamente incorrecto. Al día siguiente, varios obispos españoles en Roma, citados en El Vaticano, reciben del Papa una charla en la que les advierte del creciente laicismo en España. Y yo me planteo ¿por culpa de quien? No se si hay laicismo en España, o más bien, algunos añoran la Cristiandad, esa que amparaba la quema de
herejes y se aliaba con las dictaduras.

Dejemos de tirar balones fuera, y buscar culpables externos a todos los controvertidos "males culturales". Hemos perdido una oportunidad histórica de estar cerca de la gente joven, de dejar atrás una visión tan pobre y pesimista de la sexualidad humana. En pos de la dignidad de la sexualidad, desde la doctrina romana, sólo se consigue acotar, reprimir, condenar, traumatizar, tintar de pecaminoso. No entiendo tanto, tanto, tanto interés por regular la vida sexual de los demás, cuando ni siquiera Dios tiene sexo. No abogo por la lujuria, pero tampoco creo que el uso del preservativo implique siempre y en todos los casos promiscuidad, denigración e inmoralidad.