Me
dio un vuelco el corazón cuando escuchaba al secretario de la Conferencia
Episcopal española afirmar, por primera vez en la historia reciente,
la necesidad del preservativo en la angustiosa lucha contra el SIDA. Me
sabÌa a poco, la verdad, y me daba a entender que la Iglesia, al
menos, admitía el preservativo como mal menor ante un mal mayor,
tan destructivo y canalla, como el SIDA. Pensé "por algo empezamos".
Con
comedida alegría, intuía que, al menos, se había
dado un paso, grande para la Iglesia aunque corto para la sociedad, que
impulsaría otros y otros, que harían acercar la vieja doctrina
de la iglesia a la sociedad en general, y la realidad juvenil.
Los telediarios se hacÌan eco de la noticia, las tertulias televisivas
comentaban el notición del día y sacaban punta a tan jugosa
exclusiva.
Yo, por mi parte, recibía las llamadas y mensajes de mis colegas,
los cristianos de a pie, algún profe de teología, algún
amiguete cura, algún pastoralista... incluso de mi madre, una vieja
incombustible, que a sus 74 tacos, sigue trabajando con los transeuntes
en la casa de los sin techo de Huelva.
Al día siguiente, y tras no sé cuántas llamadas al
orden, desde donde sabemos bien... la Conferencia Episcopal se retracta
de lo dicho y mantiene la posición de siempre: ante el SIDA, la abstinencia
y la fidelidad, el preservativo es éticamente incorrecto. Al día
siguiente, varios obispos españoles en Roma, citados en El Vaticano,
reciben del Papa una charla en la que les advierte del creciente laicismo
en España. Y yo me planteo ¿por culpa de quien? No se si hay
laicismo en España, o más bien, algunos añoran la Cristiandad,
esa que amparaba la quema de
herejes y se aliaba con las dictaduras.
Dejemos de tirar balones fuera, y buscar culpables externos a todos los
controvertidos "males culturales". Hemos perdido una oportunidad
histórica de estar cerca de la gente joven, de dejar atrás
una visión tan pobre y pesimista de la sexualidad humana. En pos
de la dignidad de la sexualidad, desde la doctrina romana, sólo se
consigue acotar, reprimir, condenar, traumatizar, tintar de pecaminoso.
No entiendo tanto, tanto, tanto interés por regular la vida sexual
de los demás, cuando ni siquiera Dios tiene sexo. No abogo por la
lujuria, pero tampoco creo que el uso del preservativo implique siempre
y en todos los casos promiscuidad, denigración e inmoralidad.