El suicidio
es la segunda causa de fallecimiento en los jóvenes de entre 15
y 25 años. Para tratar de paliar su incidencia y la de patologías
psiquiátricas graves han comenzado a crearse en España unidades
de internamiento de adolescentes. Las razones para el nacimiento de este
tipo de instalaciones sanitarias son de dos tipos: legales y terapéuticas.
Sin duda,
“suicidio” o “suicidarse” son palabras incómodas,
desagradables. Tanto que, incluso hoy en día, se siguen dando multitud
de rodeos para evitarlas. Pero es una realidad que está ahí,
y sobre la que hay que hablar y pensar. El suicidio es, en la mayor parte
de las ocasiones, la manifestación extrema de una enfermedad mental.
Al igual que el cáncer no se cura por no hablar de él, tampoco
el silencio va a evitar que se cometan más suicidios.
Todos hemos
experimentado el vértigo de la adolescencia, ese no saber muy bien
quién se es, ni dónde se está. Indudablemente, los
adolescentes son seres frágiles, en construcción, ansiosos
tanto de independencia y autoafirmación como de cariño y
aceptación. Llenos de complejos y de anhelos a los que todavía
no han aprendido, como los adultos, a renunciar, son especialmente propensos
a los desequilibrios emocionales y el tremendismo. Todo ello puede ser
la puerta de entrada a una enfermedad mental y a la idea del suicidio.
Los intentos de suicidio son más frecuentes en chicas, pero el
suicidio consumado se produce más entre los chicos
El doctor
Celso Arango, jefe de la Unidad de Adolescentes del Departamento de Psiquiatría
del Hospital Gregorio Marañón sabe bastante de todo eso.
Las estadísticas indican que el suicidio es la segunda causa de
mortalidad entre los jóvenes de 15 y 25 años en España,
tan sólo por detrás de los accidentes de coche. “En
cierto modo, comenta Arango, es normal, porque en esa población
tan joven hay pocas muertes por otras causas médicas, como cáncer
o accidentes cerebro-vasculares o infartos”.
La pregunta
clave sería entonces si la incidencia del suicidio ha aumentado,
ha decrecido o se mantiene igual entre los jóvenes españoles
a través de los años. No es fácil de responder, sin
embargo. “En este país el suicidio es algo que se ha ocultado.
En muchas ocasiones, muertes inexplicables, o disfrazadas de otras causas,
eran en realidad suicidios”, explica el jefe de la unidad de adolescentes.
Inmediatamente
después, añade un dato más que significativo: “Lo
que sí que ha aumentado mucho son los intentos de suicidio”.
¿Cuáles son las razones? “Bueno, habría que
buscar la explicación en las características de nuestra
sociedad: una sociedad de consumo en la que los adolescentes están
acostumbrados a conseguirlo todo aquí y ahora y tienen menos capacidad
para la frustración; una sociedad en la que se fomentan y potencian
las conductas impulsivas y hay mayor facilidad de acceso al alcohol y
otro tipo de drogas desinhibidoras”.
Llamada de atención
Lo que las estadísticas demuestran también es que se suicidan
sobre todo las personas muy mayores o las muy jóvenes. Entre estas,
sin embargo, el porcentaje de éxito en los intentos de suicidio
es muy bajo. Sólo uno cada 300 jóvenes que intentan suicidarse
culmina con éxito su tentativa. En esto hay diferencias de genero.
Los intentos de suicidio son más frecuentes en chicas. Sin embargo,
el suicidio consumado es más frecuente en los chicos.
Los suicidios
consumados por adolescentes tienen que ver, casi en un 95 por ciento,
con la existencia de patologías psiquiátricas, muy a menudo
depresiones mayores o trastornos psicóticos. Sin embargo, los intentos
de suicidio no siempre tienen que ver con enfermedades mentales. En el
caso de los adolescentes pueden responder, por ejemplo, a conductas manipulativas,
que intentan conseguir algo, o con momentos de desesperación extrema
ligados a pequeños fracasos, como un abandono amoroso o una mala
nota escolar.
La razón del alto porcentaje de fallos en los intentos de suicidio
hay que buscarla en el hecho de que normalmente el suicidio no es el objetivo
final. “La mayor parte de los adolescentes que intentan suicidarse
no quieren matarse. Lo que pretenden es hacerse daño, para demostrar
que lo están pasando mal”, dice el doctor Arango.
“En una cultura como la actual, añade, en la que hay tan
poca comunicación y los padres no tienen mucha relación
con los hijos, es muchas veces una de las pocas maneras de demostrar que
necesitan atención y cariño, o que sienten que han fracasado.
Muchas veces, un intento de suicidio sólo trata de llamar la atención.
No lo digo en sentido peyorativo. Si alguien recurre a hacerse daño
para llamar la atención es porque realmente ha alcanzado unos niveles
muy altos de desesperanza o angustia”.
Historia de
D
D conoce bien esos niveles de desesperanza. Es una de las últimas
pacientes que han ingresado en la Unidad de Adolescentes del Gregorio
Marañón. Aquí es, por desgracia, una vieja conocida.
A sus 15 años, ya ha pasado varias veces por la unidad. Tantas
como se ha intentado suicidar. D presenta un cuadro de distimia, es decir,
un cuadro depresivo crónico y recurrente. Tiene muy baja tolerancia
a la frustración y sus relaciones sociales son muy pobres. Sus
padres están separados.
Vive con su
madre, que trabaja y que está ausente bastante a menudo. Cuando
sufre situaciones en que las cosas no le salen bien –generalmente,
un fracaso amoroso o escolar–, D se empacha de pastillas. Pese a
todo, según el doctor Arango, “se la puede recuperar. Depende,
claro, no sólo del tratamiento que le hagamos, sino un poco de
la recomposición de su entorno y, sobre todo, de su motivación
por cambiar”.
Si alguien recurre a hacerse daño para llamar la atención
es porque realmente ha alcanzado unos niveles muy altos de desesperanza
D vive ahora
temporalmente en el segundo piso de un pabellón un tanto apartado
del Gregorio Marañón, dedicado a los enfermos de Psiquiatría.
La vemos, junto con otros seis o siete pacientes de la unidad, tras una
mampara de cristal. Atentamente vigilados por un par de enfermeras, el
grupo está comenzando a engullir una temprana cena.
La sala, al
igual que las adyacentes, está llena de murales y de trabajos manuales.
Las diez habitaciones dobles de este segundo piso de una de las alas del
pabellón son sencillas, casi espartanas, y tienen algunas particularidades.
Por ejemplo, las duchas son especiales. Es un modelo denominado anti-suicidio.
Sólo aguantan cinco kilos antes de partirse. Los inquilinos no
pueden poseer cordones de zapatos, o cinturones, ni tampoco objetos cortantes
o punzantes. Son algunas medidas elementales de seguridad que han de respetar
los internos de la Unidad de Adolescentes del Gregorio Marañón.
Razones legales
y clínicas
Los adolescentes necesitan unidades específicas por dos motivos,
explica el doctor Arango. “Desde el punto de vista clínico,
porque la patología que presentan, aunque sea la misma que la de
un adulto, su forma de manifestarse y las necesidades de tratamiento son
distintas. Desde el punto de vista legal, la Ley de Enjuiciamiento Civil
establece que cualquier menor que esté internado por razones de
salud mental tiene que estar ingresado en un recurso específico
para la edad que tiene”.
La vida en una unidad de adolescentes lleva una dinámica totalmente
diferente de la vida en una unidad psiquiátrica para adultos. Para
empezar, la unidad de adolescentes debe satisfacer las necesidades educativas
de sus internos. Luego, debe procurar encauzar sus energías apenas
gastadas por la vida hacia algo positivo.
“Nuestros pacientes tienen necesidades de esparcimiento, de terapia
ocupacional, de ejercicio, que no tienen los adultos. En las unidades
de adultos cada uno va a lo suyo y se preocupa de lo suyo y entre los
adolescentes surgen pandillas, intentan entre ellos hacer cosas y si no
hay actividades casi todo el tiempo es fácil que surjan enfrentamientos
ente los que están ingresados. El personal que los atiende tiene
que estar preparado para ello y tener experiencia con ese tipo de población”,
explica el doctor Celso Arango.
Los adolescentes
son personas muy sociables. Esa sociabilidad, al igual que puede ser causa
de problemas, puede ser parte de la resolución de los mismos. Las
conductas imitativas y gregarias están todavía muy presentes
en la adolescencia. Por ello, en su tratamiento se emplea mucho la terapia
de grupo. El ejemplo de otros jóvenes que han vivido situaciones
similares de depresión, trastornos de comportamiento, etc., y que
han conseguido superarlos, o están empezando a hacerlo, puede ser
muy válido y estimulante para un adolescente.
¿Es
fácil recuperar a un adolescente que ya ha desarrollado una patología?
“Muchos casos se recuperan, pero hay patologías crónicas,
como el autismo, los cuadros psicóticos o la esquizofrenia, que
no. En el caso de las depresiones, es más fácil que un adolescente
se recupere. El problema es que tiene más riesgo de recaer en el
futuro, porque cuanto antes aparecen los trastornos mentales más
fácil es que vuelvan a repetirse en el futuro”, afirma el
jefe de la unidad de adolescentes del Departamento de Psiquiatría
del Hospital Gregorio Marañón.
Esto es especialmente
válido en el caso de los suicidas. Al menos el 50 por 100 de los
adolescentes que han consumado un acto de suicidio lo habían intentado
antes, o habían hablado de ello. Para prevenir que tal cosa ocurra,
recalca Arango, es fundamental la comunicación y no banalizar las
conversaciones de los jóvenes acerca de la falta de sentido de
la vida, la desesperación, o directamente sobre la idea de suicidarse.
Así podremos evitar que la gente abandone voluntariamente el mundo
en plena primavera de su vida.
Factores de riesgo
Los psiquiatras infanto-juveniles señalan varios factores de riesgo
que pueden inducir a un adolescente a intentar quitarse la vida:
• La existencia de trastornos psiquiátricos, especialmente
afectivos y de comportamiento.
• El abuso de sustancias que alteran la conciencia, especialmente
el alcohol.
• La existencia de intentos previos de suicidio, sobre todo en el
caso de los varones y cuando se han utilizado métodos violentos.
• Una familia disfuncional, con conflictos abiertos entre padres
e hijos y/o pobre comunicación.
• Antecendentes de enfermedad mental o comportamientos suicidas
en la familia.
• Casos de suicidio en el entorno de amistades o compañeros.
También influyen las historias de suicidio contempladas en los
medios de comunicación.
Unidad del Gregorio Marañón
La unidad del Gregorio Marañón abrió en noviembre
de 2000 y ya ha atendido más de 1.000 casos. Cuenta con una plantilla
de 36 profesionales: cuatro psiquiatras, un psicólogo, una trabajadora
social, una terapeuta ocupacional, dos maestros, una auxiliar administrativo
y 22 enfermeros y auxiliares.
La unidad
está destinada a la hospitalización breve para el tratamiento
agudo de pacientes con patologías psiquiátricas de entre
12 y 17 años. No se trata de una unidad específica para
posibles suicidas. Tan sólo el 15 ó 20 por ciento de los
casos aquí tratados tienen que ver con intentos de suicidio o corren
el riesgo de derivar en un intento de suicidio. Pero todos tienen que
ver con “patologías bastante graves y severas”.
Hay dos unidades
de adolescentes en Madrid, la del Gregorio Marañón y la
del Niño Jesús. En toda España tan sólo existen
otras seis: tres en Barcelona y tres en el País Vasco. Se está
preparando la apertura de otras dos, en Sevilla y Valladolid. Las patologías
más frecuentes que se atienden en ellas son trastornos de conducta
de tipo inespecífico (hiperactividad con rasgos disociales, trastornos
posicionistas desafiantes) y trastornos psicóticos. En tercer lugar,
trastornos de conducta alimentaria (anorexia, principalmente). Después,
trastornos afectivos (depresiones, sobre todo). Por último, patologías
variadas como trastornos obsesivo-compulsivos, trastornos de desarrollo
o retrasos mentales con problemas de conducta.