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SINTESIS
DEL ARTÍCULO:
La modernidad tardía o postmodernidad, antes de nada y de cara
a la espiritualidad de los jóvenes, exige la tarea de ajustar la
identidad, reelaborando creativamente las raíces de la misma, plantando
cara a la orfandad y falta de modelos de nuestro tiempo. Detallado este
proceso, el autor dibuja el rostro de los "jóvenes con espíritu":
intensamente vivos por "gustar al Dios Vivo", por sentirse visitados
y dejarse "contagiar-arrebatar-alumbrar" por el visitante.
1. Ajustar
la identidad
Los ajustes de identidad son un verdadero reto para la vida de todos los creyentes,
pero especialmente de los jóvenes, que se ven inmersos en la necesidad
de revisar sus anclajes personales entre la cultura secular y la tradición
espiritual de la fe. Se hace sentir la necesidad de un anclaje más
definitivo y colectivo en una cultura propia, que dentro de la modernidad
tardía e interrelacionados con ella, proponga una red de experiencias
no solamente existenciales sino sociales e institucionales. Es decir, una
cultura espiritual propia de los mismos jóvenes creyentes.
En esta última década se han desarrollado con mayor amplitud
estudios sobre el impacto de la modernidad tardía sobre el yo (Guiddens,
sobre todo, pero también otros) y se ha clarificado bastante más
el mito de la posmodernidad, sobre todo en sus aspectos más superficiales
y llamativos como la disolución de los grandes relatos y la vulnerabilidad
del yo posmoderno. Creo que podemos caer en la tentación, denunciada
por Nietzsche, de pensar hacia atrás, como los cangrejos, y de dejarnos
obnubilar por algunas ideas que, no por ser muy comunes y aceptadas acríticamente,
dejan de ser menos falsas y hasta superadas. Un estudio más ajustado
de la posmodernidad nos puede resultar interesante.
1.2. El anclaje del yo en la modernidad tardía
Como ya he sugerido, la modernidad tardía, o la posmodernidad, si preferimos
usar este término, no ha supuesto solamente una serie de riesgos para
la consolidación de la identidad personal, sino que, además,
y a partir de una serie de fenómenos sociales e institucionales, le
propone una nueva capacidad de anclaje, evidentemente, en un paisaje realmente
nuevo y diferente al de las décadas pasadas.
En primer lugar el yo se convierte en un proyecto reflejo. No hay ritos de
paso y éste debe ser explorado y construido como parte de un proceso
reflejo para vincular el cambio personal y el social. Hay un nuevo sentido
del yo entre la seguridad ontológica y la angustia existencial. Y la
identidad de una persona reside en la capacidad de llevar adelante una crónica
particular. El sistema motivacional se refiere a la fuente originaria de la
acción, como un "estado afectivo" del individuo, que implica
formas inconscientes de afecto y ramalazos experimentados más conscientemente.
Los motivos están ligados a las emociones vinculadas con las relaciones
tempranas de confianza.
Por otro lado, el yo de la modernidad tardía no es un yo mínimo,
como sugieren algunos profetas de la posmodernidad, pero sí que es
un yo débil y fragmentado; la experiencia de seguridad está
atravesada por fuentes de malestar generalizadas. La duda se infiltra en la
mayoría de los aspectos de la vida como una corriente de fondo. Nos
encontramos en medio de un oleaje de transformaciones mundiales y la crisis
se convierte en un componente normal de la vida. Sólo una creencia
bien perfilada puede aminorar esas tribulaciones del yo y fundar la confianza.
1.2. ¿Cómo afectan estos dilemas a
la identidad del creyente joven?
Frente al carácter vinculante de la tradición, la modernidad
tardía se hace internamente referencial, y nos deja huérfanos
y sin modelos de referencia externos y legítimos. Nuestro tiempo de
vida surge como un segmento aparte distinto del ciclo de las anteriores generaciones.
Las prácticas anteriores sólo se repiten en la medida en que
sean reflejamente justificables. La mayor movilidad hace que el lugar no sea
un parámetro de la existencia, resulta mucho menos significativo que
antes. El tiempo de la vida aparece como una trayectoria que se refiere a
los proyectos y planes del individuo, y se estructura en umbrales de experiencia
abiertos. Se libera cada vez más de las referencias asociadas a lazos
prestablecidos con otros individuos o grupos.
La vida se construye de hecho, en función de la necesidad de afrontar
las crisis. En condiciones de la modernidad tardía vivimos "en
el mundo" en un sentido distinto a como se hacía en épocas
anteriores. Incorporamos selectivamente a nuestra conducta muchos elementos
de la experiencia mediada por nuestra cultura de forma activa, pero no siempre
consciente. Ello implica una multitud de tensiones en el yo que lo hacen vulnerable,
frágil, necesitado de arraigo.
La confianza básica es un elemento necesario para mantener una sensación
de sentido en esos marcos para nuestra conducta personal y social. Pero, cuanto
más abierto sea el proyecto reflejo del yo, como suele ser en los jóvenes,
mayor necesidad se experimenta de arraigar la confianza en las dimensiones
experienciales de la vida. La instauración de una confianza básica
es la condición para la elaboración tanto de la identidad del
yo como de la del mundo. Esta "confianza básica" es el núcleo
de la esperanza y del coraje de existir. La coraza protectora es el manto
de confianza que posibilita el mantenimiento de un núcleo de vida normal
viable y digna.
Los momentos decisivos de la vida perturban al yo a menudo de manera radical
en las condiciones de la modernidad tardía y hacen que el joven se
vea obligado a repensar aspectos fundamentales de su vida y también
los proyectos futuros. No es fácil afrontarlos sin apelar a criterios
morales, y es muy necesario recurrir a la propia historia personal y a la
memoria de la tradición. En estas situaciones críticas no tienen
peso los criterios externos, sociales, sino que el sujeto se repliega para
encontrar en sí mismo sus propios recursos. Este aspecto es muy importante
en el caso de los jóvenes.
La fe y las convicciones religiosas, sobre todo el resurgir del interés
por las experiencias espirituales es un dato a considerar. Se documenta una
floración de nuevas formas de sensibilidad religiosa y afanes espirituales.
Esta revitalización puede crear una convicción y una adhesión
a experiencias fundantes, de sentido y de orientación. Debemos ser
conscientes del potencial del que disponemos en nuestra tradición espiritual.
1.3. Reelaborar creativamente las raíces
Recrear una cultura arraigada en la experiencia
En primer lugar el recurso a la experiencia. Nuestra tradición espiritual
representa una verdadera cantera de experiencias fundantes que fomentan tanto
una seguridad ontológica fundamental al apoyarse en una experiencia
gustada de Dios como abarcador radical de la vida, como a situarnos responsablemente
ante el mal, el pecado y la injusticia. Además estamos habituados a
dejarnos "afectar" por un estilo de vida "pobre y humilde"
en el seguimiento de Jesús. Este potencial de experiencias actualizado
y personalizado puede ser un factor clave en la remodelación de una
cultura evangélica.
La práctica de la reflexividad y de la crónica personal
En segundo lugar la reflexividad del yo como recurso habitual de fortalecimiento
de la identidad. Desarrollar un sentido coherente de la historia de la propia
vida es un medio primordial para escapar de la esclavitud del pasado y abrirse
al futuro. Esta reflexividad continua y generalizada, fomenta una identidad
coherente y exige recursos creativos. Tenemos aquí un elemento importante
para el anclaje del yo. Recuperar la atención a la subjetividad personal,
a la crónica personal de lo vivido, a dar tiempo a lo propio. Ello
supone igualmente el establecimiento de mayores zonas de tiempo de oración
y diálogo personal.
Fortalecer una cultura práctica del discernimiento y la elección
En tercer lugar la práctica de la decisión. Vivir en el universo
de la modernidad es vivir en un mundo de cambios. El carácter "abierto"
de las cosas por venir expresa la maleabilidad del mundo social y la capacidad
humana de dar forma a las condiciones de nuestra existencia. Como cualquiera
de nuestros contemporáneos vivimos los "momentos decisivos"
como aquellos en que nos sentimos llamados a tomar decisiones que afectarán
al conjunto de nuestra vida. Son momentos en que el joven ha de poner rumbo
a algo nuevo. La cultura del riesgo en la que nos encontramos inmersos nos
pone en varias ocasiones a lo largo de la vida frente al tiempo de la decisión.
Ya no programamos la vida de una vez, sino en cada una de sus fases.
Revitalizar una cultura de la red de relaciones con los otros
En cuarto lugar estamos ante el reto del mundo de las relaciones puras, es
decir no ancladas en condiciones externas de la vida social. Los vínculos
entre los jóvenes creyentes son, o deberían ser lo importante.
Motivados por las recompensas de la misma relación grupal en la medida
en que nuestras vinculaciones comunitarias se valoren por sí mismas.
Relaciones que se organizan reflejamente, de manera abierta y con base permanente.
Una cultura de la comunidad, como intimidad compartida y red de amistad apostólica.
Nuestras comunidades y grupos de trabajo deberían cultivarse más
en estos contextos.
La tradición de la Iglesia como comunidad de memoria
Podríamos también referirnos a la comunidad de memoria, aspecto
muy importante de la circulación de los valores de la propia tradición.
En una sociedad como la de la modernidad tardía, muy centrada en un
presente que siempre está cambiando y que uniformiza la conciencia
temporal, podemos aportar a los jóvenes una dimensión de arraigo
en secuencias pasadas que se renuevan y se reactualizan. Elaborar creativamente
las raíces es un refuerzo positivo de la propia identidad. Los movimientos
que reivindican y elaboran una política de identidad tienen una oportunidad
en nuestra cultura. Tenemos raíces espirituales comunes en la experiencia
cristiana de Dios y en la medida en que las revivamos en lo cotidiano podremos
ir construyendo esa red de sentido de la que vivimos y nos alimentamos. Intercambiar
las prácticas narrativas personales y configurar una identidad común
de inspiración y de experiencias vividas son los factores ineludibles
para crear una verdadera comunidad de memoria.
2. Gustar al Dios Vivo
Se trata de recrear en los jóvenes una experiencia que les haga "gustar"
al Dios vivo. Y al ser experiencia nos colocamos en una dinámica absolutamente
distinta a cualquier proceso de indoctrinamiento o de imposición de
un "paquete espiritual". No se puede recibir sólo como una
tradición, no se le puede ahorrar a nadie el tener que hacer un camino
personal e irrepetible. No se trata de aprender una espiritualidad específica,
sino de hacer el propio proceso de búsqueda y de encuentro profundo
y gustoso con Dios. Esto le da una connotación afectiva a la espiritualidad
juvenil, la convierte en mística. Pero mística de ojos abiertos.
De lo que se trata es de llegar a vivir a Dios como una pasión ardiente.
Y eso se consigue mediando el movimiento de los afectos.
Se trata de facilitar el encuentro de cada joven con Jesús y con el
Dios de Jesús, actuando, acogiendo, potenciando lo humano como él
lo hizo: esto es continuar su misión. Hacerle presente como la personalidad
llamativa que fue, confrontar a los jóvenes con unas prácticas
como las de Jesús que les den qué pensar. Los valores no son
las cualidades de las cosas, sino que brotan siempre en una relación
de comunicación. Y los valores evangélicos sólo pueden
brotar en contacto con Jesús y su misterio.
2.1. El Dios de Jesús está en nuestra vida, ¿pero cómo?
Según la enseñanza de Jesús, Dios está siempre
en nuestra vida, al margen de que le descubramos o no, al margen de que entremos
en contacto con Él o no. Dios está siempre dando vida: si no
me entero, Él hace lo que puede; si me entero y le dejo hacer, Él
va haciendo su obra en mí. Y esto es lo único interesante: que
Él haga su obra. Ni siquiera mis obstáculos son decisivos. La
fidelidad de Dios es su capacidad de permanecer a pesar de todo. Está
ahí, no me deja, no se va, aunque no le haga caso. El sigue amando,
actuando, obrando en nosotros.
Si Dios está siempre, ¿por qué no le encontramos? No
le encontramos porque muchas veces buscamos a un Dios que no existe: espectacular,
aparatoso o que nos solucione los problemas. Buscamos un Dios que nos haga
privilegiados, que nos evite sufrimientos, a un Dios que no es el Dios de
Jesús, es el que nos inventamos nosotros. El Dios con el que podemos
encontrarnos nos parece de poca categoría. Y es por eso por lo que
debemos evangelizar nuestra imagen de Dios, acercarla al Dios del Evangelio.
No le encontramos porque nuestro talante no es el adecuado. Vamos demasiado
absortos en nosotros mismos, absorbidos por nuestros problemas, dominados
por ellos y sin interlocutores, sin facilitadores. Buscamos a Dios sin tino,
sin ayudas, sin disciplina. No acabamos de aceptar el presente de nuestra
vida y Dios es ese presente. Nos sobra superficialidad y nos falta atención,
nuestro ritmo de vida no es el adecuado. Dios se nos está dando en
sus dones continuamente y no le buscamos... En la medida en que no tratamos
al otro como hermano, hacemos imposible que Dios se nos manifieste en él.
No encontramos a Dios porque buscamos a uno que no existe y despreciamos al
Dios cotidiano en el que vivimos, existimos, respiramos, amamos, somos...
Dios, el nuestro, este Dios de Jesús, es el que está activo
y trabajando, comprometido, el que se mueve. Lo que Dios hace es lo importante,
más allá de lo que yo siento. Está activamente presente,
cuando siento y cuando no siento. Los agentes más eficaces de la intimidad
no son los que más nos hacen sentir, sino los que impregnan de modo
decisivo nuestro interior. ¿Y qué trabajo está haciendo
Dios conmigo? Dios está dándome el ser, la vida con sus posibilidades.
Y esto supera con mucho lo que inmediatamente experimentamos. El que yo sea
más o menos consciente no significa que Dios trabaje en mí más
o menos.
Todos los días y todos los momentos de mi vida, Dios está trabajando
en mí: me ilustra, me enseña, con diversa pedagogía y
en las diversas circunstancias. En la vida Dios actúa de una manera
muy ordinaria, muy normal, nos va ayudando a crecer en la fe, la esperanza
y el amor. Va modelando nuestro corazón de forma muy sencilla, respetando
los ritmos, los modos, al estilo de Dios. El Dios del Evangelio casi pasa
desapercibido. Sin grandes alardes o protagonismos, por los mismos cauces
de la vida, por los signos de crecimiento o de crisis, día a día
va iluminando, restaurando, completando, inspirando de una manera muy humilde,
callada, cotidiana. Con gran paciencia.
2.2. Gustar afectivamente a Dios en nosotros
Pero hay ocasiones en la vida en que sentimos con una fuerza inmensa la presencia
de Dios, una presencia de Dios que nos hace cambiar el registro de la vida,
que nos hace comprender aspectos nuevos de nosotros, de la vida, del mismo
Dios, que no habíamos percibido antes. Es una consolación particular,
un estado de ensanchamiento interior, de gozo íntimo, que no puedes
dudar que es de Dios y sólo de Dios. Son ocasiones en las que Dios
toca el corazón, experiencias puntuales, extraordinarias, que nos impactan,
que nos golpean la intimidad.
Dios es diferente a nuestras expectativas. Y nos cuesta mucho aceptar el ritmo
con el que Dios hace las cosas en nosotros, en los demás, en la historia.
Pero es que Dios es muy libre y celoso de su libertad. A Dios no podemos manipularlo,
no podemos traerlo a nuestras expectativas. Discerniendo cuidadosamente entramos
en relación con ese Dios que nos transforma.
La experiencia del amor de Dios es una experiencia única y excepcional
en referencia a todas las demás experiencias humanas. La iniciativa
es de Dios: es un don y por tanto de una inmediatez única respecto
al sujeto que la "sufre". No es una obra de conocimiento, sino una
experiencia de amor.
El estado dinámico de "estar enamorado", según B.
Lonergan, nos ofrece un modelo de referencia, aunque menor. Es una experiencia
que no necesita justificación desde fuera. No precisa de razones para
ser vivida. Es más, se experimenta en una inadecuación entre
la razón y el corazón. "Amo, porque amo, amo por amar"
dice S. Bernardo. Es una experiencia que no se justifica desde el objeto de
amor, sino desde el amor mismo. Es, en cierto modo, intransitiva. Es una experiencia
de descubrimiento de algo nuevo, que nos obliga a rehacer nuestra semiótica
con la que leemos la realidad. Sebastian Moore nos habla del "just waiting",
como una forma de remitirnos al deseo en sí, al deseo sin objeto, al
Dios desconocido.
2.3. Los tres momentos del enamorarse de Dios
El primer momento: dejarse contagiar, dejarse tocar por el misterio. Exponerse
al misterio. Tenemos dos oportunidades privilegiadas para exponernos al misterio:
orar y amar desinteresadamente. En la oración nos dejamos acceder por
el Señor. El núcleo de toda oración es el intercambio
de afectos, querer y ser querido. Nos descubrimos mirados, acogidos, perdonados.
Nos reconciliamos con el lado oscuro de nuestro ser, con nuestro pecado. En
el servicio -amor desinteresado- nos dejamos tocar por el Señor, porque
superamos la dinámica del intercambio, de la retribución, damos
sin esperar nada, damos porque sí. Amando sin merecer y a los que nada
merecen, los pequeños. El deterioro espiritual se caracteriza siempre
por estas dos negaciones: a exponernos a Dios o a exponernos al hermano.
El segundo momento: dejarse arrebatar. La experiencia mística es un
camino de enamoramiento en el que se funden búsqueda y encuentro. Al
serlo tiene que vivirse también como un momento de purificación
afectiva: no se trata de yuxtaponer pacíficamente afectos diversos,
sino sentirse súbitamente arrebatado por un afecto privilegiado. Cuando
esto sucede comienza una agonía interna: amar duele. Toda experiencia
de amor convulsiona, cambia el escenario interior. Se trata de crearle las
estrategias al amor, las que él mismo nos va descubriendo a medida
en que se apodera de nosotros.
El tercer momento: dejarse alumbrar. El momento decisivo es el tercero: no
temerle al don, no querer atajarlo, no querer utilizarlo. No buscarle utilidad
ni explicación. Es un proceso de ir recibiendo todo de Dios y de agradecer
enteramente. Pero también de dejarse hablar por el don, de saber hacer
silencio frente a Él. Y de saber gozarlo, sin un falso pudor que a
base de no sentirse digno impide la libertad de Dios para manifestarse cuando
quiera y como quiera. Y como ya hemos advertido, ojo al fariseísmo,
que es la falsa seguridad de sentirse con méritos, "premiado",
diferente a los demás y mejor que ellos.
2.4. El precio de la gracia: para un seguimiento
atrevido de Jesús
El don tiene su "precio". Para un seguimiento atrevido y generoso
de Jesús el "primer paso" del encuentro con él es
la abnegación y la gratuidad. Por ser un encuentro profundo con Dios
desde Jesús la abnegación y su reverso, la gratuidad, es el
primer paso: nos encontramos y adherimos al otro desde la herida. Desde el
reconocimiento humilde de lo que somos. La renuncia voluntaria tiene su lugar
como un corte inicial, como una cesura frente a la continuidad de lo vivido.
No hay homogeneidad entre Dios y nosotros, sus criaturas, hay heterogeneidad,
distancia infinita. Y por tanto, sólo podemos comenzar el camino interior
mediante una decisión radical: la renuncia virtual de todo lo otro,
lo que no es Dios, lo que queda fuera de su misterio. Renunciar a las tendencias
naturales, incluso al propio amor e interés, es el camino más
seguro hacia Dios.
El fariseísmo es la tentación fundamental. Para descubrir el
valor primordial de la única actitud válida para el encuentro
profundo con el Dios de Jesús que es la humildad, (¡una calidad
humana muy evangélica!) importa mucho confrontarla con la actitud contraria,
el fariseísmo, que es la tentación fundamental a la que todos
estamos sometidos. Fariseo es lo opuesto a "espiritual", porque
es la enfermedad principal del espíritu. Se trata de creer que empezamos
a tener cierto dominio sobre algunas realidades pertenecientes al aérea
del misterio de Dios.
Nos puede entrar la sensación de prepotencia (¡ya está,
ya sé, ya controlo!). De que lo que esperábamos ya se nos ha
dado, al menos lo principal. Ya poseemos lo que debíamos poseer. Ahora
nos toca administrarlo para nosotros y para los demás. Se acabó
la infancia espiritual, ahora somos de los "perfectos"... ¡fariseos!
No vivimos ya la humilde y dolorida entrega de sí mismo a la misericordia
de Dios.
2.5. Jóvenes con espíritu: intensamente vivos
La experiencia del Dios Vivo es un signo mayor en la existencia de muchos
de nosotros, jóvenes o mayores, varones o mujeres a lo largo de las
épocas y de los lugares. De formas muy diversas, vinculada o no a formas
religiosas ya existentes, hemos vivido una experiencia muy particular de su
presencia. Una presencia dulce e invasora, ardiente y pacificadora, terrible
y fascinante que ha marcado a fuego la fragilidad de nuestro ser y que, al
hacernos sentir la marca de su paso fugaz, ha cambiado de forma radical nuestra
manera de vivir la vida.
Esta experiencia del Dios Vivo convulsiona nuestra identidad de tal manera
que sólo refiriéndonos a ella podemos explicar bien quiénes
somos y por qué nos disponemos ante el mundo desde una perspectiva
innovadora. Descubrir y experimentar a Dios en nuestro corazón de carne
nos hace tocar lo esencial y más pleno de la humanidad de una forma
sorprendente.
La novedad es la gracia del descubrimiento: intensamente vivos. Entonces es
cuando el recuerdo de lo experimentado nos lleva, en un trabajo lento y no
siempre bien comprendido ni siquiera por nosotros mismos, a reelaborar las
convicciones mayores de la existencia, a desvelar las claves nuevas por las
que nos hemos sentido tan vivos y a la vez tan pacificados. Se despiertan
en nosotros energías mayores de comunión con la herida de los
otros, con sus ansias más profundas, con sus deseos más ocultos.
Al entrar en contacto con la intimidad de Dios, descubrimos que existe un
lugar secreto desde donde se funden los contrarios, desde donde se reconcilian
los diferentes. Es todo un paisaje nuevo el que se abre ante nuestros ojos
atónitos pero iluminados.
Xavier
Quinzá Lleó
(misión joven. Abril 2000)
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