Era
una noche triste y como todas las noches tristes a lo lejos se oía
el llanto de tres letras: la P, la A y la Z.
Estaban perplejas y asustadas, no sabían porqué estaban en
ese desván. Tan sólo conocían a una pareja de niños
que las había robado de las palabras. La mañana ya no existía,
tan sólo la noche, el negro. La luz natural había muerto al
igual que el agua fresca, la hierba, las rosas... tantas cosas bonitas que
el mundo se había convertido en un lugar oscuro, muerto.
- Esto es horrible -dijo la Z mirando por la ventana- Deberíamos
hacer algo antes de que el mundo se acostumbre a vivir sin nosotras.
- Es cierto -respondió la P- pero, ¿el qué?.
- ¡Tengo una idea! -les anunció la A tras mucho pensar.
Como
de costumbre, Inés y Jorge se asomaron al desván para ver
como seguían sus tres letras. Pero aquella noche no fue como las
demás.
- ¡Hola letras! -exclamó Inés- ¿Cómo estamos
hoy?.
- Como siempre, niña -le respondieron enfadadas.
- Calma, calma, que no es para tanto -dijo Jorge- Lo hacemos por el bien
de todos
- Oye niño, ¿por qué nos encerrasteis aquí,
apartadas de las palabras del mundo? -le preguntó la A, aparentando
interés.
- Esa es una historia muy larga...pero os la voy a contar -susurró
Jorge- Nosotros, en realidad, somos ahorradores de letras. Las letras estáis
en peligro de extinción y nosotros lo que hacemos es almacenar aquellas
que no son muy utilizadas para protegerlas de su desaparición.
- Pero a mí me utilizan muchísimo -gritó la A.
- Te "utilizaban" muchísimo, porque ahora ya no. No sois
tan imprescindibles como pensáis. En realidad nuestro trabajo es
reconocer una palabra poco usada y descomponerla en letras y esas letras
guardarlas en el Banco de Ahorradores de Letras. Al principio la gente notaba
el cambio, pero poco a poco se van acostumbrando hasta que os olvidan.
- Te propongo un juego -le retó la P- Nos dejáis volver al
mundo y si es cierto que nos han olvidado no pasará nada. Pero si
no es así, tendréis que dejarnos libres y olvidaros de vuestro
trabajo para siempre.
- No se, no estoy segura de si nos conviene -le susurró Inés
a Jorge.
- No te preocupes, hemos hecho bien nuestro trabajo, así que no habrá
problema -le contestó Jorge- Eso sí, con una condición:
no podréis volver en forma de la palabra capturada. Iréis
separadas y sólo si los hombres os saben unir os dejaremos libres.
¿Está claro?.
- ¡Oh!, ¡si!, ¡por supuesto! -exclamaron las tres letras
al unísono- ¿Podemos marcharnos ya?.
- Si, pero recordad la condición. Os damos de plazo una semana. Si
no lo conseguís os volveremos a capturar...que será lo más
probable. Por cierto, tampoco podréis acudir al anciano para que
diga la palabra, si lo hacéis, inmediatamente seréis capturadas.
-les advirtió Inés.
Y
dicho esto la P, la A y la Z tomaron rumbo a la ciudad, a las palabras.
Intentaron colarse en ellas pero les fue casi imposible. La gente llevaba
años acostumbrada a no tenerlas, así que su regreso no sería
tan fácil.
Los dos primeros días los emplearon en conocer el nuevo ambiente,
la nueva vida generada sin ellas. Al tercer día comenzó su
trabajo: allí donde veían una persona un poco más optimista
se unían a ella y la acompañaban a todas partes. Le aportaban
confianza y cuando menos se lo esperaba, se zambullían en su conversación,
contagiando a la persona con quien estaba hablando. De esta manera la P,
la A y la Z se fueron integrando en las conversaciones.
El último día habían conseguido ser parte ya de las
palabras, pero nadie las había unido, a nadie se le había
ocurrido juntarlas para formar la palabra mágica. Era la palabra
olvidada y tan solo quedaban unas horas para conseguirlo.
Desesperadas, ya se iban a rendir, pero decidieron jugar su última
carta.
- Chicas, es nuestra última oportunidad y si el anciano recuerda
la palabra rápido, a los niños no les dará tiempo de
reaccionar. Es nuestra oportunidad y si no lo hacemos tampoco seremos liberadas
-les animó la Z.
- Está bien, hagámoslo -le respondieron.
Se
sentaron en el banco del parque, junto al anciano. Él tendría
que recordar la palabra clave, era el único que la había vivido
hacía años. La P, la A y la Z empezaron a susurrarle situaciones
pasadas y conforme el anciano más recordaba, la palabra nacía
en su mente, en su corazón. De repente el anciano la recordó
y la dijo en voz alta para que todo el mundo la conociera, porque era la
palabra más bella que jamás habían escuchado: PAZ,
PAZ, PAZ.
Jorge e Inés se encontraban en su despacho, dispuestos a volver a
atrapar a las letras porque no habían cumplido la condición,
pero no les dio tiempo. En ese mismo instante sus manos empezaron a difuminarse
y luego sus piernas hasta que desaparecieron por completo y con ellos, los
ahorradores de letras.
Fue la última noche triste ya que nunca más se repitió.
Y todo ello gracias a la P, a la A y a la Z.