de todo un poco
paz, paz, paz


María Cortés
20 años, La Mata de los Olmos
G
rupo Chinchirinos/as 2000 Mosqueruela-Puertomingalvo (Teruel) Mov. Jóv. de A.C.

 

Era una noche triste y como todas las noches tristes a lo lejos se oía el llanto de tres letras: la P, la A y la Z.
Estaban perplejas y asustadas, no sabían porqué estaban en ese desván. Tan sólo conocían a una pareja de niños que las había robado de las palabras. La mañana ya no existía, tan sólo la noche, el negro. La luz natural había muerto al igual que el agua fresca, la hierba, las rosas... tantas cosas bonitas que el mundo se había convertido en un lugar oscuro, muerto.
- Esto es horrible -dijo la Z mirando por la ventana- Deberíamos hacer algo antes de que el mundo se acostumbre a vivir sin nosotras.
- Es cierto -respondió la P- pero, ¿el qué?.
- ¡Tengo una idea! -les anunció la A tras mucho pensar.

Como de costumbre, Inés y Jorge se asomaron al desván para ver como seguían sus tres letras. Pero aquella noche no fue como las demás.
- ¡Hola letras! -exclamó Inés- ¿Cómo estamos hoy?.
- Como siempre, niña -le respondieron enfadadas.
- Calma, calma, que no es para tanto -dijo Jorge- Lo hacemos por el bien de todos
- Oye niño, ¿por qué nos encerrasteis aquí, apartadas de las palabras del mundo? -le preguntó la A, aparentando interés.
- Esa es una historia muy larga...pero os la voy a contar -susurró Jorge- Nosotros, en realidad, somos ahorradores de letras. Las letras estáis en peligro de extinción y nosotros lo que hacemos es almacenar aquellas que no son muy utilizadas para protegerlas de su desaparición.
- Pero a mí me utilizan muchísimo -gritó la A.
- Te "utilizaban" muchísimo, porque ahora ya no. No sois tan imprescindibles como pensáis. En realidad nuestro trabajo es reconocer una palabra poco usada y descomponerla en letras y esas letras guardarlas en el Banco de Ahorradores de Letras. Al principio la gente notaba el cambio, pero poco a poco se van acostumbrando hasta que os olvidan.
- Te propongo un juego -le retó la P- Nos dejáis volver al mundo y si es cierto que nos han olvidado no pasará nada. Pero si no es así, tendréis que dejarnos libres y olvidaros de vuestro trabajo para siempre.
- No se, no estoy segura de si nos conviene -le susurró Inés a Jorge.
- No te preocupes, hemos hecho bien nuestro trabajo, así que no habrá problema -le contestó Jorge- Eso sí, con una condición: no podréis volver en forma de la palabra capturada. Iréis separadas y sólo si los hombres os saben unir os dejaremos libres. ¿Está claro?.
- ¡Oh!, ¡si!, ¡por supuesto! -exclamaron las tres letras al unísono- ¿Podemos marcharnos ya?.
- Si, pero recordad la condición. Os damos de plazo una semana. Si no lo conseguís os volveremos a capturar...que será lo más probable. Por cierto, tampoco podréis acudir al anciano para que diga la palabra, si lo hacéis, inmediatamente seréis capturadas. -les advirtió Inés.

Y dicho esto la P, la A y la Z tomaron rumbo a la ciudad, a las palabras. Intentaron colarse en ellas pero les fue casi imposible. La gente llevaba años acostumbrada a no tenerlas, así que su regreso no sería tan fácil.
Los dos primeros días los emplearon en conocer el nuevo ambiente, la nueva vida generada sin ellas. Al tercer día comenzó su trabajo: allí donde veían una persona un poco más optimista se unían a ella y la acompañaban a todas partes. Le aportaban confianza y cuando menos se lo esperaba, se zambullían en su conversación, contagiando a la persona con quien estaba hablando. De esta manera la P, la A y la Z se fueron integrando en las conversaciones.
El último día habían conseguido ser parte ya de las palabras, pero nadie las había unido, a nadie se le había ocurrido juntarlas para formar la palabra mágica. Era la palabra olvidada y tan solo quedaban unas horas para conseguirlo.
Desesperadas, ya se iban a rendir, pero decidieron jugar su última carta.
- Chicas, es nuestra última oportunidad y si el anciano recuerda la palabra rápido, a los niños no les dará tiempo de reaccionar. Es nuestra oportunidad y si no lo hacemos tampoco seremos liberadas -les animó la Z.
- Está bien, hagámoslo -le respondieron.

Se sentaron en el banco del parque, junto al anciano. Él tendría que recordar la palabra clave, era el único que la había vivido hacía años. La P, la A y la Z empezaron a susurrarle situaciones pasadas y conforme el anciano más recordaba, la palabra nacía en su mente, en su corazón. De repente el anciano la recordó y la dijo en voz alta para que todo el mundo la conociera, porque era la palabra más bella que jamás habían escuchado: PAZ, PAZ, PAZ.
Jorge e Inés se encontraban en su despacho, dispuestos a volver a atrapar a las letras porque no habían cumplido la condición, pero no les dio tiempo. En ese mismo instante sus manos empezaron a difuminarse y luego sus piernas hasta que desaparecieron por completo y con ellos, los ahorradores de letras.
Fue la última noche triste ya que nunca más se repitió. Y todo ello gracias a la P, a la A y a la Z.